¡Hola!. Lamento haber tardado un poco más en publicar el final, pero resulta que me quedé esperando el review 15 durante largo tiempo (gracias Pao). Así que... quiero agradecer a quienes me dejaron un comentario, por cortito que fuera, si alguna vez han escrito y publicado algo, saben que recibir comentarios es siempre una motivación para seguir escribiendo :)
Espero que les guste el final de la historia.
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La Rosa el Lobo
Cuarta Parte
Aquella mañana amaneció con el cielo despejado, mientras la luz y el calor de un sol pálido de invierno bañaban la blanca superficie de las montañas.
Remus Lupin no había podido conciliar el sueño en toda la noche. Estaba en la habitación donde se encontraba el piano, pero sin entonar melodía alguna. Sentía un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con no haber desayunado aún.
Cuando Nymphadora Tonks entró hablando animadamente del desayuno que ya estaba preparado y de lo mandona que podía ser Hermione (el libro que era Hermione) cuando ella intentaba ignorarla, a Remus Lupin le dio taquicardia tan sólo de pensar en lo que le diría aquel día.
Un amargo sentimiento se apoderaba de su corazón cuando imaginaba la posible reacción de ella. Sólo le diría la parte de la historia que necesitaba saber, y además estaba convencido de que conseguir que se enamorara de él era casi tan poco probable como hacer que las rosas florecieran en invierno. Estaba tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera había notado a Tonks sentada a su lado, interpretando en el piano unas cuantas y alegres notas matinales.
"¿Ahora vamos a desayunar?"
Con aire ausente, Remus asintió con la cabeza y se puso de pie, mientras hacia un gesto con el brazo para indicarle que fuera delante de él.
No habló mucho durante el desayuno, pero Nymphadora lo hizo por los dos. Cuando la muchacha terminó de relatarle aquella historia que involucraba un panal de abejas y varias gallinas, Remus hizo un esfuerzo por captar el sentido de la conversación en el último momento, pero cuando no lo logró, Tonks lo observó de manera acusadora.
"Y esa es una historia que no contaré por segunda vez."
Remus hizo un gesto entre sorpresa y diversión, esperando encontrar el balance correcto que convenciera a Tonks de que en realidad había escuchado cada palabra de lo que había dicho.
"¿Qué es lo que pasa?"
La pregunta directa de Tonks lo obligó a ponerse rígido y aclararse la garganta.
"Nada." Mintió.
Con un levantamiento de cejas, ella le demostró una total incredulidad.
"En realidad... tengo que hablar contigo." Tonks lo examinó con tanta curiosidad que consiguió incomodarlo. "Es algo... muy importante."
"Te escucho."
"Este castillo está encantado." La expresión de Tonks permaneció imperturbable, y Remus entendió que empezar de esa manera no había sido la mejor opción. "Quiero decir... ya sabes que está encantado." Balbuceó, jugó nerviosamente con la servilleta en sus manos, y Tonks lo observó, quizá preocupada por su salud mental. "Pero no sabes las razones." El último comentario despertó un genuino interés en la muchacha.
"Cuando era niño... bueno. Mis padres no eran... y había una bruja... una hechicera... que, bueno, a veces me preguntó por qué tenía que pagar las consecuencias y..."
"Remus, no me molestaría que fueras más explícito."
Remus Lupin suspiró, y súbitamente tuvo la sensación de estar haciendo algo incorrecto.
"Ahora que lo pienso mejor, puede ser irrelevante."
"Realmente no creo que sea irrelevante algo que te ha mantenido en silencio toda la mañana."
Él se supo acorralado, dejó la arrugada servilleta sobre la mesa, se puso de pie, y empezó a caminar alrededor, buscando tiempo, pretextos, o tal vez mentiras que lo librarán de aquella situación. No encontró nada de eso.
"Vivía con mis padres en este Castillo, y creo que era feliz." Comenzó, caminando hacia ella, con las manos en los bolsillos del pantalón. "Ya sabes... no te preocupa enfermarte si corres bajo la lluvia, caer si subes a un árbol o que la corriente de un río te arrastre si chapoteas en él durante un día caluroso de verano." Continuó, esperando no escucharse demasiado melodramático. "Creo que tampoco me preocupaba que mis padres pudieran ser la clase de personas que se ganaran el desprecio de los demás a causa de su arrogancia. En realidad... creo que nunca me di cuenta." Negó con la cabeza, como si se estuviera reprochando el haber pasado por alto la conducta de sus padres. "Pero cómo iba a saberlo... era un niño, ellos me querían y me lo demostraban, yo no estaba pendiente de la política." Remus se sentó frente a ella, aunque para entonces aquello parecía más un diálogo consigo mismo que con Tonks. "Todo lo que sé es que había una hechicera, alguien cuyas buenas intenciones no resultaron en tan buenas acciones."
Él levantó la mirada, y por primera vez, Tonks pudo ver en sus ojos el cúmulo de sentimientos que aquel hombre había estado ocultándole tan hábilmente durante el tiempo que tenía de conocerlo, que no era mucho, pero si suficiente para merecerse su respeto, y quizá hasta su cariño. Mientras lo observaba, empezaba a preguntarse lo que más tiempo con él conseguiría en su corazón.
"Ella quiso ablandarles el corazón, detener el sufrimiento que causaban haciéndolos sufrir a ellos... pero a través de mi. Entonces hizo una especie de conjuro..." siguió Remus. "Y cada luna llena yo me convertiría en una bestia, hasta que ellos... no lo sé, se arrepintieran o algo así." Se encogió de hombros, indiferente.
Tonks lo observó con asombro, sobre todo ante la manera en que decía las cosas. Como si aquello no le hubiera arruinado la vida por completo, como si estuviera contando que se había caído del árbol, que la corriente de un río lo había arrastrado, pero que en realidad no había sido tan grave. Por supuesto, tras observarlo un poco, el dolor, la soledad y hasta el rencor, eran la prueba de las consecuencias de una vida condenada a un sufrimiento no merecido.
