13
Una sorpresa en Navidad
Los días pasaron tranquilamente desde ese suceso. Pronto llegó la penúltima semana de clases antes de las vacaciones de Navidad. Era la mañana del jueves. Se encontraban en el Gran Comedor desayunando cuando una lechuza de color marrón llegó, le dejó una carta a Hermione y se fue inmediatamente.
- ¿De quién es? – preguntó Ron a Hermione cuando esta abrió la carta.
- Es de Victor – respondió Hermione mientras leía la carta.
- ¿Quién es Victor? – inquirió Luna.
- Victor Krum – respondió Harry.
- Ah, ¿eres su amiga? – preguntó Luna a Hermione.
- Es su novia – aclaró Ron con cara de pocos amigos.
- Eso no es cierto, Ron – negó Hermione terminando de leer la carta – Sólo es mi amigo.
- Si como no – dijo sarcásticamente Ron.
Hermione sacó una pluma, un pedazo de pergamino y comenzó a escribir. Cuando hubo terminado vio primero a Ron y después a Harry.
- ¿Me prestas a Hedwig? – inquirió Hermione.
- Claro que si – respondió Harry.
- ¿Y por qué no me pides a Pig? – preguntó Ron ofendido.
- Porque es para mandar una carta a Victor y no creo que tú quieras que use a Pig para eso – señaló Hermione.
- ¿Y ahora que te ha escrito Vicky? – inquirió Ron como si fuera una pregunta hecha al azar
- Me escribió que quiere verme – respondió Hermione –, así que le dije que podíamos vernos el sábado en la visita a Hogsmeade a la una de la tarde.
- Claro – soltó Ron enojado – claro, a él si le aceptas una cita.
- ¿Será porque es la única persona que me ha invitado a una cita? – preguntó Hermione con tono de obviedad
- Pues ahora no – dijo Ron parándose – Yo te invito pasar todo el día conmigo en Hogsmeade hasta que tengas que ir a ver a Vicky.
Harry, Hermione y Luna se le quedaron viendo a Ron. El pelirrojo no tardó en ponerse blanco; le había tomado unos segundos darse cuenta de lo que acababa de hacer.
- De acuerdo – aceptó Hermione la propuesta –, tendré dos citas en el mismo día.
- Voy a prepararme para las clases – murmuró Ron lentamente como si lo hubieran golpeado
Los chicos vieron como Ron se alejaba y salía del Gran Comedor. Hermione cogió sus cosas.
- Voy a enviar esta carta – dijo a los chicos y después salió del Gran Comedor.
- Su relación es muy interesante – opinó Luna continuando con su desayuno.
- Si – apoyó Harry comiendo un panecillo. En ese momento, una idea atravesó su cabeza – Oye, Luna, tomando en cuenta que Ron y Hermione van a estar en su cita – empezó Harry sonrojándose levemente –, nosotros podríamos tener nuestra primera cita - cuatro de meses de novios y no habían tenido una sola cita formal. Las idas a la biblioteca juntos simplemente no contaban.
- Por su puesto – sonrió Luna.
- Harry – lo llamó una voz detrás de él.
Era Cho. Lucía sumamente sucia y cansada, sin contar la evidente tristeza en sus ojos.
- Me manda la profesora Mistick a decirte que la clase de mañana se suspenderá – transmitió el mensaje Cho con cansancio.
- ¿Por qué? – inquirió Harry extrañado.
- No me preguntes – respondió Cho –, solo traigo el mensaje. Aunque según lo que oí, creo que se trata de alguien que está en San Mungo.
- Dile que está bien – dijo Harry.
En cuanto Cho se hubo alejado lo suficiente, Harry y Luna se vieron entre sí.
- ¿Quién será? – preguntó Luna con curiosidad.
- No lo sé, pero creo que es alguien muy importante – respondió Harry
Ya eran varias veces las que Harry oía hablar sobre alguien que estaba en San Mungo. Antes no le tomaba tanta importancia, pero ahora deseaba más que nada saber de quién se trataba. Al día siguiente la normalidad de las últimas semanas se vio empañada por Ron, quien no le dirigía la palabra a Hermione, y Melisa, que no fue a darles clases, hecho que preocupo un poco a Harry.
Al terminar las clases, Harry sintió nuevamente ese deseo de estar solo. Aunque ya no lo sintiera tan fuerte, el dolor por la perdida de Sirius seguía ahí. Anduvo por un tiempo caminando por todo el patio hasta que decidió detenerse en la orilla del lago. Se sentó debajo de un árbol y se quedó viendo como el agua se movía silenciosamente. De repente, un sueño muy fuerte lo dominó y pronto se quedó dormido. Al abrir los ojos, supo de inmediato que eso era una visión. Se encontraba de nuevo en la Cámara de la Muerte. Todo estaba vació, exceptuando la tarima en la que estaba sentado un hombre. A Harry le dolió el estomago por la impresión. Era Sirius. Harry se acercó lentamente y deteniéndose en el comienzo de la tarima.
- ¿Por qué sigo soñando contigo? – inquirió Harry con tristeza – Tú estás muerto.
- No estoy muerto y esto no es un sueño – corrigió Sirius desde su lugar.
- Ya deja de decir eso – exigió Harry – Esto es un sueño, tú estás muerto y yo ya estoy harto de sentir esta tristeza.
- Mira, Harry – habló Sirius poniéndose de pie –, ahora no te puedo explicar todo lo que ha pasado, pero te prometo que con el tiempo lo sabrás.
- ¿Por qué no me lo puedes explicar? – preguntó Harry.
- Porque no tengo el tiempo suficiente – respondió Sirius – Estoy contactándote cuando no debería de hacerlo, en cualquier momento Dumbledore o Snape pueden descubrir esta conexión y la interrumpirían.
- ¿Y entonces qué haces aquí? – inquirió Harry.
- Vengo a decirte que pronto nos volveremos a ver – respondió Sirius – y que no dejes de confiar en los que están a tu alrededor
- Nunca lo haría – aseguró Harry.
- Tengo que irme, alguien se acerca – expuso Sirius – Te prometo que nos veremos muy pronto.
Todo se volvió neblinoso. Harry sintió como si lo teletransportaran de un lugar a otro. Despertó. El sol ya estaba casi oculto detrás de las montañas. Una brisa fría soplaba por todo el lugar. Harry oyó pasos acercarse. Se paró de un brinco y sacó la varita.
- Calma, calma – lo tranquilizó una voz femenina – Soy yo.
Era Melisa. Ésta lucía pálida y enferma, sin contar que en lugar de sonreír, esbozaba una mueca.
- Perdón – se disculpó Harry y metió su varita en su bolsillo.
- Fue mi culpa – dijo Melisa – Te asuste.
- ¿Te sientes bien? – preguntó Harry al ver lo mal que se veía.
- No es nada, solo me siento un poco cansada – respondió Melisa.
- ¿Qué haces aquí? – inquirió Harry.
- Salí a caminar un poco – dijo Melisa – Desperté un poco mal.
- ¿Por eso cancelaste la clase de hoy? – preguntó Harry.
- Si – asintió Melisa – Si quieres, te la puedo compensar cualquier día de la siguiente semana.
- No importa – expresó Harry –, yo tampoco me sentía con ánimos para tener clases.
- ¿Otra vez triste? – cuestionó Melisa.
- Un poco – respondió Harry –, aunque ya no tanto como antes.
- Me preguntaba si te gustaría salir a pasear conmigo – propuso Melisa.
- Claro – dijo Harry –, ¿a dónde?
- Por ahí – pronunció Melisa – Podemos ir mañana durante la excursión a Hogsmeade.
