Capítulo Siete

Londres

Piccadilly Circus

- ¿Por dónde se fue?

- No lo sé.

Mathew estiró su cuello, tratando de distinguir en la multitud la figura del mortífago, pero parecía tarea inútil.

- Hay demasiadas personas – dijo frustrado, moviéndose con rapidez entre la gente.

- Tal vez podríamos hacer un hechizo para despejar la calle – sugirió Arthur.

- No, a menos que sea necesario. La última vez que alguien lo acorraló en un lugar tan atestado, mató a una docena de muggles.

- ¡Pero escapará!

Mathew se paró sobre una pequeña pared que se elevaba a un metro, bordeando el sector de mesas de una cafetería. Entrecerrando los ojos maldijo para sus adentros por no tener la vista de su esposa.

Tras un par de segundos logró divisar la gruesa figura que atropellaba los hombres y mujeres que emergían de la nueva exposición de arte de la Galería Nacional.

- Allá está – dijo saltando a la acera para zambullirse en la marea humana.

Arthur lo siguió de cerca, manteniendo firmemente aferrada su varita en la mano y tratando de no derribar a nadie en su avance.

- ¡Se dirige hacia la Avenida Shaftesbury! Si llega allí, lo perderemos en el tráfico – dijo Mathew.

- Voy por la izquierda – anunció Arthur mientras torcía por Pall Mall, que estaba menos transitada.

Mathew siguió por Charing Cross, concentrándose en no perder nuevamente a su presa entre la multitud.

Había sido verdadera mala suerte que Pettigrew distinguiera el escaso pelo rojo de Arthur antes de que lograran acercarse a él. Por fortuna, la mano metálica que Voldemort le había regalado impedía que se transformara en un ratón pero para ser un tipo bajo y regordete se movía con sorprendente rapidez.

Mathew esquivó a una pareja de ancianos vestidos con elegancia y desembocó en la atestada Avenida Shaftesbury. Se detuvo en la acera, pensando que había lo había perdido, pero un segundo después sus ojos se detuvieron en los de Peter Pettigrew.

Durante un instante ambos hombres se congelaron en el lugar donde estaban. El más puro terror pintado en las pupilas grises de quien sabía que su única oportunidad de sobrevivir radicaba en que su perseguidor no lo alcanzara. El más puro odio retratado en los ojos de quien no iba a dejar que el mayor traidor que conocía no pagara por sus culpas.

Antes de que Mathew pudiera lanzar ningún maleficio que lo detuviera, el hombre corría entre los autos que venían en sentido contrario a toda velocidad.

Seguirlo era un suicidio, pero el mago ni siquiera lo dudó.

Si no fuera por todos esos años que estuvo en coma, estaba seguro que lo habría atrapado muchas cuadras antes. Obviamente, podría haberle lanzado varios hechizos, pero era consciente de que Colagusano contaba con que él no haría magia si podía evitarlo. No allí, en pleno Londres muggle, frente a la Galería Nacional, con cientos de personas pululando alrededor.

Vio que Peter se movía un auto hacia la derecha y seguía corriendo, provocando que una camioneta frenara de repente y se cruzara en la vía; con lo que las bocinas resonaron con estruendo en la noche, mezclándose con el ruido de golpes de vehículos que chocaban.

Mathew pegó un salto y se deslizó por encima del cofre de un auto, para seguir su carrera. Arthur debía estar por algún lugar, cerca, pero no podía buscarlo en ese momento. Toda su atención estaba centrada en acortar cada vez más la distancia que lo separaba del mago que corría a pocos metros.

Un conductor que acababa de chocar contra otro automóvil bajó de su vehículo, haciendo que Colagusano se estrellara contra la puerta con violencia y cayera. Al ver que Mathew se acercaba y no tendría tiempo de ponerse de pie y escapar, levantó su mano plateada y exclamó algo que el ruido de las bocinas no permitió que se escuchara.

Un rayo de luz violeta emergió de su mano, obligando a Mathew a aplastarse contra un taxi.

