12

Los celos de Cho

- ¿Tú crees que sea Melisa? – preguntó Ron a Harry.

- Dime, Ron, ¿conoces a alguien más que tenga una camioneta voladora de color negro? – cuestionó Harry.

- Tal vez Melisa le prestó su camioneta a alguien – aventuró Ron.

- O tal vez si sea ella – formuló Harry parándose y sacando ropa de su baúl para cambiarse.

- ¿Qué vas a hacer? – inquirió Ron – No piensas ir a verla, ¿o si?

- ¿Y si así fuera qué? – preguntó desafiante Harry.

- Que no puedes salir de aquí, todos los maestros creen que estás enfermo – indicó Ron, para después añadir sonriendo – y además no te permitiré ir sin mí.

- En ese caso – dijo Harry cambiándose de ropa – saca de mi baúl la capa de mi papá.

- ¿Y también van a venir Hermione y Luna? – inquirió Ron mientras buscaba la capa.

- Supongo – habló Harry - ¿Luna está aquí?

- Cuando le dijimos que no querías salir de tu cuarto quiso venir a verte – respondió Ron.

- Entonces iremos los cuatro – dijo Harry.

Después de un rato, los chicos bajaron del dormitorio. Abajo, enfrente de la chimenea, se encontraban Hermione y Luna. Luna al ver bajar a Harry se levantó.

- ¿Cómo te sientes? – preguntó Luna a Harry cuando éste y Ron se les acercaron – Ron y Hermione me dijeron que estabas triste.

- Lo estaba – dijo Harry – pero ya no.

- Melisa acaba de regresar – anunció Ron.

- ¿Cómo lo saben? – inquirió Hermione.

- Vimos llegar su camioneta hace unos minutos – respondió Harry - Ron y yo teníamos planeado ir a verla ¿Quieren venir?

- Por supuesto – sonrió Luna.

- Pero, ¿cómo vas a salir, Harry? – preguntó Hermione – Todos los maestros creen que tú estás enfermo y en cama.

- Para algo tengo una capa invisible – señaló Harry.

Harry volvió a los dormitorios para ponerse la capa de invisibilidad. Cuando regresó, él y los demás salieron de la sala común. Harry los fue guiando hasta la Sala de Oclumancia. Al llegar al pasillo se comenzó a oír mucho ruido. Los chicos se asomaron antes de cruzar una esquina. La puerta de la Sala de Oclumancia se abrió y de ella salieron Lupin y Snape juntos. Los dos se despidieron de alguien (los chicos supusieron que era Melisa) y después se fueron por otro camino diferente al que Harry y los chicos estaban utilizando para llegar. Esperaron cinco minutos y después fueron a la puerta. Harry se quitó la capa invisible y tocó tres veces la puerta. Al principio, nadie respondió, pero después de unos minutos se oyó la voz de Melisa.

- Si eres tú, Severus, quiero que sepas que estaré bien – aseguró Melisa sin abrir la puerta - y que ya tengo mucho sueño y me quiero ir a dormir.

- No soy Snape – declaró Harry.

De inmediato se oyeron pasos que iban hacia la puerta, esta se abrió y dejó ver a una Melisa que parecía haber envejecido diez años de golpe.

- Sólo me pregunto una cosa – dijo Melisa - ¿Cómo rayos se pueden enterar tantas personas de que regresé cuando únicamente le avisé a Dumbledore?

- Vimos llegar tu camioneta – comunicó Ron.

- La próxima vez me vendré en algo un poco más discreto – consideró Melisa con risa contenida – Pasen – y al ver a Harry se puso blanca – Excepto tú – dijo parando a Harry en la puerta.

Melisa se le quedó viendo sorprendida a Harry. Harry notó, por un mínimo instante, que la sonrisa de Melisa se desvanecía.

- No vengo durante dos semanas y mira cómo estás – lo regañó Melisa - No has comido, no has dormido y seguramente no te has levantado de tu cama.

- ¿Cómo rayos puede saber exactamente todo lo que pasa? – inquirió en voz baja Ron.

- Es que no me he sentido con ánimos de hacer nada – expresó Harry entrando en la Sala de Oclumancia.

- ¿Y como estas tú, Melisa? – preguntó Hermione para cambiar de tema.

- Bien – respondió Melisa, dejando de ver a Harry –, aunque muy aburrida de estar descansando, por eso regresé – se sentó en uno de los sillones - ¿Y a ustedes como les ha ido?

