Es tarde, estoy de contrabando y no hay tiempo para una nota de autor comn la gente jajaja. Gracias silent por los reviews y no te preocupes que ya arreglé el problema con el cap anterior, tengo que cambiar de lugar los cap de Fying….
Saludos gente.
El plan estaba listo. Robarían el Ala de Dragón, el barco más veloz que podían encontrar, al menos en Teirm. Era como un desafío directamente a las narices de Galbatorix, y a Saeth le gustó eso.
En cuanto a la tripulación, Jeod había afirmado que parte de su antigua tripulación aún permanecía en Teirm y que no desperdiciarían la oportunidad de viajar a Surda.
Jeod se disculpó y se dirigió a hablar con su esposa, la "dulce" Helen. Saeth llegó a odiar a aquella mujer durante su estadía en la mansión, siempre con el ceño fruncido, siempre con algún comentario ácido.
Dejó las pocas cosas que portaba en su habitación y bajó a echarle un vistazo a Folkvír. Al día siguiente tendía que dejarlo ir, era un caballo de los elfos, y aún que le doliera separarse de su compañero debía regresar a su hogar.
Acarició el suave pelaje y por un momento recordó lo sucedido en Ellesmera, perecía parte de otra vida, o tal vez un sueño. Ni bien había dejado el bosque de Du Weldenvarden el hechizo se había roto. Por un momento se sintió tentada a convocar la imagen de Eragon, sólo para saber como estaba… pero inmediatamente rechazó la opción, no quería hacerlo más difícil. Se abrazó a si misma para protegerse del frío de la noche y entró a la casa. Al pasar junto al comedor vio a Roran escuchando.
-¿Sabes? No es de buena educación espiar a la gente –comentó distraídamente.
Roran se sobresaltó y la miró por un segundo, casi como evaluando sus posibilidades de salir airoso. Sin embargo no dijo nada.
-¿Quién es Katrina? –preguntó sorpresivamente Saeth, devolviéndole la mirada intensa. Suponía quien era, pero quería oírlo de él, tal vez para intentar descubrir alguien que amara con la misma fuerza que ella. O tal vez sólo para oír a alguien hablar del amor.
La furia en el rostro de Roran fue evidente, podría haber incendiado Saeth de ser un dragón. Pero la chica no se dejó amedrentar, jamás lo hacía, y desde su primer encuentro se había creado una especie de rivalidad entre ambos, una competencia por descubrir quien era el más fuerte, no ante Roran, jamás.
-¿Quién te lo dijo? –exigió saber, en aquel tono que le hacía recordar a los generales de Galbatorix, sin embargo por un instante pareció que se quedaba sin voz.
-Ninguno de tus amiguitos, eso dalo por hecho –se apoyó contra la pared, tal vez un poco más burlona de lo que en verdad se sentía -¿Es tu prometida?
-No voy a hablar de ello contigo –dijo, cortante.
Saeth se dio cuenta de que era un tema delicado, y que aquella respuesta había sido más suave de lo que podría haber esperado, sin embargo algo dentro de ella la impulsó a seguir presionando, quería saber, necesitaba saber.
-¿Tu esposa?
-Dije que no voy a hablar de ello contigo.
-Creí que dirías eso –se rindió. Roran no era cualquier hombre, si él no quería hablar no le sonsacaría nada, ni aún que lo torturara con hierro candente.
-¿Entonces por qué preguntaste?
-No se pierde nada con intentar.
-¿Por qué te interesa tanto? –preguntó suspicaz.
-No voy a hablar de ello contigo –lo imitó, e irónicamente descubrió que a pesar de que había preguntado por Katrina, ella no quería hablar de Murtagh, ni de Eragon. No, eso debía quedar enterrado, debía ser firme en su decisión, o sería mucho más doloroso para ambos.
Bajó la vista incapaz de sostenerle la mirada un momento más e intentó marcharse, sin embargo el firme brazo de Roran la detuvo, su mano apresó su muñeca como si fuera un grillete.