- ¡Protego! – exclamó el mago, pero un ciclista evitó que pudiera levantar la mano del todo y terminara de conjurar el hechizo adecuadamente, con lo que el maleficio lo rozó haciéndolo caer.

Un dolor intenso le recorrió el brazo, quemándole por dentro y haciéndole difícil respirar. Colagusano entonces lo miró con una sonrisa helada en los labios y lo apuntó una vez más con su mano.

- ¡Avada Keda…!

Antes de que pudiera completar la oración cayó al suelo, empujado por el peso de Arthur, que se había lanzado sobre él.

Mathew se puso de pie con dificultad y se acercó hacia los dos magos, haciendo una mueca al sentir que el dolor le quemaba las costillas.

Arthur había volteado a Peter de cara al suelo, retorciéndole el brazo en la espalda y clavándole la rodilla en la columna para inmovilizarlo.

- Muévete y te romperé el brazo – le musitó al oído.

Algo debió escuchar Pettigrew en su tono de voz porque dejó de retorcerse. Arthur miró a su primo y éste asintió, dándole a entender que estaba bien. Entonces, el ex auror sacó de su bolsillo una placa policial y la mostró a la gente que comenzaba a acercarse para mirar.

- Interpol – dijo en voz bien alta, levantando la placa para que la gente pudiera verla, con lo que su rostro se contrajo por una nueva ráfaga de dolor – Atrás, por favor. Todo está bajo control.

Ante la vista de la insignia policial la gente comenzó a retroceder con lentitud. Entonces, Mathew le tendió a Arthur un par de esposas.

- ¿Interpol? – preguntó éste, esposando a Peter. Tocando las esposas con su varita, murmuró un hechizo que evitaría que se abrieran.

- Nada como una placa para que los muggles acepten una persecución.

- Pues espero que esa placa sirva para evitar le bronca que te echará tu esposa por dejarte alcanzar por un maleficio – dijo Arthur, al ver el gesto crispado en las facciones de Mathew.

Poniéndose de pie, tiró de Pettigrew y le dio la vuelta para mirarlo de frente.

- ¡Arthur…! – dijo éste, con sus ojos moviéndose de manera nerviosa.

- ¿Sabes? Yo que tú reservaba mis energías y no desperdiciaba saliva en intentar decir nada que no te preguntemos – le advirtió Arthur.

La mano de Mathew se cerró sobre la clavícula de Colagusano y su dedo pulgar se enterró sin piedad en la carne, haciendo que las facciones del mortífago se contrajeran.

- Camina, Peter. Hay alguien que quiere verte.

Sin dejar de apretar con el pulgar, empujó a su prisionero detrás de Arthur por entre los autos hasta una calle lateral desde donde pudieran Aparecerse.

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Escalera Nº 78

Los pasos de los dos adolescentes resonaron en la quietud de la escalera, rebotando contra las paredes apenas iluminadas.

La mente de Hermione la bombardeaba con todo tipo de pensamientos que la agobiaban, y el silencio en el cual habían realizado toda la ronda no ayudaba a que pudiera escapar de ellos.

Desde que volvieron al colegio, Ron había estado más callado que de costumbre.

En realidad, si tenía que ser totalmente sincera, Ron se había vuelto más callado desde mucho antes de eso. Como si estuviera sumido en un mundo que sólo él habitaba; al cual ella jamás pertenecería, que él jamás mencionaba, pero estaba allí.

Su interior pareció encogerse al darse cuenta de hasta qué punto las cosas se habían torcido a lo largo del tiempo.

Ginny estaba intratable, tan asustada y desencajada ante la sola idea de bajar a una simple habitación, que había vuelto a ser la chica taciturna y nerviosa de su primer año en Hogwarts. Casi no hablaba ni comía y, por lo que sus compañeras de cuarto le comentaron, pasaba la mayor parte de las noches en vela.

Harry estaba tan desestructurado con el tema de sus padres; con la responsabilidad de ser el capitán del equipo de Quidditch; con la posibilidad de que tal vez no tuviera que enfrentarse a Voldemort pero tal vez sí. Con la maldita profecía, y el plan que lo obligaba a abrir la Cámara Secreta, y las clases. Y Ginny. Porque él no había dicho nada, pero Hermione podía ver lo que estaba pasando por el interior de su mejor amigo.