- Bien – respondió Ron –, exceptuando que en un día tenemos dos clases con Snape

- ¿Los trató mal? – inquirió Melisa.

- No – respondió Hermione –, hasta eso se portó bien con nosotros.

- Me alegra saber que aún me toma en consideración – dijo Melisa.

- ¿Y qué se siente ya no tener oclumancia? – preguntó Ron como si hubiera resistido la tentación de hacer esa pregunta antes.

- ¡Ron! – le gritaron Harry y Hermione al unísono para que se callara.

- Perdón – se disculpó Ron.

- No importa – dijo Melisa - No se siente tan mal como pensaba. Ahora estoy desempolvando mi vieja varita.

- Perdón, Melisa – se disculpó Harry – Fue mi culpa que perdieras tu oclumancia.

- Claro que no fue tu culpa – negó Melisa y después volteó a ver a Ron, Hermione y Luna – ¿Por eso ha estado así de triste?

- No precisamente – indicó Hermione.

- Si es mi culpa – profirió Harry. Estaba harto de que le dijeran que todo lo que pasaba no era su culpa – Todo lo que pasa es mi culpa.

- Harry, eso no es cierto – intervino Luna – Tú no tienes culpa de nada.

- ¡Claro que si! – gritó Harry – ¡Tengo culpa de todo lo que ha pasado desde que entré a Hogwarts! – se paró del sillón y comenzó a pasear de un lado a otro – ¡Tengo la culpa de que tuvieran que destruir la Piedra Filosofal y que por consecuente muriera Flamel!

- No es cierto – negó Ron.

- ¡Tengo la culpa de que el basilisco haya ido en contra de todos los hijos de muggles y de que Riddle haya atrapado a Ginny! – siguió Harry sin escuchar a Ron.

- Claro que no – habló esta vez Hermione.

- ¡Tengo la culpa de que Sirius se hubiera escapado de Azkaban y que fuera un fugitivo! – continuó sin seguir oyendo a sus amigos.

- Esa fue culpa de Sirius por tonto y no planear las cosas bien – dijo Melisa.

- ¡Tengo la culpa de que Colagusano se haya escapado! – siguió Harry - ¡Tengo la culpa de que Cedric muriera en la última prueba del torneo! ¡Tengo… tengo la culpa de que todos ustedes salieran lastimados en la pelea del ministerio y tengo la culpa de la muerte de S…

En ese instante se detuvo. El dolor que lo había acompañado durante los últimos meses ahora estaba más latente que nunca. Se sentó y comenzó a mirar el suelo. Un silencio horrible cubría toda la Sala de Oclumancia. Harry ya no lo podía soportar… ya no podía seguir fingiendo que todo estaba bien… ya no podía seguir conteniendo esas lagrimas que ahora mojaban sus ojos y sus mejillas.

- Harry, - dijo lentamente Melisa – tú no tienes la culpa de la muerte de Sirius.

- Si la tengo - dijo Harry llorando – Creí que él estaba en el Ministerio, fui para allá sin pensarlo siquiera dos veces, puse la vida de mis amigos y la mía en peligro e hice que Sirius saliera de Grimmauld Place para salvar… me.

Harry ya no pudo seguir. Su llanto ahogaban todas las palabras. Sintió como unos brazos lo rodearon e inmediatamente un calor tranquilizador y el sentimiento de protección lo envolvió. Melisa lo abrazaba de una forma maternal muy parecida a los abrazos de la señora Weasley. Harry sintió que ella también estaba llorando.

No supo cuanto tiempo estuvo llorando ni supo que ocurrió, sólo abrió los ojos. Al abrirlos se dio cuenta de que ya era de mañana. La luz del sol entraba por la venta del cuarto donde estaba. Miró a todos lados: las paredes estaban tapizadas de estrellas de color azul claro, lo cual hacia contraste con el color azul oscuro de la pared. Vio hacia una esquina y vio un baúl abierto y alrededor de él estaban un montón de cosas regadas. La cama era muy suave y acogedora, con unas sabanas blancas y una almohada azul. Al lado de la cama había una mesita de noche en la que había un despertador, una vela (que estaba apagada) y cuatro fotos: una era de una muchacha que Harry la reconoció como la chica de cabello café con mechones rubios que había aparecido en su última visión; otra era de Snape muy joven, como de unos diecisiete años; una de Sirius a la misma edad y la ultima, era de Melisa, a la misma edad, con dos personas ya grandes que Harry identificó como sus padres. El papá era muy alto, de cabello café y ojos del mismo color, realmente no tenía ningún parecido con su hija, exceptuando la hermosa sonrisa. La mamá era muy bonita y el increíble parecido a su hija era abrumador: tenía el mismo color de cabello, casi la misma estatura y sus facciones eran idénticas. Lo único que las diferenciaba era el color de los ojos, ya que los de la mamá eran cafés, y también inexplicable seriedad en su rostro.