"Ellos... ¿nunca se arrepintieron?" le preguntó Tonks, casi horrorizada por el hecho de que alguien no pudiera conmoverse ante el sufrimiento de su propio hijo.
Remus sonrió con amargura.
"No se arrepintieron... buscaron vengarse, o tal vez pensaron que tenían que terminar con el problema de raíz. Ordenaron la ejecución de la hechicera... y entonces yo quedé... ¿Cómo se le puede decir?. Condenado a pagar los errores de alguien más, y cuando ese alguien son tus padres... no es del todo reconfortante."
"¿Esa rosa en la habitación tiene que ver algo con todo esto?."
Le preguntó, recordando el detalle de repente.
"Es el recordatorio del tiempo que me queda."
"¿El tiempo que te queda para qué?" le preguntó Tonks, encogiendo los ojos.
"Para romper el hechizo. La rosa se está marchitando, y cuando caiga el último pétalo... sabré que ya nada volverá a ser como antes. "
"¿Y cómo se rompe el hechizo?" le preguntó la muchacha, y Remus advirtió en el tono de su voz cierta disposición a hacer lo que fuera necesario para terminar con su martirio. Si acaso era posible, sonrío tristemente en su interior, compadeciéndose de la esperanza que su propia inocencia podía llegar a alimentar. La idea de que ella estuviera dispuesta a ayudarlo era tan... absurda, que competía con la posibilidad de que se pudiera enamorar de él.
"Es muy complicado de lograr. Yo diría que imposible."
"No puede ser imposible, Remus." Protestó ella de manera airada. "Si existe la posibilidad de que todo vuelva a la normalidad... no tendría sentido darte una alternativa para poder terminar con eso."
Remus le sonrió, y lo hizo con tal dulzura que la sorprendió y consiguió dejarla sin palabras durante algunos segundos.
"Nymphadora..." ella hizo un gesto casi doloroso al escuchar su nombre. "Será mejor que ya no hablemos de eso. ¿Te gustaría dar un paseo por el jardín?. Hace mucho frío para ir al lago del que te había hablado."
La muchacha frunció el ceño y se cruzó de brazos, pero por encima de su descontento estaba la certeza de que Remus realmente no volvería a abordar el tema de conversación. Asintió con la cabeza, mientras Remus le ofrecía su brazo para que lo acompañara. Tonks pensaba que necesitaba tiempo, para ganarse su confianza y conseguir esa respuesta que le había negado en aquel momento. Si era así, estaba dispuesta a esperar, a ser paciente.
Recorrieron en silencio el pasillo y las escaleras, pero cuando llegaron al vestíbulo principal un tintineo familiar los obligó a voltear, y observar a Sirius. Sus llamas temblaban, lo que delataba su agitación.
"Remus." Jadeó, mientras hacia un esfuerzo por no parecer muy desesperado.
"¿Si?"
"Podría... ¿hablar contigo un momento?."
La mirada de irritación que Remus le dirigió, era una clara negación.
"¿Tiene que ser ahora?." Le preguntó, inclinando ligeramente la cabeza para señalar a quien lo acompañaba.
"Si..."
Derrotado, Remus dejó caer los hombros.
"Te alcanzo en un minuto." Le dijo a Tonks, que sonrió compasivamente y sin decir una palabra continuó caminando rumbo a los jardines.
Cuando estuvo lo suficientemente alejada, Sirius empezó a dar vueltas alrededor de Remus.
"Tuve una conversación con el resto de los que habitan el castillo." Le dijo, llevándose uno de sus "brazos" a la barbilla. "No nos queda mucho tiempo, y pensamos que esto se ha... prolongado demasiado, ¿has hablado con ella?."
"De... algunas cosas."admitió Remus, que desvió la mirada y se puso a observar la forma en la que los rayos de luz se filtraban por uno de los ventanales.
"¿Qué te ha dicho?."
"Pues... nada."
"Pero tú le hablaste de..."
"De la maldición que hay en este castillo y sus habitantes..."
"¿Y?"
"Sólo eso."
"Pero..."
"Si te refieres a el resto de la historia en donde yo confieso mis sentimientos y espero que ella los corresponda. De eso no dije una palabra."
"¡Pero Remus!" exclamó Sirius, y sus llamas se alargaron increíblemente.
"No hay esperanza para nosotros, Sirius. Yo no puedo obligarla para que se enamore de un monstruo."
Incrédulo, Sirius negó con la cabeza.
"Estás cometiendo un error."
Remus lo observó cuidadosamente. Sabía lo difícil que era para todos ellos estar condenados a una vida siendo objetos, la frustración y la desesperanza que vivían a cada momento.
"Lo siento, Sirius." Le dijo sinceramente, y luego se alejó, con la cabeza inclinada y sintiéndose más culpable con cada paso que daba. Todo sería más fácil si se estuviera condenando él sólo.
Encontró a Tonks sentada en el borde de una de las fuentes sin funcionar, balanceando los pies y con la mirada fija en el suelo, de manera que recordaba a alguna niña solitaria después de recibir un regaño por parte de sus padres. Intentando ser lo más silencioso posible, caminó hacia ella y se sentó sin decir una palabra, observando cuidadosamente la capa de nieve a sus pies que comenzaba a derretirse ligeramente a causa de los todavía indulgentes rayos de sol.
"Estaba pensando en mi padre." Le dijo, sin dejar de observar el piso, pero adoptando un aire nostálgico.
Remus asintió y desvió la mirada a su mano apoyada sobre la fría piedra de la fuente. Por un segundo sintió el impulso de tocarla... un toque ligero, breve. Pero él no era una persona de impulsos.
"Es normal que lo extrañes."
"Si... lo sé. A pesar de la carta que envié sé que debe estar preocupado por mi."
Silencioso como casi siempre, Remus asintió, vislumbrando la oportunidad perfecta para alejarla antes de que la situación adquiriera matices menos gratos para todos.
"Deberías ir con él." sugirió, aunque sintió que las palabras salían de su boca en contra de su voluntad.
