Capítulo Veinticinco

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

La enfermería

Sentada en el borde de la cama, Hermione rezongó frustrada cuando Ron le impidió ponerse de pie.

- Sal de aquí, Ron. Tengo que cambiarme – la bruja tomó la muñeca del muchacho y trató de que soltara su hombro.

Sin embargo, mover la mano del mago era algo definitivamente superior a las fuerzas de su novia, que lo miró molesta mientras él negaba con la cabeza.

- No.

- No voy a vestirme contigo aquí, mirándome. Tienes que irte – dijo enfadada.

- No vas a vestirte porque no vas a levantarte de esta cama – replicó Ron. Al verla hacer una mueca de dolor por forcejear con su muñeca, se acuclilló frente a ella y acarició los brazos femeninos -. Ni siquiera puedes usar tu mano ni moverte… Hermione, por favor…

La chica vio la súplica en los ojos azules de Ron, la preocupación por su estado, el deseo de que se cuidara y, suspirando, deslizó los dedos por los mechones cobrizos.

- Tengo que ir – murmuró.

- ¿Por qué?

- Porque tienen que saber… tienen que ver lo que esos tipos con capaces de hacernos - con suavidad apartó un mechón rebelde de la frente de su novio -. Tienen que saber que sólo porque ellos no se meten ni opinan, no significa que sus hijos están a salvo. Que por el simple hecho de ser estudiantes no van a dejarnos tranquilos o ignorarnos. Tienen que verlo, Ron. Y yo puedo mostrárselos.

Por un largo momento Ron se quedó muy quieto, mirándola, sintiendo cómo esos dedos delgados se deslizaban por su pelo y le acariciaban la nuca.

Sabía que Hermione tenía razón. Y también sabía que en el momento en que él saliera por la puerta de la enfermería, ella se levantaría. El problema era que él debía irse. Todos los alumnos habían sido convocados a la asamblea que estaba a punto de comenzar en el Gran Salón.

Suspirando resignado, entrelazó sus dedos con los de Hermione sobre el regazo de la bruja.

- Con dos condiciones – dijo.

Hermione levantó una ceja y lo miró con suspicacia.

- ¿Cuáles?

- La primera es que dejarás que Ginny te ayude a vestirte para que tu herida no se abra.

La chica asintió sin mayores problemas.

- ¿Y la segunda? – preguntó.

Ron aumentó levemente la presión en los dedos que se entrelazaban con los suyos, preparándose para el enfrentamiento que sabía que vendría.

- Yo te llevaré.

Frunciendo el entrecejo, Hermione tensó la mandíbula.

- Olvídalo. Soy perfectamente capaz de caminar, Ron – afirmó con terquedad.

La expresión del muchacho se volvió aún más obstinada que la de ella.

- O te cargo hasta abajo o no te mueves.

- No soy una inválida – declaró la bruja, soltándole las manos y cruzándose de brazos.

- No, eres una convaleciente que no debería dejar esta cama hasta dentro de dos o tres días – Ron se puso de pie y la miró desde su altura -. Bastante malo es que te levantes como para que encima hagas esfuerzos inútiles. Si quieres ir, será así o no será. Y créeme, soy capaz de petrificarte con tal de que no te lastimes más de lo que estás, así que tú eliges.

Por un largo momento libraron una batalla silenciosa en la cual cada uno intentaba ganar su posición. Sin embargo, Hermione decidió que su objetivo era más importante que su orgullo, al menos en esta oportunidad. Así que finalmente dejó salir el aire y miró hacia el costado, apretando aún más los brazos contra su pecho.

- Está bien… - dijo enfadada antes de volver a mirar a Ron y levantar la barbilla, desafiante -. Pero sólo hasta la puerta del Gran Salón. No voy a entrar allí como una damisela debilucha.

Ron levantó una ceja y asintió, antes de inclinarse y, apoyando las manos en el colchón a los costados de la chica, le dio un beso breve.

- Tú jamás serás una debilucha. Por eso te quiero – enderezándose, se alejó rumbo a la puerta -. Buscaré a Ginny.

Hermione se quedó sentada, con el ceño más fruncido aún que antes, maldiciendo para sus adentros. Estaba segura de que antes de que Ron fuera capaz de decirle que la quería, le era mucho más sencillo salirse con la suya.

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Colegio Howgarts de Magia y Hechicería

Gran Salón

El Gran Salón de Hogwarts resonaba con voces que comentaban, entre murmullos nerviosos o exclamaciones enfadadas, lo sucedido dos noches atrás frente a los portones de entrada del colegio.

