CAPITULO OCHO.- Esperanza
El estudio donde Harry pintaba era una bella habitación que transmitía una placentera sensación de paz, pero al mismo tiempo imponía cierto respeto, tal vez porque era un lugar sagrado para el moreno, por lo tanto de alguna manera le parecía que estaba invadiendo un recinto destinado a alabar la obra que las manos de Harry se encargaban de crear, pero al mismo tiempo podía sentir como propios los sentimientos y pensamientos que el moreno vertía en cada uno de sus lienzos.
El lugar estaba constituido por una amplia habitación, de techos altos y pisos de madera, iluminada por una cálida luz generaba el ambiente idóneo para pintar.
Pegada a la pared se encontraba una larga mesa manchada de pintura y con todo tipo de pinceles y tizas de colores; aquí y allá se veían lienzos pequeños e inmaculados y grandes latas abolladas llenas de trementina y aceite de linaza.
Le gustaba ver como su pareja era absorbido por una gama de colores que le llamaban, que le envolvían hasta ser partícipes de aquellas maravillosas obras, donde transmitía viejos recuerdos, sensaciones, sueños y deseos…
Y era una muestra de estos últimos lo que observaba con detenimiento.
Con los labios fuertemente apretados, las manos cerradas en puño encajándose las uñas, los ojos grises observando fijamente ese punto que hacía que algo dentro de él se retorciera con fuerza.
El enorme caballete se imponía ante él como si una bestia dispuesta a atacarlo se tratase.
Sin embargo, no había tal bestia, ni siquiera algo que representara algún peligro para su integridad física, no, no había nada que atentara contra su vida, al menos no de esa forma…
Pero había algo en ese dibujo que podía destruirlo y no sólo a él, sino a la persona que más amaba, destruir la felicidad que tanto les había costado, destruir incluso… el amor que se profesaban.
Enojado y frustrado, desvió su vista del dibujo para posarla sobre algunas de las otras pinturas que Harry había creado.
Una llamó su atención.
En ella se encontraban los tres integrantes de una familia, su familia.
El fondo era el mismo que la sala de su hogar, donde resaltaba el sofá de tres plazas situado junto a la chimenea que en ese momento crepitaba. Ambos yacían acostados sobre ese sofá; él rodeaba a Harry con uno de sus brazos, mientras el moreno apoyaba su cabeza sobre el pecho de Draco, también sobre su pecho y hecha un ovillo se encontraba Isis, quien en ese momento tenía la piel de un color verde oscuro.
Suspiró abatido.
Sus ojos volvieron a posarse sobre el dibujo que la tarde anterior su moreno había creado y el cual seguramente había sido el detonante para que Harry sufriera de esa forma. La expresión de su rostro cambió drásticamente, pasando del enojo a la profunda tristeza.
Los ojos grises perdieron su brillo al admirar, no a la bestia de hace un momento, sino a la pequeña criatura nacida del corazón de su pareja.
Un hermoso y pequeño bebé.
El trajecito azul cielo brillando ligeramente gracias a los matices que Harry le había dado, las manos y piernas regordetas en un tono muy claro, dándole la apariencia de una piel pálida, el pequeño rostro de rasgos afilados y aristocráticos, justo como los heredados por su familia; una suave sonrisa se dibujó en sus propios labios cuando notó la silueta de una cabellera negra que parecía imposible de peinar.
Sin poder evitar el impulso que le obligó a hacerlo, su brazo se extendió, temblando ante lo que estaba a punto de hacer, hasta que su mano tocó el lienzo donde se dibujaban las facciones del rostro: sus dedos acariciaron con lentitud los pómulos finos y sonrosados, delinearon los pequeños labios ligeramente rojizos y curvados en una tierna sonrisa, ascendió hasta llegar a la nariz respingada y por último, los ojos color plata…
Unos ojos idénticos a los suyos.
¿Era así como Harry se imaginaba a su hijo? ¿Al hijo de ambos?
No pudiendo soportar más, alejó su mano de aquel dibujo. Desvió su vista no queriendo consumirse por el dolor que comenzaba a agobiarlo, su mirada estaba empañada, pero no lloraría, ya habían sido suficientes lágrimas, tenía que conservar su entereza, o entonces ambos caerían, Harry junto con él.
Se dirigió al piano situado un poco más lejos, llegando a él se sentó en el banquillo. Una de sus manos se deslizó sobre las teclas en una caricia fantasmal. Acomodando sus manos sobre las piezas blancas se dispuso a exteriorizar sus emociones a través de sus acordes.
