Capítulo 17
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Portones de Acceso
Evelyn intentó limpiarse el rostro mientras caminaban hacia el colegio por el soleado parque.
Su marido no había dicho una sola palabra desde que abandonaron el edificio del Consejo de Vigilantes cinco minutos antes. Se limitó a detener las hemorragias con un hechizo en cuanto se aparecieron fuera de Hogwarts, para luego caminar con ella en silencio.
Cuando se hallaban a cincuenta metros de la puerta principal, Evelyn mojó un pañuelo en el agua fresca de una fuente para limpiarse. Mathew se detuvo a su lado y la miró con ojo crítico ante de extender la mano y tomar la tela.
- Déjame a mí – dijo.
Con sumo cuidado pasó el pañuelo por las facciones femeninas, quitando los rastros de sangre que había en ellas. Evelyn lo dejó hacer mientras intentaba identificar las emociones masculinas. El problema era que se le dificultaba porque la adrenalina de la pelea todavía corría por sus venas.
- ¿Estás enfadado? – preguntó tras un momento.
- No – respondió el mago. Doblando un poco las rodillas, la observó con detenimiento desde todos los ángulos – Listo. No hay sangre en tu rostro… menos mal que tu ropa es negra.
- ¿Y qué tal se ve el conjunto?
Mathew enjuagó el pañuelo en la fuente y la contempló por un segundo.
- Espantoso – afirmó.
- Estás enfadado – afirmó Evelyn entonces.
- No, no lo estoy – replicó el mago.
- Pero piensas que podría haber elegido otro día para intercambiar golpes con Spike – dijo la bruja.
- Sí, es verdad – asintió Mathew.
- Y opinas que me veo espantosa – agregó Evelyn con tono molesto.
Sonriendo, el mago le pasó un brazo por los hombros y la estrechó contra su pecho.
– Aún así te las arreglas para ser la mujer más sexy que conozco – murmuró contra su frente.
- No estoy segura de que tu opinión sea válida – replicó Evelyn. Deslizó una mano por la cintura del mago y, sin que él apartara el brazo de sus hombros, se dirigieron hacia el colegio -. Al fin y al cabo, no es para nada objetiva.
- Mi opinión es absolutamente objetiva – dijo Mathew, abriendo la puerta y soltándola para darle el paso.
- Tú estás loco por mí. Eso te descarta.
- Eso me hace el único que cuenta.
- ¡Por Merlín! – exclamó una voz, sorprendida.
Ambos se volvieron hacia Madame Pomfrey, que acababa de desembocar en el hall con un montón de frascos en sus manos.
- ¡Evelyn! ¿Qué sucedió? – preguntó la enfermera.
- Nada, Poppy – respondió la bruja, tratando de sonreír pero arrugando el rostro por el dolor que el corte que tenía en el labio le provocó.
- Nada, ¿eh? ¿La misma nada que te acontecía cuando estudiabas aquí?
- La misma nada – asintió Evelyn.
Madame Pomfrey miró con enfado al mago parado junto a la cazadora, que levantó una mano en señal de inocencia.
- ¡Hey, no me mires así! Yo sólo soy su esposo, no tengo poder de decisión sobre las nadas en las que ella se involucra.
- Disculpa pero, ¿cuánto es que hacen que están casados? ¿Más de veinte años?
- Veinticinco – respondió Mathew.
- Veinticinco años… ¿y vas a decirme que todavía no has aprendido a detenerla?
- ¿Por qué todo el mundo asume que yo podría detenerte? – le preguntó el hombre a Evelyn, que levantó un hombro, despreocupada.
- Supongo que porque piensan que como estoy loca por ti, haré lo que me pidas.
- ¿Cómo que "piensan"? ¿Estás diciendo que no es así?
- Enamorada, seguro, pero tanto como loca…
Poppy Pomfrey emitió un sonido impaciente.
- ¡Oh, por favor! Ustedes dos son insufribles. Evelyn, ven a la enfermería. Tengo un ungüento para esas magulladuras. Apuesto a que también tienes costillas fracturadas. Tal vez deberías quedarte allí esta noche, por las dudas.
- Gracias, Poppy, pero tenemos una reunión. Iré después – dijo la bruja, siguiendo camino.
- ¡No puedes ir a una reunión viéndote así! – exclamó la enfermera, subiendo las escaleras junto con ellos.
- ¿Tan mal estoy?
- ¿Recuerdas aquella vez, en tu séptimo año, en febrero? – preguntó madame Pomfrey.
