Keitarô despertó notando que había ocurrido algo terrible. No entendía bien por qué se sentía así ni qué había pasado, pero sentía un gran dolor penetrando en cada poro de su piel, como si hubiera perdido algo muy preciado. Comenzó a llamar a Naru a gritos, y siguió haciéndolo hasta que la Hija de la Sombra regresó al santuario y escuchó su nombre a través de las piedras. Acudió a su llamada con una expresión fría e inerte y se presentó ante Keitarô. Él escudriñó su rostro y en sus ojos pudo comprobar cómo ciertamente había hecho algo terrible.

-¿qué has hecho, maldita sea? ¿a quién me has arrebatado, a quién has matado ahora?

-a tu hijo.

El corazón le dio un vuelco. Tenía un hijo y se lo habían quitado. De pronto vio cómo las cadenas de las manos se abrían y le dejaban libre. Ahora ambos estaban solos, encerrados en la mazmorra. La cogió de las prendas que llevaba y la puso contra la pared con violencia, aunque la chica ni siquiera se inmutó.

-adelante, mátame. Esta cámara sagrada también me afecta a mí, ahora tan solo soy una chica de diecisiete años que está a tu merced. Puedes acabar conmigo con facilidad, adelante, hazlo.

Él presionó aún más su cuerpo contra la pared, pero no se atrevía a hacerla daño. No entendía por qué, pero no podía. Apenas podía sostener la mirada fija y penetrante de la chica, y aunque sentía que le hervía la sangre, no era capaz de rozar su piel siquiera.

-he visto cómo me miras –le dijo.

Keitarô se quedó parado, destensó un poco los puños y disminuyó la fuerza con la que la tenía presa.

-y sé que también has notado cómo te miro yo –alzó la cabeza y le miró con superioridad -Atrévete y hazme todas esas cosas que te imaginas conmigo.

Él notó cómo la sangre ardiente pasaba rápidamente por todo su cuerpo. Ya no podía aguantar más. La cogió por las muñecas y la inmovilizó contra la pared a la vez que empezó a besarla con fuerza, anhelante y poseído por el deseo, a la vez que ella respondía al beso de la misma manera. En pequeños intervalos en que separaban por un instante los labios dejaban escapar suspiros provocados por la excitación que les embargaba. Él abandonó su boca tras besarla desesperadamente y probó el sabor de su piel, la dulzura de su olor y su suavidad al tacto, recorriendo su cuello, sin permitir que un solo centímetro de su piel no hubiera sido probado por él. Dejándose llevar por la urgencia, despojó a la sacerdotisa de sus ropas rasgando la fina tela, dejando su cuerpo al descubierto. Pero esta vez era suyo, ahora la estaba poseyendo él. Recorrió cada curva del cuerpo de la chica con sus manos y volvió a besarla mientras lo hacía. Se estaba volviendo loco, había perdido totalmente el control de sus actos, de sus pensamientos y se había abandonado sólo a ella. Tras despojarse él de la poca ropa que tenía, tumbó a la sacerdotisa sobre las telas que antes habían cubierto su cuerpo y se puso sobre ella sin dejar de besarla un instante. De pronto ella giró, colocándose encima y le obligó a permanecer en el suelo, mientras ella estaba erguida mirándole a los ojos, desafiante. Se colocó encima de él con las piernas abiertas y él pudo notar su calor, lo que acabó de desquiciarle. Con un rápido movimiento volvió a colocarla bajo su cuerpo y permaneció por un instante observando a Naru. Su respiración era agitada, notaba cómo su vientre se movía bajo su cuerpo cada vez que ella tomaba aire y lo dejaba escapar de sus labios, que brillaban entreabiertos por la tenue luz. Sus ojos tenían un brillo anhelante y su mirada ahogada en deseo le pedía a gritos que continuara. Impaciente, ella le tomó por la nuca y le atrajo hacia sí, consiguiendo que sus bocas se encontraran de nuevo. Entonces supo que ella le deseaba tanto como lo hacía él. Ella le abrazó con las piernas y acariciaba su espalda mientras él se hundía en ella, alcanzando cómplices un ritmo desenfrenado que ambos llevaban al compás, leyendo en los ojos y los suspiros del otro lo que deseaba en cada momento hasta lograr al fin hacerse el uno del otro entregándose al placer. Keitarô, exhausto y respirando pesadamente, hundió su cabeza en el cuello de ella, esperando quizá la muerte, como había hecho con su anterior amante. Sin embargo, ella lo que hizo fue quitárselo de encima dejándole a un lado. Se levantó y se cubrió ligeramente con la seda rasgada, encaminándose después hacia la salida de la mazmorra. Sin embargo, Keitarô la rodeó por la espalda y la detuvo.

