Capítulo 26
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
La Enfermería
Harry se estiró en la silla para luego cruzarse de brazos y colocar los pies sobre el borde de la cama. Hermione levantó la vista de la pila de pergaminos y libros que tenía frente a ella y clavó los ojos en los zapatos de su amigo con el ceño fruncido.
Poniendo los ojos en blanco, Harry bajó los pies y los entrelazó por los tobillos.
Hermione entonces regresó a su tarea, mojando la pluma con precisión y completando la frase que había dejado inconclusa.
- En verdad no veo el sentido a que nos den toda esta tarea - comentó Ron, que estaba sentado contra el cabezal de la cama, junto a la chica -. Como si en este momento fuera relevante estudiar Aritmancia.
La bruja no se dignó a mirarlo.
- Tú jamás le has encontrado sentido a ninguna tarea, Ronald. Y aún así, siempre lo han tenido – comentó, apartando con un golpe la mano de Ron, que insistía en intentar robarle la pluma para que dejara de escribir.
Harry sonrió, divertido, mientras miraba cómo su mejor amigo finalmente lograba su objetivo y le arrebata a Hermione su pluma.
- ¡Ron! ¡Devuélvemela! – exclamó la chica, enfadada.
- ¡Vamos, Hermione! ¿Venimos a verte y lo único que harás es ignorarnos mientras escribes un ensayo inútil? – protestó Ron.
- ¡No es inútil! – le espetó ella con tanta vehemencia que los dos chicos levantaron las cejas, algo asombrados.
- ¿No? Ilústranos, ¿cómo nos beneficiará en una batalla contra mortífagos el saber sobre – Ron se inclinó para leer el título del ensayo – "Diferencias entre las nuevas y las viejas metodologías de aproximaciones a métricas cruzadas"?
- El conocimiento no ocupa espacio y siempre es útil – dijo la chica, fulminándolo con los ojos.
- Claro, porque cuando me enfrente a un Crabble o un Goyle en batalla usaré una aproximación métrica cruzada como contraataque – respondió Ron.
- ¡Listo! ¡Te vas! Lárgate de aquí – dijo Hermione, empujándolo con fuerza para encogerse del dolor cuando el movimiento le tensó la herida.
Ron dejó la bendita pluma sobre el ensayo inacabado y miró a su novia con preocupación.
- ¡Hey! Sólo era una broma… aquí está la pluma – dijo el chico.
Hermione se respaldó en las almohadas y apretó los labios mientras algunas lágrimas comenzaban a escaparse de sus ojos. Ron entonces trató de secarlas con sus pulgares, al tiempo que su rostro se teñía de una expresión culpable.
- No llores, Hermione… estoy seguro de que la Aritmancia debe tener alguna utilidad… - dijo intentando calmarla.
Hermione lo miró por un segundo y entonces, sin previo aviso, cerró sus brazos alrededor del muchacho con fuerza, enterrando el rostro en su cuello mientras lloraba.
Ron la abrazó y miró a Harry con desazón, sin entender qué estaba pasando. Su mejor amigo se encogió de hombros, sintiéndose tan perdido como lo estaba él.
Tras un par de minutos de llanto, en los cuales ninguno de los tres dijo nada, Hermione se enderezó y miró a Ron con culpa.
- Lo siento… no quería gritarte.
- Está bien – respondió el chico usando la sábana para secarle las mejillas con suavidad.
Suspirando frustrada, la chica volvió a respaldarse contra las almohadas y pasó los dedos por el cuello de la camisa de su novio, que estaba empapado.
- Es que no sé qué hacer – murmuró.
- No sabes qué hacer… ¿con qué? – preguntó Ron con cautela.
- Con mis padres – respondió Hermione posando sus húmedas pupilas primero en Harry y luego en Ron. - No quieren dejar la casa, ni su trabajo. Pero no están a salvo y el que ellos insistan en hacer su vida normal obliga a que gente de la Orden ocupe su tiempo en cuidarlos.
Entrelazó los dedos con los de Ron y clavó los ojos en sus manos unidas. Los tres permanecieron callados por un largo momento. Harry entonces se enderezó en su silla y apoyó los codos en sus rodillas.
- ¿Qué hay de tratar que tomen una vacaciones? – preguntó -. Si es un problema de dinero, yo podría dártelo. Enviarlos de vacaciones a algún lugar apartado.
Hermione negó con la cabeza antes de apoyarla en el hombro de Ron, suspirando cansada.
