Capítulo 27
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Torre del Director
La suave brisa de inicios de primavera entró por las ventanas, colándose entre las cortinas que se movían cadenciosas a su paso.
La habitación estaba en penumbras. Desde el parque del colegio, varios metros más abajo, llegaba el concierto de ranas y grillos, el relajante sonido del agua del lago, el tranquilo ulular de los cientos de lechuzas que disfrutaban de su vida nocturna.
Parada con un hombro apoyado contra las piedras de uno de los alfeizares, Evelyn miraba el vaivén de las pequeñas olas que el calamar gigante estaba formando en el lago.
- Este lugar fue siempre tan apacible – dijo sin apartar la vista del paisaje bañado en la luz de la luna menguante -. Solía desear que el año escolar comenzara para poder regresar aquí y volver a respirar con libertad. Me pasaba todo el verano tachando los días que faltaban para retornar… para estar con Mathew y con usted y poder ser yo misma de nuevo.
Se giró y miró al hombre que yacía en la cama con dosel, en el centro de la enorme habitación.
Dumbledore parecía dormido, con su mano lastimada apoyada sobre la colcha de color bronce y su pelo blanco desparramado en las almohadas. Su pijama era tan claro como su barba y los anteojos de medialuna descansaban en la mesa de noche, junto al libro que Phoebe había estado leyendo mientras lo cuidaba.
Sin hacer ruido, Evelyn se desplazó por el cuarto, tocando los objetos de formas extrañas que se distribuían por todas las superficies posibles. La habitación del director de Hogwarts estaba tan llena de artefactos curiosos e inusuales como su oficina, pero aún así resultaba acogedora. O al menos a ella siempre se lo había parecido.
Llegó hasta el mullido sillón que había sido de la madre de Dumbledore y se sentó, encogiendo las piernas como solía hacer de adolescente. Apoyando la cabeza contra una de las orejeras, fijó los ojos en su viejo vigilante.
- Recuerdo que la primera vez que lo vi sentado en su silla, en el Gran Salón, pensé que era muy viejo y que necesitaba un corte de pelo – continuó, como si el hombre pudiera escucharla -. Entonces usted me guiñó un ojo y me sonrió. No sé si lo dije alguna vez, pero fue el primer adulto que sabiendo quien era yo tuvo un gesto amistoso de ese estilo conmigo.
Hizo una pausa y quitó pelusas imaginarias del gastado apoyabrazos del sillón, mordiéndose el labio.
- Ya que estamos, supongo que también puedo contarle que solía imaginar que usted era mi abuelo y que siempre estaría aquí para protegerme. Y en las noches de delirio extremo tenía esta fantasía en la que me casaba con Mathew y usted me entregaba en la ceremonia.
Sonrió con una mueca triste y apoyó la cabeza contra el respaldo, clavando la vista en la araña.
- Hay tantas cosas que me gustaría hablar con usted, profesor. Como antes, ¿se acuerda? Cuando usted me escuchaba y yo podía contarle lo que fuere. Cuando su opinión siempre terminaba por mostrarme la solución a cualquier problema.
Sus dedos se deslizaron por el entramado del tapizado, que para el común de la gente sería casi imperceptible, dibujándolo.
- Severus está muerto – dijo tras un largo momento -. Voldemort no escatimó esfuerzos con él – su mano derecha se cerró en un puño -. Y todos lo vieron. Los chicos, los padres… Harry lo vio – musitó.
Su mandíbula se tensó ante el recuerdo de Harry, retorciéndose del dolor. Por unos minutos permaneció con la vista perdida en sus recuerdos, hasta que el ulular de una lechuza la sacó de su ensimismamiento.
Inspirando profundamente, cerró los ojos.
