Capítulo 30
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Primer piso
A pesar de las sensaciones que los dementores les provocaban, los alumnos se movían con rapidez. Harry estaba a la mitad del tramo de escaleras que llevaba al segundo piso cuando Sir Nicholas apareció frente a él, agitando los brazos enloquecido.
- ¡Esperen, esperen! – dijo -. No pueden ir al segundo piso. Hay banshees allí.
- ¿Banshees? – Harry trató de procesar la información pero los gritos en su cabeza se lo dificultaban -. ¿De dónde diablos salieron?
- Entraron por el aula de Encantamientos – respondió el fantasma -. Y son demasiadas.
Neville miró a Harry, desconcertado.
- ¿Qué demonios se usa contra un ejército de Banshees? – preguntó.
- No importa – respondió Harry -. Que estén allí significa que mientras nos deshacemos de ellas, pueden venir mortífagos o lo que sea… Significa que no tenemos tiempo – agregó, pasándose una mano por el pelo y alborotándolo aún más.
- ¿Dónde iremos entonces? – preguntó Seamus, que se encontraba pálido y aferraba su varita con fuerza.
Hubo un silencio en la escalera, mientras Ron se abría paso junto con Hermione y llegaba hasta el pasillo.
- ¿Qué sucede? – inquirió el pelirrojo.
- Banshees en el segundo piso – respondió Ginny.
- Llegaron más – anunció entonces la rolliza bruja de un cuadro cercano –. Iré a seguir vigilando. Avisaré cualquier cosa.
- Ron, no podremos contra tantos – dijo Harry, quien se sujetaba de la baranda con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos -. Debemos encontrar otro lugar donde esconder a los más chicos.
- Pero… no hay otro lugar que pueda albergarnos a todos y sea igual de inaccesible – señaló Hermione, tratando de pensar.
Los adolescentes se miraron. No contaban con un plan B. Nunca pensaron que iban a necesitarlo.
- ¿Qué tal si usamos la sala Multipropósito? – propuso Justin Flintch. Cuando todos clavaron en él sus ojos, agregó: - Es grande y sólo podrás acceder si sabes exactamente qué fue pensado para abrirla, ¿no?
Harry miró a Ron y éste se encogió de hombros.
- A mí me parece bien – dijo el muchacho.
Asintiendo, Harry se volvió hacia Justin.
- Tú piensa en el lugar, pero no se lo digas a nadie. Lleva allí a todos desde primero a quinto – se asomó por la baranda y se dirigió hacia los alumnos que esperaban apiñados en la escalera -. Escuchen, no podemos ir al segundo piso, así que de quinto a primer año y todos los prefectos, vayan con Justin.
- Iré por la escalera este para evitar a las banshees – dijo el chico de Ravenclaw.
Más de cuatroscientos chicos comenzaron a moverse, siguiendo a Justin. Al verlos, Ginny se percató de que lograr que pasaran desapercibidos sería más que complicado. Prácticamente imposible.
- ¡Justin, espera! – exclamó, trepándose en un banco.
Justin se giró y la miró, inquisitivo.
- ¿Qué? ¡No tenemos tiempo! – le espetó.
- Son demasiados… van a verlos, no importa por dónde vayan – explicó la chica.
- ¿Y qué propones que haga? ¿Encogerlos? – preguntó Justin, impaciente.
- No, idiota. Camuflarlos – replicó Ginny. Entonces apuntó su varita hacia un grupo de chicos de Hufflepuff y murmuró un hechizo delusionador.
Los alumnos se confundieron con la pared detrás de ellos y Hermione subió al banco junto a Ginny.
- Ginny tiene razón. Todos los que sepan conjurar un hechizo delusionador, ¡muévanse! – ordenó mientras hechizaba a un puñado de alumnos de primero.
Varios alumnos de séptimo y sexto se unieron a ellas, con lo que un par de minutos después, todos se confundían unos con otros y con el entorno.
- Ahora síganme – dijo Justin cuando terminaron y se dirigió casi corriendo hacia el final del pasillo.
Mientras los alumnos se alejaban con prisa por el corredor, Ron se volvió hacia el grupo de adolescentes de grados superiores que estaban cerca de ellos.
- Me parece que la mejor opción es si nos separamos – propuso.
- Pero si nos separamos seremos más débiles – opinó Blaise Sabini.
