Capítulo 22
Casa de Seguridad de La Orden del Phoenix
Sección Oeste del Claustro de la Catedral de St. Paul
Draco iba a vomitar. Sintió que el estómago se le revolvía mientras escuchaba la risa de su tía mezclada con los gritos de agonía de la joven que se retorcía en el suelo.
Los gritos cesaron por un segundo, pero siguieron resonando en la cabeza del chico, carcomiéndole el interior como si se tratara de ácido.
- ¡Draco! ¡Ven aquí! – gritó Bellatrix, que parecía encontrarse en un estado de placer supremo.
El chico miró a la bruja e hizo lo que le pedía.
Bellatrix le pasó un brazo por los hombros y señaló hacia la chica que se encontraba inmovilizada en el suelo debido a la prolongada tortura. Y aunque Draco no tenía idea de quién era, estaba seguro que jamás olvidaría ese rostro crispado, enmarcado por el castaño cabello empapado en sudor.
- Vamos, cariño. Es tu turno. Diviértete – dijo su tía.
Espantado, el joven mago miró el demudado rostro de su madre, que se hallaba parada junto a la puerta.
Voldemort le ordenó a Lucius que toda la familia debía rescatar a Bellatrix y deshacerse de Pettigrew, como prueba de lealtad y para reparar todas las fallas cometidas en los últimos tiempos. Espantada ante la posibilidad de que su hijo terminara matando a alguien, Narcissa se impuso. Declaró que ellos se encargarían de buscar a su hermana mientras Lucius se ocupaba de Pettigrew y se llevó a Draco con ella. Pero lo que Narcissa no imaginó fue que una misión de rescate planificada, se transformaría en una batalla en toda regla. Mucho menos en un festejo de tortura por parte de Bellatrix.
- Bella… vámonos – dijo Narcissa, interpretando lo que su hijo le estaba pidiendo sin palabras.
- ¿Irnos? No, no vamos a irnos todavía. No sin que esta perra – se acercó y pateó con fuerza los riñones de la chica en el suelo – pague por tenerme aquí encerrada como un animal – otra patada - ¡de nuevo! – Extendió la varita y gritó - ¡CRUCIO!
Los gritos llenaron el cuarto una vez más y Draco, sin poder soportarlo más, tomó el brazo de la bruja y de un tirón rompió el contacto del maleficio, con lo que los gritos fueron reemplazados por sollozos y jadeos.
- ¿Qué demonios haces? – Bellatrix miró a su sobrino con una expresión demente en los ojos.
- ¡Maldición, Bella! ¡Vámonos de una vez! – exclamó Narcissa. - ¡Ahí afuera es una locura y si nos quedamos van a atraparnos!
- ¡Cállate! – ladró la bruja a su hermana sin apartar la vista del muchacho frente a ella. - Draco, mata a esa perra – dijo entre dientes.
Draco sostuvo la mirada de su tía con la varita aferrada en su mano pero sin moverse.
Bella dio un paso más hacia él, invadiendo completamente su espacio.
- ¡Ahora! – le gritó en la cara.
El mago observó a la chica que se convulsionaba en el suelo por un segundo y supo que no podría hacerlo. No podía torturarla. Mucho menos matarla.
Regresando sus ojos tan grises que parecían plateados hasta su tía, pensó con rapidez. Si simplemente se rehusaba no sólo estaría sellando su destino, sino también el de sus padres. Debía tratar de salir de allí, alejarse de todo eso… debía permanecer con vida y no llevar a sus padres a una muerte segura.
Recordó todas las clases de Evelyn y también las de Mathew. Los consejos, las ideas, la forma poco convencional en que esas dos personas pensaban. Y se acordó que en una ocasión, Mathew les dijo que no traicionarse a sí mismos era bueno, pero era mejor si lo hacían de manera tal que los demás no se dieran cuenta. Porque en una guerra lo único que contaba era sobrevivir.