Los alumnos hablaban con sus padres en grupos, relatando lo que sabían, especulando sobre lo que no tenían una idea clara, exponiendo teorías o haciendo afirmaciones.

Todos estaban asustados y nadie sabía realmente lo que sucedió. Y el que la profesora McGonnagall hubiera convocada a todos los padres para esta reunión acrecentaba la inseguridad y los miedos.

Había incontable cantidad de sillas organizadas en hileras que ocupaban todo el salón, mientras que donde por lo regular estaba la mesa de profesores, se alineaban las sillas que éstos ocuparían.

Allí se encontraban en ese momento la mayoría de los profesores, excepto Flitwick, Mathew, Evelyn, Snape, McGonnagall y Hagrid. Los maestros estaban muy callados y esquivaban las preguntas de algunos padres, afirmando que la profesora McGonnagall les explicaría la razón de esa reunión en unos minutos.

Repentinamente, la puerta que se encontraba al fondo del salón se abrió y por ella entraron los maestros faltantes, excepto Hagrid y Snape.

Mientras Flitwick, Evelyn y Mathew se ubicaban en las sillas libres que quedaban en el extremo derecho de los profesores, Minerva McGonnagall se dirigió al atril que se hallaba ubicado de frente a los asistentes.

- Silencio, por favor – dijo, ampliando su voz con la varita para llamar la atención de los presentes -. Les pido a los alumnos que se sienten con sus padres para poder comenzar.

Hubo un revuelo mientras los asistentes trataban de ubicarse, resultando en una extraña mezcla de colores de casas y túnicas brillantes para cuando todos ocuparon sus lugares.

Faltaban unas pocas personas, que estaban moviendo sillas para poder sentarse juntos, cuando la puerta se abrió con cuidado y entraron Ron y Hermione, seguidos de Harry y Ginny. Los cuatro adolescentes hicieron una pausa en la entrada, algo cohibidos cuando todos los rostros se giraron hacia ellos.

- Disculpen – dijo Hermione.

Con lentitud comenzó a caminar por el centro del salón apoyada en Ron, que la abrazaba por los hombros. Aún cuando mantuvo el rostro lo más compuesto posible, era obvio que cada paso que daba le provocaba dolor, por lo que la profesora McGonnagall frunció el ceño.

- Señorita Granger, ¿no debería estar en la enfermería?

Ron levantó una ceja, dándole la razón silenciosamente a la bruja, pero no dijo nada.

- Estoy bien, profesora. No quería faltar a esta reunión – dijo Hermione, mirando a su maestra con decisión.

Ambas brujas se sostuvieron la mirada por un segundo y la mayor de ellas, asintió.

- Por favor, ubíquense con sus padres - pidió.

Ron ayudó a Hermione a caminar hasta donde los Granger y los Weasley se encontraban. Ginny se sentó al lado de su madre, mientras Ron lo hacía entre su padre y su novia, que se ubicó junto a la señora Granger.

La madre de Hermione tomó la mano de su hija y la apretó. La preocupación en los rostros del matrominio Granger era evidente, como así también su miedo, por lo que Hermione les sonrió en un intento de tranquilizarlos.

Harry se detuvo por un momento en el inicio de la hilera de sillas ocupadas por los Weasley y los Granger, contemplando el asiento vacante junto a Ginny. Entonces, apretando los labios se dirigió hacia el atril.

- Señor Potter, ¿qué hace? – preguntó la profesora McGonnagall, confundida, pensando que tal vez el muchacho iba a tratar de hablar con los presentes.

Harry puso un pie en el primer escalón y la miró con decisión.

- Lo que usted dijo. Me siento con mis padres – no habló muy alto, pero el silencio en el salón era absoluto y su voz alcanzó cada rincón sin problemas.

Ante la atónita mirada de los presentes, se acercó hasta Mathew y Evelyn y se sentó junto a la bruja. La pareja de magos, que a todas luces no esperaba lo que él acababa de hacer, lo observó con azoro. Harry los miró brevemente y luego bajó la vista a sus manos por un segundo.

Inspiró profundo y se respaldó, cruzándose de brazos para clavar los ojos en su novia, que le sonrió. El apoyo de Ginny, que también podía leerse en los rostros de Ron y Hermione, hizo que dejara salir el aire que había estado reteniendo.

