Capítulo Catorce

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Segundo Piso

Ginny se detuvo en seco cuando Harry giró en una esquina y se encaminó hacia el baño donde Myrtle había establecido residencia desde que murió.

- Estás bromeando, ¿verdad?

Él se volteó y apretó los labios, buscando el mejor modo de exponer su punto.

- Ginny...

- Te pedí ayuda para no tener que bajar allí y ahora, con la excusa de ayudarme, ¿me traes a la Cámara? – preguntó la chica, con incredulidad. - ¿Qué clase de amigo eres, Harry?

Tomando aire, Harry dio un paso para acercarse a ella y la miró con determinación.

- ¿Acaso crees que eres la única que no soporta la idea de bajar de nuevo? Me acusas de no entender lo que el recuerdo de la Cámara te provoca, pero ni siquiera has pensando en lo que me provoca a mí.

La bruja parpadeó ante la acusación, incapaz de poder rebatir el punto. Era cierto. No había pensado ni por un momento que regresar a la Cámara representara un problema para Harry.

El muchacho tomó aire, fastidiado consigo mismo. No la había llevado hasta allí para comenzar otra discusión.

- Escucha, Gin… Sé que no siempre hago las cosas bien y sé que esto no es exactamente lo que tú esperabas. Si hubiera algún modo de mantenerte lejos de este lugar, de los mortífagos, de toda esa porquería de guerra, créeme que no dudaría en intentarlo. Pero no la hay, Ginny. O yo no la encuentro. Así es que sólo te pido que confíes en mí – extendió su mano -. ¿Puedes confiar en mí?

Ginny contempló la mano suspendida frente a ella. Era la misma mano que cortó para realizar el hechizo del árbol genealógico meses atrás. La misma que tenía tallado en su dorso la frase infame del castigo de Dolores Umbridge. La misma que blandió una espada para salvarla de la muerte años antes.

Tras unos segundos sus dedos algo temblorosos se escurrieron entre los del muchacho y se cerraron con fuerza alrededor de todas esas cicatrices, que hablaban mejor que nada sobre cuán confiable era quien las portaba.

- Sí – murmuró, devolviéndole la mirada.

Harry dejó salir el aire que había estado reteniendo, le apretó levemente la mano y sin soltarla se dirigió hacia el baño.

- ¡Harry!

La voz de Myrthle resonó en el alto techo, mientras la fantasma volaba con rapidez para detenerse frente a la pareja con una enorme sonrisa en sus labios.

- Hola, Myrthle. ¿Cómo has estado? – preguntó Harry.

- ¡Oh, he estado tan triste últimamente! – El adolescente espectro se lanzó en su acostumbrado discurso depresivo con entusiasmo –. No has venido a verme desde hace mucho tiempo, Harry. Y ahora que vienes… traes a alguien contigo – agregó, clavando su ceño fruncido en Ginny, que la miraba en silencio –. Espero que no estés pensando venir aquí con tus chicas para hacer todas esas cosas que no pueden hacer delante de los demás. Este es mi lugar y no tolero que piensen que es algo así como un cuarto gratis.

Sintiendo que las mejillas se les incendiaban ante la sugerencia, la pareja de adolescente se apartó con un gesto algo brusco. Y mientras Ginny se cruzaba de brazos, Harry enterró sus manos en los bolsillos de su pantalón.

- No hemos venido a… Ginny y yo estamos aquí por otra cosa, Myrthle.

- Sí, claro, cómo no. Vienen aquí, se besan, escarban por debajo de sus túnicas sin tener en cuenta mi sensibilidad – murmuró Myrthle -. ¡Tengo que verlos y escucharlos! ¿Acaso piensan que todos esos gemidos no me molestan?… ¡Desconsiderados! – exclamó furiosa antes de escurrirse por uno de los inodoros.

Los dos jóvenes se quedaron muy quietos, sin atreverse a mirarse, con todo tipo de imágenes cruzando por sus mentes.

- Eso fue… - dijo Ginny.

- Perturbador – afirmó Harry.

Ambos se miraron de reojo y, tras un segundo, rompieron a reír, dejando que los nervios se diluyeran levemente al recordar la cara de Myrthle.

- ¿Tus chicas? – bromeó Ginny, intentando que la molestia que le provocaba esa idea no se notara.

