Capítulo 2: Sorprendente verdad.

Las personas no dejaban de entrar y salir de la pequeña choza que estaba siendo empleada provisionalmente para atender a los enfermos y heridos, causando cierto revuelo en el lugar. El aire apestaba a plantas medicinales y a sangre y sudor de las personas que allí se encontraban. La choza constaba de una solo estancia lo suficientemente amplia para acoger a tal abrumadora cantidad de heridos y a las personas que se ocupaban de su atención, y era tenuemente iluminada por varias antorchas dispersadas de modo que alumbrasen lo suficiente las zonas que habían dedicado a las intervenciones más serias. Y era precisamente en una de esas zonas, bastante alejada de la puerta de entrada, donde se encontraba Kagome arrodillada junto a un inconsciente Inuyasha. El muchacho estaba tendido sobre un futón algo desgastado, pero no habían podido encontrar nada mejor dada la situación.

La joven sacerdotisa no dejaba de mirar de un lado a otro, inquieta. Llegaban heridos a cada momento, en cuanto eran librados de ser pasto de las llamas que consumían sus casas sin piedad, y ella sentía la necesidad de ayudar en cuanto pudiese, pero se veía incapaz de moverse del lado de su amigo, profundamente preocupada por su estado. La mayoría de los que llegaban precisando de atención sufrían quemaduras de distintos grados, y otros pocos simplemente estaban inconscientes debido a que habían inhalado algo de humo. Todo aquel con cierto conocimiento sobre medicina era traído también a la choza, poniéndolo inmediatamente a cargo de algún herido. No daban abasto, y cada vez llegaban más y más personas que precisaban atención urgente.

El señor del castillo apareció repentinamente tras la esterilla que hacía de puerta, captando inmediatamente todas las miradas. Al hombre pareció no importarle que todos los presentes lo mirasen fijamente, y recorrió ansioso con la mirada todos los rostros hasta dar con el de la joven sacerdotisa. Se acercó a ella cruzando a zancadas la habitación, e inmediatamente los demás volvieron a lo suyo, haciendo que el alboroto volviese a reinar entre ellos. Las facciones de su rostro seguían sin ser totalmente reconocibles debido a que aún no se había quitado los restos de hollín, demasiado ocupado ayudando a salvar a todo aquel que pudiese. Cuando llegó junto a la joven, hizo una pequeña inclinación a modo de saludo, y ella no pudo evitar sentirse algo incómoda. Desde que Inuyasha había salvado a su hijo, todos en la aldea los trataban con respeto, como si ellos fuesen los mismísimos gobernantes de la aldea.

- No tardará en llegar alguien que se ocupará de tu amigo- le informó, algo apesadumbrado.- Siento no haber podido venir antes.

- No se preocupe, le agradezco mucho su preocupación- sonrió, como si intentara respaldar sus propias palabras.

El hombre sonrió levemente, aparentemente aliviado.

- Os estaré eternamente agradecido. No solo habéis salvado a mi hijo, sino que además seguís ayudándonos.- su voz estaba cargada de gratitud, y Kagome no dudo de la sinceridad de sus palabras.- El monje, la exterminadora y los dos demonios están haciendo un gran trabajo- aseguró- Han salvado en un momento más vidas de las que nosotros hubiésemos sido capaces en toda una noche.

Kagome no pudo evitar sonreír. No esperaba menos de sus amigos.

- ¿Aún quedan muchas personas sin evacuar?- preguntó, mientras miraba de soslayo a los ya de por sí numerosos heridos.

El hombre dejó escapar un suspiro y se cruzó de brazos.

- La gran mayoría ha sido ya evacuada, aunque aún quedan algunas personas atrapadas en sus casas en la zona este de la aldea. Pero estoy seguro de que con la ayuda de tus amigos no tardaremos en sacarles de ahí- la tranquilizó.

La muchacha asintió y volvió su mirada a Inuyasha, su preocupación centrándose únicamente en él ahora que sabía que los demás estaban bien. Rozó con sus dedos su mejilla, con infinita ternura. Él pareció reaccionar ante el contacto y cerró sus ojos con más fuerza, dejando escapar un pequeño gemido. El muchacho parpadeó un par de veces, despertando, y enfocó su mirada en la de Kagome, algo aturdido.

