Capítulo Seis
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Aula de Pociones
- Silencio – pidió Mathew sin levantar la voz.
A pesar de que todos se callaron casi inmediatamente, Parvati Pattil se giró para fulminar a sus compañeros y silenciarlos, antes de volverse hacia el profesor con una sonrisa boba.
Ron golpeó a Harry con el codo, señalando a la chica con expresión divertida.
- ¿Qué tal te parece para madrastra?
Por un instante Harry tuvo la imagen mental de Parvati paseándose del brazo con Mathew y un escalofrío de horror le recorrió la espalda, así que premió a su amigo con un golpe en el tobillo.
- ¿Qué tal te parece a ti de novia? Le escuché decir el otro día que los pelirrojos la ponían… ¿Cuál fue la palabra? – murmuró, frunciendo el ceño, pensativo.
Ron lo miró, intrigado, mientras que Hermione los miraba con el ceño fruncido.
- Harry, Ron – dijo Mathew, levantando las cejas –. Bien, dos cosas antes de terminar la clase. La primera: la semana próxima tendrán una evaluación. Será el miércoles y no será escrita – algunos alumnos se encogieron de hombros antes este anuncio.
En los últimos años las evaluaciones de Snape nunca habían sido sólo escritas, así que no llegaban a comprender a qué se debía la advertencia.
- Lo segundo: quiero que todos tomen el frasco que tienen sobre sus pupitres – moviendo la varita hizo aparecer frente a cada alumno un frasco pequeño, lleno a medias con un polvo oscuro – y me digan qué contiene.
Algunos tomaron el frasco y lo giraron, otros lo destaparon mirando el contenido. Algunos directamente colocaron un poco en su mano y olieron con cautela, lo que desató el problema.
Al cabo de un par de minutos, la clase entera estornudaba casi sin parar.
Hermione levantó una mano, mientras buscaba un pañuelo con la otra, con el que intentó taparse la nariz y secarse los ojos enrojecidos, ya que Dean estornudó sobre la pimienta que había colocado en su mano, y la esparció en el rostro de la chica.
- Esto… – un estornudo – es… - tres estornudos al hilo – pi… - otro estornudo más - … mienta.
- Muy bien, Hermione. Cinco puntos para Gryffindor –. Mathew sonrió, complacido –. Ahora, ¿hay alguno entre ustedes que conozca alguna cura que detenga la picazón y la inflamación de ojos? – preguntó.
Sólo un coro de toses le respondió, mientras varios intentaban hacer aparecer con sus varitas un cuenco con agua para lavarse manos y rostro, sin mucho éxito.
Esporádicamente, el salón regresó a la normalidad, si se dejaba de lado que todos tenían los ojos con distinto grado de enrojecimiento y las narices algo inflamadas. Ron, particularmente, tenía la nariz muy roja, con lo que el color de su pelo contrastaba notablemente.
- Entonces, ¿alguna cura para la picazón?
- ¿Lavarse la cara con agua? – preguntó una chica de Hufleppuff.
- Es una buena opción, pero no vi que ninguno conjurara agua para lavarse.
- No se puede toser y conjurar un hechizo – protestó Seamus.
- Exacto – Mathew sonrió –. Ese es el punto de este ejercicio.
- ¿Esto era un ejercicio? – murmuró Neville por lo bajo al tiempo que levantaba su mano para restregarse los ojos, pero Hermione lo detuvo.
- Si te tocas, te arderá más. Tienes las manos sucias – le dijo.
Ron tuvo el repentino impulso de reírse antes la imagen de la chica. Tenía los ojos muy irritados y la nariz aún peor. Pero ella volvió a estornudar, lagrimeando, y eso lo contuvo.
- Sí, Neville, era un ejercicio –. Mathew se apoyó en el escritorio, frente a los alumnos, y los miró con atención – ¿Quieres contarme qué aprendiste de él?
- ¿Que no debo oler nada que no sepa qué es? – dijo el muchacho, restregándose los ojos con los puños de su camisa.
- Excelente punto. Nunca huelan nada que no sepan qué es. No importa si quien se los está dando es alguien que parece confiable, como un maestro. ¿Qué más?
- ¿La pimienta pica? – dijo Deloris Grinn, que parecía muy preocupada por el estado poco elegante de su rostro en ese momento.
- Otro excelente punto. No sólo pica. Provoca una reacción que evita que uno vea y pueda hablar, dos cosas fundamentales a la hora de realizar un conjuro. Si no pueden hablar, no pueden recitar el conjuro. Y si no pueden ver, no podrán apuntar su varita. ¿Y cuál es el último punto realmente importante?
Un silencio interrumpido por toses ocasionales siguió a su pregunta, mientras los alumnos intentaban arribar a la respuesta correcta con la poca información que tenían.
- ¿Que el budín de carne no es lo mismo si no tiene pimienta? – sugirió Ron, diciendo la única obviedad que se le cruzaba por la cabeza.
