Capítulo 29
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Gran Salón
- ¡Señor Weasley! ¡Baje de ahí ahora mismo! – exclamó el profesor Flitwick.
Ron observó con cuidado a través de las altas ventanas, antes de saltar y aterrizar junto a Harry y la profesora McGonnagall.
- No llego a contarlos, pero son demasiados – dijo.
La directora del colegio asintió y apretó los labios, con decisión.
- Seguiremos el plan – anunció volviéndose hacia el alumnado -. Escuchen todos con atención. Quiero que mantengan la calma y se dirijan hacia el segundo piso, tal y como practicamos en los simulacros.
Murmullos de temor se mezclaron con gemidos y sollozos apagados.
- Señor Potter, usted sabe lo que hay que hacer, ¿verdad? – preguntó la profesora McGonnagall.
Harry asintió.
- Los profesores y yo les daremos tiempo a llegar – dijo la bruja. Estiró la mano y apretó le hombro del muchacho con aprecio -. Estén alertas y no se expongan.
Con un gesto hacia sus colegas, la profesora McGonnagall se dirigió hacia la salida seguida por los docentes.
Harry se giró para encontrarse conque todos lo estaban mirando. Hermione se paró a su lado y apretó su mano en señal de apoyo, mientras Ron se ubicada del otro lado. Tomando aire, Harry se trepó al alfeizar de la ventana que estaba detrás de él y los murmullos remitieron.
- Escuchen, haremos esto de manera ordenada. Yo iré adelante. Hermione – dijo, señalando a su amiga – les indicará el camino a medida que vayan arribando. Y nadie debe quedar por detrás de Ron.
Ron subió junto a Harry y miró a los adolescentes parados frente a ellos.
- Agrúpense por casa. Los prefectos serán los guías. En caso de que nos ataquen, los alumnos de primer, segundo y tercer año deben tratar de buscar refugio. No intenten enfrentarse a los mortífagos, ¿entienden? Los de cuarto y quinto los cuidarán. Los de sexto y séptimo seremos quienes presentaremos batalla. ¿Alguna pregunta?
- ¿Adónde vamos? – preguntó Malfoy.
Harry miró por un segundo a su novia, que estaba pálida pero parecía calmada.
- Adonde ninguno de ellos podrá entrar – respondió.
Brincando, se dirigió con decisión hacia la salida, flanqueado por sus dos amigos y seguido por Ginny, Luna y sus compañeros de habitación. Un segundo después, el colegio en pleno se movía deprisa rumbo a las escaleras.
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Ministerio de Magia
Salón de prensa
Bill se encogió detrás de la columna y se cubrió la cabeza con los brazos. Sintió los trozos de mármol golpeándolo y apretó los dientes cuando uno le dio en las falanges.
Bajando la mano derecha contempló el daño en sus dedos. Dos estaban quebrados de manera espantosa.
Cerró los ojos un segundo, respirando con fuerza. No podía sostener su varita correctamente y sabía que debía enderezar los huesos.
Otro maleficio destrozó aún más la columna detrás de la que se había parapetado y un enorme trozo de piedra se desprendió. Levantó la cabeza y vio que caería sobre él.
- ¡Carpe Retractum! – exclamó una voz cerca suyo.
Bill salió arrastrado por el suelo como si un garfio estuviera jalándolo. Un segundo después se estrelló contra una pared, junto a Charlie, que se hallaba detrás de un macizo escritorio de madera.
- ¿Necesitas ayuda, hermano? – preguntó éste, agazapándose a su lado.
- ¿Por qué tardaste tanto? – la frente de Bill estaba perlada de sudor.
Charlie espió por un costado del escritorio y apuntó con la varita hacia el techo.
- ¡Bombarda! – dijo y una lámpara cayó sobre un par de mortífagos.
Girándose hacia Bill, miró la mano horriblemente quebrada de su hermano mayor.
- Tenemos que salir de aquí – murmuró, observando la sala en donde se encontraban. Sólo había dos puertas y ambas estaban ahora obstruidas por mortífagos, que comenzaban a desplegarse para atacarlos nuevamente.
- ¿Puedes caminar?
- No me importa si no puedo caminar, si hace falta, correré – replicó Bill, cuya mano derecha temblaba visiblemente y sostenía la varita con la izquierda.