- Estoy tan cansada… la gente sigue siendo tan cómoda y tan imbécil como la recuerdo. Exigiendo que otros hagan los sacrificios, pero sin mover un dedo. Como si ellos no tuvieran más obligación que demandar que alguien más se encargue. Y esto de ser una cazadora… estoy vieja, profesor. Muy vieja para ser una cazadora. Ya no soy tan ágil, ni tan fuerte y para ser totalmente honesta, no me interesa. A esta altura, todo me parece tan relativo…
Con suavidad golpeó su puño derecho contra su rodilla.
- Estoy tan enojada... Con ese hijo de puta de Pettigrew, que encima de todo lo que hizo ahora está muerto y merecía algo peor que simplemente morir. Merecía sufrir por lo que hizo.
Volvió a descansar su sien contra una de las orejeras del sillón y suspiró, mirando a su maestro de manera ausente.
- Estoy asustada porque le entregué a Mathew mis memorias de lo que Angelus me hizo. Tuve que hacerlo. Él no dejará jamás de preguntarse qué pasó y por qué no se lo cuento. Y pensé… pensé que si se las daba, él sabría que no se trata de desconfianza, sino de que no puedo contárselo - hizo una pausa y apretó los labios -. Pero aún así, la sola idea de que las vea...
Un leño se quebró en la chimenea y las chispas se elevaron por encima de las llamas, alumbrando el rostro de Evelyn de manera extraña.
- Enfrenté a Angelus la otra noche, profesor – murmuró como si el solo nombrarlo fuera algo aberrante -. En un segundo estaba ahí, parado frente a mí y yo… casi no podía respirar del miedo que tenía. Pero entonces, cuando tomó a Harry por un brazo… fue como si algo explotara dentro de mí. Quise destruirlo…, quise molerlo a golpes hasta que no tuviera un solo hueso sano en el cuerpo. Hacerle todo lo que puede hacérsele a un vampiro y lo que no, también… Pero entonces lo miré a los ojos y supe que el peor castigo era dejarlo seguir existiendo con su alma… Con su conciencia… Su alma fue una buena idea, ¿verdad? – el hombre no respondió y ella asintió -. Sí, lo fue. Lejos, mi mejor idea.
Fawkes se removió en su percha para volver a arrebujarse y regresar a su letargo nocturno. Evelyn contempló el ave por un largo rato perdida en sus pensamientos, antes de desviar de nuevo la vista hacia el mago.
- El punto es, profesor, que por encima de todo, estoy furiosa con usted – afirmó con una profunda decepción pintada en sus facciones -. ¿Cómo pudo actuar así? ¿Cómo pudo tratar a mi hijo de esta forma, como si no fuera más que un peón desechable en su juego de ajedrez? Harry es un chico... Es mi hijo… mi hijo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de enfado y tristeza.
- Yo confié siempre en usted. En su criterio, en su don de gente. Creí que Mathew y yo le importábamos por nosotros mismos, más allá de por nuestro papel en esta guerra. Lo he amado y respetado como si fuera mi padre, profesor. Y usted tomó a mi hijo y lo lanzó a las fieras como si su vida no valiera nada. ¿Cómo pudo hacer algo así?
Una ráfaga de viento hizo danzar las cortinas y tintinear las componentes de una compleja maqueta de la constelación de Capricornio.
- ¿Y sabe lo que me retuerce por dentro? Que sé perfectamente bien que si Mathew y yo no hubiéramos despertado, usted lo habría enviado a matar a Voldemort o morir en el intento. Sin dudarlo, sin pestañear. Quizás clamando cuánto lo lamenta, pero lo habría empujado enfrentar a ese enfermo, tal y como hizo conmigo por años. Y si yo hubiera despertado un día para enterarme que mi hijo murió por algo así…, sé que no sólo no lo habría perdonado, profesor, sino que le habría hecho pagar por ello.
Un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas pero no se molestó en secarlas. Por un largo rato se quedó allí sentada, observando el rostro apacible, el cuerpo inerte, la mano horriblemente quemada. El perfume de las flores que abrazaban la torre donde estaba la habitación, llenó el cuarto con una nueva ráfaga de brisa.