Muchos rieron ante el comentario.
- Exacto, Ron – señaló Mathew –. La pimienta está en todas la cocinas, pero también la encontrarán en todos los bares, restaurantes, herboristerías, supermercados, almacenes. Es un elemento tan común y fundamental en las cocinas, que probablemente hay pimienta en cualquier lugar cercano a donde ustedes se encuentran. Por lo tanto, la próxima vez que estén en peligro, y quieran conseguir algo de tiempo extra, recuerden las increíbles propiedades de la pimienta.
Varias cejas se levantaron. Nadie había pensado jamás en la pimienta como una especie de arma.
- Ya sabes, Hermione. La próxima vez que un mortífago te ataque, procura que lo haga en la cocina – bromeó un muchacho de Huffleppuff, cuyo humor ácido era conocido por todos sus compañeros.
Pero no por su maestro.
- Lo que usted debería considerar, señor Gail, es no abrir la boca a menos que su aporte vaya a ser eso. Un aporte.
La dureza en la voz de Mathew congeló el salón, cortando en seco las risas que habían brotado ante el comentario.
Joseph Gail enrojeció y se quedó helado, mirando el enfado en los ojos verdes del hombre parado junto al escritorio.
Él, como sus compañeros, estaba muy agradecido por el nuevo profesor de Pociones. Mathew había hecho que las clases dejaran de ser un momento casi temido por todos, en donde la injusticia de Snape y su despotismo opacaban la importancia de aprender a hacer pociones.
- Lo… lamento – se disculpó el muchacho, avergonzado.
Harry miró a Mathew, sin llegar a comprender la razón por la cual el mago había reaccionado tan mal. Casi incómodo ante la idea de que no fuera capaz de reconocer una broma tonta hecha sin mala intención. El hombre pudo ver en los ojos de Harry lo que éste estaba pensando y la decepción en ellos lo hizo sentirse un imbécil. Tras un segundo se percató de lo exagerada de su reacción.
Paseó la vista por el salón y vio que los adolescentes allí sentados lo miraban de la misma forma que Harry. Y en ese instante se dio cuenta de algo que muchas veces olvidaba. Sólo eran adolescentes. Su tarea debería ser tratar de que lo siguieran siendo por todo el tiempo que pudieran y no reprenderlos por bromear en clase.
Como una ola, la conciencia de la persona en la que se había convertido lo cubrió. Recordó la época en la que él se sentaba en los pupitres y deseó que sus maestros fueran menos amargados, tuvieran más esperanza y vida en sus ojos y palabras. La época en la que él habría hecho la broma que acababa de aplastar con desprecio.
Y la vergüenza aumentó, por lo que se enderezó y tomó aire, antes de mirar a Joseph, que estaba sentado contemplando sus manos cruzadas sobre el pupitre.
- No. Discúlpame tú a mí, Joseph. Supongo que mi sentido del humor está un poco… oxidado – dijo, haciendo que el chico lo mirara asombrado –. Pueden retirarse – agregó, para luego comenzar a organizar papeles de su escritorio.
Los alumnos fueron abandonando el aula entre murmullos.
Harry sonrió.
Era la primera vez, en los seis años que llevaba en ese colegio, que escuchaba a un profesor pedir disculpas a un alumno por reprenderlo.
Que ese profesor fuera Mathew lo llenaba de un orgullo que nunca antes había sentido. Orgullo de hijo.
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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Torre Norte
La Torre Norte seguía igual que siempre. Igual de vacía, igual de desnuda, igual de magnífica en su vista, igual de escondida al mundo.
Evelyn recorrió las baldosas que no pisaba desde hacía veinticinco años y sintió que regresaba en un segundo a su adolescencia, cuando se encontraba allí con Mathew ocultos a los ojos de todos.
La pequeña caseta que sobresalía un metro por encima del suelo, al final de pasillo que bordeaba las almenas, estaba tal cual la recordaba. Sentado en su techo, con las piernas doblabas y las manos apoyadas sobre sus rodillas, su esposo miraba el atardecer.
Se trepó con agilidad y miró el lago, brillando bajo los rayos del sol que se despedía hasta el día siguiente. Por un momento se permitió disfrutar de la impactante visión que siempre le había recordado cuán pequeña era ella en el esquema general de las cosas.
Mathew no se movió. Permaneció en donde estaba, perdido en sus pensamientos, como si no se hubiera dado cuenta de que su esposa estaba parada allí.
- Dime algo, Evelyn, ¿cuándo me transformé en un imbécil? – preguntó repentinamente, apesadumbrado.
La bruja se sentó a su lado, con la vista clavada en el viejo paisaje que parecía no haber sido perturbado en los últimos veinticinco años.
- No lo sé… ¿algún momento entre el almuerzo y ahora? – intentó bromear, percibiendo la enorme turbación del hombre a su lado.
