Hogar

Palabras: 648

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La exploración y el reconocimiento del otro suponían siempre un éxtasis aparte, como un preludio a la unión ansiada. Con otras personas ese reconocimiento, esa exploración, lenta, sinuosa, minuciosa, había sido pasada por alto muchas veces. Las razones eran muchas, pero principalmente, no eran el otro, ese otro querido. Recordar y memorizar cada centímetro de piel, cada fragancia, cada color, cada sonido, cada sabor era indispensable, ya que en el fondo temían no saber jamás cuando fuera la última vez.

Las ropas no hacían más que estorbar, así que casi sin dar cuenta de ellas habían sido abandonadas en el piso y echas a un lado en medio de la danza impoluta y jovial de sus brazos y labios.

A Zechs le gustaba besarle las palmas de las manos, frías y suaves al tacto de sus labios ardientes, subir por las muñecas blancas y volver a besar sobre la vena palpitante y caliente. Continuar por el interior terso y fresco del antebrazo como si fuera el pétalo recién arrancado de una rosa, y terminar en la cúspide de los hombros nevados, tan tentadores a ser marcados y firmados con los labios. A Zechs le gustaba su piel sonrosada, que en el rostro engañaba al contrastar con los cabellos negros dándole un aspecto más pálido de lo que en realidad era, le gustaba ese sonrojo que le cubría la frente y las mejillas, y también la piel del pecho, descubrió más tarde. Le gustaba mirarla a los ojos y buscar entre matices de azul, aquel reflejo amatista exclusivo y ralo.

Pero lo que más le gustaba era que en todo momento de su piel se desprendía el aroma único que le caracterizaba, cuando hacía más calor este se tornaba más dulzón y pesado, envolvente y adormecedor, mas aún así, despertador de deseo y fogosidad. Pero cuando sentía la piel fresca y húmeda, la fragancia le acompañaba rememorándole la frescura del viento y la humedad de los campos de hierbas y flores que había detrás de los palacios de Cinq, cuando acompañado de su madre y en alguna ocasión de una bebe Reelena, disfrutaba de las caricias de las hojas y de los pétalos de las lilas abiertas en su mayor esplendor, y cuando las arrancaba de los tallos, aquel aroma de color verde y violeta se transformaba en la piel fría de Lucretzia.

Noin prefería besar cada una de las facciones de su rostro perfectamente cincelado. Ella, que le conocía en profundidad. Que podía ver la cicatriz sobre su ceja derecha descender sobre esta hasta casi llegar al parpado. Que podía visualizar las pestañas como rayos de sol sobre un cielo helado y embarbecido que se transformaba en glaciares árticos. Que podía alcanzar la cima de los pómulos tan blancos y suaves como una nube. O recorrer la línea firme y fuerte de la mandíbula hasta llegar al mentón levemente pronunciado como el de los antiguos dioses griegos. Y es que Zechs era el epítome de todos estos con las imperfecciones de un hombre mortal que lo hacían aún más tentador.

Le encantaba delinear sus labios con el pulgar provocándole cosquillas que él se encargaba de quitar frotando sus labios con los suyos en un beso insinuante y audaz. Por que él sabía que era aquello lo que ella buscaba, pero no sabía que en el momento en que se hundía en aquel tango lento y brusco de a momentos, ella recordaba. Recordaba aquel sabor dulzón y acido de las uvas de las viñas de Toscana, y sentía el calor del sol ardiente sobre sus brazos cuando sus manos se deslizaban sobre la piel.

Ella recordaba claramente su Toscana natal, hogareña, y endoselada de amor. El recordaba Cinq fuerte y altivo, protector. Ambos encontraban su hogar en el otro. Por que el otro era su hogar. Por que ambos, allí donde estuvieran, pero siempre juntos, tenían un hogar propio.

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Notas: El último que tengo escrito, en adelante si publico será cuando me surja la inspiración, así que de momento lo dejo completo! Espero hallan disfrutado de estos momentos de inspiración.

Atte. AnneNoir