Nota: Bueno, aquí está el segundo capítulo. Espero no haber tardado demasiado. Ahora a ver si puedo escribir el capítulo 3 de "La congelación…"
Antes de comenzar, quiero pedir disculpas a todos los uruguayos. De verdad, deben creerme, no tengo nada contra el país o sus habitantes. Nada en absoluto. Simplemente salió el nombre en un sorteo. Tenía que ser un país sudamericano y salió Uruguay. Ya lo siento.
El lago Reuter no existe, me lo he inventado.
Oh, una última cosa. Tal vez parezca que aparecen muchos nombres nuevos y desconocidos. Trataré de repetirlos varias veces, para que la gente se acostumbre. Porque van a ser importantes.
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CAPÍTULO 2
Jamie había sido convocado por la Directora Grey-Summers a su despacho.
Por lo general, James Thierry LeBeau solía ignorar cualquier clase de orden como si fuera un gato sordo, pero las instrucciones de Jean era mejor seguirlas. Sobre todo desde el incidente en el Cuartel General de la PAM.
Había estado limpiando los canalones de hojas cuando la llamada telepática retumbó en su cabeza y casi le hace perder el equilibrio.
Ahora se encaminaba por los pasillos de la Mansión con sus andares suaves pero decididos. Ya había conseguido que ocho chicas girasen la cabeza para mirarle. Y tres chicos. Jamie sonrió en un agrio gesto automático. Su belleza era su mayor virtud. Pero también su mayor maldición. Al final había aprendido a utilizarla como una daga: precisa, reluciente y letal en las distancias cortas.
Gato, como si percibiese aquel repentino cambio de humor, llamó su atención, correteando entre sus piernas casi como un cachorrillo juguetón. Jamie se agachó un momento, acarició el pelaje negro del felino tratando de premiar su esfuerzo y continuó su camino.
Cuando llegó a las inmediaciones del despacho se percató de que no era el único emplazado. El resto del grupo estaba allí fuera, cada uno con su expresión característica que iba del aburrimiento al pánico, pasando por la molestia.
— ¿Me estabais esperando?
Antes de que Daniel hablara, su hermana replicó:
— Ahora que lo dices, sí. –Ante la cara de estupor que sin duda estaba poniendo Jamie, Sarah explicó-: Mamá quiere verte a ti primero.
— ¿A dicho por qué?
— ¿Acaso explica alguna vez por qué hace las cosas? – preguntó Aisha retóricamente, sin ocultar el hastío en su voz.
Jamie encogió un hombro. Ahí tenía razón. Luego se acercó a un espejo cercano para arreglar un poco su aspecto. No necesitó mucho, claro. La suciedad, con respeto reverencial, había evitado su rostro, así que Jamie sólo tuvo que peinarse un poco el cabello. Se paró un momento para fijarse en sí mismo, dándose cuenta de que no lo había hecho en todo este tiempo. No realmente. Siempre había sido guapo, negar eso no servía de nada, pero por primera vez se vio buena cara. Había ganado un poco de peso (no llegaba a un kilo) y ello había dado a su rostro alargado algo más de suavidad. Además, también su tono de piel comenzaba a notar los beneficios del aire diurno y había dejado de tener ese tono blanco-medianoche-y-sin-dormir. Los ojos verdes parecían tener un brillo de verdad, casi alegre, y habían desaparecido las ojeras. Sólo su pelo castaño estaba como siempre. Es decir, perfecto como en un anuncio de Timotei. Eso, y el que irritara a Jean, eran las únicas razones por las que seguía manteniéndolo largo hasta los hombros, aunque fuera más práctico cortárselo para evitar que se le metiera en los ojos o pudiera ser aprovechado por un contrincante.
— Se te va a gastar la cara si sigues mirándotela – se burló Daniel.
— No te pongas celoso, Danny Boy –respondió Jamie, dándose la vuelta. Casi a desgana, porque meterse con él era a veces demasiado fácil-. Algún día tú también crecerás y hasta puede que tu aspecto no dé mucho asco. –Sonrió, con un punto de malicia-. Esperamos que todo en ti crezca algún día.