-¿Por qué quieres saber de Katrina?
-Tú no respondes, yo no respondo, así son las reglas del juego.
-Es mi prometida –soltó secamente –la capturaron los ra'zac. Es todo lo que voy a decirte
Saeth se sorprendió de lo rápido que había cambiado su posición respecto a hablar. Hizo una nota mental, si quería conocer algo que Roran sabía, sólo tenía que hacerle desear conocer algo que ella sabía, y había tantas cosas...
-Por que… -bajó la vista –por que necesito saber que aún existe el mor y que existe alguien capas de amar. Que existe algo por lo que luchar –sintió que sus ojos se empañaban, la mano de Roran la soltó pero no se movió, podía sentir sus ojos de hierro clavados en ella, y fue por ello que no levantó la vista –Por que yo ya no tengo por qué luchar –dijo y pasó por su lado hacia su habitación.
Supo que Roran se había quedó inmóvil, con su mano exactamente en la misma posición que tenía al soltarla, pero no volteó a ver, él vería sus lágrimas, las lágrimas eran debilidad, y ella debía ser fuerte. Era la única forma.
…………………………………
-Es hora –le dijo el chico llamado Nolfavrel cuando le enviaron a despertarla.
Saeth había estado despierta toda la noche, temerosa de las pesadillas. Al entrar el chico la había encontrado sentada en su cama, con la mirada clavada en la oscuridad de su habitación, aún vestida con la ropa del día anterior.
-Lo sé –fue todo lo que dijo. Se colgó la mochila al hombro y los siguió reprimiendo un bostezo, su segunda noche en vela, y estaba completamente segura de que habían enviado al chico por que Roran aún no se atrevía a hablar con ella. Se habían evitado durante todo el día anterior.
Recorrieron la ciudad con sigilo, utilizando la oscuridad de la madrugada a su favor. Cada paso que daban sus compañeros le pareció a Saeth extremadamente ruidoso, pero no comentó nada, segura de que los guardias no los escucharían. Siempre manteniéndose en las sombras y con la capucha puesta, siguió a sus compañeros, les dejó hacer el trabajo, comentando sólo cuando le parecía que estaban por cometer un error. Estaba demasiado cansada, era mitad elfa, pero aún así necesitaba descansar. Esperaron en el embarcadero hasta que los hombres de Jeod aparecieron de uno en uno. Miraron a Roran con aprobación. Saeth conocía su tipo, tan orgullosos de sus cicatrices y su hombría, del tipo de Lorne, y como el tipo de Lorne más les valdría cerrar la bocota y no juzgarla por ser mujer. No deberían estar tan orgullosos de las cicatrices, para ella las cicatrices eran errores, te hieren, obtienes una herida que luego se convierte en cicatriz, eso significa que no eres tan buen luchador como quieres hacer creer.
Sin embargo que no hablaran era mucho pedir. Uno grandote señaló a Saeth, junto a Roran, con el dedo.
-No nos dijiste que habría una mujer en la pelea. ¿Cómo se supone que me voy a concentrar si tengo delante a una vagabunda de los bosques?
-Dudo mucho que puedas concentrarte aún si no estuviera yo –respondió afiladamente.
Nolfavrell soltó una risita, y Saeth no pudo evitar devolverle la sonrisa. Le caía bien después de todo, al menos era el único que no la trataba con desconfianza.
-¿Y un crío? –dijo el hombre.
-Créeme –dijo Jeod –no es una mujer cualquiera, es una guerrera excepcional, la he visto practica, y si es así como practica no quiero ser el que se enfrente a ella en una verdadera batalla.
-No es correcto -intervino otro hombre-. Con una mujer a mi lado no me siento a salvo; sólo traen mala suerte. Una mujer no debería...
