Las embarcaciones del imperio los habían estado siguiendo por días. Saeth podría haberse enfrentado a los magos, pero estaba muy débil, demasiado cansada, y Jeod lo había notado, negándose completamente a su ofrecimiento. La obligó a ir al camarote a ver a Gertrude y luego a descansar, cosa completamente inútil. Si por casualidad se atrevía a cerrar los párpados era atacada por las terribles pesadillas y sus gritos alarmaban a todos. Y la resiente tormenta no había ayudado en nada a su frágil salud, había comenzado nuevamente con sus ataques de tos y solía marearse con frecuencia, aún que claro, le era fácil disimular los mareos culpando al mar.

Con un fuerte grito logró despertarse a si misma. Había tenido otra terrible pesadilla, esta vez completamente distinta al resto, se trataba de una batalla, sangrienta y había despertado justo cuando un terrible dragón rojo y su jinete atacaban a Eragon y Saphira. Se quedó sentada, jadeando con cierta desesperación, hasta que sintió que unos brazos la rodeaban.

-Está bien querida –reconoció la voz de Gertrude, y entonces se dio cuenta de que estaba temblando incontrolablemente –Fue tan solo otra pesadilla.

"… otra pesadilla" pensó Saeth "Otra más, tan sólo eso"

No había alcanzado a ver los rasgos del otro jinete, tal vez otro invento de su mente, ni siquiera existía un dragón rojo, tan sólo Saphira y Shruikan, el dragó negro de su padre. Recordaba cómo aquella enorme criatura había protagonizado sus pesadillas de niña, pero luego, al crecer había comprendido cuan miserable debía de ser, obligado a servir a su padre. No había sido justo para tan noble criatura un destino como aquel, tampoco había sido justo para ella, pero así era la vida.

El fresco aire del mar azotó su rostro, terminando de despertarla. Dio las gracias a Gertrude y se puso de pie. Hizo un esfuerzo descomunal intentando que las piernas no la traicionaran y miró a lo lejos, donde divisó un gran disco de espuma del tamaño de una isla que giraba con una fuerza descomunal. El Ojo del Jabalí, aquel era el plan demente que habían trazado, una hazaña aparentemente imposible, bueno, ya lo verían.

Oyó a Uthar gritar a los aldeanos que se pusieran a los remos. Un momento después brotaron del Ala de Dragóndos hileras de remos a cada lado que dieron al barco un aspecto de insecto gigantesco de río. Al ritmo de un tambor hecho con piel de buey, acompañado por el canto rítmico de Bonden para marcar el tempo, los remos se arquearon hacia delante, se hundieron en el verde mar y barrieron la superficie del agua hacia atrás, dejando blancas estelas de burbujas. El Ala de Dragón aceleró de repente y empezó a moverse más rápido que los balandros, que seguían todavía fuera de la influencia del Ojo.

Por un instante le pareció ver manchas rojas y un acceso de tos rastrilló sus pulmones se sostuvo del primer hombro que encontró hasta que sacudió la cabeza, recuperando el sentido. Para su desgracia aquel hombro era el de la persona que menos quería ver en aquel preciso momento, Roran.

El hombre la miro suspicazmente.

-¿Qué es eso? –dijo tomándola de la muñeca para ver su mano.

-Nada ¿Qué obsesión tienes con mis pobres muñecas? –se quejó arrebatándosela antes de que la viera –Me terminarás dejando marcas.

Roran rodó los ojos y volvió a tomarle la muñeca, esta vez vio el pequeño rastro de sangre en su mano.

-Tú… tosiste sangre… -dijo algo impresionado -¿Le has dicho a Gertrude de esto?

-¡No! Y tú tampoco vas a hacerlo.

-Por favor, no intentes demostrar fortaleza, esto es sobre tu salud, esto es serio. Y no me tragaré esa excusa de que tus mareos son a causa del mar ¿Qué es lo que te sucede?

De nuevo aquella mirada desplegando todo su potencial y de nuevo la pregunta directa que le era imposible evitar. Sin embargo esta vez estaba preparada, no sucumbiría ante Roran. De igual forma tampoco tenía una respuesta clara a lo que sucedía con ella.

Estaba segura de que fuera lo que fuera lo que su padre había hecho con ella había creado en ella alguna clase de enfermedad cuyos síntomas se presentaban cada cierto tiempo, pero al final siempre sanaba, sólo tenía que ser fuerte y resistir.

-No me sucede na… -fue interrumpida por una fuerte sacudida del barco, estaban ya en el Ojo del Jabalí.

La sacudida la hizo caer de espaldas, y habría caído por la borda de no ser por los rápidos reflejos de Roran, que la sostuvo por el brazo. Ella soltó un grito y se sostuvo con ambas manos.

Una serie de imágenes recorrieron su mente, vio claramente la etiqueta del frasco de veneno, entonces descubrió lo que había estado a punto de hacer. No importaba cuan terrible había sido su vida, por alguna razón no se había quedado tirada a un lado del camino, siempre su deseo de vivir había sido más fuerte que cualquier dolor, inconscientemente había estado luchando por su vida con garras y dientes. No quería morir, ni en aquel momento ni nunca. Y pesar que había estado a punto de cometer semejante estupidez, todo el esfuerzo arrojado por la borda, la como ella estaba a punto de caer...

