Bueno, fans de Esme (entre los que me incluyo), perdonen por lo que van a leer, por el error de Esme. En Eclipse, cuando Rosalie le cuenta a Bella su historia, el dice que teine un registro más limpio que Esme porque Rose nunca probó la sangre humana. Eso significa que Esme sí, aunque no demasiadas veces (Podría decirse que está tercera en el ránking de autocontrol Cullen jeje) lo cual no significa que sea todo puro invento mío. Además, necesitaba esta muerte para el avance de la historia. Quería agradecerles a Amedelune y PiRRa por sus comentarios, este capítulo va para ustedes¡Nos vemos!

Disclaimer: Ni Esme, ni Carlisle ni Edward me pertenecen. Pertenecen a una de las mujeres más dotadas en cuanto a imaginación se refiere, Stephenie Meyer. Aunque a veces me ataquen delirios de grandeza, esto lo hago sin ningún fin de lucro ni de robarle nada a esta señora. Sólo soy una desquiciada que hace estas historias para descargar su locura : ) No me demanden.


Luchando Conmigo

Capítulo 2: Llanto sin Lágrimas

PUNTO DE VISTA DE ESME

Sentía que miles de agujas se clavaban en mi garganta. Sentía el sabor de la sed en mi lengua, mi paladar, mis labios. Miles de estrategias para satisfacerla se agolpaban en mi cabeza. Mi cuerpo se había entregado por completo a mis instintos, a la faceta de La Nueva Esme que menos me gustaba, pero a la que no podía presentarle resistencia una vez que se apoderaba de todos mis sentidos, de todo mi ser.

Perseguía a la pobre mujer por callejones que se iban perdiendo uno tras otro. Me estaba ofreciendo una buena batalla, pero tarde o temprano yo saldría victoriosa. Así eran las leyes de la naturaleza, el predador era siempre vencedor, las cosas eran sencillas vistas así: La pobre muchacha estaba destinada a morir por obra mía.

Lo poco que quedaba de mi conciencia me advertía que no debía hacerlo, que eso decepcionaría a Carlisle, que la pobre mujer debía estar sufriendo mucho. Pero ya no era dueña de mí, me había dejado llevar demasiado por la sed.

Mi presa se encontró entre la espada y la pared (dicho de un modo tan literal) cuando un gran muro de piedra se encontró a sus espaldas, el muro que sería único testigo de su muerte. Gritó, pero no importaba. Nadie iba a escucharla.

Ni siquiera me importó evitar que la sangre arruinara mi vestido, simplemente dejé que escurriera por él, esparciendo su dulce tintura por las flores amarillas del estampado. Me relamí los labios… La sangre era dulce, era el mejor manjar que La Nueva Esme había probado. Me reí, aún con mi saliva impregnada del exquisito sabor de la sangre humana. Tomé los huesos de mi reciente víctima y los partí con las palmas de mis manos, el único aplauso que recibiría por haberme dejado llevar por mis instintos. El polvo de sus huesos corrió por mis manos, que temblaban, histéricas, acompañando aquellas carcajadas que surgían desde muy dentro de mí, pero que, sin embargo, no me pertenecían.

No saldría. Por más fuerte que Edward llamara, jamás saldría. Me quedaría allí, encerrada, por el resto de la eternidad. No cazaría jamás, nunca más le haría daño ni a una mosca. Me dejaría consumir poco a poco por mi debilidad, y, quizás, con un poco de suerte, me ahogaría en la misma eternidad, y tendría un encuentro cara a cara con la Muerte.

No entendía cómo había sido capaz de asesinar a esa pobre chica. Tenía gente que la quería, planes, futuro… Su familia pronto la buscaría, pero no encontrarían siquiera sus huesos: La pobre muchacha jamás regresaría, y ni siquiera tendrían algo con qué recordarla. Me preguntaba cómo me habría sentido yo de ser ella. Sí, había sufrido mucho con mi persecución, pero su muerte había sido limpia y rápida. Mi vestido era la única prueba de que yo había sido su asesina, pero había desaparecido cuando intenté relamerlo para seguir sintiendo la sangre en mis labios y acabé por comérmelo entero antes de huir. Otro nuevo, blanco, me ofrecía abrigo, un abrigo despectivo, que se burlaba de mí con ese color inmaculado y puro, inocente.

Me preguntaba cómo me habría sentido de haber sido yo su madre. Me lo imaginaba todo con total claridad: Una mujer, parecida a mi víctima, dando vueltas nerviosamente por la sala, esperando el timbre del teléfono para que le dijera que su hija estaba bien, que no le había sucedido nada… Y ver que el teléfono no sonaba, que el timbre no se escuchaba, ni tampoco las buenas noticias. Ella comprendería, luego de horas de espera, que algo había pasado, y la buscaría. La buscaría por cielo y tierra, y no se detendría hasta encontrarla. No se resignaría a la idea que estuviera muerta hasta ver su cadáver (cosa que nunca sucedería) Y se dormiría todas las noches pensando que su hija está allí, en algún lado, quizá con hambre, frío, sed… Pero viva.

Lo sabía. Sabía que era lo que haría, casi como si la muchacha fuera mi hija. Porque había amado. Había amado con todo mi corazón a una criaturita que crecía en mi interior. Tenía planes y esperanzas para él. Y lo vi nacer. Y lo vi morir. Vi morir todas mis esperanzas y sueños caer con su muerte, como una frágil torre de cartas que se va desmoronando con la caída de uno de sus pilares.

Contuve un sollozo.

– ¡Esme¡Sal de ahí de una vez¡Pronto llegará Carlisle! – Dijo Edward, tocando insistentemente la puerta por enésima vez, casi amenazando con derribarla.