- No quieren escuchar hablar de irse a ningún lugar. No quieren dejar el consultorio y ambos vieron cómo se pusieron cuando les dije que no iba a regresar a casa con ellos.
- ¿Y si les propones que se muden a La Madriguera? – sugirió Ron -. Estoy seguro de que mamá y papá no tendrían problemas. Y así la vigilancia de la Orden se reduciría solamente a las horas en que están trabajando.
La chica deslizó su mano izquierda por el antebrazo de Ron, sin levantar la cabeza de su hombro.
- Eso es muy amable de tu parte, Ron. Pero aún así, la cantidad de tiempo que pasan trabajando es mucha y… la verdad, no estoy segura de que acepten. Mi madre odia los cambios y estamos hablando de mudarse de manera indefinida.
- Podríamos pedirle a Mathew y Evelyn que conjuren algún hechizo… algo que los oculte a la vista de los magos – sugirió Harry.
- Eso es lo que ahora los protege – respondió Hermione mordiéndose el labio inferior.
- ¿Hay alguna señal de que la protección que reciben ahora no sea suficiente? – preguntó Ron.
- No – respondió Hermione -, pero…
- Pero son tus padres – concluyó Harry respaldándose nuevamente mientras se presionaba la frente con los dedos.
- Recibo cartas de ellos casi todos los días pidiéndome que regrese a casa – confesó Hermione -. Todo el tiempo están enfermos de la preocupación porque no saben si estoy bien. Mi madre ha perdido mucho peso y mi padre… casi no podía creer la cantidad de canas que tiene cuando lo vi ayer en la reunión.
- Y justo ayer tenía que suceder lo de Snape y la Marca Tenebrosa – comentó Ron.
- Eso no debió ayudar a tranquilizarlos – reconoció Harry.
Pasó todo un minuto antes de que Hermione apartara la cabeza del hombro de Ron, manteniendo la vista obstinadamente en sus manos entrelazadas.
- He pensado que tal vez debería… borrarles la memoria y enviarlos lejos.
Los dos chicos la miraron, azorados.
- Hermione, eso es algo… no sé, ¿no es demasiado extremo? – dijo Ron con el ceño fruncido -. Es decir, entiendo que corren peligro pero las medidas tomadas hasta ahora han funcionado bien.
- Lo sé – respondió la chica.
- ¿Entonces? – pregunto Harry.
Hermione se mordió el labio inferior, rehusándose a mirarlos.
- Es que… es que lo peor no es cuán seguros estén... Lo peor es cuánto y cómo se preocupan por mí… Si no me recordaran entonces no se preocuparían.
Harry alargó los dedos y tomó la mano libre de Hermione, apretándola con fuerza.
- Hermione, yo confío en Mathew y Evelyn. Si ellos dicen que tus padres están a salvo, lo están. Y lamento profundamente que estén tan asustados por ti, pero no sé si es buena idea borrarles la memoria. Me parece que sería más cruel… no sólo para ellos, sino para ti.
La chica suspiró.
- Lo sé, por eso no lo he hecho – murmuró -. Pero es que… bueno, aún cuando sé cuánta angustia les estoy causando, no puedo evitarlo. No puedo irme. No puedo dejarlos a ustedes… - levantó la vista y miró a Ron y luego a Harry – Somos nosotros tres, ¿verdad? Juntos. Siempre hemos sido los tres juntos. No voy a irme ahora. No puedo.
Harry sonrió con algo de vergüenza.
- Sé que suena egoísta de mi parte, pero en verdad no sé si podría enfrentarme a lo que sé que llegará sin ti. Sin los dos – agregó, mirando a Ron.
- Me alegro porque estás atascado conmigo, viejo – dijo Ron sonriendo de lado -. En cuanto a ti, ¿qué puedo decir? No seré yo quien vote para que mi novia se vaya lejos – agregó mirando a la chica.
- Además, si tú no estás, ¿quién nos dirá cuando sea necesario usar Aritmancia en una batalla? – preguntó Harry tras un momento, sonriendo.
- Exacto. Es mejor que estés aquí porque ni Harry ni yo tenemos maldita idea de qué rayos trata esa materia – señaló Ron.
- Ron, no maldigas – lo amonestó Hermione.
Un segundo después, su boca tembló en una sonrisa que se hizo amplia y terminó en risa. El rostro de Ron se distendió aliviado por haberla hecho reír y Harry sonrió, divertido.