- Claro – aceptó Harry y después recordó la cita con Luna - Lo siento no puedo
- ¿Por qué? – inquirió Melisa.
- Tengo planes con Luna – informó Harry -, pero podemos ir el próximo sábado, ya estaríamos en vacaciones.
- Mucho mejor, así no tendríamos que regresar a una hora fija – sonrió Melisa.
- Está bien – dijo Harry, notando un pequeño destello de luz en los ojos de Melisa y una sonrisa fugaz.
- Creo que ya deberíamos de irnos al castillo – opinó Melisa – si no nos regañaran, en especial a ti.
Mientras cenaban, le contó a sus amigos todo, exceptuando el sueño de Sirius, porque él seguía pensando que era un sueño. Durante varias horas Harry había estado pensando en ese sueño. Las palabras de Sirius rondaban su cabeza y no lo dejaban pensar en otra casa.
Al otro día, Harry no fue a desayunar al igual que Ron. Los dos estuvieron arreglándose para sus citas. Ron exageraba. Estaba tan nervioso que le transmitía esos nervios a Harry. Se habían quedado de ver con las chicas a la entrada de Hogsmeade. En cuanto llegaron a Hogsmeade, Harry y Ron vieron sorprendidos a Hermione y a Luna. Las dos se habían arreglado para la ocasión y se veían sumamente hermosas.
- Se ven muy bien – expresó Ron.
- Gracias, Ron – agradeció Hermione – Ahora vamonos, porque, a diferencia de nosotros, la cita de Harry y de Luna si es una cita.
Hermione se llevó arrastrando a Ron del brazo.
- ¿Y a dónde vamos? – preguntó Harry.
- Caminemos – respondió Luna.
Todo comenzó como una pequeña caminata. Después entraron a todas las tiendas. Luna evadía los lugares románticos con el pretexto de que estaban infestados de muérdagos, es decir, de nargles. Al terminar de ver todas las tiendas fueron a "Las Tres Escobas". Escogieron una mesa alejada de todos y se sentaron. Luna veía con interés todos los dulces que se había comprado en Honeydukes.
- Fue un día muy bueno – comentó Harry.
- Si – dijo Luna seleccionando un dulce y metiéndoselo a la boca – ¿Sabes qué?, me alegro mucho de ser tu novia.
- Yo también – expresó Harry.
Los dos se quedaron viendo y como si una fuerza invisible los empujara, se fueron acercando. Sus caras ya estaban pocos centímetros de distancia y entonces…
- Harry, Luna – saludó Ron aparecido de quien sabe donde – Los estuve buscando por todo Hogs…
Al fin se había dado cuenta de lo que sus amigos habían estado a punto de hacer. Harry se alejó precipitadamente de Luna y miró a Ron con enojo.
- Voy por las bebidas – habló Luna poniéndose de pie – ¿Quieres una Ron?
- Sí, claro – respondió Ron avergonzado.
Luna se perdió entre la gente saltando.
- Arruiné algo, ¿verdad, Harry? – inquirió Ron.
- No te preocupes, Ron – lo tranquilizó Harry un poco menos enojado –, ya habrá otras oportunidades.
- Perdón, en serio, no era mi intención – dijo Ron sentándose al lado de Harry - ¿tú crees que Luna me odie?
- Dudo que Luna pueda odiar a alguien – respondió Harry - ¿Y cómo te fue con Hermione?
- Bien – respondió Ron –, fue como cuando tú no podías ir a Hogsmeade, ¿te acuerdas?
- Como olvidarlo – dijo Harry.
- ¿Y a ti? – preguntó Ron.
- Fantástico – sonrió ampliamente Harry – Paseamos por todo Hogsmeade, entramos a todas las tiendas y compramos demasiadas cosas.
- Vaya – habló Ron desanimado – ustedes si son una pareja feliz.
- ¿Y Hermione? ¿Ya está con Krum? – inquirió Luna que regresaba con tres cervezas de mantequilla.
- Si – asintió Ron con fastidio – No sé qué le ve.
Después de platicar un rato, regresaron a Hogwarts. Media hora después, Hermione ingresó a la sala común de Gryffindor con una esplendida sonrisa en los labios, que aumentó la molestia en el pelirrojo.
La semana pasó sin nada interesante que decir. Por fin llegó el viernes, el último día de clases antes de las vacaciones navideñas. Todos los alumnos no hacían más que hablar de lo que harían esos días en sus casas. Harry, Ron y Ginny la pasarían en la Cascada junto con todos los Weasley, Lupin, Melisa, Mundungus y Arabella. Hermione iría con sus padres a esquiar a los Alpes suizos y Luna viajaría con su papá a China. Harry estaba feliz de que hubiera vacaciones, pero no le alegraba para nada tener que pasar la Navidad. Era la primera Navidad que no iba a pasar con Sirius desde que lo conocía. Sin embargo, por alguna rara razón, ese día despertó con una sensación de que algo bueno iba a ocurrir.
- ¿Qué nos toca? – preguntó Ron después de salir de la clase de Transformaciones.
- Nos toca con Melisa – indicó Hermione.
Arriba al aula y se sentaron en los lugares de adelante. El aula se iba llenando poco a poco. Cuando ya se hubo llenado, Melisa entró. Se veía mucho peor de cómo Harry la había visto en el lago.
- Como ya saben – comenzó a decir Melisa – desde el comienzo del curso les dije que en este momento podían elegir si querían salir de esta clase, así que los que quieran salirse pueden venir y decírmelo cuando regresemos de vacaciones. Sin importar su decisión, les pediré un ensayo sobre la oclumancia y sus funciones y otro ensayo sobre la legeremancia y sus funciones.
Se oyeron muchos murmullos de protesta. A Harry se le hizo fácil eso pero sabía que para sus compañeros no lo sería tanto. Entonces se oyó algo así como un zumbido. Todos trataron de buscar la fuente de ese zumbido. Harry miró a Melisa la cual parecía estar enojada.
- Saldré un momento – anunció Melisa – No quiero ruido.
Harry la vio salir con su insignia de la Orden en la mano. Ya más de una vez se había percatado de que esas insignias no solo eran insignias, sino también eran comunicadores.
Una vez afuera, Melisa dio un largo y profundo suspiro y oprimió el centro de su insignia, en el que estaba el dibujo de una lechuza con el número cuatro atrás.
- ¿Cuántas veces te he dicho, Arabella, que no me hables mientras estoy dando clases? – inquirió con fastidio Melisa hacia la insignia.
- ¿Estás dando clases en Hogwarts? – pregunto la voz de un hombre. Melisa estuvo a punto de tirar la insignia y desmayarse de la impresión. Era… era…
- Idiota, arruinaste la sorpresa – le reprochó la voz enojada de Arabella.
- Sirius – pronunció Melisa casi sin aliento – ¿Era… Sirius?
- Si, acaba de despertar – dijo Arabella tranquilizándose.
- ¿Cuándo? – inquirió Melisa aun sin poder creerlo.
- Hace como media hora – indicó Arabella – Eres la primera que lo sabe, bueno no, Dumbledore lo supo primero.
- Pásamelo – pidió Melisa.
- Está bien – accedió Arabella y la siguiente voz que oyó Melisa fue la de Sirius - ¿Estás dando clases en Hogwarts?
- Si – respondió Melisa – ¿Qué te parece?
- Que Dumbledore enloqueció – opinó Sirius.
- Que chistoso – dijo Melisa.
- ¿Y a quien le estas dando clases ahorita? – preguntó Sirius.
- A los de sexto grado de Gryffindor – respondió Melisa.
- ¿Está Harry ahí? – inquirió Sirius.