Harry dejó de ver las fotos y vio el reloj. ¡Ya eran las doce de la tarde! Se paró y salió del cuarto. Se encontró en un pasillo en el que se veía otra puerta. Harry fue hacia ella y al abrirla vio que era otro cuarto. Fue al final del pasillo. Una escalera en forma de caracol lo llevó a un pequeño balconcito por el que se veían los jardines de Hogwarts y la entrada al Bosque Prohibido. A la derecha, notó que había una percha para que las lechuzas descansaran. Harry trató de encontrar una salida de ese balconcito, encontrando una puerta que llevaba al interior. Era una puerta de madera muy grande y sin cerradura. Se acercó a ella y la empujó. La puerta se abrió de par en par y dejó ver la Sala de Oclumancia. Ésta estaba totalmente vacía. Harry buscó a alguien, mas se encontraba solo. Se sentó en uno de los sillones y se quedó ahí un buen rato. Se paró e hizo el ademán de ir hacia la puerta, sin embargo se detuvo al ver como el pomo de la puerta se movió y ésta se abrió. Entraron Ron, Hermione y Luna, los tres parecían adormilados.

- Harry, ya despertaste – dijo Ron – Creímos que dormirías más.

- ¿Qué pasó anoche? – inquirió Harry que no recordaba absolutamente nada.

- ¿No te acuerdas? – preguntó Hermione – Estuviste toda la noche llorando.

- Y nosotros estuvimos tranquilizándote – añadió Luna.

- Después terminaste durmiéndote en los brazos de Melisa – concluyó Ron – Ella te llevó a su cuarto y, como ya era muy noche, nos dejó quedarnos en el cuarto de las visitas. Melisa se durmió en uno de los sillones.

- ¿Hace cuanto que despertaron? – inquirió Harry.

- Despertamos como a las once, bajamos a desayunar y a traerte algo de ropa – señaló Ron sacando ropa de Harry de debajo de su túnica.

- ¿Y Melisa dónde está? – preguntó Harry cogiendo la ropa.

- Desayunando, se despertó más tarde que nosotros – manifestó Hermione.

- ¿Y cómo te sientes? – inquirió Luna.

- Me siento mucho mejor – admitió Harry.

- Melisa tenía razón, desahogarse es bueno para el alma – comentó Ron sentándose en uno de los sillones.

La puerta se volvió a abrir. Esta vez era Melisa, la cual también parecía totalmente adormilada.

- Harry, ¿cómo te sientes? – preguntó Melisa al verlo.

- Mucho mejor – expresó Harry – Gracias por desvelarse por mí.

- No fue nada – aseguró Ron – Sólo no le digas a mi mamá porque se volvería loca.

- Fue un placer – dijo Melisa bostezando –, aunque descubrí que no es muy bueno combinar el desvelo con la perdida de oclumancia. Si no les importa, me iré a dormir un poco más.

Salió al balconcito y se oyó como subía las escaleras. Harry y los chicos salieron de la Sala de Oclumancia para dejar dormir a Melisa tranquilamente.

Después de eso, los días pasaron mucho más tranquilos y felices para Harry. Aunque su tristeza no había desaparecido del todo, por lo menos ya no se sentía tan mal y podía dormir sin recordar lo sucedido en el Ministerio. Por alguna rara razón, Harry sentía que esa noche en la Sala de Oclumancia alguien más que sus amigos y Melisa había estado ahí apoyándolo, pero no sabía de quien se trataba.

Noviembre se fue con mucha rapidez y diciembre llegó junto con un manto de nieve que cubrió absolutamente todo Hogwarts. Era lunes, el primero de diciembre. El día transcurrió sin ninguna cosa fuera de lo normal. Lo malo ocurrió en la noche cuando ya todos estaban en sus camas. Harry, por primera vez en dos semanas, no tardó en conciliar el sueño. Finalmente, su cansancio lo venció y quedó dormido. Abrió los ojos y ya no se encontraba en el dormitorio. Estaba en la entrada a la sala común y, considerando la oscuridad que reinaba en la sala común, Harry supo que era de noche. Cerca de la chimenea había dos personas escribiendo con rapidez. Harry se acercó y vio que las dos personas eran su papá y Sirius cuando tenían más o menos su edad. James dejó de escribir y se estiró.

