Su cabeza daba vueltas y clavaba sus uñas en la niebla que la envolvía. Recordaba estar a bordo de un avión que de un momento comenzó a descender. "Tiene que existir un lugar donde llegar", se decía intentando tranquilizarse aunque no consiguiera verlo. El dolor en su cuerpo era insoportable, por eso decidió no hacer esfuerzos para alcanzar el desafío.
Con frecuencia aparecían imágenes que la llevaban al mundo de la inconciencia. Allí, el malestar era incapaz surtir efecto a pesar de estar en todas partes: en su interior, en la superficie. El dolor alcanzaba todas sus vértebras. Sin embargo cuando pensaba que no podía más todo cambiaba, se sentía invadida por un cálido entumecimiento, un elixir mágico que corría por sus venas. Poco después, la tan deseada inconsciencia volvía a envolverla de nuevo.
Con el transcurso de los días los momentos de lucidez fueron incrementándose. A pesar de su estado, oía sonidos amortiguados. Gracias a una gran concentración logró identificar un respirador acompañado de unas las máquinas electrónicas con el sonido chirriante de suelas de goma sobre un piso de baldosas junto con el repiquetear de teléfonos.
En una ocasión pudo discernir retazos de una callada conversación en algún lugar cercano a ella.
—... una suerte increíble... todo ese combustible que le ha caído encima... quemaduras, pero son en su mayor parte superficiales.
— ¿Cuánto tiempo... en responder?
—... paciencia... un trauma como éste daña más... el cuerpo. ¿Qué... aspecto cuando... se haya acabado? cirujano mañana. Él... hablará con usted.
— ¿Cuándo?
—... fuera de peligro... infección.
— ¿Qué... efectos sobre el feto?
— ¿Feto? Su mujer no estaba embarazada.
¿Por qué hablaban de ella con tanta familiriaridad? Las palabras no tenían ningún sentido. Caían sobre sí como meteoros lanzados de un vacío oscuro. Quería esquivarlas, porque se inmiscuían en su pacífica inconsciencia. Ansiaba la felicidad de no sentir ni saber absolutamente nada, de modo que desconectó las voces y se hundió de nuevo en las suaves almohadas del olvido.
-¿Señora Taisho¿Me escucha?- preguntó una voz suave.
Contestó con un suave quejido. Intentó abrir sus ojos, pero no pudo. Notó que uno de ellos se lo levantaban a la fuerza y un rayo de luz le perforó dolorosamente el cerebro. Finalmente se apagó la odiosa luz.
—Está volviendo en sí. Llame inmediatamente a su marido —dijo la voz incorpórea."Marido", gritó su cabeza. Ella sabía que no tenía lazos con ningún individuo. Trató de volver la cabeza en dirección a las palabras, pero resultó imposible moverse.
-¿Tiene a mano el número de teléfono del hotel? -se dirigió el profesional.
-Sí, doctor. El señor Taisho dejó una tarjeta por si recuperaba el conocimiento durante su ausencia.
El médico retorno y hablo de nuevo:
—Sé que se siente incómoda, señora. Estamos haciendo todo lo posible para aliviarla. No podrá hablar, de modo que no lo intente. Relájese. Su familia llegará enseguida.
El pulso le retumbaba en la cabeza. Quería respirar, pero no podía. Una máquina lo hacía por ella; a través de un tubo conectado a su boca, le bombeaban aire directamente a los pulmones.
A modo de experimento intentó de nuevo abrir los ojos. Consiguió abrir uno parcialmente y, por la rendija, pudo discernir una luz borrosa. Le hacía daño enfocar, pero se concentró en la tarea hasta que ciertas siluetas indistintas empezaron a cobrar forma.
No le quedaba duda de donde estaba. Sí, se encontraba en un hospital. Eso lo había comprendido. ¿Pero cómo¿Por qué? Tenía algo que ver con la pesadilla que había dejado atrás en la niebla. No quería recordarlo, de modo que lo olvidó y se puso a pensar en el presente.
Estaba inmovilizada. No podía mover ni los brazos ni las piernas por mucho que lo intentara. Tampoco la cabeza. Se sentía como encerrada en un capullo rígido. La parálisis la aterrorizó. ¿Sería permanente? El corazón empezó a latirle con furia.
De repente un chillido mudo resonó con fuerza en el cerebro. ¡Se acordaba! Sonidos metálicos. Gente gritando. Humo, denso y negro. A continuación, llamas y terror absoluto. Recordaba haber caído. Mientras caía echó lo que entonces creyó ser su última mirada al mundo. Ni siquiera sintió dolor al chocar contra el duro suelo. Para entonces se encontraba envuelta ya en la inconsciencia que hasta el momento la había protegido de la angustia de recordar.
— ¡Doctor!
— ¿Qué sucede? —Se le ha disparado el pulso.
—Muy bien, trataremos de bajárselo. Kikyo —dijo el doctor—, todo irá bien. No tiene que preocuparse por nada.
—Doctor Houjo, acaba de llegar Inuyasha.
—Que espere mientras la hayamos estabilizado.
-¿Qué ocurre? - dijo una voz varonil.
"Ese timbre ya lo he oído", pensó ella. Aunque parecía llegar desde una distancia de varios kilómetros, a pesar de ello distinguió el tono autoritario que emitió el hombre.
—Señor Taisho, por favor, espere...
— ¿Kikyo?
De pronto ella fue consciente de su presencia. Estaba muy cerca, inclinado sobre la cama. "Pero yo no soy esa mujer", gritaba su cabeza. Él no parecía percibirlo y le habló con tono tranquilizador.
—Te repondrás. Sé que estás asustada y preocupada, pero te pondrás bien. Y Aiko también, gracias a Dios. Tiene algunos huesos rotos y quemaduras superficiales en los brazos. Mamá está en el hospital con ella. Se pondrá bien. ¿Me oyes, Kikyo? Tú y Aiko sobrevivieron, eso es lo que importa ahora.

Una luz fluorescente resplandecía directamente detrás de la cabeza del hombre, de modo que sus rasgos quedaban desdibujados; pero pudo discernir suficientes elementos para hacerse una vaga idea del aspecto que tenía. Se aferró a cada una de esas reconfortantes palabras y, porque estaban pronunciadas con tanta convicción, se las creyó.
Movió su mano y él debió de manera silenciosa colocó la suya sobre su hombro.
Como consecuencia del contacto, su ansiedad empezó a disiparse, o quizá se debiera al fuerte sedante que le habían inyectado. Se dejó engañar, sintiéndose de alguna manera más segura al tener a aquel desconocido de voz potente a su lado, a su alcance.
—Se está durmiendo. Puede marcharse, Inuyasha.
-Me quedaré con ella.
-Muy entonces, que así sea. Dicho esto el médico se retiro de la habitación dejando a pensativo Taisho en ella.
Comenzaba a escribirse un nuevo capítulo en la historia de la familia Taisho. Una mujer presa de las sombras y vagos recuerdos y un hombre con incógnitas por descubrir. "Aún quedan muchas dudas por aclarar", se dijo. Mirando a su alrededor fijando su vista en el desgastado cuerpo de la mujer llena de tubos y elementos quirúrgicos. "Ya habrá tiempo", reflexionó y con estas palabras cayó a los brazos de Morfeo.