Los personajes de esta historia no me pertenecen.

No obtengo beneficio alguno por escribir esto salvo mi propio entretenimiento.

AVISO: Este fanfic es YAOI (y será slash), si este género no te interesa o te resulta desagradable no lo leas y punto, comprendo perfectamente esa postura. Es un Aiolia/Máscara de Muerte.

Capítulo 2. En la Boca del Lobo.

Aiolia se estiró perezosamente y se restregó los ojos con una maldición mascullada. Había pasado una noche horrible, durmiendo a ratos y desvelándose sin motivo aparente. Tan solo había podido dormir profundamente en las últimas horas, apenas con las primeras luces del alba sin sol. Una mala noche, no era la primera de su vida y no sería la última.

El mas joven de los caballeros se volvió sin salir de la cama y con un gesto perezoso y descoordinado empezó a abrir la persiana instalada por el mismo en la ventana junto a su lecho. No era gran cosa, pero era todo un manitas, las manualidades siempre le habían gustado, constuir cosas, montar piezas... Aun guardaba unas peonzas que había tallado con apenas siete años, una sonrisa asomaba a su rostro siempre que las veía en el cajón, eran horribles y apenas podían dar un par de vueltas antes de caer al suelo torpemente equilibradas. Aiolos le había felicitado entusiastamente... pero jamas le había alentado a mejorarlas.

Aiolia gruñó y se cubrió la cabeza con las mantas, irritado por el pensamiento y todo aquello con lo que se relacionaba.

"Podrías haber sido carpintero". Le había dicho Marin, amazona del Águila, una vez. Si, podría haber sido carpintero, o mecánico... o cualquier otra cosa. Podría haber hecho muchas cosas con su vida.

"La diosa Athena te ha elegido, las estrellas te han bendecido con una armadura de oro, te ha sido concedido un gran honor."

Si, un gran honor. Nadie le había preguntado su opinión al respecto. Su hermano había estado orgulloso de él, y Aiolia había estado encantado con la idea de ser un caballero de oro como su amado hermano mayor, su única familia. Pobre. Como si de todos modos hubiera tenido elección.

¡Basta!. Aiolia apartó las mantas de un tirón y se incorporó. No servía de nada pensar tales cosas. Estaba orgulloso de ser un caballero de oro, le alegraba lucir la armadura de Leo y servir a la noble diosa Athena. Tenía cosas que hacer. Como cada mañana, dedicó un momento a mirar la foto de su mesilla, donde Aiolos le llevaba sobre los hombros.

- Buenos días, hermano.

Era otro día en el Santuario y Aiolia tenía tareas pendientes. Como por ejemplo Máscara de Muerte, esa era sin duda una tarea pendiente que se había pospuesto ya demasiado desde hacía años. Apenas una hora después, tras una ducha rápida y un desayuno frugal, Aiolia descendía al templo inmediatamente inferior.

Aquella barrera... Saga aun pensaba que debía andar tras ellos como una niñera. Saga y Aiolos habían sido los mayores, los guardianes de los demás aprendices de caballeros. Pero ya eran hombres hechos y derechos, podían y tenían el derecho de enfrentarse como y cuando lo deseasen. Máscara de Muerte y él tenían mucho que discutir sin que Saga tuviera que estar constantemente actuando para separarles.

Desde pequeño Máscara había sido el niño de Saga. De alguna forma este jamas le dejaba lejos de sus ojos vigilantes, no para malcriarle especialmente, pero siempre atento a él. Después de todo Saga, si bien amable, siempre había sido algo distante con todos ellos.

Y parecía que aquello no había cambiado, Máscara seguía siendo el objeto de la atención del caballero de Géminis. Como siempre mediando en todos los problemas que causaba el hombre de cabellos canos. Intercediendo por él en todo momento.

Podía recordar muchas ocasiones...


Hace quince años...

El pequeño niño de ensortijado cabello rubio montaba con alegría las piezas de madera, colocaba cada prisma según un misterioso esquema infantil. Al rato, tras varias pruebas y errores, una pequeña réplica de un templo griego se había formado con las hábiles manos del vital aprendiz de caballero. Aiolia, con seis años de edad, sonrió encantado, no podía esperar a llamar a su hermano para enseñarle su última obra.