- Detesto a Mcford – aseveró mientras se estiraba.

- Lo has dicho más de diez mil veces – señaló Sirius quien seguía escribiendo sin detenerse.

- Voy a tomar un descanso – anunció James poniéndose de pie.

- ¿A dónde vas? – inquirió Sirius sin dejar de escribir.

- Voy al baño – dijo James alejándose.

Harry vio como su papá desaparecía en la oscuridad. Se fijó en Sirius y por primera vez en su vida se dio cuenta de algo: Sirius era zurdo. Escribía de una manera muy rápida. Se oyó como alguien venía. James regresaba del baño. Al llegar a la mesa, James se quedó mirando a Sirius.

- Creo que o soy muy tonto o poco observador – comenzó James sin dejar de ver a Sirius.

- ¿Por qué? – preguntó Sirius aún sin dejar de escribir.

- ¡Eres zurdo! – apuntó James.

Sirius dejó de escribir. Vio su mano primero y después se volvió a ver a James incrédulo. Fue en ese momento que Harry se dio cuenta que Sirius tenía una venda en la cabeza.

- ¿Somos amigos desde que tenemos once años y nunca te diste cuenta de que soy zurdo? – cuestionó incrédulo Sirius.

- Tengo mala memoria y poca observación, amigo – dijo en modo de disculpa James sentándose de nuevo.

- Ya me di cuenta – dijo Sirius mientras volvía a escribir.

- Oye y haz estado pensando en que le vas a regalar este año a Melisa – inquirió James en son de molestar.

- No – respondió Sirius - ¿Por qué?

- Porque después del espectáculo que diste con Lestrange, todos creyeron que te harías su novio – puntualizó James.

- James, a mi me viene valiendo mucho lo que piensen o crean los demás – expresó Sirius – y no me haré novio de Melisa nunca.

- De acuerdo, si tú lo dices – dijo James cogiendo su pluma – Pero si quieres que te dé un consejo, le deberías de regalar una mascota, para que así se le quite la tristeza por lo de Skipi.

- Sería buena idea – dijo Sirius con un evidente tono de sarcasmo en su voz – exceptuando el hecho de que Skipi era su mejor amigo y que ninguna mascota lo remplazará.

- Puedes hacer el intento – opinó James.

- ¿Y qué le regalaría? – inquirió Sirius al fin despegándose de la hoja.

- Una lechuza, por ejemplo – propuso James

Harry ya no supo que pasó porque alguien lo despertó. Ron estaba zarandeando a Harry para que este se despertara.

- ¿Qué pasa? – preguntó Harry.

- Ven, tienes que ver algo – dijo Ron saliendo del dormitorio.

Harry se paró y siguió a su amigo. Todos los miembros de la casa se encontraban en la sala común y veían sorprendidos las paredes. Harry volteó a ver lo que veían y quedó totalmente sorprendido. Las paredes estaban rayadas con pintura de diferentes colores y entre esos rayones se encontraban las palabras "En tu cara Potter" o "Esto te pasa por tener novia". Al ver que llegó Harry, todos lo voltearon a ver. Este no sabía que decir.

- Harry, ¿tienes idea de quien hizo esto? – inquirió Hermione que se veía totalmente conmocionada.

- No tengo ni la menor idea, Hermione – respondió Harry.

De repente se oyó como se abría la puerta de la sala común. Todos voltearon hacía allá y vieron a la Profesora Mcgonagall totalmente sorprendida. Sus ojos se enfocaron en Harry.

- Todos al Gran Comedor de inmediato – ordenó lentamente la Profesora Mcgonagall

Después dio media vuelta y salió por el retrato. Todos fueron hacía el retrato y salieron. Su sorpresa se acrecentó más al ver que no sólo la sala común de Gryffindor había sido la afectada. Todos los pasillos por los que iban pasando estaban igual a la sala común, solo que en estos se podían encontrar otras frases como "Te lo advertí Lovegood" o "Tú y Potter van a sufrir en grande". Hermione, al leer esas frases, dio un resoplido de furia y dijo en voz baja: "Cho Chang". El Gran Comedor estaba igual. La mayoría de los alumnos estaban ya ahí. Harry trató de buscar a Luna con la mirada pero no la encontró. Todos los profesores se encontraban en la mesa de los profesores y parecían totalmente furiosos con lo sucedido. Harry, Ron y Hermione se sentaron casi al final de la mesa.