La profesora McGonnagall tardó casi un minuto completo en procesar lo que Harry acababa de decir, hasta que sus ojos se cruzaron con los de Evelyn y luego los de Mathew. Entonces, todo cayó en su lugar y por primera vez en dieciséis años comprendió todos los cuándo, cómos y por qués.

Componiéndose, carraspeó y desvió sus ojos hacia el auditórium, que en su mayoría seguía contemplando a Harry y los Whitherspoon.

- Bien… los he convocado a todos aquí hoy porque los eventos de hace dos noches necesitan ser explicados, como así también las medidas que se tomarán.

Se escuchó el sonido del roce de la ropa cuando la gente se removió en sus asientos, centrando su atención en la directora en ejercicio del colegio.

Harry aprovechó que había dejado de ser el blanco de miradas para observar a los asistentes. Entonces, su vista cayó en Draco Malfoy, que se encontraba parado en la esquina más alejada del Gran Salón y lo miraba como si todas las maldiciones del infierno le hubieran caído encima.

El muchacho estaba solo, con los brazos cruzados y una expresión que Harry no pudo descifrar en el rostro, mirándolo. Tras un par de segundos, las afiladas facciones de Draco se contorsionaron como si su dueño estuviera conteniendo una carcajada. Como si la ironía de la situación se hubiera revelado ante él y lo encontrara hilarante. Sólo que no se rió, sino que mantuvo su acerada mirada fija en Harry, desafiante.

Tal vez sus padres no estaban allí, pero sin duda él seguía siendo Draco Malfoy.

La voz de la profesora McGonnagall atrajo la atención de Harry y apartó la mirada de Draco para volverla hacia la bruja parada tras el atril.

- Trataré de exponer los hechos de la manera más concisa posible y luego podrán hacer las preguntas que consideren necesarias.

La profesora McGonnagall hizo una pausa antes de continuar.

- Primero que nada, todos saben que el profesor Dumbledore se encuentra en este momento imposibilitado de cumplir con sus tareas de director. Sin embargo, el colegio permanecerá abierto y las clases seguirán su curso normal. Por supuesto, las puertas de mi oficina estarán abiertas para quienes necesiten discutir conmigo cualquier tema relacionado con sus hijos y su permanencia en el colegio.

Varios padres asintieron con gestos adustos y la profesora McGonnagall supo que esa noche muchas camas iban a estar vacías en el viejo castillo. No podía culparlos. Hogwarts no era tan seguro como a todos les gustaría pensar y la seguridad de esos chicos estaba antes que ninguna otra cosa.

- Por otro lado, como probablemente han leído en el periódico y escuchado por distintos medios de comunicación, hace dos noches un grupo de mortífagos atacó a un alumno y una profesora de esta institución. Como resultado de este ataque dos de nuestros alumnos de grados superiores y un docente, resultaron heridos. – El magullado rostro de Evelyn permaneció impávido ante el escrutinio del que fue objeto, mientras que Hermione apretaba la mano de Ron y levantaba la barbilla con decisión -. Quiero dejar claro que lo que apareció publicado en la prensa sensacionalista no es cierto. Ningún alumno o profesor de este colegio falleció y la seguridad de Hogwarts no ha sido violada – prosiguió la bruja con tono de voz firme.

Se escucharon algunos murmullos. Un hombre se puso de pie y miró a Minerva McGonnagall con enfado.

- Creo, profesora McGonnagall, que la seguridad de Hogwarts se violó en el instante en el que Dumbledore permitió que Evelyn Bright regresara a esta escuela – dijo.

Ahora los murmullos se volvieron más fuertes, muchos de ellos secundando la opinión del mago. Mathew tensó su mandíbula y Evelyn le tomó la muñeca en señal de advertencia. Sin embargo, antes de que ninguno de ellos tuviera tiempo de decir nada, la profesora de Transformaciones fulminó al mago con la mirada.

- Según recuerdo, señor Winehouse, la señora Bright jamás utilizó magia de manera indebida en este establecimiento. Ni cuando era alumna ni ahora, siendo profesora. Sin embargo, puedo recordar perfectamente bien un desagradable incidente que usted protagonizó contra ella durante su último año aquí, lo que lo transformaría a usted en alguien más peligroso, dado el caso.

El hombre se puso colorado y volvió a sentarse, cruzándose de brazos. Él tampoco había olvidado los diez minutos en los que enloqueció y torturó a Evelyn Bright con el maleficio Cruciatus en un pasillo del sexto piso, luego de que su padre fuera asesinado.

