Chapter 5

El Rostro de los Sith

POV Normal

Anakin ahora Darth Vader se apoyó cansinamente en la silla del piloto, mirando el indicador rojo luminoso que se encendió en la consola delante de él. Las luces de emergencia rojo oscuro brillaron suavemente a través de la cabina del piloto de su nave. Vader extendió la mano y activó el transmisor de la nave, mientras se apoyaba de nuevo en su asiento cuando el miró como la computadora aceptaba la llamada entrante. El prefirió su nave oscura, le recordó quien era, y en que lado de la Fuerza el y su nuevo Maestro estaban y sirvieron.

Pensando seriamente y hasta desilusionado que más temprano cuando él había dejado el Templo Jedi diezmado y había empezado su viaje a Mustafar para completar la orden de su Maestro. El Jedi que había permanecido en el Templo solo había sido una molestia para él pero cuando iba a acabar con los Padawans sobrevivientes fue bloqueado por dos misteriosos Jedi con sables de Luz representativos del Lado Oscuro. Ese Jedi que lo había podido detener por un buen rato lo hacia carcomerse de la cólera que hubiera alguien casi igual de poderoso que él y que le había echo sentir un miedo terrible de perecer ante él. Claro que todo no fue miedo y terror, también había sido dulce como un vino raro, y el podría sentir y ver en el rostro de un Jedi el terror abierto mientras trataba de oponérsele a él para que los Padawans diezmados por los soldados pudieran huir.

Lord Vader abrió sus ojos cuando oyó los ecos de la computadora de una llamada entrante y él sonrió abiertamente cuando vio la fuente de esa llamada cerca del emisor hológrafo. Esos serían como aplastar moscas después de haber aniquilado ratas pensó el con una sonrisa sádica mientras levantó su capucha para ocultar su rostro y miró como el transmisor se encendió para mostrar la imagen del Virrey de la Federación de Comercio Nute Gunray.

- Virrey Gunray – Vader dijo mientras cabeceaba su cabeza encapuchada educadamente como la imagen del Virrey se estabilizó en la consola del Holopad de la nave. - ¿Cómo puedo estar a su servicio? -

- Nosotros estamos esperando su llegada y la entrega de Canciller Palpatine como su amo nos ha prometido - Nute Gunray dijo en un tono arrogante y ansioso que se reflejó en su voz familiar - Mis socios y yo estamos cansándonos de esperar -

- Me estoy dirigiendo en estos momentos hacia ustedes. Virrey – Vader dijo mientras cabeceaba su cabeza de nuevo – Yo debo aterrizar en sus coordenadas dentro de una hora - Vader sonrió a la imagen de Gunray en la consola delante de él, cuando el hizo una pausa por un momento - Paciencia, Virrey – Vader dijo con una sonrisa – En una hora usted tendrá lo que tan ricamente se merece -

- Nosotros hemos sido pacientes por mucho tiempo - Gunray chasqueó en la respuesta a Vader y su cabeza grande que se mueve enojadamente cuando él habló - ¡Y yo no necesito a uno de los subordinados de Amo Sidious para decirme que yo debo ser paciente! -

La sonrisa desapareció de la cara de Vader cuando escuchó la voz arrogante y exigente del Virrey Gunray - Mis disculpas, Virrey – Vader dijo poniéndose profundamente malhumorado y sus ojos comenzaron a brillar débilmente cuando Vader habló - Yo lo aseguro que usted será al primero que yo vea en cuanto yo llegue -

- Muy Bien – Nute Gunray chasqueó enojadamente - Nosotros esperaremos su llegada dentro de la hora y ninguna excusa esta vez -

- Ninguna excusa - Darth Vader gruñó en la contestación - Yo estoy esperando encontrármelo personalmente, Virrey – sus ojos brillaban más cuando los minutos pasaban – Mas de lo que pueda imaginar - Vader miró, cuando Gunray resopló disgustadamente y entonces su imagen se marchitó de la vista en el holopad delante de él. Vader alcanzó y echó la capucha de su capa atrás hacia sus hombros, y miró enojadamente a la consola de comunicación dónde la imagen del Virrey había estado hace pocos segundos. - Yo no puedo esperar encontrármelo, Virrey - Vader gruñó de nuevo, cuando sus ojos empezaron a brillar con una luz intensa amarilla.