Ella dejó de balancear las piernas y supo que lo observaba cuidadosamente, aunque él no estuviera haciendo lo mismo con ella.
"¿Crees que sea buena idea?."
El tono de su voz, curioso y expectante, lo obligaron a voltear y observarla directamente a los ojos, aunque sólo por un breve instante.
"Por supuesto." Respondió, otra vez con la sensación de que alguien que no era él lo obligaba a decir lo que no deseaba.
"Pero... ¿por qué no me acompañas?. Podrías... podrías quedarte en nuestra casa algunos días. No es un palacio, por supuesto... es mucho menos que eso, pero-"
"No, Nymphadora." La interrumpió.
Ella frunció el ceño.
"No me llames así."
"Lo siento. Tonks, debo permanecer aquí y no hay nada más que decir. ¿De acuerdo?."
Ella negó con la cabeza, sabiendo de antemano que no importaría cuanto insistiera, él no aceptaría su propuesta.
"Creo que estás cometiendo un error."
Él sonrió con amargura. "Creo haberlo escuchado antes." Respondió.
Tonks suspiró y se puso de pie, se aliso los pliegues del vestido que llevaba puesto, y se acomodó la gruesa capa que la protegía del frío.
"Iré con papá."
Remus dejó que la tristeza inundara su rostro mientras ella no lo observaba, y después, cuando la muchacha levantó la mirada, se esforzó por parecer indiferente.
"Pero cuando le cuente todo lo que hay aquí... estoy segura de que volveré. Y tal vez él quiera acompañarme." Le dijo, sonriendo. Era casi una promesa, pero él no se permitió tener esperanza, ya no había tiempo para eso.
"Voy a extrañarte."
Ella volvió a sonreírle. Él tuvo un deseo enorme de pedirle que no se fuera, y en su cuento de hadas ella aceptaba y hasta podía llegar a... amarlo.
"Ya te dije que volveré."
Remus asintió vagamente, y se sintió ridículo cuando dio un respingo al sentir que ella lo tomaba de la mano.
"Te lo prometo."
"No creo que sea buena idea."
"¿Por qué no?." le preguntó, apretando ligeramente su mano.
Él no entendía por qué el contacto de su piel con la suya le provocaba tanto nerviosismo. No quería entenderlo... de alguna manera era agradablemente inquietante.
"Cuando regreses... todo habrá cambiado."
Tonks lo observó. Sus ojos oscuros brillaban con esa mezcla de curiosidad e inocencia, y sin embargo le daba la impresión de que sabía más de lo que él podía imaginarse.
"Pero me vas a estar esperando..."
No era una pregunta, y había tal seguridad en el tono de su voz que Remus se preguntó cómo conseguía interpretar de una manera tan acertada sus pensamientos. Apretó los labios para no decirle "Siempre.", e hizo un gesto vago con la cabeza. Ella sonrió, satisfecha con la respuesta que ni siquiera había obtenido. Se abrazó a él como nunca nadie lo había hecho, pues lo hizo sentir que pertenecía a un lugar, que él era la razón de un sentimiento cálido, diferente a lo que estaba acostumbrado. Que no la asustaba ni la intimidaba. "Solo porque nunca ha visto lo que en realidad eres." Pensó con amargura, y ese sentimiento cálido se esfumó al mismo tiempo que ella se separó de él y se dirigió corriendo al interior del Castillo, para marcharse.
o
La crudeza del invierno había disminuido, aunque para Nymphadora Tonks no tanto como habría deseado. Remus había insistido en que el viaje de regreso lo realizara en uno de los caballos que estaban en el establo, y ella había dicho medio en broma, y medio en serio, que esperaba que el animal no fuera algún sirviente demasiado flacucho para llevarla en el lomo. Remus lo había negado. Los caballos eran caballos, y sólo eso.
Acomodándose el cuello de la capa, para cubrirse del viento gélido que ya empezaba a soplar, Tonks llevó una de sus manos a la bolsa que cargaba con sumo cuidado, sólo para cerciorarse que su contenido seguía ahí. Remus había insistido en regalárselo. "Así podrás verme cuando quieras." Le había dicho, observando el espejo como si su significado fuera mucho más profundo del que ella podía extraer de tan simple objeto. Claro, estaba aquel detalle de la magia. Tonks sonrió repentinamente. El tono en el que Remus se lo había dicho, hacía pensar en una despedida que sería definitiva, y ella de ninguna manera tenía la intención de que fuera así.
Una nueva ráfaga de viento le alborotó el cabello, y nuevamente deseó estar acurrucada en algún sofá, en una habitación con chimenea y bebiendo una taza de chocolate caliente. Suspiró y levantó la mirada. Quedaban un par de horas antes de que el sol se ocultara, pero tenía la seguridad de que llegaría a casa antes de que eso sucediera.
Efectivamente, así fue. La vegetación, antes espesa y tupida, se fue haciendo cada vez más ligera, y el camino se fue abriendo ante ella como si le estuviera dando la bienvenida. Entró en un claro que pronto se convirtió en pradera, y las primeras casas, que primero daban la impresión de estar aisladas, poco a poco fueron formando el conjunto que indicaba la existencia de una villa en un valle.
"¿Nymphadora?. ¡Por las hadas benditas!."
Fue todo lo que la señora Skeeter dijo, pues enseguida salió corriendo, levantándose la falda para facilitar la tarea, y Tonks supo que dentro de diez minutos la villa entera estaría enterada de su regreso.
Con mucho cuidado de no caer estrepitosamente, descendió del caballo y se dirigió a la casa de su padre, pues estaba ansiosa de verlo, abrazarlo y contarle todas las maravillas que había encontrado en aquel Castillo encantado. Caminó rápidamente, ignorando los murmullos que se levantaban a su paso como el viento alzaría las hojas secas en otoño. Cruzó la plaza, en donde el panadero vendía el mismo pan de siempre y la gente se limitaba a hacer lo que hacía todos los días. De pronto, la villa entera le pareció mucho más pequeña y aburrida que antes, si es que eso era posible.
