Capítulo Cuatro

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Torre Gryffindor

Harry subió con paso cansino los escalones que desembocaban en el retrato de la dama vestida de rosa.

Le dolían los brazos y mover las piernas era un auténtico triunfo de la voluntad. Nunca había sentido tanto cansancio físico. Tenía agujetas en cada uno de los músculos de su cuerpo. Si alguna vez pensó que un entrenamiento de Quidditch era algo agotador, ahora sabía que nada se comparaba con una clase de Evelyn.

Correr, saltar, pelear con puños, luchar con espadas, seguir corriendo, trepar, descolgarse por sogas, volver a trepar, correr una vez más. La bruja le había prometido que sudarían en sus clases y había mantenido su palabra a rajatabla.

Y lo peor era que muchas veces, tal y como había ocurrido esa tarde, él terminaba encontrándose con Evelyn y Mathew en un salón del cuarto piso, dónde le enseñaban todas esas cosas que no parecían dispuestos a enseñarle al resto.

Por lo regular, Ron, Hermione y, en varias ocasiones, Ginny iban con él. Pero la noche anterior Ron había tenido una pesadilla particularmente mala y por la tarde estaba muy cansado como para ir a entrenar. Hermione decidió hacer su tarea antes de las rondas y Ginny dijo que había algo que tenía que hacer. Algo impostergable.

Harry volvió a fruncir el ceño al recordar que existía la posibilidad de que ese algo impostergable tuviera que ver con Dean Thomas. Aunque aparentemente nunca habían llegado a tener nada serio, su interior se retorcía cada vez que veía a su compañero de habitación acercarse a la hermana de su mejor amigo.

- Despampanante - dijo al retrato al llegar a la entrada del salón común de la casa Gryffindor.

Pero el retrato no se movió. La dama gorda parecía estar muy concentrada escuchando algo del otro lado del lienzo.

Arrugando el ceño, repitió la contraseña en voz más alta.

- ¡Despampanante!

La mujer giró con expresión sobresaltada y le sonrió, avergonzada por haber sido sorprendida escuchando lo que no debía.

- ¡Oh, eres tú! Adelante, adelante – dijo, despejando la entrada.

Harry se metió por el hueco y no tardó ni medio segundo en darse cuenta de qué era lo que había estado captando la atención de la mujer gorda, cuando la voz de Ginny le llegó fuerte y tensa desde una esquina.

- No iré.

Ron, que estaba apoyado contra una mesa frente a ella, con los brazos cruzados, suspiró cansado.

- Ginny, no se trata de elecciones. Nadie nos preguntó si queríamos hacerlo. Sólo nos dijeron lo que debíamos hacer.

Los ojos de Ginny brillaban con decisión. Tenía las manos cerradas en puños y su postura era claramente defensiva.

Ron le había dicho a Harry la noche anterior, luego de enterarse de cuál era el plan para poner a resguardo a los alumnos, que sabía que la idea no iba a gustarle a su hermana. Y aunque ambos podían entender el por qué no iba a gustarle, también comprendían que era la mejor opción que tenían, dadas las circunstancias.

Junto con Hermione habían evaluado el plan, cuando él regresó de charlar el tema con Mathew y Evelyn después de la reunión. Y coincidieron en que, como estrategia, era realmente brillante.

Mathew estaba en lo cierto. Sólo tres personas podían abrir la Cámara Secreta y si Harry se encerraba allí dentro con ellos, entonces eso reducía las posibilidades a dos. Si Voldemort aparecía, sólo había un lugar al que se dirigiría, con lo que sería más sencillo que la gente de la Orden y los profesores supieran exactamente qué proteger.

Aún así, el estómago de Harry se contraía ante la idea de bajar allí una vez más. Eso por no mencionar el encerrarse en ella. Era por esto que supo, aún antes de que su amigo lo comentara, que ninguno de los fantásticos argumentos por lo cuales era el mejor plan, iba a ser válido para Ginny.