- Ese es mi hermano mayor – sonrió Charlie, asomándose una vez más.
- ¿Cuánto son? – preguntó Bill.
- Es pan comido, viejo – respondió su hermano, con más convicción de la que sentía mientras volvía a agacharse -. Bien, este es el plan. Yo corro por la derecha y tú por la izquierda. Procura que no te alcancen con ningún maleficio y yo haré lo mismo.
- ¿A eso llamas plan?
- A eso le llamo improvisar.
Un par de maleficios rebotaron sobre sus cabezas, haciendo que se cubrieran.
- ¿Qué tal si creamos un campo que nos proteja? – sugirió Bill.
En ese instante un panel se abrió cerca de ellos. Los dos hermanos levantaron sus varitas y apuntaron, para encontrarse cara a cara con Percy.
- ¿Y qué tal si salen por aquí? – preguntó éste. Varios maleficios se dirigieron hacia él, por lo que se escondió del otro lado de la abertura -. ¡Si no les molesta, sería bueno que lo hicieran hoy! – gritó.
Bill miró a Charlie.
- A la cuenta de tres – dijo y su hermano asintió -. Uno… dos…
- ¡Tres! – exclamaron ambos.
Poniéndose de pie, lanzaron maleficios sin apuntar realmente, mientras Percy hacía lo mismo desde donde estaba. Bill corrió y atravesó la abertura. Charlie se quedó atrás para cubrirlo.
- ¡Charlie, vamos! – gritó Percy.
Su hermano se lanzó sobre su estómago para evitar que los maleficios que Percy estaba lanzando lo alcanzaran. Resbaló y atravesó el hueco, que un segundo después estaba cerrado por un panel de madera.
Los tres hermanos se miraron por un segundo, cada uno apoyado contra una pared distinta. Tras un segundo, sonrieron.
- ¿Cómo has estado, Pipi? – preguntó Charlie.
Percy frunció el ceño y se acercó a Bill.
- No me llames Pipi – dijo cortante -. ¿Qué tienes?
- Están quebrados – respondió Bill, mostrándole los dedos.
Acercándose, Charlie la examinó junto con Percy.
- Esto va a dolerte, viejo – Charlie miró a su hermano mayor, cogiendo con cuidado la lastimada mano -. Tal vez deberías morder algo… - tomó el brazo de Percy y lo acercó al rostro de Bill –. Aquí. Muerde esto.
Percy liberó su brazo de un tirón y Bill se carcajeó con fuerza, antes de gritar de dolor cuando Charlie tiró de sus dedos imprevistamente. Respirando con dificultad, apretó los dientes, cerró los ojos y apoyó la frente en el hombro de Charlie.
Percy rompió su túnica y vendó entonces la mano de Bill, tratando de no ajustar demasiado.
Por un par de segundos no se escuchó nada más que el jadeo de Bill, hasta que éste se enderezó nuevamente e inspiró una vez más antes de abrir los ojos y mirar a sus hermanos.
- Eres un imbécil, Charlie – afirmó.
- Pero soy sexy y las chicas aman – respondió éste sonriendo.
Uniendo una larga tira de su túnica con un nudo, Percy se la colgó a Bill del cuello para que pudiera sostener su mano con ella.
- Vámonos, par de idiotas – dijo entonces poniéndose de pie.
- ¡Hey! Respeto a tus mayores – se quejó Charlie, ayudando a Bill a ponerse de pie.
- No veo ningún mayor aquí – replicó Percy, guiándolos -. Es más, ni siquiera llego a entender cómo es que ustedes dos pueden ser mis hermanos.
- No te preocupes, Pipi. Algún día llegarás a ser como nosotros – respondió Bill, que apretaba su mano lastimada contra el pecho y sostenía la varita con la izquierda.
- No me llamen Pipi – les espetó Percy, pero una risa fue toda la respuesta que tuvo, así que suspiró resignado y siguió caminando.
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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Hall de entrada
Minerva McGonnagall se paró frente a las puertas cerradas del colegio y respiró varias veces. Detrás de ella se encontraban los profesores del colegio, tan nerviosos y asustados como ella.