- Sí.
- Peor.
- ¡Oh, cielos! – exclamó Cho Chang que venía bajando y se quedó paralizada mirando a su profesora, con los ojos muy abierto.
- No es tan malo como parece, señorita Chang – le dijo Evelyn a la chica y comenzó a subir con mayor prisa.
"Te dije que estabas espantosa", acotó Mathew, caminando a su lado.
"¡Oh, cállate y camina! No quiero que nos crucemos con Harry. Podría impresionarse".
"Debiste pensar en eso antes de decidir que molerte a golpes con Spike era una buena idea".
- La enfermería está por este lado – dijo madame Pomfrey cuando llegaron al primer piso y los dos magos se dirigieron hacia el lado opuesto.
- Ahora no puedo, Poppy, pero prometo ir después de la reunión. Ya estamos atrasados, de hecho – dijo Evelyn.
- ¡Evelyn! – se quejó la enfermera.
- ¡Te veré en un rato! – agregó la bruja.
- ¡Mathew! – intentó entonces.
- Prometo llevarla más tarde – dijo el mago, caminando junto a su esposa.
- ¿Y qué pasó con eso de que no tienes poder sobre mis decisiones? – preguntó Evelyn.
- Dije que no puedo detenerte, no que no puedo convencerte de que hagas algo.
- El tecnicismo verbal es lo tuyo, sin duda.
- Gracias.
Sin prestarle atención a los murmullos y miradas que recibían a su paso por parte de los alumnos que habían terminado las clases del día, ambos llegaron hasta la gárgola que custodiaba la escalera que llevaba a la oficina de Dumbledore.
- Chispas de chocolate – dijo el mago y la gárgola les dio paso.
Apenas desembocaron frente a la puerta del despacho del director del colegio, pudieron escuchar que la reunión no sólo había empezado, sino que estaba subiendo de tono.
- ¡Esta situación es inaceptable, Albus!
La voz del nuevo ministro de Magia llegó fuerte y clara a los dos magos.
- Parece que esto va a ser divertido – murmuró Mathew.
- Y es por eso que tú serás el que hable – dijo la bruja con tranquilidad antes de golpear un par de veces y entrar -. Buenas tardes. Disculpen la tardanza.
El ministro se giró hacia la entrada con algo de brusquedad y abrió la boca por el asombro al ver el estado de Evelyn.
- ¡Por las barbas de Merlín! – dijo.
Albus Dumbledore frunció el ceño y se enderezó en su sillón.
- Evelyn… ¿estás bien?
- Perfectamente – respondió la bruja.
- Perdón por llegar tarde. Tuvimos un pequeño atraso por motivos de fuerza mayor – agregó Mathew al acercarse al ministro y extender su mano – Buenas tardes, Scrimgeour.
El mago parpadeó y le estrechó la mano, tratando de apartar la vista de las magulladas facciones de la mujer.
- Whitherspoon, es un gusto verte – dijo, componiéndose y acercándose a Evelyn para estrechar su mano también – Bright.
- Scrimgeour – respondió Evelyn, sentándose frente a Dumbledore que todavía la miraba con preocupación -. Lamento el retraso. Fue mi culpa. Algo que tuve que resolver.
- ¿Aún solucionando tus asuntos a golpes, Bright?
- No, por supuesto… A veces también uso espadas, lanzas, ballestas y, eventualmente, algo de magia. Me gusta pensar que soy una persona de recursos – dijo Evelyn mirando al mago frente a ella con tranquilidad.
- ¿Nunca se te ocurrió que puedes usar palabras?
- Pues, la verdad, los vampiros no son grandes pensadores. Usar palabras con ellos es un desperdicio de aliento. Y dado que mi asunto pendiente era con un vampiro, que hasta donde recuerdo jamás se caracterizó por su cerebro exactamente, decidí ahorrar saliva – hizo un gesto con su mano derecha, que tenía los nudillos enrojecidos, y desechó el tema -. Pero supongo que no estamos aquí para discutir cuán efectivo es el uso del discurso en una pelea con vampiros.
- El Ministro me estaba comentando que han detectado enfrentamientos de mortífagos, con magos y brujas que no forman parte de la Brigada de Aurores del Ministerio – dijo Dumbledore, volviendo a respaldarse en su sillón.
Scrimgeour carraspeó y se irguió en toda su altura, que resultaba ser al menos quince centímetros menor que la de Mathew. Éste se había se había sentado junto a Evelyn en la esquina del escritorio de Dumbledore y jugaba con uno de los raros artefactos que el director tenía.
