Disclaimer: Sigo sin ser dueña de ningún Santo, por más que quiera. -sigh-

Guía para despertar tu Cosmo

Al siguiente día desperté relajada y llena de energía. Lo que haya hecho Mu con su Cosmo para dormirme indudablemente fue efectivo, por lo que pensé en agradecerle.

Aseé mi cuerpo, me vestí y arreglé en poco tiempo, saliendo a la nave lateral del Primer Templo en un tiempo récord de diez minutos. Sonreí para mí misma, nadie podía derrotar a un Capricornio en puntualidad. Recordé brevemente las riñas que Shura me echaba por llegarle siempre uno o dos minutos tarde de la hora convenida en Los Pirineos, pero vamos, que sin reloj y sin saber la hora por la posición del sol era algo difícil.

Entré en la Sala Central, encontrando a Mu inclinado frente a una armadura como siempre, mientras que junto a él... Saga.

— Buenos días, Mu —dije claramente, sin rastro de frialdad en mi voz. Éste alzó los ojos y me dedicó una sonrisa breve, tan especial en sus rasgos Lemurianos. Podía sentir los ojos de Saga sobre mí, por lo que incliné la cabeza un poco y completé—. Saga de Géminis.

No me tomé la molestia de ver si él respondía con un nod. Y mejor, pues Mu se incorporó y dispersó un puñado de polvo de estrellas sobre los igauntlets/i de la armadura, restaurándose completamente.

— Deberían de estar bien ahora. Avísame si algo más no armoniza con tu Cosmo para mirarlo —dijo, mirando a Saga. Éste asintió y envió a la Vishnú a su caja. Definitivamente, era una armadura bellísima, así la vistiera such a jackass.

Luego, Mu se dirigió a mí con una sonrisa más amplia que la anterior.

— ¿Lista para ir a entrenar? —preguntó con algo de malicia en la voz que no pasé desapercibido. He was teasing me!

— Por supuesto —respondí con una sonrisita escondida bajo la máscara—. I'm looking forward to it, actually... (1)

No supe si él entendió la frase en inglés, pero su mirada me lo dijo todo. Con una última inclinación de cabeza hacia Saga, salimos del Templo por su entrada frontal, dirigiéndonos al bosque.

Por el camino no pude aguantar una risita, atrayendo la atención del Santo Dorado que caminaba a mi lado. Mu inclinó la cabeza a un lado, preguntándome mudamente qué era tan gracioso. Sacudí la cabeza y moví una mano, como restándole importancia al asunto. Lo cierto es que sentía como un fresco interno por dejar a Saga con un palmo de narices, pero no se lo iba a decir al Ariano pero ni loca.

Llegamos al bosque y prontamente me vi envuelta de los suaves y dulces aromas de los árboles y el verdor del Bosque de Athena, haciéndome respirar profundamente. Mu se detuvo en un pequeño claro y se volvió a mirarme.

— Tienes afinidad con los árboles,. ¿no es así? —preguntó, a lo que yo asentí—. Muy bien, quiero que cierres los ojos e imagines que estás en la selva. Quiero que me digas lo que ocurre a tu alrededor mientras te autosugestionas a un trance hipnótico como el de anoche,. ¿entendido?

Asentí y me senté con la espalda apoyada en un árbol, mientras Mu me observaba desde el otro lado del claro. Cerré los ojos y me dejé llevar por el rumor del viento entre las hojas, llevándome a mi querida selva en poco tiempo. Observé a los médicos y antropólogos con los indígenas, los exploradores en los alrededores de las Cuevas del Canaima...

— Dime lo que ves, Zelha —murmuró una voz gentil en mi cabeza.

— Veo a las personas cumplir con sus funciones, los médicos salvan vidas y llevan la salud a donde es necesitada; los expertos dialogan con los indígenas, intercambiando conocimientos... los exploradores están husmeando en un sitio donde no deberían estar y por eso serán castigados...

La selva estaba extraña, podía sentirlo. Era distinto a mi sueño, pues en él se respiraba la desesperación de un enemigo desconocido... mientras que esto, era más...

