Teirm

Aquella palabra resonó en la mente de Saeth desde que despertó en la mañana. El terror se apoderó de ella ni bien abrió los ojos, estaba confundida, sus pensamientos turbios. Sabía lo que significaba aquello, y sabía lo que tenía que hacer.

Salió de la cama de un salto y se vistió a toda prisa. Se colocó la espada en el cinto y revisó el mapa de Algaesia. Comenzó a corretear de un lado a otro, buscando sus pertenencias, hasta que tomó una pluma y marcó una ruta de tinta negra. Justo en ese momento Eragon entró y la miró sin entender tanto revuelo. Sin embargo su sorpresa no fue nada comparada con la de Saeth al verlo.

La pluma se deslizó de su mano y calló sobre el mapa dejando un oscuro manchón de tinta. Tenía frente a él a Eragon, pero estaba completamente cambiado, su rostro era más anguloso, y suave, se veía increíblemente apuesto y mil veces más vigoroso. Ella había notado los cambios que el ser jinete había producido en él, pero aquello era ridículo, ni siquiera parecía humano, aún que claro, tampoco parecía ser completamente elfo.

-¿Eragon? –alcanzó a articular sin dejar de mirarlo extrañada.

-Si, no se lo que el Agaetí Blódhren produjo en mi, pero ya no tengo los dolores de espalda, y tengo los sentidos de un elfo –soltó una risa alegre, pero silenció al instante al ver que Saeth no lo acompañaba en ella -¿Qué haces? –preguntó notando que tenía la espada en el cinto y había un fardo sobre la cama.

-Nada –mintió no muy convincentemente.

-¿Te estás marchando? –dijo casi en un grito, su expresión era mescla entre horrorizada y dolida -¿Por qué te estás marchando?

-Debo hacerlo Eragon… no espero que lo entiendas... –tomó el fardo, dispuesta a irse antes de que las cosas se pusieran más difíciles.

-¿Es por lo que sucedió anoche? ¿Te sientes culpable, es eso? –le detuvo por el brazo y la obligó a mirarlo.

-No, no es eso…

-¿Entonces qué?

Saeth tomó aire y apoyó suavemente su mano en el brazo del chico.

-Es que finalmente he entendido estos sueños que he tenido. Y necesito marcharme por un corto tiempo, debo ir a Teirm.

Eragon se cruzó de brazos, con expresión de terquedad.

-¿Qué sueños? ¿Por qué es que no has dicho nada antes? ¿Y por qué Teirm? –exigió saber.

-Le he dicho a Saphira… -murmuró por lo bajo, sin embargo Eragon la escuchó con total claridad.

-¿Saphira? ¿Por qué no me ha dicho nada? –dijo escandalizado.

-Por que yo se lo he pedido –intentó calmarlo –Tienes demasiado de lo que preocuparte, es por ello que me marcho.

-¿Es que acaso eres una preocupación? No digas idioteces.

-Me marcho para arreglar algo, así no tienes necesidad de preocuparte por ello. Tú sólo concéntrate en tus estudios –le dio un corto beso en la mejilla y se marchó con el fardo bajo el brazo.

Eragon la siguió corriendo y se paró frente a ella, mirándola seriamente, sus ojos brillaban de manera extraña, pero a la vez parecían repentinamente cubiertos por un velo opaco.

-No quiero que te pongas en peligro. No quiero perderte, por favor, quédate.

Saeth lo miró con ternura y le tomó la mano.

-Nunca me perderás –ladeó una sonrisa y agregó: -chico dragón.

Miró hacia el bosque y susurró algo en voz baja. Momentos después apareció un hermoso caballo blanco de pelaje resplandeciente. Acomodó el pequeño fardo con una soga y se dispuso a montar, pero Eragon la detuvo por tercera vez, sin embargo no intentó convencerla de que se quedase, le tomó el rostro y la besó con ternura. Saeth le correspondió le beso, pero luego se separó de él sabiendo que si se quedaba un instante más ya no podría irse, y era necesario que se marchara para ayudar al primo de Eragon por el cual el chico había estado tan preocupado.

-Despídeme de todos, yo no tengo el coraje –le pidió.

Eragon asintió.

Montó en Folkvír y le dirigió una última mirada a Eragon, justo cuando una poderosa voz sonaba en su mente.

¿Por qué le huyes a la felicidad? –preguntó Glaedr.

No estoy huyendo, sólo voy a impedir que Eragon pase por lo mismo que yo he pasado.

¿Estás segura?

Si –dijo con firmeza y le cortó el contacto

-Saeth… -dijo Eragon repentinamente, ella lo miró –te amo.

Los labios de Saeth se curvaron en una triste sonrisa y se quitó un anillo que colocó en la palma de Eragon para luego gritar:

-¡Hlaupa! –indicándole al caballo que corriera.

Folkvír casi resbaló en la hierba debido a la repentina velocidad que tomó y separó con fuerza las manos de Eragon y Saeth. Ella cerró los ojos para contener las lágrimas y se aferró al cuello del caballo, desde algún lugar de Ellesmera cantaba un elfo.

Ella nunca vio el amanecer,
demasiado ocupada con las primeras tareas del día,
pero solía mirar la caída del sol.

Se reprochó a si misma unas cien veces no haberle dicho nada a Eragon. "Te amo" ¿Por qué era tan difícil de decir? No era que lo tuviera que inventar, sabía que así se sentía ¿Entonces por qué no podía simplemente decirlo?

Cuando el frío de la noche llegaba a través del brezal.
En ese momento ella sentía la pena por todo lo que había perdido.
Acostumbrada a sentir su espíritu aplomado,
nunca escuchó el verdadero deseo de su corazón.

Le dolía tener que marcharse, pero era necesario. Aquella noche, en cuanto escuchó el nombre Roran descubrió que Martillazos era en verdad el primo de Eragon. No quería que él tuviera que pasar por el mismo dolor que ella, debía ayudar a Martillazos.

Esa misma noche al fin había comprendido de que se trataba todo el asunto de la conexión con Roran. Ta cegada por su dolor no había notado que amaba a Eragon desde hacía mucho tiempo, tanto lo amaba que al saber que él estaba preocupado por su primo lo había rastreado inconscientemente en sus sueños, y ahora sentía la necesidad de ayudarlos.

Le habría gustado decírselo a Eragon, ser más específica con él, pero era inútil preocuparlo más diciéndole que su primo y todo su pueblo eran fugitivos del imperio, debía hacerlo sin que él supiera, ya cuando todo estuviera arreglado podría explicarle.

Mientras Folkvír atravesaba a toda velocidad el bosque que de Du Weldenvarden. Sabía cual era su primera parada, Grian. La ciudad que la había acogido luego de escapar de Uru'baen, aún que en realidad no era muy acogedora. Era un cofradía de ladrones y mercenarios, una joya de la barbarie y tan llena de corrupción que ni siquiera figuraba en ningún mapa. El que la conocía no necesitaba saber su ubicación, y el que no, bueno, era mejor para él si seguía de aquella forma.

No prestó atención a las criaturas que la observaban desde los más oscuros rincones de Weldenvarden, y aún que lo hubiera hecho no habría tenido la oportunidad de verlas debido a la velocidad de Folkvír. Era resistente, y el caballo era el mejor, ambos llegarían en un abrir y cerrar de ojos, el problema estaba en lo que sucedería una vez allí. Pero debía llegar, las noticias de que Galbatorix estaba preparándose la habían inquietado, y antes de llegar a Teirm para ayudar a Roran necesitaba restablecer algunas viejas alianzas