Finalmente, se puso de pie y se acercó a la cama para arreglar las mantas, que estaban un poco movidas. Deslizó los dedos sobre el pelo blanco, apartándolo innecesariamente de la frente.
- Lo peor de todo es que, en cierta forma, prefiero que esté en coma. Porque no sé si al final no le habría hecho pagar por todo lo que permitió que Harry sufriera – murmuró -. No puedo perdonarle lo que hizo con mi hijo, profesor. Lo que planeaba impulsarlo a hacer… Me gustaría perdonarlo, pero no puedo.
Y girando sobre sí misma salió del cuarto en silencio.
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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
El lago
Harry se detuvo en el borde del lago y contempló al calamar que flotaba a varios metros, moviendo perezosamente sus tentáculos.
Una oleada de brisa le revolvió el pelo y hundió las manos en los bolsillos de su pantalón, dejando que el fresco aire nocturno lo hiciera temblar levemente.
Sabía que no debería estar ahí afuera a esa hora, solo. Que si Mathew y Evelyn se enteraban iba a ganarse una bronca mayúscula. Como la que tuvo que enfrentar la noche que él, Ron y Hermione decidieron ir a alimentar a Fang muy tarde, porque olvidaron hacerlo antes de la práctica de Quidditch. Pero de todos modos, tenía que salir del castillo.
En las últimas tres semanas, desde que Dumbledore había caído en coma y Snape murió en el camino de entrada al colegio, la vida en Hogwarts se había vuelto algo caótica. El clima general oscilaba entre prepararse para un posible ataque y tratar de seguir con las clases.
Gracias a buenas cantidades de pociones y hechizos, Hermione se había recuperado y ya estaba en pie nuevamente. No había cumplido con su idea de borrar la memoria a sus padres, pero seguía estando muy preocupada. Había perdido mucho peso y, para angustia de Ron, las pesadillas que solían asaltarla luego de la batalla en el Ministerio, habían regresado.
Su mejor amigo, por otro lado, cada vez dormía peor. Y si no fuera porque Harry estaba tan obsesionado como él con entrenar y prepararse, se habría preocupado por la estrambótica cantidad de noches que ambos pasaban en el salón de Entrenamiento.
Dean y Seamus, al igual que varios de sus compañeros de la casa Gryffindor, habían tenido serias discusiones con sus padres para que les permitieran quedarse. La biblioteca nunca había sido un lugar tan concurrido y por todos lados habían alumnos buscando hechizos de defensa o discutiendo tácticas que, muchas veces, resultaban hilarantes.
Se habían realizado varios simulacros de evacuación, en distintos horarios, para lograr que todo el mundo reaccionara de manera adecuada si el colegio era atacado. Y aunque el simulacro culminaba con todo el alumnado amontonado en el segundo piso del colegio, y nadie sabía por el momento adónde se suponía que Harry iba a conducirlos, la profesora McGonnagall parecía estar satisfecha con el orden y rapidez alcanzados.
Dos semanas atrás Harry había bajado con Mathew, Evelyn, Ron y Hermione por el largo tubo que descendía desde el baño de Myrthle y habían recorrido el camino hasta la Cámara. Los dos adultos coincidieron con él sobre lo poco práctico que resultaba el descenso y lo complicado que resultaría lograr que todos los alumnos bajaran allí con rapidez, sin terminar con una pila humana al final del túnel. Desde entonces, algunos de los profesores habían comenzado a ayudar en la remodelación del acceso, creando toboganes auxiliares por donde los alumnos bajarían sin que se atropellaran. Se estableció que Harry bajaría primero para abrir la Cámara, Hermione lo seguiría para indicarles el camino a los estudiantes a medida que fueran arribando y Ron sería el último.