Finalmente, llegó a la casa de su padre, llevó el caballo al establo para que bebiera agua y comiera un poco de alfalfa. Caminó hacia la puerta y cuando estaba a punto de abrirla, una voz familiar aunque no agradable, la detuvo.
"¡Nymphadora!."
No estaba segura de cómo lo conseguía, pero su nombre sonaba todavía peor cuando salía de los labios de Gilbert Locke.
"Hola Gilbert." Le dijo con falsa cortesía, dándose media vuelta para ofrecerle una sonrisa forzada.
"Por todos los cielos, ¿cómo estás?. Tu padre ha estado angustiado durante todo este tiempo, ¿no estás herida?."
Ella negó con la cabeza, sin entender por qué tendría que estarlo.
"Empezábamos a temer por la ya de por si deteriorada salud de tu anciano padre."
Tonks frunció el ceño, visiblemente perturbada por tal declaración.
"¿Está enfermo?" preguntó con ansiedad.
"Lamento informarte que así es." Le dijo Gilbert, asintiendo con un gesto compasivo que rayaba en lástima.
Ella se apresuró a abrir la puerta.
"No Nymphadora, él no está en casa."
"¿Cómo que no está en casa?. Y no me llames Nymphadora."
"Tuvimos que llevarlo con un médico, ya sabes que ese tipo de cosas no pueden esperar."
"¿Cuál tipo de cosas? ¿De qué hablas?."
"Ese tipo de cosas... de la mente."
Tonks lo observó como si una segunda cabeza le hubiera crecido espontáneamente, algo que, en su caso, lo habría hecho lucir sólo ligeramente más repugnante.
"El viejo se estaba volviendo... ya sabes..."
Gilbert levantó la mano derecha y con el dedo índice empezó a trazar círculos imaginarios alrededor de su oreja. Ella apenas pudo contener la rabia.
"¿En dónde está?."le preguntó, acercándose a grandes zancadas y con el impulso casi incontenible de darle tal golpe que le sacudiera lo poco que tuviera dentro de aquella hueca cabeza.
"Bueno, hoy se lo llevarán a la ciudad para internarlo en un lugar donde seguramente estará mejor que aquí."
"¡No pueden hacer eso!."
"Oh, pero ya está hecho Nymphadora."
Gilbert la observó con compasión, lo que únicamente consiguió que a ella le hirviera la sangre de tal manera que tan sólo fue capaz de propinarle una bofetada.
"¡Mi padre no está loco!."
"¡Pero el pobre hombre no dejaba de hablar de monstruos y relojes parlanchines!, por todos los cielos Nymphadora, si eso no es que le falta un tornillo, entonces no sé qué puede ser. Por supuesto, tal vez exista una pequeña posibilidad de que todo esto tenga un final feliz para todos."
Gilbert sonrió maliciosamente, había planeado eso de manera meticulosa y no había manera de que ella se negara.
"¿Y cuál es esa pequeña posibilidad, grandísimo idiota?" le preguntó Tonks, incapaz de contener cualquier muestra de desprecio hacia él.
"Que te cases conmigo." Respondió y sonrió con tal satisfacción que ella lo observó preguntándose si podía haber alguien con tan poco cerebro.
"Por supuesto que no."
"Entonces me temo que..."
Ella corrió hasta la puerta de la casa, en donde había dejado la bolsa que contenía el espejo, lo sacó y caminó otra vez hacia Gilbert. Estaba dispuesta a mostrarle que su padre no era ningún chiflado.
"Oh, me trajiste un regalito, Nymphadora, pero no debiste-"
"Quiero ver el castillo encantado, y a su dueño."
El espejo obedeció. Primero fueron imágenes dispersas y difíciles de identificar, pero poco a poco, como el lienzo de una pintura recibiendo los últimos retoques, se fueron haciendo más nítidas. Un enorme ropero cantando, un reloj parlanchín y una tetera que se movía, un candelabro cuyas llamas se movían con la cadencia de alguna conversación, todas figuras conocidas por Tonks... menos aquella sombra que de pronto se movió sigilosamente por los pasillos, y que ella no consiguió identificar. La imagen se desvaneció, sólo para materializarse nuevamente y mostrar la habitación en la que una rosa dentro de una urna de cristal brillaba misteriosamente.
"¿Qué clase de hechicería es esta?" preguntó Gilbert, que aparentemente se encontraba tan horrorizado como ella maravillada. "Entonces... lo que tu padre decía... era cierto."
"Por supuesto, mi padre no está loco." Le dijo Tonks.
"Pero ese monstruo en el castillo..."
"¿De qué estás hablando?."
"Él lo dijo, hay una horrible bestia en ese castillo."
Confundida, Tonks lo observó preguntándose de qué bestia estaba hablando. Su padre no podía haber dicho tal cosa, de lo contrario ella misma hubiera dudado de su salud mental.
"No hay ninguna... bestia, monstruo o algo que se le parezca en ese castillo. Por todos los cielos Gilbert..."
Tonks regresó la mirada al espejo, y esta vez observó con más atención la rosa. Su brillo parecía menos evidente en ese momento, y tan sólo un par de pétalos se mantenían precariamente en su lugar. De pronto, algo llamó su atención. La misma sombra que había visto con anterioridad, apareció y esta vez su contorno fue delineado con más exactitud que antes. Era una figura encorvada que le pareció vagamente familiar.
"¡Ahí está!¡es el monstruo del castillo!."
Tonks lo observó (por lo que le parecía la milésima vez) con desprecio.
"Eso no es ningún-" Se llevó una mano a la boca y contuvo un grito de sorpresa.
Ahora, la tenue luz iluminaba el rostro de quien hasta ese momento le era desconocido. Era Remus, pero no como ella lo recordaba. Su rostro estaba tan demacrado que le hubiera resultado imposible reconocerlo de no ser por aquellos ojos que apenas conservaban el brillo especial que les caracterizaba. El hombre cayó de rodillas, y aunque la imagen era pequeña, pudo observar que respiraba con dificultad.
