Tercer capítulo, estoy en racha! Este capítulo es un pelín más largo, y por primera vez, encontramos una mirada al pasado de Viktor. Este chico es mucho más de lo que parece. Si tenéis curiosidad por saber qué le llevó a ser una gran estrella del quidditch, y cómo avanzará en su conquista de Hermione, seguid leyendo!

No olvidéis dejar un review! Me haría ilusion llegar a las 300 con este fic y creo que podemos conseguirlo! Ánimo chicas, apoyad esta historia!


Cuando el reloj tocó las ocho, Víktor cerró el diccionario y se dirigió hacia el gran comedor, no sin nerviosismo. Aunque había intentado quitarle importancia, lo cierto es que le preocupaba bastante que Karkaroff pudiera interponerse entre él y Hermione. A pesar de descender de una antigua familia búlgara de intachable pureza- ni un solo squib, ni un solo muggle- sus padres jamás le habían educado para odiar a los muggles, y había crecido con una indiferencia absoluta hacia esas cuestiones. Lo que hiciera Voldemort le traía sin cuidado, porque toda su vida se centraba en el quidditch.

Hasta ahora.

Mientras cruzaba el pasillo en dirección al Hall, esquivando deliberadamente a los grupitos de chicas que le hacían señas, se preguntó si realmente su vida era tan limitada como le parecía de pronto.

El quidditch siempre había sido su pasión. Desde muy joven había acompañado a su hermano mayor Vassilij a los entrenos de Durmstrang. Vassilij era su ídolo: con sólo catorce años estaba a punto de entrar en la selección búlgara para los mundiales. El ministerio prohibía que un menor participara, pero estaba dispuesto a hacer una excepción por aquel prodigio.

Víktor recordaba las largas tardes sentado en las gradas, helado de frío, contemplando fascinado como su hermano mayor, el mejor buscador del mundo, perseguía el snitch como si fuera un pájaro. Era su ídolo: era cariñoso, amable, el ojo derecho de su madre, y su mejor amigo. Viktor no podía contar las noches que se habían quedado los dos hablando en la cama sobre qué harían cuando fueran jugadores famosos.

Víktor sonrió con tristeza y se pasó una mano por la cabeza.

Se acordaba de cuando Vassilij entró en la selección y volvió a casa con la cabeza rapada al cero. Su madre había puesto el grito en el cielo: "Con el pelo tan bonito que tenías!". Pero Vassilij le explicó que era necesario porque el pelo largo era molesto para volar, y ahora que era un profesional, tenía que acomodarse a las normas. Recordaba también la cara que había puesto cuando le dieron su primera Saeta de Fuego por su decimoquinto cumpleaños. Hasta entonces sólo había tenido Estrellas errantes, y aquello era muy importante. "Es la escoba más rápida del mundo", le había dicho su madre, orgullosa.

Fue su última escoba.

Nadie supo explicarles muy bien cómo había ocurrido. Un compañero de su equipo juró que un rival le había empujado a posta. El entrenador les dijo que Vassilij se había caído intentando hacer el amago de Wronski. Otros, que simplemente perdió el control de la escoba. Lo cierto es que cuando el cuerpo de Vassilij impactó contra el suelo a cincuenta metros de altura, nadie pensó que podía estar muerto. Era demasiado joven, demasiado prometedor. La noche en que trajeron su cuerpo a casa, Viktor tampoco se lo creía. Le parecía que en cualquier momento despertaría y le diría que fueran a volar un rato.

Con la muerte de Vassilij, el quidditch quedó prohibido en casa de los Krum. Su madre había arrancado en un ataque de histeria todos los pósters y fotos de la habitación que ambos hermanos habían compartido, y encerró la escoba en el desván. Lo único que conservó fue el traje de la selección, el que llevaba cuando murió.

El día en que finalmente entendió que su hermano jamás volvería, Viktor se pasó todo el día llorando, abrazado al traje. Sabía que ocurría cuando una persona moría, pero para él, su hermano era inmortal. Ahora ya no podía seguir esperando que volviera. Ya no.

A partir de ese momento, no volvió a llorar nunca más, y se pasaba todo el tiempo volando con la escoba, lo más lejos posible de la tierra, y lo más cerca posible del cielo, de su hermano. Su carácter se volvió hosco y reservado, y rara vez sonreía. Salía de clase, y mientras todos se marchaban a Dyrhavin a buscar a las chicas, cogía su escoba, una vieja Estrella Errante, y se dedicaba a volar hasta que se los ojos le lloraban tanto por el frío que era incapaz de ver nada.