Kagome se sobresaltó.

- ¡Oh! Lo siento, te he despertado- murmuró, apenada.

El chico negó con la cabeza.

- No... Da igual.- susurró apenas. Intentó incorporarse pero dos manos lo obligaron a quedarse tal y como estaba. Miró a Kagome algo contrariado.- Quiero levantarme- protestó.

- Me temo que eso no va a ser posible por el momento.- replicó ella, vigilándolo con la mirada.- Tenemos que esperar a que estés completamente recuperado, y después, solo después, te dejaré levantarte de ese futón.

- Y no será la única que te impedirá moverte de aquí hasta que te cures- dijo el señor del castillo, hablando por primera vez desde que el chico se despertó. Se sentó junto a Kagome, muy cerca del chico.

Inuyasha le dirigió una mirada desafiante.

- ¿Qué os hace pensar que me voy a quedar de brazos cruzados?

Kagome dejó escapar un largo suspiro, exasperada. Cuando a ese muchacho se le metía algo en la cabeza ya se podía ir preparando el mundo... ¡Era un cabezota! No había otra palabra para describirlo. Para colmo era tremendamente orgulloso, y eso a veces le traía demasiados problemas.

- Será mejor que descanses- le aconsejó el hombre. Luego se volvió hacia Kagome- Tengo que marcharme- informó- Puede que mis hombres y tus amigos necesiten ayuda para salvar a las personas que aún no han sido rescatadas.- Ella asintió. Clavó su mirada en Inuyasha, quien lo miraba con cara de pocos amigos. Sin embargo, el hombre sonrió al muchacho- Te debo la vida de mi hijo. No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por mi familia.

Sin una palabra más, el señor del castillo se puso en pié, hizo un gesto de despedida con la mano, y tras cruzar la amplia habitación, desapareció tras la esterilla por la cual había entrado.

Inuyasha dejó escapar un gruñido, malhumorado.

- No me voy a quedar acostado aquí solo porque él me lo diga.

- No te lo dice él, sino yo.- corrigió Kagome.- ¿Por qué tienes que ser tan impulsivo?

- Keh- fue su respuesta. Intentó sentarse, incapaz de permanecer tranquilo, pero un agudo dolor en su columna y costillas le hizo caer de nuevo tumbado en el futón, mientras no podía evitar dejar escapar un gemido de dolor.

Kagome abrió los ojos desmesuradamente y estuvo a punto de coger al muchacho entre sus brazos, pero se contuvo justo a tiempo.

- ¡No te muevas!- le regañó.- Estás herido, y aún estoy dando las gracias al cielo porque no estás muerto...- murmuró. Sus ojos castaños se oscurecieron cuando mencionó esas palabras, e Inuyasha la miró con preocupación esta vez. No recordaba nada después de haber lanzado al niño a los brazos de su padre. Todo se había vuelto negro para él justo después de aquello.

El muchacho se giró como buenamente pudo para poder mirar a Kagome a la cara, dejando de lado el dolor que lo atravesó con cada pequeño movimiento.

- Kagome...- susurró. Pudo ver que las lágrimas acudían a los ojos de la muchacha, y un terrible nerviosismo se apoderó de él. El corazón comenzó a latir violentamente dentro de su pecho. Odiaba ver a las mujeres llorar, y más aún si esa mujer era Kagome.- Kagome, no llores, por favor...

Ella se llevó inmediatamente las manos a la cara y reprimió un sollozo. Para sorpresa de Inuyasha, accedió a su petición y después de haber esperado unos segundos para tratar de calmarse, la joven se secó las lágrimas que comenzaban a rodar por sus suaves mejillas.

- Lo siento- se disculpó. Luego dejó escapar una pequeña risita- Puedo llegar a ser tonta a veces...

Inuyasha secó con sus dedos una lágrima traviesa que amenazaba con deslizarse por el rostro de ella, con tanta delicadeza que hasta a él mismo le sorprendió, como si la muchacha estuviese hecha con la más fina porcelana. Ella abrió los ojos de par en par, sorprendida por esa muestra de cariño. Él no solía apreciar el contacto con las personas, aunque ella sabía que no soportaba la soledad, y eso fue quizás lo que hizo que su corazón pegara un brinco. Fue solo un roce, una pequeña caricia, pero hizo que se le erizara el vello en la nuca.