- Exacto. Nos han llegado reportes de encuentros violentos en distintos lugares de Inglaterra en los cuales ningún auror ha declarado participar. Según los testigos, estos encuentros involucran magos altamente entrenados y el hecho de que Albus, eventualmente, nos haga llegar mortífagos atrapados de manera indeterminada, hace más que obvio que aquí hay una célula que trabaja fuera de los límites establecidos por las reglamentaciones del Ministerio – declaró de un tirón, mirando con enfado al viejo mago.
- Como ya he explicado con anterioridad, mi conocimiento del paradero de estos mortífagos es a través de notas anónimas – dijo Dumbledore con calma.
- Dumbledore, no me trate como si fuera imbécil. Yo no soy Fudge. He sido un auror junto con ustedes durante dos años – agregó, mirando a Mathew y Evelyn, que permanecían callados –. Sé cómo piensan y siempre he sabido que trabajan por fuera de la Brigada de Aurores. Pero el Ministerio no puede permitir que haya una facción de magos por allí, haciendo el trabajo que nos corresponde y dejándonos como inútiles. Pelear contra el Innombrable y sus mortífagos es nuestra tarea.
- Pelear contra Voldemort es tarea de todos – afirmó Dumbledore con dureza -. Es la vida de todos nosotros la que está en juego.
- ¡Pero no pueden ir por allí haciendo justicia por mano propia y batallando de manera descontrolada y no regulada! ¡Con testigos muggles, sin respetar reglas básicas como el derecho a ser enjuiciado en lugar de ser eliminado sin más, irrumpiendo en lugares privados o destruyendo propiedades!
El aspecto de Scrimgeour era imponente, con su cabello aleonado y sus ojos que lanzaban chispas de furia, mientras plantaba ambas manos sobre el escritorio de Dumbledore y lo miraba con fijeza.
- Quiero que esto se detenga y que se detenga ahora mismo, Albus. Tengo decenas de mortífagos en Azkaban que no tendrán ningún problema en identificarlos a ustedes como las personas que los atraparon – señaló a Evelyn y Mathew que lo escuchaban con su mejor cara de poker -. El Ministerio ya tiene suficientes problemas de imagen desde lo ocurrido en la Sala de Profecías hace meses, como para que encima tengamos que lidiar con facciones anárquicas que ignoran nuestras leyes y actúan por su cuenta.
- Déjame ver si entendí bien – dijo Mathew -. ¿El problema aquí es que el Ministerio tiene mala imagen? ¿De eso se trata todo esto?
Scrimgeour se irguió y miró a Mathew con enfado.
- ¡Por supuesto que eso es un problema! Que nos dejen como un montón de inútiles es un problema. ¿Y sabes qué más es un problema? Que ustedes, que han sido el mejor equipo de ataque que jamás tuvo la Brigada de Aurores y deberían estar con nosotros, ayudándonos, se nieguen a regresar a su trabajo. ¡Y encima de todo se dediquen a hacernos quedar como ineptos, mientras simulan estar aquí enseñando memeces a una manga de adolescentes inmaduros!
Mathew levantó una ceja ante el estallido y Evelyn habría hecho lo mismo, pero se detuvo a tiempo cuando recordó el corte que tenía en la ceja derecha.
- Me atrevería a decir que en este colegio hay más madurez que en casi todo tu Ministerio – dijo Mathew.
- Por no mencionar que en Hogwarts jamás se han enseñado memeces – acotó Evelyn.
- Excepto Adivinación – afirmó Mathew.
- Sí, excepto esa porquería – coincidió su esposa.
Scrimgeour los miró como si estuvieran chiflados y Dumbledore contuvo las ganas de reírse.
Mathew y Evelyn tenían dos formas de lidiar con este tipo de reuniones. O se transformaban en un témpano de hielo, o simplemente desquiciaban al interlocutor con acotaciones sardónicas.
Parecía que esta vez habían elegido la segunda opción.
- Lo que Mathew y Evelyn enseñan en Hogwarts no lo podría enseñar nadie más – dijo el director con seriedad –. Y que el Ministerio tenga tan mala imagen ante la comunidad mágica es culpa únicamente del Ministerio. ¿O acaso se te ha olvidado todo lo que el Ministerio hizo y dijo cuando Voldemort regresó?
