Capítulo 28
Ministerio de Magia
Hall principal
Buffy golpeó con fuerza a un vampiro. El monstruo salió volando hacia un grupo de mortífagos y la cazadora se giró justo a tiempo para ver un maleficio dirigirse hacia ella.
- ¡Protego! – exclamó Willow, parándose delante de su amiga y conjurando la barrera protectora justo a tiempo.
- ¡Gracias, Will! – dijo Buffy.
Haciendo girar una estaca en su mano, la lanzó hacia la bruja que acababa de atacarla con el maleficio que Willow detuvo. La mujer gritó cuando el pedazo de madera se clavó en su hombro.
El Ministerio de Magia era un campo de batalla una vez más, pero en esta ocasión, el pandemonio alcanzaba a todo el edificio.
Más de media hora antes un enorme grupo de mortífagos y hombres lobo irrumpieron en el hall de entrada y atacaron a quienes se encontraban allí sin ningún tipo de aviso. Las alarmas sonaron y en menos de cinco minutos el lugar estaba lleno de magos luchando.
El aviso llegó al Consejo de vigilantes hacía diez minutos. Para cuando Buffy arribó, secundada por sus amigos, Spike y un montón de cazadoras, se encontró con una batalla parecida a la que libró con los esbirros de El Primero.
- ¡Buffy, toma esto! – escuchó que Faith gritaba.
Se giró y atrapó el hacha que la otra cazadora le había aventado.
Willow le lanzó un hechizo a uno de los muchos imbéciles con máscara. A unos metros, Faith arrancó al centauro de la fuente un brazo y lo usó como garrote. Spike luchaba con dos magos, pero no parecían representar una amenaza para él. Sin soltar el hacha, Buffy corrió hacia donde un vampiro estaba por atravesar con una espada a una de las cazadoras más nuevas.
Pegando un salto estrelló ambos pies contra la espalda del monstruo, quebrándole la columna. Se puso de pie con rapidez y lanzó al tipo lejos. Entonces, arrastró a la atontada cazadora hasta detrás de una columna. La apoyó contra el frío mármol y observó lo que ocurría. Había mucha gente caída, pero era más que obvio que los secuaces de Voldemort estaban en una considerable desventaja numérica.
Vio a Evelyn tratando de sacarse de encima a un hombre lobo que debía dominar sus poderes, porque era de día y él estaba transformado. Con un movimiento rápido lanzó el hacha, que voló hasta enterrarse en la espalda del licántropo.
El monstruo aulló, arqueándose hacia atrás. Evelyn se puso de pie de un salto y, tomando al animal por las fauces, le dislocó la mandíbula.
- ¡Evelyn!
El grito de Arthur resonó cerca de la cazadora y Evelyn, volteando el rostro, vio tres maleficios que se dirigían hacia ella. Sacó el hacha del cuerpo del lobo y la usó para detener los maleficios, devolviéndolos a quienes los conjuraron.
- Linda hacha – comentó entonces, sintiendo el poder que emanaba del arma.
- Nunca supe que podías hacer algo así con ella – dijo Buffy, acercándose.
La bruja se la devolvió y Buffy vio que Mathew venía corriendo hacia ellas, aunque no las estaba mirando.
- ¡Eve! ¡Lánzame al primer piso! – gritó el mago cuando estaba a menos de diez pasos.
Evelyn se giró y vio que su marido no apartaba los ojos en un punto por arriba y detrás de ella. Juntó las manos y dobló las rodillas. Mathew apoyó el pie en sus dedos entrelazados y ella lo lanzó con fuerza hacia arriba. El mago voló hasta una galería del primer piso y dio una vuelta en el suelo al aterrizar. Entonces se puso de pie y corrió detrás de un mortífago, esquivando gente sin prestarles atención.
- Malfoy – murmuró Evelyn, divisando al hombre que su marido perseguía.
Sus ojos entonces se detuvieron en un individuo que la observaba desde el borde de la baranda que rodeaba la galería. Conocía ese rostro. Había luchado con él mucho tiempo atrás. Era el monstruo que había transformado a Remus Lupin en un hombre lobo.