Saeth frunció el ceño, como le cansaban los machistas, era mucho más capaz que cualquiera de ellos, y se los demostraría. Antes de dejarlo terminar, le pegó un puñetazo al que hablaba, con un giro derribó de espaldas al grandote bruto y lo detuvo con su pie. Con la misma rapidez sacó su daga sin que nadie lo notara y apuntó al cuello de un tercero.
-¿Te sientes a salvo ahora? –preguntó al que se agarraba la nariz. Empujó al que sostenía con su daga –Sal de mi vista –le espetó separándose del que estaba en el suelo.
Captó una mirada sorprendida de sus compañeros, Brigit le hizo un asentimiento con la cabeza al que respondió de igual forma, y Roran intentó poner su mejor cara seria sin mucho éxito.
Tras una última mirada de odio hacia Saeth echaron a andar muelle abajo hacia el Ala del Dragón. Unos pocos intercambios de palabras, y Uthar, uno de los hombres de Jeod, y Roran se metieron al agua helada.
-Grrr, odio hacer esto –se quejó Uthar.
-¿Es la primera vez que lo haces? –preguntó Roran.
-Cuarta.
-La mía sería la séptima –les susurró Saeth desde arriba, sonriendo burlonamente y se dirigió hacia el barco, acomodando su ropa. El señuelo, que tarea rebajante, odiaba ser el señuelo, era tan dura como ellos, habría hecho el trabajo de Roran mil veces mejor, pero no iba a quejarse como una niña caprichosa.
Caminó sobre la cubierta del barco hacia los guardias.
-¿Quién anda allí? –exigió saber uno de ellos.
-Calma muchachos –dijo con su mejor voz de niña buena –Tan sólo estaba por aquí acompañando a mi padre que es mercader –soltó un suspiro –es tan aburrido… Me preguntaba si unos fuertes hombres como ustedes quisieran hacerme compañía mientras lo espero –dijo con un leve puchero, caminando sensualmente hacia ellos.
Ambos sonrieron tontamente, de seguro pensarían que era su día de suerte. Pobres idiotas.
-Por supuesto señorita –dijo galantemente el otro.
Saeth se sintió repentinamente de regreso a sus años libres, en los que siempre solía ser el señuelo, pero en los que también podía coquetear con todo hombre que quisiera, sin ataduras. Sabía que aquellos tiempos eran superficiales, pero ¿Acaso no eran mejor que los últimos días? Al menos siempre había alguien para mantener su mente ocupada, para hacerla sentir femenina, apreciada. Sacudió la cabeza y regresó a la realidad sonriéndoles a los guardias, estaba en medio de una misión, si quería regresar a los viejos tiempos ya tendría tiempo después.
Vio que Roran y Uthar se acercaban por la retaguardia sosteniendo palos.
-Deben ser hombres muy duros para no sentir este frío. Yo tengo piel de gallina –dijo mostrándoles su hombro desnudo. Simuló un estremecimiento, a su parecer muy tonto. Era verdad que se estaba congelando, y de seguro los dos guardias también, pero como descubrió en segundos, se quedaron tiesos, tratando de probar que no sentían frío.
-Adiós muchachos –dijo con su vocecita dulce.
-¿Ya se va señorita?
-Oh no, son ustedes los que se van –respondió, y antes de que los hombres pudieran reaccionar, ya estaban en el suelo.
-¿Era necesario que les dijeras? –se quejó Roran tiritando, estaba empapado.
-Todo parte del pack de actriz Martillazos, tómalo o déjalo –le guiñó un ojo y se marchó a registrar el barco.
Encontraron a otros cuatro hombres: el sobrecargo, el contramaestre, el cocinero y su pinche. A todos los sacaron de la cama, golpearon en la cabeza a quienes se resistían y luego los ataron firmemente.
Jeod dispuso a los infelices prisioneros en una fila a lo largo de la cubierta para poder vigilarlos en todo momento y luego declaró:
-Tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo. Ahora Uthar es el capitán del Ala de Dragón. Tú y los demás aceptaréis sus órdenes.