— Es la temporada de los jaguares... los animales lo saben, y se apartan de su camino... las guacamayas celebran las lluvias con su escándalo habitual, mientras que las serpientes se ocultan, esperando el próximo momento de atacar...

Abrí los ojos cuando sentí un repentino dolor en la cabeza, como un flash. Me llevé la mano a las sienes y me froté, tratando de alejar ese repentino pero fortísimo dolor. Mu se acercó, interrogante.

— Algo me dio en la cabeza —expliqué, mientras tanteaba con los dedos por alguna herida—. ¡Dioses, qué dolor!

— Vamos, vamos... no debió haber sido mucho el dolor porque apenas y pude apreciar tu Cosmo intentando salir —dijo él con una de sus suaves sonrisas. Me detuve y lo miré sorprendida, alzando ambas cejas bajo la máscara.

— ¿Era mi Cosmo?

Mu asintió sin dejar de sonreír. Yo me quedé de piedra. Care to elaborate?

— Quería que trabajaras poco a poco en tu Cosmo, para que lo despertaras gradualmente —explicó—, pero obviamente tu energía no quiere ser tratada a la ligera, por lo que tendremos que hacerlo a la manera fuerte... no me agrada mucho, pero es lo único que puede hacerse...

— Espera, espera... —dije levantándome, temiendo lo peor—. ¿Qué quieres decir con eso?

— Vamos a tener que salir del Santuario para despertar tu Cosmo, aquí no hay un oponente lo suficientemente cuidadoso como para evitar que te haga daño o que tú lo mates cuando el Cosmo estalle... ven, iremos a un sitio que te gustará.

Obedecí, mientras me conducía al Primer Templo nuevamente. Era media mañana apenas y me sorprendía que hubiera diagnosticado mi problema de Cosmo apagado con tanta facilidad... pero bueno, es un Santo Dorado y su Maestro es el Patriarca, cómo no saber de estas cosas.

Encontramos a Kiki haciendo unos ejercicios de estiramiento, pero los abandonó apenas nos vio. Mu se cruzó de brazos y negó con la cabeza, prefiriendo no regañarlo por su obvia falta de seriedad en el entrenamiento.

— Kiki, espera aquí con Zelha, iré a ver al Maestro para pedir su permiso para viajar a Jamir.

Kiki asintió y Mu se fue en un celaje, en dirección a la salida hacia Tauro. Apenas se fue, Kiki comenzó a palmotear como un niño con juguete nuevo.

— ¡Vamos a Jamir! —decía, mientras levitaba graciosamente—. ¡Vamos a Jamir!

— Oye, muchacho, ven acá —reí mientras intentaba alcanzarlo, pero él no se dejaba—. Cuéntame de ese sitio, Jamir. ¿Cómo es?. ¿Es peligroso?

— Si eres enemigo del Maestro Mu, es peligroso, pero hace años que nadie pasa por allí —me contó el chico mientras se mantenía fuera de mi alcance. Observé que no le estaba poniendo atención a su espalda, por lo que le di un rodeo mientras hablaba sobre algo llamado "La Tumba del Caballero" y salté sobre él, con tan mala suerte que aterricé de cara al piso, sin haberlo alcanzado.

Kiki se dio la vuelta en el aire muerto de la risa al verme en el suelo, mientras yo me sentaba y lo miraba de reojo.

— ¡Muy chistoso, duende pelirrojo, ahora verás! —exclamé mientras saltaba de pilar en pilar lateralmente hasta acercarme, pero qué va, ese niño era demasiado hábil con la teleportación para poderle coger.

Un mal movimiento de mis piernas me hizo trastabillar en el aire, y hubiera parado de nuevo de cara al suelo si alguien no me hubiera atrapado en brazos. Miré sorprendida a Mu, quien me devolvió la mirada con una sonrisa traviesa.

Oh, oh... mal negocio... poof!

Caí de trasero al piso al Mu teletransportarse igualmente. Eso duele, maldición, pensé sobándome el área ofendida. Kiki se doblaba de la risa, y los suaves chuckles de Mu no ayudaban mucho tampoco. Ya me vengaría, pero mientras no tuviera Cosmo no tenía mucha la maldita opción.

