CAPITULO 2
Detuvo el auto frente a la puerta, bajó y la ayudo a hacer lo mismo. Entraron a la casa y la vista de ella recorrió los ya conocidos lugares.
Ven, te acompañare a tu cuarto para que te refresques y te cambies para la cena – la tomó del brazo de manera protectora y la condujo por el pasillo.
Subieron las escaleras y llegaron a la puerta de la que había sido su alcoba hacía bastante tiempo ya.
- Me tomé la libertad de redecorarlo – le dijo mientras abría - Mi pequeña es ahora una mujer así que quise que tuvieras una habitación confortable y a tu entero gusto. Si hay algo que quieras cambiar sólo dímelo y lo haremos de inmediato.
Candy se sentía muy halagada por el gesto. Esto le indicaba que había pensado en ella y la verdad es que estaba precioso, no se lo podría haber imaginado más bello. Había pintado las paredes de un tenue color marfil, una suave alfombra del mismo se extendía por todo el piso. ¡No podía esperar a caminar descalza por allí!. Todos lo muebles eran de un gusto exquisito. Miró al fondo de la habitación y vio su cama con un edredón color rosa pálido y llena de cojines. Todo el conjunto era de seda e invitaba alegremente a explorarlo. Sin embargo la verdadera sorpresa fue cuando abrió el armario y encontró una cantidad enorme de vestidos y accesorios de excelente gusto.
Albert, es demasiado. No debiste gastar tanto -lo reprendió, pero no podía negar que se sentía feliz por el detalle y sumamente sorprendida por lo observador que resultó al saber exactamente su talla.
Nada es demasiado cuando se trata de ti – le dijo con una nota de ternura y algo más que la rubia no alcanzó a detectar - quiero que te sientas cómoda y me dejes de dar las gracias por todo. Lo hice por gusto y porque te lo mereces – la miró intensamente a los ojos. Tenía un brillo especial que parecía querer gritarle lo que sentía pero no era la ocasión ni el momento – Te dejo para que te cambies y descanses un poco. Nos veremos en la cena.
Por supuesto Albert.
Enviaré a una mucama para que acomode tus cosas y te ayude a arreglarte- dijo desde la puerta.
Yo puedo hacerlo sola, ya sabes que me gusta hacer las cosas por mi misma – aseguró.
Al escuchar esta última frase regresó sobres sus pasos y acercándose la tomó de las manos dulcemente.
- Déjame mimarte un poco – suplicó el muchacho - ¿Me darás ese gusto?
Era imposible negarle algo, así que no pudo hacer nada más que asentir. El se despidió dándole un tierno beso en la mano y mirando fijamente esos ojos verdes que tanto había añorado en esos seis meses.
Salió de la habitación, respiró profundamente al tiempo que una sonrisa se dibujaba en sus labios.
Por fin te tengo a mi lado Candy, no sabes cuánto te necesitaba – murmuró apenas para sí.
Se dirigió despacio a su habitación pensando en lo maravillosos que serían los días por venir, pero ahora sólo quería cambiarse para bajar a cenar y no dejar de verla un solo segundo.
Mientras tanto Candy daba vueltas feliz por la habitación cuando escuchó que llamaban a la puerta. Se imaginó que sería la mucama así que la invitó a pasar quedando realmente sorprendida.
- ¡Dorothy! ¡Que alegría verte! – exclamó emocionada y lanzándose a sus brazos.
El Señor Andrew me pidió que te atendiera personalmente – le dijo con una gran sonrisa en el rostro – supo que nos hicimos amigas cuando trabajaste con los Leegan y estaba seguro que conmigo te sentirías mas cómoda
Siempre piensas en mí Albert, no sé ni cómo agradecerte – pensó la enfermera – Dorothy no tienes idea de lo feliz que estoy de tenerte aquí conmigo. En verdad no podría ser más feliz.
Ni el Señor Andrew tampoco - comentó con una pícara sonrisa.
- ¿A qué te refieres Dorothy? – preguntó curiosa.