- Dependiendo de para qué nos separemos – aclaró Ron -. Escuchen, por lo que vi desde el comedor, el castillo está rodeado. Probablemente entrarán por varios lugares a la vez, así que si nos separamos, podremos tratar de detenerlos para no quedar atrapados como ratas aquí dentro.
Algunos parecieron dudar, por lo que Harry se enderezó y, dominando las emociones que los dementores le provocaban, apretó la varita entre los dedos.
- Chicos, este es nuestro castillo. NUESTRO. Nuestro territorio. Lo conocemos mejor que ellos y esa es nuestra ventaja. Llevamos meses preparándonos, investigando y entrenando. Ron tiene razón. No podemos esperar a que nos acorralen. Debemos enfrentar…
El ruido de gritos y explosiones que venían de fuera de Hogwarts les dijo que la batalla había comenzado. Algunos no pudieron reprimir un sollozo mientras otros se erguían.
- Podríamos atraer a los que vengan por el este hacia los invernaderos – sugirió Neville.
- ¿Y qué se supone que habrá allí que nos sirva? – preguntó Cho Chang.
- Mandrágoras adolescentes, lazos del diablo y tentáculas venenosas – respondió el muchacho.
- Tú eres el experto, Neville. El invernadero es todo tuyo – dijo Ron y Neville partió con Luna y al menos veinte chicos más.
Un grupo de magos jóvenes, que se pasaban los días yendo de cuadro en cuadro y armando lío, se amontonó en un cuadro demasiado pequeño, junto a Dean.
- ¡Mortífagos en la cocina! – exclamaron todos a la vez.
- ¿Cuántos? – inquirió Ron.
Los magos se miraron unos a otros.
- ¿Muchos? – dijo uno de ellos.
- Hay varios elfos allí, pero la mayoría están con los profesores – agregó otro.
- ¿Cuántos puntos de acceso hay desde la cocina hasta la planta baja? - preguntó Harry.
- Dos – respondió Malfoy -. Pero para llegar hasta los corredores que llevan a esos accesos, sólo hay un camino – agregó.
Ron pensó por un segundo.
- Eso significa que podríamos tratar de atraparlos para que no lleguen a los corredores – apuntó.
Harry miró a Malfoy y por un segundo evaluó si podía o no confiar en él. Finalmente, decidió que no tenía muchas opciones.
- Los calabazos son el territorio de Slytherin. ¿Qué proponen?– preguntó mirando a los integrantes de esa casa -.
Draco clavó sus ojos helados en las verdes pupilas de Harry y frunció el ceño.
- Asfixiarlos en los pasillos – respondió.
- ¿Con qué? – preguntó Blaise.
- Con lo que podamos fabricar – replicó Draco con impaciencia, mirando a su compañero de cuarto -. ¿Acaso no estuviste en clase este año?
Harry asintió apretando los labios.
- Parece un plan – dijo -. Son todos tuyos entonces.
Draco le sostuvo la mirada por un segundo antes de hacer un brusco gesto con su cabeza.
- Los de sexto de Gryffindor y Slytherin, vengan conmigo al aula de pociones – ordenó y se alejó corriendo escaleras abajo.
- Hay que evitar que las banshees bajen – dijo Hermione.
Ron se volvió hacia los magos parranderos, que seguían apretados en el pequeño cuadro.
- Las banshees, ¿están en todo el segundo piso o en un sector? – preguntó.
- En el corredor norte básicamente – informó uno que tenía el rostro lleno de acné y los dientes torcidos.
- Hay que bloquear ese corredor – dijo Ron.
Hermione se volvió hacia Dean y Seamus, que se encontraban parados junto a Padma, Parvati y Lavender.
- Chicos…
Ambos muchachos asintieron.
- ¿Quién viene con nosotros? – preguntó Dean.
Varias manos se elevaron y un grupo considerable de alumnos se alejaron.
Unos cincuenta adolescentes quedaron aglomerados alrededor de Harry, Ron y Hermione, que se miraron con determinación. Entonces, el sonido del metal contra la piedra los hizo volverse hacia el pasillo a su derecha.
Azorados observaron un pelotón de armaduras que se acercaban hacia ellos. Los jóvenes se agruparon, levantando sus varitas y preparándose. Sin embargo, cuando las armaduras llegaron hasta ellos pasaron de largo y se dirigieron con movimientos algo torpes, rumbo a la planta baja.
