Capítulo Doce

Oxford Circus

St. Ferdinand Mall

El torbellino parecía que no iba a acabar. Los gritos de Dawn contenían la misma proporción de miedo que de dolor, mientras que sus manos se aferraban a los brazos de Spike con tanta fuerza que era una suerte que el vampiro no tuviera sangre circulando por las venas.

Repentinamente dejaron de girar para estrellarse contra el sucio cemento de un sitio apenas iluminado. Dawn gimió de dolor y Spike apretó los dientes para no hacer lo mismo. Malditos artilugios mágicos. Se quedó allí tirado unos segundos antes de levantarse y mirar a su alrededor con cautela.

Le tomó un momento darse cuenta de que se hallaban en un estacionamiento y los carteles pegados en las columnas le hicieron saber que estaban en el segundo subsuelo de un centro comercial. ¿Acaso no podrían haber hecho un traslador que los llevara directo al Consejo de Vigilantes? Seguro que esto era idea del imbécil de Whitherspoon; alguna medida preventiva o estupidez por el estilo. Apretando la mandíbula por el dolor en sus costillas, se acercó a Dawn para ayudarla a ponerse de pie.

- Spike… espera… me duele – gimió la chica, encogiéndose cuando él pasó una de sus manos por su espalda e hizo presión en sus costillas para levantarla.

La vista de ese rostro aniñado contraído por el dolor hizo que sus entrañas de contrajeran de furia. Malditos magos y malditos maleficios. Spike colocó sus manos en los hombros de Dawn y la miró con determinación.

- Escucha, pequeña. Sé que te duele pero tienes que moverte. No sé dónde estamos exactamente y necesitamos llegar con tu hermana y Giles.

Su voz sonó dura y demandante, pero en el fondo estaba preocupado. Por ella, cuyos ojos brillantes de lágrimas hablaban mejor que nada de cuánto daño le habían hecho antes de que él pudiera llevársela de allí. Por Buffy, quien debía estar pensando que su hermana quizás estaba muerta. Incluso por Angel, que no tenía idea de cuán entero saldría después de lo que acababa de suceder.

Dawn cerró los ojos por un momento y asintió en silencio. Tomándose de los hombros del vampiro, respiró hondo y se puso de pie. La adolescente permaneció estática un segundo antes de abrir los ojos y enfrentarse al ceño inquisitivo de Spike. Con un gesto de su cabeza le indicó que estaba lista y comenzó caminar con lentitud, ayudada por el vampiro que la sostenía por los codos.

Con todos sus sentidos alertas ante la posibilidad de que algún mortífago apareciera, Spike guió a la chica a través de los autos hasta el área abierta por dónde estos debían circular. Todo permanecía en silencio y tranquilo pero tras un par de segundos, sus ojos se clavaron en la inmóvil figura que se encontraba a pocos pasos de ellos, junto a una columna.

Deteniéndose bruscamente, apretó con fuerza las manos en los brazos de Dawn, haciendo que ésta frunciera una vez más el rostro por el dolor.

- ¿Qué? – preguntó con miedo, mirándolo inquisitiva.

Sin responder, Spike la colocó detrás de él, con la vista fija en la mujer que se encontraba a pocos metros de ellos. Tenía poco más de treinta años, el cabello le llegaba a los hombros y aún en la oscuridad podía ver que era muy rojo. Sostenía con fuerza su mochila y un paraguas y por su expresión se dio cuenta que estaba asustada.

Tras lo que pareció un minuto entero, la mujer dio un paso adelante.

- ¿Está lastimada? – preguntó. Su voz era clara y se veía preocupada mientras señalaba hacia Dawn - ¿Necesitan ayuda? Hay un puesto de seguridad en el centro comercial… si quieren, los acompaño para que…

- No, gracias – la interrumpió sin dejar de observarla con fijeza.

La vio dar un respingo, morderse el labio inferior un segundo y luego dar un paso adelante.

- Escuche, si ella está lastimada y no puede moverse bien, con ir hasta el puesto de vigilancia y dejar que llamen una ambulancia, no pasa nada – señaló con voz razonable.