- Jaja – replicó Harry, todavía demasiado avergonzado como para lograr elaborar una respuesta mejor – Como si entre las prácticas de Quidditch, los entrenamientos con Mathew y Evelyn, las clases y la tarea, tuviera tiempo de venir aquí con chicas – agregó.

- Siempre podrías pedirle a la profesora McGonagall su giratiempo – sugirió Ginny –. Así el asunto del tiempo podría solucionarse.

- Aún quedaría por resolver el problema de conseguir las chicas, ¿no?

- ¿Problema de conseguir chicas? – las cejas de la bruja se elevaron, interrogantes –. ¿Harry Potter? ¿El capitán estrella del equipo de Quidditch de Gryffindor? ¿El chico cuyo nombre está garabateado incontables veces en los baños de esta escuela?

- No, sólo Harry – replicó él, repentinamente serio –. El que tiene pesadillas horribles por las noches. El que no puede caminar por las calles sin temer que algún mortífago aparezca… El que una profecía dice que deberá matar o morir… - hizo una pausa y se acercó al lavabo que daba acceso a la Cámara –. El que está tan asustado por tener que bajar a una estúpida bóveda que ha tenido que pedirte que bajes con él.

Ginny contempló el perfil de Harry, su mirada triste, sus hombros algo encorvados por un peso que no debería tener que llevar. Y repentinamente, se sintió una estúpida. Por lo que le había dicho semanas antes, por haberse enojado, por tratarlo tan mal.

Tras casi un minuto completo se quedaron callados, mientras Harry se perdía en sus pensamientos y Ginny intentaba encontrar algo qué decir.

- Entonces… ¿vas a abrir esta cosa o qué? – preguntó finalmente, optando por lo práctico.

Harry la miró, un poco sobresaltado, y asintió.

Volviendo los ojos hacia el lavabo, se concentró en la pequeña serpiente tallada en el grifo. Tras un par de segundos, Ginny se estremeció al escucharlo sibilar una orden en pársel. Aún cuando ya lo había escuchado hablar la lengua de las serpientes una vez, sintió que hubiera podido vivir toda su vida sin tener ese sonido entre sus recuerdos asociados con Harry.

El lavabo se movió y un minuto después contempló, asombrada, la entrada que descendía como una oscura tubería.

- ¿Es por ahí? – preguntó, mirando con reticencia hacia el negro interior.

- Por aquí subimos cuando regresamos… ¿no lo recuerdas? – inquirió Harry, extrañado.

Ginny negó con la cabeza.

- Con sinceridad, no recuerdo nada antes de despertar y verte… y casi nada de lo que sucedió cuando salimos para encontrarnos con Ron.

El muchacho frunció el ceño pero no hizo comentarios. En su lugar, tomó las dos escobas que había dejado en el baño antes de ir a buscar a Ginny a la biblioteca.

- Toma – dijo, tendiéndole una –. Las usaremos para regresar.

- ¿Y cómo bajaremos?

- Deslizándonos –. Ante la mirada de Ginny, Harry levantó los hombros –. Sí, lo sé. Ten cuidado cuando aterrices porque en el fondo hay muchos huesos.

- ¿Huesos? – preguntó Ginny, con expresión alarmada.

- De animales pequeños… creo – aclaró el muchacho –. Yo iré primero.

Tomando aire, saltó y desapareció cañería abajo. Ginny esperó unos segundos, sintiendo que su corazón se aceleraba de manera alarmante por el miedo. Cerró los ojos y tomó aire varias veces. Entonces, aferrando la escoba con fuerza, saltó.

El descenso fue como una montaña rusa inacabable. La sensación de vértigo era peor que cualquier vuelo alocado en una escoba, resultándole imposible no gritar con cada nuevo giro que daba. Cuando comenzaba a pensar que jamás llegaría al final, la tubería se acabó y salió expulsada a toda velocidad, chocando de lleno con Harry, que estaba poniéndose de pie.

El mago cayó de bruces contra el colchón de pequeños esqueletos, con Ginny sobre su espalda, haciendo volar huesos hacia todos lados.

- ¡Auch! – se quejó Harry, que apenas había tenido tiempo de apoyar sus manos para no dar con su nariz contra el suelo.

- ¡Ouch! – gimió Ginny, que no tuvo tiempo de apoyar sus manos y su frente se golpeó contra el hombro del muchacho.

Tras un par de segundos en los que ambos se quedaron muy quietos, la joven elevó su cabeza del hueco de la nuca de Harry.