A nada no me hagas caso. Ven déjame ayudarte para que estés lista pronto para la cena.
Candy se preparó lo más rápido que pudo con la ayuda de Dorothy. Usaba uno de los vestidos que Albert había comprado para ella. Era un ligero vestido azul cielo de gasa que caía con gran elegancia por su cuerpo amoldándose perfectamente. Un pequeño cinturón en un tono más oscuro delineaba su cintura para resaltar más si era posible su bella figura. El escote en v mostraba la piel de su blanquísimo pecho y las mangas tipo globo cortas adornaban perfectamente sus brazos. El largo del vestido dejaba al descubierto unas delicadas zapatillas altas en el mismo tono que el cinturón. El toque final era su cabello recogido en una coleta en alto dejando a algunos rizos rebeldes escapando para darle un toque muy especial.
Llamaron a la puerta y sabía que sería Albert. Le pidió a Dorothy que le dijera que ya estaba lista. La joven se adelantó a la puerta para darle el pase y él entró muy confiado quedándose paralizado al descubrir la belleza de la que hacía gala su pupila.
Él también lucía regio. El traje era azul oscuro con una camisa blanca. Su cabello recién lavado estaba aún mojado. Candy se imaginó que acababa casi de terminar su ducha ya que lo llevaba suelto y ligeramente acomodado por el movimiento natural de su cuerpo. Realmente ese look le favorecía y el remolino rebelde le daba el toque sexy. No cabía duda que el azul era su color. Sus bellos ojos color de cielo resaltaban de manera incomparable. Su presencia era arrolladora y ciertamente guapísimo.
No podían apartar la vista el uno de otro pero unos segundos después Albert salió de su ensoñación.
Te ves preciosa. Eres una hermosa dama Candy – Por más que intentaba no podía dejar de mirarla de arriba a abajo.
Muchas gracias - respondió totalmente roja pero complacida por el efecto que había causado en él-Tú te ves muy apuesto – tampoco podía evitar mirarlo, era una misión imposible.
El le ofreció su brazo para dirigirse al comedor de una manera sumamente galante.
¿Me acompañas? La cena está lista.
Ella aceptó su brazo con una coqueta sonrisa y caminó junto a él. No pudo evitar durante su caminata pensar en lo bien que se sentía al lado de ese hombre.
Llegaron al comedor y Albert aparto la silla de su acompañante ayudándola a tomar asiento. Él hizo lo mismo al lado de ella y momentos después pedía que sirvieran la cena.
Estuvo exquisita, pero en definitiva lo mejor fue el postre ya que él sabiendo que a su pequeña le encantaban pidió que hicieran una gran tarta de manzana.
¡Albert! Te acordaste que me gustaba la tarta de manzana – exclamó asombrada mientras comía un gran pedazo.
Por supuesto que recuerdo todos tus gustos Candy y como quiero que te sientas muy bien aquí tengo que consentirte.
- Pues como sigas así no me iré nunca - lo amenazó en broma y riendo tratando de disimular lo halagada y nerviosa que se estaba sintiendo.
- Pues me encantaría - completó dándose cuenta tarde de su comentario. Deseó que Candy no lo hubiera escuchado o por lo menos no lo malinterpretara. Era latente en él el deseo de tomarla por los hombros y decirle a la cara lo que sentía, pero no lo haría hasta no estar seguro de lo que ella sentía. No podía arriesgarse a perder su amistad.
Ella estaba atenta a todo lo que salía de la boca de su querido príncipe, por lo que no pudo dejar de sentir una punzada de felicidad, pero al mirar de reojo y darse cuenta de que Albert tenía un gesto muy raro, no supo que pensar y fingió no haber escuchado.
Estuvieron charlando de manera más que amena hasta altas horas de la noche. El rubio miró el reloj y le dijo que sería mejor que se fueran a descansar y ya continuarían por la mañana su plática. Poniéndose en pie le ofreció su brazo y la acompaño hasta su habitación.