"Oh santo cielo... Remus..."
No entendía que era lo que le sucedía, y mucho menos comprendía el repentino deseo de encontrarse a su lado.
"¡Por las hadas!." Exclamó Gilbert, y señaló el espejo, luciendo todavía más horrorizado.
Una especie de transformación estaba afectando a Remus, e incluso así, observando en un espejo y sabiéndose a kilómetros de distancia, parecía tan doloroso, que Tonks extendió la mano para tocar el espejo con la punta de los dedos.
"Es horrible..."murmuró Gilbert, y Tonks pensaba lo mismo, pero estaba segura de que las razones que ella tenia para pensar que eso era horrible eran muy diferentes a las de Locke. Se obligó a dejar de observar, separó la vista del espejo, por algunos segundos, y cuando volvió a mirar, un lobo de pelaje gris rondaba la habitación. Era mucho más grande de lo normal, y Tonks pensó que si lo encontrara en el bosque de noche, seguramente le temblarían las piernas. Claro, si no supiera que se trataba de Remus, de lo contrario tendría la seguridad de que no le causaría ningún daño. "Es una amenaza para todos... algo así no puede seguir vivo." Aseguró Gilbert.
"¿De qué estás hablando?"
"¿De qué te parece?. Hay que acabar con él. Nymphadora, no vas a decirme que sientes compasión por esa cosa."
Le arrebató el espejo y se alejó a grandes zancadas.
"¡Estás loco!. ¡El no es ningún monstruo!. Todo este tiempo estuve con él, jamás le haría daño a alguien. ¡Gilbert!."
Sus gritos fueron en vano. La noche había caído, algo que a Gilbert Locke no le importó, y se puso a tocar en cada casa, mostrándoles la imagen en el espejo y hablando de la horrible bestia del castillo embrujado en las montañas, de cómo representaba un peligro para todos, de lo espantoso que resultaba su aspecto y de lo terriblemente cruel que era, porque claro, una bestia con esa apariencia no podía albergar buenos sentimientos.
Ella encontró a su padre en la sucia habitación de una posada, lo sacó de ahí y le contó todo lo que había sucedido. Lo hizo tan rápido y en tan poco tiempo, que Ted la observó como si todas esa historias que le había relatado cuando era niña la hubiera vuelto loca.
"Tienes que creerme, papá. Remus no es ninguna bestia… sólo ha estado demasiado tiempo solo, y sufriendo."
El hombre se quedó en silencio, observándola a ratos. Finalmente, asintió.
"¿Qué piensas hacer?"
"Debo regresar, debo advertirle lo que esta gente es capaz de hacer. Y por favor no me detengas."
Ted Tonks conocía a su hija, sabía que intentar detenerla sería tan inútil como aquella máquina para tejer bufandas que una vez había inventado.
"Sólo… ten mucho cuidado, por favor."
La muchacha asintió, y luego salió corriendo en busca de Gilbert.
El cazador seguía con su misión de asustar a la población, y Tonks se quedó sin voz, negando las acusaciones tantas veces como él las reafirmaba. Pero la gente parecía no escucharla, de manera que poco tiempo después, la gran mayoría de los habitantes se hallaba congregada en la plaza principal de la villa, armados con azadones, hachas, palos y cuchillos, y el viento soplaba con tal fuerza, que alargaba las llamas de las antorchas, dando a las sombras proyectadas una forma espectral. Gilbert seguía alimentando el temor de los habitantes, y Tonks estaba desesperada. Todo era su culpa, y algo tenía que hacer para detener la tragedia que ya se vislumbraba.
Corrió hasta su casa, se tropezó con algunas herramientas, se cayó, pero al final montó el caballo que Remus le había proporcionado.
"Vas a tener que correr como nunca lo has hecho." Le murmuró al equino, dándole una palmadita en la cabeza de manera afectuosa.
Como si la hubiera entendido, el animal empezó a andar con un trote suave que al poco tiempo se convirtió en una frenética carrera contra el tiempo. El viento le escocía los ojos, y cubrirse con la capa hubiera significado correr el riesgo de salir despedida del caballo, así que no se preocupó por eso e intentó concentrarse en el camino que se encontraba frente a ella. No era muy buena montando a caballo (es decir, generalmente era un completo desastre), pero aquella noche, por quien sabe que circunstancias providenciales, logró mantenerse en el lomo del animal durante todo el tiempo que duró su recorrido. Después de lo que le pareció una eternidad, llegó al castillo, cuyo enrejado se abrió al instante. Era como si la estuvieran esperando. Corrió atravesando los oscuros jardines, hasta que llegó a la puerta principal y entró.
"¡Remus!"
Su voz resonó por los oscuros corredores como lo había hecho la primera vez que ella llegó a ese lugar. Todo estaba oscuro y solitario.
"¡Sirius!¡Señor Weasley!."
Subió las escaleras rápidamente, lo que tuvo como resultado varios tropiezos y un par de caídas.
"En donde demonios están todos..." murmuró, observando a su alrededor.
"Siempre supe que volverías, ¡pero no imagine que sería tan pronto!."
Ella dio un salto en su lugar, y luego se dio media vuelta para observar a Sirius, cuyas llamas resplandecían en la oscuridad con un brillo que la hacía sentirse, extrañamente, en casa.
"Sirius, ¿en dónde está Remus?. Los habitantes de la villa en donde vivo se han vuelto locos gracias al estúpido de Gilbert, y ahora están en camino y sólo las hadas saben lo que son capaces de hacer."
"¿Remus?. Él está en... en el ala norte, pero pidió que nadie lo molestara y-"
Sin esperar a que Sirius terminara con su explicación, ella corrió a la prohibida y tantas veces mencionada ala norte del castillo.
"¡Por favor! ¡Será mejor que no lo molestes!" escuchó la voz de Sirius detrás de ella.
"¿Molestarlo?. Estoy salvándole la vida, grandísimo tonto."
"¡Nymphadora!."
"¡No me llames Nymphadora!" gritó, al tiempo que se tropezaba con una armadura. De milagro pudo mantener el equilibrio.