- Yo no tengo la culpa de la estupidez de Fudge ni de su cobardía patética. Lo que sí tengo un Ministerio que manejar y no puedo permitir que su imagen se vea aún más dañada de lo que ya está. La vida de la comunidad mágica es mucho más que lo que sucede con El Innombrable y yo debo ocuparme de esas cosas también, pero no puedo hacerlo si la gente no cree en mi gestión.
- ¿Se te ha ocurrido que no habrá Comunidad Mágica como la conocemos, y que tú no tendrás un Ministerio que gestionar, si Voldemort consigue su objetivo? – preguntó entonces Mathew.
- Sí – respondió Scrimgeour, sentándose con cansancio -. Escuchen, no soy un idiota obtuso. Sé que ustedes están detrás de este comando ilegal de magos y que me cuelguen si esta no fue tu idea, Whitherspoon – agregó mirando a Mathew, que no movió un solo músculo de su cara ante la acusación -. Pero necesito que comprendan que el Ministerio tiene muchas pelotas en el aire y ésta es sólo una pelota más.
Hubo un silencio momentáneo en la oficina hasta que finalmente, Mathew dejó el objeto con el que estaba jugando y entrelazó los dedos sobre su pierna.
- Scrimgeour, si nos conoces tan bien como afirmas entonces sabes que para nosotros no hay más pelotas en el aire fuera de eliminar a Voldemort. Si este comando que mencionas, que no estoy diciendo que exista ni que ninguno de nosotros tres sea parte de él, hace algo que ayuda en la guerra, ¿por qué no le das el apoyo oficial del Ministerio en lugar de rechazarlo?
- Porque yo represento la ley, Whitherspoon. No puedo apoyar algo clandestino porque entonces todo el mundo saldría a hacer justicia por mano propia y luego sería muy complicado mantener el orden. Sé que lo que hacemos no alcanza. Que no es suficiente y que tal vez sería más efectivo si nos saltáramos las reglas, pero soy el ministro. No puedo ordenarles a los representantes de la ley que las rompan. Y no puedo salir a decir que lo que esta brigada ilegal hace está bien.
- Entonces niega su existencia y adjudícale a los aurores cualquier actividad que esta facción clandestina realice – sugirió Evelyn.
El Ministro miró a la bruja por un momento.
- ¿Negarlos? ¿Esa es tu solución?
- No es una mala idea – dijo Dumbledore.
- Si el Ministerio comienza a anunciar oficialmente la captura de mortífagos por parte de su fuerza de la ley, la gente comenzará a creer en su capacidad para manejar este asunto – concluyó Mathew.
Scrimgeour miró a las tres personas sentadas frente a él con incredulidad.
- ¿Están bromeando? – preguntó.
- No – Evelyn levantó su hombro derecho -. Tu gestión mejora su imagen, Azkabán se llena de hijos de puta que esperarán su juicio justo y todo el mundo feliz.
- ¿Todo el mundo feliz? ¿Todo el mundo feliz? – azorado, el ministro se puso de pie y comenzó a pasearse nuevamente -. Díganme, ¿acaso creen que soy idiota? ¡No todo el mundo estará feliz! ¡Yo no estaré feliz! Si quieren cazar mortífagos, regresen al trabajo que mejor saben hacer y cacen mortífagos como corresponde, pero no esperen que yo mire hacia otro lado o aplauda lo que están haciendo – se plantó frente a Mathew y Evelyn, señalándonos con su dedo regordete -. Si vuelvo a tener noticias de que hay batallas ilegales por ahí, enviaré a los aurores directo aquí para que los arresten, ¿está claro?
Mathew le sonrió con tranquilidad.
- Lo que espero que tú tengas claro es que tenemos un excelente equipo de juristas, que van a despedazar al Ministerio si nos encarcelas con la palabra de un mortífago como única prueba.
El rostro del ministro se deformó por el enfado.
- No me amenaces, Whitherspoon.
- Eso no fue una amenaza. Fue una aclaración.
- Y hablando de aclaraciones… - dijo Evelyn haciendo repiquetear los dedos en la madera del apoyabrazos -. Necesitamos que nos aclares la carta que el profesor Dumbledore recibió ayer.
- ¿Qué carta? – preguntó Scrimgeour.
- La que dice que, dado que Sirius Black está muerto, el Ministerio está tramitando que Petunia y Vernon Dursley les otorguen la custodia legal de Harry Potter – explicó Mathew.
De repente, la pareja de magos pasó de un estado de total desinterés y relajación al hielo polar, haciendo que el ministro se removiera incómodo en su silla.
