Capítulo Diez
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Habitación de Mathew Whitherspoon y Evelyn Bright
Mathew entró en la habitación y apoyó la escoba contra la pared, junto a la silla donde dejó su capa invisible.
Sonrió al ver a Evelyn sentada en la enorme cama cepillándose el pelo, vestida con su vieja camiseta de los Canon y sus largas piernas desnudas.
- Hola, extraño – dijo la bruja, levantando los ojos hacia él.
- Hola.
Dejando el cepillo sobre la mesa de noche, separó su cabello en dos mitades y comenzó a trenzarlo. Lo llevaba bastante más corto que cuando era joven pero aún se veía igual de negro que siempre.
Acercándose a la cama, Marthew se quitó los zapatos y se sentó entre los pies de su esposa. Se inclinó para besarla y tomó el pote de ungüento que estaba sobre el edredón, junto a la cadera femenina.
- ¿Cómo les fue? – preguntó.
Tomó una de sus piernas y comenzó a esparcir crema a lo largo de la piel, masajeándole los músculos con concentración. Evelyn terminó de trenzar su cabello y se relajó contra la pila de almohadas que tenía a su espalda, suspirando cansada.
- Mal. No había ningún Hoxcrux en esa cueva del demonio.
- ¿Trampas?
- Nada que no pudiéramos manejar.
Mathew siguió trabajando en su pierna derecha unos momentos más en silencio antes de pasar a la izquierda. Siempre le habían gustado las piernas de Evelyn. Eran largas, fuertes, flexibles. Esparcir crema sobre su piel para relajar sus músculos era una de esas cosas que jamás dejaría de disfrutar.
Sus dedos llegaron hasta el tobillo y vio el moretón que comenzaba a volverse oscuro.
- ¿Y qué le pasó a tu tobillo?
- No lo quité a tiempo – una mueca cruzó las facciones de la cazadora cuando su esposo tocó el punto donde una roca de considerable tamaño la había golpeado.
- No parece estar quebrado – lo movió con lentitud, palpando el hueso -. ¿Tal vez fizurado?
- Torcido – dijo la bruja restándole importancia. Apoyando la cabeza contra el cabezal de madera, Evelyn miró a Mathew con los ojos entornados - ¿Y qué tal te ha ido a ti?
Las manos del hombre subieron por la pierna, apretando los músculos con movimientos cadenciosos y precisos.
- Creo que esa escoba será un éxito.
- No estoy hablando de esa escoba. Ya sé que será un éxito, una vez que corrijan el diseño de las ramas – replicó la bruja –. Estoy hablando de Harry.
- Harry estará bien – respondió Mathew -. Sólo está confundiendo el acceder a lo que Ginny le pide con ayudarla.
- ¿Y qué es lo que Ginny le pide?
- No lo dijo. Pero si tengo que adivinar, me decantaría por que quiere que le enseñe métodos de defensa para estar preparada y no bajar a la Cámara.
- Ella aprende defensa con nosotros – adujo Evelyn.
- Quizás piensa que Harry sabe algunas cosas que nosotros no le enseñaríamos… con sinceridad, a veces me pregunto qué es lo que esos tres andan aprendido por su cuenta.
Evelyn tomó aire, sabiendo que su esposo tenía razón. Por un segundo se quedó pensando en las implicaciones de lo que Mathew le había dicho, preocupada.
- Si ella se queda fuera… - hizo una mueca cuando los dedos de su esposo tocaron una zona golpeaba de su muslo derecho – él querrá quedarse con ella.
Mathew asintió.
- Es lo que yo habría hecho si se tratara de ti.
- ¿Y ahora qué?
- Ahora él intentará averiguar la manera de ayudarla para que venza lo que sea que la aterroriza de ese sitio.
- ¿Y si no tiene éxito?
- Le prometí a Harry que idearemos un plan alternativo para Ginny.
Evelyn suspiró y cerró los ojos, cansada.
Había invertido una enorme cantidad de energía en la cueva y no había ayudado que el lugar comenzara a desmoronarse con ellos dentro.