Una sombra se perfiló sobre la hierba, el niño, y su pequeña obra de arquitecto. Aiolia alzó la vista, debía ser otro de los aprendices del Santuario, ojalá fuese Aldebarán, era un chico muy simpático y podrían jugar juntos, como otras veces, tenían la misma edad, con apenas unos meses de diferencia. Pero no era Aldebarán, el chico que se había acercado era mas delgado y llevaba el pelo negro corto y erizado. Conocía a aquel niño de inquietantes ojos rojos.

- Máscara...- Susurró.

Ese niño era malo. Siempre se metía con todo el mundo y decía palabras feas. Su hermano le había dicho que Máscara también era un aprendiz de caballero de oro, pero no se parecía en nada a los demás niños, este era malo, malo de verdad. Y siempre se metía con él, diciendole palabras feas e intentando pegarle. No comprendía por qué hacía esas cosas. Los demás niños del Santuario no tenían porque ser muy alegres, como el serio Shura, pero ninguno era muy malo... bueno, Afrodita a veces decía muchas mentiras para enemistarles con bromas pesadas pero siempre se solucionaban.

Pero Máscara no, aquel niño de nombre raro era sencillamente malo.

- ¿Qué haces, mocoso?

Solo tenía tres años más, bueno, en realidad apenas dos, porque cumplían años muy cerca. Pero a esas edades parecía mucho más, y Máscara siempre se lo echaba en cara.

- Construyo.- Aiolia se puso en pie y apretó sus pequeños puños en sus costados, preparado para lo peor por parte de aquel niño.

- ¿No deberías estar entrenando?. No estas aqui para jugar, mocoso.

Máscara parecía estar de muy mal humor, ni siquiera tenía esa sonrisa cruel que acompañaba sus habituales bromas pesadas. No, el niño le miraba con enfado e incluso arrugaba la naricilla como un animal.

- Entrenaré después, cuando vuelva mi hermano.

Mencionar a su hermano le dió fuerzas, debía ser fuerte, igual que su hermano. Se plantó decidido a no mostrar miedo.

- Claro, tu hermano.- Máscara dió un paso y se encaró, aprovechando su mayor altura sobre el pequeño Aiolia.- Tu hermano.

Lo decía con un desprecio palpable. A Máscara no parecía gustarle Aiolos. Era un niño muy raro¡todo el mundo quería a Aiolos!. Muchos le decían que les gustaría ser también los hermanos pequeños de Aiolos, que les enseñaba cosas y jugaba con ellos, y les contaba historias y cuentos...

Sin mediar mas insultos, Máscara dió una patada a la construcción desperdigando las piezas por el suelo. Aiolia miró la destrucción desolado por la pérdida, no se trataba de no poder volver a hacerlo, sino de la injustificada destrucción de algo bonito fruto de su esfuerzo y su alegría.

- ¿Por qué has hecho eso?

- Porque puedo, mocoso.

- ¡Eso no es justo!

- ¡Nada lo es, mocoso idiota!.- Y Máscara empujó a Aiola con brusquedad.

Aiola respondió inmediatamente, como le era habitual, el pequeño subsanaba su menor tamaño con una gran ferocidad, propia de un signo de fuego. Se lanzó contra el cruel aprendiz de Cancer sin cuartel, y este no se quedó atrás. En sus anteriores enfrentamientos no habían pasado de insultos y un par de empujones, esta vez algo cambió, Máscara no se limitó a recibir y dar empujones o tortas. Atacó como una bestia, a patadas e incluso mordiscos, y Aiolia, sorprendido, respondió por instinto con las mismas armas.

Súbitamente su cara se encendió en un estallido de dolor. Aiolia gritó aterrorizado y dolorido, Máscara le acababa de golpear en la nariz y esta empezó a sangrar abundantemente. El niño se dejó caer al suelo y empezó a llorar desconsoladamente. No era que fuese la primera vez que sufría un daño físico, el entrenamiento para ser caballero era duro incluso cuando aun eran pequeños, pero hasta ahora nunca había sido en una pelea de verdad, ni con sangre. Y Máscara se cernía sobre él con aquella expresión de ciega furia...

- ¡Máscara, detente ahora mismo!

Saga, el caballero de Géminis, llegó a la carrera junto a ellos y tuvo que agarrar a Máscara para evitar que intentara patear al sollozante Aiolia.

- ¡Basta!

Saga levantó a Máscara del suelo, de modo que este solo pudo patalear en el aire gritando todo tipo de improperios totalmente inadecuados para un futuro caballero de Athena, por fortuna blasfemaba en italiano y tan solo Shura, el niño español, hubiese podido entender ligeramente lo que decía. Finalmente pareció calmarse y Saga le dejó en el suelo para acudir en ayuda de Aiolia, que ahora lloraba mientras se miraba las manos cubiertas de sangre por haber intentado limpiarse la cara.