- ¿Qué hay con eso? Sólo estoy actuando en el mejor interés del muchacho. El año pasado se metió en grandes problemas dos veces, es obvio que está en peligro y el Ministerio puede proveerlo de la protección que necesite.
- Lo que es obvio es que el Ministerio de verdad está haciendo esfuerzos por conseguir buena publicidad – dijo Evelyn, perdiendo todo rastro de relajación en sus golpeadas facciones.
- ¡Estoy pensando en su seguridad!
- No, Scrimgeour. Estás pensando en tu trasero – replicó Mathew con dureza -. Me pregunto qué pasaría con la imagen del Ministerio si la gente supiera lo que Dolores Umbridge, con el absoluto aval del ministro, hizo aquí el año pasado.
- ¡Ese fue Fudge! A mí lo único que me importa es el bienestar del chico.
- Del bienestar del chico nos ocuparemos nosotros – aclaró Evelyn -. Es lo más lógico, llegado el caso. Al fin y al cabo, somos su familia.
- Petunia Dursley es su pariente más cercano y asumo que ella sabe lo que es mejor para su sobrino.
- Perdón, ¿no acabas de decir que no eres idiota? – dijo entonces Evelyn, que comenzaba a enfadarse -. Tal vez escuché mal.
Scrimgeour se puso rojo al escuchar el insulto y se irguió, como si fuera un volcán listo para estallar, pero Mathew levantó una mano y dijo:
- Te diré qué haremos, Scrimgeour. Tú te mantendrás alejado de Harry, te olvidarás de tus negociaciones con los Dursley, dejarás que nosotros nos encarguemos de cuidarlo y nosotros no destruiremos la poca imagen que le queda al Ministerio – dijo Mathew.
Hubo un silencio pesado en la oficina mientras el ministro de Magia mantenía la vista clavada en los ojos verdes de ese mago que respetaba con reverente temor.
- ¿Eso también es una aclaración?
- No, Scrimgeour, no lo es – replicó Mathew.
Durante exactamente cuarenta y cinco segundos Scrimgeour evaluó las posibles consecuencias de desafiar a Mathew. Y decidió que con todos los problemas que tenía en ese momento, enfrentarse con ese hombre no era una elección inteligente. Y él era un hombre inteligente.
Dumbledore carraspeó levemente y apoyó sus manos entrelazadas en la mesa.
- Bien, ya que hemos aclarado este tema, si no hay nada más que necesites hablar con nosotros, Scrimgeour, tendrán que disculparme. Tengo una cita con Kirshton.
El ministro apretó las manos en puños y controló su enfado antes de asentir.
- No, no tengo ningún otro asunto que tratar… por ahora.
- Gracias por venir, señor Ministro – dijo Dumbledore, tendiéndole la mano.
El mago se la estrechó y luego hizo un gesto con su cabeza a la pareja que seguían sin moverse.
- Whitherspoon, Bright.
- Scrimgeour – dijeron ambos.
El hombre se dirigió hacia la puerta y cuando llegó a ella, se volvió hacia los tres magos.
- Intenten ser más discretos en el futuro. Al menos, procuren que no hayan tantos testigos que puedan identificarlos – dijo antes de salir y cerrar a su espalda.
Dumbledore volvió a respaldarse, uniendo sus dedos como un puente frente a su rostro.
- Scrimgeour no es como Fudge.
- No, no lo es – acordó Mathew.
- Mientras no decida enviar aurores a arrestarnos… - comentó Evelyn.
- No creo que lo haga. No tiene con qué sustentar una acusación en nuestra contra. Sabe que por el momento el único problema que le acarreamos es mala imagen, y para él no es tan importante como para Fudge. Pero en algún momento decidirá que sí lo es. Debemos estar preparados para cuando eso suceda – replicó Dumbledore -. ¿Qué van a hacer con los Dursley?
Las facciones golpeadas de Evelyn se endurecieron.
- Creo que es hora de ir a hacerles una visita – dijo.
Dumbledore asintió.
- Sólo no olviden que más allá de la forma en que lo hicieron, ellos permitieron que Harry viviera en su casa. Y fue eso lo que mantuvo con vida – dijo con tono razonable.
- No nos hemos olvidado – afirmó Mathew poniéndose de pie -. Si nos disculpa, profesor, creo que mi esposa necesita curarse esas heridas.
El director del colegio se puso de pie al mismo tiempo que la bruja.
- ¿Qué pasó?
- Spike – replicó Evelyn de manera escueta.
- Ya veo. ¿Aún camina?
- Sí.
