Dos días más tarde, los dioses volvieron a aparecer ante Keitarô, y le indicaron que debía viajar hasta las Montañas del Destino, situadas al oeste del país, donde se produciría el encuentro del Hijo de la Luz y el Hijo de la Sombra y, posiblemente, la primera batalla. Así que sin perder más tiempo, se encaminó junto con las chicas hacia su destino. Ahora sí sentía miedo. La suerte de todos los seres humanos estaba tan solo en su mano, y nadie más podía hacerlo. Le había tocado a él.

-¿estás bien? –preguntó Motoko al verle nervioso.

-lo estaré.

Entendió el significado de esas palabras. Como suponía, a la noche ordenó a Mutsumi y a Kitsune que durmieran algo más apartadas con Kaolla para dejarles planear una estrategia de combate a él y a Motoko, y así conseguir que los dejaran toda la noche a solas. Lo cierto es que en los brazos de la joven, se sentía seguro, tranquilo, como si nada de lo que estaba ocurriendo pasase realmente. Esa noche sí la pasaron entera juntos, aunque las chicas le descubrieran durmiendo con Motoko ya poco le importaba, aunque contando con suerte, eso no ocurrió. Lo más probable es que ellas ya supieran de su relación. Al amanecer se vistieron y despertaron a las demás para seguir el camino, donde ya se veían a lo lejos las nombradas montañas. Nada más adentrarse en ellas, el cielo oscureció y sintieron un escalofrío que les recorrió el cuerpo, solo que Keitarô además notó cómo una enorme fuerza que superaba la suya se acercaba. Sentía ese poder palpitando en su piel, aterrador y frío. El Hijo de la Sombra se acercaba. Keitarô tomó el báculo que el anciano sacerdote le entregó cuando tenía dieciséis años y se puso en guardia, cuando de pronto oyó una risita aparentemente inocente. De nuevo esa niña. Shinobu.

-volvemos a vernos –dijo la niña a modo de saludo.

Junto a la niña aparecieron de la nada una serie de demonios que se dirigieron a atacar a las chicas.

-nosotras aguantaremos, Keitarô –aseguró Motoko –tú encárgate de esa niña.

-¿encargarte de mí? –dijo la chica de pelo azul –eso ya lo veremos.

Atacó. No solo le costaba esquivar los ataques de la niña, sino que le era imposible atacarla él, aún siendo superior en fuerza. Pero estaba claro que en experiencia técnica, Shinobu le ganaba por mucho. Intentó retenerla con un remolino de fuego, pero la niña lo traspasó sin quemarse.

-ya vengo del infierno, ¿crees que va a quemarme ahora una cerilla como lo que has invocado?

-¡mierda! –masculló el chico al ver que estaba fallando.

Además las chicas aún seguían luchando con el veintenar de demonios que habían aparecido, así que no podían ayudarle.

-ahora me toca mover a mí –dijo la niña.

Se preparó para cargar contra él, y Keitarô para recibir su ataque.

-ya es suficiente, Shino. Déjame el resto a mí.

No sabía de dónde procedía esa voz, pero vio que la niña obedeció de inmediato a la orden y se retiró antes de atacar. Todos los demonios también se retiraron y se reunieron junto a la niña. De lejos se oían unos pasos ligeros, aunque con sonido contundente, y tras esos pasos apareció la figura de una joven. Keitarô se sorprendió por la belleza que poseía la chica, con un cuerpo esbelto y proporcionado, envuelto en unas finas sedas rojas que casi transparentaban dejando ver un leve perfil del cuerpo desnudo de la chica. Tenía el pelo castaño muy claro, casi anaranjado, y los ojos color miel muy claros. Era guapísima. Pero a su vez tenía un aura que le hacía estremecer.

-¿quiénes son los acompañantes del chico? –preguntó la joven.

-son las sacerdotisas del viento, el agua, el hielo y el fuego; ama. Acompañan al Hijo de la Luz en su misión –respondió uno de los demonios.

-¿y se puede saber por qué no he sido informada antes?

-ama, yo...

-panda de imbéciles... –susurró en un tono aburrido.

Después de decir eso, mató a sangre fría al demonio, su propio aliado, dejándolo sin cabeza de un solo ataque de zhao.

-marchaos todos de aquí si no queréis que os pase lo mismo –ordenó calmadamente.

Por supuesto, al instante todos los demonios desaparecieron para evitar aguardar el mismo destino que su compañero fallecido.

