CAPITULO 5
¡Potter! Maldito, maldito fuera por siempre. Maldito por tener no solo lo que él ansiaba si no lo que ese bastardo no se merecía. Maldito. Maldito. Maldito. Cuanto deseaba tenerlo a su lado, a su merced, y verle sufrir. Cuantos deseos de saciar su sed de venganza, de acallar el rencor de la verguenza que aun seguía susurrandole al oído que él no fue elegido por Lily. ¿Y por que, por todos los magos del mundo, había tenido que dar con la mujer que le arrebataba el sentido justo en medio de la realización máxima de su amor por él, que sin duda seria tan puro como lo era ella misma?
¿Por qué? ¿Por qué no podía simplemente acabar con ella, como con cualquier otra sangre sucia? ¿Por que se sentía amedrentado ante siquiera la idea de ponerla una mano encima? ¿Por qué no podía limitarse a coger lo que quería y disfrutarlo sin preocuparse de lo que ella sintiera? ¡Ah, quería venganza! ¡Sí, contra Lily, por una vez! Y sin embargo se sabía incapaz de ejecutarla. Cualquier plan en su contra no era más que una divagación que se diluia con el solo recuerdo de sus ojos verdes o su melodiosa voz.
¡Potter! Él sí, él sí iba a sufrir en cada fibra de su ser el haberle arrebatado la única luz que, por un momento, estuvo seguro que podría sacarle del camino oscuro por el que su vida había sido conducida inexorablemente. Por supuesto, podía matar al niño. Sí, podría hacerlo y no sentiría remordimientos. ¿Por el hijo de Potter? Si acaso estaría feliz. Esa alimaña no tenía derecho dejar ninguna huella en el mundo y, desde luego, no merecía juntar su destino con el de Lily para forjar uno nuevo.
¡Necio! ¿Cómo había podido dejarla ir a luchar en ese estado? ¡Estúpido, Potter! Él se había introducido en su mente y había podido ver su miedo por el estado del no-nato. Saber que sentía autentico terror a que algo le hubiese ocurrido hizo que las entrañas se le revolvieran como si alguien hubiera metido mano en ellas, porque el dolor de esa mujer se reflejaba en él como en un espejo, aunque Snape no compartiera su inquietud. Respiró hondo y trató de calmarse, aunque la sola idea de tener a Lily tan a su alcance y sin poder tocarla le producía un desasosiego continuo e inconsolable.
Finalmente, cuando decidió hacer algo, a la mañana siguiente, se sintió mejor. El fuego del caldero, los ingredientes bien cortados, el agua hirviendo en su punto justo... Era algo que podía controlar y que se le daba bien, al contrario que cualquier tipo de relación personal. Cuando hubo terminado, y se sintió nuevamente dueño de si, volvió a bajar a las mazmorras.
Entró nuevamente y la antorcha, que se había apagado en cuanto desapareció, volvió a alumbrar el lugar. Lily estaba en el suelo y le miraba fijamente, entre asustada y sorprendida, como si no tuviese esperanzas ya de volver a verle.
--- ¡Dobby! ---llamó sin poder ocultar la ira que aún se sostenía en su voz.
El elfo doméstico que Lucius Malfoy solía llevar consigo cuando estaban en su refugio, apareció con un "Crak" sonoro.
--- ¿Qué deseaba el señor amo Snape? --- preguntó cauteloso, se veía claramente mal tratado.
--- Trae comida --- dijo secamente.
Dobby desapareció y Snape continuó clavándole sus ojos acusadores a Lily. Ella estaba a punto de decir algo cuando nuevamente se oyó el ruido y Dobby reapareció con una bandeja que el mortífago recogió.
--- ¿Necesita algo más el señor amo Sna...?
--- Largo --- le cortó bruscamente, y el elfo desapareció con una reverencia breve.
Lily le miró fijamente. Estaba claro que él no había pedido la comida para bajarse a tomar algo a la mazmorra, si no que lógicamente era para ella, pero no se atrevió a hacer ningún movimiento hasta que él tiró la bandeja a su lado, provocando que algunas patatas y parte de la carne cayeran del plato a la bandeja o incluso al suelo. La botella, sostenida mediante magia de los elfos, no derramó su contenido.
--- Come --- ordenó secamente.
A Lily no hizo falta que le insistiera, por la celda bajaba una pequeña fuente de agua, pero no había podido probar bocado desde que llegó, y eso hizo que, debido sobretodo al embarazo, hubiese estado al borde de perder el conocimiento en varias ocasiones. Snape la miró comer en el suelo, como si fuera un perro, a pesar de que no le hubiera costado nada conjurar una mesa y una silla para ella. La observó dar hasta el último bocado y luego cómo echó la bandeja a un lado. Lily le miró expectante y asustada con esos ojos cuyo verde resaltaba en la oscuridad. Snape tenía la mano en un bolsillo de su túnica y movía indeciso una botella haciéndola rodar entre sus dedos, finalmente la sacó y se la tendió a Lily.
