Dentro de la semiesfera, Naru no cesaba de atacar una y otra vez a Keitarô. La sacerdotisa del Apocalipsis contra el monje del sol. La Hija de la Sombra contra el Hijo de la Luz. Ella contra él, sin más.

-¿piensas continuar defendiéndote de mis ataques únicamente? ¡no me deshonres y lucha de una vez!

Ella no se iba a detener ante nada. Estaba claro que si no peleaba, Naru acabaría perdiendo la paciencia y matándole. Realmente habían nacido para enfrentarse, y había algo que le daba la certeza de que ese era el último encuentro que tendrían. Si debía ser su último día, lo viviría hasta el final. Ella comprendió que estaba dispuesto a luchar en serio y concentró toda su energía, hasta que apareció una espada de saya roja, al igual que las cuerdas, y se preparó para desenfundarla. Él hizo lo mismo que su adversaria y consiguió hacer aparecer una espada idéntica, solo que de color azul.

-maldita sea, ella sigue siendo más poderosa que Keitarô –dijo Kitsune.

-puede que se deba a que Naru procede directamente de un dios y su sangre es más pura –añadió Motoko.

-os equivocáis –dijo el padre de Keitarô –están en igualdad de condiciones.

-¿por qué lo dice?

-porque usted es el dios del sol, ¿no es así? –dijo Kaolla dicharachera.

-parece que me has descubierto. Me presenté en este mundo poseyendo el cuerpo sin alma de un bebé que acababa de morir en el vientre de una de las mujeres de la familia que estaba a mi servicio para poder engendrar en un futuro a mi hijo, que sería el Hijo de la Luz, el elegido –explicó –aún tiene posibilidades de ganar.

Tanto demonios como las chicas, incluida Shinobu, estaban pendientes de lo que ocurría dentro de la semiesfera. Aún no se habían movido. Naru dio el primer paso y desenfundó su espada, mostrando un acero resplandeciente, y atacó. Keitarô en un rápido movimiento desenvainó su espada y paró el ataque de Naru cruzando las hojas. Intentó alcanzarla por tres veces fracasando, sin hacer siquiera que ella tuviera que volver a enfrentar los aceros, y lanzó otra estocada que Keitarô tuvo que parar con su espada. Desde luego era superior a él, pero no podía permitirse perder. Si quería ganarla debía pasar a la acción y atacar, hacer que fuera ella quien debiera estar a la defensiva y conseguir así una posibilidad. Tras zafarse de un último ataque pasó él a lanzar movimientos de espada que, aunque no conseguían herir a la chica, al menos lograba que ella no pudiera pasar al ataque y tuviera que estar constantemente esquivándole. Ella le paró en un cruce de espadas y le mantuvo así, forcejeando.

-así no conseguirás nada, quizá sería mejor que te rindieras y te daré una muerte rápida.

-no te burles de mí, no puedo hacer eso. Todos mis amigos, toda mi familia, toda la gente depende de mí. No puedo fallarles ahora, les defenderé hasta el final. Por ellos es por lo que estoy aquí luchando contigo.

-¿la razón por la que luchas?

-así es.

Ella le repelió y le mandó lejos de sí a la par que ella saltaba para retroceder y ganar espacio, y así tener un respiro. En cuanto Keitarô cayó al suelo, tomó posición con su espada y comenzó a correr hacia ella. En los ojos podía ver la pasión que los encendía por proteger a los suyos. Era un sentimiento que no alcanzaba a entender. ¿por qué luchaba ella? Porque debía hacerlo, pero realmente no tenía una razón personal. Simplemente la habían criado para matar y ella mataba. ¿por qué mató a su madre aquella vez si en realidad no quería? Se dio cuenta de que odiaba al dios del Apocalipsis con toda su alma por obligarla a asesinar a la única persona en el mundo que le había importado. Quizá el dios había leído el peligro que representaba que ella le tuviera algún tipo de cariño a quien fuera, incluso a su propia madre. En realidad no era más que un instrumento, igual que la madre a la que mató. ¿debía matar a Keitarô igual que hizo con ella? Sabía cuál era la respuesta, pero por una vez en su vida, le preguntó a su corazón qué era lo que deseaba. Entonces, en el último momento, bajó la guardia con lágrimas en los ojos. Un segundo más tarde, la fría hoja de acero se había hundido en su piel y le atravesaba el cuerpo.