- No mataré a esa chica sólo porque a ti se te antoja - dijo entonces con voz helada -. Es más, no me quedaré aquí a ver cómo te diviertes, exponiéndome y exponiendo a mi madre a ser atrapados, sólo porque tú no tienes la inteligencia suficiente para darte cuenta que hay un momento para cada cosa. Y este es el momento de largarnos.
Bellatrix permaneció estática, mirando a su sobrino con intensidad.
Narcissa se acercó a su hermana y, tomándola con brusquedad del brazo, la giró hacia ella.
- ¡Nos vamos! ¡AHORA! – ordenó.
Una explosión resonó en el pasillo cercano y escombros volaron frente a la puerta. Narcissa tiró del brazo de Bellatrix, pero la bruja se zafó con violencia y se separó, apuntando a Draco con su varita.
- ¡Tú, pequeña rata cobarde!
- Bella, ¿qué haces? – preguntó Narcissa, asustada -. Baja esa varita. ¡Es Draco!
- Tu hijo no es más que un traidor que está pensando en cómo salir de aquí y abandonar la suprema causa del Señor Oscuro – siseó.
Demasiado tarde Draco se dio cuenta que su tía, mientras lo miraba con fijeza, había utilizado Legeremancia y él, con su arrogancia, le estaba facilitando mirar en su interior.
Su madre, respondiendo a su instinto, levantó su varita para lanzarle un maleficio a su hermana, pero Bellatrix se adelantó.
- ¡Brogamus! – exclamó y Narcissa se desplomó con un grito agónico, en el instante en el que el padre de Crabble entraba en la habitación.
- ¡Madre! – gritó Draco y se volvió hacia su tía, que en ese instante le estaba lanzando un maleficio a él. - ¡Protego! – exclamó y el hechizo rebotó, dándole tiempo a derribar una mesa y colocarse detrás.
- ¡Maldito bastardo! ¡Pelea como un hombre! – gritó su tía.
Draco se asomó por encima de la mesa y le lanzó un maleficio que la obligó a parapetarse tras una columna.
- ¡Crabble, destruye a ese traidor! – gritó Bellatrix.
Crabble, que no entendía qué estaba pasando, tardó un par de segundos en acatar la orden. Draco lo aprovechó para lanzarle un maleficio que lo dejó inconsciente en el pasillo.
Sudando por el miedo, el muchacho trató de pensar. Tenía poco tiempo. Podía escuchar pasos que se acercaban y sabía que estaba en desventaja. Necesitaba sacar a su madre de allí y buscar un lugar seguro donde refugiarse. Vio que Narcissa aún estaba inconsciente y se preguntó cómo haría para escapar si ella no lo ayudaba.
- ¿Qué ocurre, cariño? – preguntó entonces la voz escalofriante de su tía. - ¿No es tan sencillo como parece? Levántate y pelea como un hombre.
Un maleficio voló la mesa y otro lo golpeó con fuerza, haciéndolo retorcerse de dolor.
Jadeando intentó incorporarse, pero su tía se acercó a él y gritó:
- ¡Crucio!
Fue como si algo lo estuviera quemando por dentro, retorciéndole las terminales nerviosas hasta puntos indefinidos. Gritó, incapaz de soportar tanto dolor en silencio, hasta que repentinamente cesó.
- ¿Qué? ¿Creíste que podías traicionar a mi señor? ¿Desafiarlo? Pequeña rata… ¡mi propia sangre! ¡Tú eres mi sobrino! ¡Tú deberías estar de mi lado!
Levantó nuevamente su varita cuando la voz de Evelyn llegó desde la puerta y resonó en el cuarto.
- ¡Expelliarmus!
Bellatrix voló por el cuarto y otra explosión se escuchó muy cerca. Los gritos de la batalla resonaban por todas partes y Draco intentó orientarse.