El sujeto pegó un salto y cayó sobre un mago, mordiéndolo antes de ponerse de pie y mirarla, desafiante.
- Buffy, préstame tu hacha – dijo entonces la bruja.
Sin esperar una respuesta de la cazadora, estiró los dedos hacia el arma que Buffy sostenía y ésta voló hacia ella. Un segundo después, corría hacia el hombre lobo con determinación.
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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Junto a las escaleras principales
El griterío ensordecedor llenaba el hall de entrada mientras un corrillo de adolescentes rodeaba a seis muchachos de séptimo año, que se aporreaban.
Varios alumnos que salían en ese momento de clases llegaban desde direcciones diversas, junto con los maestros. El profesor Flitwick quiso intervenir, pero tuvo que retroceder con premura cuando dos de los contendientes más corpulentos casi caen encima de él.
Finalmente, Firenze tomó a dos de los muchachos por el cuello, separándolos, mientras Hagrid sujetaba a dos más y la profesora McGonnagall bajaba las escaleras, furiosa.
Detrás de ella venían los alumnos de sexto año de Slytherin y Gryffindor, que habían seguido a la profesora cuando Nick Casi Decapitado entró en el aula de Transformaciones para alertarla de lo que estaba ocurriendo.
- ¿Qué está sucediendo aquí? – tronó la bruja, fulminando a los maltrechos jóvenes con la mirada.
Uno de ellos, un chico de Slytherin cuyo uniforme estaba hecho un desastre, se soltó con violencia de la mano de Firenze y señaló a un alumno de Ravenclaw.
- Ese imbécil nos insultó – dijo casi entre dientes.
- No es verdad – se defendió el aludido –. Sólo comenté que no podemos dejar de notar un patrón sobre a cuál casa pertenecieron los que hoy son mortífagos reconocidos. Si ustedes se sintieron identificados por lo que dije, por algo será.
- ¡El ser un Slytherin no me transforma en un maldito mortífago! – retrucó uno de los muchachos que Hagrid sostenía, intentando soltarse para lanzarse una vez más sobre el alumno de Ravenclaw.
- ¡Ya basta! – ordenó la profesora McGonnagall de manera cortante. Apoyando su varita en la garganta, su voz resonó en todo el castillo -. Quiero a todos los alumnos y profesores en el Gran Salón. Ahora.
Bajando la varita giró sobre sí misma, mezclándose con la marea humana que se apresuró a cumplir con su orden. Firenze, Hagrid y el profesor Flitwick se colocaron junto a los seis muchachos que habían estado golpeándose, por las dudas surgiera otro altercado.
Diez minutos después el colegio completo se hallaba ubicado en sus mesas y un zumbido llenaba la enorme estancia.
La profesora McGonnagall se paró detrás del atril y contempló los jóvenes rostros frente a ella. En el último mes, las diferencias entre las casas que componían Hogwarts se habían acrecentado. Las discusiones, el uso "involuntario" de hechizos de variada gravedad y hasta los encuentros a golpes se tornaron, lamentablemente, en algo cotidiano.
Era hora de terminar con toda esa estupidez. Si Hogwarts no estaba unido, entonces todos corrían un peligro aún mayor del que pensaban.
Sus ojos se deslizaron por las mesas, cuyos colores resaltaban claramente en sectores homogéneos, y repentinamente tuvo una idea.
- Pónganse de pie – dijo. Cuando los adolescentes se miraron, algo dubitativos, salió de detrás del atril y bajó un escalón -. Vamos, ¿qué esperan? Todos de pie. Rápido.
El ruido de los bancos al correrse se mezcló con los murmullos. Un minuto después el alumnado completo se encontraba parado junto a sus mesas. Entonces, la profesora McGonnagall sacó su varita y con un giro de su muñeca desapareció el mobiliario. Únicamente quedó la mesa y las sillas de los profesores, que observaban en silencio sin adivinar qué estaba por hacer la directora.