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Mustafar ardía con lava que descendía de volcanes de resplandeciente obsidiana. Al borde de su campo gravitatorio, un chorro de prismática luz estelar se combó para dar paso a un caza estelar que soltó su anillo de hiperimpulso y entró en la atmósfera asfixiada de rescoldos y denso humo. El caza seguía un rumbo preprogramado hacia la única instalación del planeta, una mina automatizada de lava construida por la TecnoUnión para extraer metales preciosos de los continuos ríos de piedra ardiente. La instalación había sido habilitada con las mejores defensas mecanizadas que podían comprarse con dinero, convirtiéndose en el último reducto de los líderes de la Confederación de Sistemas Independientes. Era completa­mente inexpugnable.

A menos que se tuvieran los códigos de desactivación.

Motivo por el cual el caza pudo aterrizar sin provocar el menor revue­lo en las defensas de la instalación. Las zonas habitables de la instalación estaban repartidas en torres que parecían setas venenosas brotando de la orilla de un río de fuego. El prin­cipal centro de control estaba construido encima de la más grande, junto a la pequeña plataforma de aterrizaje en la que se había posado el caza. Fue en ese centro de control desde donde, menos de una hora antes, se había enviado una orden codificada a todos los repetidores de la HoloRed que había en la galaxia.

Ante esa señal, todos los droides de combate de todos los ejércitos de todos los planetas regresaron a sus transportes, se recolocaron en sus alveolos y se desconectaron. Las Guerras Clon habían acabado.

O casi.

Faltaba un último detalle.

Una figura envuelta en una capa oscura que bajaba de la carlinga del caza.

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Bail Organa entró en el hangar del Tantive IV y encontró a Obi-Wan Kenobi, Lyra Sanome, Kai Fénix y a Yoda mirando dubitativamente ambos cazas uno por pequeño y otro porque era identificable y derribado sin miramientos.

- Supongo - decía Kai mirando su nave con reticencia - que si no les importaría viajar con el peligro de ser derribados...

- Puede que no sea necesario - dijo Bail. - Acabo de ser convocado de vuelta a Coruscant por Mas Amedda. Palpatine ha convocado una sesión extraordinaria del Senado. Se requiere nuestra presencia. -

- Ah - repuso Obi-Wan con las comisuras de los labios curvadas hacia abajo. - Es evidente de qué tratará.

- Me preocupa que pueda ser una trampa - dijo Bail despacio.

- Improbable es - repuso Yoda, cojeando hacia él. - El motivo de tu repentina partida de la capital desconocido es; que los cuatro estamos muertos se supone.

- Y Palpatine no actuará contra el Senado en su conjunto - añadió Obi-Wan. - Al menos, todavía no. Necesita una ilusión de democracia para mantener controlados los sistemas estelares individuales. No se arriesgará a un levantamiento general.

Bail asintió.

- En ese caso... - respiró hondo - ...igual puedo ofrecer transporte a Sus Gracias. -

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Dentro del centro de control del búnker separatista, en Mustafar... Wat Tambor ajustaba la mezcla de gases de su armadura...

Poggle El Menor se masajeaba sus carnosos tentáculos labiales...

Shu Mai jugueteaba con el anillo de bronce con que mantenía sus cabellos unidos al estilizado cuerno curvo que se elevaba tras su cabeza...

San Hill se estiraba la media corporal, que se le había empezado a meter por la entrepierna...

Rune Haako desplazaba con nerviosismo su peso de un pie al otro... Mientras, Nute Gunray hablaba con la holopresencia de Darth Sidious.

- El plan se ha desarrollado tal y como prometió, mi señor - decía Gunray - ¡Éste es un día glorioso para la galaxia!

- Sí, así es. Gracias, en gran medida, a ti, virrey, y a tus socios de la TecnoUnión y el CBI. Y, por supuesto, al archiduque Poggle. Todos habéis actuado de forma magnífica. ¿Se han desconectado por completo vuestros ejércitos droides? -

- Sí, mi señor. Hace casi una hora. -

- ¡Excelente! Seréis generosamente recompensados. ¿Ha llegado ya mi nuevo aprendiz, Darth Vader? -

- Su nave descendió hace un momento. -

- Bien, bien - dijo con tono agradable la holoimagen del hombre enca­puchado. - He dejado vuestra recompensa en sus manos. Él se ocupará de vosotros.

La puerta giró para abrirse.

Una figura alta envuelta en una capa, esbelta pero de hombros anchos y con el rostro ensombrecido por una pesada capucha, apareció en el umbral.

San Hill se adelantó a los demás en su saludo.

- ¡Bienvenido, Lord Vader! - sus alargadas piernas casi tropezaron la una con la otra en su prisa por estrechar la mano del Señor Sith.- En nombre de la Confederación de Sistemas Independientes, deje que sea el primero en...

