Los siguientes días, Saeth se la pasó en solitario, evadiendo siempre que podía a la reina que se empeñaba en enseñarle las costumbres de la realeza, las cuales no tenía interés en aprender. Para enojo de Islanzandí le dejó en claro que era un alma libre, y que iría a dónde su corazón le indicara, guiada por el afecto a sus amigos o el odio a sus enemigos, jamás le había jurado lealtad a ningún rey ni raza y no tenía pensado cambiar eso. Excepto el extraño juramento que había hecho tiempo atrás de proteger a Eragon y Saphira, que bien podría considerarse como un juramento de lealtad, aún que le parecía innecesario, sabía bien que su lealtad estaría siempre con le jinete y su dragona.

Luego de su declaración, la reina pareció algo ofendida pero no dijo más y la dejó en paz. Saeth se había dado cuenta de que, como Arya había elegido una forma poco aprobada por ella de servir a su gente, Islanzandí había creído encontrar en ella a su heredera, y se había decepcionado mucho al descubrir que ella era aún peor que Arya.

Por alguna extraña razón Saeth siguió soñando con aquel extraño hombre, al parecer todo el pueblo se marchaba. Sólo había alcanzado a escuchar un nombre, Martillazos, y la misteriosa Katrina parecía haber sido su prometida.

No comentó nada de ello con Arya o Eragon, sólo se lo comentó a Saphira quien no se explicaba cómo era posible que Saeth supiera lo que estaba sucediendo en la vida del tal Martillazos, qué fuerte lazo la unía a él como para invocarlo de aquella forma.

Aquella tarde contempló desde la distancia como Arya le enseñaba la ciudad a Eragon, quien durante el último tiempo había estado muy ocupado con los entrenamientos. Lo admiraba en verdad, nunca había conocido a hombre como él, tan desinteresado, noble, puramente fiel a sus ideales. Era capaz de sacrificar su vida por aquello que amaba, cuando la mayoría dudaría al momento d ponerlo en marcha. Era honesto y un amigo fiel, exactamente como un héroe debía ser, se alegraba de que él hubiera aparecido en su vida, de otra forma habría muerto de tristeza, al menos le daba algo de fuerzas para andar pesadamente por la vida. Lo había dicho antes, y ahora lo rectificaba, lo seguiría hasta el final, era lo único que le daba paz mental, el único incentivo para vivir ahora que Murtagh ya no estaba con ella.

Le echó un vistazo al cielo que comenzaba a oscurecerse. Murtagh. Cómo lo extrañaba, como lo necesitaba. Había ocasiones en las que sólo quería quedarse en una habitación oscura y cerrada, aislada del mundo, en dónde nadie la molestara, donde el dolor no pudiera alcanzarla.

Un repentino escalofrío la recorrió y se tosió, algo que le hizo doler el pecho, como si le limpiaran las vías respiratorias con un rastrillo. El taque duró unos instantes interminables, hasta que se irguió y limpió las restos de sangre de su boca con el dorso del vestido blanco que llevaba en ese momento. Soltó un suspiro de preocupación. Sabía que algo con su salud no andaba del todo bien, aún que se sintiera fuerte y en forma.

Un par de semanas luego decidió ir a ver la práctica de espadas de Eragon, sólo para matar el tiempo. Su humor estaba algo mejor desde que había visto a Orik, borracho bajo los efector del faelnirv de los elfos, canturreando "Hvedra, la bella Hvedra, mi doncella Hvedra" por lo bajo y soltando cada tanto una sarta de incoherencias.

Eragon debía luchar con un elfo de cabello negro llamado Vanir, quien de entrada no le agradó a Saeth, había algo en su mirada que parecía altiva y hasta arrogante.

Saeth se sorprendió de la forma de luchar de Eragon. En vez de lanzarse a la refriega, luchó con Vanir desde una cierta distancia, esquivando los golpes, echándose a un lado. Luego de un momento se dio cuenta que lo que hacía era evitar cómo podía, los ataques de dolor que atravesaban su espalda, dónde Durza lo había herido tiempo atrás, sintió pena por el jinete, puesto que recordaba los momentos en que ella se movía con precaución, temiendo que sus propios ataques de dolor la recorrieran, dejándola sin conocimiento. A pesar de las evasivas de Eragon, Vanir lo tocó cuatro veces en una rápida sucesión: en las costillas, en la espinilla y en ambos hombros.