— Muy graciosos, ambos dos —gruñí mientras me levantaba. Mu cerró los ojos en una perfecta sonrisa inocente y Kiki saltó hacia mí, rodeándome con sus bracitos.

— Oh, vamos, no te molestes con nosotros —dijo mientras me apretaba la caja torácica—. ¡Era sólo una broma!

Revolví los cabellos del chico. No podía molestarme con él, aún más sabiendo lo feliz que era haciendo todas esas travesuras.

— Kiki —llamó el Santo de Aries—. Iré con Zelha a Jamir. Quiero que te quedes acá cuidando del Templo y estés siempre pendiente de todo lo que necesite el Gran Maestro... ¿entendido?

El pobre muchacho no pudo ocultar su decepción, pues quería ir con nosotros a ese sitio. Mu advirtió el cambio de rostro de Kiki y le dedicó una pequeña sonrisa.

— No te preocupes, volveremos muy pronto, sólo estaremos allá por dos o tres días —dijo, mientras le palmeaba suavemente la cabeza—. Quiero que te portes bien mientras no estamos,. ¿está bien?

Kiki asintió, se veía a todas luces que no le hacía nada de gracia quedarse solo en el Templo de Aries, pero no podía hacer nada para aliviarle. Revolví sus cabellos de nuevo en un mudo intento de animarle, pero fue inútil.

— Debemos irnos, Zelha —dijo Mu, mientras se ajustaba la sobre-túnica marrón que tenía puesta. Yo asentí y le pellizqué levemente la mejilla a Kiki, quien por fin logró salir de su mutismo y me dedicó una de sus enormes sonrisas, mientras nos acompañaba al Paso de los CdC.

— ¿Quieres que te traiga algo, kiddo? —le pregunté, haciéndolo sonreír ligeramente. Él negó con la cabeza—. ¿Cómo, no quieres nada?

— Lo que quiero es un dulce de frutas, y eso no lo conseguirás allá —respondió el pelirrojo, haciéndome reír levemente—. Mucha suerte, y recuerda llevarte algo abrigado... ¡Jamir es un sitio muy frío!

No pude responderle, porque Mu me tomó por un brazo y convocó su dorado Cosmo inmediatamente, tele-portándonos fuera del Santuario en un parpadeo.

Abrí un ojo y luego el otro, encontrándome frente a un abismal precipicio lleno de rocas y neblina. Una ráfaga de viento me caló hasta los huesos, recordándome... I'm not in Greece anymore... (2)

Mu me sonrió mientras dejaba que su melena lila volara al frío viento.

— Muy bien, Zelha, te presento la Tumba del Caballero —el nombre sonó una campana en mi cabeza, Kiki me había hablado de él pero por querer atraparle no le presté mucha atención—. Tu tarea será cruzar ese puente —señaló el minúsculo y raquítico puente que cruzaba el abismo—, hasta llegar a la Torre de Jamir, que está del otro lado. Ten presente que tus oponentes están muertos, son personas que intentaron llegar a la Torre sin mi permiso...

— Espera,. ¡un momento! —pero él no me hizo caso, desapareció en menos de lo que parpadea una cascabel—. Damn it!

Observé el puente, tiritando. Para una persona acostumbrada a los calores de Atenas, el frío de esas montañas puede resultar a ser más que molesto. Maldije en voz alta al notar que el puente tenía toda la intención de derrumbarse en el preciso instante que a mí se me ocurriera poner los pies en él.

¿Qué hacer, qué hacer?

Tenía que pasar al otro lado. Si pasaba corriendo, caería en una trampa segura. Si pasaba con cuidado, ese bendito puente de desharía, enviándome a lo más profundo del precipicio.

Bueno, como dicen las doctoras del campamento, al mal paso darle prisa, pensé dando un paso hacia el puente. Unos sonidos metálicos me hicieron mirar hacia atrás, sorprendida. Unos esqueletos, ataviados con petos y protectores, aparecieron frente a mis ojos. ¿Estos eran mis oponentes?

Crap. Tengo que abrirme paso entre una horda de zombies. Way to go, little Goat!