Finalmente, llegó a la gran puerta de madera en donde ella sabía que Remus se refugiaba. Tocó una vez, y luego otra, pero cuando no recibió respuesta alguna, abrió la puerta de par en par, para encontrarse con una oscuridad que parecía dispuesta a absorber el único brillo presente en aquel lugar, y que era el de una rosa (si es que aún se le podía llamara así, pues tan sólo un pétalo se mantenía en su lugar).
"¿Remus?." Susurró, mientras caminaba hacia la mesita con la urna de cristal. "Tienes que salir de aquí, Remus. Tienes que ponerte a salvo."
Se sabía observada, pero más que miedo tenia la enorme necesidad de verlo. Escuchó un gruñido, apagado, como si hubiera sido en contra de su voluntad y más causado por hostilidad que por verdadero instinto salvaje.
"Remus... he visto lo que eres."
El gruñido, esta vez, fue mucho más amenazador.
"No me importa... te juro que no me importa, no puedo tener miedo Remus, porque yo si te conozco."
Escuchó lo que tenían que ser las pisadas de sus patas sobre el frío mármol, y aunque por instinto dio un paso hacia atrás, se obligó a no moverse más. Se mantuvo en su lugar, esperando y sabiendo que cada instante que pasaba significaba que la gente que quería hacerle daño se encontraba más cerca. Casi podía escuchar los gritos de la gente que se aproximaba. Y entonces, lo vio.
Definitivamente era más grande de lo normal, su pelaje conseguía brillar con la poca luz que había en la habitación, y resultaba inquietante darse cuenta de que sus ojos guardaban esa chispa que parecía reservarse únicamente para los seres humanos. Pudo contemplarlo por unos segundos más, y de repente, cuando escuchó gritos en el exterior, supo que no tenían más tiempo. Giró la cabeza un instante, y para cuando regresó la mirada al mismo punto, Remus había desparecido.
"Tienes que irte ahora."
Le dijo a la oscuridad.
Salió corriendo, y se dio cuenta de que los sonidos ahora provenían del vestíbulo principal. Era difícil describir lo que ahí estaba sucediendo. Los hombres armados luchaban con los platos, los plumeros, los relojes y los roperos, e increíblemente parecía que los objetos estaban consiguiendo la victoria. Tonks casi consiguió reír cuando Sirius le prendió fuego al vestido de la señora Skeeter.
"¡Lagga vida a nuestgo amo!" gritó Fleur, que parecía más que dispuesta a arrojarse de las escaleras para ir a caer encima de unos pobres provincianos, que al darse cuenta de sus intenciones, tan sólo acertaron a correr despavoridos hacia la salida.
Ella buscó con la mirada a Gilbert, pero no lo encontró. Cuando dirigió la mirada a su izquierda, se dio cuenta de que el cazador corría con dirección al ala norte. Se levantó el vestido (se hubiera sentido mucho más cómoda con los pantalones viejos de su papá) y se fue detrás de él.
"¡No está aquí! ¡ha escapado!." Gritó Tonks, en un intento desesperado de que Locke desistiera de sus intenciones.
"¿Escapar?. ¡Ninguna bestia se me escapa, no olvides eso Nymphadora!"
Cuando llegaron al ala norte, a la habitación que contenía la rosa, Gilbert sacó de su cinturón una daga que resplandeció amenazadoramente.
"Y ahora... ¿en donde está ese monstruo?. Vamos a terminar con esto rápidamente, quizá ni siquiera sienta dolor."
Dispuesta a detenerlo, Tonks se abalanzó sobre él, pero todo lo que consiguió fue un brusco empujón que la mandó a estrellarse con un montón de muebles viejos apilados en uno de los extremos de la habitación.
Entonces, el rugido que se escuchó si consiguió darle escalofríos. Una sombra salió de algún lugar indeterminado y saltó encima de Gilbert, que movía el brazo con la daga de un lado a otro, intentando acertar con algún golpe, y de preferencia en el corazón. Ella todavía estaba aturdida, pero se supo incapaz de interponerse en la pelea. Estaba demasiado oscuro y aquel intento de ayudar a Remus podía resultar en todo lo contrario. El lobo y Gilbert rodaron hasta el balcón, lo que le dio la oportunidad al cazador de propinarle una patada a Remus, que al menos consiguió desorientarlo por algún momento.
"¡Déjalo!." Gritó Tonks, cuando la desesperación empezaba a ser demasiada como para mantenerse pasiva.
Remus, dio un salto más, Gilbert se cubrió la cara con un brazo y con la otra mano asestó una puñalada certera en el costado izquierdo de su oponente. La sangre fluyó de inmediato y ella, en lugar de soltar un grito, corrió hasta ellos e intentó arrebatarle la daga a Gilbert. El hombre gritó algo y volvió a empujarla sin demasiada dificultad. Lupin se colocó delante de ella, y volvió a gruñir, agazapándose como si estuviera listo para saltar sobre su presa. El cazador corrió hacia ellos, con la daga en alto, Lupin dio un salto que habría parecido increíble en otras circunstancias, lo que consiguió que Gilbert perdiera el equilibrio, resbalara y quedara en el borde del ya de por si deteriorado balcón. Pareció no notarlo, volvió a atacarlo con la daga en alto, y entonces, de alguna manera desafortunada (o tal vez no) resbaló nuevamente y cayó por el borde, intentando, en el ultimo momento, aferrarse al borde del vestido de Tonks, que hubiera sido arrastrada de no ser porque Remus le propinó una mordida en la muñeca a Gilbert, que finalmente, tuvo los últimos momentos de su existencia en aquel instante.
Temblorosa, y con la respiración agitada, Tonks se alejó de la orilla, como si temiera que Gilbert todavía fuera capaz de resurgir y hacerla partícipe de su triste final. Fue hasta que observó a su alrededor, cuando notó que Remus no estaba por ningún lugar. Tonks lo buscó con la mirada, pero todo lo que pudo encontrar fue un rastro de su sangre. Todavía con la sensación de que las rodillas se le doblaban en contra de su voluntad, se levantó y caminó, siguiendo esa mancha oscura que le indicaba lo gravemente herido que se encontraba Remus.