- Lo siento – murmuró, poniéndose de pie con algo de torpeza, haciendo que Harry arrugara el ceño cuando le presionó la pierna con la rodilla -. ¿Estás bien?

- Sí… – el adolescente se levantó del suelo torciendo la boca cuando sintió un tirón en la cadera –. Debí decirte que esperaras a que te llamara. ¿Te golpeaste muy fuerte?

Ginny negó con la cabeza contemplando el desaliñado aspecto de Harry. Tenía la túnica salpicada de cosas que prefería no mirar con detenimiento y los anteojos torcidos sobre la nariz, todo coronado con un par de huesos metidos en su pelo indomable. Aunque era consciente de que probablemente se debía a los nervios, no pudo evitar taparse la boca ante un repentino ataque de risa.

Harry la miró con una mezcla de enfado y diversión, enderezando sus anteojos y quitándose la túnica para sacudirla con energía.

- Me alegro que esto esté resultando tan divertido para ti – murmuró.

Sonriendo, Ginny se acercó a él y, con cuidado, le quitó los fragmentos de hueso del pelo.

- Lamento haberte atropellado – repitió.

Cuando los ojos del muchacho se clavaron en los de ella, la mano de Ginny quedó en el aire. Por eternos segundos fue como si nada más hubiera alrededor. Como si la razón que los había llevado hasta ese lúgubre lugar no existiera.

El sonido de algo que se arrastraba los sobresaltó, haciendo que Ginny lanzara una exclamación ahogada y se aferrara al brazo de Harry con fuerza. Ambos miraron con temor hacia el lugar de donde provenía el ruido, con el corazón latiéndoles con fuerza y con sus varitas listas. Un segundo después dejaron salir el aire de sus pulmones al ver pasar una rata a toda velocidad.

- Maldito bicho – murmuró Harry por lo bajo bajando su varita, algo avergonzado de su reacción. – Será mejor que dejemos las escobas aquí.

Componiéndose, Ginny le soltó el brazo y recogió su escoba, mientras el muchacho buscaba la suya. La apoyó en la pared, junto al túnel de acceso, y ella lo imitó.

- Esa bajada no parece muy útil para el plan que tienen Mathew y Evelyn – comentó la chica.

- Tienes razón. Es demasiado estrecha y todo el colegio terminará apilado antes de que nos demos cuenta – acordó Harry antes de mirarla brevemente y señalar hacia uno de los amplios túneles que se abrían frente a ellos –. Es por aquí.

Asintiendo, Ginny tomó aire y lo siguió.

Caminaron en silencio durante un largo trecho, uno junto al otro, cada uno sumido en sus propios recuerdos y emociones. A medida que avanzaban, sus corazones parecían acelerarse y sus estómagos cerrarse, pero ninguno hizo la menor sugerencia de detenerse.

Tras una vuelta del camino se encontraron con las piedras del derrumbe que provocó el maleficio del profesor Lockhart. Harry sintió alivio al ver que el tiempo había desintegrado casi por completo la piel del basilisco que él y Ron encontraran en aquella oportunidad. No tenía ganas de verlo de nuevo y tampoco quería agregar imágenes desagradables a los recuerdos de Ginny.

Tras atravesar la abertura entre las piedras, avanzaron sin decir palabra hasta llegar a la puerta circular con las serpientes talladas. Harry entonces se detuvo y la contempló, sintiendo que los recuerdos caían sobre él como una enorme ola.

Ginny se paró a su lado, mirando la puerta con atención, con los labios apretados en una fina línea y cada uno de sus músculos en tensión.

- Ni siquiera recuerdo haber estado aquí antes… no recuerdo este camino, o haberme parado frente a esta puerta… – dijo en voz baja, como si temiera hablar alto y despertar los fantasmas de ese lugar. - ¿Cómo se abre?

- Pidiéndoselo – respondió Harry tras un instante.

El chico contempló las serpientes, tan rígido que pensó que si se movía podría quebrarse, temiendo la imagen que hallaría del otro lado de esa puerta cuando se abriera.

De repente, los dedos de Ginny se colaron entre los suyos, apretando su mano con fuerza. Giró el rostro y la miró. La chica tenía su atención en la puerta, respiraba con rapidez y temblaba sin poder evitarlo. Era evidente que estaba aterrada, pero aún así no dijo nada, por lo que Harry cerró los ojos por un segundo antes de clavarlos en las serpientes frente a él y sisear "Ábrete".