Spike estaba por replicar de manera cortante, ansioso porque esta inesperada samaritana desapareciera, cuando Dawn gimió levemente y se dejó caer de rodillas a su lado. Agachándose le apartó el cabello de la cara con delicadeza, impotente ante el evidente dolor que ella sentía y él no podía aliviar.

- ¿Crees que puedas caminar? - preguntó con evidente preocupación.

- No lo sé – sollozó la joven – Me duele mucho.

El vampiro maldijo una vez más para sus adentros. Tenía que llevar a Dawn con Buffy. Allí no estaban a salvo y aún cuando obviamente él estaba mucho mejor que la chica a su lado, el maleficio lo había afectado. No podía arriesgarse a tener que enfrentarse a un montón de magos dispuestos a desplegar contra él su arsenal de trucos.

Bien, si ella no podía caminar, tendría que cargarla. Tomándola en brazos la levantó, ignorando la punzada que le atravesó el pecho al enderezarse con la chica a cuestas. Sin prestarle atención a la mujer que no se había movido, se dirigió con decisión hacia donde los carteles señalaban la subida al siguiente nivel.

- Yo trabajo en este lugar – dijo la pelirroja mujer cuando él no había dado más de dos pasos.

Spike pensó que probablemente era el tipo de persona que se siente impelida a ofrecer ayuda, aún si nadie se las pide. O sentirse responsable sólo porque trabajaba allí. Cualquiera fuera el caso, levantó una ceja como único comentario y siguió caminando.

– Déjeme al menos que les llame un taxi.

La mención del taxi hizo que Spike se percatara de que no sabía cuán lejos estaba el cuartel de los Vigilantes.

- ¿A qué distancia estamos de Kinnington Lane? – preguntó entonces, mirando a la mujer con fijeza.

- Como a quince minutos en auto.

"Demonios", pensó. Estaba lejos para ir caminando, mucho más si debía cargar a Dawn. En ese momento podía haber mortifagos buscándolos y tenía que reconocer que ese maleficio fue más potente que la peor pelea que recordaba haber tenido.

Dawn se mordió el labio inferior y lo miró, preocupada.

- Spike, tú también estás lastimado. No puedes cargarme – dijo con la voz algo quebrada.

Por varios segundos se quedó estático, evaluando sus opciones.

- Bien.

Y con esa única palabra, siguió su camino.

- Pero… ¿por qué no me deja llamar un taxi? – preguntó, confundida, la mujer.

- Tardaría demasiado – dijo sobre su hombro, sin volverse. – Por cierto, lindo cabello – agregó justo antes de doblar la esquina.

Con paso decidido subió por la rampa al siguiente nivel y barrió el estacionamiento con la vista antes de dirigirse hacia el sector más alejado de los ascensores. Miró a su alrededor, asegurándose de que no había nadie cerca, y sentó a Dawn en el asiento del acompañante de un Viper Rojo parecido al de Angel.

- ¿Spike? ¿Qué hacés? – preguntó Dawn, desconcertada.

- Te llevo al Consejo de Vigilantes, con tu hermana.

- ¿Y por qué no tomamos un taxi?

- Porque no tengo un centavo – respondió con simpleza, mientras de un salto se acomodaba en el asiento del conductor y buscaba los cables bajo el tablero. – Además, éste automóvil es más de mi estilo.

- Pero… estamos robándolo.

- No lo estamos robando – un par de chispas y el Viper encendió con un sonido apagado. – Lo estamos tomando prestado.

Dawn le dirigió una mirada torcida, pero se encontraba tan adolorida que no tuvo la fuerza necesaria para discutir con él. Por lo que apoyó la cabeza contra el cuero del cabezal y cerró los ojos, mientras el motor rugía y emergían a la fría noche de Londres.

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Frente a los Portones de Entrada

- Iré yo – dijo Mathew.

Evelyn empujó el portón de acceso a Hogwarts y se dirigió hacia el castillo por el camino de gravilla.