Un día, se enteró de que estaban haciendo pruebas para la nueva formación del equipo de quidditch de Durmstrang, Sin pensárselo dos veces, y ocultándoselo a sus padres, cogió el traje de su hermano y rescató su Saeta de Fuego del polvo del desván. Cuando se miró al espejo, Vassilij le sonrió desde su reflejo. En la espalda, se leía "V. Krum". Era V de Vassilij, pero Víktor se juró que a partir de ese momento también sería V de Viktor.

Sonrió.

Recordaba muy bien las expresiones de los aspirantes a entrar cuando se acercó entre ellos al entrenador, arrastrando el traje de su hermano y con la escoba apoyada en la espalda.

-Es el hermano de Vassilij Krum- murmuraban.- El que se mató el año pasado.

-¿No ha tenido suficiente?

El entrenador le había mirado con sorpresa. Aquel niño que tenía delante, y que a duras penas superaba los diez años, no se parecía en nada a Vassilij, pero en sus ojos oscuros brillaba algo intimidante, que le impedía echarle de allí.

-Sabes que eres demasiado joven para entrar en el equipo…Viktor- había suspirado el entrenador.

Viktor no se había movido. Tampoco despegó los labios. Su mirada era desafiante.

-¿Sabe tu madre que estás aquí?- había insistido el entrenador.

-Entréname- había replicado simplemente Viktor, sin moverse ni un milímetro.

El entrenador supiró y asintió, no sólo porque la muerte de Vassilij le había dolido como si fuera su hijo, sino porque su hermano tenía algo salvaje, algo que prometía mucho. No pudo meterle en el equipo porque no tenía doce años, pero cada tarde, en el más estricto secreto, comenzó a entrenarle.

Dos meses más tarde, atrapó su primer snitch, y le pareció que Vassilij le sonreía desde el cielo.

Dos años más tarde, entró en el equipo de Durmstrang como buscador suplente.

A esas alturas, por supuesto, su madre ya se había enterado. Lloró, le amenazó, suplicó e intentó quitarle la escoba. Pero Víktor estaba determinado. Se hablaba del milagro Krum, de reencarnación, pero quienes sabían de quidditch detectaban que el juego de Viktor era totalmente diferente: si Vassilij había sido ágil y flexible como un insecto, su hermano menor era fiero y preciso como un ave de presa. Comenzaron a apodarle Halcón.

Dos años más tarde, con catorce años, la selección de Bulgaria le llamaba a filas. Justo como había ocurrido con Vassilij.

"Por favor, Viktor" había insistido su madre, en vano. "No aceptes, te lo ruego".

Cuando volvió a casa con la cabeza rapada, su madre le volvió la cara de una bofetada, y luego le abrazó llorando.

Ganó su primer mundial con quince años. Desde entonces, su fama y su carrera se habían disparado. No había revista de quidditch en la que no apareciera, ya fuera entrevistado o en crónicas deportivas. Le calificaban de leyenda viva, y la muerte de su hermano sólo aportaba aún más romanticismo a su figura. En Sofia estaba la sede de su club de fans, y recibían continuamente cartas de todo el mundo. El halcón búlgaro estaba en boca de todos. Karkaroff, el director de Durmstrang, se había encargado de convertirle en un reclamo publicitario.

A él le daba igual. Sólo sabía una cosa: que cuando logró hacer su primer amago de Wronski, la pirueta que en teoría le había costado la vida a Vassilij, sintió que ya había vengado a su hermano. Ahora ya podría vivir tranquilo.

Hasta ahora, en que el quidditch ya no le servía para nada.

Viktor se sentó junto a sus compañeros, en la mesa de Slytherin, y tamborileó los dedos sobre su superficie, mirando en derredor del atestado comedor con la esperanza de verla.

Si no le gustaba el quidditch- y sospechaba que no era así- lo tenía MUY crudo para llamar su atención. Aunque era inteligente y tenía cierto talento para la magia, nunca le había interesado el estudio, y lo único que leía eran publicaciones deportivas.

Cosa que dudaba que fueran del interés de ella.

-Estás muy callado, Krum- dijo Vania, dándole un golpe en el hombro- Más de lo normal, diría yo.

-¿Estás pensando en el amistoso contra Hogwarts?- le preguntó otro compañero.

Viktor le miró con cierta sorpresa. ¿Jugaban contra Hogwarts? Dios, lo había olvidado totalmente.

-Puede- respondió, cautamente. No iba a contarles a ellos lo que pensaba realmente- ¿Habéis visto a Kolya?

-Sí, y muy bien acompañado- respondió un chico llamado Vodia, de buen humor- A ver si nos presenta a alguien. Hace años que no la meto en caliente.

-Pues hazte a la idea de un año más, Riabonovich- se rió Vania- Porque las de Beauxbatons ni nos miran y las inglesas son aún más estiradas.