- Hablando de planes, ¿volar en horario prohibido una escoba experimental? ¿No se te ocurrió algo menos transgresor de las normas del colegio para romper el hielo?
Mathew sonrió.
- Se me ocurrieron un par de cosas más, pero pensé que era menos transgresor salir a volar sobre el lago que ir hasta Berlín para ver la final de la Copa Europea de Quidditch.
- No me cabe duda de que esa tendencia de Harry a quebrar normas la heredó de la rama Potter de la familia.
- Porque tú jamás rompiste una regla en tu vida.
- Las únicas razones por las cuales rompía reglas en esta escuela eran mis tareas de Cazadora. Por si se te olvidó, las patrullas se hacían de noche y estar preparada exigía que entrenara. Además….
EL mago tiró de las piernas de su esposa hacia él, interrumpiéndola. La tomó de las manos, jalando hasta que estuvo sentada a horcajadas sobre su regazo.
- Vamos, admítelo. Te encantaba volar sobre el Bosque Prohibido en las noches de luna nueva – con delicadeza tomó una de sus trenzas y la enroscó en su dedo. – Nadar en el lago a media noche, caminar por Hogsmeade en el amanecer… te encantaba que anduviéramos por allí cuando nadie podía vernos.
- Por supuesto. Pero nunca fue mi idea hacerlo – respondió la bruja, cruzando sus brazos alrededor del cuello de Mathew -. Es más, creo que dejé perfectamente asentado en cada una de todas esas oportunidades que no estaba de acuerdo con hacerlo.
- Pero aún así ibas.
Una sonrisa distendió las agotadas facciones de la bruja.
- Soy la Cazadora. Era mi deber ir contigo para asegurarme que no te sucediera nada malo… como encontrarte con alguna bruja excitante y misteriosa que te cautivara con un hechizo de amor o alguna porquería de ese estilo.
Mathew colocó el negro cabello de Evelyn hacia la espalda de la bruja, con suavidad.
- Excelente argumento, Bright.
- Gracias, Whitherspoon.
Un gemido de placer emergió del interior de Evelyn cuando él la besó sin prisa, lenta y profundamente.
- ¿Sabes? Esta es la razón por la cual me enamoré de ti – murmuró Mathew sobre sus labios, acariciándolos con los suyos – La inteligencia es tan sexy.
Volvió a besarla, apretándola aún más contra él, cuando el golpeteo insistente de una lechuza contra la ventana cerrada los obligó a separarse entre suspiros frustrados.
Rompiendo el abrazo en el que estaban entrelazados, Mathew se puso de pie y abrió el postigo, desatando la nota que el ave traía atada en su pata. Leyó con atención el pergamino y su rostro se tensó.
- ¿Qué pasa?
El mago levantó la vista y la clavó en su esposa.
– Alguien se ha llevado a la hermana de Buffy.
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Algún lugar de Glasgow
- Entonces… tú eres quien maneja mis asuntos legales ahora.
La voz de Voldemort era igual que su aspecto. Repulsiva.
- Sí.
Angel estaba sentado indolentemente en un sillón de brocado rojo sangre. Sus largos dedos recorrían el entramado del apoyabrazos con delicadeza descuidada, mientras su rostro mostraba aburrimiento. Sus ojos entornados, sin embargo, estaban fijos en el brazalete que se encontraba medio escondido detrás de una estatuilla, en uno de los estantes de la biblioteca.
En el momento en que se había sentado el brillo que la luz de la vela arrancaba a la tallada superficie captó su atención.
- Y has venido hasta aquí para verme ¿por…? - preguntó Voldemort, que se había ubicado en un sillón cercano y escrutaba al vampiro con detenimiento.
- Negocios – replicó Angel, apartando la mirada del brazalete –. La última vez que nos vimos no podría decirse que quedamos en buenos términos. Pero ahora tengo una firma que llevar adelante y no quería perder a un cliente tan importante como tú por un simple malentendido.
- Yo no llamaría malentendido a lo que pasó hace dieciséis años - apuntó el mago –. Creo que hay otros términos que se ajustan mejor. Incompetencia. Estupidez. Imbecilidad. Fraude.