Volvió a gritar, se resbalaba, y el barco iba a toda velocidad. Iba a morir… y no había nada que ella pudiera hacer.

El peso de aquella realidad le hizo aferrarse con más fuerza a Roran, no, no quería morir.

-¡Roran! –Gritó casi con lágrimas en sus ojos al ver cómo sus manos se resbalaban por el brazo del hombre -¡Me resbalo!

-¡No voy a soltarte! –le aseguró. Una vena en su cuello demostraba la fuerza que estaba haciendo, pero la velocidad del barco estaba en su contra.

Sentía el agua salpicando sus pies, cerró los ojos, no quería ver su propia muerte…

"¿No puedes dejar de meterte en problemas?" dijo una voz en su mente, la misma que le había salvado la vida en la arena de combate.

-¿Qué? –dijo en voz alta. Esta vez estaba segura, había oído una voz en su cabeza.

Había dos opciones, o se estaba volviendo completamente loca, o bien había alguien poderoso cubriéndole la espalda, tal vez un mago o algo parecido.

"Arriba" volvió a hablar la voz, y sintió que era impulsada hacia dentro del barco.

Como Roran continuaba haciendo fuerza ambos cayeron produciendo un fuerte ruido.

-Podrías haberme dicho que ibas a usar magia –se quejó el hombre tocando su nuca dolorida por el golpe.

-Yo… yo no fui –se defendió algo confundida, pensando quién podría haberla ayudado.

-Tú no fuiste –dijo con escepticismo.

-Olvídalo –se puso de pie.

-Espera –la imitó y le impidió marcharse -¿Segura que estás bien? Quiero decir… -miró hacia la borda.

-S… si –respondió algo distraída, su mente estaba divagando acerca de quien podría haberla ayudado, tanto que se había olvidado de la impresión del accidente. Con cierto humor pensó en su padre, él único con el poder para hacer algo como aquello, negó con la cabeza, segura de que era una completa tontería y se alejó de la borda, no iba a arriesgarse a caer nuevamente, de cierta forma le había irritado el tono de su salvador al decirle ¿No puedes dejar de meterte en problemas? ¡Nadie le había pedido que le ayudara! Aún que claro, de no ser por él habría muerto en más de una ocasión, tenía que darle el crédito por ello.

Con la resiente aparición del misterioso extraño había sentido la magia cosquillear en su interior. Al menos había acabado el período de enfermedad.

Le dio un leve golpe en el brazo a Roran y señaló hacia la escotilla de proa. Allí se dirigieron ambos rápidamente, bajando a la primera bancada de remeros.

Reemplazaron a dos hombres y entonces comenzó el esfuerzo. Los músculos acompasaban el movimiento de los remos, primero empujando y lego tirando. No pasó mucho tiempo cuando la espalda comenzó a dolerles por la postura inclinada a causa del techo bajo. Una fuerza descomunal les hacía contra, forzándolos al máximo, arrancándoles el aire de los pulmones.

El tiempo que pasaron allí pareció eterno, medido por el constante y acelerado sonido del tambor y la voz de Bonden. Comenzó a sentir una punzada entre los omóplatos, y un fuerte dolor e los brazos, la espina y los músculos que hacían la mayor parte del esfuerzo.

Un hilo de sangre goteaba por el remo desde su mano que se había lastimado a causa del constante rose. Se quitó la camisa, ganándose una mirada boquiabierta de Mandel, pero debajo de ella tenía una especie de top, partió la camisa en dos y envolvió sus doloridas manos.

Se concentró, como solía hacer en ocasiones de dolor, lo encerró en algún lugar de su mente, ignorándolo, hasta que llegó al estado en que ya no sentía más que una leve molestia en sus tirantes brazos, se movían automáticamente, siguiendo el frenético ritmo. Vio que Roran no resistía más y se marchaba dolorido, sonrió para sus adentros, pero no se detuvo, si se detenía ya no podía seguir.

Luego de un momento escuchó un grito:

-¡Fuego!

Algunos a su alrededor parecieron alarmados, y so se tranquilizaron mucho cuando otro exclamó "No s puede apagar". Le hizo una seña a Birgit que la reemplazó y se apresuró a subir por la escalera para salir luego a cubierta. Sabía lo que era, fuego mágico, y sólo se podía apagar con magia.

En cubierta había unos veinte fuegos verdes que incendiaban el mástil, su vela y la cubierta, y los hombres, desesperados intentaban apagarlo sin mucho éxito.

-¡Adurna! –gritó, y un chorro de agua extinguió e fuego más cercano.

Repitió la operación hasta que cada fuego quedó reducido a humo. Entonces le hizo una señal a Uthar de que todo estaba en orden.

-Es bueno tenerte de regreso –dijo Roran con una sonrisa –Muy oportuno.

-Siempre soy oportuna –dijo tratando de simular su sorpresa, jamás había visto sonreír a Roran, al menos no a ella, había incluso llegado a pensar que era un gesto imposible en su cansado rostro.

Se relajó contra la pared mientras él se alejaba hacia done Uthar estaba, estiró los cansados músculos y abrió la palma, murmurando "Brising", por el simple placer de ver la pequeña llama violeta temblando en su mano. Había algo en el fuego que le resultaba atrayente. Finalmente sanó sus heridas y entró al camarote a ver en qué podía ayudar a los enfermos y heridos.