- Muy bien. Tú serás el primero. -

La figura encapuchada entró e hizo un gesto con una mano enguanta­da de negro. Las puertas blindadas se cerraron en todas las salidas. El panel de control estalló en una lluvia de chispeantes cables. La figura se echó atrás la capucha. San Hill retrocedió, agitando las manos como si fueran pájaros asusta­dos cosidos a sus muñecas.

- ¡Eres..., eres Anakin Skywalker! - tuvo tiempo de jadear antes de que una fuente de plasma azul claro le quemara el pecho, girando en curva para abrasar sus tres corazones. Los líderes separatistas contemplaron horrorizados cómo el cadáver del jefe del Clan Bancario Intergaláctico se desplomaba como un droide de protocolo desconectado.

- El parecido - dijo Darth Vader - es engañoso.

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El guardia del Senado pestañeó, se puso firme y se alisó la túnica. Arriesgó una mirada a su compañero, que flanqueaba el otro lado de la puerta. ¿De verdad habían tenido la suerte que creían tener? ¿De verdad había salido ese senador del turboascensor acompañado por un cuarteto de Jedis sin capturar?

Vaya. Habría ascenso para todos.

El guardia intentó no mirar a los cuatro Jedis e hizo lo posible por mante­ner un tono profesional.

- Bienvenido, senador. ¿Me permite su pase? -

Un identichip se entregó sin titubeos: Bail Organa, senador de Alderaan.

- Gracias. Puede continuar - el guardia devolvió el identichip. Estaba encantado con lo seguro y profesional que sonaba. - Nosotros custodiare­mos a los Jedi. -

Entonces, el muchacho con la cicatriz en su cara murmuró en tono suave que sería mejor que sus compañeros y él continuaran con el senador, y la verdad es que el hombre parecía muy razonable. Además, era una gran idea, ya que, después de todo, la Gran Cámara de Convocatorias del Senado Galáctico era un lugar tan seguro que no había forma de que un Jedi pudiera causar problemas, pues podía ser fácilmente arrestado cuando saliera de allí, y el guardia no quería parecer poco razonable. Así que se encontró asintiendo y admitiendo que sí, que sería mejor que los Jedi siguieran con el senador.

Y todo el mundo fue tan razonable y correcto que al guardia le pareció de lo más razonable y correcto que los Jedi y el senador se despidieran diciéndose: - "Que la Fuerza te acompañe" - en vez de permanecer juntos como habían dicho, y no se le ocurrió objetar nada ni siquiera cuando el senador entró en la Cámara de Convocatorias y los cuatro Jedi se dirigieron a... bueno, parece que a otro sitio.

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Los ocho miembros de la Escuadra Delta Siete estaban desplegados en un nivel inferior de carga. Ese desde el cual se entregaban a diario los víveres que los Jedi no podían cultivar por su cuenta en los jardines del Templo.

Ya no.

El sol no brillaba nunca sobre ese nivel tan inferior de Coruscant; su única iluminación procedía de anticuados globos luminosos cuya luz ama­rilla como pergaminos antiguos sólo oscurecía las sombras. En esas som­bras vivían los despojos de la galaxia: vagabundos y saqueadores, locos y fugitivos de la justicia de los niveles superiores. En

Coruscant había nive­les inferiores que podían ser peores que Nar Shadda.

Los hombres de la Escuadra Delta Siete habrían estado alerta en cualquier puesto, habían sido criados para ello. Pero aquí estaban en zona de combate, donde sus vidas y misiones dependían de sus percepciones y de lo rápidamente que sus pistolas láser podían salir de sus túnicas estilo Jedi.

Así que cuando un desarrapado y babeante jorobado salió de la cerca­na penumbra, acunando un bulto en sus brazos y con una mujer a su lado de aspecto tosco, la Escuadra Delta Siete dio por hecho que era un peligro. Los láseres aparecieron con velo­cidad milagrosa.

- Alto. Identifíquese. -

- No, no, no, Sus Gracias, oh, no, he venido a ayudar, ¿oigan? ¡Estoy de su lado! - el jorobado se sorbió la baba con labios fláccidos mientras cojeaba hacia ellos. - Mirad lo que tengo aquí, de verdad, mirad... es un bebé Jedi, ¿oigan? -

El sargento de la escuadra miró de reojo al bulto que el jorobado lleva­ba en sus brazos.

- ¿Un bebé Jedi? -

- Oooh, señor. Señor, Su Gracia. Es un bebé Jedi, señor guarda. Se ha escapado de su Templo, ¿sabe? ¡Mírelo! -

El jorobado estaba ahora lo bastante cerca como para que el sargento pudiera ver lo que llevaba en su sucio hatillo. Era un bebé. O algo así. Era el bebé, alienígena o no, más feo que el sargento había visto nunca. Estaba avejentado y arrugado como un bolso de cuero gastado, con grandes ojos saltones y una sonrisa de idiota desdentado.

