Capítulo 4, Dulce Tortura
La mano le agarraba con fuerza del tobillo. Sus dedos parecían garras, y le rasgaron la piel mientras se sumergía de nuevo en una profunda oscuridad. Él no la había matado, ni siquiera se lo habría planteado nunca, porque era la persona que más admiraba. La persona que más quería.
¿La persona que más quería?
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El sol le achicharraba.
Qué sol más tórrido.
¿Por qué narices no se había quitado el pañuelo negro de la cabeza antes de que lo ataran? Estaba seguro que su cerebro ya estaba derretido.
"Tengo los oídos húmedos. Seguro que es mi cerebro, que se me sale por las orejas del calor..."
Tenía la garganta seca.
"Daría cualquier cosa por beberme una botella de sake bien frío..." pensó. Sólo de recordarlo, se le secó más la boca.
Su estómago gruñó. También tenía hambre. ¿Y qué esperaba, si hacía tres semanas que estaba ahí atado sin comer?
-Pero yo no la maté.
Recordó que al llegar a aquel pueblo, la marina le había acusado de matar a su amiga, Kuina. Se dejó coger, porque después de tantos años huyendo por ello, ya le habían cansado. Se dejó apresar, porque a pesar de ser inocente, se sentía culpable.
Suspiró cansado. Se dejaría matar. No había nada que le importara ya.
Una sombra se movió cerca de él y alzó la vista para ver de quién se trataba.
-Vaya, ¿tú eres Roronoa Zoro, el cazapiratas? - preguntó el visitante.
-¡¿Qué...?! - abrió los ojos de par en par. ¿Por qué le dió la impresión de que algo allí no encajaba? Era un chico rubio, fumaba un cigarrillo y vestía una camisa azul sin mangas y unos pantalones negros arremangados, mostrando el vello de sus piernas.
-Vaya, ¿estás sordo, además? - le preguntó con una sonrisa de burla y alzando una ceja.
-No, no estoy sordo. - corrigió el espadachín, apartando la vista.
-¿Eres Zoro? - volvió a preguntar.
Alzó de nuevo la mirada y gruñó un sí.
-Yo soy Sanji. - levantó una mano en su dirección, pero no podía estrechársela, así que la bajó, encogiéndose de hombros. - ¿Sabes? Dicen que eres un demonio que se divierte degollando a los piratas. - comentó divertido.
-¿Y? ¿Qué quieres? - ¿por qué no se iba con su cigarrillo a empreñar a otro? Tenía ganas de estar solo, y ese rubio le dejaba intranquilo. Había un leve rubor en sus mejillas, aunque confió que solo fuera por el calor de ese torrido mediodía.
-Quiero que te unas a mi tripulación de cocineros. Si se te da bien cortar cabezas, seguro que me serás muy útil. - sonrió despreocupado Sanji, soltando el humo de su cigarrillo por la boca.
-¡¡¿De qué hablas, loco?!! - le gritó perplejo. ¿Cuándo alguien es útil por si sabe cortar cabezas?
El rubio juntó las manos en posición de súplica y puso cara de perrito abandonado.
-Anda, por fa... Seguro que también sabes cortar pechos bien fileteados, ¿no? - le preguntó con la voz de una chica que le pide algo a su novio.
-¡¡¿Pero cómo se te ocurre...?!! - comenzó a gritarle de nuevo, pero el rubio se había acercado a él de manera sensual y acariciaba su pecho suavemente.
-¿Y por qué no? ¿Qué hay de malo en saber cortar bien? - le preguntó con voz melosa. Cogió un pezón entre sus dedos y comenzó a pellizcarlo, poniéndolo duro y sonrojando aún más al cautivo.
-Esa no es la cuestión... - susurró entre jadeos, apartando la vista de él, pero seguía notando cómo le tocaba sensualmente.
"Para..." pidió mentalmente, pero no lo hizo. Los pantalones le molestaban y su temperatura corporal aumentaba por momentos.
-Anda... - Zoro negó con la cabeza. Aquello era una locura. - Bien, entonces será por las malas. - le sonrió maliciosamente.
A través de la ropa, acarició la erección del espadachín, notando lo dura que estaba. Zoro le miró horrorizado y en respuesta, Sanji se la apretó, haciéndole un poco de daño, pero emitiendo un ronco gemido de placer.