-¿tanto te impresiona tan poca cosa, Keitarô? –preguntó la hermosa joven, al verle boquiabierto.

-¿cómo sabes mi nombre?

-sé muchas cosas de ti. Más de lo que te imaginas.

-desde luego estoy en clara desventaja. ¿Quién eres?

La chica sonrió.

-provengo de la familia Narusegawa, soy sacerdotisa del dios del Apocalipsis y por mis venas corre la sangre de las cuatro familias satánicas. Mi nombre es Naru, y soy la Hija de la Sombra.

-¿¡cómo!?

La chica soltó una pequeña risilla y caminó hacia él, haciendo sonar los tacones que llevaba. Cuando estuvo muy cerca de Keitarô, este tuvo que tragar saliva, no sólo por ser quien era, sino por comprobar tan de cerca su rostro, su forma de caminar, el leve atisbo de la forma de sus pechos bajo la tela, y también al notar sus ojos impenetrables y el aura que desprendía. Ella era toda provocación, la tentación encarnada en mujer. Y a la vez el mismo diablo en persona. Naru se acercó a su oído y le susurró:

-es una pena que seas quien eres, ya que tendré que matarte.

Él entendió todo el significado de esas palabras cuando Naru recorrió su cuello acariciándolo con la punta de su lengua, dándole un pequeño mordisco al final, sintiendo su cálido aliento en la piel.

-que no interfieran, Shino –ordenó Naru a Shinobu.

Al instante, la chica se dirigió al grupo que acompañaba a Keitarô y comenzó a atacarlas, aunque limitando la fuerza con la que lo hacía.

-¡chicas, ¿estáis bien?!

-no deberías prestarle tanta atención a esas chicas cuando me tienes a mi justo delante de ti –dijo Naru con una sonrisa pícara y maliciosa.

Keitarô se puso en guardia, y Naru negó con el índice, divertida.

-no debes provocar a quien no puedes vencer.

-eso ya lo veremos.

-me lo estás poniendo muy fácil, Keitarô.

Justo después Naru le lanzó una ráfaga que gracias a que reaccionó a tiempo pudo desviar, pero debido al humo no tenía visibilidad y no pudo darse cuenta de que tenía a la chica a sus espaldas.

-una –le susurró, notando su aliento en la nuca.

-¿¡qué!? –preguntó dándose inmediatamente la vuelta.

-ya has muerto una vez. Veamos cuantas veces habrás de morir antes de que tengas la más mínima oportunidad de tocarme.

Tras decir esto, saltó y lanzó otro ataque que esta vez Keitarô esquivó con facilidad y respondió lanzando una llama avivada por el viento. De pronto notó el roce de las largas uñas de la infernal chica en su cuello a la par que la escuchaba decir "dos". Se la quitó de la espalda e intentó realizar un ataque físico, pero ella sin esfuerzo se rodeó de una gran barrera y le miró sonriendo, desafiante. Abandonó la idea de invadirla y se alejó unos metros.

-ha llegado la hora de que me ayudéis –susurró -¡dioses del cielo y de la tierra: sol, luna, aire, fuego, agua y hielo!¡unios a mí!

Naru observaba seria cómo los dioses le brindaban sus poderes al Hijo de la Luz.

-ven a mí, Apocalipsis –murmuró ella.

Keitarô lanzó su ataque a través del báculo de los dioses hacia Naru, y ella lo contrarrestó con la energía que el dios Apocalipsis le había concedido sin dificultad. Keitarô esperó a ver los resultados de su ataque, pero cuando la humareda del polvo se asentó pudo ver a Naru intacta.

-¿pero qué demonios... ?

-ya me he cansado.

Ahora ya no le dio tregua. Ella comenzó a golpear su barrera tras lanzarse a por él. Consiguió parar los primeros cuatro ataques que ella le lanzó, pero a partir del quinto recibió golpes por todas partes sin cesar, hasta el punto de no saber lo que veía, lo que oía o dónde estaba. El último ataque lo lanzó al suelo al lado de donde él estaba tumbado, derrotado, y lo lanzó por los aires, atrapándole al vuelo por el cuello y aprisionándole contra una pared.

-ni siquiera me has rozado ni una sola vez –masculló ella -¿es esto todo lo que sabes hacer?

Keitarô no podía ni responder.

-me has decepcionado. Esperaba otra cosa de ti.

-¡Keitarô! –gritaron Motoko y Mutsumi al verle atrapado y derrotado.

-acabemos de una vez.

Una vez dicho esto, con un solo dedo, le atravesó el corazón.