Descansa y duerme todo lo que necesites – le dijo haciéndole un guiño – Mañana tendré unos pendientes que revisar con George pero lo haré aquí mismo. Trataré de desocuparme lo más pronto posible pero si me quieres hacer una visita al despacho durante mis horas de encierro, estaré feliz de ver un rostro amable por ahí – su voz siempre era dulce y llena de ternura cuando se dirigía a su pequeña princesa – Si llegaras a necesitar algo ya sabes que mi habitación es la de al lado y con un grito desesperado correré a ver que te sucede – La pícara sonrisa apareció en su apuesto rostro. La verdad era obvia y trataba de ocultarla. ¡Cuánto le costaba separarse de ella!.
¡Gracias Albert! Te prometo que pasaré a visitarte pero tratare de no entretenerte mucho.
- De eso ni te preocupes, además estoy planeando que salgamos a dar un paseo por la tarde.
¡Estaría genial! – interrumpió Candy lanzándose a sus brazos.
El por su puesto que la recibió gustoso. Ninguno de los dos sabía que pasaba pero realmente sus cuerpos necesitaban estar siempre en contacto aunque fuera en la forma de un ligero roce. Albert sentía sus emociones a mil sobre todo cuando lo miró a los ojos y aparto un mechón de cabello de su mejilla. Ese breve contacto de sus dedos contra su rostro le provocó un ligero temblor de deseo y su mano como si reaccionara sola empezó a acariciar la espalda de ella.
No dejaban de mirarse. La ojiverde sentía su corazón palpitar a toda velocidad, el roce de su mano sobre su espalda era exquisito. Se aferró a su cuello porque sintió que las piernas le fallaban haciendo que sus cuerpos quedarán más juntos, lo mismo que sus rostros.
- ¿Cómo será un beso tuyo? – Se preguntaba ansiosa ante el escrutinio de sus ojos - ¿A que sabrán tus labios?- pronto dejó de pensar, humedeció su boca y cerró los ojos con la esperanza de un beso.
El necesitaba también ese contacto con la boca de Candy y ella parecía invitarlo, pero no podía evitar que su razón gritara más fuerte que su deseo
¿Realmente deseas un beso mío o es algo diferente lo que te empuja en este momento? – pensaba -no quiero precipitar las cosas, no quiero besarte hasta saber que es mi boca y sólo a mí a quien deseas.
Haciendo acopio de todo su autocontrol se desvió a su mejilla.
Buenas noches Candy, realmente no sabes lo feliz que me haces estando aquí – se escuchó que decía mientras se alejaba rumbo a su habitación.
Candy que aún estaba sumergida en ese mar de sensaciones que acababan de recorrer su cuerpo, con la consiguiente frustración por que él no la había besado, sólo consiguió atropellar sus palabras.
- Buenas noches yo también… estoy feliz – dicho esto entró rápidamente a su alcoba.
El apuesto millonario se había quedado de pie mirando la puerta cerrada. No sabía cuánto más podría soportar pero tenía que hacerlo ya que no quería perderla. Entró pensando en ella, en lo maravilloso y frustrante que era tenerla tan cerca y tan lejos.
Por su lado Candy estaba muy confundida, ella había deseado tanto ese beso.
- ¿Qué me está pasando? ¿Siento de verdad algo más que amistad? ¿Por qué no me besó? Dios nunca había sentido lo que sentí al estar en los brazos de Albert. Es maravilloso, una sensación de felicidad plena - Aún sumergida en sus pensamientos se puso su camisón y se metió en la cama para quedarse dormida recordando unos hermosos ojos color cielo.
CONTINUARA…..
Aquí les dejo el segundo capítulo. Ya por fin están bajo el mismo techo.
¿Cuándo Candy verá lo que siente por él? ¿Cuándo hablarán abiertamente de lo que sienten?
De nuevo agradezco a Scarleth por su ayuda con la edición de este fic.
Espero les guste, espero todos sus comentarios.