Danny enrojeció hasta la raíz del pelo y bajó la cabeza, sin poder emitir más que quedos farfullos.
Jamie, porque quedaba siguiente en su radio de visión, miró a Niklaus. Al instante, arrugó el ceño. El joven rubio lo observaba en silencio, sin despegar los labios. A diferencia de Daniel, Niklaus era más mesurado y astuto. Más peligroso. No había ningún indicio de tensión en su cuerpo, aunque su brazo rodeaba los hombros de su novia Sarah. En público. Para dejar claro con quién estaba.
Oh, no… Niklaus no era tonto…
Jamie no pudo evitar sonreír, aunque el gesto tuviera poco de humorístico. Señaló la puerta del despacho con ambos índices, dio un medio giro teatral, llamó con los nudillos y, al fin, entró.
Jean lo esperaba sentada tras la mesa de dirección, con Ororo y Logan a su espalda, cada uno apostado a un lado del ventanal como si fueran centinelas.
El despacho no era muy grande, pero la presencia de quienes allí habían dirigido en el ambiente, el recuerdo de quienes habían pasado por la Escuela en las fotografías de las paredes y los propios recuerdos de los alumnos que allá acudían, conseguían engrandecer el cuarto, consiguiendo intimidar a cualquiera que allí fuera llamado.
Jamie había entrado con las manos cruzadas tras la espalda, intentando aparentar mansedumbre, pero se paró antes de llegar frente a Jean. Entonces dio un paso hacia Tormenta. Al segundo, reculó. No estaba muy seguro de cómo iba a ser recibido por ella, sobre todo teniendo en cuenta que su ultimo encuentro no fue, digamos, cordial. Tormenta se mantuvo con los brazos cruzados sobre el pecho y el semblante serio, hasta que por fin se relajó y volvió a ser la de siempre.
— Tía Ororo – murmuró Jamie, abrazando a la mujer con más emoción de lo que hubiera deseado.
Tormenta era la única a quien el muchacho consideraba como una tía de verdad, pues ella y su padre se llevaban como auténticos hermanos, y era, además, su madrina.
— Querido James – respondió Ororo, sin disimular la calidez en su voz.
Y también estaba ese asunto de que fuera la única que lo llamara "James". En esos instantes no le importaba, casi lo agradecía: le daba cierta frialdad al momento y lo alejaba de ridículos sentimentalismos.
La mujer lo alejó unos centímetros de sí, sin romper el contacto físico.
— Estás… -Dudó-. Tienes buen aspecto.
Jamie estuvo a punto de replicar: "¿Mejor que la última vez, cuando nos gritamos en París?" Pero decidió que había llovido mucho desde entonces (de hecho, aquel mismo día) y ambos lamentaban lo ocurrido.
— Y tú estás como siempre. Estupenda.
— Truhán como tu padre – acusó ella, sonriendo.
— Por favor, yo tengo más estilo. Y además no miento.
Ororo soltó una carcajada, le revolvió el pelo (como solía hacer cuando era pequeño y que tanto le molestaba) y volvió a su posición, cerca del ventanal.
En su escritorio, Jean se había mantenido en silencio, testigo amable del encuentro. Ahora miraba a Jamie a los ojos, con la expresión de quien espera ser obedecida al instante.
— ¿Querías verme? – preguntó el muchacho, volviendo a cruzar las manos tras la espalda y caminando hasta encontrarse frente a ella.
Gato se apartó de su amo y trotó hasta el alfeizar de la ventana. Logan le echó una mirada recelosa.
— Hay dos cosas que quería comentarte.
— ¿Por qué a mí? ¿Por qué a solas?
— Porque una de ellas es personal y la otra… –Jean entrelazó los dedos encima de la mesa, apretándolos tal vez con demasiada fuerza–. Y la otra no es nada agradable y quiero aclararla antes contigo.
Jamie se encogió de hombros y luego extendió el brazo derecho como diciendo "todo tuyo".
— La primera de las cuestiones –comenzó Jean, tratando de controlar lo que fuera que la molestaba tanto–, se trata de tu examen para ingresar en Juilliard.
