Hola de nuevo!! Perdón por la tardanza... unas cosas llevaron a otras y los días pasaban sin que tuviera tiempo para dedicar al capítulo, pero bueno aquí está. En el próximo las cosas van a cambiar, tendré que darle un giro para que no se haga aburrido... Ah! os adelanto que aparecerá LJ.

Que mas... Esme, que sepas que tu idea fue un poco la semilla de este capítulo aunque al final las cosas se torcieron en otro sentido, espero que te guste ;)

Nada más, os dejo con el guapísimo de Michael


Al entrar en casa de Sara, Lincoln está sentado en el sofá con las manos cruzadas y cara de pocos amigos, mientras Sara se aleja en dirección a su habitación, mi hermano no deja de mirarme acusadoramente.

- Supongo que esa era Lucía¿no? – digo aguantando la risa.

Él se levanta, pasa a mi lado dándome unas fuertes palmaditas en la mejilla y sale hacia su cuarto.

-Menos mal que vuestros polvos son bien rápidos – Masculla cerrando la puerta de un portazo.


Cuando llegamos a la fiesta, Lincoln ya está allí. Nos acercamos a ver si no está molesto.

-¡Hey Linc! – tanteo.

-Hola parejita – responde alegremente – Mike¡tienes que probar esto!. – Y señala una bebida que están haciendo en un enorme cuenco de madera.

La fiesta se celebra en medio de un gran descampado rodeado de bosque, el río a un lado y unas cuantas mesas de madera desperdigadas aquí y allá formando una especie de media luna. Hay un grupo de música tocando a todo volumen. Todo el mundo parece contento y bailan unos con otros por todas partes.

La noche es clara gracias a la inmensa luna, que se refleja en el río y cuyas brillantes aguas lanzan destellos en la noche. La alegría, los colores, los dulces aromas, llenan la fiesta de vida.

-¡Tomad!

Linc nos pasa un vaso a cada uno. Está totalmente contagiado del buen ambiente que nos rodea. Caminamos hacia un lado y nos sentamos los tres en el prado.

-Vamos a bailar – pide Sara cogiéndome de la mano.

-No soy de los que bailan – me excuso patéticamente con una apocada sonrisa en mis labios.

La verdad es que no quiero sentir esa incomodidad que atrofia mi cuerpo en cuanto piso una pista de baile.

-¿Seguro? – Pregunta Sara levantando las cejas.

Afirmo sin ninguna duda.

-Si lo que pasa es que no sabes, tranquilo, yo tampoco –

Me agarra de la mano con las dos suyas y tira de mí.

-No… - me sujeto al brazo de Lincoln con la otra mano, que me mira por encima del hombro claramente avergonzado por mi actitud.

-¡Hola Sara! – saluda un hombre alto y moreno con una melena rizada que cae sobre sus hombros.

-¡Hola Manu! – dice soltándome y girándose hacia él.

-¿Bailas?

Manu, ahí quieto, mirándola alegremente con sus brillantes ojos negros parece hasta inocente. Antes de responderle, Sara cruza su mirada conmigo, como queriendo darme una ultima oportunidad para bailar con ella. Aunque pienso en decir que sí solamente para que no baile con el tipo este… acaban invadiéndome de nuevo las sensaciones de parálisis y ridículo a las cuales someteré mi cuerpo, así que opto por quedarme callado.

-Claro – responde Sara.

Manu la coge del brazo y se la lleva mientras ella se gira y me sonríe.

-Hermanito, eres tonto. – afirma Linc terminándose la fuerte bebida de un trago.

Sentado junto a él, hombro con hombro, miramos a las parejas que disfrutan al son de la música mientras hablamos. Sara, desde que entró a bailar no ha parado. Uno tras otro parece que todos los tíos del pueblo han ido a bailar con ella. Ahora, cuando por fin venía hacia aquí, se ha cruzado con Ramón y es la segunda canción que danzan juntos.

-Dios… ¿Es que no se cansa nunca?

Linc no para de reírse de mis celos, ya va por la tercera copa.

-Si te hubieras dejado de chorradas de "yo no bailo" serías tú el que la tendría entre sus brazos, hermanito. – declara mofándose, propinándome un codazo.