Podía escuchar a los alumnos dirigiéndose a toda prisa hacia el segundo piso, pero no se volvió. Debía confiar en que conservarían la calma y lograrían llegar a la Cámara Secreta. Le tocaba a ella conseguirles el tiempo suficiente para que se encerraran allí.
- Señora – la llamó una vocecita aguda a su lado. Mirando hacia atrás, se encontró con los enormes ojos de Kirshton fijos en ella con resolución -. Si la directora nos lo permite, los elfos de Hogwarts queremos participar.
La profesora observó la legión de poderosas criaturas que trabajan de manera silenciosa e invisible, parados detrás de los profesores.
- El profesor Dumbledore nos dijo que, llegado el momento, podíamos pelear por nuestro hogar. Hogwarts es nuestro hogar, señora – agregó Krishton.
Los ojos de Minerva McGonnagall se llenaron de lágrimas, mientras una enorme ola de alivio la invadía.
- Gracias – murmuró.
El profesor Flitwick tiró de la manga de la bruja para llamar su atención.
- Minerva, ¿no sería mejor aguardar a que Mathew, Evelyn y los aurores lleguen?
- No podemos esperarlos – respondió la bruja, enderezándose -. Ni siquiera estoy segura de que hayan recibido mi mensaje.
Apretando los labios, cuadró los hombros y tomó los picaportes de las puertas con ambas manos. Tiró con fuerza y abrió las dos hojas de madera. Sintiendo que las rodillas le temblaban, dio un par de pasos y esperó.
Los profesores la siguieron. Algunos jadearon, asustados, al contemplar la enorme cantidad de hombres y criaturas que avanzaban por el predio del colegio.
Delante de todos, Voldemort caminaba con expresión arrogante.
El mago se detuvo a unos cuantos metros de los escalones que llevaban hasta donde la profesora McGonnagall estaba parada, flanqueada por los docentes del colegio y más de cien elfos.
Un silencio escalofriante cayó en el lugar, interrumpido por el trinar de los pájaros en el Bosque Prohibido.
Voldemort observó a la mujer parada frente a él con desprecio.
- Vaya, vaya… La directora en persona sale a recibirme – dijo con sorna -. Me siento… honrado.
- Lárgate – le espetó la bruja, sin que su voz dejara traslucir el miedo que sentía.
El mago torció la boca en una mueca que no llegó a sonrisa y levantó una de sus inexistentes cejas.
- ¿Perdón?
- No eres bienvenido aquí. Lárgate – repitió la directora del colegio.
La mujer tenía su varita levantada en un gesto defensivo y sus ojos verdes brillaban detrás de las gafas.
Meneando la cabeza, el mago levantó un dedo y negó con él.
- Esos no son modales para una dama, profesora – dijo con calma escalofriante -. No es necesario ponerse desagradables. Sólo he venido a buscar a uno de tus estudiantes. Así que, ¿por qué no hacemos esto del modo sencillo y le dices que salga?
La profesora McGonnagall levantó una ceja.
- ¿Has traído contigo la autorización de sus padres? Porque las reglas del colegio establecen con claridad que sin autorización de un padre o tutor, ningún alumno abandona Hogwarts.
El rostro de Voldemort se transformó en una máscara de desprecio.
- O traes a Harry Potter, o tendré que entrar a buscarlo – su tono de voz era cortante como el acero recién afilado.
Hubo un silencio que duró tres segundos exactos.
- No – replicó la bruja.
El hombre frente a ella la recorrió con la vista, escupiendo desprecio por las rendijas de sus ojos rojos.
- Recuerda quién eres, perra… cuál es tu lugar.
Minerva McGonnagall le sostuvo la mirada y, por primera vez en su vida, el odio y la furia que Voldemort le provocaban fueron mayores a su miedo.
- Recuerdo perfectamente bien quién soy – replicó con ira controlada en la voz -. Soy la jefa de la casa Gryffindor. Soy la directora en ejercicio de Hogwarts – se irguió un poco más -. Soy la prometida de un hombre que asesinaste. La profesora de brujas y magos que mataste. Soy un miembro de la Orden del Phoenix – elevó un poco la voz, para que se escuchara con claridad -. Yo soy Minerva McGonnagall y mi lugar está aquí, Tomas Riddle. Entre mis alumnos y tú.