Ron había optado por pedirles que no le contaran aún de qué se trataba el plan. Según dijo, esperaría a que fueran a casa para Navidad para decirle. De esa manera, su madre podría ayudarla a lidiar con la idea.

Por supuesto, su amigo no contó con que la pelirroja, entre los comentarios del resto de los asistentes a la reunión y la demostración de alarma de esa mañana, terminaría por unir cabos y deducir el plan, para luego dedicarse a perseguirlo para que le confirmara los detalles.

Harry estaba seguro que de no haber sido porque Ron realmente había pasado una noche horrible, no le habría contado nada. O tal vez pensó que si se lo decía en el medio del salón común, amortiguaría la reacción. Evidentemente, se había equivocado.

Desde su lugar cerca de la puerta, en donde se había quedado quieto, vio que Ron miraba desesperado a Hermione, que apareció por la escalera que llevaba a los dormitorios de las chicas.

La bruja pasó sus ojos de Ron a Ginny, interpretando lo que sucedía sin necesidad de mayores explicaciones. Con rapidez se acercó a los dos hermanos, con la intención de calmar los ánimos.

Harry escuchó que el retrato volvía a abrirse y un segundo después Dean Thomas se paraba junto a él, intrigado por el ambiente enrarecido y tenso.

- ¿Qué ocurre, Harry? – preguntó por lo bajo.

Pero éste no le respondió, demasiado pendiente de la joven con ojos llameantes de furia y desesperación.

- No me importa si les dijeron que este… plan… garantiza que nadie saldrá lastimado. No iré a ese lugar y es mi última palabra al respecto – dijo Ginny alzando la voz, que estaba teñida de un dejo de histeria.

- ¿Y qué piensas hacer? ¿Quedarte atrás? – preguntó Ron, impaciente -. ¿Harás que algún profesor se distraiga de su tarea para cuidarte?

- Yo no necesito que me cuiden. Por si no lo recuerdas, yo era miembro del ED y también estuve en el Ministerio hace algunos meses – retrucó Ginny.

Para ese momento, todas las cabezas estaban mirando a los hermanos Weasley. Todos los oídos atentos, todas las especulaciones corriendo. Harry quiso decirles algo a sus amigos, lo que fuera para interrumpir esa discusión que podía terminar revelando más de lo que nadie debía saber, pero no tuvo tiempo de moverse o decir nada.

- Recuerdo perfectamente que terminaste lastimada – el temperamento de Ron se estaba disparando y su cabello comenzaba a alborotarse a medida que la discusión subía de tono –. No he olvidado cómo te veías sentada en el suelo, con la pierna rota y lastimaduras en el rostro.

- Pues apuesto que fue una visión mejor de la que tuvo Harry. Una pierna quebrada no se compara a estar tirada en el suelo mojado, con el cuerpo tan helado que te duele hasta el alma, mientras un maldito te chupa la vida como si fueras pura basura – gritó la chica, sin contenerse.

Un silencio aplastante cayó en el salón común de Gryffindor mientras Ginny se llevaba un puño a la boca y sus ojos se llenaban de lágrimas, en un gesto de horror por lo que, sin lugar a dudas, no era su intención decir.

Tras un segundo en donde el aire se había quedado estático, la chica giró para salir del salón y se encontró con los ojos de Harry fijos en un pasado que solamente ellos dos recordaban. Fijos en una imagen que hacía mucho tiempo intentó enterrar, pero ahora afloraba con una fuerza abrumadora.

Ginny, la Cámara, el frío. Del suelo, de las paredes, de su piel al tocarla. La falta de movimiento, el pulso casi inexistente, el cabello mojado, el rostro sin vida.

Jamás habían hablado sobre lo que pasó en la Cámara Secreta. Era como si hubieran establecido un acuerdo silencioso en el cual pactaron nunca tocar el tema y ahora estaba allí, gritándolo a toda la maldita casa.

Las imágenes se desvanecieron y la desesperación en los ojos de Ginny fue peor aún que sus recuerdos.

- Dime que no vas a pedirme que baje allí.