Dumbledore torció un poco la boca y salió de detrás del escritorio.
- Bien, iré a hablar con Kirshton. Parece que hay algunos temas que la población de elfos de Hogwarts quiere tratar conmigo.
- Lo que sea, esta vez yo no he tenido nada que ver. No he puesto un solo pie en la cocina para lavar nada – aclaró Evelyn.
- Lo sé.
- Nos vemos en la cena, profesor – dijo Mathew, saludando al viejo mago con la cabeza antes de abrir la puerta y dejar que Evelyn pasara.
- Hasta luego, profesor.
- Cúrate bien esas heridas – pidió el hombre observándolos salir.
Mathew y Evelyn bajaron la escalera en silencio. En cuanto desembocaron en el pasillo, se encontraron con Harry, que vestido con su túnica de Quidditch los esperaba apoyado contra las ventanas.
- Por todos los diablos – murmuró el chico al ver a la bruja.
- ¿Harry? ¿Qué haces aquí? – preguntó Evelyn deteniéndose en seco, con lo que su marido casi tropieza con ella.
- ¿No tenías práctica de Quidditch hoy? – quiso saber Mathew.
- Ginny escuchó decir a Cho que te había visto hecha papilla y me lo dijo – El muchacho la contemplaba con los ojos muy abiertos y una gran preocupación tiñéndole las facciones -. ¿Qué te ocurrió?
- Me topé con un amigo y estuvimos rememorando viejos tiempos – respondió la bruja y comenzó a alejarse hacia la derecha, cojeando de manera cada vez más notoria.
- Evelyn… la enfermería queda hacia el otro lado – dijo su marido sin moverse.
- Lo sé. Yo voy hacia nuestro cuarto.
Harry y Mathew la alcanzaron en un par de pasos, caminando uno de cada lado de la mujer.
- Deberías ir a ver a madame Pomfrey – opinó Harry con el ceño fruncido -. Tu rostro se ve…
- ¿Espantoso? – preguntó Evelyn.
- Bueno… yo no habría elegido exactamente esa palabra, pero funciona – respondió el chico.
- No te preocupes, Mathew ya la usó por ti.
- Y Mathew también prometió que te llevaría a la enfermería – dijo el mago.
- No necesito una noche de enfermería. Lo que necesito es un baño caliente, ese libro que Molly insiste que debo leer, mucho helado y no moverme demasiado hasta mañana.
- Evelyn, ya no tienes dieciséis años. Aún cuando sanas rápido, tu cadera me está doliendo a mí. Signo de que deberías ir a la enfermería y, al menos, dejar que Poppy sane tus huesos y te dé ese ungüento – opinó Mathew.
- Apoyo esa moción – dijo Harry.
- ¿La moción de que estoy vieja? – preguntó Evelyn.
- No dije eso – se quejó Harry.
- Y yo tampoco – agregó Mathew -. Lo que sí estoy diciendo es que daremos la vuelta e iremos a la enfermería.
- Esa es la moción que secundo – señaló Harry.
Evelyn se paró en el medio del pasillo y contempló a su esposo y su hijo, que la miraban con idéntica preocupación.
- Espero que no crean que porque ustedes son dos y yo solamente una, significa que haré lo que ustedes quieran – dijo, cruzándose de brazos.
- En realidad estábamos pensando que si no te comportabas con lógica y sentido común, yo podía petrificarte y entre los dos te cargaríamos – respondió su esposo.
Dándose por vencida, Evelyn se detuvo y miró a su esposo con enfado. Ante la impasibilidad del mago, dio la vuelta y comenzó a caminar rumbo a los dominios de Poppy Pumfrey. Mathew le guiñó un ojo a Harry y éste sonrió, antes de que ambos se ubicaran a ambos lados de la mujer una vez más.
- Tienen suerte de que los ame a ambos o los únicos petrificados aquí serían ustedes – murmuró Evelyn, colocando una mano en el hombro de su marido para apoyarse en él -. No esperen que me quede en la enfermería toda la noche. Dejaré que Poppy me reviese, me dé sus ungüentos y pociones y luego me iré a mi propia cama.
Mathew le besó el costado de la cabeza y deslizó su mano hasta la cintura femenina para sostenerla mejor.
- Deja de quejarte. Si eres una buena niña y haces reposo como debes, Harry y yo te llevaremos helado y lo comeremos después de cena.
- Del que hace levitar – agregó Harry, sonriendo.
Evelyn suspiró, resignada.
- Todo sea por el helado.