- Si – asintió Melisa –, y no te lo pasare.
- ¿Por qué? – preguntó Sirius – ¿No me digas que él también cree que estoy muerto?
- Sabes la respuesta, para que te haces el tonto – dijo Melisa – crees que no me entere de todas tus intrusiones a la mente de Harry
- Ese no es el punto – dijo Sirius –; el punto es que le hicieron creer al mundo entero e incluso a Harry que estaba muerto cuando no era cierto y exijo una explicación.
- La tendrás, créeme – aseguró Melisa – Ahora pásame a Arabella.
- Ah no, ahora me explicas – dijo Sirius.
- Dame mi insignia – mandó Arabella.
Y así comenzaron a pelarse por la insignia. Melisa no quiso saber nada más, oprimió el centro de su insignia y dejó de oír la pelea. Una felicidad infinita se había apoderado de ella. Guardó su insignia en un bolsillo de su túnica y entró en el aula.
- Ahora que lo pienso mejor, váyanse, disfruten de sus vacaciones desde ahora – habló Melisa a sus alumnos – y olvídense de los ensayos.
Todos vieron a Melisa incrédulos y antes de que esta cambiara de opinión, el aula ya se había vaciado exceptuando a Harry, Ron y Hermione que se habían quedado impresionados por el cambio de Melisa.
- ¿Por qué hiciste eso? – inquirió Ron.
- Porque es mucho mejor pasar las fiestas sin preocupaciones – respondió Melisa y volteó a ver a los chicos.
No solo había cambiado de humor. Parecía diez años más joven y volvía a tener esa sonrisa que iluminaba su rostro. Ya no estaba pálida. Comenzó a recoger sus cosas
- ¿Se puede saber porque estás tan feliz? – preguntó Hermione.
- Yo siempre estoy feliz – declaró Melisa antes de salir del aula. Harry, Ron y Hermione la siguieron.
- ¿En serio no pasó nada? – inquirió Harry.
- ¿Qué tendría que pasar? – regreso la pregunta Melisa.
- ¡Melisa! – la llamó una voz que al parecer también estaba llena de felicidad.
Era Lupin. Venían con su insignia en la mano. Su cara estaba más feliz de lo que Harry lo había visto en meses.
- ¿Ya te hablaron? – preguntó sin darse cuenta de la presencia de Harry, Ron y Hermione
- Si – dijo Melisa – ¿No es fantástico?
- ¿Fantástico? – cuestionó Lupin – ¡Es maravilloso!
- He estado pensando que deberíamos de celebrarlo – propuso Melisa mientras los dos se alejaban del lugar.
- Creo que estamos pintados – se quejó Ron indignado.
- Algo raro está pasando – aseveró Hermione.
Los tres se fueron a la sala común de Gryffindor. La sala común estaba completamente vacía. Hermione sacó unos libros y comenzó a hacer la tarea que les habían dejado para las vacaciones. Ron había seguido el ejemplo de la chica porque no tenía nada mejor que hacer. Mientras, Harry pensaba. ¿Qué podría haber pasado que cambiara el humor de Melisa en cinco segundos? Pero eso no era lo único que lo preocupaba. Lo que lo preocupaba era algo que había sentido desde hace seis meses pero que nadie sabía. Desde la muerte de Sirius, Harry había sentido como si Sirius lo siguiera, en parte por eso no podía dejar de pensar en lo ocurrido en el Ministerio. Pero ahora, ya no lo sentía, era como si esta vez hubiera dejado un vació mucho más grande y profundo.
- ¿Dónde estaban? – inquirió una Luna al entrar al Gran Comedor y encontrar a los chicos comiendo ahí.
- En la sala común – respondió Harry - ¿Por qué?
- Porque los he estado buscando por todos lados – respondió Luna sentándose al lado de Harry – Pensé que nos veríamos después de clases en la puerta del aula de Melisa.
- Perdón, Luna – se disculpó Hermione –, pero es que hoy no tuvimos clase con Melisa.
- ¿Otra vez está enferma? – preguntó Luna preocupada.
- No – respondió Ron – Está muy feliz.
- ¿Cómo? – inquirió Luna sin entender.
- Estábamos en clase como siempre, cuando Melisa recibió un mensaje por su insignia – explicó Harry – Salió del aula y cuando regresó estaba totalmente feliz. Nos dejó salir temprano y después se fue a celebrar algo con Lupin.
- Interesante – dijo Luna - ¿Y no saben por qué esta tan feliz?
- Ni idea – dijo Harry, miró su reloj y se puso de pie –, pero voy a ir a descubrirlo ahora.
- ¿A dónde vas? – preguntó Hermione.
- A mi clase de oclumancia – respondió Harry.
Se despidió de los chicos y salió con rumbo a la sala de oclumancia. Cuando llego encontró pegada a la puerta a Cho. Cho parecía estar oyendo lo que decían. En cuanto vio a Harry se alejo de la puerta.
- Harry, hola – saludó Cho
- ¿Qué haces aquí? – inquirió Harry – No deberías estar cumpliendo tu castigo.
- Hoy me toca con el profesora Mistick – señaló Cho recargándose en una pared – Llevó dos horas aquí esperando a que me deje entrar.
- ¿Y no has tocado? – inquirió Harry.
- Más de diez veces – respondió Cho.
- Y ya que has estado aquí oyendo todo, ¿me puedes decir por qué celebran? – indagó Harry.
- Al parecer celebran porque una persona que estaba en San Mungo con el efecto de la maldición durmicus despertó – informó Cho.
- ¿Y no sabes el nombre de esa persona? – preguntó Harry con interés contenido.
- No – respondió Cho, aunque en su voz se oyó una leve nota de mentira y después cambio el tema súbitamente - ¡¿Puedes creer que hasta han traído un pastel?
- Oye, Cho – comenzó Harry viendo a Cho – Quiero que sepas que aunque me hiciste muchas cosas muy malas, me gustaría que siguiéramos siendo amigos.
- Gracias, Harry – agradeció Cho.
De repente la puerta se abrió y salieron Lupin y Melisa. Los dos estaban felices hasta no más poder.
- Bueno, me voy a San Mungo – indicó Lupin despidiéndose de Melisa – Nos vemos en la cena de Navidad.
- Hasta entonces – se despidió Melisa y por primera vez se fijó en Harry y Cho - ¿Cuánto tiempo llevan ahí?
- Yo acabo de llegar – respondió Harry.
- Y yo llevo dos horas – dijo Cho.
- Pasen, pasen – le cedió el paso a los chicos.
Estos pasaron a la Sala de Oclumancia mientras Melisa y Lupin se seguían despidiendo. Parecía como si hubieran tenido una fiesta de mil invitados ahí adentro. En la pequeña mesa había tres botellas de cerveza de mantequilla y a un lado había un pastel de chocolate muy grande del cual quedaban como tres rebanadas. Cho se sentó en el sillón y sacó un cuaderno. Melisa cerró la puerta y se quedó viendo a Cho.
- ¿Para qué es el cuaderno? – inquirió Melisa.
- Porque es hora de mi castigo y usted siempre me pone a escribir algo cuando tiene clases con Harry – respondió Cho como si fuera algo obvio
- Pues hoy no – apuntó Melisa acercándose a los chicos – Guarda ese cuaderno, coge un pedazo de pastel y un poco de cerveza de mantequilla, cómetelos y puedes irte.
- ¿Qué? – preguntó desconcertada Cho
- Te doy el día libre – dijo Melisa.
- ¿En serio? – inquirió Cho incrédula. Después de su acto de vandalismo contra Hogwarts, la muchacha no hacía otra cosa que limpiar el desastre que había provocado durante horas de clase y después de estas servirle al profesor en turno.