Las primeras notas comenzaron a envolver el ambiente, ricas, resonantes, suaves…
A medida que la melodía avanzaba, la desesperación lo hacía también; la fuerza de los acordes se incrementaba junto con el dolor que acechaba su alma.
Los sonidos poseían un sonido vibrante, melancólico y… anhelante, tal y como su corazón estaba en ese momento.
Sus manos acariciaban el teclado con una suave precisión, los ojos cerrados, perdido en la vorágine de sus sentimientos expresados al tocar, el cabello platinado cubriendo sus ojos, ocultando las lágrimas que se empeñaban en salir.
Lagrimas que la persona postrada tras el otro lado de la puerta no pudo retener por más tiempo en sus ojos verdes.
oOoOoOoOoOo
Querido Harry,
Lamento no haber escrito con mayor frecuencia, pero últimamente las cosas aquí han estado algo ajetreadas. ¿Recuerdas cuando mencioné que estaba aprendiendo magia ancestral con un amigo de mi abuelo? Pues bien, en una de las lecciones sucedió algo realmente extraño, que tiene confundidos a la gran mayoría de los sabios. Verás, en uno de los ritos de purificación, al invocar a los cuatro elementos de la naturaleza, (ya sabes, lo que en el Cosmos se traduce como substancias primeras, Fuego, Aire, Agua y Tierra); éstos se mezclaron de forma realmente sorprendente, y en lugar de envolver a quien sería purificado, formaron sobre la tierra las figuras entrelazadas de un dragón y un león, lo curioso del asunto es que ambas figuras estaban como talladas sobre la superficie, pero el dragón tenía el relieve cubierto de hielo y de la figura del león se desprendían pequeñas llamas, algo que dice mi abuelo no se veía desde hacía casi mil años, cuando los elfos aún convivían con los magos.
Seguramente te preguntarás que tiene que ver esto con que yo no te haya escrito, la verdad es que el episodio que te acabo de relatar me tiene realmente intrigada, y he decidido investigar más sobre ello, lo que me hace pasar la mayor parte del día estudiando viejos pergaminos y todo tipo de leyendas, y lo que hasta ahora he encontrado es realmente fascinante, cuando te vea te platicaré un poco más sobre ello. Porque ahora voy a mencionar el motivo de esta carta, el cual es el avisarte que tal vez en un par de meses me tengas por allá de visita, eso si logro despegarme de estos libros y logro convencer a Marrianne de que me acompañe. ¿Sabías que Marianne ha terminado sus estudios? ¡¡Ahora es una especialista en mitologías antiguas!! Si vieras todas las leyendas que me cuenta en sus cartas, quedarías tan sorprendido como yo.
Bueno, no te entretengo más, sólo te digo que antes de regresar a Londres enviaré un mensaje, para que mantengas a ese dragón tuyo bien domadito, no vaya a ser que le regresen los celos compulsivos, y dile a Isis que le llevaré un par de gnomos chinos, verás que le encantarán. Saluda a Ron y Hermione de mi parte.
Besos,
Cho.
La chica con rasgos orientales volvió a leer la carta, asegurándose de haber escrito todo lo que quería contarle a Harry. Al certificarse que esencialmente todo estaba correcto, enrolló el pergamino y lo ató a la pata de una lechuza parda y tras darle las indicaciones para hacerle llegar esa carta a Harry Potter, la vio partir surcando el horizonte.
Hacía un par de años que no veía a sus amigos en Londres, y aunque se mantenían en contacto a través de cartas y algunas conversaciones vía flu, eso no impedía que los extrañara.
Después de la guerra contra El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado, específicamente cuando Harry había sido secuestrado; Marianne, Hermione, Ron, Draco, Harry y ella, habían formado un grupo muy unido, que si bien habían tomado caminos distintos y algo alejados unos de otros (como en su caso), aún seguían en contacto, tratando de que su amistad no se perdiera en la distancia. Era por eso que ahora estaba muy interesada en regresar a Londres, quería reunirse con todos ellos y charlar como en los viejos tiempos, tomar un café o ir a algún lugar para bailar y divertirse.
Además, estaba el pequeño asunto del ritual de purificación, y si lo que ella y Marianne suponían, era correcto, necesitarían estar en Londres lo antes posible.
Suspiró.
Estaba muy cansada, y necesitaba un buen y merecido descanso.