El sargento frunció el ceño con escepticismo.

- Cualquiera puede coger un niño deforme y decir que es cualquier cosa. ¿Cómo sabes que es un Jedi?

- Mi sable láser la primera pista debería ser, ¿mmm? - dijo el bebé. Una ardiente hoja verde se inclinó hacia la cara del sargento, acercán­dose tanto que éste pudo oler el ozono, y el jorobado dejó de ser jorobado y pasó a sostener un sable láser de color plata y la mujer sacó el suyo con pasmosa facilidad y habló con educado acento de Coruscant.

- Por favor, no intentéis resistiros. Nadie tiene por qué salir herido. - Los hombres de la Escuadra Delta Siete no estuvieron de acuerdo. Seis segundos después, sus ocho miembros estaban muertos. Yoda miró a Kai.

- Ocultar los cuerpos, sentido no tiene. -

Kai asintió, mostrando su acuerdo. Son clones; un puesto abandonado es tan delator como un montón de cadáveres. Vamos a por esa señal y de las sombras surgió otro y se perdieron por los laberínticos pasajes de la ciudad.

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Bail entró por la parte de atrás de la plataforma de la delegación de Naboo en el Senado en el momento en que Palpatine bramaba desde el podio:

- ¡Esos asesinos Jedi me dejaron marcado y deforme, pero no pudieron marcar mi integridad! ¡No pudieron deformar mi resolución! Los traido­res que quedan con vida serán cazados, arrancados de donde se escondan y traídos ante la justicia, ¡vivos o muertos! Y todos sus colaboradores sufri­rán el mismo destino. ¡Los que protegen al enemigo son el enemigo! ¡Éste es nuestro momento! ¡Ahora contraatacaremos! ¡Ahora destruiremos a los destructores! ¡Muerte a los enemigos de la democracia! -

El Senado rugió.

Amidala ni siquiera miró a Bail cuando éste se deslizó en un asiento situado a su lado. Al otro lado, el representante Binks le saludó con una inclinación de cabeza, pero sin decir nada, pestañeando solemne. Bail frunció el ceño. Si hasta el incontenible Jar Jar estaba preocupado, es que era peor de lo que se esperaba. Y había esperado que fuera muy, muy malo.

Tocó con suavidad el brazo de Amidala.

- Es todo mentira. Lo sabes, ¿verdad? -

Ella miraba fijamente hacia el podio. Sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas.

- No sé lo que sé. Ya no. ¿Dónde has estado? -

- Me han... retenido - como le dijo ella una vez, "hay cosas que es mejor no decirlas". -

- Lleva toda la tarde presentando pruebas - dijo con tono monótono e inexpresivo. - No sólo del intento de asesinato. Los Jedi estaban a punto de derrocar al Senado. -

- Es una mentira - volvió a decir él.

En el centro de la Gran Cámara de Convocatorias, Palpatine se apoya­ba en el podio del Canciller como si obtuviera fuerzas del Gran Sello de su parte frontal.

- Hemos pasado por tiempos difíciles, pero hemos superado esta prue­ba. ¡La guerra ha terminado! -

El Senado rugió.

- Los separatistas han sido derrotados por completo, ¡y la República sigue en pie! ¡Unida! -

- ¡Unida y libre! -

El Senado rugió.

- La rebelión Jedi ha sido la prueba definitiva...Hoy empieza un nuevo día! ¡Está amaneciendo en la República! -

El Senado rugió. Padmé miraba sin pestañear.

- Aquí viene ya - dijo aturdida.

Bail negó con la cabeza.

- ¿Aquí viene qué? -

- Ahora lo verás. -

- ¡Nunca más volveremos a estar divididos! ¡Nunca más un sector se volverá contra otro sector, un planeta contra otro planeta, hermano contra hermano! ¡Somos una única nación, indivisible!

El Senado rugió.

- Pero la República debe cambiar para asegurarnos de que siempre per­maneceremos unidos, de que siempre hablaremos con una única voz y actuaremos con una sola mano. Debemos evolucionar. Debemos crecer. Nos hemos convertido en un imperio de hecho; ¡convirtámonos también en un imperio de nombre! ¡Seamos el primer Imperio Galáctico!

El Senado enloqueció.

- ¿Qué están haciendo? - dijo Bail. - ¿Se dan cuenta de lo que están aclamando? -

Padmé negó con la cabeza.

