Capítulo Ocho

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Gran Salón Comedor – Mesa Gryffindor

- Tengo que pedirte un favor.

La tostada con mantequilla y mermelada quedó suspendida a medio camino de la boca de Harry cuando Ginny se sentó frente al él. Mirándola, levantó las cejas, sorprendido por la brusquedad con que ella le había hablado y la tensión que emanaba.

- Claro… - dijo, algo dubitativo - ¿Qué cosa?

- Necesito que me enseñes defensa contra las artes oscuras como lo hacías el año pasado – replicó Ginny.

El muchacho tragó saliva y se preparó mentalmente para lo que sabía que iba a seguir.

- ¿Piensas dejar de venir a los entrenamientos con Mathew y Evelyn?

- No.

- ¿Entonces? El año pasado les mostré todo lo que sabía y no es nada comparado con lo que podemos aprender de ellos.

- Ellos no van acceder a mi pedido si averiguan mis motivos – un claro desafío brilló en esos ojos que hacían que algo raro danzara en el estómago de Harry cuando lo miraban fijo -. No bajaré allí, así es que necesito prepararme para defenderme.

Harry dejó la tostada en el plato y se inclinó hacia delante, bajando la voz para evitar que el resto de los alumnos que desayunaban cerca escucharan la charla.

- Ginny, debes ser razonable. No tenemos mejores opciones.

Un destello de decepción cruzó por las facciones de la chica.

- No se trata de si es mejor o peor, Harry, sino que para mí, ésta no es una opción. Pensé que tú lo comprenderías. De todos, pensé que tú sabrías.

Tomando aire, Harry maldijo para sus adentros. No estaba preparado para tener esa charla aún. La había estado evitando por dos semanas porque no tenía ni idea de qué podía decir o cómo salir entero de ella.

- Yo tampoco puedo enseñarte nada – respondió Harry con repentina decisión. Al ver el dolor en el rostro de la chica, intentó hacer que comprendiera lo arriesgado de su decisión –. Ginny, tienes que entender…

- No, el que tiene que entender eres tú – lo interrumpió Ginny, con los ojos sospechosamente brillantes –. No bajaré allí de nuevo, Harry. No lo haré. No me importa si el plan es infalible. Prefiero enfrentarme a una horda de mortífagos antes que regresar a ese sitio.

- Eso sería un suicidio estúpido – apuntó Harry un poco más brusco de lo que pretendía.

Ginny se irguió, al tiempo que su temperamento comenzaba a soltarse.

- Pero seguro que si se te hubiera ocurrido a ti, sería algo tremendamente heroico y loable, ¿verdad? – replicó la chica con acidez.

El comentario hizo que Harry se enfadara.

- ¿Acaso crees que ansío quedarme encerrado allí? – preguntó con un tono igualmente agrio -. ¿Piensas que no preferiría cualquier otra opción antes que ésta? Pero no se trata de lo que yo quiera, sino de lo que hay que hacer.

Sin darse cuenta, sus voces se habían elevado atrayendo la atención de quienes estaban cerca.

- ¡Vaya! ¿De repente es lo que hay que hacer y no lo que tú quieres? ¿Desde cuándo? – El genio de Ginny se disparó –. Te conozco, Harry Potter. No intentes jugar ahora al héroe sacrificado porque sé muy bien de lo que eres capaz y de lo que no.

Ginny supo que no debía haber dicho eso. No era cierto, pero estaba más allá del remordimiento. Simplemente, estaba desesperada. Sin embargo, el insulto, nacido de la rabia y la impotencia, hizo que el rostro de Harry se contrajera como si lo hubiera abofeteado.

- En ese caso, ya que me conoces tan bien, sabes que no te enseñaré nada que haga que te quedes aquí, al descubierto, provocando que te maten – declaró el chico con dureza, apretando las manos en puños.

- No moriré si estoy bien preparada – retrucó ella y su expresión pasó de furiosa a suplicante -. Harry, sé que si lo discutimos verás que tengo razones. Y que tengo razón.