Inuyasha apartó enseguida su mano de ella, no sintiéndose dueño de sus actos. Al verla llorar, tan indefensa, tan pequeña, algo en su interior había estallado, algo que le decía que tenía que protegerla. Inevitablemente, sus mejillas comenzaron a arder, y él apartó su mirada de la suya, como si de esa forma pudiese evitar que ella viese el sonrojo que se comenzaba a extender por su rostro. Carraspeó para disimular.

- No hablemos de eso ahora. Ya pasó, así que no merece la pena preocuparse por ello- le dijo con demasiada ternura en la voz, a pesar de que hizo todo lo posible por que su voz sonara con un timbre de indeferencia.

Ella solo asintió con la cabeza.

- Sí, tienes razón- trató de sonreír, pero solo consiguió hacer una mueca que en realidad estaba muy lejos de parecer una sonrisa. Decidió que no valía la pena fingir delante de él, y que lo mejor sería hablar despreocupadamente, intentando arrinconar en algún lugar de su mente los sucesos más recientes.- Fuiste muy valiente al salvar a aquel niño. Ahora todos en la aldea saben que tienes un buen corazón.- Comentó, sintiéndose de nuevo muy orgullosa de él. Era increíble como había cambiado ese chico. Se había convertido en una persona que se preocupaba antes de los demás que de sí misma, una persona que era capaz de entregarlo todo por aquellos a los que amaba, una persona cariñosa, a pesar de que se cuidaba de demostrar lo contrario en todo momento.

El sonrojo en el rostro del muchacho esta vez fue demasiado evidente. Para Inuyasha poco importaba la opinión de la gente, pero oír aquello de los labios de Kagome...

- Keh- soltó. No sabía qué decir. Se sentía tan bien al saber que Kagome estaba orgullosa de él que todo lo demás carecía de importancia en esos momentos.

Ambos miraron hacia la puerta al darse cuenta de que todos los que estaban en la cabaña habían abandonado nuevamente sus correspondientes tareas y, al igual que ellos, tenían sus miradas clavadas con cierta curiosidad en la puerta. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que fuera había cierto alboroto. Se podían escuchar claramente los gritos furiosos de una anciana, aunque desde su posición no podían entender sus palabras. Después, el ruido de pasos lentos pero firmes se hizo perfectamente audible para todos, al igual que el sonido de lo que parecían objetos de metal entrechocándose. Sin previo aviso, la esterilla fue apartada con brusquedad, con tanta brusquedad que quedó colgando solo por una de las esquinas de la tela, y una silueta oscura, bajita y algo rechoncha quedó recortada por la luz de las llamas del exterior. La figura dio unos pasos más, adentrándose completamente en el interior de la habitación y haciéndose visible para los presentes al ser bañada por la luz de las antorchas que se hallaban dispersas, colgadas en las paredes.

Inuyasha pudo apreciar que se trataba de una mujer bastante anciana y regordeta. Tenía el rostro surcado de arrugas y los labios finos fuertemente apretados. Sus ojos negros como el carbón eran como dos profundos pozos repletos de sabiduría, no tenía cejas y su pelo canoso estaba recogido en una cola baja. Vestía una especie de kimono holgado completamente blanco y tenía una cuerda amarrada a la cintura, de la que colgaban numerosas hierbas y objetos que él no supo reconocer. Tenía un colgante alrededor del cuello, hecho con lo que parecían dientes y huesos de animales, y se apoyaba en un tosco bastón de madera para poder mantenerse en pié sin dificultad.

La anciana dejó escapar un gruñido malhumorado y comenzó a caminar lentamente ayudándose de su bastón, escrutando con la mirada cada rostro, acompañada por el sonido de los cacharros de metal y el golpe seco que se producía cada vez que el bastón hería las tablas de madera que conformaban el suelo.

Todas las personas que se hallaban mirándola parecieron levemente divertidas ante la actitud de la anciana, y lejos de sorprenderse por su inesperada irrupción, siguieron trabajando como si nada, preocupados nuevamente por la salud de los heridos.