Entonces, abruptamente Hermione tiró de la mano de Harry hasta que el chico estuvo a su alcance y estrujó a ambos muchachos por el cuello con fuerza.
- Los quiero, chicos.
Los dos varones se apartaron, algo sofocados por lo efusivo del abrazo.
- Sí, bueno, nosotros también te queremos – dijo Harry que al ver a Ron levantar las cejas, se apresuró a agregar: - No de la misma manera, por supuesto.
Hermione sonrió.
- Por supuesto – dijo.
- Por supuesto – agregó Ron.
- ¡Qué alivio! Por un momento estuve seriamente preocupada – dijo Ginny desde el biombo, donde se había detenido al presenciar el abrazo grupal.
Esta vez, las risas fueron de los tres.
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Ministerio de Magia
Oficina de Percy Weasley
La llama de la vela tembló, haciendo que las letras se desenfocaran frente a los ojos del mago, que cansado se respaldó y cerró los ojos. Lejanos relámpagos anunciaron una tormenta que se acercaba con rapidez y prometía ser feroz.
Tal vez debería irse a casa a dormir, pero sabía que lo único que lograría sería otra noche en vela, girando en su cama. Con la cabeza llena de preguntas y el corazón pesado de miedos. Hacía meses que no dormía bien y dudaba que esa noche fuera a ser la excepción a lo que ya se había transformado en una regla.
Prefería quedarse ahí, en su oficina, trabajando. Ocupando su cerebro hiperactivo en reportes insustanciales y memos que se contradecían unos con otros porque nada tenía sentido. No desde que el Innombrable se apareció en el medio de la entrada del Ministerio e intentó matar a Harry Potter frente a la fuente principal.
Sin embargo, su trabajo era importante. Porque el Innombrable y la guerra eran temas de alta prioridad, pero la cotidianeidad también era prioritaria.
Y él hacía exactamente eso.
Se ocupaba de lo cotidiano.
Él tenía responsabilidades y el ministro Fudge había confiado en su criterio. Había valorado sus contribuciones, por mucho que generara burlas en los demás. Y aunque Scrimgeour no era como Fudge, igual tenía en cuenta su trabajo.
No estaba en sus planes pasar el resto de su vida como había vivido la primera parte. Él iba a tener éxito. Iba a vestir bien, comer bien, vivir bien. Ya no habría cosas de segunda mano entre sus pertenencias. Por eso respetaba las reglas y se acomodaba al sistema, porque era lo que necesitaba hacer para lograr sus objetivos y él siempre alcanzaba sus objetivos.
Abriendo los ojos los posó en el pergamino que estaba justo debajo de un reporte sobre uso de lechuzas sin el debido chequeo por parte del sistema postal. Lo tomó con cuidado y leyó una vez más su contenido.
"El Hospital San Mungo no tiene registrado el ingreso de ninguna persona con apellido Weasley para las 10 de la noche del día de la fecha. Atte, Theodoro Griffyn", decía la escueta misiva, fechada tres días antes.
Por supuesto, eso no significaba que estuvieran todos bien.
No había manera de obtener un reporte de heridos de parte de la Orden. No había nadie a quien preguntar que no fuera su propia familia y él no iba a hablarles. No podía.
Poniéndose de pie se paró frente a la ventana y miró el escaso movimiento de la calle a esa hora. Divisó la esquina donde, un mes antes, creyó ver a Charlie y volvió a preguntarse si su hermano habría regresado de Rumania. Si su padre estaría completamente recuperado del ataque que sufrió el año anterior. Si Ron y Ginny tendrían secuelas por las heridas del enfrentamiento con los mortífagos en el departamento de Misterios. Si su madre aún tendría su habitación preparada para cuando él decidiera pasar la noche en La Madriguera. Si los mellizos aún seguían inventando bromas que pudieran usar en una batalla.
La leve brisa que se colaba dentro de la oficina sólo le trajo el olor de la ciudad. El mismo que llenaba su departamento, totalmente diferente al que solía respirar en su cuarto de La Madriguera.
Cerró los ojos y se masajeó la sien derecha por un instante antes de suspirar, resignado, y decidir regresar al trabajo. Quizás si trabajaba un rato más estaría tan agotado que podría aparecerse en su casa y desmayarse en la cama. Sin pesadillas, ni preguntas, ni desvelos.