La súplica fue hecha en una voz tan baja que, de no ser porque la sala estaba en absoluto silencio, nadie la habría escuchado.

Pero todos lo hicieron.

Incluido Harry, cuyos ojos le dijeron a Ginny que ese pedido era algo que no podría concederle, mientras apretaba los labios, sintiéndose tan angustiado como miserable. Sin poder sostenerle la vista, bajó los ojos.

La joven pelirroja se dio cuenta en ese instante que él no sería el aliado que ella esperaba y su labio inferior tembló de manera incontrolable. Harry era el único que sabía. El único que entendía. Ella contaba con él. Lo necesitaba.

Y él ni siquiera podía mirarla a la cara.

La chica ahogó un sollozo y pasó como una flecha junto a Dean y empujando el retrato se perdió en el pasillo.

- ¡Ginny! – gritó Dean, disponiéndose a seguirla, pero Hermione se adelantó y ya estaba saliendo detrás de su amiga.

Harry pensó en ir él también, pero no sabía qué podía decirle. Se dio cuenta de que mal podía intentar calmarla cuando él sentía que le resultaba imposible tan solo pensar en bajar allí. ¿Cómo iba a ayudarla a lidiar con algo con lo que él no podía lidiar tampoco?

Todos se quedaron muy quietos en el salón. Finalmente, Harry caminó en silencio hacia la escalera que conducía a los dormitorios de los varones. Pasó junto a Ron, que lo miraba con fijeza pero no permanecía callado. Por desgracia, Dean no pensaba dejar las cosas así.

- ¿De qué estaba hablando ella, Harry? – Dean se adelantó para tomarlo por un codo y evitar que subiera el primer escalón.

Durante un segundo permaneció en silencio. Sin voltearse, sin mirar a su compañero de cuarto.

- Si no te lo ha contado, yo no puedo decírtelo – respondió con voz decidida.

Y era verdad.

Lo que había sucedido allá abajo había sido entre él, Ginny y el recuerdo de Tom Riddle. Y así iba a permanecer, a menos que ella decidiera contárselo a alguien más.

- No me salgas con esa estupidez – Dean parecía enojado y preocupado –. Nunca he visto a Ginny tan molesta. Ella dijo que tú viste… que un maldito le chupaba la vida.

Harry se giró y lo miró a los ojos. Y algo debió ver el otro muchacho en su mirada, porque lo soltó como si su codo quemara, dando un paso atrás.

- Si quieres saber algo sobre Ginny, tendrás que preguntárselo a ella. Y lo que yo haya visto o dejado de ver no es algo que tú quieras que te cuente, Dean.

Había un hielo peligroso en la voz de Harry. Una frialdad que sus compañeros probablemente nunca habían escuchado antes, por lo que Dean dio un paso más atrás, poniendo mayor distancia aún entre ellos.

Harry miró a Ron por un segundo, quien le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Y mientras él trepaba los escalones de a dos, Ron salió al pasillo, dispuesto a buscar a su hermana y a Hermione.

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Oficina del Profesor Severus Snape

Severus Snape presionó sus ojos cansados con el pulgar e índice de su mano derecha. Llevaba tres horas corrigiendo trabajos y la vista estaba comenzando a pedirle algo de piedad.

Si al menos pudiera descansar bien por las noches, el trabajo no se volvería tan pesado. Sus sueños estaban plagados de pesadillas que había creído enterradas largo tiempo atrás pero ahora resurgían para atormentarlo una vez más.

Suspirando, tomó la pluma y la mojó en tinta, cogiendo el siguiente trabajo en la pila. Una sonrisa torcida estiró sus labios al contemplar el nombre en el encabezado: Hermione Granger.

Corregir a Hermione era siempre un desafío. La admiración que su lógica e inteligencia le provocaban siempre se reñía con lo terriblemente irritante que la encontraba. Invariablemente, ganaba la irritación. Detestaba a los sabelotodos, mucho más si eran hijos de muggles.

No había leído más de diez líneas cuando alguien golpeó en su puerta. Molesto debido a que esa interrupción lo atrasaba aún más en la corrección, dirigió su ceñuda mirada hacia la entrada de su oficina.