– ¡No! – Grité, entre sollozos, presa de un llanto desbocado, sin lágrimas.

– Por favor¡Todos cometen errores! – Me suplicó Edward.

– ¿Alguna vez tú cometiste este error? – Pregunté, otra vez entre sollozos, casi conociendo la respuesta.

– No… hasta ahora… Pero todos pasamos por esa sed, Esme. Es muy fácil perder el control. – Dijo Edward.

– ¿Alguna vez Carlisle ha perdido el control? – Pregunté, conociendo de antemano la respuesta.

– Nunca me lo dijo… – Respondió. Dejó una parte en silencio, seguramente para no lastimarme. Pero yo sabía cuál era esa parte, casi como si compartiera su don en ese segundo: No lo creo. Claro que no. Carlisle, tan humano, jamás había perdido el control. Y, de haberlo hecho, habría preferido acabar con su existencia antes que seguir viviendo con el peso de haber acabado con la vida de alguien. Sólo que yo carecía de valor para suicidarme. Qué gracioso. Había podido hacerlo cuando era humana, sin embargo, ahora que era inmortal carecía de coraje para quitarme la vida. Estaba aferrada demasiado a esta existencia como monstruo.

Alcé mi rostro, compungido, y vi en el gran espejo de mi cuarto una de las huellas más notables de mi error: En mis ojos se había hecho un cambio. Ahora eran de color borgoña. Me prometí a mí misma que sería la última vez que ese color apareciera en mis ojos. Sería una buena vampiresa. Para no hacerle sufrir a otro padre el mismo dolor que yo había sufrido. Por Edward. Por mí. Por Carlisle.

Y ahí estaba el sonido de la llave en la cerradura, el sonido que tantas veces ansiaba, el sonido que anunciaba la llegada de Carlisle.

Me apresuré a quitarle el cerrojo a la puerta de mi cuarto. Tendría que verlo decepcionado, o enfadado. Tendría que tener mi castigo, por más doloroso que fuere.

PUNTO DE VISTA DE CARLISLE

Cuando llegué a casa, mis pensamientos tenían el desvarío de siempre: Estaba pensando en ella. En su sonrisa, en su cabello, en sus ojos. Fue grande mi sorpresa cuando me encontré con Edward, que estaba ansioso, quería decirme algo.

Me susurró toda la historia, y me dijo que ahora estaba encerrada en su habitación, sin querer salir.

– Supongo que está de más que te diga que no seas duro con ella… Pobre, está sufriendo mucho. – Terminó Edward.

¿Estaba sufriendo? Tenía que entrar y decirle que ni a mí ni a Edward le importaba que haya cometido un error, aunque quizá sólo le importaba la parte de Edward. No me explicaba cómo no le había dejado entrar.

Me encaminé a su cuarto, dispuesto a hacer toda la fuerza que fuera posible para abrir esa puerta, pero me sorprendió verla abierta. Por las dudas, toqué suavemente la puerta, temiendo que hubiera huido.

– Pasa. – Su voz sonaba débil, pastosa, como si hubiera estado sollozando mucho. Me aventuré dentro del cuarto que tan bien conocía (Gracias a mis sesiones de espionaje nocturno) Y allí estaba, fresca como el rocío de la mañana, pero con el rostro compungido, dejando de sollozar a duras penas, presa de un llanto sin lágrimas. Verla tan afligida me desarmó por completo, me hizo olvidar el discurso que había preparado mentalmente, me iba a quedar en silencio por completo o iba a decir palabras francas, desde mi interior mismo.

Me acerqué a ella y la rodee con mis brazos, cosa que no pareció desagradarle, sino que hundió su rostro en mi pecho. Sentí millones de caricias por dentro, allí se estaba a gusto, a pesar de que su tristeza era tangible. No podía evitarlo, era el primer contacto que tenía con ella desde su transformación.

– Perdóname – Dijo ella lo más tranquilamente que pudo, evitando mirar a mis ojos, hablando desde mi pecho.

– Creo que no tienes que pedirme disculpas a mí, pero no te preocupes, todos cometemos errores. En lo que a mí respecta, estás perdonada. – Traté de no dejar que el momento me impidiera decirle lo que había ido a decirle, las palabras que seguramente la tranquilizarían…

– ¡¿CÓMO QUE ME PERDONAS?! – Gritó ella, enfurecida, mirándome esta vez directamente a los ojos, deshaciendo el abrazo con violencia. – ¿No estás enojado? – Preguntó, apaciguándose un poco más.

– En absoluto. – Le respondí.

– ¿Y decepcionado? – Preguntó, rebuscando algo en mis ojos.

– Claro que no. – Le respondí, preguntándome en mi fuero interno por qué había reaccionado tan mal.

– Carlisle… ¡Acabo de matar a una persona¡Acabo de… de causarle a una madre el mismo dolor que me llevó a suicidarme¡¿Por qué no estás decepcionado?! Merezco lo peor… – Dijo ella. Tan humana, compasiva. No había remedio, iba a quererla aunque matara a toda una ciudad, y la acompañaría aunque discrepara con su dieta.

– Ahora eres parte de esta familia – Dije – Entre las familias, los errores se perdonan, y nos apoyamos mutuamente…

– Si no has venido a darme lo que merezco¡Sal de aquí! Verte tan comprensivo sólo me hace sentir peor. – Gritó. Me asustó un poco el hecho de que aceptarla la enojara tanto. ¿Por qué le molestaba tanto que fuese comprensivo con ella¿Por qué veía como un castigo que yo estuviera enojado o decepcionado?

Tal vez no quería a Edward.

Tal vez… me quería a mí.