El extraño mecanismo de la puerta se activó y tras unos segundos, se movió para darles paso.

Desde donde estaban Harry contempló la enorme estancia: las serpientes en los costados, la estatua de Slytherin en el fondo, las antorchas que parecía que jamás se apagaban, el silencio sepulcral. Su vista se clavó en el exacto punto en donde Ginny estaba tirada cuatro años antes y por un instante le pareció verla allí. Pequeña, inmóvil, demasiado lejana para llegar a ella a tiempo, demasiado quieta.

De repente, el temblor de la mano que apretaba la suya de manera convulsiva le hizo voltear hacia la chica a su lado. Y el aire abandonó sus pulmones con lentitud mientras su mandíbula se relajaba mínimamente.

Ella estaba allí, a su lado. Respirando. De pie. Viva.

Con decisión subió el escalón que lo llevaba a cruzar la puerta pero se detuvo cuando su brazo ya no pudo estirarse. Ginny parecía petrificada en la baldosa donde se hallaba parada. Sus ojos estaban muy abiertos, probablemente mirando algo que ya no estaba allí, y su respiración era aún más irregular.

- Está bien, Ginny - dijo con suavidad, intentando no sobresaltarla –. Está vacía. Él no está aquí.

La vio luchar por recobrar la compostura por unos instantes, con las pupilas dilatadas y los labios apretados. Finalmente dio un paso adelante y atravesó la abertura detrás de él.

Sus pasos resonaron en el lugar mientras avanzaban por la pasarela bordeada de agua, acercándose al inconfundible esqueleto de lo que alguna vez fue un basilisco. El sonido de sus respiraciones agitadas rebotaba en el techo y ambos estaban seguros de que el latido desbocado de sus corazones era perfectamente audible. El aire era húmedo y helado, mientras el ocasional caer de gotas de agua rompía el silencio, produciendo un sonoro eco en la enorme estancia.

Soltando la mano de la chica, Harry se detuvo junto a la cabeza del basilisco, con la vista clavada en el lugar donde Ginny una vez perdía la vida. Por un segundo le pareció escuchar a Tom Riddle exponiendo su delirio de grandeza y volvió a sentir que la vida se le escapa y el espanto lo invadía; porque ella estaba muriendo y él no podía hacer nada por salvarla.

La sangre volvió a correr con rapidez por sus venas, como en aquella oportunidad, y la angustia que había mantenido bajo control por años amenazó con escapar del sitio donde la tenía encerrada.

La voz de Ginny le llegó desde algún lugar a su espalda, sacándolo del dolor que comenzaba a atenazarlo.

- En el verano cuando tenía 5 años me enfadé con Ron porque le pintó un gran bigote a una de mis muñecas, así que fui a esconderme en la sala, donde Bill, Charlie y sus compañeros del colegio estaban charlando. Esa fue la primera vez que escuché tu nombre.

Girándose, la vio frente a la estatua de Slytherin, con la vista clavada en el agua frente a ella. Estaba sentada en el suelo, con las piernas dobladas hacia un lado y la mano izquierda apoyada en las baldosas oscuras.

- Hablaban de ti en voz baja – continuó Ginny –. Sobre lo que hiciste… cómo salvaste al mundo mágico y luego desapareciste. Sobre que nadie sabía dónde estabas, qué te había sucedido, cómo eras… No había fotos tuyas, ni descripciones… lo único que se sabía era que tenías una cicatriz -. Inconscientemente, el muchacho se tocó la frente –. Ese día comencé a imaginar que un día iba a conocerte y serías como un príncipe azul… Alguien valiente y educado y fuerte… un héroe.

Acercándose, Harry se sentó a su lado, con las piernas dobladas y sus rodillas rozando las de Ginny. El suelo estaba helado y algo húmedo. Exactamente como lo recordaba en sus pesadillas.

- El 11 de septiembre de hace seis años, apareciste de la nada. Llevabas ropa demasiado grande y gastada, tus anteojos estaban rotos, tus ojos eran increíblemente verdes, tu pelo era un desastre… te veías tan normal. No… - agitó una mano en el aire, como intentando encontrar la forma de decir lo que estaba pensando – brillabas con un halo especial. No había ninguna energía heroica a tu alrededor… No eras distinto a Ron pero aún así, si estabas frente a mí, no podía siquiera hablarte porque seguías siendo El muchacho que vivió… el héroe de mis fantasías.