- Claro – respondió Melisa – Sólo con una condición.
- ¿Cuál? – preguntó Cho.
- Dime que oíste detrás de la puerta – demandó Melisa.
Cho parecía asustada al oír eso. Miró a Melisa y después volteó a ver a Harry el cual miraba la escena con mucho interés. Al fin tendría la oportunidad de oír el nombre de la persona que estaba en San Mungo y había despertado.
- Oí que estaban hablando sobre una persona que había despertado de la maldición durmicus y que había estado ahí durante seis meses – respondió Cho con total sinceridad.
- ¿Y oíste el nombre de esa persona? – inquirió Melisa.
- No profesora – respondió Cho con el mismo tono de mentira que había usado con Harry
- De acuerdo – sonrió Melisa.
Cho cogió una rebanada del pastel y una botella de cerveza de mantequilla. Harry únicamente se sentó. Pasados unos minutos, Cho se fue, sin antes agradecerle a Melisa el día libre.
- ¿No vas a comer, Harry? – preguntó Melisa después de despedirse de Cho.
- Si – asintió Harry cogiendo una rebanada de pastel, pero, antes de que pudiera comérselo, volteó a ver a Melisa, la cual estaba seleccionando un dulce de un frasco casi vació - Sabes que te mintió, ¿verdad?
- Si – respondió Melisa cogiendo un dulce de color verde que se metió a la boca.
- Entonces, ¿por qué no le exigiste que te lo dijera? – inquirió Harry extrañado.
- Porque Cho ya sabe el nombre de esa persona desde hace mucho tiempo – reveló Melisa.
- ¿Y por qué lo sabe? – preguntó Harry molesto. Él, que deseaba saber quién era esa persona desde hace como cinco meses, no tenía ni la menor idea y ahora resultaba que Cho si.
- Porque me oyó hablar a mí y a Remus sobre el tema, el nombre se le hizo conocido y tuvimos que explicarle todo para que no hablara – explicó Melisa.
- Y si Cho lo sabe, ¿puedo saberlo yo también? – cuestionó Harry esperanzado.
- No – negó Melisa – Lo sabrás más adelante – se paró y se puso atrás de Harry – Bueno, pasando a otro tema, seguiremos con otra parte del entrenamiento: los hechizos sin varita.
- ¿Eso significa que ya puedo ocultar mi mente? – preguntó Harry eufórico.
- Puedes ocultar tu mente muy bien, pero aún no es perfecto – aseveró Melisa lo cual provoco una desilusión en Harry.
- Entonces, ¿por qué avanzamos? – inquirió Harry.
- No quiero que nos quedemos estancados en algo – respondió Melisa –, por eso vamos a avanzar un poco más. Necesito que me des tu varita
- ¿Qué? – saltó Harry.
- Para que aprendas a no usarla lo mejor es que no la tengas – expuso Melisa.
- Pero, ¿y si pasa algo? – preguntó Harry.
- Te la regresaré – respondió Melisa – No te preocupes.
- De acuerdo – aceptó Harry entregándole su varita a Melisa.
- No te preocupes, la guardare en donde estaba guardada mi varita – dijo Melisa y metió la varita en una caja.
Ese día la clase fue afuera en los patios. Melisa trataba de que Harry hiciera levitar un libro. Al final del día Harry se sentía totalmente cansado y le ardían mucho los ojos. Cuando llegó a la sala común todavía tuvo que hacer su equipaje para el día siguiente. A la mañana siguiente, los chicos se despertaron muy temprano y se prepararon para irse. Hermione no dejaba de hablar de lo fantásticos que serían los Alpes Suizos. Al dar las diez, los chicos fueron a la cabaña de Hagrid en donde ya los esperaba la camioneta de Melisa. Mundungus, que había llevado la camioneta hasta Hogwarts, se hallaba platicando con Hagrid que al parecer estaba haciendo con él uno de sus tantos negocios. Harry, Ron y Ginny metieron sus equipajes en la cajuela.
- ¿No van a meter los suyos? – les preguntó Ron a Hermione y Luna después de haber metido el suyo en la camioneta.
- No – respondieron las dos al unísono.
- Nos iremos en el Expreso de Hogwarts – señaló Hermione.
- Entonces, váyanse despidiendo – dijo Melisa llegando con un baúl que metió a la cajuela – Y tú también, Mundungus.
- Adiós, nos vemos en enero – dijo Ron despidiéndose de las chicas
- Adiós – se despidió Ginny mientras le deba un beso en la mejilla a cada una.
- Que les vaya bien – dijo Harry abrazándolas a ambas.
- A ti también – dijo Luna
- Y no queremos nada de tristezas, Harry – advirtió Hermione –, sino lo sabremos.
- No se preocupen – habló Melisa desde la camioneta –, no creo que se la pase triste.
Harry se subió a la camioneta, al lado del asiento del conductor. El vehículo comenzó a ascender. Harry miró como Luna y Hermione se despedían de ellos. En unos minutos, Hogwarts quedó atrás. Harry se concentró en el paisaje. Le encantaba volar en esa camioneta. Melisa abrió todas las ventanas así que el lugar se lleno de una frescura muy rica. Y entonces, Harry se dio cuenta de algo. En la puerta de la guantera ya no decía esas palabras que hace cinco meses Harry había leído: "S y M juntos por siempre".
- Se borró – murmuró Harry tocando la guantera.
- Desde hace como un mes – dijo Melisa un tanto triste – ¿Quieres salir a pasear?
- Si, claro – asintió Harry mirando a Melisa.
- Podemos ir a algún centro muggle o si quieres a otro lugar – propuso Melisa.
- Creo que el centro muggle estaría bien – apoyó Harry.
No volvieron a hablar en todo el viaje. En cuanto llegaron a Londres, la camioneta fue descendiendo hasta que tocó tierra. Harry ya no se daba cuenta si la camioneta era invisible o no y realmente no le interesaba saberlo. Pronto llegaron al callejón que los llevaba a la Cascada. Melisa se estacionó enfrente del callejón. Todos bajaron, sacaron sus baúles y entraron en el callejón. Melisa desempolvó la roca que tenía los ocho agujeros para cada una de las insignias. Metió su insignia en el agujero número cuatro
- Número 4 de la Orden del Fénix, Melisa N. Mistick – dijo Melisa
- Número 7 de la Orden del Fénix, Mundungus Fletcher – dijo Mundungus después de colocar su insignia en el agujero número siete.
De repente las insignias desaparecieron. Harry no recordaba que eso pasara hace unos meses cuando entro por primera vez ahí. Después se oyó una voz aguda que Harry reconoció como la de Jacome.
- ¿Acompañantes? – cuestionó Jacome
- Harry Potter, Ron Weasley y Ginny Weasley – respondió Melisa.
- Pueden pasar – indicó Jacome.
Melisa y Mundungus atravesaron la pared. Harry, Ron y Ginny los siguieron. El pasillo se mantenía igual. Melisa abrió la puerta de color oro que había al final y todos entraron. El lugar estaba sin ningún cambio. Ron fue inmediatamente a sentarse en uno de los grandes sillones.
- Queridos amos – les dio la bienvenida la aguda voz de Jacome detrás de ellos.
- Hola, Jacome – dijo Melisa
- Tomen – dijo Jacome entregándoles sus insignias a Melisa y a Mundungus
- Ron, Ginny, Harry, ya llegaron – dijo la Señora Weasley saliendo de la cocina - ¿Cómo están? – inquirió mientras los abrazaba.
- Bien, mamá – dijo Ron.
