Capítulo Veintiuno

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Aula de Encantamientos

Sentado entre Hermione y Ron, Harry suspiró, rogando paciencia y tolerancia.

Todo era culpa de su novia. Si Ginny no hubiera abierto la boca, todo lo que había tenido que soportar la última semana no habría ocurrido jamás. Pero no, ella tenía que comentar que Ron una Navidad había pedido tener tres elfos domésticos trabajando en su casa.

Por supuesto, no era algo tan grave. Después de todo, no fue más que un comentario hecho por un chico con muchas carencias que veía el tener elfos como símbolo de riqueza. Pero Hermione no pensaba igual. Y lo que comenzó siendo una mera discusión sobre los derechos de los oprimidos terminó transformándose en una guerra en toda regla.

Sus mejores amigos no se hablaban a menos que fuera absolutamente necesario, en cuyo caso hablar era una forma más que amable de etiquetar la manera en que se dirigían el uno al otro.

Al principio Ron, siendo Ron, había intentado aclarar el punto dos veces. Pero Hermione, siendo Hermione, había cortado todo intento del pelirrojo de darle una explicación. Por consiguiente, su mejor amigo había terminado por irritarse hasta lo indecible y desde entonces pasó a desplegar todo su sarcasmo.

Y Harry jamás lo diría en voz alta, pero Ron, cuando quería, era un terrorista verbal de cuidado.

En ese momento llevaban una hora en la clase del profesor Flitwick en un silencio tan tenso, que estaba comenzando a pensar que alguno de los dos explotaría en cualquier instante. Sus apuestas se inclinaban por la bruja sentada a su derecha, pero dado el temperamento de Ron, no ponía todas sus fichas a esa opción como segura ganadora.

- … y con esta resolución se vio afectado para usar Encantamientos, ¿qué grupo minoritario, señor Weasley? – preguntó en ese momento el profesor Flitwick con su voz aguda.

Sobresaltado al escuchar su nombre, Ron levantó la cabeza.

- Ehhh…. ¿los elfos? – respondió, diciendo lo primero que se cruzó por su mente, que resultaba ser lo único que últimamente le martillaba el cerebro.

- Bien. Diez puntos para Gryffindor – anunció el profesor.

Hermione emitió un sonido que estaba entre una carcajada despectiva y un gruñido, por lo que Ron, molesto, se inclinó sobre el pupitre y la fulminó con los ojos.

- ¿Qué? ¿Ahora ni siquiera puedo nombrarlos?

Harry automáticamente se hizo para atrás cuando la bruja se giró para mirar a Ron.

- ¡Oh, madura, Ronald!

- ¿Para qué? ¿Para volverme un obtuso incapaz de escuchar lo que los demás tienen para decir? No, gracias.

- Yo no soy obtusa – el cabello de Hermione comenzó a alborotarse más de la cuenta, al tiempo que Harry comenzaba a escurrirse en su asiento, intentando infructuosamente salir de la línea de fuego –. Sólo soy consistente con mis principios y, a diferencia de otros, me niego a ir por la vida actuando de manera hipócrita para con mis ideales.

- ¡Yo no soy un hipócrita! – casi bramó Ron, totalmente rojo por el enfado –. Y si hubieras escuchado lo que he intentado decirte, lo sabrías.

- Señor Weasley, señorita Granger… - murmuró el profesor, claramente asombrado por la repentina explosión.

Hermione entrecerró los ojos y cruzó los brazos alzando la barbilla.

- Bien, estoy escuchando ahora.

- ¡Oh, no me vengas con eso! Te conozco, Hermione Granger. Tú no estás escuchándome porque estás demasiado furiosa conmigo por un comentario idiota que dije cuando no era más que un niño. Si me escucharas sabrías que esa es sólo una más de las cosas que yo creía correctas antes de…

De repente, como si se hubiera dado cuenta de que estaba hablando demás, Ron se calló, dejando la frase inacabada. Sus ojos cobalto permanecieron furiosos en el rostro de la chica sentada del otro lado de Harry, que a esa altura estaba aplastado contra el respaldar de su asiento.

- ¿Antes de qué? – preguntó entonces Hermione, con enfado e impaciencia por igual.

La clase entera estaba esperando a que Ron terminara la oración y un silencio expectante cubrió el aula. Todos habían sido testigos, en algún momento de los últimos seis años, de las peleas entre Ron y Hermione. Pero jamás habían presenciado un altercado tan grande como ese en medio de una clase.

- Señor Weasley, señorita Granger, esto es… inaceptable. Salgan del aula en este momento y Gryffindor tiene cinco puntos menos por cada uno – dijo el profesor Flitwick, tan azorado por la interrupción que no se le ocurrió castigarlos con algo más que restarles puntos.