- Ahora, quiero que todo el mundo se pare al fondo del salón. Vamos, vamos, rápido. Todos en el fondo.
Con lentitud los cientos de alumnos se dirigieron hacia la puerta, ocupando una tercera parte de la enorme estancia. En silencio observaron a la profesora McGonnagall, entre intrigados y confusos. Todos esperaban un discurso, un reto, un castigo, cualquier cosa excepto esto.
- Sé que todos ustedes están orgullosos de sus casas. Sé que creen que cada una de ellas representa algo muy específico y que, por ende, quienes las componen son símbolo y ejemplo de esto que las caracteriza. Bien, déjenme decirles que están total y absolutamente equivocados, señores. Muy equivocados. – afirmó la directora. Terminó de descender los escalones y se volvió hacia los profesores -. Por favor, ¿podrían colocarse los jefes de las casas aquí adelante, a la altura de las mesas?
La profesora Sprout, madame Hotch y el profesor Vector, que cuando Evelyn rehusó el puesto se transformó en el nuevo jefe de la casa Slytherin, se colocaron alineados con la profesora McGonnagall, que estaba parada en el sitio donde terminaba la mesa de Gryffindor.
- Ahora quiero que cada uno de ustedes – dijo la directora, mirando a los alumnos del otro lado del salón – se pare en línea a partir del profesor que le corresponda, pero – levantó un dedo, deteniendo a aquellos que comenzaban a moverse – no de la casa donde están. Quiero que se paren en la casa donde el sombrero consideró enviarlos antes de tomar su decisión final.
Los murmullos volvieron a hacerse escuchar mientras Harry sentía que la garganta se le cerraba. Paralizado contra la pared junto a la hoja derecha de la puerta, vio que con lentitud todos comenzaban a moverse.
- No se atrevan a hacer trampa, señores, porque puedo tomarme lo que queda de la tarde y traer al Sombrero Seleccionador para que me diga si alguien está mintiendo – advirtió la profesora de Transformaciones, a medida que los colores de las casas comenzaban a mezclarse y los alumnos se paraban en lugares donde jamás se habían ubicado.
Muchos se dirigieron directamente a su propia casa. Como Ron, que encogiéndose de hombros metió las manos en los bolsillos y se paró junto a Ginny en el sector de Gryffindor. Hermione se mordió el labio inferior y, tras mirar primero a Ron y luego a Harry, se dirigió hacia Ravenclaw, deteniéndose junto a una chica de tercer año de Slytherin. Draco Malfoy, que sin dudar un segundo se ubicó en el grupo de Slytherin, miró con desprecio a una chica de Ravenclaw que se paró a su lado.
La profesora McGonnagall entonces miró el grupo de chicos que no parecía saber hacia dónde dirigirse.
- ¿Y bien? ¿Qué esperan? – preguntó.
- Es que… el sombrero dudó entre tres casas – dijo una chica de cuarto de Gryffindor.
- Vaya a la primera que sugirió – le ordenó McGonnagall con impaciencia.
Los últimos alumnos entonces siguieron esta indicación y Harry quedó parado solo contra la pared. La profesora McGonagall lo miró levantando sus cejas, en un mudo mandato. El muchacho entonces apretó los labios y sin atreverse a mirar a nadie, se paró en el sector que ocupaba la casa de Slytherin.
De las sorpresas que la idea de la directora había provocado, sin duda esa fue la mayor. Todos los ojos se clavaron en el muchacho que, para todos en ese colegio, era el epítome de lo que ser un gryffindor significaba.
A Ron parecía que las órbitas iban a salírsele, Ginny se veía consternada y por primera vez, Hermione no llegaba a comprender del todo por qué Harry estaba parado ahí y no en Gryffindor.
Repentinamente, una carcajada restalló en el atestado lugar.
- ¿El Sombrero quiso enviarte a Slytherin? ¿A ti? – Draco Malfoy miró a Harry desde la otra punta de la hilera de alumnos en la que ambos estaban parados.
Harry entonces se enderezó y miró a Malfoy levantando la cabeza con orgullo.