- ¿Qué demonios…? – murmuró Ron.
- Por supuesto – dijo Hermione para sí misma antes de mirar a su novio y luego a Harry -. En Historia de Hogwarts dice que las armaduras están encantadas. En caso de que el colegio sea atacado, las armaduras lo defenderán.
El ruido que creaban las armaduras resonó a lo largo de las escaleras.
- ¿Podemos usarlas como escudo? – preguntó Ron.
Hermione se encogió de hombros.
- Supongo que sí – respondió.
Harry y Ron se miraron y luego se volvieron hacia los alumnos que estaban allí.
- Iremos abajo. Colóquense detrás de las armaduras para protegerse y recuerden, nuestra prioridad es derribar y evitar que nos derriben. Usen hechizos sencillos que puedan controlar y ante la duda, corran.
Abriéndose paso entre los magos y brujas, sorteó armaduras rumbo a la planta baja, donde las puertas temblaban y los maestros trataban de mantenerlas cerradas.
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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería
Invernaderos
Neville espió por detrás de la mampara.
- Son muchos – murmuró para sí mismo.
- ¿Cómo haremos para atraerlos hasta aquí? – preguntó Lisa Roberts.
- No es aquí adonde queremos atraerlos, es allá – respondió Neville, señalando dos invernaderos que se veían oscuros de tanta vegetación que había dentro.
- ¿Y si creamos mucho ruido? – propuso Deloris Philby, dubitativa.
- Podríamos usar las mandrágoras – sugirió Luna. – Por supuesto, unos cuantos greenwilts serían más efectivos y manejables, pero no he logrado dar con su escondite.
Los chicos a su alrededor la miraron como si no pudieran creer el comentario que acababa de hacer, mientras que Neville sonrió con diversión.
- Las mandrágoras son demasiado imprevisibles y podrían afectarnos. Además, están en el invernadero cinco, junto con las tentáculas. En el ocho no hay ninguna que pueda hacer ruido y llamar la atención – agregó.
- ¿Y qué tal si creamos movimiento dentro? – Deloris observó con cuidado entre las hojas color malva de una extraña planta oriental -. Creerán que estamos allí e irán a ver.
El muchacho pensó durante un momento y Luna lo tomó por un brazo.
- Nosotras podríamos conjurar canarios que vuelen dentro de los invernaderos – afirmó, mientras un par de chicas asentían detrás de ella.
Neville asintió, apretando los labios.
- ¿Cuántas saben conjurar esos canarios, aparte de Luna?
Dos brujas levantaron sus manos.
- Bien. Ustedes dos vayan hasta el invernadero cinco y llénenlo de canarios. Ustedes vayan con ellas para cubrirlas – agregó Neville, señalando a dos chicos de Ravenclaw -. Luna, tú ven conmigo. Nos ocuparemos del invernadero ocho. El resto de ustedes, organícense en parejas y prepárense para cubrirnos – ordenó y, permaneciendo agachado, se dirigió hacia la salida junto con Luna.
Todos se movieron con rapidez tratando de no hacer ruido alguno.
Luna llegó hasta un sector sin demasiada vegetación y se detuvo detrás de una columna. Poniéndose de pie, pegó la espalda a la piedra. Neville se irguió de frente a ella, casi rozándola. El chico esperó un segundo y se asomó para ver si tenían el camino despejado.
- Vamos – murmuró.
Desplazándose prácticamente en cluquillas, se detuvieron en una pequeña pared, junto al invernadero ocho. Luna apuntó con su varita hacia la ventana que se encontraba encima de sus cabezas.
- Alohomora – susurró y la ventana se abrió.
Entonces, murmuró un hechizo que Neville no llegó a entender y de la punta de su varita emergieron montones de puntos que se convirtieron en canarios. Luna hizo un giro con su muñeca, haciendo que entraran por la ventana abierta. Un segundo después, volaban enloquecidos dentro del invernadero, siguiendo el ritmo que la varita de Luna les imprimía.
En ese momento, el invernadero cinco se plagó de sombras que se agitaban con rapidez.
Neville mantuvo la vista en los mortífagos que se encontraban cerca y contuvo la respiración. Tras un minuto completo, comenzó a preguntarse si no deberían crear algo más notorio para llamarles la atención. Pero entonces, uno de los mortífagos notó el movimiento.