Sus ojos se cruzaron brevemente con los de Mathew y sintió que algo helado le corría por la espina dorsal. Repentinamente, se percató de cuán afortunado había sido en ese momento de que Mathew Whitherspoon no tomara represalias por lo que él había hecho. Y con algo de temor se dio cuenta de que quizás el tiempo no era relevante para ese mago si de saldar cuentas se trataba.

Otra bruja se puso de pie antes de que la profesora McGonnagall pudiera seguir hablando.

- Si me permite, profesora – dijo con calma para proseguir sin esperar permiso alguno -. En parte, estoy de acuerdo con Winehouse. Sé que ustedes dos han peleado contra el Innombrable durante años – continuó, mirando a Mathew y Evelyn – y sé también que tú no eres su hija. Tal vez no me recuerden de la época en que estudiábamos aquí, ya que soy un par de años menor que ustedes, pero yo los recuerdo bien. Y no he olvidado lo que sucedió la noche en la que El Profeta publicó todo el asunto del bargaine. La seguridad de Hogwarts se quebró esa noche y tú casi mueres delante de todos nosotros – prosiguió, dirigiéndose a Mathew -. Lily Evans y James Potter por poco mueren esa noche también. Yo dormía con Lily y aunque jamás me contó lo que sucedió cuando desaparecieron del colegio, tenía tantas pesadillas que era imposible no darse cuenta que no fue algo agradable.

Harry frunció el ceño levemente, preguntándose de qué estaría hablando esta mujer, mientras percibía cómo Evelyn se tensaba a su lado.

- No creo que tú, Evelyn, seas una amenaza para los alumnos del colegio porque vayas a lastimarlos, sino porque atraes a alguien que sí lo hará – continuó la bruja -. Por lo que sé, él ha matado a todos los que están a tu alrededor y hasta hace unos meses, pensé que también los asesinó a ti y a tu esposo – la mujer hizo una pausa y tomó aire, antes de mirar a Harry -. – No entiendo bien cómo son las cosas… Lo que él acaba de decir, no lo comprendo bien… No puedo hablar sobre lo que no sé, pero sí sé, por mis hijos, que Harry atrae tantos peligros como lo hacías tú, Evelyn. Yo estaba aquí cuando él regresó con el cuerpo de Cedric Diggory hace dos años. Trabajo en el Ministero y sé lo que ocurrió allí. He oído historias acerca de pesadillas, visiones y muchas horas en la enfermería de este colegio. Y no me malentiendan. Como todos aquí, por años he estado agradecida a Harry Potter por hacer lo que fuere que hizo para que El Innombrable desapareciera. Pero ahora su presencia cerca de mis hijos me hace temer que resulten lastimados y tu presencia me provoca más miedo todavía.

Había consternación en la voz y los ojos de la mujer, que no hizo acusaciones pero planteó una realidad que a nadie se le escapaba. Y aún así, Mathew sintió que algo se revolvía en su interior.

- ¿Y por eso te llevarás a tus hijos a casa y te esconderás con ellos en el armario? – preguntó con dureza.

- Hogwarts no es seguro – replicó la mujer con firmeza.

La expresión del mago se volvió horriblemente sardónica.

- Pero tu armario sí lo es.

- Tengo el derecho de hacer lo que creo que es mejor para mantener a mis hijos a salvo – afirmó la bruja.

- ¡Entonces pelea! – retrucó Mathew, poniéndose de pie –. ¡Maldita sea, peleen! Sus casas no son seguras. Dejen de esconder la cabeza debajo de la cama y póngase de pie. Son sus hijos los que están amenazados. Son sus vidas. Comencé a luchar contra Voldemort antes de salir de Hogwarts, fui auror por años y he visto lo que él hace. He visto cómo una casa, cualquiera casa, no representa refugio alguno. He visto lo que él le hace a la gente sin importar si jamás emitió opinión o alzó la voz en esta guerra – adelantándose, se plantó delante del auditorio destilando furia e impotencia -. ¿Qué demonios ocurre con todos ustedes? ¿Hasta cuándo se quedarán allí, esperando que otros les salven el trasero? ¿Creen que por no opinar, por quedarse callados y tratar de hacerse invisibles, él no va a verlos? ¿No vendrá por ustedes? ¿No se divertirá haciéndolos sufrir?

Un hombre regordete y calvo se puso de pie.