Saeth abrió la boca para protestar, pero la mirada de advertencia de Roran le advirtió que era mejor para todos si no protestaba.
Durante las dos horas siguientes hubo un frenesí de actividad en el barco. Los marineros y Saeth se encargaron de la jarcia y las velas, mientras Roran y los de Carvahall se encargaban de vaciar la bodega de provisiones superfluas.
Repentinamente oyeron una ronca exclamación:
-¡Viene alguien!
Todos los que estaban en cubierta, menos Jeod y Uthar, se tumbaron boca abajo y cogieron las armas. Los dos hombres que quedaban en pie caminaron arriba y abajo por el barco como si fueran centinelas.
Jeod se dirigió al intruso... Y luego sonó en la pasarela el eco de sus pasos.
Era Helen.
"Estúpida mujer, quiere darnos un ataque a todos" rumió Saeth para sus adentros.
Helen no dijo ni una palabra, pero instaló sus cosas en la cabina principal y, al salir, se quedó junto a Jeod. que sonreía radiante.
Por encima de las lejanas Vertebradas, el cielo apenas empezaba a clarear cuando uno de los marineros encargados de la jarcia señaló hacia el norte y silbó para advertir que había visto a los aldeanos. Saeth vio la fila de gente que avanzaba por la costa, sintió que la boca se le secaba, jamás había pensado que sería tanta, en sus sueños tan sólo había visto a Roran y a los pocos que lo rodeaban. Ahora todo parecía más complicado.
-¡Deprisa¡Vamos, deprisa! –dijo Jeod.
Tras una orden de Uthar, los marineros cargaron brazadas de jabalinas para los grandes arcos que había en cubierta, así como toneles de una brea apestosa; los volcaron y usaron la brea para pintar la mitad superior de las jabalinas. Luego empujaron y cargaron las catapultas a la amura de estribor; hizo falta que dos hombres tiraran de la cuerda de lanzamiento para encajarla en su gancho.
A los aldeanos les quedaban dos tercios del camino para llegar al barco cuando los soldados que patrullaban por las almenas de Teirm los vieron e hicieron sonar la alarma. Antes incluso de que dejara de sonar la primera nota, Uthar gritó:
-¡Cargad y disparadles!
Nolfavrell destapó la lámpara de Jeod y corrió de una catapulta a otra, acercando la llama a las jabalinas hasta que ardía la brea. En cuanto se prendía un proyectil, un hombre apostado tras el arco tiraba de la cuerda y la jabalina desaparecía con un pesado zunc.
-¡Cargadlas de nuevo! -gritó Uthar.
La operación volvió a repetirse, y el fuego se extendió enseguida por todo el frente marino, formando una barrera impenetrable que impedía a los soldados llegar al Ala de Dragón por la puerta este de Teirm. Habían contado con que la columna de humo escondiera el barco a los arqueros de las almenas, y así fue, pero por poco. Una nube de flechas chocó con las jarcias, y una de ellas se clavó en la cubierta, al lado de Gertrude, antes de que los soldados perdieran el barco de vista. Desde la proa, Uthar gritó:
-¡Disparad a discreción!
Saeth descolgó su arco y comenzó a a lanzar lechas hacia los soldados. Por primera vez sintió que luchaba por defender vidas inocentes, podía oír a los niños gritar de terror… por un instante su propio llanto de niña al estar en su primera batalla llenó sus oídos. Unos hombres se tambalearon y cayeron.
-¡No! –Gritó furiosa, defendería aquellas vidas inocentes, no los asesinarían, no mientras ella estuviera allí -¡Brisingr! –rugió con fuerza, y una enorme llama de fuego violeta azotó a los soldados.
Roran la miró sorprendido, no sabía si por su empeño o su poder.
En pocos minutos, los distintos niveles del barco estaban atestados hasta el límite, desde la bodega de carga hasta la cabina del capitán. Todos los hombres de Carvahall que se encontraban en buena forma se reunieron en torno al palo mayor, en espera de instrucciones.