Giro hacia su escritorio y el corazón casi se le salió del pecho al ver que había alguien parado en el vano de la puerta, observándolo.
En un acto reflejo su varita estuvo en su mano. Le tomó un segundo reconocer al visitante pero todo un minuto controlar la respiración y los latidos alocados.
Bill miró a su hermano con expresión calmada, envuelto en un silencio que era más elocuente que cualquier discurso. Tenía las manos en los bolsillos, la capa echada hacia atrás, el pelo tomado, un largo corte cruzándole la mejilla y el colmillo colgando.
Percy no supo qué hacer.
Siempre había sabido que en algún momento cualquiera de sus temperamentales hermanos aparecería. No su madre, que seguía enviado cartas y cosas cada tanto, o su padre, que se limitaba a mirarlo con infinita decepción cuando se cruzaban en los pasillos del Ministerio. Ellos no irían a verlo, pero sus hermanos sí.
Tras más de un minuto de completo silencio, Bill tensó la mandíbula y se enderezó, separándose del dintel, lo que provocó que Percy diera un leve respingo hacia atrás. Conocía a todos sus hermanos lo suficiente como para saber que si debía temerle a uno, no sería al domador de dragones, sino al catedrático.
Bill Weasley entró en la oficina y se acercó sin prisa al atestado escritorio. Miró el ordenado despliegue de papeles por encima hasta que su vista cayó sobre el pergamino que Percy acababa de releer. Sacando la mano derecha del bolsillo del pantalón, extendió los dedos para girar el papel y leerlo. Sus ojos se quedaron fijos en las letras escritas con trazos firmes y precisos por un largo rato.
Tomando aire paseó los ojos por las paredes, los estantes, los diplomas enmarcados, la foto de Scrimgeour en un cuadro entre las dos ventanas, detrás de la silla de Percy. Finalmente, se detuvo en el rostro tenso de su hermano y notó las ojeras pronunciadas y los ojos enrojecidos.
Miró una vez más la evidencia de que Percy seguía siendo el mismo pomposo idiota. Demasiado orgulloso para dar su brazo a torcer y reconocer un error. Con muchas ambiciones pero las prioridades totalmente erradas. Había creído que era hora de ir a hablar con él, pero era obvio que se había equivocado.
Asintió levemente y, girando sobre sí mismo, se dirigió hacia la puerta.
Estaba a punto de salir cuando la voz de su hermano llegó desde su espalda, deteniéndolo.
- ¿Están todos bien?
No se giró mientras evaluaba qué decirle y qué no. Finalmente, volteó levemente la cabeza y clavó los ojos en Percy con fijeza.
- No. Pero estamos todos vivos.
Dando un paso adelante, Percy retorció las manos alrededor de su varita con ansiedad. Sin embargo, no pareció encontrar nada más que decir o preguntar. Tras esperar un largo momento Bill suspiró nuevamente.
- Seguimos cenando a las siete – dijo antes alejarse, dejando que Percy tomara, una vez más, una decisión.
Mientras caminaba por los vacíos pasillos del Ministerio cruzó los dedos para que esta vez tomara la correcta, o no tendría más alternativa que regresar allí y darle una paliza.
Por imbécil.
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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Habitación de Mathew Whitherspoon y Evelyn Bright
Sentada en el amplio marco de la ventana, Evelyn jugó distraídamente con su brazalete de oro.
Flitwick había revisado la joya pero no logró encontrar hechizos extraños en ella, así que se la devolvió esa tarde. Le recomendó que no la usara, pero Evelyn igual se lo puso. Era su brazalete. Mathew se lo dio. Era de ambos.
Un estremecimiento de frío la recorrió pero no se movió. Permaneció con la vista perdida en los árboles cercanos, cuyas copas se mecían con violencia debido a la furia del viento. Las ráfagas azotaban la torrencial lluvia contra los cristales en los que su frente reposaba, haciendo que vibraran con fuerza.
Siempre le había maravillado el poder que la naturaleza podía desplegar en cualquier momento, sin aviso previo, sin pedir permiso. Descargas de ira sobre una porción del planeta, como si ya no aguantara más la estupidez de sus habitantes y diera rienda suelta a una terrible andanada de improperios atronadores.
Un relámpago destelló en el cielo encapotado, iluminando los anegados jardines del colegio y las revueltas aguas del lago, que se estrellaban con violencia contra las rocas que formaban el risco sobre el cual se erguía Hogwarts.