Harry sabía que el Ministerio había ejercido gran presión sobre la profesora McGonnagall, Mathew y Evelyn para tratar de hablar con él, sus amigos y Malfoy. Afortunadamente para ellos, por el momento ninguno había cedido y no habían tenido que enfrentarse a un interrogatorio por lo sucedido cuando pelearon contra los mortífagos en la entrada del colegio.
Agachándose, tomó una piedra y la lanzó hacia el agua, haciéndola rebotar contra la superficie del lago.
Su decisión de hacer pública la relación que lo unía a los Whitherspoon había acarreado todo tipo de comentarios, opiniones, insinuaciones y posturas, pero afortunadamente la mayoría había preferido hacer todo eso a sus espaldas y no lo habían molestado con preguntas. En lo personal, no le importaba lo que todos pensaran. Al fin y al cabo, habían pensado tantas estupideces de él a lo largo de los años, que una especulación más no iba a dañarlo.
Las únicas personas a quienes se preocupó por explicarles, a grandes rasgos, cómo eran las cosas fueron sus compañeros de cuarto. Porque Dean y Seamus se pelearon a gritos con sus padres para quedarse allí, a pesar del miedo de éstos porque estuvieran compartiendo un cuarto con Harry luego de verlo casi colapsar de dolor en la reunión del Gran Salón. Y porque Neville era su amigo y merecía que le contara la verdad.
A Luna no necesitó explicarle nada. Lo grandioso de Luna era que con ella las explicaciones siempre eran innecesarias. Y aunque estaba casi seguro que Neville había comentado el tema con ella, no le molestaba en absoluto.
Tomando otra piedra, dobló levemente las rodillas y la lanzó, observándola rebotar cinco veces antes de hundirse en el agua.
Miró la luna menguante y pensó que tal vez podría buscar a Ginny y escabullirse hasta la torre norte, al lugar donde Mathew le dijo que él y Evelyn usaban cuando vivían en Hogwarts. No tenía ganas de entrenar, ni de pensar, ni de soportar los cuchicheos o miradas del salón común. Lo único que quería era sentarse con Ginny en silencio y abrazarla un rato.
Había descubierto que había muchas cosas interesantes para hacer con su novia cuando nadie los veía ni escuchaba. De entre todas, una de sus favoritas era sentarse con ella en silencio y dejar que el frío, las preocupaciones y las presiones se diluyeran entre sus dedos. Era algo fantástico. Casi tanto como el tacto del pelo de Ginny.
Otra cosa que había descubierto. Tenía un fetiche con el pelo de su novia.
Miró su reloj y pensó que probablemente Ginny ya habría terminado de estudiar para los MHB, así que decidió ir a buscarla. Lanzando una última piedra al agua, giró para regresar al colegio cuando, sobresaltado, vio que alguien estaba sentado a varios pasos, contra un árbol.
Instintivamente sacó su varita y apuntó a la silenciosa figura un segundo antes de darse cuenta de quién se trataba.
- ¿Qué haces aquí, Malfoy? – preguntó, observando al otro muchacho con suspicacia.
Draco Malfoy lo miró con su sempiterna expresión despectiva, pero no movió un solo músculo de su cuerpo.
- ¿Qué te importa? – replicó en su habitual tono ácido, que últimamente parecía teñirse de otras cosas.
Desde lo sucedido varias semanas antes, Malfoy se había transformado en una especie de fantasma que deambulaba por las clases y pasillos de manera ausente.
La desaparición de Narcissa Malfoy de todos los lugares que solía frecuentar había despertado todo tipo de especulaciones por parte de la prensa. Tres días antes, El Profeta publicó un artículo que decía que un testigo anónimo afirmaba haber visto el cuerpo de la bruja, aunque el director de la Brigada de Aurores desmintió que ellos hubieran encontrado nada en el lugar señalado por esta fuente.