El rubio apoyó su cuerpo en el del espadachín, sin dejar un solo resquicio por donde pasara el aire. Rozó con los labios su cuello, besándolo suavemente casi como una caricia.
-Te vendrás conmigo... - le susurró al oído. - ... Yo te quiero...
Zoro abrió mucho los ojos de la sorpresa y miró a su amante. ¿Cómo podía decirle que le quería si acababa de conocerlo? Sin embargo, una alegría profunda y dolorosa se apoderó de su corazón. Sintió como si hiciera años que esperaba oir eso, y también unas incontenibles ganas de llorar. Sanji levantó su rostro, mirándole a los ojos, le dedicó una cálida sonrisa y lentamente acercó su boca a la de Zoro para besarlo.
El peliverde esperó el contacto con los ojos entrecerrados. Se hacía esperar, se detuvo a escasos milimetros, mezclando sus alientos. Zoro respiraba entrecortadamente. Si no hubiera estado atado, ya se estarían besando, pero Sanji le estaba torturando deliciosamente, haciendo que ambos chicos se excitaran. Sus labios hicieron contacto por fin, un leve contacto en que solo se rozaron, separándose de nuevo, haciendo sufrir más al espadachín. Se volvió a acercar, esta vez le lamió los labios rápidamente, separándose de nuevo. Sanji miró divertido la cara de enfado de Zoro, que esperaba ansioso un nuevo encuentro, con las mejillas coloradas y gotas de sudor resbalando por su cuerpo demasiado caliente.
El rubio, al final, pasó los brazos alrededor del cuello del peliverde, estrechando más el contacto, y le besó. Era un beso tierno, un poco tímido al principio, y cuando hizo ademán de quererrse separar de nuevo, Zoro le detuvo sujetando la lengua del otro entre sus dientes, obligándole a continuar. Exploraron cada uno la cavidad del otro, metiendo la lengua hasta lo más profundo de sus bocas, gimiendo cada uno por las caricias internas del otro. No querían separarse nunca más, era demasiado delicioso aquel beso, pero sus pulmones no aguantaron y volvieron a alejarse para tomar un respiro.
Ambos se sonrieron. Tenían el aliento entrecortado y el rostro sudoroso y rojizo de la sangre que se agolpaba allí.
Zoro apartó un momento la vista, dirigiéndola al suelo.
-Esta bien, iré contigo… - susurró. Alzó la vista de nuevo a su compañero y vió una gran sonrisa dibujada en su rostro. Pero cuando se disponía a hablar, algo los interrumpió.
-Con que planeabas escapar, ¿eh, Roronoa Zoro? - un hombre de unos dos metros de altura les miraba con odio, y también con asco. Tenía un hacha por mano y a su alrededor había un montón de marines apuntándoles con sus rifles. - ¡Disparad, matadlos a los dos! - les ordenó.
Una lluvia de proyactiles se lanzaron sobre ellos sin darles mucho tiempo a reaccionar. Zoro cerró los ojos con fuerza, esperando recibir el impacto, pero no llegaba. Confuso, abrió los ojos y lo que vió casi le hace detener el corazón.
Sanji se encontraba frente a él, dándole la espalda, con los brazos abiertos, cubriendo el cuerpo de Zoro. Había recibido todas las balas. Se tambaleó, giró su vista hacia Zoro, dedicándole una sonrisa triste y cayó al suelo.
No podía ser verdad. Sanji había muerto para protegerle…
-¡¡¡SANJIIIII!! - gritó lleno de angustia. De repente estaba libre de ambos brazos, Sanji le había liberado un momento antes de que les dispararan. Se abalanzó contra los marines, les arrebató sus sables y los mató, tal como le había dicho el cocinero un rato antes, degollándolos.
Una vez terminó con todos, y con el cuerpo empapado de sangre, se acercó a su rubio y se agachó recogiendo su cuerpo y abrazándolo.
-... Sanji... - murmuró ahogadamente, con un nudo en la garganta que le impedía respirar con normalidad. Apartó el flequillo de los ojos de ese rostro tranquilo y lo apretó contra su pecho. Las amargas lágrimas asomaron de sus ojos y no hizo nada por detenerlas.