- Pido la atención de todos – habló Dumbledore e instantáneamente cesaron todos los murmullos – Como ya se han de haber dado cuenta, Hogwarts acaba de sufrir el peor de los insultos. Les puedo asegurar que el único castigo para los responsables de esto será la expulsión.

Los murmullos comenzaron de nuevo

- ¡Silencio! – ordenó Dumbledore que, aunque lo disimulaba muy bien, estaba furioso – Quiero que salgan del Gran Comedor las siguientes personas: Cho Chang, Marieta Edgecombe, todas las jovencitas de sexto grado de Slytherin, exceptuando a la señorita Parkinson; Harry Potter, Luna Lovegood, Hermione Granger y Daniela Derim.

Ron miró a sus amigos y estos le regresaron la mirada. Lo más seguro es que pensaran que Harry y Luna tenían algo que ver, pero ¿Hermione por qué? Se pusieron de pie y fueron hacía la puerta. Ahí afuera estaban Snape, Lupin, el profesor Flitwick, la profesora Mcgonagall y la profesora Sprout. En unos minutos, Cho salió acompañada de Marieta. Las chicas de Slytherin salieron también y casi pasados unos minutos más salieron Luna, Daniela, Ron y Pansy Parkinson acompañados por Dumbledore.

- Señor Weasley y señorita Parkinson, quiero que acompañen al Profesor Lupin para ayudarlo a contactar a todas las familias de estas personas – pidió Dumbledore

Ron y Pansy siguieron a Lupin por un corredor.

- Señorita Derim, quiero que vaya de inmediato por el libro de las reglas del "Chismologo" – dijo Dumbledore.

Daniela salió corriendo hacía las mazmorras.

- Todos los demás, vamos a mi despacho – estableció el profesor Dumbledore.

Todos los profesores se fueron por delante, exceptuando a Snape que seguía como un halcón a Cho. Todas las niñas de Slytherin junto con Marieta y Cho se veían muy preocupadas. Hermione y Harry intercambiaban miradas cada cinco segundos, mientras Luna únicamente viajaba su mirada por la cara de todos. Pronto llegaron a la entrada del despacho de Dumbledore. La gran estatua de águila dejó pasar a la comitiva. En cuanto entraron al despacho, todos tomaron una silla.

- Usted no, señorita Chang – la detuvo Snape en cuanto esta se había sentado – Usted estará al frente de todos.

Cho se paró con la cabeza en alto. Justo en ese momento, entró Daniela totalmente cansada. Se notaba que había corrido mucho.

- Gracias, señorita Derim, ahora deje ese libro en el escritorio – apuntó Dumbledore.

Daniela dejó el libro sobre el escritorio y se sentó en la silla que Cho había desocupado.

- Como ya lo había dicho en el Gran Comedor – comenzó Dumbledore sentándose detrás de su escritorio – el acto que ha ocurrido hace algunos minutos, nunca había ocurrido en Hogwarts en sus mil años de existencia – hubo una pequeña pausa en la que Harry y Hermione se voltearon a ver – Señorita Edgecombe y jovencitas del Slytherin, se me hace incomprensible como es que se les ocurrió seguir las ordenes de la señorita Chang.

- Profesor – dijo Cho – ellas quisieron hacerlo, no siguieron mis órdenes.

- Eso es cierto, profesor – apoyaron las chicas de Slyhterin

- Eso no es cierto – negó Marieta – Cho nos obligó y nos amenazó con que iba a publicar algo en el "Chismologo".

- ¿Eso es cierto, señorita Chang? – preguntó Dumbledore a Cho.

- Ella está mintiendo, profesor – rechazó Cho.

Por primera vez en su vida Harry pudo percibir que alguien mentía. Era como si leyera los pensamientos de Cho. Y no era el único que hacía eso en ese instante. Tanto Dumbledore como Snape también estaban leyendo los pensamientos de Cho.

- Señorita Chang, le diré que por todo lo que ha hecho en estos últimos meses, sus palabras no tienen mucha credibilidad – expuso Dumbledore y después prosiguió con las demás chicas – Debo decirles que estarán suspendidas de Hogwarts hasta que regresemos de las vacaciones navideñas y también que se les baja el 25% de sus calificaciones finales.

- Pero, profesor, todo es culpa de Cho – saltó una niña de Slytherin.