- Adelante.

Draco Malfoy entró en el cuarto y, asegurándose de haber cerrado la puerta, se apoyó contra la madera. La mirada acerada del adolescente se clavó en su maestro, trasmitiendo tensión a raudales.

- ¿Usted estuvo en casa de mis padres cuando yo nací? – preguntó a bocajarro, cruzándose de brazos.

Snape se respaldó, mirando al muchacho con cautela.

- Sí.

- ¿Qué tiene que ver Evelyn Bright con que yo me llame Draco?

El maestro de Defensa contra las Artes Oscuras frunció el ceño, confundido.

- ¿De qué estás hablando?

- Estoy hablando de Evelyn Bright diciéndole a mi madre que no pensó que me pondría Draco y preguntándole si lo hizo como modo de agradecimiento – replicó Malfoy con la mandíbula apretada.

"Justo lo que necesito, un Malfoy buscando desentrañar los misterios de su pasado", pensó Snape.

- Creo que deberías preguntarle a tu madre – sugirió sin inflexión alguna en su voz.

- Lo hice y no me respondió. Eso me deja dos opciones: o le pregunto a Evelyn Bright o le pregunto a usted. – Avanzó y se sentó en la silla frente al escritorio con su característico aire de superioridad. - Decidí comenzar con usted.

A pesar de que era su alumno favorito, el mago siempre había detestado la arrogancia de Draco Malfoy. Le recordaba a Lucius cuando estaba en el colegio y lo menospreciaba por no ser rico, tratándolo la mayor parte del tiempo como basura.

Apoyando los codos en los brazos de su silla, Snape pensó que Draco necesitaba que le bajaran los humos tanto como lo necesitó su padre en su momento. Su boca se torció apenas al recordar la furia de Lucius cuando se enteró que Mathew Whitherspoon se había casado con la mujer que él pretendía llevar como trofeo a El Innombrable. Tal vez esa fue la única oportunidad en la que Mathew le cayó bien. Y ésta iba a ser su oportunidad de recordarle al pedante adolescente que la vida no estaba hecha a nuestro gusto, por mucho dinero o poder que se tenga.

- Tú naciste en la casa que tu familia tiene en Escocia.

Draco frunció el ceño y lo miró con fijeza.

- Mi familia no tiene una casa en Escocia.

La mueca de Snape se ensanchó por un momento al darse cuenta que realmente iba a disfrutar de esta charla. Acomodándose, unió las yemas de sus dedos a la altura de su barbilla y se dispuso a ser tan específico como su memoria, y la promesa que le hizo a Dumbledore, se lo permitieran.

- Tu familia tiene una propiedad muy importante en Escocia, bien al norte. Quizás decir que tienen una casa es ser un poco modesto, claro. Más bien diría que es un viejo castillo fortaleza. Muy impactante, por cierto. ¿Nunca has ido allí?

Sabía perfectamente bien que no. Narcissa Malfoy se había negado a regresar luego del nacimiento de Draco y lo ocurrido, pero le encantó ver la expresión en los ojos del adolescente.

- No – respondió el muchacho, intentando no demostrar cuán desconcertado se sentía ante la novedad de que su padre no le hubiera comentado sobre este sitio.

- Como sea, tus padres estaban allí cuando tu madre estaba en el séptimo mes de embarazo – continuó Sanpe, desestimando la relevancia de lo que Draco ignoraba, - pero hay una planta en esa zona de Escocia a la cual Narcissa es alérgica. Obviamente, ni ella ni Lucius lo sabían. Un día tu madre salió a dar un paseo y cayó de bruces sobre esa planta. Pocas veces he visto una reacción como la que sufrió.

Sus ojos oscuros se mantenían fijos en el estudiante que, sentado del otro lado de su escritorio, lo escuchaba con atención.

- Por el choque anafiláctico entró en trabajo de parto, aunque todavía le faltaban varias semanas de gestación, y tras tres horas de intentos el curador le dijo a Lucius que no veía que hubiera nada que hacer.