Me paso las manos por la cabeza repitiéndome mil veces que no tengo por qué estar celoso.

-Es normal Mike, al fin y al cabo, lleva todo el día folla que te folla contigo… necesita respirar, liberarse, tener contacto con otros cuerpos...

Linc me empuja hacia atrás de la que se levanta por más bebida.

Sentado, sólo la veo a ella, riéndose, en medio de la pista, demasiado abrazada a Ramón, tanto como para que mi mirada se vuelva arisca y constante. No ha terminado aun la canción y ya hay un tipo esperando para bailar con ella.

Hace más de media hora que dejé de responder con sonrisitas falsas, a las sonrisas que ella me arroja al bailar. Ahora, clavo receloso mi mirada en ella con intensidad, intentando de alguna forma sacarla de allí y traerla a mi lado.

-¡Linc! Tienes que hacerme un favor. – Le pido en cuanto vuelve a sentarse junto a mí.

-¿Qué?

-Saca a bailar a Sara.

-¡Pero si ya está bailando!

-Es que si voy yo va a parecer que intento evitar que baile con otro de sus "amiguitos".

-Es que es lo que intentas, Mike

Linc posa su mano en mi hombro y nos miramos con complicidad, conociendo bien los secretos y temores del otro.

-¿Crees que no sabe que estás celoso? Se adivina en tu cara desde kilómetros a la redonda. – suelta Linc con una carcajada.

-¿Quieres hacerme sólo el favor de sacarla a bailar el próximo baile y punto? – Mi voz abandona mi garganta más irritada de lo que imaginaba.

-Está bien… - responde como si fuera a costarle un gran esfuerzo – Tu me sacaste de Fox River, así que yo haré esto por ti¿de acuerdo? –

-Muy gracioso

Linc deja el vaso a mi lado, y colocándose un poco la ropa, va decidido hacia Sara.

El que esperaba para bailar con ella, se da cuenta de la intención de Linc y se interpone entre Sara y mi hermano para poder preguntar él antes, pero Linc la agarra de la muñeca sin decir nada y tira de ella, le guiña un ojo al tío y Sara acaba agarrada a la cintura de Lincoln sin que al otro le haya dado tiempo a reaccionar.


-Sara. – la saludo serio, colocando sus manos en mi cuello y apoyando las mías en su cintura.

-Lincoln.

Empezamos a bailar con rostros graves, mirándonos a los ojos y girando tranquilamente al son de la música.

-¿Te diviertes poniendo a mi hermanito celoso? – interrogo rompiendo la tirantez del momento.

Su cara de inocente no engañaría ni a un niño. Al final, sonríe entre mis brazos, sabiéndose más que culpable.

-¿Por eso has venido, para que no esté nervioso?

-En realidad, no… - Contesto con voz misteriosa captando toda su atención al instante.

Sus ojos inquisitivos me miran esperando una explicación.

-Yo también quiero ponerle celoso – susurro en su oído y ella echa hacia atrás la cabeza riéndose a carcajadas.

Dejo que se ría mientras la llevo.

-Además… como resistirme a bailar contigo después de haber visto tu maravilloso cuerpecito desnudo…

Sara primero me golpea en el pecho, pero luego cede y vuelve a reír.

- Te miro y te veo tal y como dios te trajo al mundo – afirmo separándome un poco de ella y echándole un buen vistazo de arriba a abajo.

-No babees que soy inmune a tus encantos – Ataca poniéndose colorada.

La acerco aun más y hundo mi cara en su suave pelo.

-¿De veras? – Sara se ríe.

- Lo siento, pero Michael y su cuerpo me tienen absolutamente embelesada – dice completamente segura.

-Diría que provocas el mismo efecto en él… o peor! - le concedo con gusto.

-¿Como el que provoca Lucía en ti?

-¿Eh?

-Si… gemías totalmente indefenso ante ella.

Doy una vuelta con ella en brazos, estrujándola a propósito. Ella en vez de quejarse, ríe.

-Apoya tu cara en mi hombro y cierra los ojos – susurro – Mike acaba de ponerse en pie.

Sara cierra los ojos y cómodamente se deja llevar por mí. Yo deslizo mis manos hasta donde la espalda deja de ser espalda. Noto las risitas ahogadas de Sara en mi cuello.