En el mismo momento en que había cumplido su misión, los poderes de Keitarô desaparecieron y fue inmediatamente repelido por el poder de la chica. Ella miraba al cielo, dejando correr las lágrimas. Por fin había encontrado la razón de su existencia, y era simplemente el deseo de libertad. Su corazón pedía a gritos dejar de ser sólo hielo. Miró su vientre atravesado por el acero, empuñó la katana y se la sacó con sus manos, dejándola en el suelo después. Keitarô se recuperó del último golpe y miró desesperado a la sacerdotisa, que acababa de sacarse la espada del abdomen y caía desplomada en el suelo.

-¡¡Naru!!

Corrió cuanto pudo hacia ella y al llegar se arrodilló en el suelo y la cogió en sus brazos. La semiesfera de energía desaparecía lentamente, a la par que la vida se le escapaba.

-¿por qué has hecho eso?

-¿no te das cuenta de que desde un principio deseaba morir? –le dijo, dejando correr las últimas lágrimas de sus ojos.

-Naru...

Recordó las veces que la chica le había provocado para que él la matara. Cuando le asesinó a él mismo, haciendo así que se volviera mucho más fuerte; cuando secuestró a su madre; cuando acabó con su hijo; cuando permitió que se quedaran asolas en la mazmorra y tuvo en la palma de la mano poder acabar con ella; cuando le provocó haciéndole presenciar tanta muerte dentro del santuario donde estaba recluido; cuando estaba a punto de matar a Motoko... en todas esas ocasiones ella había bajado la guardia adrede para que él aprovechara el momento, aunque su corazón se lo había impedido.

-no quería seguir siendo lo que soy. Nunca lo quise. En contadas ocasiones, mi corazón se dejaba escuchar dentro de mí a través de toda esta sangre de los demonios que recorren mis venas, y conseguía tomar el control por un momento. Pero no podía escapar, y acabé por matar a mi madre. No quería que eso ocurriera contigo. Tú has conseguido hacer llegar un poco de calor a mi corazón, y me has dado la oportunidad de acabar con todo. Morir por tus manos –suspiró sonriendo, mirándole con dulzura –es la muerte más dulce que podía alcanzar.

Como su muerte estaba sentenciada, ella también había pasado a ser una chica totalmente humana. Tenía la muerte que quería, siendo la persona que quería ser.

Las lágrimas empezaban a aflorar en los ojos de Keitarô. Cuando lo vio, la sacerdotisa sonrió entre divertida y dulce. Divertida al comprobar cuán caprichosa era la vida al hacerles enamorarse, teniendo también que enfrentarles a muerte.

-déjame aquí, y márchate. No quiero que estés aquí cuando muera.

-no voy a dejarte sola –dijo el chico llorando.

Ella entornó los ojos y apoyó su cabeza en el cuerpo de Keitarô. Estaba más preciosa que nunca; ella le había desatado grandes pasiones anteriormente, pero ahora al verla tendida en su regazo, notando su calor y viendo su rostro relajado, lleno de calma, era algo mucho más grande que todo lo que había sentido anteriormente.

-gracias –susurró.

Tras esas palabras, Naru cerró los ojos y exhaló aire por última vez.