El rostro de Draco se contrajo.

- ¿Ese inepto le dijo que mi madre estaba muriendo?

- Y tú también, por supuesto – agregó Snape. – Recuerdo muy bien su frase: "No hay nada que se pueda hacer y no creo que dure más de un par de horas".

Draco cerró las manos sobre su regazo.

- Supongo que mi padre mató a ese inútil.

- La idea cruzó por su mente, sin duda. Pero como el inútil era el mejor curador de Europa, además de saber que la situación era terminal, también sabía que había un modo de salvarlos. Un antídoto. Por supuesto, la probabilidad de poder conseguir el ingrediente fundamental para ese antídoto era tan remota que él simplemente se limitó a mencionarlo, sin esperar que pudiera ser elaborado.

- Pero mi padre consiguió el ingrediente – afirmó Draco, con absoluta confianza.

- Digamos que más bien el ingrediente se encontraba al alcance de su mano – aclaró Snape. – Como fuere, yo preparé la poción, tu madre la bebió y media hora después tú naciste. – Hizo una pausa mientras su mente regresaba a ese momento, tantos años antes. – Llorabas con mucha furia, como si el que te hubieran obligado a nacer antes de tiempo hubiese sido algo que te enfadó hasta lo indecible. Evelyn le dijo a tu padre que debería llamarte Draco porque parecías un pequeño dragón escupiendo fuego de pura furia. Y yo imagino que por eso Lucius te puso ese nombre.

- ¿Evelyn Bright estaba allí? – preguntó Draco confundido.

Snape asintió.

- Había sido atrapada por Angelus un par de semanas antes y en ese momento el castillo de Escocia era el cuartel general de El Innombrable, así que la mantenían allí, prisionera.

- ¿Qué tiene todo esto que ver con lo que Evelyn Bright le dijo a mi madre? ¿Con el agradecimiento?

El maestro regresó de sus recuerdos y miró a Draco por un largo momento.

- Como te dije antes, había un antídoto pero su ingrediente fundamental es algo complicado de conseguir. El que ella estuviera prisionera allí fue la razón por la cual el ingrediente estuvo al alcance de tu padre.

- ¿Cuál es el ingrediente?

- Sangre de una Cazadora.

Por un momento se quedaron en silencio, mientras Draco procesaba lo que acababa de escuchar y ataba cabos.

- Evelyn Bright es una Cazadora – murmuró el muchacho con azoro.

- Y tanto tú como tu madre le deben el estar vivos – concluyó Snape. – Creo que a eso se estaba refiriendo cuando le habló a Narcissa sobre agradecimiento.

Draco se quedó sentado, sin decir nada, demasiado anonadado ante semejante idea como para siquiera articular palabra. Su maestro lo miró por un instante, satisfecho por el efecto que la noticia había tenido.

- Si eso es todo, Draco, tengo mucho trabajo que hacer todavía – dijo, tomando nuevamente la pluma y mojándola en tinta.

El joven de Slytherin parpadeó algo aturdido y sin decir una sola palabra, se puso de pie y se dirigió hacia la puerta. Antes de abrirla hizo una pausa y se volvió hacia el ex maestro de Pociones.

- ¿Por qué mi padre habría elegido nombrarme por una sugerencia hecha por alguien como Evelyn Bright?

Snape levantó la vista del trabajo que estaba leyendo y contempló al muchacho con el rostro vacío de expresión.

- Precisamente porque lo dijo Evelyn Bright – respondió con simpleza antes de regresar su atención a lo que estaba haciendo –. Agradece que no dijo que parecías un bubotubérculo… no habría sido un nombre muy elegante.

Tras un largo minuto, la puerta se abrió y se cerró. Snape sonrió de manera torcida.

Sin duda, ese momento había valido por todos los desplantes que ese imberbe insolente le había dirigido a lo largo de los años. En un arrebato de satisfacción decidió que esa vez dejaría que Hermione Granger aprobara con la nota mínima.