La anciana, por su parte, también parecía acostumbrada a ese tipo de reacciones por parte de los que la rodeaban, y si no era así, tampoco demostró que le importase lo más mínimo. Siguió caminando con su avance lento y algo torpe, pero decidido, hasta la zona en la que se encontraban Inuyasha y Kagome, sin dejar de escrutar en ningún momento las acciones y los rostros de todos los que encontraba a su paso. Su mirada era indescifrable, y no había ninguna emoción en sus ojos que delatase qué era lo que estaba pasando por su mente. Finalmente, su mirada se encontró con los dos jóvenes, y sus ojos parecieron brillar.

- ¡Sois vosotros!- exclamó con voz chillona, aunque algo parecida a un gruñido. Ambos se sobresaltaron ante el grito de la mujer, mientras se preguntaban qué querría de ellos y por qué los conocía. La mujer se dirigió hacia ellos a pasos agigantados esta vez, con una vitalidad y energía sorprendentes para alguien de su edad. Cuando llegó junto a ellos los observó con ojo crítico, y luego asintió para sí misma.- Sí, no puedo equivocarme: una muchacha de cabellos negros como ébano y ropas extrañas y un muchacho de cabellos largos y negros y completamente vestido de rojo.

Kagome arrugó levemente la boca y frunció el ceño, algo disgustada con los comentarios de la mujer. Precisamente ella no era quién para ir diciendo por ahí que la gente vestía de forma extraña.

- ¿Quién es usted?- inquirió la chica, dejando de lado su disgusto, no pudiendo evitar sentir cierta curiosidad por saber quién era esa pintoresca mujer.

La anciana la miró como si ella hubiese dicho algo sumamente irrespetuoso, y durante un momento Inuyasha pensó que iba a gritarle algo a Kagome, pero la anciana pareció pensárselo mejor y tras gruñir otra vez respondió con su voz chillona:

- Soy Arashi, la sacerdotisa y experta en medicina de esta aldea- dijo simplemente. Luego se volvió a Inuyasha, sin hacer nada por ocultar su malhumor. Cruzó sus brazos sobre su pecho y miró al chico desde su altura- Así que eres tú el muchachito que salvó la vida del hijo del señor del castillo, ¿eh?

Inuyasha no sintió mucha simpatía por la mujer, pero intentó que no se dieran cuenta. El echo de que fuese una mujer anciana no le daba derecho a ir dando miradas malhumoradas y desafiantes a todo aquel que pasara delante de sus narices. Inspiró profundamente antes de contestar, tratando de controlarse a sí mismo.

- Sí- confirmó.

La mujer pareció sonreír levemente ante su respuesta, pero enseguida su rostro volvió a ser de piedra, salvo por su constante expresión malhumorada, e Inuyasha llegó a preguntarse si no habrían sido sólo imaginaciones suyas. Entonces la mujer desató la cuerda que ceñía su vestido a la cintura, y sin muchos miramientos la dejó caer pesadamente al suelo con todos los objetos que estaban atados a ella incluidos, provocando un ruido estrepitoso. Algunos de los que se ocupaban de cuidar de los heridos la miraron con caras de pocos amigos, pero ella volvió a emitir un poderoso gruñido y enseguida apartaron sus miradas de ella.

- Así me gusta- dijo Arashi, refiriéndose a los que la habían mirado desaprobadoramente.

Inuyasha y Kagome intercambiaron miradas de incredulidad. Sin duda se trataba de un mujer bastante peculiar, esa Arashi.

La anciana se sentó ceremoniosamente junto al futón del muchacho, no sin antes pedirle a Kagome de manera no muy educada que se hiciese a un lado. La joven sacerdotisa no dijo nada, pero Inuyasha notó por su expresión que a ella tampoco le causaba mucha simpatía la anciana.

- Me ha sido encomendada la tarea de curarte- informó Arashi, no muy animada- Siendo la mejor curandera de la aldea, el señor del castillo ha pensado en mí antes que en otra persona para ocuparse de aquel que ha salvado la vida de su hijo...