-¡Cho! – escuchó que le gritaban –. ¡Tu abuelo necesita que vayas con él! ¡Corre niña, corre!
Realmente le hacía falta relajarse.
oOoOoOoOoOo
De pie en medio de una de las bodegas en donde guardaban parte de las bromas que vendían, sus ojos azules permanecían fijos en la nueva producción de bromas y juguetes que pronto saldrían al mercado.
Se trataba de una nueva gama que iba dirigida hacia bebés y niños menores de cinco años; era un mercado al que nunca habían pensado acceder, pero la demanda era mucho y ellos habían tenido que responder, y luego de haber contado su experiencia con Adam a Fred y George, ellos habían ideado una serie de juguetes que estaban en fase de prueba.
Precisamente en ese momento se encontraba probando uno de los nuevos artefactos, que consistía en una esfera transparente con dos diminutos alas, muy semejante a una snicht, pero hecha de un material que asemejaba al cristal, sin embargo, en su interior contenía un conjuro de luminosidad que cambiaba de color, hecha para iluminar la habitación de los niños por la noche para que no quedara en penumbras, además contaba con otro conjuro que al activarlo, diversas melodías brotaban de la esfera, algunas eran arrullos para dormir al pequeño, otras eran más alegres para invitarlo a reír, además tenía otro encantamiento para levitar a determinada altura y no escaparse de un determinado radio alrededor del niño.
Sin embargo, Sirius no prestaba atención a la melodía ni al revoloteo de la esfera, sus pensamientos estaban muy lejos de ahí, para ser exactos se encontraban centrados en Harry.
Desde la visita que había hecho a su ahijado y en donde había intentado ser niñero de Adam, un pensamiento no había dejado de rondarlo, un pensamiento que le atormentaba y le hacía retomar aquella actitud en contra de Draco Malfoy por haber privado a Harry de la oportunidad de ser padre.
Harry nunca podría ser padre si continuaba al lado de esa serpiente; él lo había visto con Adam, la forma en que sus ojos se iluminaban al verlo, el como lo tomaba en sus brazos y le cuidaba, ahí estaba ese sentimiento, la necesidad de tener un hijo, ese deseo que ahora se tornaba imposible.
Hizo a un lado la esfera que revoloteaba frente a su rostro.
¿Qué diría James de todo esto? ¿Qué haría Lily?
No solo Harry se estaba privando de la oportunidad de formar una familia propia, sino que estaba privando al apellido Potter de tener un descendiente, una de las pocas familias que cuya ascendencia se remontaba desde milenios antes de la era de Merlín se perdería si Harry no llegaba a tener un hijo propio, un hijo de su sangre, de su magia.
Él fue testigo de cómo Malfoy, Snape y Dumbledore lucharon contra las cláusulas mágicas que rodeaba a la mansión Malfoy para que aceptara a Harry como un integrante de la familia, y aún recordaba el enojo y la humillación que sintió cuando sólo esa mansión fue objeto de tan minuciosos encantamientos que hacían quedar a Harry como "el amante" en lugar de "el esposo", ¿y la mansión de James? ¿Y las propiedades de los Potter? ¿Por qué nadie se acordó de hacer las mismas modificaciones para que Malfoy fuera "el amante de Potter"? Eso solo dejaba a Harry como un arribista, como… un cualquiera
¡¡Y Harry se merecía mucho más!!
Y lo peor de todo era que nadie se había molestado en explicarle a Harry todo lo que conllevaba el que casi hubiera renunciado a su apellido, porque cada vez que él había intentado hablar del tema con su ahijado, Remus o Dumbledore se lo impedían y le habían hecho jurar que no le diría nada hasta que llegara el momento, ¡¿y cuando llegaría ese maldito momento?! Estaba cansado de esperar y de ver como Harry vivía en una burbuja de felicidad que en cualquier momento podría romperse y salir lastimado, y temía que las heridas fueran tan profundas que no pudieran sanar.
Tenía miedo…
Y no sabía que hacer…
oOoOoOoOoOo
-¿Eso es todo, Janeth? – preguntó Draco Malfoy al terminar de firmar los documentos que su secretaria le presentaba.
-Si Señor Malfoy – respondió la chica
-¿Alguna novedad acerca del Consorcio?
-Ninguna, los contratos aún se están redactando de acuerdo a lo acordado la reunión pasada, y el informe acerca de las modificaciones a la Ley de Rechazo de Criaturas Mágicas será enviado esta tarde, señor.