Meh… al mal paso darle prisa. Corrí hacia el puente, siendo perseguida instantáneamente por los esqueletos. Uno de ellos se lanzó contra mí, con tan mala suerte de que lo esquivé a tiempo, cayendo por el desfiladero con un chillido.

Esto me hizo detenerme en seco. Si corría a través del puente antes de despachar a éstos bichos, el puente colapsaría en un santiamén, cosa que me dejaría en una situación incómoda. Crap, again.

No me quedaba más que destrozar unos cuantos huesos... pensé, mientras me daba la vuelta al viento y a la caterva de esqueletos. Algunos de éstos lucían cascos y espadas, lo que les daba un aspecto descarnado que rayaba en lo ridículo.

Me coloqué en posición de ataque resguardado, posición que me enseñó Shura en los Pirineos, que consistía en las piernas separadas, centro de gravedad en balance con la columna vertebral y los puños en alto, con los sentidos alertas.

— Vamos, muñecos —murmuré, haciéndoles un gesto provocador—. ¡No tengo todo el día, así que vamos a bailar!

Tres de los esqueletos alzaron las espadas y se lanzaron contra mí, haciendo que yo saltara en una figura encogida y descargara mis pies en sendas patadas a los lados, mientras el otro era detenido por mis puños cubiertos. El resto del grupo avanzó, dándome una idea de lo que era su estrategia. ¡Cansarme para luego atravesarme con esas espadas llenas de herrumbre!

Double crap.

Trabajé lo más que pude en mi posición resguardada, pero pronto se vio evidente que no podría aguantar por mucho tiempo. Había entrenado en el Santuario, sí, pero eso no me daba la resistencia para mantener una pelea larga, y mucho menos contra tantos oponentes.

¡Vamos, Cosmo, es momento en que hagas acto de presencia!

Pero nada, mi Cosmo aún seguía apagado. Los esqueletos me lanzaban sablazos y mandobles a ciegas, dándome sólo la oportunidad de esquivarlos una y otra vez, mientras pillaba a uno desprevenido y lo lanzaba por el barranco. Pero se estaban reproduciendo, así que no podría aguantar con esa estrategia por mucho tiempo.

¡Si tan sólo pudiera atacarles con el Llamado de la Selva!

Un momento,. ¡claro que puedo!. ¡Sólo tengo que esforzarme más!. ¡Vamos, Cosmo!

Sentí el ya familiar dolor de cabeza, taladrándome las sienes. Pero no me detuve, tenía que hacer estallar mi Cosmo en cuanto fuera posible, por lo que seguí apretando los puños y concentrándome con fuerza.

— ¡Vamos, vamos, Cosmo! —grité cuando escuché el rumor de los árboles y la fuerza de la energía, rodeándome y engullendo parte del sitio—. ¡Llamado de la Selva!

Mis puños volaron, destrozando huesos, metal, roca. Los esqueletos cayeron en desorden a mi alrededor, pulverizados casi en su totalidad. Corrí hacia el puente, mis piernas brillaban con color plateado fundido con filamentos dorados, cruzándolo en un santiamén. Llegué al otro lado y me volví, dándome cuenta que tenía razón. Sólo mis pies fueron suficientes para hacerlo colapsar con estrépito, hundiendo sus restos en el olvido.

Mi Cosmo brillaba, lleno de poder, lleno de fuerza, lleno de rumores salvajes, los rumores de la selva cuando se levantaba.

Me tomé la cabeza con las manos. El dolor era más allá de lo soportable, haciéndome caer de rodillas. Pude sentir una mano cálida en mi espalda, tranquilizándome, llevándome al olvido.

- X -

Mu hizo cesar su dorado Cosmo en momentos. El Cosmo de la chica había sido restaurado por su propia fuerza, lo que lo hizo sonreír complacido. La ilusión de la Tumba del Caballero fue suficiente para hacerla reaccionar, pero por la fuerza del ataque de Llamado de la Selva estuvo a punto de descubrirse como el que movía los esqueletos a voluntad.

También sabía por experiencia, tanto ajena como propia, que el dolor presentado por la explosión repentina del Cosmo era uno casi insoportable, por lo que asistió a la inconsciente chica con su propia energía, despertándola y haciendo que el dolor remitiera.