- Tenemos derecho a tratar de no llamar la atención, Whitherspoon. Tú elegiste pelear abiertamente con él. Yo puedo elegir no enfrentarlo – afirmó, acalorado.

- ¿Y qué harás cuando llegue a tu puerta? ¿A la puerta de uno de tus familiares o tus amigos? ¿Simplemente llorarás la pérdida y te esconderás un poco más? ¡DESPIERTEN! – exclamó, haciendo que la profesora McGonnagall diera un respingo –. Estoy harto de todos ustedes, clamando por seguridad, exigiendo que las cosas se arreglen, pero permaneciendo cómodamente a un lado y dejando que otros sufran las heridas. Dejando que chicos, como esa joven que está sentada allí – señaló hacia Hermione – resulte lastimada al pelear batallas que no debería librar. Dejando que Harry, que no es más que un adolescente, se enfrente a ese monstruo al cual ni siquiera pueden nombrar, porque es más fácil y más cómodo. Nada es fácil, nada es correcto y maldita la gracia que me hace el no haber tenido más opción que enfrentarlo. Porque para tu información, Greenwolf, yo no elegí enfrentarlo pero no me quedó alternativa. No cuando Voldemort estaba amenazando a mi mejor amiga. ¿O esperabas que permitiera que Evelyn afrontara sola todo lo que ese maldito le hizo?

El hombre se puso más rojo de lo que ya estaba, incapaz de decir algo a su favor. Mathew miró a las personas que llenaban la sala y se cruzó de brazos.

- Si quieren llevarse a sus hijos, adelante. Es su derecho. Pero espero que sean conscientes de que no por correr van a poder esconderse. La última vez su excusa fue que por ser adolescentes este tema debían manejarlo los adultos. ¿Cuál es la excusa ahora, que siendo adultos prefieren que se hagan cargo los adolescentes?

Un silencio aplastante cayó en el Gran Salón, mientras Greenwolf volvía a sentarse y varias cabezas se agachaban. La tensión hubiera podido cortarse con un cuchillo mientras la pregunta de Mathew flotaba entre los presentes y la profesora McGonnagall intentaba sacudirse la sensación que la explosión del mago había provocado.

Sin embargo, antes de que encontrar algo que decir, Harry gritó de dolor. Sintiendo que la frente le escocía, apretó su mano contra la cicatriz que parecía estar abriéndole el cráneo.

Mathew se acercó al muchacho mientras Evelyn le tomaba el rostro entre las manos y lo volteaba hacia ella. La gente contuvo una exclamación y contempló, entre asustada y curiosa, lo que sucedía.

- Harry, mírame – le ordenó Evelyn, clavando sus ojos en las acuosas y desenfocadas pupilas del adolescente.

Harry intentó obedecerle, pero el dolor se hizo más intenso y apretó los dientes y párpados con fuerza, cerrando sus dedos alrededor de las muñecas de la bruja.

- Escúchame Harry – dijo Evelyn cuya voz sonaba calmada, como si su dueña no estuviera sintiendo el apretón de hierro del chico –. Tú puedes hacer esto. Tú puedes bloquearlo. Tal y como lo practicamos, tú puedes hacerlo.

Tomando aire, Harry intentó abrir los ojos, pero estaba ciego.

- Mírame, Harry. Puedes hacerlo… sólo respira. Él no es más fuerte que tú.

Con los párpados cerrados, Harry se concentró en la voz de Evelyn y en respirar. Recordó lo que ella le había explicado que hacía cuando esto sucedía y, haciendo un esfuerzo, abrió los ojos.

Vio a Evelyn primero, supo que Mathew estaba a su lado y escuchó que Ginny susurraba su nombre. Entonces, desvió la vista y se encontró con Ron y Hermione, que estaban parados detrás de Mathew y lo miraban con ansiedad. Hermione se veía muy pálida y mordía su labio inferior, mientras se aferraba con fuerza a Ron, que la sostenía por la cintura del lado en donde no estaba su herida.

Sin apartar la vista de sus dos amigos, Harry respiró con lentitud y se concentró en bloquear a Voldemort. Tras un minuto completo el dolor remitió hasta convertirse en una mera molestia que hacía latir su frente, por lo que aflojó el apretón en las muñecas de Evelyn y se respaldó. Cerró los ojos por un segundo y, extendiendo la mano hacia la derecha, tomó los dedos de Ginny entre los suyos.

- Me mostró a Snape – dijo mirando a Evelyn – Creo… lo vi afuera.