- Iremos los dos – declaró con firmeza.

Su marido cerró y la alcanzó, acompasando el largo de sus pasos a los de ella. Llevaban discutiendo el asunto desde que salieron de la sala de reuniones del Consejo de Vigilantes y podía darse cuenta de que era una batalla perdida. Aún así, tenía que pelearla.

- No tienes por qué ir tú, Eve – la vio apretar la mandíbula y mantener la vista fija en la cercana puerta del colegio.

- Sí, tengo que ir – replicó la bruja. Deteniéndose en los escalones, se giró y lo miró con tanta decisión como miedo -. Si no lo hago, nunca sabré si en el momento clave no fallaré. Debo saber de qué soy capaz y de qué no. Y prefiero averiguarlo yendo Malfoy Manors hoy, contigo, y no tener que enfrentarlo sola en cualquier otro momento.

Definitivamente era una batalla perdida.

Dándose por vencido, Mathew apretó la mano de su esposa y respiró hondo.

- Quiero que me prometas que ante el menor signo de que no puedes tolerarlo, saldrás de allí.

Evelyn hubiera sonreído si no hubiera sido por la aprehensión que sentía crecer en su pecho.

- Sólo si tú prometes lo mismo – replicó.

- Yo no soy el que pasó 22 días en esa casa.

La bruja tomó aire y miró a su esposo por un segundo.

- Lo prometo. Si me sobrepasa, me iré.

El rostro de Mathew se distendió en una sonrisa pequeña y tirante. Sin soltarle la mano, pasó su brazo libre por los hombros de la bruja y la estrechó contra su pecho. Evelyn deslizó su mano por la cintura de su marido y le acarició los tensos músculos de la espalda. Trazando con los dedos la longitud de su columna, se llenó los pulmones con esa mezcla única de olores que para ella estaban asociados con Mathew.

Tras un momento, el mago le besó apretadamente la sien y se separó de ella.

- Busquemos a Dobby y terminemos con esto – dijo antes volverse para terminar de subir los escalones hacia la puerta de entrada, sin soltar los fríos dedos femeninos.

Atravesaron los casi desiertos corredores del colegio, cruzándose con algunos prefectos que cumplían con sus rondas. En silencio y con rapidez descendieron escaleras y llegaron frente al cuadro de frutas, que se abrió para darles paso en cuanto pronunciaron la contraseña.

Como siempre, la actividad en la cocina de Hogwarts era frenética. Había elfos por todos lados, atareados en todo tipo de tareas, trabajando en absoluto silencio y eficiencia.

El elfo encargado de dirigir lo que ocurría allí dentro se apareció frente a la pareja de magos y miró a Evelyn con algo de recelo.

- ¿El señor y la señora Whitherspoon necesitan algo? – aunque su pregunta fue educada y solícita, su expresión denotaba que se preparaba para tener que acceder a hacer algo desagradable.

Mathew reprimió una sonrisa, recordando las incontables ocasiones en las que Evelyn había entrado en esa cocina para lavar trastos, causando grandes disgustos al elfo parado frente a ellos en ese momento.

- Buenas noches, Kirshton. Necesitamos hablar con Dobby – dijo el hombre.

El elfo pasó sus grandes ojos del mago a la bruja, quien le sonrió para recibir a cambio una mirada especulativa antes de que la pequeña figura asintiera.

- Por aquí – dijo, guiándolos a través de mesadas, estufas y alacenas.

"Sigo sin simpatizarle", dijo la bruja.

"Qué desagradecido… con todos los platos que lavaste por él, cualquiera diría que debería pensar que eres fantástica", replicó su esposo meneando la cabeza.

"Cállate, Whitherspoon", respondió Evelyn, molesta, haciendo que Mathew riera para sus adentros.

Kirshton se detuvo ante una puerta que daba a una despensa y les indicó que entraran con un gesto de la mano.

- Dobby – le dijo al elfo que se encontraba pelando patatas sentado en un taburete cerca de una ventana, tarareando desentonadamente una melodía. – Te buscan.