Viktor reprimió un escalofrío de disgusto. ¿Era su imaginación, o sus compañeros siempre habían sido así de zafios? Antes se habría reído con aquellos comentarios, pero ahora le irritaban. Era como si estuvieran mancillando el nombre de su salvadora en la biblioteca. Para ocultar su disgusto, cogió la copa y se la bebió de un tirón. Entonces, por el rabillo del ojo, distinguió la figura menuda de Kolya, que se acercaba a él con una gran sonrisa en el rostro.

Viktor se apresuró a bajar la copa y se apartó en el banco para dejarle sitio. En sus ojos oscuros crepitaba la expectación.

-Qué sabes- le preguntó, con cierta ansiedad.

-Tengo una buena noticia y otra mala- dijo Kolya.- Bueno, y en realidad tengo también una tercera noticia, pero no sé si es buena o mala.

Viktor aferró la copa tan fuerte que se le pusieron blancos los nudillos, y fijó su mirada en los restos de cerveza de mantequilla de su interior. No quería que Kolya viera su agitación.

-La mala primero- dijo.

-Que tiene sólo catorce años- le informó Kolya con un suspiro- Y a esa edad puede ser un poquito…reticente para según qué cosas. Tú ya me entiendes- dijo, guiñándole un ojo.

Viktor gruñó.

-Y la buena?

-Que no está saliendo con nadie, aunque siempre se la ve con dos chicos que van a su clase. Uno de ellos es ni más ni menos que Harry Potter. -Kolya mordió un trozo de pollo y le dijo, con la boca llena- Ya fabez, el que fobrefifió a Foldemort.- hizo una pausa y tragó- Hay algunos q dicen que ella le va detrás, pero no se sabe que él la corresponda.

Viktor entornó los ojos.

- Menos mal que esta era la buena- comentó, con cierto sarcasmo- ¿Y qué es lo otro?

Kolya se quedó pensativo unos segundos, recuperando los datos.

-Que no le interesa demasiado el quidditch, aunque estuvo en los Mundiales de este año, con Potter y el del pelo rojo. Y que se pasa la vida estudiando. Tiene las notas más altas de su curso- Kolya se dispuso a pegarle otro bocado al pollo, pero se detuvo a medio camino al advertir la expresión de Viktor- ¿A que viene esa cara?

-Me lo temía- Viktor se llevó una mano a la frente y meneó la cabeza.

-¿Tan terrible es que sea inteligente? Reconozco que después de tus últimas chicas, sería todo un cambio- se rió Kolya.

-No es eso- le gruñó Viktor. Apartó la mirada, molesto.- Da igual.

Kolya masticó pensativamente y tragó de golpe. Llevaba demasiados años junto a Viktor como para no adivinar que detrás de su mal humor se encerraba una preocupación. Y creía saber cúal.

-Oye- le dijo seriamente, clavando sus ojos claros en él- como me digas ahora que te preocupa no gustarle, me voy a reír. ¿Tienes idea de lo grande que eres? Nadie lo tiene más fácil que tú. Tu carrera ya te ha allanado el camino de antemano con cualquier mujer.- al ver que la expresión de Viktor no variaba, redobló sus esfuerzos- Sabes que podrías tener a quien quisieras. La mitad de las chicas de aquí pierden el culo por ti. ¿Qué te hace pensar que ella no pueda llegar a hacerlo?

-Eso es lo de menos- replicó Viktor, negando con la cabeza. Se dio cuenta de que sus compañeros le estaban mirando y bajó la voz- Ella es diferente. No me mira como me miran las demás. Y no quiero que cambie. Aunque no le guste el quidditch ni le importe cúantos snitchs haya atrapado en la última temporada, quiero que se fije en mi…por…mi manera de ser.

Kolya se le quedó mirando.

-Bueno, y el problema, es, exactamente…?

Viktor bajó aún más la voz y lamentó no haberlo dejado para más tarde. Odiaba tener que confiar a alguien sus cuitas- algo que hacía una vez cada siete años- y menos, en un comedor atestado de gente.

-No estoy muy seguro de que aparte del quidditch mi vida tenga algo interesante- susurró finalmente.- O al menos, no para ella.

Kolya arqueó una ceja. No podía evitar sentirse sorprendido ante el calado de los sentimientos que estaba mostrando su amigo. Si ya era excepcional que le hubiera hablado de aquella manera, pese a los años que llevaban juntos, era aún más fascinante que una chica con la que apenas había hablado hubiera despertado en él semejantes inquietudes.

Por primera vez desde que Viktor le hablara de ella, Kolya se tomó en serio aquel asunto.

-Viktor, no eres sólo un jugador de quidditch- le susurró- Quizá hayas llegado a creerlo porque la gente sólo se ha interesado por ese aspecto. Pero tienes otras cualidades.