- Bueno, nosotros ya nos vamos, ¿no, Harry? – dijo Melisa.
- Si – dijo Harry – Sólo meto mi baúl al cuarto.
- Yo lo meto por ti – habló Ron – Tú vete y pásatela bien.
- ¿A dónde van? – preguntó la señora Weasley.
- A pasear por ahí – respondió Melisa.
- ¿Y tienen el permiso de Dumbledore? – inquirió la señora Weasley que no parecía gustarle la idea de que Harry saliera a pasear.
- Si, me lo dio ayer – dijo Melisa.
- En ese caso, creo que no habrá problema – dijo la señora Weasley aun insegura –, pero cuídalo bien
- Molly, me crees capas de no cuidar bien a Harry – dijo Melisa.
- No, yo creo que puedes cuidarlo muy bien – dijo la señora Weasley.
- Entonces, vamonos, Harry – dijo Melisa.
Los dos salieron de la Cascada. Pasearon por las calles, fueron a un centro muggle. Se la pasaron muy divertidos todo el día hasta que llegó la tarde. Harry se había quedado en una tienda de helados. Melisa había entrado a una tienda de antigüedades a la que Harry no quiso entrar, así que se quedó sentado en una de las banquitas que tenía el establecimiento. Harry veía pasar a todas las personas. Se metió a la boca la última cucharada de su helado de limón y se puso a morder la cuchara de plástico. Sabía que cuando Melisa saliera se irían de nuevo a la Cascada. Entonces, su mirada se detuvo en una esquina. La sorpresa de ver lo que vio fue tan grande que casi se cae para atrás, pues se estaba meciendo de atrás para adelante en la silla. Un perro grande, negro y con mucho pelo lo veía con mucha atención desde hacía mucho tiempo. Harry se le quedó mirando y por un momento sintió ganas de pararse e ir hasta la esquina.
- Ya termine de ver – dijo Melisa, lo cual sobresaltó a Harry - ¿Qué ves?
- Nada – mintió Harry volteando a ver a Melisa - ¿Ya nos vamos?
- Si – dijo Melisa – Vamos a ir a mi casa por algunas cosas para adornar la Cascada.
- Genial – dijo Harry - ¿Y en donde está tú casa?
- Cerca de aquí – respondió Melisa.
Subieron a la camioneta, no sin que antes Harry echara un vistazo hacía la esquina. El perro negro ya se había ido. Fue poco lo que recorrieron. Se pararon cerca de una tienda de café. Al lado de ella había una casa de dos pisos muy bonita. Bajaron de la camioneta y fueron hacía la puerta de la casa.
- Melisa, niña, ¿Cómo estás? – la saludó la voz de una mujer muy dulce detrás de ellos.
- Señora Mirten – dijo Melisa volteándose.
La señora Mirten era una mujer muy linda. Su cabello gris estaba sujeto en un chongo. Iba vestida con un vestido de color azul, un delantal que tenía el nombre del café impreso y llevaba una pañoleta en la cabeza. Era, por unos centímetros, más alta que Harry. Sus ojos color miel irradiaban un amor inmenso hacía Melisa.
- Hace seis meses que no te veo – la reprendió la señora Mirten – y apenas llegas, no vas a saludarme.
- Iba a ir a saludarla después de ir por unas cosas – señaló Melisa disculpándose.
- Ah, en ese caso, te espero en el café con una taza de nuestro más rico café – dijo la señora Mirten y después su mirada se fijó en Harry - ¿Tú quién eres? No creo tener el gusto de conocerte.
- Me llamo Harry, Harry Potter – se presentó Harry extendiéndole la mano a la señora Mirten.
- Potter – repitió la señora Mirten – Se me hace conocido ese apellido – y entonces como si se acordara de algo – Oh, claro, ese era el apellido de uno de tus amigos. Creo que se llamaba James, ¿no?
- Él es su hijo – indicó Melisa.
- Así que tú eres el hijo de James – dijo la señora Mirten y Harry asintió con la cabeza – Me da mucho gusto conocerte – le dio a Harry una mirada de mucho cariño y después volvió a ver a Melisa – Te esperó dentro del café.
Después de volver a ver a Harry, la señora Mirten salió encaminada a su tienda de café.
- ¿Quién es? – preguntó Harry.
- Era amiga de mi papá – respondió Melisa sacando las llaves que parecían ser de la casa – Desde muy chica me ha querido mucho y yo a ella también. Dice que soy como la hija que nunca tuvo.
Metió una de las llaves en la cerradura y la puerta se abrió. Al entrar, Harry sintió como si hubiera llegado a un lugar normal. Cualquiera que entrara a esa casa nunca pensaría que ahí vivía una bruja. El vestíbulo era pequeño y las paredes estaban llenas de fotos. Harry advirtió el amor que Melisa le tenía a las fotos, todas las paredes estaban atiborradas de ellas. La sala era muy acogedora. Había dos sillones grandes, los dos enfrente de una televisión y una mesita. También había un piano cerca de la chimenea.
- Voy a ir al desván, ahí están todos los adornos – dijo Melisa – si quieres puedes esperarme aquí
- Si – dijo Harry
Melisa subió las escaleras. Cuando Harry dejó de oír sus pasos se acercó al piano. Arriba del piano había una foto y una caja. Harry miro la foto. Era de Melisa de niña con una mujer que parecía ser su madre. Melisa tenía el cabello muy corto, solo rebasaba a sus orejas por unos centímetros. Las dos parecían muy felices. Estiró su brazo para coger la foto pero al hacerlo la caja se cayó al suelo y se abrió dejando desparramado en el suelo su contenido. Eran muchos papeles. Harry se agachó y metió todos los papeles a la caja. Sólo quedaba uno que parecía ser una carta. Harry sintió una inmensa curiosidad y cogió esa carta. Era de Dumbledore para Melisa. La abrió y comenzó a leer.
Querida Melisa:
Espero que te encuentres bien. Aquí las cosas no van muy bien. Seguramente ya te enteraste de lo ocurrido en el Ministerio de Magia. Me da mucha pena decírtelo pero creo que es lo mejor. Una parte de la batalla ocurrió en el Departamento de Misterios, en la Cámara de la Muerte. No puedo darte muchos detalles de lo ocurrido por si esta cae en malas manos. Sólo te diré que Sirius y Bellatrix se pusieron a pelear muy cerca del velo de la muerte. Siento mucho decirte esto, Melisa, y más porque tú eres una de las personas que más lo apreciaba: Sirius cayó detrás del velo, está muerto…
Harry dejó de leer. Cada palabra cruzaba una y otra vez su cabeza. Una lágrima silenciosa recorrió la mejilla de Harry y cayó en la carta. Harry dio un suspiro y siguió leyendo.
Lo mejor sería que regresaras lo más pronto posible, necesitaremos toda la ayuda que podamos conseguir. En cuanto llegues, Remus te contara absolutamente todo. Es hora de que dejes de evadir la realidad o a la larga te arrepentirás de muchas cosas.
Con mucho cariño,
Albus Dumbledore
Se oyeron pasos bajando la escalera. Harry metió la carta en la caja y puso la caja en su lugar. Melisa bajaba con tres cajas muy grandes detrás de ella al vestíbulo.
- Listo – dijo Melisa – ahora solo hay que llevarlas a la camioneta, despedirnos de la señora Mirten y nos iremos a la casa antes de que Molly se ponga histérica conmigo.
- ¿Todo esto nos vamos a llevar? – inquirió Harry viendo las cajas.
- No es mucho – dijo Melisa.