Con una inclinación de su pequeña cabeza se alejó para atender sus tareas, lanzándole a Evelyn otra mirada torva antes de cerrar la puerta a su espalda.

En cuanto entró, Mathew se quedó estático por la sorpresa. Siempre había pensado que los elfos eran seres que no habían recibido muchas bendiciones en lo que a aspecto físico se refería, pero este elfo parecía haberse esmerado por sumar lo ridículo a lo natural. Levantando las cejas pasó la vista de la enorme cantidad de calcetines que cubrían sus pies a la imposible torre de gorros tejidos que le daban a su cabeza una extraña forma cónica.

Una baldosa delante de él, Evelyn sintió que algo en su interior se estrujaba y agradeció una vez más que los recuerdos de lo ocurrido cuando estaba prisionera de Angelus, estuvieran encerrados en una botella azul en el ático de su casa. Podría reconocer a ese elfo donde fuera, sin importa cuantas cosas se hubiera puesto encima.

Dobby levantó sus saltones ojos y éstos se desorbitaron más de lo normal al ver a la mujer que estaba parada frente a él.

- Dobby sabía que Evelyn Bright vendría a buscarlo – su vocecita chillona tembló un poco, mientras se ponía de pie de un salto y se retorcía las manos con nerviosismo.

Evelyn se percató de que el elfo quizás estaba pensando que ella había ido allí para cobrarse en él, la parte que le tocaba a Lucius Malfoy de lo ocurrido dieciséis años antes. Sacudiéndose de sus recuerdos y dio un paso adelante.

- Tenías razón. Lamento no haber venido antes… la idea de verte no era… - tomó aire, dándose cuenta que no tenía sentido dar detalles, por lo que decidió ir directo a lo que importaba. – Debería haber venido antes aquí a darte las gracias por todo lo que hiciste por mí hace años. Disculpa que tardara tanto. – Dando un paso más hacia el elfo, le tendió la mano – Gracias, Dobby.

Dobby miró la mano que estaba frente a él y sus enormes ojos, parcialmente cubiertos por la pila de gorros tejidos, se llenaron de lágrimas que comenzaron a caer por su rostro curtido.

- ¿Evelyn Bright ha venido aquí a agradecer a Dobby? ¿Quiere estrechar la mano de Dobby? – Meneó la cabeza, negando, mientras daba un paso atrás –. Dobby no es digno de estrechar la mano de Evelyn Bright. Las manos de Dobby no son dignas.

Hincándose frente al elfo, Evelyn tomó una de sus manos y le apretó los largos dedos entre los suyos.

- Las manos de Dobby me trajeron agua cuando nadie se preocupó de mi sed, curaron cuanto pudieron mis heridas a escondidas, incluso acariciaron mi vientre cuando pensabas que yo estaba inconsciente… Tus manos son lo único que quiero recordar de esos días, Dobby.

Más lágrimas cayeron por las mejillas oscuras mientras una sonrisa de orgullo distendía sus facciones.

- Nunca nadie había dicho que las manos de Dobby eran buenas – murmuró.

- Quizás no estuviste hablando con las personas correctas – dijo Mathew, que no se había movido de donde estaba.

Dobby entonces registró que había alguien más en el cuarto y usó su mano libre para apartar un poco los sombreros de sus ojos.

- Oh, Dobby no había visto a Mathew Whitherspoon. Dobby es tan torpe.

- Está bien, Dobby. Creo que estoy tan en falta como mi esposa. Yo tampoco vine cuando debía a darte las gracias por intentar ayudarla – dijo Mathew. Acercándose, se paró junto a la bruja y le sonrió al elfo mientras Evelyn se ponía de pie – Gracias.

Al igual que Evelyn, le tendió la mano y tras un segundo, Dobby cerró sus largos dedos, curtidos del trabajo, alrededor de los del mago.

- Dobby siempre supo que Mathew Whitherspoon no era lo que el amo Lucius decía. Dobby sabía que era un gran mago.

Mathew le sonrió, divertido y se enderezó.