Ella sonrió, no lo podía ver pero lo sintió.

— Gracias... Mu... —murmuró, reclinando la cabeza en su propio pecho. Mu la levantó en brazos y se dirigió a la Torre, con una leve sonrisa. Había recordado la primera vez que un Santo de Bronce llegó a Jamir, importunándole con una petición de amistad y hermandad.

— Shiryu... —susurró, recordando el sacrificio del Santo del Dragón—. Nunca sabrás lo cerca que estuviste de la muerte, todo por pagar el favor...

— ¿Qué favor? —ella estaba despierta. Más razón para admirar su fuerza, pues debería estar inconsciente después de semejante estallido de Cosmo. Mu la colocó en el suelo, donde ella trastabilló un poco antes de ganar el equilibrio necesario para caminar.

— Recordé de pronto la vez en que Shiryu vino a pedir que le reparara la Armadura de Pegaso y la suya propia —contó a la castaña, mientras ella se estremecía. Mu se quitó la sobre-túnica marrón y se la ofreció, colocándosela sobre los hombros, para luego contarle con más detalle sobre ese episodio que lo impactó profundamente. Ella escuchó atentamente, sin decir nada. Cuando terminó, habían llegado a la Torre y ella no se había dado cuenta. Señaló a su espalda, haciéndola volverse.

- X -

Dioses... qué belleza...

La Torre estaba enclavada en lo alto de un risco, teniendo de fondo una cadena de montañas altísimas. Ahora sí sabía dónde estaba, por lo menos de teoría. El Gran Himalaya. Estaba en el Tíbet, según lo que me había dicho Mu con esa historia del sacrificio del Santo del Dragón. Yo lo había visto varias veces en el Santuario, casi siempre acompañado por el joven Maestro Dohko, hablando animadamente. Shura me había contado que ese mismo chico fue el que lo mandó a volar como satélite descerrajado por el espacio, haciendo que Shura despertara un poco a la humildad y a su error, cometido hacía tanto tiempo.

¿Qué poder era el de la amistad, pensé, sentándome en una roca admirando el paisaje. La amistad era el poder supremo, aún más que el del Cosmo, hace despertar de comas, hace que chicos y chicas que deberían gozar de su niñez se presenten como Defensores de la Tierra, de peligros insondables y de creencias antiguas.

— ¿Qué te ocurre? Siento tu aura algo perturbada —dijo Mu, ofreciéndome una taza de té caliente—. La acepté agradecida y me volví a su espalda, quitándome la fría máscara y tomando un sorbo—. ¿Estás bien?

— Sí, estoy bien —le respondí, saboreando la infusión de hierbas—. Es sólo que me sorprende un poco lo que una persona es capaz de hacer por amistad... estuve analizando las acciones del Santo del Dragón, lo que me has contado... más lo que hizo con Shura, lo que hizo con DeathMask... no era sólo por salvar a Athena,. ¿no es así?

Mu guardó silencio, ponderando lo que le había dicho. No podía volverme a verlo, pues no tenía la máscara puesta. Finalmente, escuché su voz, algo alejada de mi posición.

— Creo que era más que salvar a una joven Diosa, me parece —dijo con voz pensativa—. Shiryu es un hombre tremendamente valiente, puedo dar fe de ello, además de ser uno de los pocos Santos a los que no le importaría nada dar su vida por el ideal perseguido, pues no sólo fue las peleas de las Doce Casas lo que lo consagró como el Santo más sabio, el Santo del sacrificio... también lo ocurrido en Asgard, en la Atlántida...

— ¿Por qué los Santos Dorados no pudieron asistirles en esas pruebas, en esas Guerras Sagradas? —pregunté a mi vez, terminando mi té y colocándome de nuevo la máscara. Siseé un poco de disgusto al sentir el frío metal contra la piel de mi cara y finalmente me volví a ver al Maestro Lemuriano—. Era más que una prueba para ellos,. ¿no es así?

Él se volvió a verme, pude leer la sorpresa en sus adorables ojos violeta. Asintió lentamente, volviéndose a contemplar el montañoso paisaje.