Enderezándose, vio que la chica que Bellatrix había torturado seguía hecha un ovillo en el suelo. Evelyn y su tía estaban manteniendo un duelo frente a él. Y su madre parecía estar recuperando el conocimiento, pero se hallaba peligrosamente cerca de su profesora.
- ¡Accio, madre! – dijo y Narcissa fue arrastrada hasta su lado.
Con cuidado pero rapidez la acomodó contra la pared mientras levantaba una vez más la mesa para usarla como parapeto.
- Draco…
- ¿Estás bien, madre? – preguntó el muchacho.
- Draco, debes irte. Yo te cubriré…
- No voy a dejarte aquí – dijo con decisión -. ¿Puedes levantarte?
Narcissa lo intentó pero un dolor agudo le atravesó el pecho.
Un maleficio pegó sobre sus cabezas, haciendo caer pedazos de pared sobre ambos. Draco vio que dos mortífagos más estaban dentro del cuarto, luchando contra Evelyn.
Observó cómo la bruja lanzó un maleficio a uno de ellos y con una velocidad pasmosa corrió hacia el otro. Saltó con los pies hacia delante y lo pateó en el pecho con tanta fuerza que el hombre salió volando, escuchándose el crujir de huesos al romperse.
Al aterrizar, giró sobre sí misma con las manos apoyadas en el suelo, una pierna doblada como pivote y la otra extendida como aspa. Barrió los tobillos del segundo mortífago haciéndolo desplomarse pesadamente y le pateó la cara sin mayores miramientos.
- ¡Draco! – exclamó su madre en ese instante.
Distraído mirando a su profesora, Draco no se había dado cuenta que su tía no estaba atacando a la bruja de pelo negro, sino que en ese instante estaba apuntándolo a él con su varita.
- ¡Expelliarmus! – exclamó Bellatrix y la varita del muchacho voló por al aire.
Repentinamente, la primera clase de Evelyn volvió a su mente. "Nadie va a pedirle permiso para quitarle la varita, señor Malfoy", había dicho la bruja. Maldita fuera, había tenido razón.
Indefenso, contempló a su tía que lo miraba sin atisbo de cordura en sus ojos desorbitados, mientras su rostro se deformaba en una mueca espantosa.
- ¡Septum brascotsa! – gritó Bellatrix y un maleficio voló hacia el indefenso muchacho.
- ¡No! – gritó Narcissa.
En ese instante todo pareció moverse en cámara lenta para el adolescente. Supo que el maleficio lo golpearía y que no había maldita cosa que él pudiera hacer al respecto. Pero un segundo antes de que el haz de energía llegara a él, Evelyn lo empujó con fuerza a un costado al tiempo que exclamaba:
- ¡Protego!
Sin embargo, el escudo no se conjuró del todo y el maleficio la golpeó, estrellándola contra la mesa detrás de la cual se encontraba Narcissa.
Una carcajada resonó en el cuarto, elevándose por encima de los gritos de batalla que llenaba el edificio.
- ¡Nadie desafía al señor Oscuro sin pagar el precio! – dijo jubilosa la demente mujer antes de mirar nuevamente a Draco – Mucho menos alguien que debió respetarlo y seguirlo en todo momento. Alguien así no merece vivir – remarcó cada palabra, levantando nuevamente su varita hacia él.
Pero antes de que pudiera decir una sola palabra, un maleficio resonó en la habitación.
- ¡Avada Kedavra!
El haz de luz verde cruzó el cuarto e impactó en Bellatrix, que tras una fracción de segundo se desplomó sin hacer sonido alguno.
Draco contempló el cuerpo inerte de su tía, casi incapaz de creer lo que acababa de suceder. Entonces, desvió la vista hacia su madre, que apoyada contra la pared aún mantenía la varita apretada entre sus dedos.
- Nadie toca a mi hijo – susurró Narcissa, mientras gruesas lágrimas caían por su rostro.
Soltando la varita, que rebotó por el frío suelo, se desplomó, horrorizada por lo que acababa de hacer. Casi arrastrándose, Draco se acercó a ella y la abrazó con fuerza y espanto.