-Shhh… Mike se acerca. – digo disimulando en su oído.


Tiro el vaso vacío al suelo. Me he terminado mi copa y la de Linc viéndoles bailar. En qué estaría pensando cuando le pedí que la sacara… Si el muy cabrón no es capaz de controlar sus instintos!. Linc la tiene tan fuertemente agarrada que entre sus cuerpos no corre el aire. A saber qué le está diciendo al oído… Encima Sara no deja de reír. Estupendo, ahora ella le golpea juguetonamente en el pecho… Sin darme cuenta estoy de pie con los puños apretados intentando pensar cosas coherentes y olvidar mis paranoias. ¿Estoy alucinando o las manos de mi hermano se deslizan hacia el culo de Sara? Lo intento, pero me es imposible quedarme quieto mirándoles durante más tiempo. Voy hacia ellos. A un paso de la parejita me sonríen como si nada.

-¿Me dejas bailar con ella?

-No – responde tajante mi hermano sin dejar de bailar con ella.

-Linc… - protesto.

Sara sigue agarrada a él, mirándole a los ojos.

-Aun no ha terminado la canción – explica Linc zanjando el tema.

Dicho esto, se adentra en la pista con Sara. Me quedo ahí plantado, con las manos en las caderas, soportando a duras penas el jueguecito de Lincoln. No puedo evitar pensar, que incluso sin bailar, siempre acabo haciendo el ridículo en la pista.

Termina la canción.

-Ahora sí, toda tuya hermanito.

Prefiero no contestarle.

-Un gustazo bailar contigo, Sara.

-Igualmente.

Linc se agacha y le da un beso en la mejilla, desenreda las manos de su cintura y lanzándome la más complacida de sus sonrisas me deja a solas con ella.


Mientras me alejo de la pista, pienso en que aun no he visto a Lucía por la fiesta, alguien me tapa los ojos con las manos y deseo que sea ella. Al manosearlas sólo pueden ser las de la pequeña Marta.

-Estas manitas… a ver…

Suelto sus manos y paso a palpar sus muñecas, luego sus brazos y los codos hasta que agarro con fuerza sus antebrazos y levantándola en el aire la coloco frente a mí.

Lleva un precioso vestido blanco y el pelo recogido en una cola, excepto por un par de rizosos mechones que le caen sobre la cara.

-Me gusta tu vestido

-Ja, ja, no intentes arreglarlo – resopla

Su respuesta me hace reír. Ella señala detrás de mí.

Giro sobre mis pies y encuentro a Lucía, mirándome. Por un momento se detiene mi corazón y me quedo paralizado frente a ella. Ella sonríe y me observa penetrantemente. Me hallo sin palabras. Tras unos minutos, los cuales a ella no parece importarle que transcurran en silencio, empiezo a ponerme nervioso. Creo no ser capaz de ocultarle con éxito todo lo que cruza por mi mente al observarla.

-¿Bailas?

Es lo primero que se me viene a la cabeza… bueno, en realidad lo primero fue "¿Follamos?", luego quitarle la ropa y después besarla… Bailar fue lo primero mas "aceptable"… aunque no sé si debería haber optado por besarla…

-Si, pero bebamos algo antes¿te parece?

-¡Claro! – la cojo de la cintura estimulado.

Marta se queda atrás con unos amigos y Lucía me lleva a otra de las mesas de madera donde pide un par de copas. De pie, con un brazo apoyado en la barra y la otra mano en su cintura me viene a la mente cuando escondía su mano entre mis pantalones, tocándome… Cierro los ojos y doy un respingo.

-¿Qué? – me mira con los párpados muy cerrados, sospechado lo que estoy evocando.

Esta vez sí que la beso como respuesta. Lucía sonríe satisfecha y me entrega uno de los vasos.

-Sígueme – su astuto rostro no presagia nada bueno.

Deslizando mis ávidas esperanzas por todo su cuerpo, la sigo excitado mientras dejamos atrás la fiesta.


Sara me mira tímidamente, sin saber bien que hacer, porque la música ya está sonando y yo sigo quieto en la pista, como una tabla, mirándola sin ni siquiera haberla agarrado aún.