Volvió la cabeza y contempló la figura de su esposo en el par de segundos en que un rayo llenó todo de luz, justo antes de que un trueno pareciera partir al mundo en dos.
Mathew dormía sobre su estómago, enredado entre las sábanas, con una pierna doblada hacia el medio de la cama y un brazo apresando la almohada. A pesar de la penumbra era perfectamente capaz de distinguir los músculos de su espalda, de sus brazos, de sus piernas, de su trasero. Y sus cicatrices. Cada cicatriz estaba allí, como un mapa de una larga vida de batallas sin fin.
Una vez más pensó que, aún cuando dormía, no había nada en esa figura que pudiera ser catalogado como inofensivo.
Sonrió, recordando aquella primera noche de navidad en la casa de los Whitherspoon. Se había sentado en la ventana de la habitación del ático, jugando con ese brazalete que él acababa de regalarle, viendo la nieve caer del otro lado del cristal, mientras él dormía exactamente igual que ahora. Vestido únicamente con un pantalón parecido al que tenía ahora y enredado en las sábanas.
Otro trueno hizo temblar los cristales, devolviendo su atención a la pequeña botella que descansaba junto a sus pies, en el marco de madera de la ventana.
Por meses había soslayado el problema, pero su encuentro con Angelus lo había devuelto al tapete. Supo en el instante en que despertó en la enfermería y vio a su esposo, que ya era hora de enfrentarlo.
Mathew no iba a olvidar. No iba a dejar de hacerse todas esas preguntas que ella no podía responder. Y no podía culparlo. Ella sabía que la duda era tanto o más dañina que saber la verdad.
Así que finalmente había tomado una decisión. No estaba segura de que fuera la mejor, pero sí que era la única que le quedaba. Por ella. Por él. Por ambos.
Apoyando sus pies desnudos en la fría piedra del suelo, regresó hasta la cama, con la botella que despedía un blanquecino resplandor apretada entre los dedos. Se sentó junto a Mathew y lo miró por un largo momento.
Sus pestañas largas, su nariz recta que tenía una pequeña cicatriz a la altura del puente, sus labios apenas entreabiertos, sus manos con algunos nudillos lastimados por lo ocurrido cuando Dumbledore destruyó el segundo horcrux, el hipnótico ritmo de su respiración. Todo en él era perfecto. Dolorosamente perfecto.
Tomando aire, extendió la mano y con suavidad retiró los mechones que le caían sobre la frente. Hundió los dedos en ese cabello castaño que comenzaba a tener vestigios de gris, pero aún se veía joven y sedoso.
- ¿Por qué no duermes? – la voz ronca y somnolienta de Mathew la hizo sonreír.
- Porque hay algo que tengo que hacer – respondió, sin dejar de deslizar sus dedos por entre el pelo de su esposo.
Girando sobre sí mismo, como un enorme y peligroso felino, el mago se acostó sobre su espalda y abrió los ojos para mirarla, intentando despertarse.
- Está lloviendo a mares, Eve. No creo que haya nada que cazar en una noche como esta. – Tiró de las sábanas para quitarlas de entre sus piernas y las extendió con una sacudida. Bostezó, tapándose la boca con la mano, y luego se acomodó de costado para verla mejor.
Sentada con las piernas dobladas en posición de meditación, Evelyn apretó la botella entre sus manos con nerviosismo.
- En realidad, lo que tengo que hacer debo hacerlo aquí. Contigo. – Su voz sonó serena. Mucho más serena de lo que ella se sentía.
- Como estás nerviosa voy a descartar el sexo como posibilidad – replicó él, levantando una ceja -. ¿Qué ocurre?
Evelyn se mordió el labio un segundo y tomó aire, antes de extender la botella hacia él con decisión.
- Quiero que tengas esto.
Mathew se quedó muy quieto. No tomó la botella, simplemente la miró. Su corazón comenzó a latir a toda velocidad. Sabía lo que podía ser y la sola idea de que lo que estaba pensando fuera correcto, le helaba la sangre.
- ¿De qué son esas memorias? – preguntó finalmente, con lentitud.
Soltando la botella en el espacio entre los dos, sobre las blancas sábanas, Evelyn volvió a jugar con su brazalete, haciéndolo girar alrededor de su delgada muñeca con rapidez.
- Son los 22 días que pasé como prisionera de Angelus. - No hubo grandes inflexiones en su voz. Ni aspavientos. Solo una enorme resignación y miedo -. Quiero que tú las tengas.