Cerca de ambos, Evelyn respiraba con dificultad, pero aún así se las arregló para trastabillar hasta la cazadora tirada en un costado del cuarto. Tocó con suavidad uno de sus hombros y la chica comenzó a gritar, aterrorizada. Evelyn entonces hizo lo único que podía hacer por ella en ese momento. Levantando la mano, la golpeó en el esternón. El oxígeno dejó de llegarle al cerebro por un par de segundos y la chica se desvaneció.
La bruja había visto esto las suficientes veces como para saber que tal vez Kennedy viviría mucho tiempo, pero su mente jamás regresaría del oscuro lugar adonde el maleficio Cruciatus la había llevado.
Enderezándose todo lo que pudo, el dolor que la atravesó la dejó sin aire por lo que esperó un segundo antes de mirar hacia Bellatrix. No necesitaba acercarse a ella para saber que estaba muerta y no le importó. Esa perra había hecho demasiado daño a gente que había sido importante en su vida.
Los gritos de la batalla se sonaban por todos lados, cercanos. Evaluó lo que debería hacer y su primera idea fue poner a Kennedy fuera del alcance de los mortífagos que pudieran aparecer. La vista de Bellatrix muerta no iba a ser algo que alegrara a quienes habían ido hasta allí a rescatarla y alguien podía decidir llevársela para interrogarla cuando despertara. Aún cuando no creía que fuera a poder decir nada, ella podía evitarle futuras torturas y más dolor. Metiendo la mano en su bolsillo, sacó un traslador que había preparado Dumbledore ese mismo día. Inclinándose, lo colocó en la mano de la bruja. Usó la varita para trazar en la remera de la chica la palabra "Crucio" y luego tocó el traslador.
- Portus – murmuró.
La cazadora desapareció un momento después, rumbo al lugar donde la Orden mantenía su enfermería. Phoebe sabría qué hacer con ella.
- Evelyn… - la voz de Narcissa la hizo girarse hacia donde estaban Draco y su madre -. Tienes… saca a Draco de aquí… por favor – murmuró la bruja con dificultad, tratando de componerse pero temblando visiblemente.
Frunciendo el ceño por el dolor, Evelyn se acercó hasta la caída mujer y la enderezó contra la pared sin demasiadas ceremonias.
- ¡Está herida! – dijo Draco, viendo el trato brusco y el gesto de dolor en su madre.
- Sí, ya somos dos – replicó la bruja sin prestarle mayor atención -. ¿Con qué te golpeó, Narcissa?
- No importa – respondió la mujer, aferrando la muñeca de Evelyn con fuerza – Debes sacar a Draco de aquí. Todos sabrán… que se negó a matar a esa chica… que él no es… Evelyn, es mi hijo. Debes salvarlo.
- ¿Como tú salvaste al mío cuando di a luz? – preguntó entonces Evelyn sin rastro alguno de emoción en la voz.
- ¡Maldición, Bright, él no es un asesino! – dijo Narcissa, en un evidente esfuerzo por convencer a la bruja frente a ella de que sus palabras eran ciertas. - Mi hijo no merece morir sólo porque no es como…. no es como…
- ¿Como su padre? – dijo entonces Evelyn levantando una ceja cuyo ojo se veía cada vez más negro. Hizo una pausa antes de agregar: –. Agradece entonces que yo no soy como su madre, porque no creo que tú fueras a hacer por mi hijo lo que yo haré por el tuyo.
Narcissa tragó el nudo que se había formado en su garganta.
- Si estuviera vivo, lo haría – respondió.
Una expresión escéptica cruzó las facciones magulladas de Evelyn. Por un largo momento sostuvo la mirada de esa mujer que, desde que se cruzaron por primera vez a los 8 años, había sido una perra con ella.