Mientras escuchaba el tenue murmullo de la voz de Ginny, Harry podía sentir su corazón golpeándole con tanta fuerza en el pecho que parecía que en cualquier momento se le saldría. Sin embargo, permaneció en silencio. Por alguna razón le pareció que ella necesitaba hablarle casi tanto como él necesitaba escucharla.

- Entonces vine a Hogwarts… Estaba tan emocionada. Podría verte a diario… cruzarme contigo en la torre Gryffindor, en el comedor, en los pasillos… Pero tú no parecías saber que yo existía. Jamás en mi vida me había sentido más invisible… - sonrió con tanta tristeza que algo en el interior del muchacho se estrujó –. Y de repente, un día abrí ese diario y allí estaba Tom. Finalmente tuve a alguien a quien contarle mis cosas…, alguien que podía escucharme por horas hablar de mis sueños… de ti… alguien que afirmaba que me entendía, que estaba ahí para mí… para ayudarme - una carcajada seca se escapó de su boca –. Y resultó que terminé siendo su marioneta... ¿No es irónico? Había planificado que vendría aquí y me volvería tu amiga. Y lo único que logré fue convertir tu segundo año un infierno, haciendo que todos creyeran que eras el bendito heredero de Slytherin…

- Eso no es cierto – la interrumpió Harry con convicción –. Tú no hiciste que la gente me evitara… fue su propia ignorancia y temor… Tú no les dijiste qué creer.

- Harry, yo abrí esta Cámara – dijo Ginny con voz quebrada – Yo fui la que mató gallos, quien pintó leyendas con sangre en las paredes, la que hizo que ese… bicho… petrificara a Hermione… Hice que casi te matara…

La cabeza del muchacho negó una y otra vez.

- Tom Riddle abrió la cámara – afirmó categórico –. Tom Riddle envió al basilisco a atacar gente…

- Si no hubiera sido por mí y mi estupidez, Tom Riddle no habría tenido forma de actuar.

- Si no hubiera sido porque soy el mejor amigo de tu hermano, Lucius Malfoy no te habría dado ese diario y jamás habrías estado a punto de morir.

Como si la discusión hubiera llegado a un callejón sin salida, se quedaron callados. Ginny retorciendo el borde de su gastada chaqueta, con los empañados ojos fijos en sus rodillas. Harry con las manos cerradas en un puño y los labios apretados en una línea muy delgada.

- En el momento que el colmillo del basilisco se enterró en mi brazo supe que no iba a lograrlo – musitó Harry tras un largo momento, con los ojos clavados en la estatua de Slytherin, perdido en sus memorias y miedos. - Había leído la página que Hermione arrancó de un libro de la biblioteca y sabía que nadie sobrevivía a la mordedura de un basilisco. Él estaba parado allí – giró el rostro hacia su izquierda – hablándome. Sobre mi madre, sobre ti, sobre él…, sobre mí… Sobre cuán inútil había resultado mi esfuerzo porque al final, ibas a morir… - Bajó la vista al suelo, incapaz de mirarla, y se pasó la mano por el pelo, alborotándolo aún más –. Estabas tan quieta y helada… casi no respirabas y yo… no podía salvarte… estabas muriendo por mi culpa y yo no podía salvarte - murmuró.

Ginny lo miró, azorada ante lo que le estaba diciendo. En todos esos años jamás pensó que Harry se culpara por lo que había sucedido.

– No soy un héroe, Ginny. Nunca lo he sido… Yo no vencí a Voldemort cuando tenía un año. Fue mi madre, y Mathew, y Evelyn… ellos lo hicieron, no yo. Yo no hice nada - afirmó, exasperado -. Y cuando se trató de su recuerdo, no fui mejor. Estabas muriendo por mi culpa y yo estaba paralizado porque nunca había tenido tanto miedo en toda mi vida…

La voz de Harry se desvaneció mientras su declaración flotaba entre ambos. Tras un par de segundos, la chica extendió su mano temblorosa y con suavidad acarició el lugar donde el colmillo del basilisco se había clavado, haciendo que él se tensara y levantara la vista.