Harry se lo quedó mirando, sin estar muy seguro de qué hacer pero negándose a bajar su varita. No importaba cuán sombría fuera la expresión de los ojos grises que siempre eran altaneros, ni que Evelyn le hubiera dicho que Draco había tomado una decisión sobre de qué lado estaba, aún así no confiaba en él. Mucho menos si estaba ahí afuera, solo, de noche.
- ¿Qué estás tramando? – preguntó entonces.
Por varios segundos Draco no respondió sino que lo miró como si fuera una auténtica molestia.
- Nada – dijo finalmente con hastío.
El rostro de Harry se tensó, mientras todo tipo de sospechas cruzaban por su rostro.
- ¿Y en verdad esperas que te crea?
- Lo que tú creas, Potter, no es algo que me interese – replicó Draco con desprecio -. De hecho, tú no eres alguien que me interese, así que ¿por qué no desapareces y buscas otro lugar en donde revolcarte con la hermana de Weasell? – la mandíbula de Harry se endureció ante el comentario sobre Ginny, haciendo que la asquerosa sonrisa de Malfoy distendiera sus facciones -. ¿Qué? ¿Pensaste que no lo sabía? Sé todo lo que has estado haciendo con ella. Vigilarte era mi tarea y la cumplí a la perfección, tal y como mi padre me enseñó.
Algo se revolvió dentro de Harry al imaginar que todos esos momentos que había compartido con Ginny, que para él habían sido no sólo privados sino casi sagrados, fueron observados por Malfoy.
Bajando apenas la varita, lo miró con el mismo descrédito con que el otro chico lo observaba a él.
- ¿Y eso te lo enseñó al mismo tiempo que te mostraba cómo ser un mortífago ejemplar, o fue en los ratos libres entre las lecciones de cómo torturar y asesinar gente?
Draco se puso de pie como un resorte y Harry vio que aferraba su varita, la cual no había notado que sostuviera un segundo antes.
- No hables de mi padre… tú no sabes nada de mi padre – dijo el muchacho entre dientes.
- Sé que es un maldito asesino a quien no le tiembla la mano a la hora de atacar a quien se cruza en su camino.
- Claro, porque al tuyo el pulso le tiembla violentamente, ¿verdad?
La acusación resonó en la noche como un latigazo, haciendo que los dedos de Harry apretaran con mayor fuerza la varita que mantenía pegada a su pierna. Supo que Malfoy no estaba hablando de James porque habló en tiempo presente, pero el comentario le produjo la misma furia que si hubiera hablado de él.
- Mathew no es un asesino – respondió, masticando casi las palabras.
- Tu padre ha matado a más mortífagos que ningún otro auror o mago de Europa. Y por lo que he escuchado, Mathew Whitherspoon podría dar cátedra de cómo ser un hijo de puta sin sangre en las venas. ¿O acaso crees que es el objetivo número uno de los mortífagos sólo por su cara bonita?
- Existe algo llamado defensa propia, Malfoy. Es cuando matas a alguien que está intentando asesinarte.
- ¿Y sus métodos para interrogar prisioneros también entran en la categoría de defensa propia? ¿O piensas que cuando se tortura para lograr información no es tortura en realidad? – retrucó el malcarado adolescente.
Harry dio un paso hacia Malfoy y levantó su varita una vez más, lívido de furia.
- Mi padre no es un maldito asesino y lo que sea que haya hecho debe tener una justificación razonable.
Draco se lo quedó mirando por un segundo antes de reírse con una carcajada helada. Harry lo miró sin saber bien qué hacer, pero con los nudillos blancos debido a la fuerza con que sostenía su varita.
- La única justificación es que lo hizo para tu lado de la causa – le espetó Malfoy, mirándolo como si fuera un idiota y perdiendo todo rastro de hilaridad -. Tal vez la publicidad sea diferente, pero la mierda es la misma.
- Lo que es realmente diferente que tu padre disfruta de lo que hace. Eligió ser un hijo de puta que lastima a la gente. Eligió ser un asesino. ¿O vas a decirme que no tuvo opción? ¿Qué está en su naturaleza de Slytherin enfermo?