Viktor arqueó una ceja.

-¿Cómo por ejemplo?

-Pues no sé, alguna tendrás¿no? Es broma, es broma.-se puso serio de nuevo.-Dejando de lado que casi nunca sonríes y que tienes un temperamento de mil demonios, yo diría que resultas intrigante. Eso a las chicas les gusta. Eres brutalmente sincero, también. Eres valiente. Proteges a tus amigos- musitó, mirándole a los ojos- Si ella es lista, sabrá ver todo eso.- se interrumpió y se quedó mirando a la mesa de enfrente- ¿Por cierto, no es esa?

Viktor disparó la mirada hacia donde Kolya le había señalado discretamente y el corazón le dio un vuelco al distinguir a la chica de la biblioteca, sentada entre Potter y el larguirucho de pelo rojo. Éste último le estaba diciendo algo que la hizo echarse a reír.

Viktor sonrió a su vez, sin darse cuenta. Que le mataran si aquella chica no tenía la risa más bonita del mundo.

-Hola, Viktor- oyó que le saludaba en inglés alguien en sus mismísimas narices.

Con el ceño fruncido, Viktor dejó de sonreír y se obligó a apartar la vista de ella para responder al saludo. Y encima no era más que aquel estúpido estirado de pelo rubio que siempre presidía su mesa y que le había dicho el día de su llegada que su padre siempre había querido mandarlo a Durmstrang. Viktor intentó recordar su nombre, sin éxito.

Le correspondió con un simple gesto de cabeza. Draco se dio por satisfecho.

-Si queréis os cambio el sitio- dijo, con una sonrisilla complaciente-Desde ese banco, tenéis vistas a la mesa Gryffindor. Puede ser muy negativo si estás intentando comer sin vomitar.

Viktor alzó una ceja y le miró en silencio.

-¿Por qué?-preguntó Vodia, chupándose los dedos sucios de pollo.

Draco le miró con cierta repugnancia- él estaba usando cubiertos, por supuesto- y respondió, en tono petulante:

-Porque en esta escuela, la chusma muggle o mediasangre se divide en dos casas: Gryffindor y Hufflepuff.- se metió indolentemente un trozo de comida en la boca-No sabéis la suerte que tenéis en Durmstrang de no admitir a esa gentuza. Aquí las normas las dictan amantes de los muggle.

Kolya le lanzó una significativa mirada a Viktor.

-¿Todos los de esa mesa son muggle?- preguntó, señalando con la cabeza al sector Gryffindor.

Draco se limpió la boca con la servilleta y se volvió a echarles una ojeada.

-No todos. El despreciable Harry Potter es medio-medio. El de pelo rojo, el que está comiendo como un animal, es purasangre- carraspeó- aunque nadie lo diría.

-¿Y la chica?- preguntó entonces Viktor, hablando por primera vez.

Draco le miró con sorpresa.

-¿La chica?- se volvió a mirar- Ah, Granger.- se rió con desprecio- Eso no es una chica, querido amigo. Es un animal. Es de esos accidentes de la naturaleza que nunca deberían haber entrado aquí. Es hija de muggles.

Viktor no movió un músculo de la cara, pero por la fuerza con que estaba cortando la carne, Kolya supo que aquel rubio insolente haría muy bien en callarse.

Pero Draco estaba con su tema favorito.

-¿Queréis ver como chilla?- les preguntó, con una sonrisa perversa. Los de Durmstrang se rieron, y asintieron. Viktor vio cómo se sacaba la varita y la apuntaba discretamente hacia ella, y antes de que pudiera detenerle, Draco murmuró algo y en la mesa Gryffindor se oyó un grito.

Hermione se apartó del plato lleno de arañas. Ron se había puesto pálido. Siempre decía que estaba curado de su aracnofobia, pero uno nunca se cura del todo. Se puso detrás de Harry, que miraba furiosamente hacia la mesa Slytherin.

-Ha sido Draco- le dijo a Hermione.

-Cómo no- murmuró ella, viendo el rostro del Slytherin rojo por la risa, al igual que toda la mesa- Quizá debería quedarse de ese color.

Y con un golpe de varita, la piel de Draco se volvió de repente de un rojo chillón. Draco enmudeció. Sus compañeros le miraron, atónitos. Víktor se echó a reír con fuerza, para sorpresa de sus colegas de Durmstrang.

-Será zorra- chilló Draco, hirviendo de rabia y mirándose las manos rojas- ¡Como se atreve!

Viktor bajó la vista para que nadie advirtiera la sonrisa triunfal de su rostro. Dios, cómo le gustaba aquella chica.


Hola, soy tu amigo el botón de Review! Si me aprietas, serás más feliz y te traerán más regalos!