— Mi Maestro, Shion, me contó una vez antes de que Saga lo reemplazara, que la peor de las Guerras Sagradas fue la de Hades. Fue la más sangrienta, la más implacable, la que hizo que muchos de los Santos que pelearon en ella se preguntaran si valía la pena, si sus vidas valían tanto o más que lo que peligraba en ese momento... ¿qué crees que respondió mi Maestro, Zelha?

— Nuestra vida vale mucho, pero más vale la vida del mundo —respondí, calentándome las manos con la taza vacía—. No es el hecho de pelear y arriesgar nuestras vidas, sino el deber de Santos, de protectores de este bello mundo lo que nos hace fuertes... ¿qué sería de este precioso lugar si la guerra hubiera llegado aquí?

— Pero la guerra tocó estos parajes, Zelha —respondió él, arrebujándose en otra sobre-túnica—. Gengis Khan estuvo por estas tierras, asolando todo a su paso.

— Pero fíjate el infinito poder que tiene la Naturaleza, Mu —repuse, extendiendo el brazo y señalando un punto donde la vegetación había invadido un lado entero de la montaña—. La Madre Naturaleza es sabia, sabe curar los lugares en los cuales la guerra la hirió... pero eso es al paso de muchos años en que se puede ver una diferencia, por eso es que la Naturaleza no puede defenderse sola del abuso de los hombres...

Me estremecí y me encogí entre las telas de la sobre-túnica, escondiendo parte de la máscara tras mis manos cubiertas. Aspiré el aroma que emanaba de la sobre-túnica, el aroma masculino de una piel limpia, con toques de bosque silvestre, de tormenta montañosa... el aroma de Mu de Aries.

Dioses... mi mente me está jugando malas pasadas. Mu sonrió y me indicó que le siguiera, sin responder a mi discurso de la Naturaleza.

A una muda invitación, entramos en la Torre, haciéndome subir unos cuantos tramos larguísimos de escaleras. Me encontré en lo más alto de la Torre, observando un paraje... completamente breathtaking.

— ¿Crees que la Naturaleza haya sido capaz de crear tanta belleza? —murmuró Mu a mis espaldas. El paisaje era tan sorprendente, que olvidé por completo el frío y el hecho de que mi cara se estaba entumeciendo por estar en contacto con una placa de metal a punto de congelación—. ¿Quién creó este mundo, los Dioses o la Naturaleza?

— La Naturaleza se doblega a los deseos de los Dioses, Mu —respondí, ahora consciente de que él quería pillarme en algo—. Ella es sabia, pero los Dioses lo son aún más. La Naturaleza se rinde ante la sabiduría de Athena, el poderío de Zeus y los rayos del carro de Apolo. Venera la bondad de la luna de Artemisa, e inclina la cara ante los poderes de Démeter. Todos tienen algo que ver con la creación de este mundo, pues todos hicieron lo suyo para formarlo.

Me froté los brazos, infundiéndoles algo de calor, para descubrir que Mu había encendido su Cosmo, envolviéndonos a ambos. La sensación de calidez era abrumadora, completamente pacífica en comparación con otros Cosmos que había sentido. El de Shura era totalmente indómito, intenso y salvaje, sin llegar a ser harsh. El de Saga era cálido y poderoso, pero no era amable. El de Aldebarán estaba lleno de fuerza, pero carecía de esa sutileza tan misteriosa.

Pero el Cosmo de Mu era cálido, amable, sutil... y a la vez, se podía adivinar su increíble fuerza y poder.

¿Qué podía uno dilucidar del Cosmo de alguien, me pregunté, mientras sentía esa energía rodearme y alejar el frío que atenazaba mi cuerpo. Me volví a mirarlo y me dedicó una de sus sonrisas beatíficas, tan llenas de misterio que me confundían por completo.

Tuve de repente el impulso de snuggle contra su pecho, pero me lo impedí. Respeto, Zelha, debes respetar a tus superiores, por más hermoso o sexy que te parezca.

Un momento...

¿Mu me parecía sexy?

Crap, I'm damned.