-De acuerdo, es todo Janeth, puedes retirarte – la chica asintió mientras tomaba los documentos ya firmados.
Una vez solo, Draco se permitió relajarse por un momento. Recargó por completo su espalda en el respaldo de su silla, luego aflojó un poco su corbata y finalmente cerró los ojos.
En ese mismo instante, tras sus párpados cerrados, una imagen tomó forma en su mente: el cuadro que Harry dibujó y que él había estado observando esa mañana.
Una de sus manos se enterró entre sus cabellos, en un gesto que normalmente expresaba nerviosismo.
Después de la noche en que él y Harry habían hablado de lo que pasaría cuando Adam Cartier regresara con su madre, las cosas entre ellos habían estado un poco... tensas.
No habían hablado específicamente de lo que realmente significaba la partida del banshee, y pese a las palabras exactas, Draco sabía que Harry lo había comprendido todo, prueba de ello era el cuadro que había dibujado y las lágrimas que derramó la noche anterior cuando lo encontró en el estudio, seguramente producto de haber comprendido lo que ese dibujo significaba, y lo imposible de su deseo.
Un deseo que, por supuesto, Draco compartía.
Él también deseaba un hijo, y su deseo contenía la misma fuerza e intensidad que el deseo de Harry, pero era conciente de que se trataba de un imposible. Por eso mismo se había opuesto con tanto ahínco a encariñarse con ese bebé, porque sabía que al final sería aún más doloroso para él, pero no pudo hacer nada contra la decisión de su pareja... y ahora...
Ahora estaban en un punto crítico de su relación.
No podían continuar de esa forma, evadiendo el tema que los tenía en esa situación de dolorosa resignación, debía de existir alguna manera de resolver lo que les sucedía, de lo contrario...
No, no quería pensar en las consecuencias, mejor no pensar en eso.
Draco permaneció en la misma posición por unos minutos más. Sus ojos de plata reflejaban la lucha interna que se desarrollaba en ese momento. Tenía muchas cosas en que pensar, y lamentablemente ya no podía continuar ignorándolas, pues era conciente de que entre más tiempo pasase, más doloroso sería.
Con un suspiro de frustración y con la elegancia que siempre lo había caracterizado, se puso de pie, tomó su capa, se dirigió a la chimenea, tras tomar un puñado de polvos floo se introdujo en ella para luego arrojar los polvos, pronunciando con voz clara:
-Despacho del Profesor Snape.
Enseguida llamas azules rodearon su cuerpo, para ser transportado al interior de Hogwarts, más específicamente a las mazmorras.
Llegó al despacho de su ex-profesor. Se sacudió un poco de cenizas que habían osado caer sobre su capa, y procedió a adentrarse por el lugar.
Desde siempre él había sido uno de los privilegiados en tener acceso al despacho de Severus Snape, y cuando salió de Hogwarts eso no había cambiado. Desde su despacho y casa tenía abierta una red floo privada que daba directamente hacia ese lugar, tenía entrada libre para ir y venir en cualquier momento, así que sabía que Severus no se molestaría si llegaba de improviso.
Buscó a Severus con la mirada sin encontrarlo, tal vez se encontraría impartiendo alguna clase. Hizo un gesto desinteresado. Bien, sino estaba, él buscaría la forma de distraerse.
Así que recordando el maravilloso laboratorio que Severus poseía, se dirigió hacia él. Llegó hasta el armario donde guardaba los ingredientes, Snape poseía su propio material privado, el cuál incluía, entre otras cosas, materiales no disponibles en la estantería de cualquier estudiante promedio, incluso, muchos de los ingredientes eran dificilísimos de encontrar, como pueden ser cuernos de bicornios o pieles de serpientes arbóreas africanas.
Tras hacer una minuciosa inspección, se decidió por hacer el "Filtro de la Paz", sólo Merlín sabía que lo necesitaba con urgencia en ese momento.
Así que preparó el caldero junto con el fuego, tomó algunos frascos con ingredientes entre los que se encontraban polvo de ópalo y jarabe de eléboro; los acomodó todos en el orden en que los utilizaría. Estudió la pequeña balanza de cobre hasta estar seguro de que no tenía ninguna falla y mediría correctamente los ingredientes. Con todo lo necesario listo, comenzó con la preparación de la poción.