Sus padres, que estaban asustados pero se negaban a abandonar su rutina, su trabajo, su vida. Lo único que podía hacer era confiar en que las barreras que habían colocado Dumbledore y los miembros de La Orden para protegerlos, fueran suficiente protección. Pero seguía esperando sus cartas cada tres días con un nudo en el estómago. Temerosa de que no llegaran, temerosa de lo que podían decir.

Y finalmente, Ron. Nada la desestabilizada tanto como Ron.

Sus peleas habían ido en aumento en las últimas semanas. Todas por estupideces, pero aún así tan amargas que le dejaban un nudo en el alma y la mantenían despierta hasta la madrugada. ¿Por qué diablos es que todas esas idiotas que antes ni siquiera lo miraban ahora se la pasaban riéndose tontamente de sus bromas? ¿Y por qué demonios él no se percataba de que esas brujas lo único que buscaban era ser vistas junto al mejor amigo de Harry Potter, que había sobrevivido a una batalla con mortífagos? Cuando lo veía con alguna de ellas no podía evitar querer arrancarle todos esos mechones colorados.

Pero un momento después lo único que quería hacer era sentarse a su lado en el sofá del salón común y tratar de sacudir al chico que las pesadillas habían tornado silencioso, cuando permanecía sin decir nada, con la mirada perdida. Como esa noche durante la ronda.

Distraída, pisó mal y se resbaló, perdiendo el balance. Antes de darse cuenta, rodó escaleras abajo hasta el descanso.

- ¡Hermione! - Ron estuvo a su lado en dos saltos. - ¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿Estás herida?

La chica permaneció hecha un ovillo un momento, demasiado adolorida como para intentar enderezarse.

- ¡Hermione! – el muchacho, claramente alarmado, se hincó a su lado y le quitó el cabello de la cara con suavidad para poder verle el rostro. – Hermione… háblame… ¿qué te duele? ¿Dónde te lastimaste?

- No lo sé – jadeó ella.

Tomando aire se sentó con lentitud, ayudada por Ron que la sostuvo por los brazos mientras la miraba con ansiedad.

Había una enorme preocupación en esos ojos azules clavados en ella. Los mismos que habían estado fijos en cualquier lugar durante gran parte del día.

- Soy una tonta – dijo Hermione, intentando sonreír -. No estaba prestando atención.

El ceño fruncido de Ron se disipó apenas.

- Tendríamos que decirle a Dumbledore que invierta en más antorchas si quiere que hagamos estas rondas.

- No creo que más antorchas hagan que prestemos atención a lo que hay frente a nosotros – murmuró la joven, estremeciéndose al sentir las cálidas manos de Ron en sus antebrazos.

- ¿Puedes levantarte?

- Claro… sólo… dame un segundo.

- Ven, déjame ayudarte.

Sin esperar su respuesta, se puso de pie y la levantó con él.

- Estoy bien, Ron – Hermione intentó separarse del muchacho, que estaba demasiado cerca. Últimamente, la distancia era algo que había aprendido a poner entre ambos, ya que si él estaba tan próximo como ahora, ella tendía a acalorarse, sentirse incómoda e irritarse.

Pero en el momento en que las manos de Ron la soltaron, todo el peso de su cuerpo cayó sobre sus pies y un dolor agudo le atravesó el tobillo, haciendo que extendiera la mano hacia él de nuevo.

El chico la tomó por la cintura y, frunciendo el ceño, la ayudó a sentarse en un escalón.

- ¿Es el tobillo? – con delicadeza tomó el pie y lo rotó con cuidado.

- Eso… duele – murmuró, Hermione.

- Lo siento – dijo el muchacho, masajeándole el tobillo lastimado con los pulgares –. No creo que esté roto, pero te llevaré a la enfermería. Madame Pomfrey lo arreglará.

Hermione miró los ojos azules que ya no eran infantiles, ni inocentes. Las enormes manos que sostenían su pie como si fuera algo absolutamente frágil. Las líneas de tensión que las pesadillas y esos recuerdos que no le pertenecían, habían marcado en ese rostro que tanto había cambiado desde que lo viera por primera vez.