- Calma.- Saga le sujetó la mandíbula para mirar el daño.- No es mas que un susto, no te ha roto la nariz, cálmate.

No tenía la ternura que podía tener Aiolos, pero Saga tenía un porte tan noble y calmado que Aiolia obedeció al segundo. El adolescente de larga melena rubia le examinó con rapidez y procedió a ponerle un pañuelo sobre la nariz e indicarle que lo sujetara.

- Tu hermano vendrá enseguida de la reunión con el patriarca, no te suenes la nariz y respira por la boca. No te tapones la nariz ni levantes la cabeza. ¿Entendido?

- Zi... segnor...- Contestó Aiolia como bien pudo.

Sus ojos se apartaron de los de Saga para mirar a Máscara, el otro niño tenía los labios hinchados por un puño que le había dado y le sangraban las encías, pero no parecía importarle, se limitaba a mantener la mirada clavada en el suelo, pero se percibía que aun estaba realmente enfadado, parecía querer fulminar la hierba. Saga se acercó a Máscara e hizo el ademán de cogerle de la mano, pero el pequeño se soltó de un manotazo arisco. Aiolia no daba crédito, Saga era un caballero poderoso y serio pero gentil, y desde luego nadie se hubiera atrevido a rechazar de esa manera una mano amiga de aquel hombre (pues pese a su juventud era un caballero de oro, y por lo tanto un hombre pleno).

- Máscara.- Su voz sonaba entre exasperada y cansada.- No lo hagas mas dificil de lo que...

El aprendiz de Cancer no hizo caso, les dió la espalda y echo a andar alejándose de ellos para ser seguido por Saga, que dedicó una afectuosa palmada en la cabeza a Aiolia antes de echar a andar para alcanzar al díscolo niño de ojos rojos.


Días presentes...

Máscara siempre buscaba pelea, sino era con él era con otros. No era raro verle magullado por las ocasiones en que enfurecía a alguien tan fuerte como él o más, de hecho durante un tiempo su rival mas habitual había sido Shura de Capricornio, después Milo de Scorpio... se peleaba con cualquiera que respondiera a sus provocaciones hasta que estos dejaban de responder, ignorándo sus ataques verbales. Pero siempre había reservado algo de su tiempo para verter el veneno de su afilada lengua sobre Aiolia.

El caballero de Leo frunció el ceño, irritado por el recuerdo de que rara vez Máscara había sido castigado por su comportamiento. Saga siempre se había limitado a apartarle de los problemas que causaba sin otra cosa que una reprimenda y reproches decepcionados. De hecho, ahora que Aiolia pensaba en ello, también su hermano había actuado de forma permisiva, con broncas mas duras que las de Saga pero nunca con la dureza debida.

De hecho Aiolos había sido tan cariñoso con Máscara como con todos los demás niños, había sido un hombre alegre, cariñoso, y siempre había dedicado su tiempo libre a educar a su hermano y unir a todos los aprendices con juegos.

Máscara era un cretino egoista que devolvía mal por bien y siempre se había salido con la suya. Un malcriado, un mantón que se había convertido en un asesino y un traidor. Quizá se había sacrificado con todos en el muro de los lamentos, pero su caracter no había cambiado en absoluto, Athena le perdonaba, pero eso no significaba que todos debieran hacerlo. Aiolia no perdonaría a aquel animal.

Cuando llegó al templo de Cancer, Aiolia estaba lívido de rabia por los recuerdos exaltados. Tendría una maldita explicación o una pelea, y esperaba lo segundo, y lo mas probable era que fuese lo segundo.

Las puertas del templo estaban abiertas y no quedaba rastro de la barrera cósmica. Perfecto. Atravesó el umbral con paso firme, dispuesto a terminar con todas las disputas de una vez por todas, pero un total silencio le recibió. Máscara de Muerte no estaba en casa. Aiolia inflamó su cosmos para hacerse anunciar en el templo pero nadie respondió.

Maldita fuera su suerte. Aiolia dió una patada con rabia, e inmediatamente si sintió culpable por haber golpeado uno de los rostros humanos. Claro que era imposible no pisarlos, estaban por todas partes, rostros petrificados que surgían como grotescos adornos en las losas de piedra. Muchas veces se había preguntado cual era el origen de aquellas máscaras¿era el poder de Máscara el que unía el alma de sus víctimas con su templo¿las esculpía él mismo o algo aun peor¿arrancaba acaso la cara de sus enemigos para emparedarlas después?. Cada opción era mas cruenta que la anterior.