Hermione tardó un par de segundos en darse cuenta de que, por primera vez en su vida, la habían expulsado de un aula. Lívida de la furia, guardó sus cosas en la mochila con violencia, se puso de pie y se dirigió a la puerta echando fuego por los ojos, mientras Ron hacía lo mismo por el otro pasillo formado por las hileras de pupitres.

La bruja salió al vacío corredor sintiendo que si no se alejaba de Ron, explotaría. El pelo se le había soltado de las hebillas y tenía las manos cerradas en puños, tan furibunda porque la habían echado de una clase que no podía articular palabra. Sin embargo, cuando escuchó la puerta del aula cerrarse con fuerza detrás suyo, se giró para enfrentarse al causante de su cólera. A dos pasos de distancia Ron la miraba desde su altura, con la respiración agitada y el rostro encendido.

Tras largos segundos de un silencio aplastante, en que se fulminaron mutuamente con la mirada, Hermione consiguió finalmente encontrar su voz. Entrecerrando los ojos fue a gritarle toda la frustración que venía acumulando desde hacía años cuando, sin previo aviso, él soltó sus libros, cerró el espacio entre ambos, le tomó el rostro con las manos y la besó.

Ron no tenía idea de qué fue lo que lo impulsó a actuar de ese modo, pero tampoco le importó cuando sintió que Hermione le devolvía el beso. Sin pensar en lo que hacía la empujó hacia atrás, sin siquiera registrar que ella no opuso resistencia.

Cuando Hermione sintió las frías piedras de la pared en su espalda, soltó su mochila y subió las manos por la espalda de Ron hasta aferrar los hombros del muchacho por atrás. Continuaron besándose, sin separarse más que para tomar algo de aire, en un beso lleno de rabia, frustración y tensión largamente contenida. Las manos de Ron pasaban de hacer un desastre en el pelo de Hermione a desplazarse por su espalda, apretándola contra su cuerpo, mientras que los dedos de ella se cerraban en los anchos hombros de Ron y luego se enterraban en los mechones cobrizos de la nuca del muchacho.

Repentinamente, la señora Norris maulló con todas sus fuerzas y Ron cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Deteniéndose, se separó de ella con la respiración agitada. Apartó las manos del rostro de la joven y las apoyó en la pared a ambos lados de la cabeza de Hermione, mientras ella abría los ojos para fijarlos, muy abiertos, en los de él.

- Esa es una más de las muchas cosas que creía correctas antes de tí – dijo Ron, cuya respiración seguía siendo errática, completando la oración que había dejado inacabada en el aula un momento antes.

Y enderezándose, tomó la correa que sujetaba sus libros y se alejó por el corredor.

Hermione lo siguió con la vista hasta que desapareció, con sus temblorosos dedos apoyados sobre los labios húmedos. Aún estaba intentando procesar lo que acababa de suceder cuando la puerta del aula volvió a abrirse y sus compañeros salieron del salón.

Harry se aproximó a ella, preocupado.

- ¿Hermione? ¿Estás bien? ¿Qué pasó? – preguntó, mirando alrededor en busca de Ron.

Los ojos de la chica se humedecieron al recordar todas las cosas horribles que le había dicho a Ron en la última semana. Entonces, para desconcierto de Harry, rompió a llorar y se alejó corriendo rumbo al baño más cercano.

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Aula de Entrenamiento

Hermione entró silenciosamente, cerró la puerta y se apoyó en ella.

En medio del amplio salón que usaban como lugar de entrenamiento, junto a una de las ventanas, Ron estaba disparando con una ballesta a un blanco que se hallaba en la pared más lejana. Él no pareció percatarse de su presencia y Hermione sintió que el estómago se le encogía por los nervios. No tenía ni idea de qué iba a decirle; peor aún, no sabía siquiera si él quería hablar con ella.

Llevaba diez minutos llorando encerrada en el último cubículo de un baño del cuarto piso, cuando apareció Ginny, a quien Harry recurrió cuando no pudo entrar por sí mismo para ver qué estaba ocurriendo.

Entre sollozos le contó lo sucedido, dejando a su amiga sin palabras. Cuando finalmente Ginny recuperó el habla, debatieron durante más de media hora qué hacer y cómo hacerlo. Luego le pidió a Harry que buscara a Ron en su mapa, para que ella pudiera cumplir con lo que se había propuesto.

El problema era que ahora que estaba allí, el corazón le latía desbocado y las palmas de las manos le sudaban por los nervios.

Él la había besado, hasta dejarla sin aliento y reducirla a una masa temblorosa que casi no podía estar en pie, y se había largado. Y si todos los años que hacía que lo conocía servían de algo, eso sólo podía significar que no era buena idea intentar hablar con él. Pero sabía que si no lo hacía, si dejaba que las cosas se diluyeran, habría perdido su oportunidad.