Con un movimiento lento Mathew se incorporó, sentándose contra la cabecera de la cama.
- Hace pocos meses me dejaste muy claro que jamás ibas a contarme lo que ocurrió en ese tiempo. ¿Puedo preguntar por qué ahora me das justo esas memorias?
Pasó un largo momento en el que el silencio se cernió sobre ambos.
- Porque no puedo contártelo, pero odio que pienses que la razón por la que no te lo cuento es que no confío en ti. – Una tristeza infinita brillaba en el fondo de las pupilas de la mujer.
- Yo sé que confías en mí – se aseguró Mathew.
- Y aún así, sigues preguntándote qué fue lo que pasó – afirmó ella con dolor. Tomó aire de nuevo y apretó las manos uno contra la otra, enterrando los dedos en el dorso -. La verdad es que no quiero que sepas los detalles. No los necesitas. Pero también sé que mientras no tengas las respuestas que buscas, esto siempre estará aquí, flotando entre ambos.
- Así es que has optado por lanzar la pelota a mi lado del campo y dejar que sea yo quien decida si mira o no lo que hay ahí dentro – dijo Mathew con voz neutra -. Algo muy tuyo, si me permites.
Una vez más se quedaron callados. Y el aire a su alrededor se llenó de emociones encontradas y palabras no pronunciadas, ni en voz alta, ni en el silencio de sus mentes.
- No alcanzo a entenderte, Eve. Podrías destruir esta botella - musitó Mathew -. ¿Por qué no te deshiciste de ella? ¿Por qué eliges correr el riesgo de que yo vea lo que tú ni siquiera soportas tener entre tus recuerdos?
Evelyn suspiró.
- No puedo borrar lo que ha pasado – murmuró -. No puedo destruir esas memorias porque son parte de mí. De lo que soy ahora. No voy a negarlo, en esos 22 días viví los peores horrores, pero también nació nuestro hijo. No quiero que tú veas nada de esto, pero tampoco puedo perder estas memorias porque entonces habría… - hizo una pausa, como si no lograra poner sus ideas en una oración coherente -. No soy capaz de soportar que esto siga carcomiéndote como una enfermedad, porque entonces terminará por carcomernos a ambos. Pero tampoco soy capaz de contártelo, así es que te las doy. Sin embargo, quiero que entiendas que si las miras, tendrás que arreglártelas solo con lo que te provoque. – Tomó aire y lo dejó salir, sin percatarse que sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los dedos - No podré ayudarte a lidiar con esto. Al fin y al cabo, yo no he sido capaz de manejarlo y por eso lo saqué de mi cabeza.
Mathew contempló la botella que resplandecía entre ambos con su luz azulina. Allí estaba. Lo que de alguna manera se elevaba entre ambos, al alcance de la mano. De repente, aceptarlo no parecía algo sencillo. Verlo no parecía una idea tan buena. Porque muy en el fondo sabía que era muy probable que lo que estaba allí encerrado era mucho más de lo que podría soportar.
Lentamente, estiró la mano y pudo sentir la angustia que emanaba de su esposa, tan dolorosa que se asombró que no estuviera llorando. Tomó la botella y con cuidado la colocó sobre la mesa de noche. Luego se giró y acarició el relieve del viejo brazalete que le había regalado tantas navidades atrás.
Con el dedo siguió el contorno de las iniciales que, talladas indeleblemente, permanecían entrelazadas, abrazadas por el león de Gryffindor y la serpiente de Slytherin. Fiel recordatorio de que lo que nadie creyó posible, se volvió real. Que lo que jamás pensaron que duraría, aún persistía.
Levantó los ojos y los detuvo en el golpeado rostro de la mujer por la cual lo había enfrentado todo, lo había arriesgado todo. La persona que había signado cada momento de su vida. La mujer que acababa de desnudar su alma ante él de una forma que no podía siquiera describir. Porque lo amaba.
- ¿Te parece bien si simplemente las guardo por un tiempo? – preguntó.
El alivio que atravesó a Evelyn salió de sus pupilas doradas y voló hasta él, cuajando en una sonrisa temblorosa.
El hombre le devolvió la sonrisa y la atrajo hacia el colchón, abrazándola contra su pecho.
Evelyn suspiró y se abrazó a él con fuerza.
Había sido la decisión correcta.
Sólo esperaba que su intuición no la engañara y Mathew jamás abriera esa botella.