Los dos salieron cargando las cajas pues no podían usar la magia en un vecindario muggle. Después de meterlas a la cajuela de la camioneta fueron hacía la tienda de café. Era un lugar muy agradable. Varias mesitas casi todas llenas de personas que platicaban mientras bebían café.
- Por aquí, Melisa – dijo la voz de la señora Mirten desde una mesita cerca de la puerta.
Melisa y Harry fueron hacía la señora Mirten. Esta se sentó en la mesita y Harry y Melisa tomaron su ejemplo.
- ¿Y cómo te ha ido, mi niña? – preguntó la señora Mirten mientras le ofrecía un dulce de leche a Harry, el cual lo cogió con mucho gusto - ¿Dónde has estado todo este tiempo?
- Dando clases en Hogwarts – respondió Melisa
- Que bien – dijo la señora Mirten – Así que te la has pasado muy bien.
- Fantástico – dijo Melisa
- Pues me alegra mucho que no hayas estado aquí los últimos días – dijo la señora Mirten con un dejo de impaciencia
- ¿Por qué? – inquirió Melisa
- Porque ese muchacho ha estado por aquí – respondió la señora Mirten
- ¿Qué muchacho? – preguntó Melisa
- Ese Michael, creo que se llama – respondió la señora Mirten y después parecía furiosa – No ha dejado de venir en todo el mes. Ayer me arte, le di sus buenas bofetadas y lo saqué casi a patadas de aquí
- No sabía que Michael estuviera en Londres – dijo Melisa con sorpresa - ¿Y para qué vino?
- Para decirte que te dejes de ocultar de él y que le respondas sus cartas – respondió la señora Mirten
- Y sigue con lo mismo – dijo Melisa – Bueno hay que aceptar que ahora tuvo la gran idea de venir hasta acá.
- Cambiando de tema – dijo la señora Mirten y volvió a tener ese semblante dulce – ya ves que todos los 25 de diciembre vienes aquí a verme y te doy tus regalos y todo eso. Pues este 25 no vengas
- ¿Por qué? – pregunto Melisa extrañada
- Porque me voy a ir a pasar la navidad a Escocia con algunas amigas, voy a cerrar el local – dijo la señora Mirten – pero aún así quiero que vengas el veintiséis para darte tus regalos. El de navidad y el de tú cumpleaños
- Señora Mirten, sabe que yo no necesito que me regale dos cosas, con una basta – dijo Melisa
- Nada de eso – dijo la señora Mirten –, una cosa es tú cumpleaños y otra muy diferente es navidad.
- De acuerdo – dijo Melisa
- Y también le haré un regalo a este muchacho – dijo la señora Mirten viendo a Harry –, uno a Remus, otro a esa chica Alexi.
- No sé donde está – dijo Melisa – Hace mucho que no sé nada de ella.
- Bueno – dijo la señora Mirten – entonces a ella no. Ah, y se me olvidaba el de Sirius.
Harry miró a Melisa. Si la señora Mirten sabía tanto de la vida de Melisa como no podía saber que Sirius había muerto.
- Creo que ya se nos hace tarde – dijo Melisa viendo su reloj – Tenemos que irnos.
- Pero nos vemos el 26 – dijo la señora Mirten – No se te olvide.
Harry no entendía como Melisa no le había dicho nada a la señora Mirten. Los dos salieron del local y entraron a la camioneta.
- ¿Por qué no le dijiste nada? – le inquirió Harry mientras iban camino a la Cascada.
- No lo sé – respondió Melisa – No se me hizo bueno decirle nada
- ¿Quién es Michael? – preguntó Harry para cambiar de tema.
- Es mi queridísimo primo – respondió Melisa – Es un idiota.
- La señora Mirten es muggle, ¿verdad? – inquirió Harry.
- Si – respondió Melisa.
- ¿Y por qué sabe tanto de los magos? – preguntó Harry
- Porque es de las pocas personas que sabe que soy bruja – respondió Melisa – Cuando lo supo le dio mucho interés saber sobre nosotros.
- ¿Y conocía a todos tus amigos? - inquirió Harry.
- A tú papá, a Sirius, a Remus, a Alexi, a Severus y a Petter – respondió Melisa.
- ¿Quién es Alexi? – preguntó Harry.
- Alexandre Lestrange, ¿te acuerdas que te hablé de ella? – inquirió Melisa.
- Si, si me acuerdo – respondió Harry
- Hace mucho que no sé nada de ella, es como si se la hubiera tragado la tierra – comentó Melisa.
Al llegar a la Cascada la señora Weasley regañó a Melisa por haber regresado tan tarde. Harry, Ron y Ginny se divertían viendo como peleaban. Esa noche, a Harry le costó dormirse. Más que cualquier otra cosa, lo que menos lo dejaba dormir era la carta. Lo último, esa frase: "Es hora de que dejes de evadir la realidad o a la larga te arrepentirás de muchas cosas".
- Muy bien – dijo Melisa después de terminar su desayuno al día siguiente – quien quiere ayudarme a adornar este lugar
- Yo – dijo Giny mientras le ponía mantequilla a un pan.
- Yo – dijo Ron que tenía la boca llena de los hot cakes que habían desayunado
- Ronald Weasley, no hables con la boca llena – lo regañó la señora Weasley.
- Perdón – se disculpó Ron después de comerse todo lo que tenía en la boca
- Yo también ayudo – dijo Harry que ya había terminado su desayuno desde hace más de quince minutos.
Esperaron a que Ron y Ginny terminaran de desayunar y comenzaron. Se repartieron los lugares: Harry y Ron adornarían la sala, Melisa y Ginny el comedor y la cocina, los gemelos adornarían la biblioteca; y Arabella, la señora Weasley y Jacome adornarían los pasillos. Mundungus fue el encargado de conseguir un árbol. Decorar la Cascada era un trabajo muy cansado pues era un lugar muy grande, pero era también algo muy divertido. Harry y Ron fueron los primeros en terminar así que comenzaron con la decoración del jardín lo cual fue muy divertido ya que las lechuzas (Hedwig, Pigg, Black, Vella, Friga y Odin) y Buckbeack se pusieron a ayudarles. Terminaron alrededor de las cinco de la tarde. Mundungus había llegado con un árbol, idéntico al que había llevado a Grimmauld Place, solo más grande. Melisa y Mundungus se encargaron de ponerlo en el jardín. Cuando la noche cayó, todos estaban en la sala tomando un chocolate caliente y platicando del día siguiente (24 de diciembre), excepto Melisa y Mundungus, que seguían arreglando el árbol, y Harry, que no deseaba estar con nadie, se había puesto a ver como ponían el árbol. Oía de lejos que la señora Weasley decía muy feliz que ese año pasarían la Navidad juntos, pues Percy se había reconciliado con sus padres. La señora Weasley estaba equivocada, pensaba Harry, no estaremos juntos.
El día siguiente pasó sin ninguna novedad hasta la tarde. La señora Weasley, con ayuda de Arabella, Jacome y Melisa, se había puesto a hacer la cena para esa noche. Bill y Charlie, los cuales habían llegado a la Cascada esa mañana, estaban poniendo una mesa redonda en el jardín cerca del árbol, ahí cenarían esa noche. Los gemelos y Mundungus se encontraban en un rincón, según Ron, planeando las bromas que harían al día siguiente. El señor Weasley y Percy se encontraban platicando en uno de los sillones sobre cosas del Ministerio. Harry, Ron y Ginny se encontraban en el comedor; Harry y Ron jugaban ajedrez mientras Ginny veía el juego.
- Jaque mate, Harry – dijo Ron
- ¿Van a volver a jugar? – preguntó Giny – Este ya es el séptimo juego.