Era la segunda vez que moría su persona más querida...
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-... Sanji... - murmuró entre lágrimas el espadachín. Estaba inconsciente en el suelo, sumido en las pesadillas que le provocaba aquel maldito hombre.
-Sueña contigo, vaya... - comentó divertido ese asqueroso ser al cocinero. - Te quiere mucho. Aunque ahora debería decir que "te quería", ¿no? Ya no volverá a despertar nunca.
"Maldito…" pensó Sanji. Alzó una pierna contra él, pero el hombre lo apartó antes de que le diera. Ahora solo quedaba él y seguramente no tardaría demasiado en acabar dormido para siempre en otro ataúd de los que había en la lúgubre sala.
-Luego ya lo encerraré en un ataúd, por ahora, no podrá hacernos nada. Es imposible que despierte por si mismo. - miró divertido la cara de asco del rubio hacia él. - ¿Me guardas rencor? Sí, no me extraña. Él ya no sabrá nunca que tú también le amabas. - Sanji abrió los ojos sorprendido. Antes le había dicho a Zoro que él lo odiaba, pero ahora sabía que le quería. ¿Cómo había podido hacer algo tan despreciable? Pero, más importante aún, ¿cómo sabía lo que sentía y lo que pensaba? - Muy fácil. - contestó a sus pensamientos - Soy un vampiro, puedo saber lo que piensan mis víctimas. - rió divertido mientras Sanji se atemorizaba de verdad, algo que no le pasaba desde hacía mucho. Desde que conoció a Zoro y vió como estuvo a punto de morir a manos de Mihawk.
Ya no había esperanza. Pero igualmente no se quería rendir. Intentó gritar para ver si podía despertar a Zoro, pero la mano del vampiro le aguantaba firmemente y ahogaba sus palabras.
-Eh, tranquilo. - le dijo alzándolo como a un muñeco y mirándolo de frente. - Pronto morirás. Tendrás el honor de ser el primero de tu tripulación en morir. - se lo llevó hacia el fondo de la sala, donde había una gran puerta de madera camuflada en el entorno lóbrego de allí. - Sí, tus nakama aún no han muerto, solo duermen, como Zoro.
En ese momento un furia sobrenatural se apoderó de Sanji y le miró con los ojos inyectados en sangre, lleno de odio. Se había atrevido a llamarle Zoro. Él no tenía ningún derecho a pronunciar su nombre. Ni siquiera él mismo se atrevía demasiado a pronunciarlo por lo que sentía por él.
El vampiro le ignoró por completo, a pesar de la mirada fulminante del rubio y lo lanzó encima de una cama de aquella habitación como si no pesara más que una una prenda de ropa. El cuarto estaba algo más luminado que el anterior, aunque las velas seguían dando un resplandor verde, y estaba prácticamente vacío. Además de la cama con dosel y sabanas rojas, había un enorme ataúd negro, aunque la tapa de este no era de cristal, y un armario de pared. Sanji se preguntó qué guardaría un vampiro en un armario, si no le hacía falta cambiarse de ropa, pero enseguida se regañó a si mismo por dejar vagar su mente en pensamientos tan triviales y se incorporó en la cama, dispuesto a salir de allí.
Pero no tuvo tiempo, el vampiro se le hechó encima, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre el rubio, aplastándolo.
-No tan rápido. Vamos a disfrutar un poco antes, ¿te parece? - le susurró al oido. Sanji tuvo un escalofrío,que prefirió pensar que era de asco. El vampiro le lamió la oreja, metiéndola dentro de su oido, humedeciéndola. En ese momento Sanji tuvo ganas de llorar del miedo y del asco y cogió todo el aire que pudo con sus pulmones.
-¡¡¡¡ZOROOOOOOOO!!!! - gritó con lágrimas en los ojos. El hombre le metió la mano en la boca, haciéndolo callar.
-Me has dejado sordo, cabrón. Se te acabó el placer. - le dijo molesto. Sanji le miró con odio pero con sus ojos anegados en lágrimas. El vampiro apoyó sus labios en su cuello, abriéndole un brecha con sus dientes y empezó a absorber la sangre que de allí manaba.