La Guerra de los Cielos había acabado, ya se había cobrado la vida de uno de los dos elegidos, y los dioses del infierno fueron recluidos y controlados. Había acabado la destrucción y la muerte. Había acabado todo. Keitarô miraba el cuerpo sin vida de Naru y se despidió de ella antes de ser enterrada junto a su madre, dándole un último beso que no pudo darle en vida, notando los labios gélidos de ella, inertes y secos, humedeciendo su rostro con las lágrimas que caían de sus ojos. Tras una ceremonia con todos los honores, dejaron descansar eternamente a Naru a lo alto de una colina donde florecían rosas rojas cada primavera, y se cerró con ello la historia de ambos, que pasó a ser leyenda, relatada durante cientos de años sin caer jamás en el olvido.

EPÍLOGO:

Cada una de las chicas que acompañó a Keitarô se convirtieron en guías que ayudaron a reconstruir los pueblos destrozados por las batallas, incluida Shinobu, que tras la muerte de su mentora y el fin de la guerra, había sido liberada de las cadenas demoníacas que la ataban y gracias a ellas, la vida en la Tierra recobró poco a poco la normalidad.

De Keitarô sólo existen rumores, aunque algunos cuentan que tras la muerte de Naru encontró a una niña recién nacida, que fue dada a luz el mismo día que Naru había muerto; en las Montañas del Destino, donde la había conocido por primera vez. La niña estaba tapada con unas finas telas de algodón de color rojo, muy suaves, que le recordaron a las sábanas que vestían la cama de Naru. En una de sus muñecas podía distinguirse una marca que se asemejaba a un sol. "esto es un regalo". Keitarô miró hacia todas partes, pero no había nadie allí, aunque juraría haber escuchado un susurro de un hombre conocido. De pronto la niña despertó y abrió los ojos, unos preciosos ojos claros del color de la miel. Entonces Keitarô se echó a llorar y abrazó a la niña, mirándola con una sonrisa llena de alegría y ternura, sollozando como un niño, y dio gracias a su padre, el dios del sol, por haberle entregado el regalo que salvaría su vida, mientras observaba cómo una especie de remolino de un viento cálido que le llenaba de calma le rodeaba.

Unos días más tarde, unos aldeanos que pastoreaban su ganado por la zona encontraron a la niña envuelta en la sábana y a un niño de unos dos años de edad, vestido con ropa de adulto que le quedaba enorme, con los cabellos negros. Ambos niños estaban dormidos. Los dos tenían una marca de nacimiento en la muñeca con la forma de un sol. Se los llevaron a su pueblo y los alimentaron, teniendo la suerte de tener una mujer embarazada que podía dar de mamar a la niña. Cuando el pequeño despertó, sólo decía recordar los nombres de ambos: él, Keitarô; ella, Naru. El resto estaba borrado. Todos los miembros del pueblo se pusieron muy nerviosos al oírlo, no se lo podían creer, así que llamaron a una joven para que los viera. Ella se presentó ante el niño, que comía hasta hartarse, y miró a la chica extrañado.

-¿y tú quién eres?

-me llamo Mutsumi, Keitarô. Encantada de conocerte.

-ah.

El pequeño siguió comiendo, siempre observando de reojo a la pequeña Naru que estaba en los brazos de aquella mujer.

-debe de ser una coincidencia, él no es el Hijo de la Luz –dijo Mutsumi sonriendo.

-es cierto, no tiene ningún parecido –corroboró la recién llegada Motoko.

Todos los habitantes del pueblo se sintieron un poco decepcionados, aunque también estaban contentos por la llegada de sangre nueva a la aldea. Había sido una bendición.

-¿hemos hecho lo correcto, Motoko? –preguntó Mutsumi, caminando por la aldea.

-se merecen una vida tranquila. Ahora pueden empezar de nuevo –contestó ella sonriendo –parece que Keitarô no recuerda nada. Mejor así.

-tienes razón. Me alegra tener de nuevo a ambos con nosotras.

-sí. Ahora todo será diferente.

La vida volvía a florecer entonces, era un regalo por todo el sufrimiento por el que el Hijo de la Luz y la Hija de la Sombra habían tenido que pasar. Lejos del odio, podrían al fin caminar juntos en un nuevo amanecer.