Lo encontró tendido al pie de la mesa, había adoptado nuevamente su forma humana y su respiración se escuchaba laboriosa.
"¿Remus?"
Se arrodilló a su lado, colocó una mano sobre su espalda, acariciándolo suavemente como si con eso fuera capaz de currar todas sus heridas. Había demasiada sangre, pero ella se aferró a la idea de que se necesitaba algo peor para morir.
"Eres un necio…" le dijo, acercándose a su oído para que Remus no perdiera detalle de su reproche. "Vas a estar bien." Las lágrimas cayeron sin que ella pudiera hacer algo para impedirlo.
Con sumo cuidado lo volteó, y él dejó escapar un grito de dolor que ahogó casi de inmediato. Era como si intentara tranquilizarla, engañarla para que ella pensara que en realidad las cosas no podían estar tan mal como se veían.
"No hay luna llena…" le dijo, apartándole el cabello que tenia pegado a la frente a causa del sudor. "Creí que habías dicho que sólo en luna llena…"
Remus negó con la cabeza. "Todo está terminando… supongo que es por eso…"
"Eso quiere decir que todo volverá a ser como antes…" Tonks le sonrió, intentando contagiarle un poco de esa felicidad que sentía. El negó nuevamente la cabeza, y a ella el corazón se le fue a un lugar recóndito y sombrío.
"Nunca imaginé que… regresarías…" pronunció esa última palabra como si todavía no creyera que se encontraba ahí, a su lado. Cerró los ojos, y su rostro se contrajo en un gesto de dolor.
"Te lo prometí… te dije que volvería."
"Pero… has… visto lo que soy… " su frente se arrugó, muestra de la confusión que estaba experimentando.
Ella sonrió, lo que le dio un aspecto extraño ya que no podía dejar de llorar, así como tampoco podía creer que aquel hombre fuera tan excepcionalmente ingenuo.
"Si Remus, he visto lo que eres…" Lo tomó de la mano y se la apretó suavemente, lo que pareció darle cierta paz. "Por favor… tenemos que llevarte a una cama, antes de que pierdas más sangre… hay que curar esas heridas…"
Lupin sonrió amargamente.
"Tonks… ¿acaso se puede perder más sangre?."
Su tono bromista no consiguió hacerla reír.
"Por favor…" le suplicó, aunque no estaba segura de que era exactamente lo que pedía, o a quien se lo pedía. "Por favor quédate conmigo."
Remus le acarició el rostro, y aunque su mano estaba fría, no fue eso lo que le transmitió. Su contacto tan solo consiguió que el nudo en su garganta se volviera más doloroso.
"No hagas que esto parezca una despedida, porque no es así." Le dijo, arrepintiéndose sólo un poco de que su voz sonara tan cortante. "Por favor no dejes que sea una despedida, por favor."
Tenía ganas de sacudirlo, de gritarle que no le podía hacer eso, que abandonarla no era una opción, porque si él moría sería así como se sentiría. Él tenía que ser fuerte, tenía que sobrevivir. ¿Cómo podía hacerle entender que la furia que sentía en ese momento eran tan sólo impotencia, producto del enorme miedo a perderlo y no poder hacer nada?.
"Por favor, por favor… "
El había cerrado los ojos, y ya no respiraba con dificultad, de hecho, su respiración era casi imperceptible. El miedo dejó paso al pánico. No había nadie que pudiera ayudarla, correr sería inútil, estaba a kilómetros de distancia de cualquier médico, y dudaba que aquellos objetos habitantes en el castillo fueran una gran ayuda. Si dependiera de ella no lo dejaría morir, si tan sólo supiera qué hacer para arrebatárselo a la muerte, lo haría, pero todo lo que podía pensar en ese momento era lo inútil que su presencia resultaba.
Le acarició la frente, y sus lágrimas cayeron sobre el rostro de Remus.
"Te amo…"
Las palabras salieron de su boca de manera natural, pero al contrario de lo que hubiera imaginado, ningún sentimiento cálido invadió su corazón. Él ya no la podía escuchar, sus ojos no iban a brillar y tampoco le iba a sonreír. Lo abrazó y apenas si le importo que el último pétalo de la rosa cayera y todo dejara de brillar. Recargó la cabeza sobre su pecho, y se quedó esperando el tiempo que fuera necesario para dejar de sentir su ausencia.
"Creo... que escuché algo..."
El corazón le dio un salto y se separó de él con la boca abierta y la mirada sorprendida. Casi enseguida sonrió, tuvo ganas de llorar, de gritar y de saltar (aunque eso último significara un riesgo para ella).
"Estás... vivo."
Se sentía eufórica, tuvo que tocarlo para asegurarse de que aquello no era un truco de su mente. No era así, su cabello, su nariz, sus labios y su cuerpo entero se sentían maravillosamente reales. Empezó a llorar nuevamente, pero esta vez por razones totalmente diferentes.
"Gracias, gracias..." le dijo una y otra vez, y luego se inclinó para besarlo, un gesto que al principio pareció sorprenderlo pero que casi de inmediato él correspondió.
Remus se sintió torpe al principio, pero no necesitó demasiado tiempo para encontrar ese sentimiento que ella le inspiraba en cualquier momento, no importaba si estaba bailando en el centro de un salón, jugando en la nieve o tocando el piano, lo que su presencia le inspiraba iba más allá de lo que él podía llegar a explicar con palabras, pero definitivamente no tan lejano como para no conseguir que lo hiciera completamente feliz.
En el interior del castillo, sus habitantes se regocijaban con su recién recuperada naturaleza humana.
o
Remus no recordaba que con anterioridad una primavera como aquella se hubiera presentado. Los jardines rebosaban flores y todo era de tantos colores diferentes que seguramente sería imposible nombrarlos todos. Tonks había estado corriendo de manera incansable alrededor del jardín, y lo había hecho durante tanto tiempo, que él empezaba a preguntarse cuando se cansaría, y no precisamente de correr, sino de tropezar y caer una y otra vez, con las consecuentes carcajadas de los dos pequeños que iban detrás de ella. Sus hijos.