Codeando a un compañero, le señaló las dos estructuras. Llamándose unos a otros, la mitad de los mortífagos se dirigieron con cautela hacia ambas construcciones de cristal y metal.
Neville se escondió detrás de la pared y tiró de Luna, obligándola a bajar su varita para quedar a cubierto. Ambos esperaron conteniendo la respiración. La puerta del invernadero se abrió y escucharon susurros en su interior, a través de la ventana por donde Luna introdujo sus canarios mágicos.
- ¿Estás seguro que viste a alguien aquí? – preguntó una voz rasposa.
- Algo se movía – replicó una mujer.
Tomando aire, Neville se arrodilló y apuntó con su varita hacia el techo de cristal.
- Nebulus – susurró.
De su varita surgió una voluta color gris oscuro que se esparció con rapidez, cubriendo el invernadero por completo y sumiéndolo en la oscuridad.
Los chicos que se encontraban en la construcción contigua tomaron esto como una señal. Apuntando sus varitas, destruyeron las macetas donde se encontraban las mandrágoras bebé y se taparon los oídos.
Gritos de todo tipo se escucharon del interior de ambos invernaderos, atrayendo la atención de los mortífagos que no se habían movido de sus puestos de vigilancia. Los magos corrieron para ver lo que sucedía, pero al notar que algunos perdían el conocimiento, se detuvieron.
Neville entonces se irguió y apuntó su varita a través de la ventana, hacia el mago que estaba más cerca de la puerta del invernadero ocho.
- Carpe Rectrum – exclamó.
El mortífago fue atraído con fuerza dentro de la estructura de vidrio, donde un lazo del diablo lo envolvió al instante. Entonces, todos los adolescentes que se encontraban parapetados detrás de la pequeña pared que delimitaba la galería exterior que rodeaba el colegio, atacaron al mismo tiempo.
Los enmascarados magos, tomados por sorpresa, trataron de ponerse a cubierto, pero se hallaban en una zona despejada. Corrieron entonces a esconderse detrás del invernadero ocho, lanzando maleficios desde allí.
Tres chicos cayeron y otros se escondieron, demasiado asustados como para poder hacer nada. Neville entonces rodeó el invernadero y, asomándose con cuidado, apuntó su varita hacia la pared de vidrio contra las que los mortífagos se apoyaban.
- ¡Bombarda! – exclamó.
Los vidrios estallaron y el lazo del diablo se esparció, atrapando a cuanta persona encontró.
Neville regresó donde se encontraba Luna y se sentó, con la espalda apoyada en la pared y los ojos cerrados. La chica se sentó a su lado y tomó una de las manos del muchacho, entrelazando sus dedos con fuerza. En silencio permanecieron allí por varios segundos, mientras los gritos de los mortífagos resonaban por todos lados.
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Primer Subsuelo
Draco levantó su mano derecha y la dejó suspendida en el aire, observando con detenimiento.
Contó en silencio los pasos que los magos y brujas daban, mientras su corazón latía a tanta velocidad que parecía que en cualquier momento se le saldría del pecho. Tenía el rostro cubierto con una burbuja de aire, al igual que los cinco chicos que se encontraban junto a él.
- Tres… dos… uno – contó para sí y bajó la mano bruscamente.
Decenas de bombas de pimienta cayeron del techo, donde se encontraban suspendidas. Los mortífagos que se encontraban en el corredor comenzaron a estornudar sin control, al tiempo que se quejaban por el escozor incontrolable en sus ojos.
Sonriendo, Draco hizo un gesto a la media docena de chicos que estaban con él para regresar a las mazmorras. No habían retrocedido ni diez pasos cuando escucharon las explosiones.
- Malditos inútiles – murmuró.
Casi sin pensarlo corrió a toda velocidad hacia el pasillo norte. El segundo grupo había fallado.
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Hall de entrada
Las puertas cimbraban por la fuerza de los maleficios que impactaban contra ellas.
- ¡Hagrid! – gritó la profesora McGonnagall.
- Aquí estoy – replicó el maestro de Cuidado de las Criaturas Mágicas, apareciendo desde una galería lateral. Un enorme golpe le oscurecía el ojo y su mejilla izquierda tenía un corte horrible.