- ¡Somos un Imperio - continuó diciendo Palpatine - que continuará siendo gobernado por ese augusto cuerpo! Somos un Imperio que nunca volverá a las maniobras políticas y a la corrupción que tan profundamen­te nos han herido. Somos un Imperio que será dirigido por un solo sobe­rano, ¡elegido de por vida! -

El Senado enloqueció aún más.

- ¡Somos un Imperio regido por la mayoría! ¡Un Imperio regido por una nueva Constitución! ¡Un Imperio de leyes, no de políticos! ¡Un Imperio dedicado a preservar nuestra sociedad! ¡Una sociedad protegida y segura! ¡Somos un Imperio que durará diez mil años! -

El rugido del Senado era continuo, como el interior de una tormenta permanente.

- Celebraremos el aniversario de este día, el Día del Imperio. Por el bien de nuestros hijos. ¡Por los hijos de nuestros hijos! ¡Por los próximos diez mil años! ¡Protección! ¡Seguridad! ¡Justicia y paz!

El Senado perdió el control.

Bail no podía oír a Padmé por encima del escándalo, pero sí leerle los labios.

Así es como muere la libertad, decía para sus adentros. Con aclamacio­nes y aplausos.

¡No podemos permitir que pase esto! - repuso Bail, poniéndose en pie. - Tengo que llegar a mi plataforma, aún podemos iniciar una moción...

- No - la mano de ella le cogió del brazo con asombrosa fuerza, y le miró a los ojos por primera vez desde su llegada. - No, Bail, no puedes pre­sentar una moción. No puedes. Ya han arrestado a Dalia Gilar y a Eobon, y no pasará mucho tiempo sin que se declare enemigos del Estado a todos los miembros de la Delegación de los Dosmil. Tú te quedaste al margen de esa lista por un buen motivo; no añadas tu nombre a ella haciendo eso. -

- Pero no puedo cruzarme de brazos viendo... -

- Tienes razón. No puedes. Tienes que votar por él. -

- ¿Qué? -

- Es la única forma, Bail. Es la única esperanza que tienes de mante­nerte en posición de hacer algún bien a alguien. Vota por Palpatine. Vota por el Imperio. Haz que Mon Mothma también vote por él. Sed buenos senadores. Cuidad vuestros modales y mantener la cabeza gacha. Y seguid haciendo... todas esas cosas de las que no podemos hablar. Todas esas cosas que yo no puedo saber. Prométemelo, Bail. -

- Padmé, eso de lo que estás hablando... de lo que no estamos hablando, ¡podría llevar veinte años! ¿Es que sospechan de ti? ¿Qué vas a hacer tú? -

- No te preocupes por mí - dijo ella, distante. - No sé si viviré tanto tiempo. -

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Dentro del búnker del centro de control separatista había docenas de droi­des de combate. Había guardias armados y acorazados. Había sistemas defensivos automatizados.

Había gritos, lágrimas y súplicas de piedad.

Nada de todo ello cambió algo.

Los Sith habían llegado a Mustafar.

Poggle El Menor, archiduque de Geonosis, se tambaleó como un animal por entre un suelo cubierto de piernas, brazos y cabezas cortadas, tanto de carne como de metal, lloriqueando y agitando sus viejas alas sedosas hasta que una barra de relámpago le quemó la cabeza separándola del cuello.

Shu Mai, presidente del consejo del Gremio de Comercio, alzó la cara de las rodillas, agarrándose las manos ante ella, con lágrimas surcando sus arrugadas mejillas.

- Se nos prometió una recompensa - jadeó. - U... u... una gran recompensa... -

- Yo soy vuestra recompensa - dijo el Señor Sith. - ¿No me conside­ras grande? -

La hoja azul claro entró y salió de su cráneo, y su cuerpo se balanceó. Un giro displicente de muñeca cortó a través de la columna de anillos del cuello. La cabeza con el cerebro quemado cayó y botó por el suelo. El único sonido que se oyó entonces fue un asustado rumor de pisadas, cuando Wat Tambor y los dos neimoidianos corrieron por un pasillo hacia una sala de conferencias cercana. El Señor Sith no tenía ninguna prisa. Todas las salidas del centro de control estaban cerradas con puertas blindadas y selladas, y él había des­truido los controles. La sala de conferencias, como suele decirse, era una vía muerta.