— ¿Qué pasa con él?
Jean carraspeó antes de proseguir.
— No vas a hacerlo.
Por un momento, Jamie creyó ser víctima de una broma galáctica. Era obvio que no podía haber escuchado bien. Ese examen había sido uno de los factores fundamentales que lo habían traído de vuelta a Nueva York. Jean se lo había prometido.
Después vio la cara de Jean y supo que hablaba en serio. Un sentimiento de profunda indignación, que se deslizó por su cuerpo como lava fundente, lo consumió.
— ¿Cómo que no voy a hacerlo? ¡Por supuesto que lo haré! ¡¿Tienes idea de lo que nos costó a Fiala y a mí conseguir esa audición fuera de tiempo?! ¿Tienes idea de lo que cuesta? ¡¿Sabes cuánto he ensayado?! ¡No puedes hacer esto! ¡No tienes derecho!
— ¡Por supuesto que lo tengo! Soy tu tutora legal en este país.
— ¡Nací para esto! –chilló Jamie, fruto de la desesperación–. ¡La música es mi vida!
— No estás preparado – intentó razonar Jean.
— ¡¿Y tú qué sabrás?!
— Cuidado, Jamie.
— ¡Me lo prometiste!
Jean se levantó del asiento. Pese a que era más baja que Jamie, de repente pareció llenar toda la estancia.
— Hicimos un trato –recordó, su voz tan controlada que salía en siseos–. Tú prometiste portarte bien y yo, a cambio, te permitiría entrar en Juilliard. Te recuerdo que fuiste tú quien rompió el trato.
Jamie apretó los puños y se esforzó por responder algo coherente e irrebatible. Lo único que consiguió fue balancearse adelante y atrás como un tentetieso aquejado de Parkinson.
— Y como esta información que me ha llegado hoy sea cierta, me encargaré de que jamás toques música – dijo Jean.
Jamie echó un rápido vistazo a Gato, que le devolvió la mirada extrañado.
— ¿Qué… qué información?
— Es el segundo asunto del que quería hablarte. –Jean se sentó–. Al parecer, alguien murió en vuestro asalto al Cuartel de la PAM.
— ¡¿Qué?! ¡No!
— Jamie…
— No murió nadie.
— Hemos conseguido el informe de la PAM sobre el incidente. En el pone bien claro que uno de sus soldados apareció muerto en el edificio, con su cerebro atravesado de parte a parte por una herida producida, al parecer, por un cuchillo.
— ¡Nosotros no fuimos!
— Si fue en defensa propia—
— ¡Que no fuimos! ¡Debes creerme!
— ¿Se murió solo?
— ¡No lo sé! Pero no fue ninguno de nosotros. Sarah, Aurora y Niklaus estaban en el jet y no se acercaron por allí. Garazi y Luc estuvieron fuera todo el rato. A Daniel lo rescaté yo mismo y lo acompañé hasta la salida. Los únicos que pudimos haber sido fuimos Aisha y yo. Yo, te lo juro Jean, no fui. Y no creo que Aisha pudiera hacerlo.
Jamie miró a Tormenta esperando su asentimiento. Lo sorprendió que ella dudara un momento.
— Estamos hablando de Aisha –remarcó Jamie. Vamos, había estado mucho tiempo fuera, pero su prima era incapaz de algo así. ¿No?–. Estoy convencido de que no lo hizo. Ni ella, ni nadie. ¡Somos inocentes!
— Dice la verdad – gruñó Logan.
— ¡Pues claro que la digo!
— Lo sé – concedió Jean.
Jamie abrió la boca para que un torrente indignado saliese por ella, hasta que su cerebro descifró aquella frase y corrió para cerrársela y formar una pequeña "o" con los labios.
— ¿En serio? – preguntó al fin.
— Sí… Si mintieras lo sabría.
— ¿Y por qué toda esta pantomima?
— Necesitaba que te pusieses nervioso y bajases tus barreras psíquicas. Sólo para asegurarnos.
Cuando Jamie iba a replicar, el teléfono del despachó sonó.