Así que allí estaba ahora, aplastada contra la madera de la puerta, tratando de deshacer el nudo que sentía en la garganta e intentando que sus piernas le obedecieran.

Ron disparó las dos últimas flechas que quedaban en el carcaj y se quedó muy quieto, como perdido en sus pensamientos. Tras un largo momento se pasó la mano por el pelo, suspirando frustrado, y se acercó al blanco para recuperar las que estaban allí clavadas. Se giró luego de tomarlas y Hermione se quedó congelada cuando esos ojos azules la miraron. Y entonces todo lo que había sucedido en el pasillo, fuera del aula, se repitió en su mente.

Él se quedó clavado donde estaba, con el rostro encendido, las flechas en una mano y la ballesta en la otra. Los segundos pasaron y permaneció en silencio, esperando. Hermione entonces respiró profundo. Ron ya había movido sus piezas y ahora le tocaba a ella hacer su jugada.

Apartándose de la puerta, caminó con lentitud hasta el lugar donde Ron estaba parado un momento antes.

- ¿Puedes enseñarme a disparar? – preguntó en un tono apenas más elevado que un murmullo.

El mutismo de Ron se tiñó de confusión y por un momento pareció desconcertado por la inesperada pregunta.

Finalmente, se acercó a ella, dejó las flechas en el carcaj, colocó una en la ballesta y le tendió el arma. Hermione la tomó con cuidado, tensándose cuando Ron se movió para pararse a su espalda.

- Ubícate de frente al blanco – dijo colocando ambas manos en las caderas de Hermione y girándola levemente.

Hermione mantuvo la vista fija en el papel con círculos que pendía frente a ella, incapaz de confiar en sí misma si llegaba a mirar al chico que estaba casi pegado a su espalda. Los brazos de Ron la rodearon para cubrir sus manos con las de él, haciendo que un estremecimiento la recorriera.

- Apoya la ballesta en tu hombro – con la mano derecha acomodó la culata en el hombro de la chica –, coloca tu mano aquí abajo – los dedos se cerraron alrededor de los suyos con suavidad – y baja el codo para que no obstruya tu visión – indicó por último.

Hermione cerró los ojos y respiró profundo, sintiendo que algo estaba mal con sus rodillas.

- Separa las piernas – le indicó -. La izquierda un poco más adelante que la derecha.

La bruja asintió e hizo lo que él le decía. Conforme, el muchacho dio un paso atrás, separándose completamente de ella.

- Ahora, apunta con cuidado y dispara – le indicó.

Hermione apretó el gatillo y la flecha se clavó en uno de los muñecos que Evelyn usaba para entrenar, dos metros a la izquierda del blanco. Sin embargo, ninguno de los dos hizo comentarios al respecto.

Tras un par de segundo, la bruja dejó la ballesta en el alfeizar junto a ella y se giró, sin saber qué hacer con sus manos. El corazón le latía como loco en el pecho y sentía que en su interior, la vergüenza se mezclaba con el miedo.

Levantó la vista y se encontró con los ojos de Ron fijos en ella, más oscuros que de costumbre. Podía ver en ellos que se sentía más avergonzado aún que ella. Que tenía tanto miedo como ella.

Incapaz de sostenerle la mirada, bajó los ojos hasta los antebrazos descubiertos del muchacho. Las marcas de los tentáculos del cerebro seguían allí, menos rojas pero igualmente visibles. Sin poder evitarlo, estiró la mano y recorrió con un dedo la misma cicatriz que había acariciado en su casa en el verano. Una vez más sintió que los músculos se estremecían con su roce. Y por más que lo intentó, no pudo encontrar su voz.

Suspirando, Ron tomó sus dos manos entre las suyas y, dando un paso hacia ella, apoyó su frente en la de Hermione.

- Eres la persona más obtusa que he conocido jamás – afirmó con resignación y ella sonrió.

- No soy obtusa, Ron. Soy…

- … consistente con tus principios – dijo él, terminando la frase –. Sí, eso he escuchado.

Durante cinco latidos del corazón del Hermione, ninguno de los dos habló.

- Podría decirte cuán enojada he estado contigo esta semana, pero no quiero – murmuró ella, apretándole los dedos con suavidad.

Ron conformó una mueca que no llegó a sonrisa.

- Bien…Yo tampoco tengo ganas de decirte cuánto me has enfurecido estos últimos cinco días – respondió en el mismo tono, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.

Soltándole las manos, Hermione se puso en puntas de pie y lo abrazó con fuerza.

- Lo siento, Ron. Por todo – susurró.