Se arrima y me acaricia suavemente el brazo.

Aferro ambos lados de su cara y la beso. Es un beso profundo y lento, nuestras lenguas resbalan cariñosamente una con la otra. Espasmos de placer llenan nuestras almas. Me apodero de ella y siento sus brazos rodeándome el cuello.

-No te soltaré nunca.

Se lo digo a sus labios, con el aliento húmedo, sin querer dejar de besarla.

-Lo sé…

Con Sara entre mis brazos me muevo por primera vez en una pista de baile sin sentirme estúpido. Claro que ni es una pista, sino que estamos sobre la hierba, ni estamos bailando, más bien girando, empujando y moviendo nuestros cuerpos al ritmo de la pasión que vuelve a circular por nuestras venas.

Sara apoya su cabeza en mi cuello y sus brazos me aferran más fuerte. Luego cierra los ojos. Recuesto mi mejilla en su cabeza y cierro también los míos. No recuerdo haber estado tan a gusto antes. Acaba la canción y comienza otra, y otra más… Parece que nadie se atreve a interrumpir nuestra unión. Es un momento perfecto.

-Así que Lincoln consiguió ponerte celoso¿eh?

Sus palabras hacen que tropiece y pierda el ritmo. Cuando vuelvo a recuperarlo no consigo ahuyentar la rigidez de mi cuerpo… Creo notar que ella sonríe al sentir mi nerviosismo.

-¿No te pondrías tu nerviosa si alguien me hiciera esto?

Sin piedad y con todo mi deseo bajo las manos hasta su culo. Sara clava sus ojos bien abiertos en los míos y su respiración se corta. Estrujo sus dos cachetes contra mi cadera.

-Mikh…

No termina la frase. Una de mis manos baja un poco más y se sitúa al comienzo de su pierna, justo por debajo de su nalga izquierda. Mis dedos aprecian el calor entre sus piernas y la rozo justo ahí, en la zona más caliente. Sara me abraza perdiendo las fuerzas.

Entre suspiros, tropezones, gemidos, palabras a medio decir, saliva y jadeos llegamos a algún lugar tranquilo del bosque y nos tumbamos sobre la hierba. Su cuerpo desnudo a la luz de la luna es algo que no podré olvidar nunca.


-¡Lucía¡Lucía!

Dos chicas vienen corriendo detrás de nosotros. Sin ganas, nos giramos hacia ellas.

-¿Qué ocurre?

-Lo de siempre, la vieja Elena que ha bebido demasiado. Tienes que hablar con ella, eres a la única que escucha.

-Está bien, ya voy.

Lucía me besa en los labios…

-¿Me esperarás? Serán sólo cinco minutos.

-Mmm…

Como me lo pienso, se acerca y muy hábilmente introduce su mano por debajo de mi camisa describiendo pequeños círculos bajo la cintura de mis tejanos.

-Ni se te ocurra desaparecer – susurra lamiéndome la oreja.

Se separa sin dejar de mirarme, para cerciorarse que estaré por aquí cuando vuelva. Sale corriendo tras las amigas. Atontado, miro alrededor y descubro a Marta montada en la espalda de un tío mayor que ella, yendo a esconderse tras la oscuridad de unos arbustos. Algo confundido, me acerco a ellos sin que me vean.

Cuando llego, están sentados en la hierba, besándose. Marta tiene las dos manos apoyadas en el prado y él en el cuello de ella. Observo como las desliza por los hombros, tocándole toscamente los pechos por encima de la tela sin detenerse, sigue por sus costillas, su cintura y sigue bajando, hasta que encuentra el final del vestido justo en las rodillas de Marta.

Noto una mezcla de odio y rabia estrangulando mi garganta.

El chico, empieza a meter las manos por debajo del vestido, y a subirlas deslizándolas por la suave piel de ella, dejando a la vista las dos finas piernas de Marta, mientras el vestido se va arrugando en su cintura, como un acordeón. En cuanto veo que las puntas de los dedos del chico tocan los bordes de las bragas de Marta, exploto y lo aparto de un manotazo. Él se cae hacia atrás, de culo.

-¡Largo! – Le grito cabreado antes de que abra la boca para protestar. El chaval sale corriendo.