Poco a poco, las fuerzas se fueron desvaneciendo. Le estaba entrando un sueño insoportable, a pesar de que notaba sus extremidades y su cuerpo en si cada vez más frío. El hombre pegado a su cuello pareció desvanecerse, como si no fuera más que un mosquito molesto. La mano salió de su boca, liberándola.
"Zoro…" comenzó a delirar. "Tendría que habértelo dicho antes… Perdóname…"
Sus pensamientos le llevaron a unas horas antes, cuando le había ido a buscar al barco…
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Al llegar al Going Mery se había encontrado que estaba a oscuras y vacío. Zoro no se encontraba en la cocina, así que bajó la trampilla que llevaba al dormitorio de los chicos haciendo el menor ruido posible, porque se imaginó que estaría durmiendo. Se paró un momento a escuchar sin encender ninguna luz y sonrió al oir unos suaves gemidos que le llamaban.
-San… ji… - murmuraba, sin dejar de removerse en su hamaca . Tenía la cara colorada, el ceño fruncido y los labios como si esperara el beso de alguien, dándole un aspecto muy tierno. A Sanji le encantaba contemplar al peliverde cuando tenía sueños eróticos con él. No sabía muy bien por qué, pero se sentía feliz por ser deseado con tanta pasión por alguien, aunque ese alguien fuera el idiota espadachín.
Le contempló largo rato y se permitió el lujo de acercarse hasta su hamaca y quedar a solo unos centímetros de él. Sus labios se movían pidiendo asirse a algo, murmurando el nombre del rubio sin cesar. Tenía ganas de acercarse más a él; su cuello, desprotegido y musculoso, tenía una piel suave que quería probar. Poco a poco, el amado del durmiente posó ambos brazos a los lados de su cabeza, inclinando su cuerpo sobre el de él. Aspiró el suave aroma salado de la piel del espadachín, sintiendo como su corazón se desbocaba y posó sus labios en ella, aspirándola con fuerza y lamiéndola. No entendía muy bien por qué lo hacía, era su cuerpo el que se movía solo, pero ni aún queriendo le hubiera dejado. Oyó los gemidos de Zoro por la succión y cómo sus brazos rodeaban su cuerpo, aprisionándolo.
Sanji bajó una de sus manos hasta la entrepierna del espadachín y notó lo dura que la tenía. Sonrió para sí mismo. Si se lo proponía, no sólo podía conquistar las mujeres que quisiera, también podía seducir hasta al hombre más macho de la tripulación.
Lentamente le miró de nuevo a la cara. El chico jadeaba con la cara sonrojada y se movía rítmicamente. Sanji apartó la mano de dónde la tenía al darse cuenta de qué era lo que soñaba ahora.
"Pervertido…" pensó, subiéndole los colores a él también y con una medio sonrisa. Pero los brazos de Zoro no le soltaban todavía y el rubio contempló su rostro. Ahora parecía como si hubiera algo que lo turbase, al poco notó como el movimiento del espadachín paraba y sin darse cuenta, una mano aferró su barbilla y sus labios se juntaron.
Al principio se quedó paralizado, pero en poco tiempo le devolvió el beso con tanta pasión como la que sentía el otro hombre por él, enredando su lengua con la suya, dentro de aquella boca tan caliente como un horno. Pero, ¿no le estaba besando demasiado bien para estar dormido? Abrió su ojo derecho y vió como Zoro comenzaba a abrir los suyos.
"¡No! Si me ve besándole, ¿qué pensará? No quiero que piense que siento algo por él y que se haga ilusiones."
Al darse cuenta de lo que hacía, Zoro se apartó bruscamente de él.
-"¿Por qué me besabas?" - le había preguntado… Se hizo el tonto. No quería comprometerse a nada con nadie. No quería admitir sus sentimientos. Se inventó la mejor escusa que pudo (aunque lo que le contó era verdad) y decidió que lo mejor sería que él también le olvidara durante un rato.
CONTINUARÁ
Hola a tods!! Perdonad por la larga espera. He escrito y reescrito este capítulo un montón de veces y aún no estoy del todo convencida con este… ¬¬U
Espero que os haya gustado. Al fic no le quedan más que uno o ods capítulos más. Se acerca el fin.
Y por último, muchas gracias por todas las reviews que me dejais. Me hace sentir muy feliz el que algo que he hecho yo guste a la gente n.n
Weno, nos leemos!