- Pero elegí ser un Gryffindor – le espetó -, porque como me dijo el profesor Dumbledore una vez, de lo que se trata es de nuestras elecciones.
- Lo que el profesor tal vez no le dijo en ese momento, señor Potter, es que nada es absoluto – intervino la profesora McGonnagall, atrayendo la atención de todos hacia ella -. La función de las casas es tratar de que vivamos con personas que tienen características similares a nosotros, valores similares, ideas similares. Pero eso no impide que no haya en nosotros, en todos nosotros, cosas que nos harían aptos para pertenecer a otras casas.
Avanzó entre los alumnos, sorteándolos mientras hablaba.
- Lo que todos deben entender es que esos colores que lucen no son tan importantes como su combinación. Que el escudo en su pecho es lo valioso porque reúne a los cuatro símbolos. Porque Hogwarts es esto – agregó extendiendo los brazos para abarcarlos -. Sin casas, sin colores. Todas las casas y todos los colores. Todos somos Hogwarts.
Un silencio reverente se instaló en la estancia. Algunos bajaron el rostro, otros le sonrieron con una mueca tímida a su vecino.
Entonces, repentinamente, muchos comenzaron a sentir que algo no estaba bien. Una tristeza infinita los cubrió como si se tratara de un manto y se miraron desconsolados. El Gran Salón se transformó en un sitio en donde algunos parecían encogerse de angustia mientras otros no entendían lo que pasaba.
Harry trató de respirar, pero el aire le faltó. Se le congelaron las manos y las rodillas le fallaron mientras su mente comenzaba a llenarse de gritos. A tientas buscó su varita y la aferró con fuerza.
- ¡Expecto Patronum! – exclamó tras un par de inspiraciones profundas.
El ciervo plateado emergió de su varita y corrió entre los alumnos. Casi al mismo tiempo, Ron y Hermione conjuraron sus patronus, que se unieron al de Harry.
- ¡Minerva! – exclamó el profesor Flitwick con el rostro desencajado.
La profesora McGonnagall miró a su viejo compañero de tareas respirando con dificultad.
- Dementores – murmuró, observando cómo todos aquellos que el año anterior participaron de las clases clandestina de entrenamiento tenían a sus patronus corriendo por todo el salón.
El aire se despejó de la tristeza que lo había llenado y los alumnos comenzaron a recuperarse, sin entender del todo lo que sucedía.
El frío desapareció de las manos de Harry, pero entonces la cicatriz le escoció. Lanzando una exclamación de dolor, intentó sostenerse de un muchacho de quinto año de Slytherin que estaba parado a su lado, pero Ron fue más rápido.
- ¡Harry! – exclamó, asustado al ver el rictus en el rostro de su amigo.
Lo sostuvo por los hombros y Harry cerró una mano en el brazo de Ron, tosiendo con violencia cuando una arcada lo sacudió. Ron se colocó a su lado, pasándole un brazo por la espalda para sostenerlo y buscó a la profesora McGonnagall entre el gentío.
- ¡Profesora McGonnagall! – gritó, asustado.
- Aquí estoy – respondió la mujer, abriéndose paso entre los alumnos.
- Ron, no grites – lo amonestó Hermione.
La chica se había parado del otro lado de Harry, pasándole un brazo por la cintura para ayudar a sostenerlo. Ginny, que se veía muy pálida, se colocó frente a su novio. Tomándole el rostro entre las manos, le habló con firmeza.
– Harry, recuerda lo que Evelyn te enseñó. Respira lento. Respira conmigo – dijo.
Harry intentó concentrarse en lo que Ginny le indicaba, aspirando hondo al mismo tiempo que su novia. Y entonces, mientras aplicaba toda su voluntad a despejar su mente, lo vio.
- Enviaré un mensaje a Evelyn y Mathew – dijo McGonnagall.
Harry alargó la mano y la cerró en la muñeca de la bruja con fuerza.
- No… - susurró, apartando el rostro de las manos de Ginny para mirar a la mujer mayor -. Él… está aquí – logró decir finalmente -. Voldemort… está afuera… en la entrada.