Harry meneó la cabeza con lentitud, mientras buscaba su mochila bajo la mesa.

- No discutiré contigo. No sobre esto.

Ginny lo miró, una vez más enojada.

- ¿Por qué no?

Quiso decirle que era porque le importaba demasiado como para arriesgarse a que algo le sucediera, pero no se atrevió. En parte porque aún no sabía qué nombre darle a eso que se retorcía en su interior cada vez que pensaba en ella. Y en parte porque si hubiera sabido qué nombre darle, no estaba seguro de qué hacer al respecto. Así es que se puso de pie y la miró un momento antes de responder con calma.

- Porque no.

- No te atrevas a irte – dijo Ginny cuando él comenzó a alejarse - ¡Harry!

Murmullos de todo tipo acompañaron al muchacho mientras se acercaba a la entrada del Gran Salón. Estaba a diez pasos de la puerta, por donde en ese momento entraban Dean y Neville hablando, cuando repentinamente la voz de Ginny atravesó el comedor de Hogwarts con la fuerza de un tornado, haciendo que la única palabra que pronunció resonara en cada rincón y rebotara en cada persona que se encontraba allí en ese momento.

- ¡COBARDE!

Un silencio sepulcral pareció caer en el lugar.

Harry se quedó congelado frente a los dos adolescentes, que pasaron sus miradas desde la joven pelirroja destilaba rabia a unos cuantos metros, hasta su amigo, que apretó los labios con fuerza antes de seguir caminando y salir del comedor sin decir absolutamente nada.

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Gran Salón Comedor – Mesa Principal

Del otro lado del salón, en la mesa de los profesores, Mathew y Evelyn terminaban su desayuno cuando la acusación de Ginny resonó en la enorme estancia.

La bruja levantó una ceja y jugó con su vaso de agua, pensativa.

"Creo que deberías hablar con él".

Mathew mantuvo sus ojos en la hija menor de su primo Arthur.

"Pues yo creo que tú deberías hablar con ella"

Evelyn arrugó el ceño.

"Tal vez sería mejor si Molly habla con ella".

"Molly no puede decirle nada sobre Tom Riddle. Tú sí".

"Pero no sé si podré decírselo bien". Pensativa, mordió un bollo caliente. "No era buena charlando con las chicas de mi edad a su edad".

"Ginny no se parece a ninguna chica que tú conocieras cuando tenías su edad".

"Supongo que en eso tienes razón", acordó Evelyn. "Veré qué puedo hacer cuando regrese".

El mago se respaldó, reflexionando preocupado.

"¿A qué hora parten?"

"En cuanto Dumbledore regrese del Ministerio", respondió la bruja. "Y ya deja de preocuparte. Él y yo somos perfectamente capaces de destruir esa cosa… si es que está allí".

"No me preocupan tus capacidades, ni las de Dumbledore", afirmó Mathew. "Me preocupa que Pettigrew no es confiable y preferiría acompañarlos".

"Lo sé. Pero si no vamos ahora, y Voldemort realmente está moviendo los horcruxes, perderemos la oportunidad".

"Eve, no necesito que me enumeres las razones. Sóolo estoy diciendo que preferiría acompañarlos".

"Mathew, tú no puedes ir. Aún no te repones del todo de lo que pasó cuando atraparon a Colagusano y no necesitamos que malogres tu recuperación", la decisión en la voz de Evelyn era inamovible.

El hombre no insistió. Sabía que destruir esos horcruxes era una tarea que requería de mucho poder y él había salido bastante lastimado por el maleficio de Pettigrew. Si la acompañaba ahora, tal vez no tendría la fortaleza necesaria y causara un mal mayor.

Suspirando, se puso de pie al mismo tiempo que su esposa y ambos se dirigieron a las puertas del Gran Salón, en donde prácticamente se tropezaron con Snape que iba entrando. El profesor de Defensa contra las Artes Oscuras se enderezó de golpe y miró a Mathew con un desprecio idéntico al que éste le mostraba.

- Whitherspoon – murmuró, como si pronunciar el apellido le resultara repulsivo.