Una figura se quedó estática, con la mano en la puerta de su despacho, sin acabar de empujarla del todo. No obstante, desde ese ángulo podía ver perfectamente al joven sin ser visto. Draco tenía el rostro inexpresivo, y para alguien que no lo conociese como él lo hacía, pensaría que sólo estaría perdiendo el tiempo en hacer una poción, pero él sabía que no sólo era eso.
Algo no iba bien.
Observó con detenimientos los ingredientes alineados pulcramente, Draco estaba elaborando el "Filtro de Paz", una poción que calma la ansiedad y alivia los nervios, sólo ese era un motivo suficiente para saber que Draco no se encontraba tan tranquilo como aparentaba.
Lo vio remover tres veces en sentido contrario a las agujas del reloj, lo dejo hervir a fuego lento durante siete minutos exactos y luego añadir dos gotas de jarabe de eléboro.
Sin duda, Draco era extraordinario en el área de hacer pociones, no sólo lo demostraba en la medición precisa de los ingredientes, ni en la sincronía de sus movimientos, no, lo demostraba en la elegancia de cada movimiento que realizaba, exudando seguridad, pero sobre todo, disfrutando de lo que hacía, obteniendo la tranquilidad y serenidad que buscaba, no en la poción, sino en el proceso de hacer la poción, convirtiéndolo todo en un arte incapaz de pasar desapercibido.
Draco tendría un futuro donde el éxito y el renombre estarían asegurados si hubiese aceptado aquella propuesta de Dumbledore para aceptar la plaza de Profesor de Pociones en la Universidad Mágica de Londres, simplemente con un poco de tiempo y con esa obstinación tan característica de Draco, él hubiera sobresalido en el campo de la Investigación en Filtros y Pociones, y la mejor prueba de ello era la poción para comprender el pársel en la que se encontraba trabajando.
Pero lamentablemente el apellido Malfoy no sólo traía consigo los beneficios de una posición acaudalada, sino también el rigor de ciertas normas que debía cumplir.
Y seguramente por una de aquellas normas, Draco se encontraba en su despacho, tratando de ahogar el estrés en el "Filtro de Paz", y podía asegurar aún más que el motivo de ese estrés tenía nombre y apellido:
Harry Potter.
Aunado el hecho de cierta criatura recién ingresada a la "familia" de Draco.
Bien, había esperado esa visita desde hacía tiempo, al parecer la llegada de ese chiquillo había hecho que al fin el orgullo Malfoy cediera. De acuerdo, era hora de hablar con Draco seriamente.
Entró a su despacho justo cuando Draco extinguía la flama debajo del caldero, el joven Malfoy le lanzó una mirada de reojo al mismo tiempo que servía un poco de poción en una copa y la dejaba enfriar sobre la mesa.
-Buenos días Draco – lo saludó Severus
-Buenos días Severus
-Inesperada visita –le dijo después de unos instantes –. ¿Ya comiste?
-Aún no.
-Bien, ordenaré algo para los dos. No tengo ánimos de soportar el alboroto en el Gran Comedor
Draco sonrió burlonamente, una de las cosas que Severus seguiría odiando en este mundo, sería el escándalo que los alumnos provocaban en el Gran Comedor.
Tras unos minutos en donde un afanoso elfo doméstico les sirvió la comida, ambos hombres se sentaron uno frente a otro en la salita de las habitaciones de Severus.
Draco comía en silencio, degustando sin mucho interés los platillos.
-¿Y bien? – preguntó Severus al cabo de unos minutos de haber terminado. Draco observaba la copa de bronce en donde el "Filtro de Paz" reposaba –. Supongo que no habrás venido hasta mi humilde morada sólo para hacer una simple poción que bien podrías haber hecho en ese maravilloso laboratorio que tienes en tu casa, ¿cierto?
Ante la mención de su casa, su pensamiento rápidamente se enfocó en aquel dibujo hecho por Harry. De un solo movimiento se llevó la copa a los labios y bebió su contenido.
-Tomaré eso como un "las cosas no esta bien en casa" – le dijo Snape con sarcasmo, para luego ver como Draco depositaba la copa sobre la mesa con un golpe sordo –, y eso como un "tienes toda la maldita razón"
Draco le dirigió una mirada molesta.
-Odio el que me conozcas tan bien – le dijo en un susurro.
-Son las ventajas de conocerte desde que un elfo te cambiaba los pañales.
-No me hables de pañales, por favor – le pidió, llevándose una mano al cabello.