Y la niebla... surgía en el templo como lo hacía en las películas de terror. Una neblina tenebrosa en la penumbra de un templo que carecía de ventanas. Solo faltaba el ruido de cadenas y aullido de los lobos. Máscara era un loco, un enfermo mental. Nadie en su sano juicio viviría en un lugar así.

"Quizá tampoco tiene elección.". La voz de su conciencia y sus reproches solía sonar sospechosamente similar a la de su hermano mayor.

Según las leyes del Santuario invadir el templo de otro signo en ausencia de su guardián era una grave falta de respeto, pero era una ley no escrita, algo que sencillamente se aceptaba. En aquel momento a Aiolia no podía importarle menos, avanzó en la oscuridad, si tentía que aguardar a Máscara en su propio templo lo haría.

El ambiente era opresivo, entre la "decoración" y la niebla. Era desconcertante, una vez te internabas era facil perder la orientación. Se pronto, mientras caminaba en busca de las estancias interiores casi se dió de bruces con una pared. Las zonas domésticas del templo. Siguió la pared hasta dar con la entrada. Esta era una puerta reforzada, una versión en menor escala del portón de la entrada, el símbolo de la luna llena estaba incrustado en nacar, y realmente parecía el hermoso astro nocturno. Resultaba incongrugentemente delicado y hermoso para aquel lugar. Pero a fin de cuentas la constelación de Cancer era la casa de la Luna.

Empujó la puerta y entró en el interior.

Aiolia había esperado algo tan siniestro como el resto del templo, a decir verdad siempre lo había imaginado como el castillo de Drácula, con cuadros tenebristas, cortinas negras... pero el interior era sencillamente, frio. No había cuadros en las blancas paredes ni alfombras en el gastado suelo de baldosas, ni una triste mesilla en la entrada, de hecho Máscara, o algun otro caballero anterior, se había limitado a clavar una alcayata en la pared para colgar unas llaves.

Al pasar al salón encontró una situación absolutamente caótica, y eso era mucho viniéndo del caballero de Leo, que tenía su propia idea del orden. Libros apilados en suelo junto a discos de música en LP y un tocadiscos antediluviano en una mesilla. Varios baules desperdigados por la habitación sin ton ni son, como si fueran objeto de una mudanza reciente. Apenas un par de fotos se sostenían en la pared con pegamento y dos sofas totalmente dispares entre sí estaban puestos en medio del caos de objetos desperdigados.

Al entrar se percató de que uno de los sofas tenía un ocupante envuelto en mantas. Máscara. Debía estar profundamente dormido para no haberle percibido en absoluto. El hombre estaba tendido en el sofá, envuelto en una manta como en un capullo, siendo visible apenas su cabeza apoyada en un almohadón.

Aiolia se arriesgó a acercarse. Máscara ni siquiera se removió, seguía dormido, respirando profundamente. Incluso dormido tenía un gesto endurecido, tenso, la angular mandíbula rígida y el ceño levemente fruncido. Además parecía que había pasado una mala noche a juzgar por las ojeras que lucían sus ojos cerrados.

Los muertos no cumplían años de modo que ahora mismo, extrañamente, ambos tenían la misma edad, ventitres años. Tenía gracia, pero no tenía importancia porque de todos modos Máscara siempre había parecido diez años mayor de lo que era en realidad . Su cabello, que en el inicio había sido negro, había empezado a encanecer prematuramente cuando apenas había tenido quince años, tornándose gris oscuro y poco a poco aclarándose en tonos mas blancos con el paso de los años. Eso unido a sus rasgos duramente masculinos de nariz marcada le habían dado un aspecto mas maduro pese a su juventud. Había rostros que parecían modelados en arcilla, el de Máscara parecía haber sido tallado en madera sin pulir.

Era un hombre extraño, diferente, uno de esos hombres con los que te cruzas y te vuelves a mirar, no porque fuese guapo, sino atractivo en una primaria y feral manera, sobre todo con esos rasgos curiosos, el pelo gris claro espeso y erizado como un puercoespín, los ojos rojo intenso... Aiolos desvió la mirada del rostro durmiento, sintiendose incómodo por observar de esa manera a alguien que dormía. Observó el desorden de la habitación, era como una casa de mudanza, pero era obvio que Máscara no se iba a ninguna parte, aquel lugar era sencillamente así todo el año.

