Como era de esperar, no podía negarse. Aceptó el chantaje y se entregó a las garras de su mayor enemigo: la Hija de la Sombra. Una vez más había perdido ante ella, era una verdadera estratega, usando tanto su fuerza como su astucia. Le había superado. Lo único que se preguntaba era qué pensaba hacer ella con él. ¿volver a matarle? ¿torturarle? En el santuario de la sacerdotisa, fue encadenado en una de las mazmorras subterráneas, medio desnudo, provistas de escritos de textos sagrados que impedían el manifiesto del zhao, de modo que no pudiera escapar. Tan solo era un humano normal y corriente bajo esas cadenas. No podía ver la luz del día, así que no podía saber cuanto tiempo debía estar allí, pero por el hambre y la sed que empezó a tener y las heridas que empezaba a causarle los grilletes en las muñecas debido al peso del cuerpo, permanentemente en pie y exhausto, debían pasar ya unos tres días. Le empezó a derrotar la desesperación, y sin saber casi por qué empezó a sollozar. Para ahogar las lágrimas comenzó a dar gritos desgarradores, usando sus cuerdas vocales tras días sin hacerlo, sintiendo el dolor en la garganta por las voces que daba, sintiéndose un poco más liberado. Comenzó a golpear los grilletes contra la pared y la sangre de sus muñecas comenzó a fluir. Las lágrimas dieron paso a la rabia. No podía parar de gritar.

-ama, siento interrumpirla –le dijo un demonio temeroso a Naru, entrando en sus aposentos donde estaba disfrutando de la compañía de un atractivo y fuerte hombre -, es el chico. No hace más que gritar y la sala huele a sangre.

Ella miró a su subordinado en silencio y se quitó de encima del joven. Este, al ver que ella pretendía marcharse, la tomó de la mano y la atrajo hacia él.

-¿ya te vas? Si lo estábamos pasando muy bien...

Entonces el chico la tendió de nuevo en la cama de sábanas rojas y se puso sobre ella.

-¿por qué no te olvidas de ese idiota y continuamos con lo nuestro?

Ella sonrió, lo que el joven entendió como un signo de complicidad. Y un momento después ya había atravesado el cuerpo del chico con su brazo a la altura del estómago, se le quitó de encima y le dejó tirado en el suelo, donde murió. Después, abandonó la habitación y se dirigió a los calabozos. Al abrir la puerta, Keitarô tuvo que entornar un poco los ojos debido a la luz que había entrado, y vio acercarse a él una figura femenina. Cuando sus ojos se adaptaron a la luz de la sala, pudo ver que Naru estaba completamente desnuda y cubierta de sangre, y se mostraba ante él sin ningún pudor, mirándole fijamente a los ojos muy seria. Se quedó así un buen rato mirándole. Él era incapaz de mantenerle la mirada, y en las veces que apartaba la vista, recorría el cuerpo esbelto de la chica. Estaba rociada de muerte y eso, en esos momentos de debilidad, le asustaba mucho, pero también sentía una increíble atracción por ella... su cuerpo, sus senos, su vientre plano y sus piernas largas y estilizadas, toda su piel desnuda y brillante de sangre, donde las gotas la recorrían juguetonas y trazaban las curvas de su cuerpo. De pronto se dio cuenta de que la deseaba, que había caído en sus garras, aunque la odiaba.

-dadle agua y comida, y colocadle unas cadenas más largas para que pueda dormir. No le quiero muerto todavía.

Se percató también de las heridas de las muñecas y mandó que se las vendaran. Tras eso, se marchó sin decirle una palabra, y él pudo observar cómo su pelo caía por su espalda hasta las caderas, y a cada paso que daba rozaba su piel. Tras ella se cerraron las puertas y, de nuevo, oscuridad.

Naru se limpió la sangre y se vistió con sedas negras esta vez. Había detectado una energía que debía erradicar de inmediato, y esa energía la conocía bien. De modo que salió en busca de las chicas que ayudaban a Keitarô, y esta vez lo hizo sola. Cuando la vieron llegar, todas se pusieron en guardia y le gritaron que le devolvieran al joven, a lo que ella hacía caso omiso. Aunque ya estaba muy cerca, ninguna se atrevía a atacarla por miedo a una muerte segura. Miraba fijamente a Motoko, y se paró justo delante de ella.

-¿a qué has venido aquí?

-he venido a matarlo.

-¿qué?

-no puedo permitir que venga a este mundo.

-¿de qué estás hablando?

-de la criatura que llevas en el vientre, el hijo no nato de Keitarô que se desarrolla en tu interior.

-¡¿qué?!

No sabía que Keitarô la había dejado embarazada. Lo cierto es que hacía un tiempo que notaba que se había vuelto más fuerte, y era debido a la energía del hijo que llevaba de Keitarô, y ahora que acababa de enterarse de que existía ese niño debía también presenciar cómo dejaba de existir. Ella rogó que no lo matara, rogó por su hijo entre sollozos y lágrimas en un llanto desgarrador, pero Naru no tuvo compasión. Tras conjurar al dios del vacío, Motoko notaba cómo iba esfumándose de su interior la criatura de su vientre, hasta que notó cómo la sangre caía por sus piernas y sufrió un aborto. Una vez cumplida la misión, la dama del infierno se retiró, dejando desolada a Motoko, que se desmayó debido a la pérdida de sangre y al trauma de perder al niño.