-De acuerdo. Por ese comentario deduzco que tu estado de ánimo tan… eufórico… tiene que ver con el niño que 'adoptaron' – le reiteró más que preguntar.
-Totalmente.
Guardaron silencio. Severus esperando que Draco ordenara sus pensamientos y Draco tratando de hacer lo que el Profesor esperaba que hiciera.
El rubio slytherin observaba el anillo que adornaba su dedo anular:
Su anillo del dragón.
El anillo que, atado al cuello de Isis, Harry le había obsequiado un día de San Valentín hacía más de cinco años.
El anillo que los unía en un lazo invisible, pero irrompible. No solo porque se tratará de magia antigua y muy poderosa, sino porque esa magia estaba unida a sus corazones, estaba unida al amor que se profesaban y a la esencia de sus corazones:
Un fénix y un dragón.
Movió sus dedos logrando que los diamantes del anillo destellaran.
¿En verdad ese lazo era irrompible?
¿En verdad esa magia era tan poderosa que lograría mantenerlos unidos pese a todo?
¿Hasta de... lo imposible?
Pasados unos momentos, Draco se puso de pie, caminó atravesando la sala hasta llegar a una ventada con vista al Bosque Prohibido. Aún recordaba aquella primera sanción en donde lo enviaron junto a Harry al Bosque Prohibido en busca de algún unicornio herido y la cosa que los estaba hiriendo. Como deseaba hace retroceder el tiempo hasta volver a ser un niño de 11 años cuya única preocupación era llamar la atención de aquel chiquillo de ojos esmeralda.
Suspiró.
-Poco tiempo después de la caída del Señor Oscuro – comenzó Draco con voz pausada –, cuando Harry aún estaba inconciente, y los ritos funerarios de mi padre habían terminado, mi madre habló conmigo respecto a mi relación con Harry, en específico, sobre una cuestión con la que tarde o temprano tendríamos que lidiar.
Severus lo observó desde su sofá, conciente de que no debía interrumpir hasta que Draco terminara de desahogarse.
-En aquel entonces, yo le respondí a mi madre que lidiaría con ello llegado el momento, ingenuamente pensé que ese momento tardaría muchísimos años en presentarse. Cada que aquel recuerdo llegaba a mi, o que mi madre insistía en tratar el tema, yo lo evitaba, aludiendo a que aún no era el momento, en que era muy joven, en que no había prisa. Mil pretextos brotaron de mis labios para postergar el momento de hablar sobre ello con Harry, y Harry mismo nunca había tocado el tema, tal vez porque no lo ha pensado, o tal vez porque nada a su alrededor se lo recordaba… hasta hace poco.
-Sabes bien las normas y costumbres por las que se rige mi apellido, la mayoría obligadas por contratos mágicos y pactos de sangre y pese a todo, mi amor por Harry nunca dudó hasta el grado de pasar por alto un par de contratos y modificar algunos de los pactos de sangre para que Harry fuese aceptado como mi pareja, sin contar las opiniones en contra y los intentos de sabotear nuestra relación por no ser la "apropiada", pero aún así fui inflexible en mi decisión.
Por supuesto que lo sabía, él mismo había estado al lado de Draco en cada uno de los penosos procesos...
-Amo a Harry, lo amo como nunca pensé amar a alguien, con ese amor desinteresado, que no pide ni exige nada a cambio, algo tan distinto a lo que estaba acostumbrado. Harry es aquello que me hace sentir pleno, tanto como hombre como ser viviente, no es el dinero, ni el reconocimiento como uno de los postulados más jóvenes para ser Ministro en algunos años, mucho menos el haber logrado sacar a flote las empresas familiares, no es nada de eso… es Harry. Tal vez todo esto que te menciono lo hubiera logrado sin Harry, pero el tenerlo a mi lado ha hecho que cada triunfo tenga un sabor más dulce, porque lo comparto con él.
Lo amo, y sé que él me ama tanto como yo, pero el amor a veces no es suficiente… al menos no lo es… para llegar a tener un hijo de él…
Se giró hasta estar frente a Severus que lo observaba impasible desde el sofá. Bien, Draco había aceptado que era lo que lo tenía en ese estado de estrés, permaneció en silencio, sabiendo que aún faltaba para que Draco terminara de desahogarse.