- No, por supuesto… Todos sabemos que la única Slytherin que por naturaleza es una asesina, Potter, resulta que es tu madre. – Sus ojos grises permanecían clavados en el desencajado rostro de Harry -. ¿No es eso lo que son las cazadoras? ¿Asesinas avaladas por designios superiores?
La sorpresa casi hizo que Harry diera un paso involuntario hacia atrás.
- ¿Cómo sabes… quién te dijo…?
-Yo sé muchas cosas. El que no me detenga a discutirlas contigo no significa que no las sepa – lo cortó Malfoy, destilando desprecio una vez más -. Sé que tu madre es una cazadora, cuya misión, destino, naturaleza, como quieras llamarlo, es matar. Lo que también sé es que matar humanos no es parte de las tareas de la Elegida. Parece que ella se salteó esa sección del libro, aunque claro, una Slytherin sabe que lo importante a veces requiere de saltarse las reglas.
Harry dio otro paso más hacia Malfoy y levantó un poco más su varita.
- ¡Evelyn no es una Slytherin! - exclamó, furioso -. Si ella no hubiera pedido estar en Slytherin, el sombrero la habría enviado a Gryffindor.
Draco levantó su varita a su vez y acortó a su vez la distancia entre ambos, quedando a un escaso par de metros de Harry. Todo el odio y desprecio que se tenían latiendo entre ambos como un veneno tóxico que finalmente se hubiera liberado.
- El sombrero jamás la habría enviado a Slytherin si no tuviera algo de los Slytherin en ella – dijo Malfoy entre dientes -. Y por si no te has dado cuenta, no sólo fue parte de esa casa. Fue una líder allí. Evelyn Bright fue todo lo que un Slytherin debe ser. Sólo un verdadero Slytherin engaña a todo un colegio como lo hizo ella. Sólo un verdadero Slytherin entiende que es mejor ser valiente y taimado a ser valiente y estúpido. Y si no te habías dado cuenta de algo tan básico, Potter, entonces eres más imbécil de lo que yo creía.
- El que no considere que el fin justifica cualquier medio no me transforma en un imbécil.
- Y ahora es cuando me dices que ninguno de esos patéticos Gryffindors que te secundan, tan orgullosos de su honor y su valor, ha hecho jamás algo remotamente reprochable. – Draco se acercó hasta que entre él y Harry no había más de un paso de distancia – Vamos, Potter. Dime que tú y Granger no sabían que llevaban a Umbridge a la muerte el año pasado, cuando la condujeron al bosque. Dime que ese imbécil de Weasell no destrozaría con sus propias manos a quien tocara a un miembro de su familia, o a Granger, o a ti; sin pestañear y sin sentir remordimientos. Dime que nunca, jamás, has tenido que decidir entre lo que quieres hacer y lo correcto, cuando lo que quieres no es ni remotamente algo moralmente correcto.
El recuerdo de los eternos segundos en los que estuvo a punto de matar a Sirius para vengar la muerte de sus padres, golpeó a Harry con fuerza.
No, no podía responder de forma negativa a lo que Draco le estaba planteando. Y sabía que sin importar los esfuerzos de Mathew y Evelyn, existía una enorme probabilidad de que no terminara esa guerra antes de que él hubiera quitado la vida a otro ser humano.
Ante su silencio, Draco se enderezó y lo miró con una mueca de asco en sus afiladas facciones.
- Madura, Potter. La vida no es blanco y negro. Yo no soy un monstruo y tú no eres un santo, así que ya puedes bajarte del pedestal donde te has subido. Te queda grande.
Y girando sobre sí mismo, le dio la espalda y se alejó hacia el colegio, con la cabeza en alto y paso arrogante.
Media hora más tarde, cuando Ron y Hermione llegaron preocupados a buscarlo, Harry aún estaba allí, mirando el lago y pensando.