- Cuando desperté estabas aquí sentado, con el rostro bañado en sudor, temblando. Aún así me hablaste con calma… Sé que te dolía, Harry. Podía verlo en tus ojos, pero me sonreíste y me dijiste que Ron me estaba esperando y que todo saldría bien – los ojos color chocolate de Ginny se clavaron en las pupilas verdes de Harry –. Ese día no estaba tu madre, ni Mathew, ni Evelyn. Sólo estabas tú… – musitó –. Hay muchas cosas que no sé, pero sí sé que si estoy aquí ahora es porque tú estuviste aquí hace cuatro años…

Por un largo momento permanecieron callados, mirándose. Los temblorosos dedos de Ginny seguían sobre el antebrazo descubierto del muchacho, que levantó su mano derecha y con suavidad limpió las lágrimas que mojaban las pecosas mejillas de la chica. Tras unos segundos que parecieron no terminar, la mano derecha de Ginny subió hasta el rostro de Harry y delineó la cicatriz en su frente.

Ese simple gesto fue como una descarga eléctrica para él.

Por lo regular le molestaba que la gente incluso viera esa marca, por no mencionar que jamás dejaba que nadie la tocara. Pero el suave roce de Ginny fue diferente a cualquier otro. Sólo una caricia.

Sin siquiera pensarlo ahuecó su mano en el rostro de Ginny, se inclinó hacia delante y apoyó sus labios sobre los de la chica. Sintió cómo ella se tensaba, sorprendida, y se apartó. Nervioso se dio cuenta que se había dejado llevar y que su gesto bien podía interpretarse como que se aprovechó del vulnerable estado de Ginny.

Avergonzado fue a pedirle disculpas pero la mano de Ginny se enterró en su pelo y empujó su rostro hacia ella nuevamente. Y aunque al inicio fueron labios apretados, se terminó transformando en un beso lento, tentativo y explorador. Narices que chocaban, cabezas que se ladeaban buscando el mejor ángulo, temblores y jadeos sobresaltados.

No se acercaron más, ni se movieron, como si la cercanía no pasara por estrecharse el uno contra el otro, sino por besarse como si no hubiera nada mejor que hacer durante el siguiente siglo.

El tiempo dejó de importar y ambos parecieron encontrarse atrapados en ese momento, hasta que Harry se separó apenas de ella, con el rostro escarlata y jadeando levemente.

- ¡Wow! – dijo tras un par de segundos, con los ojos cerrados.

Ginny se rió, sintiendo que su rostro estaba encendido, los labios le latían y el aire le faltaba.

- ¿Por qué te tomó tanto tiempo hacer esto? – preguntó.

Enderezándose apenas lo necesario para poder verla a los ojos, Harry le acarició la mandíbula con el pulgar delicadamente.

- No tengo la menor idea. ¿Estupidez?– respondió, sonriéndole abiertamente.

- No insultes a mi héroe personal, Harry – susurró Ginny –. Ni siquiera tú tienes permiso para hacer eso.

- Tu héroe personal lleva meses intentando reunir valor para invitarte a dar un paseo por el lago – confesó él –. Apuesto a que en tus fantasías no habría sido tan lerdo.

- Tú eres mil veces mejor que cualquier fantasía – replicó ella –. Porque tienes el pelo siempre desarreglado – le pasó los dedos por la maraña oscura que coronaba su cabeza, - y usas anteojos – tocó el marco con suavidad, - y no tienes la menor idea de cómo bailar - continuó, deslizando su mano hacia la nuca del muchacho, – pero salvaste mi vida.

Sus ojos se miraron en los de él con un mundo de emociones desfilando por las pupilas. Inclinándose apenas, lo besó en la comisura de los labios.

– Gracias por salvar mi vida, Harry Potter.

El muchacho le sonrió, feliz.

- De nada.

Por un largo momento se quedaron allí, simplemente mirándose. Ajenos al lugar, a la situación, a todo lo que no fueran ellos, hasta que una gota de agua cayó desde una de las serpientes, haciendo que volvieran a la realidad de donde se encontraban y por qué estaban allí.

Harry entrelazó sus dedos con los de Ginny y deslizó su pulgar por el dorso de la mano de la joven.

- ¿Bajarás conmigo si llega el momento? Sé que dije que el plan de Mathew y Evelyn era la mejor opción, pero si aún sientes que no soportarás estar aquí…

Ginny meneó la cabeza.

- Si tú estás aquí, yo estaré aquí – afirmó.