Las manos de Voldemort se cerraron en puños de rabia mientras miraba a la mujer que le estaba haciendo frente.
- Será del modo difícil entonces – anunció.
Y girándose hacia las hordas que esperaban detrás de él, gritó:
- ¡Ataquen!
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Ministerio de Magia
Hall Principal
- ¡Evelyn! ¿Necesitas ayuda? – gritó George, lanzándole a un mortífago una ampolla llena de una poción que lo cubrió de pústulas muy dolorosas.
La bruja, que acababa de estrellarse contra una columna, apoyó una rodilla en el suelo y levantó el rostro.
- No, gracias – murmuró -. Puedo sola.
Aferró el hacha con ambas manos y se preparó. El hombre lobo frente a ella dio dos pasos adelante y pegó un salto.
Evelyn blandió el arma y se puso de pie, dando un paso al costado. Entonces, enterró la afilada hoja en el estómago del licántropo antes de que éste tocara el suelo. La bestia lanzó un aullido y apretó sus garras alrededor del mango, clavando sus ojos en la mujer.
- Mal… dita - musitó
Y tras un momento, se desplomó. Evelyn se enderezó y, con un tirón, arrancó el hacha del cuerpo inerte a sus pies.
- Me encanta esta cosa – afirmó, mirando el arma con satisfacción.
Girándose, se percató de que la batalla casi había acabado. Sus ojos cayeron en su esposo, que en se momento llegaba al final de la escalera y se acercaba a ella.
- ¿Y Malfoy? – preguntó.
- En el país de Nunca Jamás, jugando con sus amigos los cerebros – respondió el mago. Se acercó al hombre lobo muerto a un par de pasos y miró a Evelyn - ¿Ese es Greyback?
- Era – la mujer se inclinó y, arrancando un pedazo del abrigo de un mortífago, limpió le hoja del hacha.
- Remus estará contento de saber que lo partiste en dos – comentó Mathew.
Scrimgeour se acercó a ellos y observó el escenario, frunciendo el ceño.
- Esto no tiene sentido – dijo.
Mathew asintió.
- Eran muy pocos... debían saber que su número era muy bajo.
El ministro miró a su viejo compañero de tareas con preocupación.
- Si vas a atacar al Ministerio justo el día en que se anunció que se realizaría una reunión de las fuerzas de seguridad, ¿por qué enviar a una cantidad de mortífagos tan pequeña que sabes que fracasará?
Evelyn apoyó la punta de la Scythe sobre la punta de acero de su bota izquierda y miró a su marido por un largo momento, mientras éste pensaba.
- Distracción – murmuró finalmente el mago. Levantó los ojos y los clavó en los de su esposa -. Esta era una misión suicida.
Algo comenzó a retorcerse en el interior de la bruja.
- Nos querían aquí, batallando contra unos pocos…
-… mientras Voldemort está en otro lugar, con el resto – dijo Mathew, completando la oración que su mujer dejó incompleta.
- Si es así, ¿dónde? – preguntó Scrimgeour.
Mathew y Evelyn se quedaron un segundo en silencio
- Hogwarts – dijeron ambos a la vez.
Sin más salieron corriendo como alma que lleva el diablo. Al verlos, los miembros de la Orden no se detuvieron a preguntar. Emergieron desde diversos lados y los siguieron.
Scrimgeour tardó un instante en comprender lo que ocurría. Entonces, trepándose a la fuente en el medio del hall, colocó su varita en su garganta para amplificar su voz.
- ¡Atención todo el mundo! – las decenas de magos y brujas que se encontraban allí se volvieron hacia el Ministro -. Tenemos motivos para creer que Hogwarts puede estar siendo atacado en este momento. Nuestros hijos están en peligro. Es tiempo de dar batalla, señores, así que todos los que puedan pelear, vengan conmigo.
Bajó de un salto y se acercó a Buffy.
- ¿Pueden encargarse de los prisionero? – preguntó.
- Podemos ir con ustedes – ofreció la chica.
El mago apretó los labios y negó.
- En realidad, necesito que se hagan cargo de los prisioneros – repitió.
Buffy asintió en silencio, pero el ministro ya corría hacia la salida, flanqueado por una multitud.