- Ginny tiene razón, hagamos otra cosa – dijo Harry mientras ayudaba a Ron a recoger las piezas de ajedrez.
- Pero que – pregunto Ron – no hay nada que hacer
- Podríamos ayudarle a Bill y Charlie – dijo Ginny
- Bueno – dijo Ron – solo porque estamos aburridos.
Los tres salieron al patio y ayudaron a Bill y Charlie a poner la mesa. En cuanto terminaron, los cinco entraron a la sala y se pusieron a platicar. El reloj dio las ocho de la noche. La señora Weasley dio el aviso de que toda la cena estaba lista y que se fueran a sentar a la mesa. La cena fue tranquila y divertida. A mitad de la cena llegó Lupin el cual puso como excusa a su tardanza que había tenido que ir a comprar algunos regalos de último minuto.
- Harry, encantaste tu guitarra – inquirió Ron a Harry después de que Lupin se hubiera sentado pregunta que atrajo curiosamente la atención de todos.
- No, ¿por qué? – preguntó Harry.
- Porque se oye una guitarra – respondió Ginny.
Todos se quedaron en silencio. Era cierto, se oía como si alguien estuviera tocando una guitarra.
- Voy a ver – dijo Harry.
- Voy contigo – dijo Ron – No vaya a ser algo malo.
- Créeme, Ron, no es nada malo – dijo Melisa – Deja que Harry vaya a ver solo.
- Pero, Melisa, ¿y si es alguien peligroso? – inquirió la señora Weasley.
- Quien quiera que sea, Harry puede contra él – dijo Melisa y viendo la cara de todos – Si quieren, le prestó mi varita. Toma, Harry.
Harry cogió la varita de Melisa y salió en camino a su cuarto. Conforme se iba acercando se oía más fuerte la música. Abrió la puerta del cuarto y prendió la luz. No había nadie ahí. Cerró el cuarto y fue hacia la sala. Ahí si había alguien. Harry cogió con fuerza la varita y entró a la sala.
- Quien quiera que seas suelta esa gui…ta…rra – dijo Harry sin poder creer lo que veían sus ojos.
Ahí parado enfrente de él, con esa gran sonrisa que Harry recordaba muy bien, se encontraba Sirius. Harry no sabía qué hacer y al parecer Sirius tampoco. Los dos sólo se miraban. Entonces, Sirius dio un paso hacia Harry, el cual retrocedió.
- Hola – saludó Sirius.
- Estoy alucinando – masculló Harry.
- No estás alucinando – negó Sirius.
- Si estoy alucinando – dijo Harry –, porque tú estás muerto y los muertos no pueden pararse enfrente de alguien y decirle hola
- No estoy muerto – dijo Sirius y su sonrisa se acentuó más.
- O tal vez estoy soñando – dijo Harry – Eso debe de ser o tal vez me desmayé.
- Harry – dijo Sirius adelantándose hacía Harry, el cual retrocedió hasta chocar con la pared –, esto es enserio. No es un sueño, no es una alucinación y mucho menos te desmayaste.
- Entonces, ¿esto es cierto? – cuestionó Harry – ¿Yo estoy aquí y tú estás aquí?
- Exacto – asintió Sirius.
- Pero es imposible – declaró Harry – Yo te vi caer detrás del velo, vi como Bellatrix te tiraba.
- Mira no soy el más indicado para explicarte esto – habló Sirius.
Entonces un recuerdo vago llego a la cabeza de Harry. Un sueño que había tenido con Sirius. Antes de entrar a Hogwarts.
- Ellos lo sabían – dijo Harry.
- Si – dijo Sirius
- Esto es cierto – dijo Harry – y ellos lo sabían
Harry miró a Sirius. Nunca en su vida había sentido lo que en ese momento sentía. No sentía felicidad ni nada por el estilo. Sentía rabia, odio, rencor. Cogió la varita con fuerza y salió al jardín. No se dio cuenta si Sirius lo siguió.
- Harry, ¿quién era? – preguntó la señora Weasley y después con miedo habló – Harry, ¿qué haces?
Harry había levantado la varita y apuntaba con ella a Melisa. Lupin se paró y fue hacía Harry.
- No te me acerques – dijo Harry con furia mientras dirigía la varita hacía Lupin – Nadie se me acerque
- Harry, podemos explicarlo – dijo Lupin tranquilizadoramente
- ¡Madre santa! – exclamó Ron viendo detrás de Harry.
Todos voltearon. Sirius se acercaba a la mesa. Harry dio media vuelta y apuntó a Sirius, quien se paró en seco.
- Dije que no quiero que nadie se me acerque – reiteró Harry.
- Harry, déjanos explicarlo – pidió Lupin nuevamente.
- ¿Explicarme qué? – inquirió Harry furioso – ¿Explicarme como destruyeron mi vida estos últimos malditos seis meses?
- Harry, no entiendes – intervino Arabella levantándose – Nosotros no queríamos destruir tu vida.
- CÁLLENSE – gritó Harry – ¡No quiero oír a nadie solo quiero que todos se mueran!
- Harry, si nos dejas explicarlo, lo entenderás – habló Melisa parándose.
Harry no lo soportó más, apunto hacía Melisa…
- ¡Expelliarmus! – exclamó Harry antes de que nadie pudiera hacer nada.
Melisa salió volando y cayó al otro lado del jardín. Todos miraron a Harry desconcertados. Nadie sabía qué hacer. Ginny se puso de pie inmediatamente y corrió hacía donde había caído Melisa.
- Harry, ¿por qué hiciste eso? – preguntó un furioso Sirius detrás de él.
- ¡Cállate o tú eres el próximo! - amenazó Harry volteándose a Sirius.
- Harry, permitenos explicarte – dijo Lupin
- Harry, yo también me sentí así cuando me dijeron que me habían hecho pasar por muerto – trató de hacerlo entrar en razón Sirius –, pero tienes que escucharlos
- ¡Escucharlos, escucharlos! – exclamó Harry – Los escucharé, pero antes les haré sentir un poco de lo que yo sentí estos meses. ¡Cruci…
- ¡NO, HARRY! – gritó Sirius – ¡No hagas algo de lo que te puedas arrepentir! ¡Sólo escúchalos!
Harry se debatía entre su furia y su felicidad. Apuntó a Lupin, el cual dio un suspiro.
- Comienza y que sea bueno – apremió Harry.
Lupin volteó a ver a la mesa. Arabella y Mundungus estaban estáticos y Melisa no aparecía, así que él tendría que contar todo solo.
- Todo comenzó en la primera semana de vacaciones – empezó Lupin - Todos creíamos que Sirius había muerto y ni siquiera nos molestamos en probarlo. Un día llegó Melisa a Grimmauld Place, le explicamos todo lo que había pasado y que Sirius estaba muerto.
- Melisa ya lo sabía – dijo Harry
- Y no lo negare – dijo Melisa que llegaba caminando a la mesa con Ginny atrás. Parecía que no le había pasado nada – Dumbledore ya me había mandado una carta diciéndome sobre la supuesta muerte de Sirius. Yo no le creí ya que sería completamente imposible que Sirius se dejara morir tan fácilmente – se acercó hacía Harry, el cual la apunto de nuevo. Melisa no se paró y siguió caminando – Fui a Grimmauld Place. Cuando llegué se encontraban ahí Remus, Mundungus y Tonks. Me explicaron todo lo que pasó y yo, sin creerlo aún, los llevé a la Cámara de la Muerte. Pasé por el velo con ayuda de mi oclumancia y encontré ahí a Sirius. Aún seguía vivo, así que lo llevé al otro lado del velo. Nos bastó verlo dormido y no despertar para saber que tenía la maldición Durmicus.