Marta no se ha movido todavía y sigo viendo su vestido arrugado y sus bragas asomando. Está atónita.

-¿Se puede saber que coño estas haciendo? – gruño.

Ella continúa paralizada. Yo, sin poder soportar ni un minuto más su silencio, la agarro del brazo y la levanto, clavando mi mirada en la suya.

-¿Qué hacías?

Marta parece recuperarse del shock, me sonríe como si no hubiese pasado nada, como si mi interrupción no la hubiera hecho alucinar.

-¡Intentaba divertirme un poco! Pero tú me lo has estropeado. ¿Por qué?

-¿Qué por qué? Porque no deberías estar haciendo eso.

-¡Ah! Ya lo entiendo, está bien que tú, Sara, tu hermano o quien sea lo haga¿pero yo no puedo?. No digas gilipolleces. ¿Qué coño te pasa?

Del cabreo por haberle aguado la fiesta le tiemblan los brazos. No sé qué responder. Marta se va descalza de nuevo hacia el baile, cojeando porque no había traído consigo las muletas.

-¿Quién era ese? – Grito a sus espaldas para que me oiga.

-Habérselo preguntado antes de ladrarle en la cara.

Me acerco a ella corriendo. La detengo y me mira de arriba abajo con resentimiento. Se suelta y dándome la espalda se marcha sin decir nada.

No salgo de entre los árboles inmediatamente, sino que me quedo quieto un rato, pensando en el enfado de Marta y en el mío. Distingo a Lucía buscándome. Sin más, voy hacia ella con una tonta sonrisa en la cara, pero antes de que me vea, antes de gritar su nombre en alto, cambio de opinión y decido observarla un poco más, ahora que no sabe que la veo, quizá hasta juegue con ella…

Tras asegurarse de que no estoy, Lucía vuelve seria hacia la fiesta y se apoya en una mesa. Un hombre se le acerca y ella niega con la cabeza buscándome entre la multitud. Es tan dulce la expresión de duda que tiene en su rostro que necesito toda mi fuerza de voluntad para no acercarme a ella.

Al no verme, empieza a caminar hasta que da con Marta y le pregunta si me ha visto. Marta señala el bosque. Lucía se separa de ella acariciándole el pelo.

-¿Te apetece bailar?

Una chica de pelo moreno, liso y con unos enormes ojos grises espera mi respuesta.

Le respondo que sí con la cabeza y apoyando mi mano en su espalda nos mezclamos entre la gente.

-Me llamo Rita.

Por desgracia le respondo con mi nombre falso y empezamos a bailar. Es una canción lenta, así que con cierta prudencia la acerco a mi cuerpo. Enseguida se crea un ambiente relajado entre nosotros. Sin perder el ritmo, busco mientras bailo a Lucía y en uno de los giros que doy nuestras miradas se encuentran cruelmente en el aire fresco de la noche. No sé como, pero por muchas vueltas que de mientras danzo con Rita, mis ojos ya no se apartan de los de Lucía que me miran con feroz descaro. Al terminar la canción me despido de Rita y veo a Lucía acercarse. Quedo quieto en medio de la pista y mi corazón se acelera al ritmo de sus pasos. Casi a mi lado, me lanza una de sus pérfidas sonrisas que le devuelvo y descruzo los brazos para envolverla justo cuando ella gira noventa grados y se pone a bailar con el chico que estaba a mi derecha. Se pierde entre las parejas estrechada por esos brazos ajenos, dejándome con la boca abierta y malherido en mi orgullo.

Noto una mano posarse en mi hombro.

-Vaya corte te has llevado, hermanito.

Michael está gozando con la situación. Me río con él.

-Me pone a cien. – digo sincero y empieza a reírse a carcajadas.

Sara se acerca a nosotros y parece gustarle vernos de tan buen humor.

-Nos vamos a casa – me comunica Mike.

-Espero que esta noche uséis la cama adecuada.

Rodeo a Sara con el brazo como si la estrangulara y ambos ríen.

-Aunque a juzgar por las briznas de hierba que los dos tenéis en la cabeza, quizá no os queden fuerzas mas que para dormir. - Ahora soy yo el que se ríe de sus caritas.