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Ministerio de Magia
Departamento de Misterios
Mathew se escondió detrás de una estantería, que tembló cuando el malefició colisionó contra su estructura.
Manteniéndose alerta se detuvo a evaluar la situación.
Lucius había corrido hasta internarse entre las innumerables estanterías del Departamento de Misterios. El problema era que Mathew, a diferencia de Lucius, hacía muchos años que no estaba en ese lugar. No conocía sus dimensiones, su distribución, sus salidas. Justo el tipo de lugar en donde detestaba encontrarse encerrado en una batalla.
Cerró los ojos, concentrándose en aislar los ruidos que llegaban desde lejos. Tras algunos segundos, escuchó la respiración de Malfoy. De hecho, más que respirar Lucius estaba prácticamente jadeando por la carrera.
Sonrió con una mueca sardónica. Ese imbécil siempre había considerado que hacer ejercicio era poco elegante. Seguro que su flácido trasero le estaba pesando toneladas tras correr durante diez minutos.
Intentó determinar el lugar donde Malfoy estaba, pero el salón era demasiado grande. Los jadeos hacían eco y el sonido se propagaba de manera imprecisa. Se le ocurrió entonces que si estuviera más alto, quizás le resultaría más sencillo establecer con mayor exactitud la ubicación de su oponente.
Deslizó la vista por la estantería contra la que estaba apoyado. Debía medir al menos diez metros de altura y estaba, al igual que las demás, repleta de profecías. Entonces, vio en el techo la tubería a la que estaban sujetos los caños a los que se atornillaban las repisas.
Sin hacer ruido alguno, se acercó hasta el final del pasillo en donde se encontraba y comprobó la firmeza de la estantería. Calculó que podía resistir su peso y, colocando la varita entre los dientes, trepó con agilidad. Al llegar arriba, levantó las piernas entrelazándolas en el grueso caño y se elevó hasta quedar de cuclillas encima. Enderezándose, se desplazó por encima de las enormes estanterías, buscando a Malfoy. Ahora era claro que la respiración provenía de la otra punta del gigantesco salón.
Divisó a Malfoy varios metros por delante. El mago se movía intentando no hacer ruido, dirigiéndose hacia una puerta de salida. Mathew llegó hasta el extremo de otra estantería y se descolgó caño abajo, pero su mano rozó una profecía que se estrelló en el suelo. Lucius se giró al escuchar el cristal rompiéndose y sus ojos se clavaron en el ex auror.
Levantó la varita y le lanzó un maleficio que Mathew no se molestó en bloquear. Tomando aire, saltó hacia la estantería vecina, tirando más profecías al aferrarse a una repisa. Entonces se soltó y aterrizó en las viejas baldosas.
Para ese instante Malfoy estaba llegando a la puerta. Mathew entró corriendo en la habitación contigua y vio que un maleficio se dirigía directo a él.
- ¡Protego! – exclamó, bloqueándolo, antes de apuntar a Malfoy con su varita -. ¡Carpe Rectarum!
La varita de Lucius voló por el aire hasta la mano de Mathew, quien la sostuvo entre sus dedos por un segundo antes de quebrarla.
- ¡No! – gritó Malfoy, furioso.
- ¿Qué te parece si hacemos esto como hombres? – preguntó Mathew, dejando su varita en el suelo junto a la pared -. Sólo tú, yo y nuestros puños.
Lucius lo miró con desprecio.
- ¿Acaso piensas que soy estúpido, Whitherspoon?
Mathew sonrió de lado, con una mueca horrible, y levantó su mano derecha.
- Prometo no usar nada que no sea el viejo y conocido arte del boxeo – declaró -. No creo que haga falta mucho más, de todos modos.
Encajando la mandíbula, Lucius se desembarazó de su capa y se arremangó la camisa. Mathew lo imitó, doblando las mangas de su camisa negra con precisión sin apartar la vista del otro hombre.