Inuyasha pudo ver como Kagome alzaba una ceja, sin dejar de mirar a la anciana mujer. Podría haber afirmado que su compañera estaba pensando lo mismo que él: esa mujer no podía quejarse de baja autoestima.

- Antes que nada habrá que ver qué tienes, ¿no?- no era una pregunta, sino una afirmación. Comenzó a desatar con sus dedos apergaminados la parte superior del haori de Inuyasha, dejando su pecho al descubierto para poder examinarlo mejor y buscar posibles heridas y contusiones.- Hmm...- dejó escapar, mientras comenzaba a presionar la zona de las costillas.

Inuyasha dejó escapar un gemido de dolor, sorprendido. Ahora era consciente del dolor que recorría su cuerpo.

- Tienes cuatro costillas rotas- le infirmó Arashi.- Y que la columna de madera casi te halla aplastado seguro que te hace tener unos bonitos dolores de espalda durante los próximos días. Lo único que puedo hacer es vendarte, y tú tendrás que descansar.

Inuyasha asintió, resignándose a su suerte. No le quedaría más remedio que hacer lo que aquella mujer y Kagome le decían.

- Entonces no es nada grave, ¿no?- preguntó Kagome.

Arashi comenzó a rebuscar entre las cosas que estaban atadas en la cuerda, en busca de una pomada y vendajes.

- Claro que no, niña. Este muchachito ha tenido mucha suerte de ser rescatado de las llamas justo a tiempo.

Inuyasha se tensó inmediatamente. Él no sabía nada de eso, ¿cómo que lo habían rescatado?

- ¿Qué?- exclamó.

Kagome asintió, confirmando las palabras de la mujer ante la incredulidad de Inuyasha.

- Quedaste atrapado entre los escombros, y los hombres del señor del castillo no eran capaces de sacarte... –dudó antes de terminar la frase, pero decidió que sería mejor decirle toda la verdad ya que, tarde o temprano, acabaría por enterarse de todo lo ocurrido.- De pronto apareció Sesshomaru y te salvó.

Inuyasha saltó como si lo hubieran pinchado.

- ¿Sesshomaru?- repitió, sin dar crédulo a lo que escuchaban sus orejas.

- No sé si ese demonio del que habláis se llama de verdad Sesshomaru, pero he de admitir que parecía muy poderoso- comentó la anciana, mientras aplicaba una pomada en el torso del muchacho.

Kagome suspiró.

- Sí, era Sesshomaru. Le debes la vida a tu hermano.

Inuyasha abrió los ojos de par en par, aún sin poder creerlo. Tenía que tratarse de una broma... ¿El frío y poderoso Sesshomaru, que tanto le odiaba, que había intentado matarlo en numerosas ocasiones, iba a molestarse en salvarle la vida? Por la expresión seria de Kagome pudo adivinar que no se trataba de una broma. Buscó con la mirada a Tessaiga. La espada, herencia de su padre, reposaba al lado del futón, envainada.

- No quería la Tessaiga- dijo Kagome, después de seguir su mirada y adivinar lo que estaba pensando.- Solo te salvó, y después se marchó.

- No puedo creerlo...-murmuró Inuyasha.

- Pues créetelo, jovencito- saltó la anciana, dándole una palmadita en el hombro.- Nunca había visto a un demonio salvar la vida a un humano. Y decís que es tu hermano, ¿eh?

- Medio hermano- la corrigió Inuyasha.

- ¿Pero cómo es posible?- la anciana abrió más sus ojos negros, curiosa.- Tú eres un humano y el un demonio...

Inuyasha negó lentamente con la cabeza.

- Sólo soy humano durante esta noche. Cuando salga el sol, me convertiré en un medio demonio.- explicó.

- Con que eres un medio demonio...- la anciana se encogió de hombros.- Mejor para ti, tus heridas curarán más rápido.

Inuyasha y Kagome se sorprendieron de que se lo tomase con tanta tranquilidad, como si tratar con demonios o medio demonios fuese lo más normal del mundo.

- Bueno, ya está- anunció Arashi, en cuanto terminó de colocar el vendaje. Volvió a atar a la cuerda lo que había usado para curar al muchacho, se puso en pié con la ayuda de su bastón, y volvió a ceñirse la cuerda a la cintura.- Ya he terminado mi trabajo aquí- declaró- Muchachito, para terminar de curarte tendrás que descansar, ¿me has oído?