- Dumbledore. Ve a su cuarto y protégelo – le indicó la directora del colegio -. Kirshton, encárguese del Gran Salón. Lleve los elfos que crea conveniente, pero no a todos – agregó volviéndose hacia el jefe de cocina.
Hagrid asintió y se dirigió a las escaleras. El jefe de los elfos del colegio se apresuró a cumplir con su encargo, llamando a sus subordinados con su aguda vocecita mientras corría detrás de Hagrid.
Esquivando las armaduras que bajaban por las escaleras, Hagrid se topó con los alumnos que descendían, encabezados por Harry y Ron.
- ¡Harry! ¿Qué demonios hacen? – preguntó Hagrid deteniendo a Harry por el hombro.
- No podemos ir a la Cámara. El segundo piso está lleno de banshees – explicó Hermione.
- Los más los primeros cursos van rumbo a la sala Multipropósito – explicó Harry -. Y nosotros venimos a ayudar.
Hagrid miró al medio centenar de chicos que con distinto grado de decisión apretaban sus varitas y sus labios. Luego clavó los ojos en el trío de adolescentes que amaba como si se tratara de sus propios hijos.
- Ustedes deberían estar encerrados allí con ellos.
- Todos los prefectos están allí, en caso de que alguien descubra cómo entrar – replicó Ron.
- Pero será más difícil que lleguen hasta los más chicos si nosotros estamos aquí, ayudando a detener a los mortífagos – concluyó Harry.
El maestro vio la decisión brillando en los ojos verdes del muchacho.
Por un instante le pareció estar viendo a todas las personas que parecían haberse conjugado para hacer de ese chico quien era. A James, con su personalidad desafiante. A Lily, con su sentido de lo correcto. A Mathew, con su valor. A Evelyn, con su innata concepción del deber y el sacrificio. Y supo que sin importar lo que él dijera o argumentara, Harry haría lo que sentía que debía hacer.
Vio la misma determinación en Ron y Hermione. En Ginny, que se encontraba detrás de su hermano y su amiga. En muchos de los rostros que lo miraban desde los escalones superiores. Y decidió que lo menos que podía hacer, era respetarlos.
- Tus padres van a matarme por esto – le dijo a Harry, tratando de pensar con rapidez. Finalmente, la vista de los elfos que trataban de pasar le dio una idea -. ¡Kirshton!
El elfo se detuvo y lo miró, inquisitivo.
– Ellos irán contigo para ayudarte – ordenó el Guardaparque del colegio.
Kirshton apretó los labios y asintió. Entonces, Hagrid se volvió hacia los alumnos.
– Necesito que cinco de ustedes vengan conmigo hasta la torre Oeste. El resto, vaya con Kirshton y los elfos. Su tarea es evitar que los mortífagos entren por el Gran Salón.
Y sin más, Hagrid se alejó, acompañado por cinco adolescentes de Hufflepuff.
- Vamos – ordenó el jefe de los elfos, abriéndose paso por entre los chicos.
Elfos y alumnos lo siguieron. Dobby trotaba junto a su jefe, con Ron a su derecha y Harry y Hermione detrás.
- ¿Por qué el Gran Salón? – preguntó Ron.
- Demasiadas ventanas – respondió Dobby.
- Pensé que eran indestructibles – dijo Hermione -. Que estaban hechizadas.
- Pero también hay un contra hechizo – replicó el elfo, algo jadeante.
El ruido de estallidos que llegaba desde el comedor confirmó lo que Dobby acababa de afirmar.
- ¡Barón! – llamó Kirshton y un segundo después, el fantasma de la casa Slytherin apareció flotando frente a ellos -. ¿La situación?
- Me parece que no tardarán en quebrar el hechizo – replicó el Barón Sangriento.
- ¿Por qué no sellamos la puerta entonces? – sugirió Seamus.
- Mejor aún, ¿por qué no llenamos el salón con las bombas pestilentes que tus hermanos enviaron a inicios de esta semana y luego sellamos la puerta? – propuso Colin Crewey, mirando a Ron.
- ¿De qué hablas? – respondió Ron.
Colin se encogió de hombros.
- La semana pasada Fred envió a Dean una de muestra y se nos ocurrió que eran una excelente arma de defensa. Mejores aún que las bombas de pimienta porque estas te hacen llorar, te llenan de forúnculos e incluso, si inhalas demasiado, vomitas como loco – explicó.