Uthar señaló a un marinero y ladró:
-¡Tú, Bonden! Lleva esos lampazos a los cabestrantes, sube las anclas y prepara los remos. ¡A toda prisa! -Luego dirigió sus órdenes a los que permanecían junto a las catapultas-: La mitad de vosotros, salid de ahí e íd a la catapulta de babor. Alejad a cualquier grupo que pretenda embarcar.
Saeth asintió, no le agradaba seguir órdenes,pero ahora no había razón para quejarse más que una terca rebeldía. Mientras sacaba una flecha de su carcaj, unos cuantos rezagados salieron del agrio humo y subieron al barco. Jeod y Helen alzaron a los seis prisioneros de uno en uno hasta la pasarela y los enviaron rodando al muelle. Antes de que se diera cuenta habían subido las anclas, habían cortado la maroma que sujetaba la pasarela, y un tambor resonaba bajo sus pies para marcar el ritmo a los remeros.
Muy, muy despacio, el Ala de Dragón giró a babor, hacia el mar abierto, y luego, con velocidad creciente, se alejó del muelle. Saeth siguió a Roran y Jeod al alcázar, desde donde contemplaron el infierno encarnado que devoraba cualquier cosa inflamable entre Teirm y el océano. A través del filtro de humo, el sol parecía un disco naranja, liso, inflado y ensangrentado, al alzarse sobre la ciudad. Ella vio cómo Roranmiraba la catástofecon aprensión.
-Esto dañará a mucha gente inocente –observó Jeod.
-¿Preferirías estar en las prisiones de Lord Risthart? Dudo que el incendio lastime a mucha gente, y quienes se salven no tendrán que enfrentarse a la muerte, como nosotros si nos atrapa el Imperio –respondió Roran bruscamente.
-Es lo que hay que hacer, la ley de la vida, matar o morir –agregó Saeth recordando las palabras que Darien le había repetido hasta el cansancio mientras estaba bajo su tutela –Si no eres lo suficientemente duro para este mundo más bien te valdría rendirte.
-No hace falta que me den lecciones –dijo Jeod -Conozco bien los argumentos. Hemos hecho lo que teníamos que hacer. Pero no me pidan que disfrute del sufrimiento que hemos causado para asegurarnos de seguir a salvo.
Saeth frunció el ceño y se alejó. No se lo diría a Jeod, pero la verdad era que enfrentarse los soldados había sido liberador, había aflojado las tensiones en su cuerpo.
Hacia el mediodía estaban recogidos los remos y el Ala de Dragón navegaba por sus propias fuerzas, impulsado por los vientos favorables del norte. Tras un breve discurso de Uthar, en el que habló de la importancia de la disciplina en un barco, Saeth dejó escapar una risa con sorna, los aldeanos se aplicaron a las tareas que requerían su atención inmediata, como atender a los heridos, desempacar sus exiguas pertenencias y decidir la manera más eficaz de establecer turnos para dormir en cada cubierta.
Saeth contemplaba cómo Roran intentaba arreglar una disputa entre unos supuestos enamorados,sentía el cuerpo completamente casado, cuando repentinamente un grito la llevó a la realidad:
-¡Ra'zac!
El grito llegaba desde la cofa. Sintiéndo como la adrenalina del peligro regresaba la energía a su cuerpo. Siguió a Roran subiendo por la escalera que llevaba a la escotilla de proa.
Uno de los terribles corceles de los ra'zac planeaba como una sombra desgarbada sobre el borde de la costa, con un ra'zac en su grupa. Luego, la voz de insecto del ra'zac se deslizó sobre el agua, distante pero clara:
-¡No escaparán¡Ni tú princesa!
Saeth volvió a descolgarse el arco y apuntó al ra'zac, tenía que callarlo antes que soltara algo peligroso, era más agradable la idea del ra'zac lanzándose en su contra que toda la tripulación del barco acorralándola.