Sin embargo, acababa de matar a su propia hermana para proteger a Draco. Y si Bellatrix intentó hacerle daño a ella y su hijo, entonces debía ser porque no habían cumplido con el deber de todo mortífago. Además, tenía razón. Draco no era su padre; sólo era un chico asustado, envuelto en algo que no comprendía, intentando hacer lo que le ordenaban.
Respirando lo más lento posible para evitar que los huesos que tenía fracturados le dolieran aún más, decidió darle el beneficio de la duda.
- Ya lo veremos – murmuró.
Poniéndose de pie, se acercó a la puerta y atisbó lo que ocurría fuera. Pudo ver a lo lejos a Buffy y Spike, junto con Shacklebolt, luchando contra cinco mortífagos. No estuvo segura de cuán bien fuera a irles, por lo que se acercó nuevamente a Draco y su madre.
- El único traslador que tenía lo usé para sacar de aquí a Kennedy, así que deberemos irnos por nuestra cuenta. No pueden aparecerse desde aquí, cosa que supongo que ya saben – Draco asintió -, así que lo primero es salir del edificio. Narcissa, ¿puedes ponerte de pie?
La bruja meneó la cabeza.
- Creo que mi rodilla derecha está rota – dijo –. Ustedes váyanse. Llévate a Draco… yo me quedaré aquí…
- ¡No! – exclamó Draco, asustado –. No voy a dejarte aquí, madre.
- No puedo caminar y si voy con ustedes, los retrasaré.
- Puedo cargarte.
- Si me cargas no podrás defenderme y Bright está malherida – dijo Narcissa -. ¿Acaso crees que ese maleficio que recibió hace cosquillas? Si no fuera quien es, no estaría de pie. Ahora, escúchame con cuidado y no discutas. Quiero que te vayas con ella hasta Hogwarts y te quedes allí.
- Pero si te quedas aquí, o te llevan a Azkabán, o te llevan con padre ante El Innombrable. Y ellos sabrán que tú… que tú… - no pudo completar la frase y se negó a mirar hacia el cadáver de su tía.
- ¡Ellos no sabrán nada! – le cortó su madre con firmeza –. Harás lo que te estoy diciendo, Draco. Te irás con ella.
- ¡El padre de Crabble se los dirá!
- Ese imbécil de Crabble no recordará nada para cuando despierte. Puedo borrarle la memoria a alguien si hace falta – replicó Narcissa.
Torciendo la boca, intentó incorporarse y el dolor la hizo sudar. Cerró los ojos por un segundo antes de volver a abrirlos y clavarlos en los de la mujer que más había detestado a lo largo de su existencia. La mujer a la que debía la vida; en quien podía confiar que mantendría con vida a su hijo.
Ambas sabían que acababan de sellar un pacto que representaba, para Narcissa Malfoy, una deuda incluso mayor que la que ya tenía para con Evelyn Bright.
Poniéndose de pie, la cazadora tomó a Draco por un codo y tiró de él, maldiciendo para sus adentros por el dolor que ese gesto le causó.
- ¡No dejaré aquí a mi madre!
- Está herida y nos retrasará – replicó Evelyn.
- ¡Usted también está herida!
- Ella tiene razón, Draco – acotó su madre.
- Madre…
- Vete, Draco.
- Pero…
- Evelyn, golpéalo si hace falta – dijo entonces Narcissa, impaciente.
Evelyn levantó una ceja a la bruja y miró al muchacho.
- Está bien – aceptó.
- No… iré. Iré – afirmó Draco, echándose hacia atrás en un gesto instintivo.
- Busca tu varita – le ordenó Evelyn entonces.
Draco recogió su varita y se acercó a su madre. Arrodillándose a su lado, la abrazó con fuerza y besó la frente perlada en sudor de Narcissa. La bruja lo abrazó con fuerza y luego se separó de él con decisión.
- Ten cuidado, Draco. Y haz todo lo que ella diga – agregó, mirando a Evelyn.
El chico asintió y se irguió para mirar a su profesora, que se dirigió hacia la puerta, donde se detuvo a observar.