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Miles de soldados clones llenaban el Templo Jedi. Los múltiples batallones que había en cada piso no eran una simple fuerza de ocupación, ya que estaban enzarzados en el largo y cansino pro­ceso de preparar los cadáveres para su identificación. Los Jedi muertos debían ser cotejados con los rollos que se mantenían en los archivos del Templo. Los clones muertos debían ser cotejados con las listas de cada regimiento. Había que contabilizar a todos los muertos. Y estaba resultando más complicado de lo que los oficiales clon espera­ban. Aunque la lucha había concluido horas antes, los soldados seguían desapareciendo. Normalmente eran pequeñas patrullas, de cinco hombres o menos, que seguían haciendo batidas aleatorias por los pasillos del Templo, comprobando cada puerta y ventana, cada escritorio y cada armario. A veces, cuando se abrían esos armarios, lo que se encontraba dentro eran cinco clones muertos.

Y también se recibían informes preocupantes: los oficiales que coordi­naban las batidas informaban que se había avistado algún movimiento; normalmente una túnica desapareciendo tras una esquina, captada por la visión periférica de algún soldado, que cuando se investigaba resultaba ser sólo producto de la imaginación o de una alucinación. También había múl­tiples informes de sonidos inexplicables procedentes de zonas apartadas que resultaban estar desiertas. Aunque los soldados clones, incluso antes de despertar, eran educados en sus escuelas-cuna de Kamino para ser implacablemente pragmáticos, mate­rialistas e inmunes a la superstición, algunos de ellos empezaron a sospe­char que el Templo podía estar encantado. En la Estancia de las Mil Fuentes, uno de los clones de la brigada de limpieza captó a alguien moviéndose más allá de un macizo de bambú hylaiano.

- ¡Alto!- gritó -. ¡Tú! ¡No te muevas! -

La figura en sombras corrió y se perdió en la oscuridad, y el clon se vol­vió a sus hermanos de escuadra.

- ¡Vamos! ¡Sea lo que sea, no podemos dejarlo escapar! -

Los clones entraron en la neblina. Detrás de ellos, junto a los cuerpos sobre los que habían estado trabajando, la niebla y la penumbra dieron nacimiento a un cuarteto de Maestros Jedis. En menos de cinco segundos Kai y Lyra acabaron con la escuadra. Obi-Wan pasó sobre cuerpos acorazados de blanco para arrodillarse junto a cadáveres de niños quemados por disparos láser. Las lágrimas flu­yeron libremente sobre rastros de lágrimas que no habían tenido oportu­nidad de secarse desde que entró en el Templo.

- No se salvaron ni los niños. Parece que se hicieron fuertes aquí. El rostro de Yoda se arrugó con una tristeza de viejo. -

- Aquí ellos intentaron parar a los soldados entrantes para darle a los demás tiempo para huir – dijo Kai con la voz entrecortada por el dolor

Obi-Wan se volvió hacia otro cuerpo, uno mayor, un Jedi adulto y más que adulto. La pena le arrancó un jadeo del pecho.

- Maestro Yoda…. -

Yoda miró hacia donde le señalaba y asintió con dolor.

- A sus jóvenes estudiantes Algus Korangar no pudo abandonar. - Fue mi instructor de sable láser - repuso Kai, cayendo de rodi­llas junto al Jedi caído.

- Y el suyo fui yo - dijo Yoda. - Con nosotros la pena podrá si la dejamos. -

- Lo sé..., pero una cosa es saber que un amigo está muerto, Maestro Yoda. Y otra encontrar su cuerpo... – dijo Lyra sollozante

- Sí - Yoda se acercó y señaló con su bastón el corte sin sangre del hombro de Korangar, que se hundía profundamente en su pecho. - Sí lo es. ¿Esto ves? Esta herida un láser hacerla no pudo. Un vacío helado se abrió en el corazón de Obi-Wan. Se tragó el dolor y la pena, dejando tras de sí una calma precariamente vacía.

- ¿Un sable láser? - susurró.

- Trabajo con la señal de llamada aún tenemos - Yoda señaló con el bastón a las figuras de entre árboles y estanques que se dirigían hacia ellos. - Los clones vuelven ya.

- Descubriré quién ha hecho esto - dijo Obi-Wan, levantándose.

- ¿Descubrir? - dijeron Lyra y Kai con tristeza. Kai dijo – Encontrarás algo que no te gustará -

Yoda meneó la cabeza afirmativamente con tristeza.

- Eso lo sabes ya – dijo Lyra, y los tres se hundieron en la penumbra dejando a un Obi-Wan dudoso quien sin perder tiempo se perdió en las sombras con sus amigos antes de que soldados clones redondearan la esquina.

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Cuando dejó la sala principal del centro de control, Darth Vader no dejó nada vivo detrás de él. Caminó por el pasillo con despreocupación, con aire casual, marcando la pared de duracero con la punta de su hoja y disfrutando con el siseo del metal al desintegrarse como antes había saboreado el humo de la carne alienígena chamuscada.