- Está bien, lo reconozco, me obsesioné un poco con Evelyn. Sin embargo, no creo que sea algo para condenarme, ¿no? ¿Acaso debo recordarte que mucho antes de que yo siquiera la conociera, tú ya tenías una fijación con ella? – preguntó Angel, levantando una ceja.
- Ella era mi hija.
- ¿Todavía en etapa de negación con ese temita? – la voz de Spike llegó desde el rincón donde se encontraba, con el rostro casi oculto por el humo de su cigarrillo -. Pensé que a esta altura ya habrías aceptado que ella fue concebida con el fruto producido por otro hombre.
- Capitán Peróxido tiene razón – acordó Angel –. Tú lo sabes. Nosotros lo sabemos. Ella lo sabe. ¡Todo el mundo lo sabe! Así que me parece inútil tratar el punto en este momento. Lo importante es que ahora todos estamos aquí, justo donde nos quedamos, listos para terminar lo que dejamos inconcluso.
Una sonrisa helada desdibujó el rostro sin nariz de Voldemort, logrando que luciera más espeluznante de lo que habitualmente se veía.
- Ya veo – adujo en un murmullo.
Por un largo momento se quedó allí, mirando a Angel con fijeza, sin mover más que sus dedos que golpeaban suavemente sobre su rodilla cubierta por una túnica costosa.
Spike pitó su cigarrillo hasta casi consumirlo del todo y pasó sus ojos del vampiro al mago. Resultaba más que obvio que Voldemort debía estar intentando leerle la mente al irlandés. Era una fortuna que las mentes de los vampiros no fueran legibles.
Todo este plan le parecía estúpido y peligroso.
Voldemort había torturado con el maleficio Cruciatas a Lucius Malfoy cuando éste le dijo que Evelyn Bright y su esposo no sólo estaban aún vivos, sino que además parecían haber regresado con toda su capacidad recuperada. Y allí estaban ellos dos, intentando hacerle creer que el tiempo no había pasado, que todo lo que probablemente podía haber oído sobre ellos no era cierto, y que estaban ansiosos por renovar una sociedad que, en su momento, ya fue un infierno infructuoso.
- Escuché algunas cosas interesantes los últimos años – dijo Voldemort repentinamente.
- Tienes suerte – replicó Angel, ignorando las alarmas que comenzaban a sonar en su cabeza –. Yo no he escuchado algo interesante en meses.
- Eso es porque insistes con tu gusto musical – masculló Spike, levantando sus cejas con desdén.
- Extrañas historias de ustedes dos luchando codo a codo con una cazadora – continuó Voldemort, como si ellos no hubiera hablando –. Cazando demonios, peleando contra El Primero, teniendo… alma.
Angel sonrió con suficiencia.
- ¿Qué puedo decirte? Los gitanos me jugaron una mala pasada y tuve que pasar por un período de alma maldita – se encogió de hombros -. Todos hemos pasado por una fase alguna vez. ¡Mira a Spike! Aún en su etapa años ochenta de pelo radiactivo.
- Pero la tuya fue un poco lejos – apuntó el mago, ignorando el sarcasmo.
- Como le expliqué a los integrantes de El círculo de la Espina Negra, uno hace lo que tiene que hacer. No es mi culpa si fingir ser un campeón me sale tan bien.
- Algo así me dijeron – comentó Voldemort con voz pausada, antes de volverse hacia Spike - ¿Y qué hay de ti? ¿Lo tuyo también fue una fase?
- Lo mío es un estilo que marcó una época – sonrió con sorna y terminó su cigarrillo de una sola calada. – Un maldito chip en la cabeza… malditos militares y sus porquería electrónicas.
El hombre miró a los dos vampiros con sus brillantes ojos rojos por un largo momento, en silencio. Repentinamente, se puso de pie y, acercándose hasta una mesa llena de botellas, se sirvió una medida de whisky. Del mejor whisky irlandés, si a los vampiros el olfato no los estaba engañando.