La bruja se volvió hacia Mathew, pero antes de que pudieran decir nada un destello alumbró el techo encantado. Todos los rostros se volvieron hacia arriba para contemplar, aterrorizados, la calavera con la serpiente que pendía sobre sus cabezas.

Varios gritos resonaron y los que estaban justo debajo de la Marca Tenebrosa se pusieron de pie atropelladamente, en un fatuo intento de alejarse de ella.

Sin decir una palabra, Evelyn se puso de pie y corrió hacia la puerta del salón.

- Quédense aquí – le ordenó Mathew a Harry y sus amigos antes de correr detrás de su esposa junto con Arthur.

Evelyn saltó la baranda de las escaleras para aterrizar dos pisos más abajo, en el hall de entrada. Mathew y Arthur bajaron los escalones a los saltos, seguidos por los profesores y algunos padres, mientras Evelyn abría las puertas y corría por el camino rumbo a la tambaleante figura que se acercaba al colegio.

Snape trastabilló y se desplomó de bruces contra la tierra, incapaz de seguir avanzando. Evelyn llegó a su lado y se hincó, girándolo sobre su regazo dejando a la vista el desastre que habían hecho con él.

La profesora McGonnagall ordenó a todo el mundo que no salieran del colegio, mientras los profesores se acercaban a la pareja que se encontraba en el medio del camino.

- Evelyn… - jadeó Snape, aferrando la manga de la túnica de la bruja con fuerza.

- Tranquilo, Severus - dijo Evelyn, observando cómo madame Pomfrey pasaba su varita por el mago sin que éste se diera cuenta y luego la miraba con angustia, negando en silencio.

- No… él no… me creyó – cada palabra parecía costarle un esfuerzo hercúleo y sus dedos se aferraban convulsivamente en la ropa de Evelyn, que lo sostuvo con fuerza.

- ¿Qué pasó? – le preguntó.

- Dijo… que no podrán vencerlo – Snape cerró los ojos y apretó los dientes, antes de tratar de respirar para poder decir lo que quería decir -. Dijo… que su alma… está a salvo. Que la custodia… la única persona en este... – un relámpago de dolor lo hizo retener el aire y apretarle los dedos a Madame Pomfrey, que había tomado una de sus manos - este mundo que… que él sabe que la mantendrá segura… la única persona en este mundo… que siempre estuvo a la… a la altura… en quien nadie pensará.

- Está bien, Severus – dijo Evelyn.

Los enrojecidos ojos de Severus Snape se clavaron en las facciones golpeadas de la mujer que los sostenía.

- Nunca quise lastimarte… no a ti... tú siempre fuiste... mi amiga. Tú sabías... tú siempre supiste cómo fue crecer así – dijo entrecortado.

La bruja asintió.

- Lo sé.

La mano de Snape soltó la túnica de Evelyn y sus dedos quebrados se alzaron para tratar de rozar la mejilla femenina.

- Lo… lamento, Evelyn…Lo… lamen…

Su mano cayó inerte contra el brazo de la cazadora, mientras la vida abandonaba sus ojos. Evelyn contempló al mago que había sido casi un amigo durante sus años de estudiante, el único fuera de Mathew que pareció entender partes de ella.

- Yo también, Severus. Yo también – murmuró por lo bajo, dejándolo con suavidad sobre la tierra para incorporarse y mirar la marca que flotaba sobre el colegio.

La vista de esa señal que tantas veces pendió en el cielo, señalando que Voldemort una vez más había jugado a ser Dios, le revolvió el estómago. La invadió una furia ciega ante la impunidad con que quitaba vidas, más allá de quiénes eran sus víctimas, con un absoluto desprecio por la condición humana. Esa señal se mofaba de ellos, de sus esfuerzos y sus esperanzas. Entonces, su tolerancia para con la situación pareció desaparecer.

Cerrando su mano izquierda alrededor de la de Mathew, extendió la derecha hacia el cielo y exclamó:

- ¡BOMBARDA!

Un rayo de energía brotó de ella y se estrelló contra la marca tenebrosa, haciéndola estallar con un estruendo ensordecedor.

Soltando a su esposo, lo miró al tiempo que un temblor de furia la sacudía.

- Suficiente – murmuró.

Mathew asintió apenas, tensando la mandíbula.

Con rapidez y decisión caminaron de regreso al colegio, en cuya entrada Harry, Ginny, Ron y Hermione contemplaban en silencio, entre padres y alumnos, lo sucedido