La puerta de la sala de conferencias estaba cerrada. Una barrera tan insignificante sería un insulto para su hoja. Una mano enguantada en negro formó un puño. La puerta se arrugó y cayó.

El Señor Sith pasó sobre ella.

La sala de conferencias tenía paredes de transpariacero. Más allá de ella, montañas de obsidiana hacían llover fuego sobre la tierra. Ríos de lava rodeaban la instalación. Rune Haako, ayudante y secretario confidencial del virrey de la Federación de Comercio, tropezó con una silla y se tambaleó hacia atrás. Cayó al suelo, temblando como un gusano en una sartén al fuego, e inten­tó refugiarse bajo la mesa.

- ¡Para! – gritó -¡Basta! Nos rendimos, ¿me oyes? No puedes matar­nos así... -

El Señor Oscuro sonrió.

- ¿No puedo? -

- ¡Estamos desarmados! ¡Nos rendimos! Por favor, por favor. ¡Eres un Jedi! -

- Librasteis una guerra para acabar con los Jedi - Vader se paró sobre el tembloroso neimoidiano, sonriéndole y haciéndole tragar medio metro de plasma. - Felicidades por vuestro éxito. -

El Señor Sith pasó por encima del cadáver de Haako para llegar hasta donde Wat Tambor arañaba inútilmente el transpariacero con sus guante­letes acorazados. El dirigente de la TecnoUnión se volvió ante su cercanía, lloroso, con brazos alzados para proteger su placa facial de las llamas de los ojos del dragón. La hoja refulgió dos veces. Los brazos de Tambor cayeron al suelo, seguidos por su cabeza. Darth Vader se volvió hacia el último líder vivo de la Confederación de Sistemas Independientes. Nute Gunray, virrey de la Federación de Comercio, le esperaba tem­blando en una alcoba, con lágrimas tintadas en sangre corriendo por sus mejillas moteadas de verde.

- La guerra... - gimió. - La guerra ha terminado. Lord Sidious pro­metió, prometió que nos dejarían en paz... -

- La transmisión era defectuosa - el sable se alzó - Prometió que os dejaría en pedazos. -

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En el centro principal de holocomunicaciones del Templo Jedi, en lo alto de la torre central, Kai usó la Fuerza para buscar dentro del mecanismo del faro de llamada, alterando sutilmente la calibración para pasar la señal de "volver a casa" a "huid y esconderos". Lo había hecho sin alterarlo de forma visible, así que los soldados tardarían un tiempo en detectar la recalibración, y más tiempo aún en cambiarla. Era todo lo que podía hacerse por cualquier posible Jedi superviviente: emitir una advertencia, darles una oportunidad de luchar. Kai se apartó del faro de llamada para acercarse a las pantallas internas de seguridad donde Obi Wan estaba serio, tenía que descubrir quien había sido y porque había sido avisando exactamente.

Hacer eso no debes - dijo Yoda - Antes de ser descubiertos irnos debemos. -

- Tengo que verlo - dijo Obi-Wan con gravedad. - Como ya dije abajo; una cosa es saber, y otra ver.

- Ver sólo dolor te causará. -

- Entonces será un dolor que me habré ganado. No me ocultaré de él - tecleó un código que invocó una holoimagen de la Estancia de las Mil Fuentes. - No tengo miedo. -

Los ojos de Yoda se estrecharon hasta ser rendijas. - Tenerlo deberías. -

Lyra se acercó a Kai y se emperchó en sus brazos y se echó a llorar mientras Kai miraba a Obi-Wan y cabeceaba. Obi-Wan miró con rostro inexpresivo cómo los jóvenes entraban corriendo en la sala, huyendo de una tormenta de disparos. Vio a Korangar y a un par de padawan adolescentes - ¿no era ese Winn, el chico que Yoda había llevado a Vjun? - entrar en la escena. Hicieron girar los sables y acabaron con los primeros soldados clones con disparos rebotados. Vio una hoja de sable láser entrar en el plano, matando primero a un padawan y luego al otro. Vio la zancada rápida de una figura con capa que traspasaba el hombro de Korangar y que se apartaba mientras el viejo caía, dejando que los demás clones acabaran de matar a los demás niños.

La expresión de Obi-Wan no se alteró nunca.

Se abrió a lo que iba a ver; estaba preparado y centrado, y confiaba en la Fuerza, pero, aun así...

Obi-Wan vio la batalla entre Kai y la figura y el rescate de los niños sobrevivientes gracias a una cámara del pasillo del tercer piso…

Después de regreso en la entrada del Templo, el hombre de la capa se volvió para recibir a una figura encapuchada que había tras él, y era...