- Hablo en serio – tomando una pequeña piedra, la lanzó contra la almena –. Acabo de llamarle la atención a un chico de Hufleppuff porque estaba haciéndole una broma a sus compañeros. ¡Una broma, Eve! ¿Cuándo dejé de apreciar la parte divertida de la vida?
Evelyn suspiró, cansada. Sabía que algo le había ocurrido a su esposo esa tarde porque sintió el exacto momento en que algo parecido a la vergüenza y el asombro lo sacudieron.
- Yo no creo que hayas dejado de apreciarla, Matt. Es sólo que ahora te resulta… lejana. Supongo que ha pasado demasiado tiempo desde que estas paredes nos daban una tranquila sensación de seguridad. Desde que podías relajarte y permitirte ser como cualquier otro, sin una guerra por qué preocuparte, o una batalla por enfrentar u olvidar.
Hubo un silencio largo entre ambos. El hecho de que ella hubiera hablado en singular sólo puso en evidencia algo que ambos siempre habían sabido, pero jamás discutían. Esa gran diferencia entre ambos que él no llegaba a comprender cuando estudiaban en Hogwarts pero ahora podía ver con absoluta claridad.
Él se preocupaba por haber perdido algo que su esposa, en realidad, jamás había tenido. La inocencia.
Mathew tomó la mano de Evelyn y entrelazó sus dedos con los de ella con suavidad, colocando ambas manos sobre su rodilla izquierda.
- Tengo más de cuarenta años y me he perdido la mitad de mi vida postrado en una cama. Debería estar tratando de disfrutar el hecho de estar vivo, de que estés viva… de que Harry esté vivo. Y en lo único que puedo pensar es en cómo haremos para borrar a Voldemort para siempre de la faz de la Tierra.
Los ojos de ambos estaban quietos en sus dedos entrelazados.
- ¿Pero sabes qué es lo peor? – prosiguió luego de un momento, intentando poner en palabras lo que hacía mucho que tenía dentro, carcomiéndolo: – Lo peor es que más allá de ese momento, tengo un único y solitario plan. Fuera de esa única idea, no sé qué haré después. No sé si quiero ser un auror o dedicarme a administrar todos esos negocios que por años hemos dejado en manos de otros. No sé cómo vivir una vida normal con mi hijo porque ni siquiera tengo muy claro cómo haré para que mi hijo me vea como su padre. Porque no sé cómo ser un padre, Evelyn. Y mañana tal vez ya no esté en este mundo y me habré ido sin haber averiguado qué se siente al ir a un partido de Quidditch con Harry. O discutir con él sobre si debe ser un auror o un Buscador profesional. O ni siquiera darle la misma charla horrorosa que mi padre me dio a mí luego de que tú y yo conjuráramos el bargaine.
Evelyn podía percibir la angustia y la impotencia que toda esta situación le generaba. Y podía entenderlo perfectamente bien, porque ella sentía lo mismo.
- Lo lamento, Mathew. No sé qué decirte. Tengo la misma pregunta y no tengo la respuesta. En cualquier otra circunstancia diría que es cuestión de darle tiempo al tiempo, pero supongo que nosotros… no tenemos algo tan precioso como tiempo.
- No, no lo tenemos – murmuró el hombre.
Soltándole la mano, la bruja le acarició la tensa mandíbula, mirando con cariño el perfil masculino.
- Pero tenemos este tiempo, Mathew. Tal vez no haya otro, tal vez sea el único, pero es mucho más de lo que jamás pensé que tendríamos.
Mathew tomó su mano y le besó la yema de los dedos, ásperas de tanto empuñar estacas y espadas.
- Supongo que ese es el problema – dijo finalmente, suspirando resignado.
- ¿Qué quizás no tengamos otro tiempo? – preguntó Evelyn.
- No – respondió él dibujando círculos en el interior de la muñeca femenina–. Al comienzo no coincidíamos porque tú siempre pensaste que no tendríamos nada mientras que yo nunca dejé de creer que, finalmente, lograríamos tenerlo todo. Y de alguna manera, por más que nos encontramos en la mitad de esos dos extremos, seguimos sin coincidir en absoluto.
Había tanta tristeza en su afirmación que la mujer no pudo responder nada.
Pasándole un brazo por los anchos hombros, dejó que la cabeza de ese hombre que la había sostenido en incontables ocasiones descansara en el hueco de su cuello, mientras su mano se deslizaba con suavidad en el cabello que ya tenía hebras de plata. Mathew se apoyó en su esposa y respiró hondo, tomándole la mano libre entre las suyas y apretándole los dedos con suavidad.
Y mientras el aire del atardecer se enfriaba, envolviéndolos, se quedaron allí, permitiendo que las viejas y queridas paredes les dieran, una vez más, la protección suficiente para relajarse y simplemente, disfrutar del ocaso.
