Ese mismo día, con el ambiente tensionado, se internaron en un profundo túnel, oscuro y solitario como un mausoleo.
Durante dos días recorrieron el paso subterráneo desde Farthen Dür, sumidos en la penumbra, y para cuando se abrieron las puertas a la superficie, la luz los cegó momentáneamente. Saeth se sentía algo mejor, y el aire fresco de la superficie le devolvió una fuerza que creía haber perdido. Mientras seguía a Eragon, Arya y Orik se permitió perderse en sus pensamientos, como en todo el camino, puesto que nadie había hablado con nadie. Aquello le había servido para aclarar su mente y asimilar las cosas que habían sucedido durante su estadía en Farthen Dür. En su cuello volvía a estar el collar de Murtagh, sólo que era simplemente una cadena, los trozos del dije los llevaba guardados entre sus pertenencias.
Al llegar a un claro que rodeaba la ciudad de Tarnag, los recibieron unos siete enanos montados en Feldünost una extraña especie de cabra con enormes cuernos, Saeth había visto una imagen de ellos en un libro. El líder se adelantó y dijo:
-Sed bienvenidos a la ciudad de Tarnag. Por el otho de Ündin y Gannel, yo, Thorv, hijo de Brokk, os ofrezco la paz y el refugio de nuestros aposentos.
Tenía un acento arrastrado y áspero, con un ronroneo rudo, muy distinto del de Orik.
-Y por el otho de Hrothgar, los Ingeitum aceptamos vuestra hospitalidad.
-Lo mismo digo yo, en nombre de Islanzadí -añadió Arya.
Aparentemente satisfecho, Thorv hizo un gesto a sus compañeros, que espolearon a sus Feldünost para que formaran en torno a ellos. Con un movimiento ostentoso, los enanos echaron sus monturas a andar y los guiaron hacia Tarnag y a través de las puertas de la ciudad.
Atravezaron la ciudad acompañados todo el tiempo por las miradas de curiosidad de los enanos, y en algunas ocasiones de indignación, debido al yelmo que Hrothgard le había dado a Eragon, como muestra de la adopción a su clan. Saeth les prestó poca atención, pero aquello no le olía nada bien, todo el camino estuvo pegada a Eragon, con una mano disimuladamente apoyada en la empuñadura de Du'Namora. Al acercarse a la plaza sus sospechas se vieron fundamentadas, un grupo de enanos armados salió de entre las casas y formó una gruesa hilera que bloqueaba la calle. Llevaban las caras y los hombros cubiertos por largos velos de color púrpura, como tocas de malla. Los enanos se pusieron a discutir entre ellos, como Saeth no sabía lengua enana, poco pudo entender de lo que decían, pero estaba claro que había problemas. Repentinamente uno de los enanos que les había cerrado el paso se arrancó tres pelos de la barba, los enroscó a un anillo de plata, lo arrojó al suelo, escupió sobre él y se fue sin decir más. Todos a su alrededor parecieron afectados.
Saeth no comprendía por que tanto problema, entonces Eragon hizo la pregunta que ella misma se estaba haciendo.
-¿Qué significa eso?
-Significa -dijo Thorv –que tienes enemigos.
Se apresuraron al cruzar la muralla y llegaron a un amplio patio ocupado por tres mesas dispuestas para un banquete, decoradas con antorchas y banderolas. Delante de las mesas había un grupo de enanos, y ante ellos había un enano de barba gris envuelto en piel de lobo. Éste abrió los brazos y dijo:
-Bienvenidos a Tarnag, hogar del Dürgrimst Ragni Hefthyn. Hemos oído hablar muy bien de ti, Eragon Asesino de Sombras. Yo soy Ündin, hijo de Deründ y jefe del clan.
Otro enano dio un paso adelante. Tenía los hombros y el pecho de un soldado, y sus abolsados ojos negros no abandonaron en ningún momento el rostro de Eragon.
-Y yo soy Gannel, hijo de Orm Hacha de Sangre, jefe del Dürgrimst Quan.
-Es un honor ser vuestro invitado -contestó Eragon, inclinando la cabeza.