-Soy un Malfoy – continuó, sus ojos grises mostrando la tormenta que se llevaba a cabo en su interior –, y como tal, tengo obligaciones que cumplir como la de dar un heredero a la familia para preservar su estirpe. No puedo adoptar un hijo, porque no llevaría mi sangre, y mi estirpe mágica se extinguiría conmigo, y ni que decir de la estirpe de Harry, pero tampoco puedo tener un hijo con alguien que no sea Harry, sé que él nunca me lo perdonaría por más de acuerdo que estemos en el asunto, ambos nos sentiríamos mal con el otro y con nosotros mismos, él se hundiría en el dolor y la decepción de no ser capaz de darme un hijo, se sentiría humillado, relegado al tener que cuidar el hijo de otra, o simplemente no sería capaz de separar al bebé de su madre biológica y se sentiría un obstáculo para lo que él creería mi felicidad. Y yo… yo me moriría al verlo sufrir, al saber que yo causé ese sufrimiento, de no ser capaz de darle ese hijo que sé él también desea.
-Y Adam no ha hecho más que precipitar las cosas – le dijo Snape en el mismo tono de voz práctico.
Draco giró nuevamente hacia la ventana.
-Él sólo ha hecho que tome conciencia de que ya no puedo postergar más el tratar este asunto con Harry – murmuró con la vista perdida en algún punto de Bosque Prohibido.
-Será doloroso… para ambos…
-Ya lo es, Severus. Desde un principio me dolió el sólo ver como Harry cuidaba de ese bebé sin ser suyo, me dolió el ser conciente que Harry nunca podrá tratar así a un bebé que sea nuestro, mío y de él, que nunca podrá cargarlo y alimentarlo, que nunca lo veré cambiar pañales y bañarle, que Isis no hará guardia bajo la cuna cuidando a nuestro bebé. Y sé también que para Harry es igual de doloroso que para mi.
-Si tan sólo… hubiera una forma… - dejó inconclusa la frase, pues bien sabía que no había forma de que un hombre quedase embarazado de otro.
Severus respetó su silencio, conciente de que en ese momento era lo que Draco más necesitaba. Era doloroso y frustrante no tener la solución para todo, él lo sabía por experiencia propia, pero era aún peor el que en el proceso se dañara a quien amaba...
Tal vez...
No.
Era demasiado peligroso y eso sólo causaría aún más daño a los chicos, lo mejor era no mencionar nada al respecto.
-¿Deseas más "Filtro de Paz"? – le preguntó después de unos minutos –. Aún queda bastante en el caldero.
-¿Un brindis? – una sonrisa que intentó ser sarcástica se formó en los labios pálidos del rubio.
-¿Por qué no? – Severus se puso de pie, dirigiéndose hacia un estante de donde extrajo una copa para él, luego de servirse volvió a tomar su lugar frente a Draco –. Brindemos por esa maravillosa poción para comprender el pársel en la que estás trabajando, sin duda una excelente muestra de tu capacidad de investigación y destreza en el arte de hacer pociones.
Los ojos de plata mostraron una mirada triste, tanto era el dolor que mostraban que Severus Snape no pudo evitar sentirse perturbado.
-Ojalá que esa capacidad y destreza pudieran servir para cumplir nuestro deseo – murmuró Draco bebiendo un nuevo trago de "Filtro de Paz" .
-Draco, ojalá pudiera hacer algo por ti...
-No te preocupes Severus – le dijo sin intentar componer su expresión, estando a punto de beber un poco más de la poción, se detuvo a medio camino. – Tu eres maestro de pociones – le dijo como si acabara de darse cuenta.
-Me alegra que lo hayas notado – respondió con sarcasmo, ganándose una mirada fulminante de parte del rubio.
-Me refiero a que tu debes de conocer, sino todas, la mayor parte de las pociones que a través de la historia se han creado – aclaró, y Severus temió por lo que seguramente Draco le diría –. Debes conocer una poción que pueda hacer que un hombre conciba...
-Draco no...
-Y si no es una poción, tal vez un ritual de transferencia de magia – continuó sin escuchar la interrupción.
-No muchacho...
-¿Lo sabes? – preguntó anhelante –. ¿Existe alguna poción o ritual? ¿Los hay?
La mirada esperanzada le caló en lo más profundo de su ser, no deseaba ser él quien destrozara esa pequeña esperanza que refulgía en los ojos grises de quien había aprendido a querer como un hijo, haciéndolo dudar acerca de la respuesta que debía de dar, duda que el rubio notó.
-Dudas – murmuró –. Entonces... es posible.
-No Draco, no lo es.