El disparo fue certero, recto y fuerte, la flecha golpeó a la criatura voladora en el flanco diestro, y la bestia soltó un grito de dolor tan desgarrador que el hielo de la cubierta se cuarteó y se astillaron las piedras de la orilla.
Sin dejar de chillar, el monstruo se encaró hacia la tierra y se deslizó tras la línea de brumosas colinas.
-¿Lo has matado? -preguntó Jeod, con el rostro pálido.
-No –dijo –Aún.
Loring, que acababa de llegar, observó con satisfacción:
-Sí, pero al menos lo has herido, y juraría que se lo van a pensar dos veces antes de volver a molestarnos.
-Guárdate la celebración para más adelante, Loring. Eso no ha sido ninguna victoria –dijo Roran
-¿Por qué no? -quiso saber Horst.
-Porque ahora el Imperio sabe exactamente dónde estamos.
El alcázar quedó en silencio mientras todos cavilaban las implicaciones de lo que Roran acababa de decir.
-Eres todo un aguafiestas –le espetó Saeth mordazmente.
-Soy realista.
-Dales algo de esperanza –dijo en voz baja –mira a tu gente, sus espíritus están quebrados, han perdido seres queridos, están heridos, hambrientos y asustados.
-¿No era acaso que tu ley era matar o morir? No pareces del tipo que de esperanzas vacías –contestó.
-¿Preferirías que los pusiera en hilera y acabara con ellos unos por uno? Yo no soy la que supuestamente intenta salvar a su pueblo. Los aldeanos como ellos necesitan esas esperanzas vacías. Son débiles y quieren que les digas lo que quieren oír, no tu cruda realidad.
-Si no quieres salvar al pueblo dime por qué estás aquí –quiso saber mirándola con aquellos poderosos ojos.
-Mis motivos son sólo míos –contestó de igual forma.
-¿Te envía Eragon?
-Él no sabe que estoy aquí.
-Entonces dime por qué viniste a ayudarnos. No se nada de ti, no te conozco ni te he visto en mi vida, y aún así quieres ayudarnos –Roran apoyó su mano en la pared, dejando claro que no iba a dejarla ir hasta que hablara.
Saeth se sintió nuevamente en la casa de Jeod, Martillazos era mucho más duro que ella, mucho más duro que cualquier hombre al que hubiera tenido que mentirle, era perspicaz, y sus poderosos ojos de acero le hacían sentir pequeña cuando desplegaban todo su poder.
-No eres más que una niña –dijo evaluando sus rasgos –y no por eso menosprecio tus habilidades, eres mucho más poderosa que yo, pero aún así eres muy joven ¿Por qué te incluiste en esto?
-No he venido a ayudar a u pueblo, he venido a ayudarte a ti.
Roran a miró confundido, sólo entonces Saeth tuvo el valor de mirarlo a los ojos.
-Te he visto en mis visiones, se que perdiste a tu prometida y que piensas recuperarla, eres el primo de Eragon y quise ayudarte para que no te sucediera lo mismo que a mi… Además… eras mi boleto de huída, no quería estas más con ellos… es muy peligroso… para todos.
-¿Porqué dices que no quieres que me suceda lo mismo que a ti?
-¿Por qué tienes que saberlo todo? –Gritó con los ojos empañados –He perdido… a demasiadas personas que amo… todo por su culpa, por culpa de mi… de Galbatorix, no quiero haga sufrir a nadie más.
Pareció que Roran iba decir algo pero luego le tendió una mano.
-Lamento haberte presionado –dijo solemnemente.
-Idiota –masculló y se marchó.
Le odiaba, le odiaba por poder sonsacarle lo que quisiera, por hacerla sentirse una niña indefensa. Aquella forma de convertirla en algo insignificante le recordaba a su padre. Sabía que Roran no era malo, pero aún así le odiaba por no serlo, de ser así sería más fácil darle una buena paliza. Pero todos adoraban a Roran, era su venerable líder, tenía alma de líder, pero definitivamente no sería le suyo.
