Podía notar la batalla fuera de los muros del santuario. Ella acababa de marcharse para unirse a la batalla, así que se apresuró a ponerse el resto de la ropa y coger su báculo y sumarse a sus amigas, o de lo contrario ella las mataría. Se lanzó por una de las ventanas y levitó, cayendo así más lentamente y se dirigió a Kaolla, que estaba en apuros, y la ayudó.
-¡estás de vuelta!
-siento haberos preocupado –se disculpó sonriendo.
-¡yo me encargo de ella!
-¡¡no, Motoko!! –gritó Keitarô.
Pero era tarde. Motoko ya había cargado contra ella con su katana. Naru ni se inmutó y se limitó a hacer aparecer su defensa, pero la chica, tras un primer choque, la derribó y Naru tuvo que esquivar el ataque, sorprendida.
-este es el poder que me ha dejado el hijo que me quitaste. Tú te llevaste su vida, y yo me cobraré la tuya.
-te has vuelto muy fuerte, pero, ¿realmente te ves capaz de matarme?
Motoko miró a la chica enrabietada, y ella sonrió abiertamente, divertida.
-compruébalo tú misma.
Mientras las chicas mantenían su particular pelea, Kitsune, Kaolla y Mutsumi fueron eliminando uno a uno los débiles y hambrientos demonios, mientras que Keitarô permanecía expectante ante Shinobu, que parecía estar a punto de atacarle. Estaba algo intranquilo, porque por más que se empeñaba no podía medir la cantidad de energía zhao que la chica tenía. Shinobu alzó la palma de la mano y en ella apareció poco a poco una esfera de luz que, inesperadamente, se dirigió hacia él y que esquivó de milagro. Después de ese, compartieron otros tantos ataques y golpes, que jamás llegaron a tocar a ninguno de los dos. Sin embargo, él notaba algo raro, ya que Shinobu estaba siempre a la defensiva, sin dar el primer paso demasiadas veces. Entonces se dio cuenta de que le estaba distrayendo mientras Naru y Motoko mantenían su duelo. Se quedó horrorizado cuando vio a la sacerdotisa del viento arrodillada en el suelo, llena de heridas y agotada, mientras que Naru apenas mostraba daños. Se estaba preparando para dar el golpe final.
-¡¡¡Motoko!!!
Shinobu atacó, pero él, con una mezcla de rabia y desesperación, repelió el ataque con otro mucho más fuerte que tumbó a Shinobu de un solo golpe.
-¡¡espera!!
Keitarô corrió lo más rápido que pudo hasta llegar a una distancia prudencial de las dos sacerdotisas, donde Naru pudiera darse cuenta de su presencia. Por el momento, había abandonado el ataque, aunque aún seguía con el brazo en carga preparado para aplicar la sentencia.
-por favor, déjala marchar. Soy yo a quien quieres, no tienes por qué matarla.
-tienes razón, no tengo por qué. ¿es que no entiendes que mato por placer y no por deber?
-¡¡Naru, no!!
Detuvo el ataque cuando escuchó el grito desgarrador de Keitarô. Lo paró. Por primera vez en su vida había dudado a la hora de matar, y eso no era más que un signo de debilidad. Se sintió frustrada, porque no había sido capaz de liquidar a una persona que amaba Keitarô. Pero no sólo había sentido compasión por ella, sino que también la odiaba por haber tenido a Keitarô en sus brazos, y un hijo de suyo dentro de ella. Esto no debería haber pasado. No debería haberse enamorado de él.
Naru tomó la katana de Motoko y cargó fuertemente contra Keitarô, llena de rabia, apretando los dientes. Era la primera vez que veía a Naru perder el control de esa manera. Estaba furiosa, por él, por su culpa habían vuelto a aflorar esos sentimientos humanos que creyó haber enterrado por la eternidad, y que tan sólo eran un estorbo para ella. Keitarô intentó parar su ataque con el campo de fuerza pero resultó inútil y lo paró a duras penas con su báculo, impidiendo que la hoja de la espada le cortase por la mitad. Tras el ataque arrojó la espada al suelo y no paró de lanzarle ataques uno tras otro, y en un instante en que paró, creó un gran campo de fuerza a modo de burbuja donde sólo estaban ambos, evitando que cualquier otro se entrometiera.
-esto es sólo entre tú y yo. Acabemos de una vez –dijo antes de volver a arremeter contra él.
Las chicas observaron lo que ocurría dentro de la burbuja.
-por fin ha empezado –dijo un individuo recién llegado.
Mutsumi le reconoció. Era el padre de Keitarô.
-¿qué? –preguntó Kitsune.
-la batalla final.