La expresión inicial de Vanir, de estoica impasividad, se convirtió pronto en franco desprecio. Bailando hacia delante, deslizó su espada a lo largo de Zar'roc, al tiempo que trazaba con ella un círculo para forzar la muñeca de Eragon. Este permitió que Zar'roc saliera volando para no ofrecer resistencia a la fuerza superior del elfo.

Vanir apuntó su espada hacia el cuello de Eragon y dijo:

-Muerto.

Eragon apartó la espada y caminó con dificultad para recuperar a Zar'roc.

-Muerto -dijo Vanir-. ¿Cómo pretendes derrotar a Galbatorix así? Esperaba algo mejor, incluso de un alfeñique humano.

-Entonces, ¿por qué no te enfrentas tú mismo a Galbatorix en vez de esconderte en Du Weldenvarden?

Vanir se puso rígido de indignación.

-Porque -dijo, frío y altivo- no soy un Jinete. Y si lo fuera, no sería tan cobarde como tú.

Nadie se movió o habló en todo el campo.

De espaldas a Vanir, Eragon se apoyó en Zar'roc y alzó el cuello para mirar al cielo.

-He dicho cobarde. Tienes tan poca sangre como el resto de tu raza. Creo que Galbatorix confundió a Saphira con sus artimañas y le hizo equivocarse de Jinete.

Los expectantes elfos soltaron un grito sordo al oír las palabras de Vanir y se pusieron a murmurar para desaprobar su atroz insulto al protocolo.

Eragon rechinó los dientes y se volvió, con la punta de Zar'roc hendiendo el aire.

El golpe hubiera matado a Vanir si no lo llega a bloquear en el último segundo. Parecía sorprendido por la ferocidad del ataque. Sin contenerse, Eragon llevó a Vanir al centro del campo, lanzando estocadas y tajos como un loco, decidido a herir como pudiera al elfo. Le golpeó en una cadera con tanta fuerza que llegó a sangrar, pese a que el filo de Zar'roc estaba protegido.

En ese instante Eragon calló de rodillas, acosado por la agonía del dolor que cruzaba su espalda.

Vanir se quedó plantado ante él con una sonrisa desdeñosa. Saeth dio un paso al frente, pero al dragona la detuvo, ella también estaba preocupada, pero no dijo nada, demasiado ocupada tratando de calmar con sus pensamientos a Eragon

Después del ataque, Eragon se secó la sangre de la boca con una mano, se la mostró a Vanir y le preguntó:

-¿Te parece poca sangre?

Sin dignarse responder, Vanir enfundó la espada y se alejó.

-¿Adonde vas? -preguntó Eragon-. Tú y yo tenemos un asunto pendiente.

-No estás en condiciones de entrenar -replicó el elfo.

-Compruébalo.

Saeth se asombró de la terquedad de su amigo, pero una vez más sintió admiación por su fuerza. Estaba dolorido, sin embargo estaba decidido a ganarse el respeto de los elfos. Una oleada de furia la recorrió, aquellos seres egoístas y arrogantes no se merecían el esfuerzo que Eragon hacía por ellos, deberían sentirse honrados de estar ante su sola presencia, de estar frente el jinete de dragón que les salvaría el pellejo a todos.

Les lanzó una fiera mirada a todos y luego caminó a pasos agigantados hacia Vanir que se alejaba con la cabeza erguida. Se plantó frente al elfo, y antes de que este se diera cuenta, desenvainó su espada y le apuntó al pecho con una significativa mirada plasmada en su rostro.

-Muerto –le dijo, burlándose de él, como él lo había hecho de Eragon.

Vanir empalideció. Los demás elfos se alejaron de él.

Saeth envainó su espada y alcanzó a ve una fugaz mirada de Eragon que no supo identificar si era de reproche o de gratitud, la verdad era que no le importaba, ella lo había hecho por él, y si Eragon no se lo agradecía le importaba poco, aquella nunca había sido su intención. Sólo quería humillar a Vanir por lo que le había dicho y hecho.