- Bien, Draco, espero que recuerdes todo lo que he estado intentando enseñarte porque vas a necesitarlo – dijo Evelyn antes de inspirar con cuidado -. Mantente lo más pegado a la pared posible; si un mortífago aparece, procura aturdirlo lo suficiente como para escapar.
- ¿Por dónde iremos? – preguntó el chico, agachándose cuando un maleficio perdido pasó cerca suyo.
- Por allá – replicó Evelyn, señalando hacia el lado opuesto de donde se desarrollaba la batalla – Crearé un campo que nos proteja pero no durará mucho, así que necesito que cuando te diga corras hacia aquella ventana, al final de pasillo.
- ¿Y luego qué? ¡Estamos en el tercer piso! – Draco la miró, asustado.
- Luego saltaremos – dijo Evelyn.
- ¿Está loca?
- No discutas, Draco. Yo te sostendré para que no te mates en la caída, pero deberás levantar las piernas para no golpear el suelo. Eres demasiado alto y podrías romperte los tobillos – replicó la bruja, que mantuvo la vista en la refriega por un momento antes de murmurar algo por lo bajo - ¡Ahora! – dijo repentinamente y Draco corrió.
Cuando estaba a un paso de la ventana, sintió que Evelyn le pasaba un brazo por la cintura y se impulsaba hacia delante. El muchacho casi no tuvo tiempo de cubrirse el rostro con los brazos antes de que atravesaran los cristales y gritó, aterrorizado, al sentir que caían sin control. Le pareció que tardaban varias vidas en detenerse, pero repentinamente estaba de pie en el césped que rodeaba la casa.
La bruja lo soltó y cayó de rodillas presionándose las costillas con fuerza, mientras intentaba respirar. Draco sabía lo suficiente de magia como para saber qué hacía, exactamente, el maleficio que Evelyn había recibido al empujarlo y se asombró de que hubiera podido soportar su peso en esa caída.
- ¿Profesora? – con cautela apoyó sus temblorosos dedos en el hombro de la mujer.
Evelyn dejó salir aire entre los dientes con lentitud, levantando una mano para pedirle que esperara un segundo. Finalmente, abrió los ojos y se enderezó con dificultad, por lo que Draco se apresuró a sostenerla por un brazo.
La mujer evaluó su estado y se percató de que la rapidez era su única opción. Ese maleficio tal vez tardaría en derribarla más tiempo que a cualquier otro, pero la derribaría. Y aunque Narcissa Malfoy estaba lejos de ser santo de su devoción, Draco era otro cantar. Llevaría a ese chico a Hogwarts. Ya tendría tiempo de desplomarse después.
- Profesora, ¿está bien?
- Escucha, Draco, esto es lo que vamos a hacer – dijo Evelyn, ignorando la pregunta –. Debemos llegar a Hogwarts, pero no podemos aparecernos. Si te apareces lo sabrán porque se dispararán las alarmas en el Ministerio. Eres menor de edad y no tienes licencia, así que deberemos llegar allí de otro modo.
- ¿Cómo?
Evelyn se desplazó hacia las sombras del parque.
- Usaremos un traslador que debe estar escondido cerca de aquí… - hizo una pausa cuando el dolor comenzó a hacerse más agudo y luchó por controlarlo -… en un parque que se encuentra a dos cuadras – continuó.
- ¿Ese traslador nos llevará hasta Hogwarts? – preguntó entonces Draco, siguiendo a la bruja, lo obligó a esconderse detrás de unos arbustos.
- Hasta un par de cientos de metros. Draco, ¿sabes si hay mortífagos allí? ¿Quién vigila el colegio?
El muchacho se mordió el labio, debatiéndose entre la lealtad a su padre y su situación.
- ¡Maldición, deja ya de dudar y decídete por un camino! Si vas a estar de mi lado de la calle, será mejor que me digas los que sabes. Si no, te lanzaré de vuelta por la ventana que acabamos de atravesar y dejaré que te las entiendas con los miembros de la orden.