- Ella nos amenazo – habló otra.

- No importa que haya ocurrido, lo que importa es que lo hicieron – aclaró Dumbledore - , y no voy a dejar esta mala conducta sin un castigo. Es mi última palabra. Profesor Snape, profesor Flitwick, por favor, llévense a sus alumnas y que empaquen sus cosas, mañana mismo se irán de Hogwarts.

Snape y Flitwick salieron del despacho seguidos por Marieta y las chicas de Slytherin. Nuevamente Cho quiso sentarse, sin embargo esta vez Dumbledore fue el que se lo impidió.

- Señorita Chang, usted estará parada – dijo Dumbledore y después cogió el libro que Daniela había llevado –. Señorita Derim, quiero que nos lea la primera regla que está escrita en este libro.

Daniela se paro y cogió de las manos de Dumbledore el libro. Lo abrió en una de las primeras páginas y comenzó a leer.

- "En esta revista se puede escribir sobre cualquier tema, mientras se compruebe la veracidad de sus fuentes. No importará si la imagen de un estudiante o profesor queda dañada" – leyó Daniela.

- Muchas gracias, señorita Derim. Puede sentarse – indicó Dumbledore. Daniela dejó el libro en el escritorio y se fue a sentar - Según esta ley, señorita Chang, usted no ha hecho ningún acto malo al publicar este artículo – puntualizó mientras mostraba el artículo que Cho había escrito sobre Hermione -, pero usted acabo con la buena reputación de su compañera, la señorita Granger.

- Yo solo dije lo que era la verdad – se defendió Cho.

- Trato y trato, pero aun así no puedo comprender como es que usted hizo esto en contra de la señorita Granger – dijo Dumbledore – y mucho menos me puedo explicar cómo ha podido hacer esto a Hogwarts, y lo peor, amenazó a sus amigas y compañeras. ¿Puede explicarme por qué hizo todo esto?

- Son cosas personales que no diré – respondió Cho totalmente indignada

- Yo he sacado una conclusión - manifestó Dumbledore entrelazando su manos – el acto que hizo esta noche y el artículo que escribió sobre la señorita Granger tienen una cosa en común: – todos voltearon a ver a Dumbledore extrañados – Harry Potter.

Una vez más en la noche, las miradas se posaron en Harry, lo cual incomodo al muchacho.

- Pero como usted ya lo ha dicho – continuo Dumbledore – esas son cosas personales en las que no me meteré. Pero debe de saber que esto no pasara sin un castigo. Quedará suspendida temporalmente hasta que el profesorado haya decidido su castigo. Sin embargo, a diferencia de sus compañeras, usted se quedará aquí en Hogwarts arreglando el desastre que cometió.

- Pero, profesor… – saltó Cho alarmada.

- Además, mañana vendrán a Hogwarts los padres de sus compañeros, para que enfrente de ellos les pida una disculpa – concluyó Dumbledore.

- De acuerdo, profesor – aceptó Cho bajando la cabeza.

- En cuanto a ustedes – habló Dumbledore posando su mirada en Harry, Hermione y Luna –, mañana tendrán un tiempo libre para poder estar con sus padres – volteó a ver nuevamente a Cho – Tendrá que hablar también con los padres de las jovencitas a las que involucró en esto – Cho simplemente asintió con la cabeza - Bueno, sin más que decir, creo que lo mejor sería que se fueran a dormir – indicó Dumbledore – Buenas noches.

Harry, Hermione, Luna y Cho salieron del despacho. Esa noche, Harry no pudo volver a reconciliar el sueño así que prefirió adelantar un poco de tarea. Al siguiente día, Harry, Hermione y Luna pudieron faltar a clases. Los padres llegaron como a eso de las doce y de inmediato Cho comenzó a disculparse de la misma manera con cada uno de ellos, siendo interrumpida por sus padres, quienes, en cuanto arribaron al lugar, la regañaron en medio patio y a la vista de todos. Harry observó la escena desde lejos unos cuantos minutos, mas su atención pronto se desvió en Luna y su padre, los cuales, una vez después de escuchar la disculpa de Cho, habían decidido caminar por los jardines de Hogwarts platicando animadamente y sin prestar atención a los gritos tan cercanos a ellos. Sintió el impulso de acercarse y presentarse, mas pensó que sería mejor no destruir tan linda escena familiar. Ya podría conocer al señor Lovegood en un mejor momento.


Espero les haya gustado este capítulo y por favor dejen una crítica.

Adiós ;)