Al parecer, ella había llegado a ese límite cuya existencia Remus había cuestionado, y tras caer peligrosamente cerca de un arbusto de zarzas espinosas, decidió que dejaría a los niños seguir con su eterna persecución. Agotada, caminó hasta donde Remus se encontraba sentado, para hacerle compañía.
"Teddy piensa que su madre es una quinceañera que puede correr y correr durante horas." Le dijo, con la respiración agitada y dejándose caer a un lado de él. "Pero aún una quinceañera se agota de caer en repetidas ocasiones. Esa última estuvo muy cerca de las espinas."
Remus dejó que la risa que estaba conteniendo se escapara.
"¡Marianne! ¡No te subas a ese árbol!" gritó Remus, a la niña de apenas cinco años que ya colgaba de una de las ramas más bajas del naranjo.
La pequeña hizo una especie de puchero, pero obedeció a su padre, aunque luego desapareció detrás de unos arbustos para después salir persiguiendo a su hermano mayor, amenazándolo con una gran vara. Remus negó con la cabeza.
"Es incorregible..." murmuró, y volteó para observar a Tonks, dejándole claro quien era la culpable de la conducta de su hija.
"No me mires a mi, tú pasas más tiempo con ella. ¿Quién la carga durante horas sobre los hombros? ¿quién le da chocolates entre comidas?, y sobre todo, ¿quién le está enseñando a tocar el piano?"
Remus desvió la mirada, conociendo la respuesta a todas esas preguntas.
"¿Cómo sabes lo de los chocolates?" le dijo en voz baja, y sin observarla.
"Ah, eso... Teddy y yo somos muy buenos amigos."
Él volvió a sonreír. "Estoy seguro de que esa complicidad va a traerme bastantes problemas."
"No tendría que ser así si te comportaras." Respondió Tonks, mientras recostaba la cabeza sobre las piernas de Remus.
"¿Comportarme? Tienes que estar bromeando. Cuando corres con ellos me preocupo más por tu seguridad que por la de mis hijos."
Tonks frunció el ceño.
"Deja de darle tantos chocolates a Marianne."
"Deja de leerle tantos libros a Ted."
"¡No le hago ningún mal!."
"Has pasado demasiado tiempo con Hermione."
Ella le propinó un codazo y Remus exageró su reacción de dolor. Enseguida ella le sonrió y le plantó un beso en los labios.
"¡Papá!¡papá!. ¡Teddy dice que hay un monstruo en el castillo, y que si no le doy un chocolate le ordenará que me asuste por las noches!"
Remus alzó las cejas.
"Te dije que ha estado leyendo demasiado."
"Y yo que no le dieras chocolates."
Tonks se levantó y dejó que Remus cargara a Marianne para sentarla en su regazo.
"Marianne, no hay ningún monstruo en el castillo." Le dijo Remus.
"Pero si las hadas existen, ¿los monstruos también?. Las historias que me has contado, ¡hay hadas y magia!"
"Hmm…"
Remus dirigió una mirada suplicante a Tonks. Su esposa puso los ojos en blanco., aunque en realidad su mirada mostraba cierta diversión.
"No tienes de que preocuparte Marianne, no hay ningún monstruo en el castillo." Le aseguró Tonks, acariciando su cabeza. Eso pareció tranquilizarla. "Sabes, vas a tener que darme todos esos chocolates que tu papá te ha regalado."
Aquello pareció molestar a todo el mundo. Ted, Marianne y Remus la observaron, visiblemente disgustados, pero ella decidió ignorarlos, tarareando una canción de cuna.
"¿No están hambrientos?. Cuando terminemos todos podremos comernos un chocolate."
Se puso de pie y caminó al interior del castillo, Teddy la siguió, hablando de lo mucho que le estaba gustando el libro acerca de dragones, y haciendo aspavientos con las manos para demostrarle a su mamá como conseguían volar aquellas maravillosas criaturas. Remus los observó con una sonrisa en los labios.
"¿Vas a contarme un cuento papi?" preguntó Marianne, que se disponía a subirse en los hombros de Remus.
"Por supuesto." Respondió Remus, cargándola y luego poniéndose de pie. "¿Qué quieres escuchar?, príncipes, tierras lejanas, hadas…"
"¡Todo!"
Remus soltó una carcajada.
"Te pareces tanto a tu madre…" murmuró. "De acuerdo… vamos a ver…"
"¡Si hay un dragón estaría muy bien!" lo interrumpió la niña.
"No, no hay un dragón… hay objetos que hablan."
"¿Objetos mágicos?" preguntó Marianne, que ya le había revuelto el cabello a su padre.
"Si, objetos mágicos… ya sabes, como roperos y teteras, esas cosas."
"¡Wow!"
"Que vivían en un castillo encantado… y el dueño del castillo era bastante gruñón. Pero en otro lugar, muy lejano, existía una princesa."
"¿Era bonita?"
"Más que eso, era preciosa e inteligente."
"¿No había un príncipe?¿Quién la iba a salvar del monstruo?"
"Esa es la historia, Marianne… aquí todo es un poco diferente, porque la princesa va a salvar al… príncipe." Dudó un poco al utilizar la última palabra.
"¿Y cómo empieza todo?"
Remus sonrió.
"Hace mucho tiempo, un día durante la víspera del invierno, el padre de la princesa le dijo a su hija que tenía le necesidad de realizar un viaje…"
Marianne lo escuchaba, maravillada. Las historias de su padre siempre lograban transportarla a otros mundos. Era casi como si él hubiera sido el príncipe de los cuentos. Bueno, ella siempre pensaba que su papá era más guapo, más valiente, y más inteligente que cualquier otro príncipe que pudiera existir. Se lo había dicho una vez a su mami, que estuvo totalmente de acuerdo.
FIN