Draco escuchó los gritos y explosiones que llegaban del edificio. Volvió a escuchar la risa demente de su tía y los gritos de la cazadora que intentó detenerlos cuando entraron en ese cuarto para liberar a Bellatrix. De repente, el dolor en su costado le recordó lo que se siente al recibir un maleficio Cruciatus y cuántos soportó esa chica hasta quedar convulsionando en el suelo.
Entonces, miró a Evelyn y tomó su decisión.
- Hay mortífagos cerca del colegio, pero no sé cuántos son. Vigilan el lugar todo el tiempo. Y también hay un sujeto que es un hombre lobo… no sé su nombre, sólo sé que el Innombrable confía en él para que organice la vigilancia del colegio.
Evelyn pensó durante un momento antes de asentir.
- Bien… bien… entonces, este es el plan. El traslador va a llevarnos hasta un claro cerca del camino principal al colegio. Trataremos de llegar a Hogwarts bordeando ese camino, en las sombras del bosque. Debes ser rápido y silencioso, Draco. Quiero que apenas aterricemos allí te dirijas directo al colegio. No te detengas, no mires atrás. Si alguien aparece, corre todo lo que puedas porque tu vida dependerá de cuán rápido seas. Y si no puedo ir contigo, no me esperarás. ¿Me entiendes?
El muchacho asintió, demasiado apabullado como para discutir una orden dada con tanta autoridad.
- Correcto – Evelyn tomó aire una vez más, sabiendo que cuanto más tardara en llegar al colegio, menos oportunidad tendría de lograr su objetivo de proteger al chico.
Un segundo después se puso de pie, manteniéndose levemente agachada, y apretó la varita en su mano, concentrando todas sus fuerzas en la tarea por delante.
- Vamos – dijo y comenzó a moverse más rápido de lo que Draco esperaba rumbo al parque.
El muchacho miró hacia la ventana del tercer piso una vez más antes de seguir a la bruja. Por primera vez en su vida se preguntó si toda esa imbecilidad muggle de rezar sería de utilidad.
›š
Paddington
Garden Road
Mathew apoyó a un inconsciente Dumbledore contra el costado del automóvil, maldiciendo por centésima vez.
Toda la noche había sido un desastre.
Primero se encontraron con que el segundo horcrux, el retrato de la madre de Voldemort, estaba protegido por un hechizo que hacía imposible llevárselo. Entonces Dumbledore había decidido destruirlo allí mismo. El problema fue que también decidió hacerlo solo y dejó a Mathew atrapado en un cuarto.
Para cuando logró quebrar las barreras que el director de Hogwarts había colocado, el retrato ya no existía. Pero la magia del horcrux fue demasiada y Dumbledore ahora tenía la mano derecha casi carbonizada. Aunque había logrado que el daño no se extendiera al brazo, Mathew sabía que debía llegar a Hogwarts y tratarlo debidamente o el viejo maestro moriría.
Cuando iba acarreando a Dumbledore hacia la salida de la deteriorada casa de los Riddle, donde hallaron el cuadro, sintió que algo estaba terriblemente mal con Evelyn.
Estaba seguro que un maleficio la había alcanzado y podía sentir que lo necesitaba. Debía llegar hasta donde se encontraba su esposa pero primero debía poner a Dumbledore a salvo.
Alejándose un paso, pateó el vidrio trasero del automóvil junto al cual había dejado a Dumbledore, haciéndolo saltar en pedazos. Sin perder mucho tiempo, abrió la puerta de atrás y metió dentro al mago. Luego se sentó ante el volante y, tirando de los cables debajo del tablero, encendió el auto tras un par de intentos.
- Vamos, Albus… aguante – murmuró.
Un segundo después, conducía a toda velocidad directo hacia donde sentía que su esposa se dirigía.
Hogwarts.