Mientras Voldemort hacia girar los hielos en el vaso, los ojos de Angel regresaron a la joya escondida. Recordaba perfectamente bien el momento en que él mismo se la quitó a su dueña para luego entregársela al mago que bebía parsimoniosamente. Recordaba también la desesperación en los ojos de la bruja cuando no pude evitar que se la desprendiera de la muñeca. Su memoria hizo que sintiera el imperioso impulso de ir hasta la biblioteca y tomarla. De sacarla de ese lugar y llevársela a quien le pertenecía.
- Como dije antes, estuve poniéndome al día con mis viejos amigos y me contaron cosas más que interesantes – comentó Voldemort de repente, sacudiendo a Angel de sus pensamientos -. Fueron bastante específicos sobre todo lo que ha estado pasando y debo decir que me tranquilizó saber que habías renunciado a la profecía, Angelus. Sólo que hay un pequeño problema.
Angel no movió un solo músculo de su cara. No varió su postura. Ni siquiera pestañeó. Aún así, Spike supo exactamente lo que estaba pensando y apretó en su mano el encendedor, sin abrirlo.
- ¿Cuál?
- Aún nos queda un vampiro con alma que no ha renunciado a la profecía Sanshu.
La ceja partida de Spike se levantó con aburrimiento, intentando esconder el escalofrío que comenzaba a sentir en su interior.
- ¿Alma? Perdón, pero te estás confundiendo. El único disfuncionado al que maldijeron con un alma fue al membrillo.
- Exacto – replicó el mago.
En ese momento la puerta se abrió y alguien entró volando para estrellarse contra la pared, junto a Voldemort.
- Tú fuiste a buscar la tuya y peleaste por ella. ¿O estoy equivocado?
Los dos vampiros clavaron sus ojos en la adolescente casi desvanecida en el suelo y agradecieron que sus corazones no latieran, porque de lo contrario se habrían detenido en ese instante.
Spike miró a Angel. La farsa había llegado a su fin.
El alarido de dolor que lanzó Dawn cuando Bellatrix Lestrange volvió a lanzarle el maleficio Cruciatus atravesó los tímpanos de los vampiros, poniéndolos en acción.
Con la rapidez que sólo aquellos que habitaban por las noches pueden desplegar, Spike se colocó entre la bruja y la adolescente, recibiendo una descarga de dolor casi tan potente como la que sufrió cuando se desintegró, en el sótano del colegio de Sunnydale.
Bellatrix se detuvo, algo desconcertada.
- Bien – murmuró Voldemort. – El vampiro con alma… una abominación de la especie, sin duda.
Sacando su propia varita, apuntó hacia Spike.
- ¡Crucio!
Los gritos del vampiro llenaron el lugar, mientras Dawn lloraba contra la pared.
- ¿Acaso pensaste que iba a creer en lo que me dijeran sin más? – preguntó, destilando crueldad en cada palabra.
Con un giro de su muñeca, lo hizo volar contra la pared para golpearlo repetidas veces contra el muro con más violencia de la que ningún golpe de Buffy podría haberle propinado.
Angel permaneció inmóvil, sentado sin demostrar ninguna emoción, mientras su cerebro trabajaba a toda marcha intentando encontrar una salida a esa situación. De preferencia, una que les permitiera salir enteros de ese lugar.
Vio que Dawn comenzaba a arrastrarse por el suelo y, antes de que la bruja volviera a lastimarla, se movió a una velocidad que pocas veces se molestaba en utilizar y la levantó por el cuello.
- ¿Vas a algún lugar?
Al escucharlo, Voldemort bajó su varita momentáneamente, dejando caer a un casi desvanecido Spike al suelo desde más de tres metros de altura.
Angel entonces lanzó a Dawn con fuerza cerca de Spike y éste aprovechó ese momento para hacer lo único que era aconsejable. Estirando el brazo, la tomó por la muñeca y tomó al traslador que tenía guardado en el bolsillo, esperando a que él lo tocara para activarse.
Una mueca horrible distendió el rostro de Voldemort en el mismo instante en que el vampiro y la adolescente desaparecían. Apretando la varita en su esquelética mano, la apuntó hacia Angel, que aún estaba parado junto a la biblioteca, en el lugar donde había atrapado a Dawn.
– Entonces, Angelus, ¿me decías algo sobre retomar las cosas justo donde las dejamos?