Ahora sí estoy jodida. No conforme con despertar una pasión en el idiota de Saga, ahora vengo a caer hechizada bajo esos adorables ojos violetas...

Murmuré una excusa y bajé a toda prisa, escondiéndome en una de las habitaciones que Mu me había enseñado. Tenía que pensar bien lo que hacía, maldición, esto no era un juego... por más que me gustara un Santo Dorado (insertar aquí carcajada al pronunciar la palabra "un", jaja), tenía que estar consciente de que yo sólo era una Aprendiza... y que los favores sexuales no iban con una Amazona, por más buena que estuviera. Esos hombres aprendían a golpe limpio, o a técnicas de Cosmo. Por lo menos, la gran mayoría.

OK, ahora sí estoy jodida... ¿pensamientos feministas a estas alturas del partido?

Me recosté del catre con cuidado, mientras me cubría con todas las cobijas que me encontré en la habitación. ¿Qué demonios estaba pensando?

Cioè... llegué al Santuario con la promesa de convertirme en una Amazona. Ya fuera plateada o dorada, eso no importaba mucho, pero conforme fue pasando el tiempo descubrí que el tener por Maestro a un Santo Dorado tenía sus ventajas y sus múltiples responsabilidades. Athena lo sabía perfectamente, por ello impulsó a sus Santos que entrenaran muchachas. No sólo por cerrar un poco la brecha sexista, sino por demostrarles que no por ser mujer o Diosa tenía poder.

Pedrada para los que lucharon tanto por protegerla, me parece... y me parece bien. Ahí fui de nuevo con pensamientos feministas, pero en un ambiente tan competitivo como el Santuario, donde la hormona que se respira es la testosterona, la violencia está a la orden del día... dioses,. ¡cómo agradezco haber sido entrenada por Shura!

Shura era bastante centrado en lo que concernía a los asuntos de mujeres, como mis cambios de humor mensuales y mis incomodidades... no decía nada cuando le respondía a sus clases con un gruñido o con un movimiento de cabeza. Tal vez era porque éramos muy parecidos en personalidad, cada quien con su intimidad sagrada, por más amistosos que nos mostráramos el uno con el otro.

Por eso, es que agradecí internamente que Chloe cayera con él. Seguramente ella sabría hacerlo salir de esa coraza que se sometió... y si lo relaja de otra manera, pues ganaría una apuestita que hice con Aleisha. Shura, uptight?. ¡Jajajaja!

Mis pensamientos me llevaron a ese beso compartido entre el oleaje del Mar Mediterráneo. ¿Cómo fue que me pude atrever a semejante cosa? Quitarme el sari que llevo en la cintura para usarlo como venda... ¿para luego besar a Saga como si fuera un cunaguaro en celo?

Pero lo cierto es que lo disfruté muchísimo. Era la primera vez que besaba a alguien...

Y maldije mil veces mi cabeza, pensando que ese beso robado podría llevar a algo más.

Despierta, muchacha... eres una Aprendiza de Santa, tu vida estará dedicada a defender a la Diosa Athena de los peligros y los enemigos. No es que me moleste mi Destino, pues es un Destino que escogí yo misma en pleno uso de mis facultades...

Y ahora, este cosquilleo que siento cuando Mu me lanza esas miradas tan extrañamente... desconcertantes y perturbadoras.

Me quité la máscara con un suspiro y me asomé al ventanuco. Las montañas del Himalaya se burlaban de mí, con susurros helados y ráfagas de viento que mordían la piel.

El corazón está prohibido, Zelha... recuérdalo. No seas tonta...

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1): I'm looking forward to it, actually...: Lo estoy deseando, de hecho…
(2): I'm not in Greece anymore... : No estoy en Grecia ya… (Una pedrada para Dorothy y su Mago de Oz… jeje).

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¡Elena! Amiga Shadir, fuiste la única que comentó el capítulo pasado así que este parrafito es entero para ti ;-D
Ciertamente, los Capricornianos somos orgullosos... mucho, por eso es que requiere de unas palabras bien dichas o un tono bastante firme para hacernos entender las cosas, jajaja...
¡Pronto el próximo capítulo!. ;-D