-aún no he terminado contigo –le dijo a la sacerdotisa con voz ronca –esto ha sido solo para calmar el desenfreno.

Él recorrió su cuello con la punta de la lengua como hizo ella en otra ocasión con él. Después puso su boca junto a su oído y susurró:

-mi imaginación me ha atormentado con muchas otras cosas además de esto, y ahora que me has dado pie para que empiece, no dejaré que te vayas sin terminarlo.

Ella hizo que la soltara y se puso de cara a él, sonriendo pícaramente.

-lo cierto es que me habías hecho pensar que el juego había terminado aquí. Me habría ido bastante decepcionada.

Él selló su boca con un beso que respondió con la respuesta que ella quería. Naru le apartó de sí con una mano y se alejó sonriendo descaradamente desafiante. La puerta quedó abierta, y al salir el chico, Shinobu le pidió que le siguiera. Le llevó a que comiera y bebiera tanto como quisiera y le guió a un lago artificial que había en uno de los patios para que pudiera bañarse. Después le guió a través de pasillos tenebrosos, donde había cadáveres humanos colgados de cuerdas, desmembrados o incluso ensartados en lanzas, entre ellos había también niños y bebés. Los demonios se divertían comiéndose sus cabezas o destrozando los cuerpos. Incluso había algunos que se mataban unos a otros tan solo por el placer de matar, y una vez muertos los trataban como el resto de los cuerpos que adornaban el santuario. También observó cómo estos demonios traían rehenes de pueblos cercanos, todas mujeres, y las violaban. Así era como continuaban su estirpe. De pronto vio el cadáver de una mujer expuesto justo encima de la puerta del santuario del dios Apocalipsis, colgado de una cuerda, y le resultó vagamente familiar, aunque estaba ya muy corrupto. No tuvo tiempo de observar más, aparte que decidió apartar la vista de tanto horror, y por fin llegaron a unas largas escaleras que ascendían un piso más arriba. Shinobu le indicó con un gesto que las subiera, ya que ella ya no le acompañaría. Y eso hizo. Se encontró de frente con unas puertas enormes, con muchos adornos satánicos. Imaginó que debía abrirlas, sin embargo, las puertas cedieron solas, así que pasó a la habitación. Estaba iluminada con una tenue luz de velas, y pudo ver a la chica tumbada sobre la enorme cama de sábanas rojas sonriendo suavemente. Él se la quedó mirando. Ella era la responsable de tanta muerte... una sola palabra suya y todo terminaría.

-ven aquí.

Keitarô obedeció y la chica le recostó a su lado, con su cabeza acunada en su hombro, y le acarició el pelo con suavidad. Lo intentaba, pero no era capaz de enfadarse.

-ahora olvídalo todo, olvida lo que has visto –le susurró –Y cuando lo hayas hecho, dejaré que me hagas lo que quieras.

Ella llevó sus ágiles dedos por el pecho de Keitarô, por sus brazos, por sus labios, donde se miraron a los ojos. Él la observaba serio, sin mostrar emociones en su rostro. Ella bajó por su cuello acariciando levemente su piel con la yema de los dedos, por su torso trazando los abdominales ligeramente perfilados, y a la par que lo hacía se acercó a él y le dio un pequeño mordisco en el rostro, y después lo repitió en su oreja, permitiendo así que Keitarô escuchara su respiración, que acompañó intencionadamente por un gemido tan leve que apenas era audible, aunque lo suficiente para que él sí pudiera notarlo. Entonces su mano comenzó a bajar hasta llegar a la tela del fino pantalón que llevaba, y jugueteó con el borde de los mismos introduciendo en él lentamente la punta de los dedos. Él se lanzó a besarla antes de que siquiera le hubiera rozado, esta vez más calmados y profundos, largos, y ella se tumbó dejando que fuera él quien tomara entonces el control. Hicieron el amor con más sosiego, disfrutando de cada roce, de cada beso, de cada suspiro. Keitarô exploró con mayor detenimiento el cuerpo de su compañera, cuidando cada parte de su cuerpo, besando cada rincón, dando rienda suelta a sus deseos, a aquello que había soñado hacer con ella. Durante días, aprendió a adivinar sus deseos, a comunicarse con ella sin mediar una sola palabra, hasta el punto de alcanzar tal complicidad con ella a la hora de yacer juntos que para él era ya imposible pasar un solo día sin su presencia envuelta en aquellas sábanas del color de la sangre.

-algún día tendré que matarte –le dijo en una ocasión –o algún día tendré que morir.