Harry sintió como si le quitaran toneladas de peso de encima y dejó salir el aire que estaba reteniendo.

- Debo advertirte que quizás yo no baje… al fin y al cabo, alguien me dijo el otro día que soy un cobarde – dijo entonces con seriedad, pero con un brillo travieso en los ojos.

El rostro de Ginny se tiñó de rojo mientras su dueña se erguía sobre sus rodillas y cerraba sus brazos alrededor del cuello del muchacho.

– ¡Oh, Harry! Lamento mucho haberte gritado esa estupidez. No eres cobarde. Jamás lo has sido y jamás pensé que lo seas. Sólo estaba molesta y dejé que mi temperamento se disparara.

Harry, que la sostuvo por la espalda tratando de que el peso de la chica no lo empujara hacia atrás por lo inesperado del abrazo, reprimió una sonrisa.

- Sonó bastante convincente para mí – dijo.

Sentándose sobre sus talones, Ginny lo miró con culpa.

- Por favor, no estés enojado conmigo. Haré cualquier cosa… una declaración pública… gritaré en el salón que eres el tipo más valiente que he conocido… lo que sea.

Tras un momento Harry rompió a reír ante la desesperación dibujada en las facciones de la chica, y la abrazó una vez más.

- ¿Qué tal si en lugar de gritarme en el Gran Salón vienes conmigo a Hogsmeade el próximo fin de semana?

Echándose atrás un poco, Ginny le sonrió con esa sonrisa que sólo reservaba para él, aún cuando Harry todavía no se había percatado de ello.

- Harry, no podemos ir a Hogsmeade. Los paseos quedaron suspendidos por tiempo indeterminado, ¿recuerdas?

- Supongo que escabullirnos hasta allá por alguno de los pasillos no es una opción – dijo decepcionado, mientras enroscaba un mechón de cabello rojo en su dedo.

- Con sinceridad, tiemblo de pensar en lo que Mathew y Evelyn nos harían si nos escabullimos. Y estoy segura de que se enterarían – agregó -. No te enojes, pero a veces son algo siniestros.

- ¡Hey! No hables así de ellos – se quejó el muchacho con aire ofendido –. ¡Yo tengo sus genes!

Ginny sonrió, trazando las facciones de Harry con delicadeza.

- No, tus genes son una versión mejorada. Además, te he visto vistiendo el primer suéter Weasley que mamá te tejió cuando ya te quedaba corto de mangas. Esa imagen y la palabra siniestro están en lugares opuestos en mi mente.

Harry se rió, feliz.

- ¿Qué tal entonces un paseo por el lago? – propuso tras mirarla por un largo momento.

- Como dije, lo que sea porque me perdones – afirmó ella con una sonrisa enorme.

Tras un momento, Harry se enderezó con desgana y le apretó los dedos con suavidad.

- Será mejor irnos – dijo.

La bruja asintió y se puso de pie. Harry la imitó y le sonrió antes de que ambos se dirigieran hacia la puerta.

- Creo que deberíamos decirle a Mathew y Evelyn que la bajada a este lugar no es muy buena. Y que están todas esas rocas obstruyendo el camino – comentó Ginny.

- Se lo diremos mañana.

- Hay que limpiar ese colchón de esqueletos o todos entrarán en pánico antes de llegar hasta aquí – continuó la chica, dejando que su sentido práctico aflorara.

Cuando cruzaron la puerta, Harry se giró y paseó la vista por la enorme estancia. Había pasado tanto tiempo temiendo regresar a ese lugar, sintiendo que la sola idea le quitaba la respiración… y ahora el único vestigio de lo sucedido era el esqueleto que yacía frente a la estatua de Slytherin.

- ¿Qué ocurre? – preguntó Ginny, preocupada.

Sacando su varita, Harry apuntó hacia el esqueleto del basilisco y exclamó:

- ¡Evanesca!

Una luz potente emergió de su varita y lo que alguna vez fuera el monstruo que habitaba esa cámara se desvaneció en el aire. En ese momento fue como si, finalmente, el basilisco hubiera muerto y el recuerdo de Tom Riddle hubiera desaparecido definitivamente.

Ginny le pasó un brazo por la cintura y se apretó contra su costado. Pasándole un brazo por los hombros, Harry la miró y le sonrió.

- Vamos – dijo.

Unos segundos después la puerta de la cámara secreta se cerró con un suave clonk.