Y de repente, sin poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a caer sin control.

Sabiendo cuánto le incomodaba a Ron que alguien llorara en su presencia, intentó bajar el rostro y componerse, pero la angustia que había estado alojada en su pecho por tanto tiempo no la dejó y, en un lugar de dejar de llorar, comenzó a hacerlo con más fuerza.

Luchó por detenerse, pero Ron se sentó a su lado y, pasándole un brazo por los hombros, la estrechó contra él, permitiéndole que bañara el cuello de su camisa con lágrimas.

Entonces, encerrando la túnica de Ron en uno de sus puños, dejó que sus miedos, dudas, pesares y dolor emergieran sin restricciones. Y por mucho rato lo único que se escuchó en la solitaria escalera, fue el eco del llanto de la adolescente que se abrazaba con fuerza al pelirrojo guardián del equipo de Gryffindor.

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Casa de Seguridad de La Orden del Phoenix

Sección Oeste del Claustro de la Catedral de St. Paul

Peter abrió la boca para decir algo en dos oportunidades pero la cerró sin emitir una sola palabra. Algo en la pétrea expresión de Shacklebolt lo disuadió de hablar.

Cuando Arthur lo llevó hasta ese cuarto y lo sentó en la silla, inmovilizándolo, toda una serie de imágenes desagradables cruzaron por su cabeza. Aún cuando su maleficio había afectado a Mathew, él lo había visto en acción las suficientes veces en el pasado como para no saber que incluso herido, era alguien a quien no podía subestimarse.

A diferencia de la mayoría, Peter sabía que Mathew era quizás más peligroso que su esposa. Evelyn había lidiado toda su vida con el odio, el horror y la marginalidad. Mathew se enfrentó a estas cosas siendo adulto y le daba un enfoque totalmente diferente al concepto de venganza del que manejaba su mujer.

Al principio, cuando vio que se quedaba con Shacklebolt supuso que éste sería el encargado de interrogarle. A medida que pasaban los minutos y el mago se limitaba a estar allí sentado en silencio, sin casi parpadear, Pettigrew comenzó a pensar que quizás alguien más haría la tarea. Ninguna de las opciones que se le ocurrieron lo hizo particularmente feliz.

No podía esperar a que Voldemort lo rescatara. Incluso era consciente que, en caso de salir de allí, nada bueno le esperaba si regresaba con El Innombrable.

Era un hombre muerto y lo sabía.

La única duda ahora era en manos de quién moriría.

Quince minutos después, cuando la angustia y la incertidumbre parecía que iban a consumirlo por completo, la puerta se abrió y Dumbledore entró. Una ola de alivio lo cubrió. Dumbledore era el mal menor.

Casi se había relajado cuando detrás del mago apareció Evelyn Bright y el miedo le congeló las entrañas.

Muchos años atrás, había visto cómo reaccionó Evelyn cuando un mortífago le clavó una flecha a su marido en su primera misión como aurores. Y recordando que él acababa de lanzarle un maleficio poderoso a Whitherspoon, por un instante prefirió enfrentarse con Voldemort.

Shacklebolt se puso de pie y salió del cuarto, cerrando la puerta con suavidad a su espalda, mientras Dumbledore ocupaba la silla que el auror había dejado vacía. Evelyn se apoyó en la pared junto a la puerta y se cruzó de brazos, clavando sus ojos dorados en él. Esos ojos lo atormentaban desde siempre. Parecían poder sacarle la piel en lonjas y dejarlo en carne viva.

Dumbledore lo miró con calma y entrelazó las manos sobre la superficie despostillada de la mesa.

- Hola Peter.

Colagusano parpadeó varias veces, nervioso.

- Profesor Dumbledore…

- Esto no llevará mucho tiempo, Peter – lo interrumpió el mago, levantando la mano -. Te haré algunas preguntas y espero que las respondas con la verdad. Si lo que me dices no me convence, me veré obligado a recurrir a otros métodos, pero con sinceridad prefiero que hagamos las cosas del modo sencillo.