Mike separa a Sara de mi lado y se la lleva con él. Los veo alejarse, mi hermano a paso lento y firme, ciñéndola por la cintura, mientras ella se quita la hierba de su melena dejándose guiar por él.

Vuelvo a buscar a Lucía y la diviso apoyada en un árbol sonriendo tontamente, como nunca sonríe. El chico con el que bailaba la acorrala apoyando uno de sus brazos en el tronco. Su intención es clara y no puedo evitar adquirir un semblante serio y mosquearme. Lucía me echa una mirada justo en ese instante y veo como apoya sus manos en el abdomen de él, dibujando una falsa mueca de interés.

Durante instantes infinitos para mí, ella no vuelve la cabeza y el chico ya toca el cuerpo de ella con el suyo. Me está matando lentamente y lo sabe.

Pienso algo rápido y sigo observándola. Un chaval de no más de ocho años se acerca al árbol en el que están y se pone a hacer pis justo al lado de ellos. Sonrío complacido. La pareja de Lucía le dice algo que no escucho al niño y se apartan del árbol, volviendo de nuevo a la fiesta. Lucía que no está en absoluto contrariada con el niño, enseguida se pone a bailar con otro y el que estaba con ella, se dirige a una mesa a tomar algo, fastidiado.

El niño se me acerca corriendo, mostrándome su blanca sonrisa de oreja a oreja. Le guiño un ojo y le paso un poco de dinero al chocarle la mano.

Satisfecho, me siento en una de las mesas de madera a comer algo y tres chicas se acercan a hablar conmigo animadamente. Lleno de júbilo al ver a Lucía vigilándome tras las cabezas de las tres mujeres, sigo con agrado la conversación cuidándome de que no me descubra espiándola. Ellas ya están sentadas a mi lado, estrujándome entre sus dulces cuerpos. Reconozco en Lucía la cara de abatimiento que antes ponía yo. Empieza a dar vueltas por la pista, supongo que buscando a alguien con quien bailar y dejo de prestarle atención durante un rato, centrándome en las tres chicas que tengo al lado.

Un hombre se aproxima y saca a una de ellas a bailar. No pasa ni un minuto y otro saca a la pista a otra, me parece verle sonreír mirando al fondo de la pista donde descubro a Lucía. Entonces caigo en que son sus amigos, con los que comía el otro día y veo al tercero a tan solo un paso de la mesa llevándose a la tercera de las chicas. Sentado en el banco al revés, con la espalda apoyada en la mesa le lanzo una sonrisa cautivadora, pero no consigo que venga hasta mí. Lucía me sonríe divertida, seguramente intentando que sea yo el que de el primer paso acercándome a ella.

Me desabrocho un botón más de la camisa y la miro indecorosamente.

Ella estalla de la risa en el otro extremo de la noche. Decide moverse y camina acortando la distancia que nos separa. A la mitad del camino se desvía y anda hacia un grupo de árboles apartado, se apoya en uno de ellos y con su mano empieza a jugar con uno de sus mechones insinuándose.

Me levanto y llego hasta ella. Nuestras abiertas sonrisas se vuelven gravemente serias en cuanto nuestros cuerpos se sienten. Sin decir nada nos besamos, nos chupamos, nos mordemos, nos tocamos… Sin saber donde estamos, caemos al suelo y todo parece dar vueltas vertiginosamente a nuestro alrededor mientras nos desnudamos. Soy yo el primero en quedarse sin ropa, a decir verdad, solo ha tenido que quitarme la camisa y los pantalones. Ella aún viste el sujetador y aunque no he podido resistir quitarle las bragas, para poder tocarla mejor, también lleva la falda puesta. Nuestros cuerpos parecen aliviarse mutuamente con cada roce. Mi lengua recorre su piel de sabor dulce.

-Lucía, lucía… - oigo esas palabras llorosas a escasos metros pero decido no hacer ni caso.

Lucía mira y detiene un poco todos los cariños que me está dando.

-No encuentro las muletas, creo que alguien me las ha robado… les he dicho que me las devuelvan pero lo niegan todo…- lloriquea la juvenil voz rota de Marta.

Aun no me he girado y mientras sigo comiéndome el delicado cuello de Lucía no acabo de imaginarme a Marta llorando por esas chorradas.