- Así que decidimos hacerle un encargo entre muchos, para tenerlas a mano – dijo una de las compañeras de cuarto de Ginny, metiendo la mano en el bolsillo de su túnica para mostrar luego tres esferas doradas.
Ron observó lo que parecían ser pequeñas snitchs y sonrió.
- ¿Cuántas encargaron? – preguntó.
- Doscientas – respondió Colin.
- ¿Y las tienen todas ustedes? – quiso saber Harry, comenzando a pensar que la idea resultaría.
- No. Las repartimos… - Colin se giró y miró a todos los alumnos agrupados -. ¿Quiénes de ustedes tienen de esas bombas?
Muchas manos se elevaron, mostrando más de cincuenta esferas en total. Ron observó a Ginny, que tenía cuatro.
- ¿Tú sabías de esto?
- Olvidé contarte – replicó la chica.
Ron levantó una ceja. Estaba seguro que no se lo dijo por miedo a que se lo contara a Hermione, que desaprobaba las bromas de los mellizos porque infringían las normas del colegio.
- Ajá – murmuró el muchacho.
- ¿Vuelan como las snitchs? – quiso saber Hermione.
- Sí.
- ¿Y cómo funcionan? – preguntó Harry.
- Te revolotean encima hasta que le pegas para apartarlas y entonces explotan – explicó Ginny.
- Y si cuando una explota hay otra cerca, esa también explota – aclaró Lavender.
Harry frunció el ceño, pensativo, mientras los cristales de las ventanas del Gran Salón crujían por la fuerza de los maleficios que les lanzaban.
- Creo que es un buen plan. ¿Qué dice, Kirshton?
El elfo pensó un segundo y asintió.
- Podría funcionar. Si ustedes sueltan las bombas, nosotros sellaremos el lugar – dijo, mientras varias pequeñas cabezas asentían.
- No – replicó Ron.
- ¿Por qué no? – preguntó Ginny.
- Porque si no logran romper los cristales, habremos desperdiciado las bombas en un lugar al que no entrarán. Y si los rompen, quizás esas cosas salgan volando del salón antes de que ellos entren – aclaró el chico.
- ¿Entonces? – inquirió Hermione.
- Kirshton, ustedes siempre están por ahí y no los vemos. ¿Cómo lo hacen? – preguntó Ron al jefe de los elfos.
El elfo pareció dudar acerca de revelar los secretos domésticos, por lo que Dobby torció el gesto y se adelantó.
- Hay sitios que funcionan como pasadizos mágicos. Se activan solamente para los elfos que trabajan en Hogwarts y nos permiten entrar y salir de las habitaciones sin ser vistos – dijo, apartando la pila de gorros de sus ojos.
- Entonces, me parece que la mejor opción es sellar la puerta desde fuera. Si los mortífagos rompen los cristales, ustedes pueden aguardar a que entren para recién liberar estas cosas – Ron señaló las bolas doradas - y luego escapar por esos pasadizos – propuso.
El sonido de vidrio al resquebrajarse les llegó con claridad esta vez.
- Nosotros lanzaremos las bombas – afirmó Kirshton y extendió sus largos dedos para tomar las esferas que Ginny sostenía.
Harry miró a Dobby y se agachó para colocar su mano en el hombro del elfo.
- Ten cuidado, Dobby.
La pequeña criatura lo miró con profunda preocupación.
- No, es Harry Potter quien debe tener cuidado.
- Lo tendré – replicó el chico.
Una veintena de elfos entró entonces en el comedor y Kirshton se volvió hacia Harry.
- Las puertas quedarán selladas desde ahora. Nosotros lo haremos desde dentro. Ustedes háganlo desde afuera. Y no intenten entrar, no importa lo que escuchen.
Con un gesto de su índice derecho, las puertas se cerraron con violencia delante los alumnos.
Tras un momento, Hermione dio un paso adelante y apuntando su varita hacia las hojas de madera, murmuró un conjuro.
- ¿Alguien conoce más hechizos? – preguntó, lanzando otro encantamiento una vez que se conjuró el primero.
Un segundo después, la puerta y paredes del Gran Salón comedor de Hogwarts eran bombardeadas por conjuros varios, mientras quienes los murmuraban rezaban internamente para que funcionaran.