- Snape – respondió el aludido, con igual tono.

Ambos hombres se quedaron quietos y Evelyn pudo sentir las miradas de todos los alumnos sobre ellos, atentos a lo que podía suceder. La animadversión entre ambos profesores era de dominio público y, según le había contando Harry, todo el colegio estaba haciendo apuestas sobre el origen de la tensión reinante entre ellos.

- Severus, ¿podríamos reunirnos en el aula en media hora? Necesito cotejar contigo algunas notas – dijo la bruja, rompiendo el silencio.

Snape asintió, sin apartar la vista del otro mago, y ella aprovechó para cerrar sus dedos alrededor de la muñeca de Mathew y apretarla.

"Vamos", le dijo con firmeza.

Una mueca horrible torció la boca del hombre pero permaneció en silencio. Dio la vuelta y, colocando su mano en la espalda de su esposa, se alejó con ella.

"Pensé que habías dicho que a los 42 habías aprendido algunas cosas que no sabías a los 17, le reprochó Evelyn con enfado.

"Y es así. A los 17 pensaba que Severus Snape era un imbécil que babeaba por ti", respondió Mathew mirando al frente, mientras subían las escaleras hacia el primer piso. "Ahora sé que es responsable de cosas por las cuales merece que le arranque la cabeza."

Evelyn se detuvo cuando llegaron al pasillo y lo miró con los brazos cruzados.

- Habíamos acordado que, por el momento, confiaríamos en el criterio de Dumbledore.

Su marido levantó una ceja y la miró, interrogante.

- Su cabeza aún está sobre sus hombros, ¿no? – Inclinándose, le besó la frente –. Debo ver a Minerva McGonagall antes de que comiencen las clases. Avísame cuando vayan a salir.

La bruja se quedó parada en el medio del pasillo, con el ceño fruncido, ajena a las risas de varias alumnas de séptimo año que habían visto el gesto de Mathew y cuchicheaban entre ellas bajando a desayunar.

Recuerda hablar con Harry!", dijo cuando su esposo se encontraba a varios metros.

El mago levantó la mano en señal de asentimiento antes de girar en una esquina y desaparecer. Entonces, la bruja suspiró y siguió camino a las habitaciones que ocupaba con Mathew en el colegio, dispuesta a revisar lo que debía llevar en la misión que iba a emprender con Dumbledore.

En la mesa de profesores Severus Snape despedazaba un bollo con saña, maldiciendo a Mathew Whitherspoon para sus adentros.

La verdad, no iba a extrañar a ese infeliz si algún mortífago lo borraba del planeta.

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Londres

Callejón Diagon

- ¿Y es guapo? –preguntó Dawn.

- ¿Quién? – Willow caminaba a su lado sin prestar mayor atención a la cháchara de la chica.

- ¡Harry Potter! Lo he visto en algunas ediciones de El Profeta del año pasado, pero me parece que las fotos son de un par de años atrás.

- Pues… no lo sé. No lo he visto.

- Ah – Dawn suspiró y enroscó su largo cabello castaño en un dedo, pensativa.

- Mathew Whitterspoon es muy guapo – comentó Willow -. Y según me han dicho, Harry Potter se parece mucho a él.

- ¿De veras?

- Sí.

Una sonrisa satisfecha cruzó por el rostro adolescente.

- ¿Y crees que solamente salga con brujas?

- No lo sé, Dawn. Escucha, debemos apresurarnos. Todavía queda un lugar más que necesito ir a ver.

Willow miró su lista con el ceño fruncido. Si no conseguía esas raíces en la herbolaria suiza, tendría que esperar un mes para que el negocio en donde solía comprar las trajera.

Cruzó la calle casi corriendo, intentando alcanzar la otra acera antes de que el semáforo se pusiera en rojo, y se detuvo al darse cuenta de que Dawn no la había seguido.

- ¡Willow!

Asustada se giró y vio que del otro lado de la calle, una mujer con una larga túnica tomaba a Dawn por el brazo. Antes de que pudiera siquiera pensar en hacer algo, las dos habían desaparecido.