El escalofrío que recorrió su piel le hizo sorprenderse a sí mismo después cuando se dio cuenta de que la estaba abrazando. Jamás lo había hecho antes, ya que eso nada tenía que ver con las caricias del sexo, sino que era un gesto de cariño. Se dio cuenta de que se había enamorado de su peor enemigo, a pesar de odiarla profundamente. Se sentía perdido. Pero se dio cuenta de algo más, ya que ella había dejado que lo hiciera.

Naru se quedó callada. Se puso en pie y se vistió con destreza un modelo muy parecido a los anteriores negro y rojo, de la misma tela, solo que esta vez en violeta.

-debo irme.

-¿por qué?

-mis súbditos están hambrientos. Hace días que no salen de caza porque tú y yo no hemos salido de esta habitación y no han recibido órdenes.

-eso significa que matarás a gente inocente. A mi gente.

Ella volvió a guardar silencio y caminó. Entonces él la detuvo abrazándola de nuevo por la espalda, y apoyó sus labios en el cuello de la chica, y se quedó así unos instantes antes de hablar.

-así que si consigo que te quedes conmigo evitaré que la gente muera.

Keitarô la rodeó con más fuerza y se hundió en su pelo, calándose de su suave olor. Después llevó las manos a su cintura y la hizo girar suavemente para tenerla de frente. Entonces la miró a los ojos, y pudo ver cómo ella quedaba extrañada al ver que Keitarô la miraba con dulzura y a la vez con tristeza, una mirada muy distinta a las otras que alguna vez habían llegado a posarse en sus ojos.

-en estos días me he dado cuenta de que no eres un demonio como los demás. Tú naciste de una madre humana, por tanto albergas sentimientos humanos. Puedes elegir.

No le gustaba el camino que estaba tomando Keitarô. Empezó a pensar que había sido un error traerlo a su santuario.

-es tu madre, ¿verdad? La mujer que está colgada del templo del dios Apocalipsis.

Ella le miró con frialdad. Eso sí que no le había gustado nada.

-la mataron ellos, ¿no es así?

No quería desenterrar esos recuerdos, pero él la estaba obligando.

-no –contestó rotundamente - Lo hice yo.

Eso sí que no se lo esperaba. Le hizo casi dar un paso atrás de la impresión. Ella recordó aquel día, cuando tenía trece años. Eran órdenes explícitas de los cuatro dioses del infierno, le haría más fuerte, eso decían. Era como si volviera a ver la escena... su madre, la única persona por la que alguna vez había sentido afecto, estaba en las escaleras que llevaban al santuario del dios Apocalipsis, el dios al que había servido la familia Narusegawa. Todos los demonios del reino se habían reunido para presenciar el acontecimiento, así como estaba la presencia de los cuatro dioses que impregnaba el lugar aunque no se mostraran. "tú no eres hija más que de los dioses", le dijeron. Según los cuatro dueños del infierno, esa mujer solo era un instrumento para traerla a ella al mundo, pero no era más que una humana mortal que había cumplido con su misión en la Tierra y ahora era una ficha prescindible, por no decir inservible. Matarla sería liberarse de las cadenas que la ataban a los humanos. Así que Naru localizó el corazón de su madre y subió el brazo mostrando la palma de la mano hacia la mujer. Ella notó una leve presión en el pecho. Cuando Naru se atrevió a mirar a su madre a los ojos, las lágrimas recorrían su cara y se esforzaba por no sollozar. Su madre sonrió con calidez. Entonces cerró el puño y el corazón de la mujer estalló dentro de su cuerpo y calló muerta. La mano le temblaba. Esa fue la única vez que lloró. A partir de ahí, ciertamente abandonó cualquier sentimiento humano y se convirtió en la Hija de la Sombra, una chica fría que nadie podía llegar ni a rozar, y en recuerdo de lo que se había convertido, colgaron de lo alto de la cornisa que había en la entrada del templo del dios a su madre para que ella tampoco lo olvidara.

Sonrió de una forma que a Keitarô se le heló la sangre.

-sí, Keitarô, puedo elegir –le dijo -, pude elegir no matar a mi madre. Pero lo hice. Yo escogí este camino y seguiré adelante hasta matarte a ti.

-a pesar de lo que puedas sentir.

-eres muy aventurado pensando que tengo ese tipo de sentimientos.

-dime si me equivoco.

Ella se rió.

-eres muy iluso, Keitarô.

-en caso de que esté en lo cierto, ¿me matarías?

Entonces borró la sonrisa y tomó un gesto serio.

-que no te quepa la menor duda. Es por lo que estoy aquí.

Él se quedó sin palabras.

-y será dentro de poco. Tus amigas vienen a rescatarte.