Las fotos. Resaltaban poderosamente en las paredes desnudas, ni siquera tenían marco, pegadas de mala manera. Eran viejas y gastadas.

Una era una foto de grupo realmente vieja, los doce reunidos el día de año nuevo. Estaban todos, incluido Aiolos, de hecho Aiolia conocía esa foto, pués todos habian recibido una copia y él la guardaba en su album de fotos. Realmente estaban todos, incluso el gran patriarca Shion. Los niños se habían puesto sus mejores túnicas para aquel año nuevo, había sido el primer año que se habían reunido todos los elegidos por las armaduras de oro al llegar los últimos elegidos, Camus y Aldebarán, y confirmarse que Aiolia sería el aprendiz de Leo, de modo que Aiolos había decidido que sería un hermoso detalle hacer una foto de grupo.

Había sido divertido. Allí estaban todos, él mismo estaba en brazos de su hermano, con una enorme sonrisa, tan jóvenes, no habrían tenido mas de cinco años, cielos, incluso Máscara parecía un niño más, con una expresión de simple extrañeza, ni rastro de la malicia que acabaría apareciendo. Demasiado jóvenes, ahora que lo pensaba no podía creer que les hubieran obligado a aceptar semejante destino, ser caballeros de oro... era antinatural.

La otra foto era de unos años después, reconocía el estilo, todos los caballeros de oro habían tenido una foto personal el día que habían recibido al fin sus armadura. En la antigüedad habían sido cuadros, ahora era natural y menos costoso hacer una foto. Un joven Máscara adolescente lucía la lustrosa armadura de Cancer, su gesto era feroz, arrogante, menos duro que el actual pero mas malicioso si cabía. Bastardo despreciable.

Lo que estaba claro era que no era el momento de discutir con Máscara. Aunque, demonios, le tentaba la idea de despertarle a golpes y exigir una revancha por todos aquellos años de insultos y puñaladas por la espalda.

"Tienes la sangre corrupta de un traidor."

Echandole en cara la falsa traición de su hermano mayor a la menor ocasión.

"Eres un error, no eres digno de estar entre nosotros."

Riendose de él con el mas profundo de los desprecios.

"Patético mocoso, tu hermano ya no está aqui para protegerte, está muerto y pudriéndose al sol."

Siempre abriendo las heridas mas dolorosas sin el menor remordimiento. Y ahora dormía profundamente, sin que le importara el dolor que causaba o la sangre que manchaba sus manos. Aiolia se preguntó si Máscara había conocido la traición de Saga cuando Aiolos había sido asesinado por el complot del falso patriarca.

Fulminó con la mirada el bulto de mantas y sus manos se cargaron de electricidad estática, casi zumbando audiblemente.

Pero no, no iba a rebajarse al nivel de Máscara atacando a un hombre dormido. Bufó con rabia mal contenida, a veces le costaba demasiado actuar según lo correcto. Se apartó mirando a su alrededor para centrar su atención en otra cosa que no fuera el hombre al que tanto odiaba, dándole la espalda. Su cosmos traslucía su ira y de haber habido aparatos electricos estos habrían experimentado cortocircuitos.

Tenía que marcharse de allí antes de hacer algo de lo que podría arrepentirse.

- Esto ha sido una estupidez.- Murmuró para sí.

- No sabes cuanto.

Aiolos sintió el aliento en la nuca y solo tuvo que volver el rostro a un lado para ver a Máscara, de pie a su espalda con la barbilla practicamente apoyada en su hombro.

La sonrisa demoniaca de Máscara de Muerte prometía que sus palabras eran ciertas.


Nota de la autora: ¡Que alegría me han dado los reviews, Aibunny, Dai-praesepe, Leslie Rebeka, Andrea Zathor!. Todo nombres conocidos, muchas gracias, me han hecho muchísima ilusión. : )

Realmente sabeis bien que esta pareja se odia y se llevan a matar, y estos primeros capítulos me va costar mucho cambiar eso, pero eso lo hará muchísimo mas interesante y apasionado. Me va a costar, pero va a ser algo que me va a gustar hacer.

Haré algunos flashbacks mas de la infancia, me ha inspirado bastante el fanfic "Leche" de Dai-praesepe, y también una galeria de imágenes de esa época. Me temo que no se ahora de que página web eran, pero para el próximo capítulo me informaré un poco. De todos modos acabo de poner otra entrada en el blog con un par de imágenes.