- Sí- suspiró Inuyasha, cruzándose de brazos, tumbado sobre el futón.

- No quiero escuchar que te levantas de aquí antes de tiempo- casi amenazó, volviendo a soltar uno de sus típicos gruñidos.- Tengo que irme ya, hay otras personas a las que tengo que atender. ¡Ah! Y el pequeño zorrito que os acompaña está muy preocupado, creo que no tardará en llegar.

Y, efectivamente, como si hubiese escuchado las palabras de la anciana, el pequeño Shippo apareció tras la esterilla, corriendo como alma que lleva el diablo.

El niño los vio y corrió hacia ellos, con una enorme sonrisa en el rostro.

- Justo como yo decía- rió la anciana, y sin decir nada más, se alejó de ellos con su caminar algo torpe y el sonido de los cacharros y del bastón golpeando el suelo acompañándola en todo momento.

Shippo casi saltó encima de Inuyasha, pero éste fue capaz de cogerlo en brazos antes de que se pegara a él como una lapa y le hiciese daño sin querer, quedando el niño suspendido en el aire unos centímetros por encima de su propio cuerpo, que seguía en la misma postura en la que lo dejó la anciana.

- ¡Inuyasha, estás bien!- exclamó el pequeño, quien no cabía en sí de tanta alegría.

- Ya lo sé- fue la respuesta del chico, aparentemente indiferente. El niño pareció entristecerse ante el frío recibimiento, pero entonces Inuyasha esbozó una sonrisa traviesa y lo abrazó, sin importarle el dolor que le provocaban las costillas rotas.- Me han dicho que te preocupaste por mí.

Shippo volvió a sonreír de nuevo con ganas, aún encima de Inuyasha.

- Sí- admitió- Esta vez creí que ibas a morir. Pero tuvimos suerte, porque gracias a que Sesshomaru pasaba por aquí casualmente, estás aún vivo.

Kagome cogió entonces a Shippo entre sus brazos, separándolo de Inuyasha.

- Será mejor que te vallas a dormir ya, ¿no crees?- le preguntó con ternura.

El niño hizo una mueca.

- Quiero quedarme con vosotros- protestó.

La muchacha dejó escapar un suspiro, pero finalmente sonrió.

- Está bien. Pero te advierto que aquí no estarás muy cómodo.

- Me da igual- declaró, saltando de los brazos de la joven sacerdotisa y yendo al lado de Inuyasha.- Yo quiero quedarme con vosotros.

No fueron capaces de negárselo, e Inuyasha le ofreció dormir en el futón junto a él, lo que el niño aceptó gustoso. Kagome sonreía enternecida por la escena. Lo que había pasado esa noche había servido para unirlos más, a todos. Se preguntó si lo ocurrido también afectaría a la relación de Inuyasha y Sesshomaru, y si serviría para que estrecharan sus lazos como hermanos.

CONTINUARÁ...

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Hola! Al final decidí continuar este fic porque en otras páginas y foros también me lo pidieron, así que aquí está el segundo capítulo.

TanInu: Cómo me alegra verte también en este fic honey. ( XD No sé de quién me suena esa palabra). Bueno, al final decidí que no se quedaría como One-shot. Espero que te haya gustado este cap y me des algunas ideas para el siguiente. Y sí, entiendo lo que quieres decir. Cuando escribes varias historias a la vez se mezclan todas en tu cabeza. Con respecto a futuras actualizaciones, creo que tardarán un poco, más que nada, porque voy a estar separada de internet. Espero que podamos hablar pronto por el msn o en otro lado, hace tiempo que no sabemos la una de la otra. (Y tampoco sé de tus actualizaciones).

Lalix: Hola! Gracias por decirme lo de la forma de escribir, y sí, también otras personas me han dicho que la historia da para algo más largo. Me alegra que te gustara el primer cap, y espero que este también sea de tu agrado. Gracias por el apoyo!

Espero que el capítulo haya sido de vuestro agrado. Me decís que os ha parecido, qué debería mejorar, cambiar, etc...

Saludos a todos!!

Atte: Erazal.