- Yo también lo siento – musitó Ron, abrazándola a su vez

Hermione sonrió contra el cuello del muchacho y cerró los ojos, llenándose los pulmones del perfume a loción de afeitar, desodorante y Ron.

Ron hundió la nariz en el pelo de Hermione y sonrió, dejando que la suavidad del cabello le acariciara el rostro.

Sin moverse de su posición, los dos dijeron a la vez:

- ¿Quién me iba a decir que iba a enamorarme de alguien que odia las bibliotecas?

- Nunca pensé que me enamoraría de alguien que detesta el Quidditch.

Un momento después las risas de ambos llenaban el salón, mientras se separaban sin soltarse.

- Pues para el registro, yo te quise primero – señaló ella, sintiendo que las mejillas le ardían.

- Para el registro, yo también te quiero – murmuró él, con el rostro igualmente incendiado.

Avergonzada, ella le sonrió. Él simplemente se inclinó y la besó.

Hermione apretó los brazos alrededor del cuello de Ron, elevándose todo lo que pudo. Entonces él dobló sus rodillas un poco y, encerrado la cintura de la chica entre los brazos, la levantó del suelo.

Fue un beso fue totalmente diferente del anterior.

Esta vez en lugar del asaltar su boca, Ron se dedicó a explorar con ella las posibilidades, guiados más por el instinto que por la práctica. Suave, lento, absolutamente carente de prisa. Primero sólo labios que luego, algo dubitativos, se apartaron para dar lugar a roces tentativos y respingos mezclados con gemidos.

Y las sensaciones fueron aún más devastadoras que antes.

Tras lo que parecieron muchas vidas, Ron se apartó apenas y le sonrió. Sintiéndose tan abochornada como feliz, Hermione escondió el rostro en el cuello del muchacho.

- Está bien, Hermione. Estamos bien – susurró él contra su pelo, acariciándole los mechones que había alborotado un momento antes.

Sin soltarla la dejó en el suelo y Hermione agradeció que Ron la tuviera abrazada. Nunca en su vida se había sentido más fuera de balance. Él la quería. Ya no estaba enfadado. Y era suyo, todo suyo.

Pero había montones de cosas que le preocupaban y este giro en su relación agregaba muchas más. Repentinamente, darse cuenta de esto le provocó un ataque de ansiedad que no puedo controlar.

Levantando el rostro, Hermione clavó sus ojos en los de Ron.

- ¿Cómo puedes estar tan seguro de que estaremos bien? Hay una guerra fuera del colegio y están las clases y los entrenamientos y la profecía y Harry y está mi carácter y tu carácter, claro… ¡Discutimos todo el tiempo, Ron! ¿Qué pasará si todo eso no deja que estemos bien? - Las cejas de Ron se fueron levantando cada vez más a medida que Hermione barboteaba -. O peor aún, ¿qué pasará si estamos bien? Estaré todo el tiempo aterrada de que algo malo pueda sucederte y yo no soportaría que algo malo te suceda. No lo soportaría. ¿Y qué pasará…?

Ron se rió, cortando el torrente sin fin de suposiciones.

- Hermione… respira – pidió divertido -. ¿Podemos preocuparnos por todo eso más tarde? – preguntó con calma, deslizando una mano por la espalda de la bruja antes de volver a enlazar sus dedos en la cintura.

La chica se lo quedó mirando como un conejo encandilado y asintió en silencio. De repente, la charla que había tenido con Parvati y Lavender meses antes en el campo de Quidditch regresó a su mente y una sonrisa cruzó sus labios al recordar la palabra con que habían descrito a Ron. Intenso. ¡Si supieran lo acertadas que estaban!

Ron por su parte estaba entre asombrado y exultante de poder abrazarla de ese modo. De saber que ella lo quería. De haberla besado. De poder besarla en cualquier momento. En un segundo pasaron por su mente todas las posibles ocasiones que ahora podría aprovechar para besarla. Las rondas de prefectos, al ir o volver de los entrenamientos con Mathew y Evelyn, al regresar de los entrenamientos de Quidditch, cuando se quedaran estudiando en el salón común hasta tarde.

"Ahora mismo", pensó mientras se inclinaba sobre ella nuevamente.

- ¿Ron? – murmuró Hermione, nerviosa, cuando los labios del muchacho casi rozaban los suyos.

- ¿Sí? – replicó Ron, deteniéndose pero sin apartarse.

- ¿Podrías enseñarme a dar en el blanco disparando con una ballesta? – preguntó ella en un susurro.

Él la miró fijo, intentando determinar si le estaba hablando en serio. Finalmente, suspiró y, besándola suavemente en la mejilla, se enderezó.

- Seguro – dijo, sonriéndole.