- Mientras nosotros cuidábamos a Sirius – continuó Lupin – Mundungus y Tonks fueron por ayuda. Dumbledore y Snape se encontraban en el Ministerio ese día y fue una suerte que Mundungus y Tonks los alcanzaran antes de que se fueran.
- ¡Fantástico! – exclamó Harry indignaado – ¡Snape lo sabía y yo no!
- Dumbledore habló con Fudge para poder sacar de ahí a Sirius, ya que no había otra manera de sacarlo – dijo Lupin haciendo caso omiso del comentario de Harry – Fudge dejó que sacáramos a Sirius con la condición de que cuando despertara no lo dejáramos escapar y lo entregáramos al Ministerio. Dumbledore se negó e hizo algunos tratos con Fudge.
- Snape, Fudge, ¿Quién más lo sabe? – inquirió Harry.
- Nadie más que ellos, Tonks, Dumbledore y los elegidos – dijo Melisa -. Ese día llevamos a Sirius a San Mungo a una área que Dumbledore mandó a construir para los miembros de la Orden. En cuanto los sanadores dejaron de revisarlo, nos dijeron lo que ya sabíamos, Sirius tenía la maldición Durmicus. Nosotros no nos preocupamos, pues Sirius ya había estado así una vez hace muchos años y nada le había pasado.
- Teníamos la intención de decirte todo – dijo Lupin
- ¿Y por qué no lo hicieron? – pregunto Harry
- Porque todos nos pusimos de acuerdo en no decírtelo – dijo Lupin – Lo mejor era que no supieras en qué estado estaba Sirius o te preocuparías. Era mucho más seguro para ti y para Sirius que tú no lo supieras.
- ¿Estado? Solo estaba dormido – dijo Harry furioso
- Harry, cuando te expliqué lo que la maldición Durmicus puede hacer omití un pequeño detalle muy importante y es lo que hace que la maldición Durmicus sea tan peligrosa. La maldición Durmicus es capaz de destruir la mente de la persona que sea atacada con ella.
- ¿Qué? – inquirió Harry sorprendido.
- Era probable que Sirius quedara sin ningún recuerdo de su pasado. Hubiera sido como si fuera un recién nacido – explicó Lupin.
- Con los meses todo fue empeorando – intervino Arabella que ya había cogido el valor para hablar - Los sanadores decían que tardaría en despertar y que su mente quedaría muy dañada. Ya no sabíamos que hacer. Entonces el viernes me tocaba a mí cuidar a Sirius. Mundungus llegó de repente y nos pusimos a hablar. En un instante, comenzamos a hablar sobre ti y sobre lo triste que te deberías de sentir y entonces Sirius se unió a la conversación. Fue terrorífico.
- Aún recuerdo sus caras de terror – dijo Sirius cogiendo la varita de las manos de Harry, este no hizo nada para impedírselo.
- Y bueno lo demás creo que ya es obvio Harry – dijo Lupin
Harry no sabía que decir. Volteó a ver a la mesa. Todos parecían estar muy sorprendidos ante la historia. Volteó a ver a Melisa. Si por alguien sentía rencor en ese instante era por Melisa. Cuantas veces le había dicho a Melisa lo triste que era no tener a Sirius. Había llorado en sus brazos y no le había dicho nada.
- ¿Por qué no me dijiste nada? – preguntó Harry a Melisa – Te lo dije, te dije todo lo que sentía e incluso lloré en tus brazos y tú no hiciste nada. ¡TE ODIO!
- Si hay alguien a quien menos debes odiar aquí, Harry, es a Melisa – dijo Sirius.
- ¿Por qué? – inquirió Harry - ¿Acaso hizo algo por decírmelo?
- Pues si – dijo Sirius – Ella supo de las tres veces que te contacté y no hizo nada en contra de eso. Su oclumancia es cien veces mejor que la mía y podía deshacer la conexión en cuanto comenzara y aún así no lo hizo.
- Hablaba del tema enfrente de ti sin importarle si lo descubrías – añadió Arabella
- Hasta le había dicho a Snape y a Cho que le ayudaran a que te dieras cuenta de lo que había ocurrido – indicó Mundungus.
- Y estuvo a punto de llevarte a ver a Sirius – dijo Lupin.
- Claro que no – dijo Harry
- Si estuve a punto de hacerlo, pero por alguna rara razón el destino o lo que fuera no lo permitió – dijo Melisa – Tenía pensado llevarte el día de la ida a Hogsmeade hace una semana. Era el día que me tocaba cuidar a Sirius y todos creerían que estarías en Hogsmeade. Sin embargo tú ya tenías una cita con Luna. Mi plan era llevarte el próximo sábado, pero Sirius despertó el viernes.
La cabeza le daba vueltas. Se dejó caer en la hierba, esa hierba que siempre lo hacía sentir mejor. Las lágrimas brotaron de los ojos de Harry. Una mano le tocó el hombro. Harry se volteó y abrazó con todas sus fuerzas a Sirius. Nadie hizo nada, sólo miraban la escena.
- Soy un idiota – dijo Harry entre llanto.
- No lo eres – dijo Sirius – Sólo eres un poco explosivo.
- Te extrañé tanto – dijo Harry sin dejar de llorar
- Yo también - dijo Sirius que había comenzado a llorar también.
- No quiero que te vuelvas a ir – dijo Harry.
- Tratare de cuidarme más – dijo Sirius.
- Y de seguir las órdenes de Dumbledore – dijo Lupin.
- Y de no irte a pelear con Bellatrix – dijo Arabella.
- Y de no caerte en un velo y comenzar nuevamente con toda esta historia – dijo Mundungus.
- Ya entendí el concepto, muchas gracias – dijo Sirius.
- Bueno supongo que has de tener hambre, Sirius – dijo la señora Weasley – así que voy por otro plato para servirte
- Muchas gracias, Molly – agradeció Sirius levantándose y ayudó a Harry a levantarse
- Entonces, ya que todos estamos más tranquilos – habló Ron –, porque no se sientan y nos cuentas que se siente caer detrás de ese velo
- Te lo diría si lo recordara – dijo Sirius sentándose en la mesa junto con Harry
- ¿No lo recuerdas? – preguntó Ginny
- Lo último que recuerdo es que Bellatrix me dio en el pecho con un hechizo, me iba cayendo para atrás, vi como Harry se acercaba corriendo y después miré hacía la puerta de enfrente y ahí había un persona que me apuntaba con su varita – dijo Sirius – Recuerdo que la mano de esa persona brillaba mucho. Después mis recuerdos regresan hasta que me desperté.
- Alégrate de que sólo olvidaste eso – dijo Melisa sentándose al lado de Harry.
La noche siguió normal. Harry trataba de digerir todo lo que había pasado e incluso tuvo problemas para dormir así que acepto un té con tranquilizante que le ofreció la señora Weasley. Ginny le había contado que Melisa había utilizado la varita de Sirius (que llevaba con ella por alguna razón) para que no le pasara nada cuando Harry la lanzó por los aires. Pero aún así Harry se sentía muy avergonzado con Melisa tanto que no le había vuelto a dirigir la palabra en toda la noche. Cuando logró dormirse, durmió como si no hubiera dormido en meses. Esos seis meses de sufrimiento se habían ido y en su lugar quedaba una inmensa felicidad.
Espero les haya gustado. Al fin regresa Sirius, Harry ya no va a estar triste y Bellatrix va a dar el grito en el cielo. Dejen críticas, por favor.
Gracias a Pedro I por su crítica
Adiós ;)
PD. He decidido que si no hay por lo menos tres críticas, no pondré el siguiente capitulo.