Era...

Mientras miraba, Obi-Wan deseó tener fuerzas para arrancarse los ojos de la cara.

Pero incluso ciego seguiría viendo eternamente esa escena. Vería a su amigo, su estudiante, su hermano, volverse y arrodillarse ante un Señor de los Sith envuelto en una túnica negra. En su cabeza resonó un grito silencioso.

- Los traidores han sido destruidos excepto el traidor Fénix que estuvo aquí, Lord Sidious. Los antiguos holocrones y su libro han desaparecido – Sidious chilló con rabia mientras disparos surgían del frente del Templo. - Andando aprendiz debemos recuperarlos. - Iban a seguir caminando cuando el frente del Tempo se derrumbó por un poder extraño. Palpatine gritó:

- Me las pagarás Kai Fénix te encontraré algún día, lo juro – Se giró a su aprendiz agotado y dijo meloso

- No importa eso nos retrasará un poco pero dominaremos los secretos de la Fuerza - el Señor Sith ronroneaba como un rancor satisfecho. - Lo has hecho bien, mi nuevo aprendiz. ¿Sientes ya cómo aumenta tu poder? -

- Sí, Maestro. -

- Lord Vader, tu talento no tiene rival en ningún Sith anterior a ti. Continúa, muchacho. Continúa y trae la paz a nuestro Imperio. -

Manoteando nervioso, Obi-Wan se las arregló para apagar la holoima­gen. Se apoyó en la consola, pero sus brazos no le sostuvieron; cedieron, y él se retorció y cayó al suelo. Se encogió contra la consola, ciego de dolor. Yoda fue tan compasivo como la raíz de un árbol weoshyr.

- Avisado estabas. -

- Debí dejar que me mataran... - dijo Obi-Wan.

- ¿Qué? -

- No. Eso ya habría sido demasiado tarde, en Geonosis ya era dema­siado tarde. Con el zabrak, en Naboo... Debí morir entonces... no debí traerlo aquí... -

Obi Wan recibió una potente cachetada de Lyra quien lo miraba furiosa y Kai tragaba saliva asustado. Lyra dijo:

- Esto no fue por tu culpa, fue la de Anakin que sencillamente nos traiciono… -

- Pero… - Obi Wan fue interrumpido por Kai quien dijo:

- Yo aguanté varios meses y Anakin no pudo. Palpatine es hábil y la culpa fue de él solamente -

- Yo debí… -

- ¡Parar esto debes! - Yoda le dio un golpe en las costillas con el bas­tón, lo bastante fuerte como para enderezarlo. - Hacer caer a un Jedi uno no puede; más allá de Lord Sidious esto está. Esto Skywalker eligió. -

Lyra lloró aún más fuerte y Obi-Wan inclinó la cabeza.

- Y me temo que sé por qué. -

- ¿Por qué? El porqué no importa. Motivo no hay. Sólo un Señor de los Sith y su aprendiz. Dos Sith - Yoda se acercó a él. - Y cuatro Jedi.

Obi-Wan asintió, pero seguía sin poder mirar al anciano Maestro a los ojos.

- Yo iré por Palpatine. -

Bastante fuerte para enfrentarte a Lord Sidious nunca serás. Luchando con él morirás, y con dolor.

- No me hagas matar a Anakin. Es como mi hermano, Maestro. - Desaparecido está el chico que entrenaste, por el Lado Oscuro ha sido cambiado. Por Darth Vader consumido. Ahorrarle este sufrimiento debes. Visitar a nuestro nuevo Emperador mi tarea será.

Esta vez fue Obi-Wan quien le miró.

- Palpatine se enfrentó a Mace, Agen, Kit y Saesee, cuatro de los más grandes espadachines que han salido de nuestra Orden. Él solo. Ni siquie­ra los dos juntos tendríamos una oportunidad. -

- Cierto - dijo Yoda – Por eso voy con Kai y tu Lyra no es por no querer que nos ayudes pero debes llevar a Yavin a los padawans y a los iniciados. A partir de ahora es tu responsabilidad. Vuelve con ellos y espera nuestro retorno y si ninguno lo hace por favor eres la esperanza de la Orden Jedi y la última Maestra de nosotros.

Lyra estalló a llorar y abrazó a Obi Wan con fiereza y sin importar la presencia de Yoda él le dio un fiero beso en los labios poniendo en ese beso todo su amor y pasión por ella. Yoda frunció el entrecejo pero exhalando no dijo nada por primera vez y entendió de repente su amor y suspiró. Los cuatro Maestros Jedi se miraron y con un susurro se despidieron diciendo:

- Que la Fuerza esté con ustedes -