El hombrecito tragó saliva con dificultad mientras sudaba copiosamente.

- ¿Qué métodos?

- Los míos – replicó Evelyn sin moverse de donde estaba.

La tenaza en sus entrañas se cerró un poco más y el mortífago regresó los ojos hacia la persona que, en ese momento, significaba un mínimo de esperanza. Dumbledore parecía preocupado y algo molesto, pero no apartó la mirada de su ex alumno.

- Usted no entiende, profesor. Si él se entera que hablé con ustedes, hará algo peor que matarme.

- Peter, lo que yo entiendo es que él sabe que estás aquí, con nosotros. Y sólo por eso, hará algo peor que matarte – respondió Dumbledore en un tono neutro -. Creo que tienes dos opciones. O nos dices lo que queremos saber y nosotros vemos la forma de que él no llegue a ti, o no nos lo dices y nosotros te liberamos.

- ¿Liberarme?

Pettigrew podía entender perfectamente lo que significaría que Voldemort supiera que había sido liberado. Sopesó sus opciones sintiendo sobre él la mirada implacable de Evelyn. Había una energía extraña emanando de ella, peor de lo que recordaba.

- Si colaboro con ustedes, ¿me protegerán?

- Estoy seguro de que podemos llegar a algún tipo de arreglo – respondió vagamente el jefe de la Orden del Phoenix.

Durante largos tic-tacs del reloj que colgaba de la pared un silencio aplastante cubrió la habitación, mientras el hombre que había traicionado a todos sus amigos pensaba. El corazón le latía tan rápido que parecía que iba a salírsele y el miedo lo carcomía.

En realidad, no tenía opciones. Lo supo en el instante en que vio a Arthur Weasley esa noche y un segundo después divisó a Mathew Whitherspoon. Y lo sabía ahora, mientras Evelyn no se movía de donde estaba, haciéndole saber con su sola presencia que lo que se avecinaba no iba a ser ni rápido ni placentero.

- ¿Qué quieren saber?

Dumbledore se relajó pero el hombre sentado frente a él no pudo notarlo. El director del colegio prefería no tener que dejar este interrogatorio en manos de Evelyn. La bruja estaba tan furiosa porque Pettigrew había alcanzado a Mathew con un maleficio que no confiaba en que se midiera demasiado.

- Tom ha conjurado varios horcruxes, ¿estoy en lo correcto?

Tomado por sorpresa, Colagusano frunció levemente el ceño. ¿No iban a preguntarle sobre el paradero de su amo? Vislumbrando una esperanza, decidió jugar con el factor estupidez.

- ¿Horcruxes? – preguntó –. Yo… no sé de qué me está hablando, profesor. ¿Qué es un horcrux?

Hubo un silencio tenso en el cuarto y pudo ver algo así como un lamento en las pupilas azules del viejo mago.

- Será a mi modo entonces – dijo Evelyn.

Antes de que Colagusano siquiera pudiera registrarlo, Evelyn se apartó de la pared. En dos pasos estuvo parada a su izquierda y, sin decir una sola palabra, hizo aparecer una estaca plateada de la nada y le atravesó la mano de metal, clavándolo literalmente al apoyabrazos al cual estaba atado.

Peter lanzó un grito, aterrorizado, al tiempo que Dumbledore se ponía de pie.

- ¡Evelyn! ¿Qué hacés? – preguntó, alarmado. – Esto no es lo que habíamos acordado.

- Cambio de planes – replicó la bruja, que sin desviar su atención del hombre que jadeada en la silla se apoyó en la mesa, de espaldas a su viejo instructor. - No grites, Peter. Eso no te ha dolido pero puedo asegurarte que lo que sigue dolerá como el infierno – sacó otra estaca, esta vez de madera, del bolsillo de su pantalón -. Ahora voy a explicarte cómo va a funcionar el resto de esta charla. El profesor Dumbledore te preguntará una vez más lo que quiere saber y tú responderás sin fingir ignorancia. Por cada mentira tengo una estaca, Peter, y a diferencia de esa mano de metal, el resto de tu cuerpo puede sentir el dolor. Si mientes voy a saberlo. Y no te molestes en tratar de usar Oclumancia porque no es tu mente insignificante lo que me dirá si estás diciendo la verdad o no. ¿Me entiendes?