-Claro que si – refutó el rubio, su mirada resplandeciendo con decisión –. Estas mintiéndome, existe algún medio para que podamos concebir de la forma que deseamos, pero si dudaste al decírmelo, significa que es algo peligroso.
Viéndose totalmente desarmado, Severus no tuvo otro remedio que decir la verdad.
-Una poción – y antes de que Draco replicara –, pero no pienso decirte de cual se trata, eso tendrás que investigarlo por ti mismo, pero he de decirte que el precio que hay que pagar para que eso sea posible... es demasiado caro.
-No me importa – le dijo, la copa que sostenía fue depositaba sobre la mesa con un golpe sordo, tomó su capa, al llegar a la chimenea tomó los polvos floo lanzándolos dentro de ella, y antes de entrar giró hacia quien consideraba casi como a un padre –. Pagaré el precio que sea necesario con tal de ver feliz a Harry – y se adentró en las llamas azules, gritando su destino para luego desaparecer.
-No sabes lo que dices, Draco – murmuró el profesor de pociones –. No lo sabes.
oOoOoOoOoOo
Le costaba continuar con su camino, sus pies le quemaban de tantas heridas que tenían y las piernas le temblaban a cada paso que daba. Tenía hambre, sed y sueño; estaba agotada tanto física como mentalmente; su cuerpo le gritaba que parara, que se dejara caer y permitir que la muerte la envolviera y terminara con su padecer… pero no, su sed de venganza era mayor que el dolor que le azotaba.
Un paso más y sus piernas fallaron haciéndola caer, la piel de sus rodillas y manos se rompió y comenzó a sangrar; maldijo con los dientes fuertemente apretados, tratando de tragarse el grito de dolor y frustración que pugnaba por salir y desgarrar su garganta de la misma manera que sus ropas lo estaban.
Lagrimas de rabia empañaron sus ojos, comenzando a surcar el demacrado rostro lleno de tierra y rasguños, atrás había quedado la tersa piel y las finas ropas, el cabello brillante y sedoso, ya no poseía riquezas, estaba literalmente en la calle, sin nada ni nadie que la acogiera, era una proscrita.
Pero se vengaría, si, porque la venganza era de lo único que se alimentaba, era lo que la mantenía viva en medio de esa miseria que la rodeaba, se vengaría de quienes la habían orillado a esa inmundicia, de quienes le habían arrebatado todo, los haría pagar cada lágrima, cada grito de frustración y de rabia, cada herida de su cuerpo, cada humillación…
Y pagarían con su propio dolor, no con lagrimas de sangre, sino con dolor, puro y llano dolor.
Por eso se encontraba ahí, a los pies de ese risco, donde un largo trecho lleno de rocas y espinas le abría camino a la entrada de lo que sería su venganza, porque la obtendría aunque para ello tuviera que vender su alma…
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Y este capítulo terminó. Tal vez esperaban un poco más, yo esperaba más, pero me di cuenta que el capítulo saldría del doble de tamaño que este y que no lo terminaría en muuuucho tiempo, así que decidí cortarlo y publicar esta parte, así al menos sabrían que sigo existiendo y aunque lento, sigo escribiendo mis historias.
Tal vez vean la historia un poco lenta, pero necesitaba introducirlos a la vida de nuestros protagonistas y eso incluye no solo lo que hacen en sus vidas sino sus sentimientos, verán que en el próximo capítulo más cosas se sabrán y ya podremos llegar a lo que será el nudo de esta historia.
Una cosa más, la Cho que aparece en esta historia esta basada en la Cho del tercer y cuarto libro, no en el quinto donde muestra su real personalidad al ser una soplona y autodepresiva, y la coincidencia del nombre de Marianne con el de Marietta, es sólo eso: coincidencia, para mayor información sobre estos dos personajes (Cho y Marianne) por favor ver mi fic "Por un Juego", hago esta aclaración para evitar confusiones y problemas con personajes OC.
Estoy en proceso de responder sus lindos comentarios, ténganme paciencia, lamentablemente mi trabajo y el lugar donde esta ubicado mi escrito no me dan mucha privacidad, pero me buscaré la oportunidad de terminar de responderles.
Bueno, solo me queda pedirles aún más paciencia, estoy con los tramites de mi boda y eso ocupa casi todo mi tiempo libre, que ya de por sí es poco, pero intentaré continuar con mis historias pronto, les aseguro que no las dejaré abandonadas.
Nos vemos,
Sailor Earth.