-Me duele mucho el pie… no puedo caminar mas… - Sigue con los lloros.

-Pues pídele a tu amiguito que te ayude – Bufo disgustado por su intromisión.

Como respuesta solo obtengo silencio y sollozos, mas un codazo de Lucía en las costillas indicándome ásperamente que me calle.

Las manos de ella se alejan de mi piel y va saliendo de nuestro caluroso vínculo. Respiro contrariado mientras ella se va vistiendo y consolando a su hermana. Desnudo, me quedo tirado boca abajo en la hierba, incompleto. Aún con la sensación dentro de mí, me visto y me levanto del suelo.

Lucía tiene entre sus brazos a Marta que le explica donde fue el último lugar en el que vio sus muletas y quien cree que las tiene.

-Está bien, tranquila, ya verás como las encuentro. No te preocupes más. – le dice mimándola mientras la abraza contra sí.

Incómodo, decido irme a casa.

-Hasta mañana – me despido desanimado.

-¿Te importaría llevarla hasta casa? Le duele el pie. – Me pide Lucía.

Miro a Lucía y a Marta. Aunque quisiera dar la vuelta solo, la cojo en brazos y me la llevo. Su hermana se despide de mí con un beso en los labios antes de ponerse a buscar las dichosas muletas.

Obviamente Marta no parece tentada a dirigirme la palabra. Caminamos casi todo el camino en silencio.

-¿No podías haber esperado un poco mas para ponerte a llorar? – pregunto harto de interrupciones.

Marta traga intranquila y aparta su mirada sin responder.

A escasos metros de su casa escucho a alguien que viene corriendo detrás de nosotros. Es una chica de pelo corto, una de las amigas del grupo de Marta. Trae las muletas. Me detengo.

- ¡Hey Marta¡Que te ibas sin las muletas!

La cara de Marta y los gestos que lanza a su amiga creyendo que no la veo dejan claro que sabía perfectamente donde estaban sus muletas.

-¿De donde las has sacado? – pregunto colocándome de tal forma que no pueda ver la cara de la pequeña Marta.

-De mi coche, las habíamos dejado allí para no tener que cargar con ellas en la fiesta, pero se le olvidó recogerlas antes de irse.

-¿Has oído? - digo a Marta lanzándole una mirada asesina.

Le doy las gracias a la otra niña y sujeto las dos muletas con una mano. Marta temiéndose lo peor salta veloz de entre mis brazos y sale corriendo en dirección a su casa pero la sujeto antes de que llegue a la puerta.

Se revuelve de forma enérgica sin poder soltarse y cuando para la acuso duramente con la mirada.

-¡Tú me interrumpiste antes! – se queja.

- Si serás… Lo hice porque me preocupaba por ti, pero tranquila que no me preocuparé más.

Dejo las muletas en el suelo junto a ella que me mira inquieta siguiendo cada uno de mis movimientos con sus insolentes ojos. Le señalo la puerta de su casa para que se largue. Se agacha a recoger las muletas pero no se mueve. Levantando la cabeza en un movimiento rápido le indico que entre ya en su casa. No me hace caso y temerosa me muestra el descontento en su rostro. La dejo ahí con sus remordimientos y me voy sin saber si ir en busca de Lucía o irme a dormir.

-¿Alex?

Oigo como se atraganta al decirlo y sigo caminando mitad por no sentirme identificado con el nombre y la otra mitad por seguir estando tenso con ella.

-Pre… preocúpate por mí… - me detengo y verla bajar la vista, encogida, hace que no pueda seguir enfadado con ella.

La cojo en mis brazos y la envuelvo fuerte con ellos hasta que se tranquiliza. Le doy un beso en la frente y la sonrío con afecto.

-¡Las habéis encontrado¿Dónde estaban? – dice Lucía acercándose.

-Que te lo explique ella, yo me voy a la cama, estoy exhausto.


Cuando casi estoy a punto de dormirme pican en la puerta.

-Está abierto – respondo adormilado.

La puerta se abre y gracias al halo de luz que se filtra por ella distingo la figura de Lucía colándose en la habitación y luego bajo mis sábanas.


Continuará...