Colagusano parpadeó sin decir nada, demasiado asustado por lo que podría ocurrir en los siguientes minutos, u horas, como para siquiera poder verbalizar un simple sí. Así que se limitó a asentir varias veces con la cabeza.

Dumbledore permaneció de pie, debatiéndose entre detener lo que Evelyn estaba haciendo o proseguir con el interrogatorio. Sabía que el aterrorizado mortífago no estaba sintiendo dolor, pero la tortura tenía muchas formas.

- Entonces, ¿cuántos horcruxes creó tu amo? – preguntó Evelyn antes de que su vigilante tomara una decisión.

- No… no lo sé – logró decir Peter, que sentía la garganta como lija.

La estaca bailó entre los dedos de la cazadora como si se tratara de un bolígrafo, atrayendo la atención del hombre que temblaba de manera visible.

- ¿Eres conciente de que esta noche le lanzaste a mi esposo un maleficio de secuelas desagradables, verdad? – preguntó ella, atravesándolo con la mirada.

- ¡Juro que no sé cuántos creó! – exclamó el hombre, volviéndose hacia Dumbledore – Profesor Dumbledore, le juro que no lo sé. Él no me dice sus planes ni lo que hace o deja de hacer.

- Háblanos de los que sí sabes – pidió entonces Dumbledore, decidiendo que si la estaca de madera se enterraba en cualquiera parte de Peter Pettigrew, sacaría a Evelyn de ese cuarto.

Con el cerebro funcionándole a toda velocidad, Peter se debatió entre el terror de lo que sucedería si decía lo que sabía, y el miedo a lo que haría Evelyn si permanecía en silencio. Tras cinco segundos de duda, la mano de la bruja bajó como un mazo, golpeando la estaca de metal con la base de la de madera con una precisión impactante, clavándola aún más en el apoyabrazos.

- ¡Tres! – exclamó, aterrado –. Hasta donde sé, creó tres.

- ¿Sabes qué usó? – preguntó entonces Dumbledore, aprovechando que el hombre había comenzando a hablar.

- El anillo de los Riddle y un retrato de su madre – respondió Peter, sudando e intentando infructuosamente alejarse de Evelyn. – Sólo sé de esos dos. Lo juro. No sé cuál es el tercero. La única vez que escuché sobre él fue cuando Lucius comentó, hace años, que el Señor Oscuro lo había creado, pero no dijo qué era. Les juro que no lo dijo.

Evelyn se quedó allí, muy quieta, mirándolo.

- El anillo de su padre y un retrato de su madre… - repitió lentamente, con lo que Peter asintió frenéticamente –. Y supongo que no sabes dónde los escondió, ¿verdad?

- Le escuché decir que iba a moverlos de lugar… el anillo estaba en la tumba de Riddle, pero no sé si sigue allí – dijo atropelladamente el hombre.

La bruja asintió levemente tras un momento y se inclinó hacia delante.

- Seamos claros, Peter. Conozco ratas detestables; muchas; de todo tipo. Pero tú… tú probablemente seas la peor de todas. Angelus me atrapó por ti. James y Lily están muertos por ti. Sirius pasó años en prisión por ti. Harry casi muere debido a ti. Voldemort se volvió corpóreo gracias a ti. Así que en lo que a mí respecta, no hay tratos y no habrá misericordia. Ni mía, ni de Mathew. – Enderezándose, retiró la estaca de metal de un tirón y se puso de pie –. Piensa en eso.

Girándose, miró brevemente a Dumbledore y salió del cuarto.

Peter observó azorado su mano destrozada y luego levantó los ojos para clavarlos en los del hombre sentado del otro lado de la mesa.

- Profesor Dumbledore…

Pero el director de Hogwarts se giró y salió detrás de Evelyn, sin quedarse a escuchar lo que su ex alumno quisiera decirle.