Se acercaron y Malfoy levantó sus puños hasta la altura del rostro, mientras Mathew se movía en un círculo hacia la derecha de su oponente. Lucius lanzó el primer golpe. Y falló. Pero no falló el segundo, que dio de lleno en la boca de Mathew.
Éste dio un paso atrás y se pasó un dedo por la comisura, observando la sangre en la yema del pulgar.
- Bien – murmuró.
Sin apartar la vista de su pulgar, dio un paso adelante con rapidez y golpeó al otro hombre en el costado. Lucius, tomado por sorpresa, se dobló de dolor para luego lanzar una exclamación cuando el otro puño de Mathew se estrelló contra su mandíbula.
- ¿Sabes lo que más me molesta de ti, Malfoy? – dijo Mathew, lanzándole un golpe al estómago -. Que vives de grandeza prestada… - se agachó para evitar un puñetazo -… no has hecho absolutamente nada en toda tu maldita vida que merezca ser recordado.
Lucius pateó la pantorrilla de Mathew y aprovechó para golpearlo con fuerza en la mandíbula.
- ¿Y tú sí? – se alejó un par de pasos para acomodarse mejor antes de ver cuál sería su siguiente golpe -. ¿Cuál es tu logro? ¿Vivir a la sombra de tu esposa durante el día y llevártela a la cama por la noche?
Mathew se enderezó, le enterró el puño en los riñones y luego lo tomó por el cuello de la camisa.
- ¿Celoso? – preguntó antes de golpearlo con la rodilla en el estómago y arrojarlo contra unos estantes.
Malfoy tomó un frasco lleno de un líquido refulgente y lo lanzó sobre Mathew, que levantó el brazo para evitar que le diera en el rostro. El frasco se rompió y el líquido se desparramó en el suelo.
Mathew se abalanzó contra Malfoy, que estaba por lanzarle otro frasco, y lo embistió clavándole el hombro en el estómago. La columna de Lucius se estrelló contra la estantería detrás de él y el mago golpeó a Mathew en la espalda con sus dos puños unidos. En lugar de soltarlo, Mathew lo golpeó repetidas veces en los riñones con furia.
Malfoy le asestó el codo en el hombro y, estirando el brazo hacia arriba, tiró de una pesada caja que cayó sobre Mathew, derribándolo.
Lucius lo volteó boca arriba, se colocó sobre él y lo golpeó dos veces en el rostro antes de que Mathew atrapara uno de sus puños. Entonces, conectó un golpe en el esternón de Malfoy, haciéndolo retroceder un par de pasos.
Cuando Lucius se enderezó, Mathew apoyó ambas manos y el pie derecho en el suelo, pateando a Malfoy con e izquierdo, con tanta fuerza que el mago voló. Terminó estrellándose contra el estanque que contenía los cerebros que marcaron a Ron de manera indeleble.
Mathew vio el estanque y la gran cantidad de cerebros que flotaban allí. Sabía lo que uno de esos cerebros podía hacerle a una persona y su mente calculó, a toda velocidad, el efecto que tendrían dos docenas de ellos juntos.
Entonces, sin pensarlo dos veces, se acercó hasta Malfoy en dos zancadas y lo golpeó con violencia en el abdómen. Cuando Lucius se dobló en dos por el dolor, lo alzó y, flexionando un poco las piernas para poder hacer fuerza, lo lanzó dentro del estanque.
Malfoy intentó salir de la caja de vidrio, pero los cerebros lo enredaron entre sus largos tentáculos, aprisionándolo. Lucius entonces gritó, pidiendo ayuda, pero Mathew permaneció inmóvil, mirándolo. Tras un minuto completo, giró y se dirigió a la salida. Agachándose, tomó su varita y selló la puerta una vez que la hubo cerrado.
Dos cerebros le habían dado a Ron pesadillas que lo acosarían toda su vida.
Dos docenas de ellos freirían la mente de Malfoy hasta sumirlo en un limbo de tormentos eternos.
Mathew atravesó el Departamento de Misterios sintiendo que la deuda que Lucius Malfoy había acumulado con él a lo largo de los años, finalmente estaba saldada.