- No tan grande, Dobby. No tan grande.

- Vino aquí a agradecer a Dobby. Excepto Harry Potter, ningún mago había agradecido algo a Dobby.

- Lamento escuchar eso – dijo Mathew. – Y espero que no te moleste que, además de haber venido a agradecerte, estemos aquí para pedirte un favor.

El elfo se limpió el rostro con un paño y asintió con énfasis.

- Por supuesto. Lo que Mathew Whitherspoon y Evelyn Bright necesiten, Dobby estará encantado de poder ayudar.

- Necesitamos que nos acompañes hasta la casa de los Malfoy en Escocia, nos indiques la manera de entrar allí sin ser detectados y nos guíes dentro – dijo Evelyn.

Las expresivas pupilas del elfo se llenaron de miedo de manera instantánea. Comenzó a retorcer las manos con ansiedad y tembló de manera visible.

- ¿Malfoy Manors? Pero… está vacía…

- Dobby, hace algunas horas una chica fue secuestrada por mortífagos y pensamos que esa casa podría ser un buen lugar para que la llevaran – explicó Mathew. - Malfoy Manor ha sido cuartel de Voldemort antes y, tal como dijiste hace un momento, ha estado vacía por años. Está lejos y su acceso es complicado, lo que lo hace perfecta.

- Está vacía – repitió Dobby, aún asustado.

- ¿Cuándo fue la última vez que estuviste allí? – preguntó Evelyn.

- Hace dieciséis años. La señora Malfoy dio órdenes de que la casa se cerrara y prohibió que volviera a abrirse.

- Hasta que Harry Potter liberó a Dobby hace cuatro años, nadie había regresado Malfoy Manors.

- Pero ahora no podrías afirmarlo y nosotros necesitamos estar seguros – acotó Mathew -. Si no hay nadie allí, buscaremos en otro lugar.

Dobby permaneció pensativo por un par de segundos antes de asentir con la cabeza de manera tan brusca que los gorros tejidos aterrizaron en su nariz.

- Dobby llevará a Mathew Whitherspoon y Evelyn Brigth hasta Malfoy Manors…

El insistente golpeteo de una lechuza en una ventana interrumpió al elfo, que se apresuró a dejar entrar al ave, que fue directo hasta el hombro de Mathew y levantó su pata. El mago quitó el pergamino que traía atado y el ave desapareció por la ventana abierta, ululando.

- Es de Giles. – Mathew levantó los ojos y los clavó en su esposa -. Dawn regresó. Está en el Consejo en este momento.

- ¿Qué quieres decir con que regresó? – Evelyn tomó la breve nota del vigilante y la leyó con rapidez – Nadie escapa de Voldemort… – afirmó, para fruncir el ceño cuando llegó al final de la nota -. Spike.

"Si Spike la sacó de allí…"

"Entonces ya no contamos con él y probablemente tampoco con Angelus", acordó Mathew.

El silencio invadió el cuarto y las mentes de ambos magos hasta que, finalmente, Mathew se volvió hacia Dobby.

- Dobby, vamos a suspender la visita a Malfoy Manors por ahora. Pero tengo algo que pedirte – Dobby asintió repetidas veces –. Quiero que pienses con cuidado en todos los lugares donde alguna vez Voldemort haya estado y que tú te enteraras.

- Sí, señor. Dobby lo pensará y se lo hará saber.

- Gracias.

Mathew tomó a Evelyn por el codo, haciendo que ésta saliera de sus pensamientos.

- Gracias, Dobby – dijo, sonriéndole al elfo.

- Evelyn Bright no tiene que agradecerme. Dobby se siente honrado de poder ayudarlos.

Ambos magos salieron del cuarto y atravesaron la cocina con rapidez, mientras un pequeño elfo vestido con múltiples gorros y medias tejidas permanecía junto a una pila de patatas, pensando que había algo aún mejor que cobrar un sueldo por su trabajo.

Ser considerado un igual por magos que, a su criterio, estaban más alto que el hombre que lo trató como si fuera basura toda su vida.