Saeth saludó a los enanos y rápidamente se apartó, no estaba de humor para cortesías, de hecho nunca lo estaba.
Desde su posición alejada vio como la alarma se apoderaba del rostro de Ündin al ver el anillo que el enano le había dado a Eragon. Las palabras comenzaron a escucharse confusas en su mente y comenzó a toser. Rápidamente Arya se acercó a ella.
-¿Estás bien?
-Si… tan sólo debo de haber pescado un resfriado o algo así, no estoy acostumbrada a el clima de las Beôr –respondió restándole importancia, y ocultando la mano con la que se había cubierto la boca.
- ¿Ündin, podría alguien enseñarle la habitación a Saeth? Está algo débil –pidió Arya cortésmente.
El enano las miró algo preocupado al ver la palidez del rostro de Saeth, sin embargo la chica se irguió tratando de recuperar la compostura, no le dejaría pensar que era una niña debilucha.
-Por supuesto –les hizo unas señas a un enano que se acercó –Mi sirviente te llevará a tus aposentos, si quieres, puedes ausentarte para el banquete, lo entenderé.
-Estoy segura de que no es tan grave –mintió la chica y se encaminó a su habitación, siguiendo al enano.
Al llegar a la habitación, que tenía suficiente espacio para que ella pudiera permanecer de pie, a diferencia del resto de la ciudad, construida de acuerdo al tamaño de los enanos.
Cuando el enano hizo una reverencia y se marchó, Saeth se sentó en su cama y suspiró. Angustiada miró su mano manchada de sangre, lo que acababa de sucederle no era uno de los ataques que solía tener, estaba completamente segura de que el que había tenido en Farthen Dür, frente a Nasuada había sido el último de ellos. No, lo que le sucedía era completamente distinto, no tenía idea de qué era, tal vez, sólo era algo pasajero, pero estaba casi convencida de que lo que le había hecho su padre la había afectado, y mucho. Dejó su espada a un lado y se acostó en la cama, donde se hizo un ovillo y lloró silenciosamente. Looraba por muchas razones, en parte por emociones contenidas demasiado tiempo, por la muerte de Murtagh y por sentirse sola e indefensa como nunca se había sentido. En aquel entonces era como una frágil muñequita, y no estaba acostumbrada a sentirse de aquella manera, siempre había sido fuerte e independiente. Pronto se quedó dormida y las lágrimas se secaron.
El día siguiente lo pasó en su mayoría junto a Saphira, hacía tiempo que no tenía una conversación con ella y echaba de menos esa manera que tenía de comprenderla y de decir siempre lo apropiado. Luego de unas horas Orik se sentó junto a ella.
Nunca había tenido una conversación con el enano, a pesar de que parecía levarse muy bien con Eragon. Sin embargo resultó ser muy divertido a su extraña y ruda forma. Al anochecer todos durmieron reunidos en la plaza, rodeados de guardias para su protección, parecía que el desafío de el Dürgrimst Az Sweldn rak Anhüin iba más en serio de lo que querían demostrar. Y a primera hora del día prácticamente abandonaron la ciudad a hurtadillas.
Mientras se encaminaban al río, donde los esperarían las balsas, Eragon se le acercó.
-¿Cómo te encuentras? –preguntó algo preocupado, no sólo refiriéndose a su estado físico, sino también respecto a la muerte de Murtagh.
-Suficientemente bien como para continuar con el viaje –se limitó a decir.
-¿Quieres hablar de ello?
-Yo sólo… desearía que todo fuera diferente ¿Entiendes? Todo es tan repentino… ¿Arya es mi tía? Aún... aún no puedo creerlo.
-¿Y... cómo es que ella es tu tía? –preguntó el muchacho tratando de cuidar cada palabra.
Saeth lo miró por un segundo. Eragon era su mejor amigo, tenía absolutamente todo el derecho de saber la historia, así que tomó aire y comenzó a contarle todo lo que Arya le había dicho.
Al final, Eragon se quedó sorprendido, pero no pudo decir nada más por de Ündin se acercó a ellos para despedirse. Subieron a las balsas y estas se deslizaron hacia la boca del Az Ragni.