— Disculpad – dijo Jean y pulsó el botón para hablar. Al instante, sonrió-. Ah, hola Franz.
¿Franz? Jamie estiró el cuello para espiar la pantallita del teléfono y averiguar quién había llamado.
— Buenos días, Jean – saludó el extraño.
Al parecer, la conocía personalmente.
— ¿Todo bien por ahí? – preguntó ella.
— Frío. ¿Pero qué puedes esperar de Alemania?
Era alemán. Y entonces, al tiempo que registraba los ojos grises y penetrantes de aquel hombre, vio la expresión de ira reprimida en Tormenta. Y cayó. Era Franz Telemann. El maldito Franz Telemann, Comandante del Ejercito del Aire alemán. Había servido bajo las órdenes del gran Erich von Sachsen cuando éste trabajaba para sus enemigos, y cuando desertó por el amor de tía Ororo, Franz fue uno de quienes le siguieron. Era uno de sus mejores oficiales, uno de sus más leales amigos.
Y el hombre que le traicionó.
Ahora no recordaba nada de eso, porque su cerebro, como el de la mayoría de norms que tenían conocimiento de la Patrulla-X, había sido trastocado el Día de la Catástrofe. Franz Telemann era un hombre que no recordaba haber causado la muerte de su oficial superior y mejor amigo; mientras Ororo se veía en la obligación de verlo y morderse la lengua.
— …vamos a ir, he pensado en llamarte para quedar – iba diciendo Franz.
— ¿Tú y quién más? – preguntó Jean y a Jamie le sorprendió que sonara bromista.
— Voy a acompañar a una comisión encabezada por Somers, pero si te refieres a la cita, tú y yo solos, por supuesto.
¿El Coronel Thomas Somers? Un momento, un momento… ¿había dicho una cita?
— Bueno, no sé… éste fin de semana me viene muy mal…
— Estaré allí hasta el próximo jueves.
— Bueeenooo… está bien. Ya hablaremos.
— Sí, estupendo, te llamaré.
Jean esbozó una sonrisa tierna y colgó. En seguida adquirió una expresión desolada.
— Siento que haya llamado mientras tú estás aquí – dijo, dándole la espalda a Ororo, pero hablando para ella, sin duda.
— Es tú amigo – respondió Tormenta, con una tensión en la voz que sólo podría cortarse con un serrucho de adamantium.
— ¿Por qué demonios te llama Franz Telemann? – estalló por fin Jamie.
— Lo cierto es que no es asunto tuyo.
— ¿Cómo que no? –Jean lo acalló con una mirada, así que el muchacho decidió irse por la tangente–: ¿Ha dicho que el Coronel Somers va a venir?
— El Coronel Somers es, entre otras cosas, un gran aliado nuestro.
— ¡Es un norm!
— Ese vocabulario, niño.
— No es mutante.
— ¿Y?
— No podemos fiarnos de él.
— Jamie, conozco a Thomas desde hace tiempo y jamás nos ha traicionado.
— Los militares humanos –Jamie soltó la palabra como si fuera un insulto-, han cazado, torturado y asesinado a cientos de miles de los nuestros. Jamás he visto a ninguno de ellos actuar desinteresadamente por nosotros.
— Thomas es distinto.
— ¿Ah, sí? –Jamie meneó la cabeza y al hacerlo se fijó en el mapamundi de la pared. Lo señaló–. Igual quieres darte un paseito por ese cráter que antes se llamaba Uruguay, para aclararte las ideas.
— ¿Sabes? Por esa clase de ideas he suspendido tu prueba en la Juilliard.
La herida de Jamie se reabrió.
— No puedo creer que hayas hecho algo tan cruel – dijo, dolido.
— Necesario –corrigió Jean-. Aún no estás preparado.
— Llevo ensayando meses.
— No me refería a eso. Creo que todavía tienes mucho camino por recorrer, como, por ejemplo, aprender lo que significa la palabra "responsabilidad". Hasta ese momento, no creo que sea oportuno dejarte revoloteando por ahí a tus anchas.
— Pronto tendré dieciocho años.
— Hasta entonces, me obedecerás. – Jean esbozó una sonrisa afilada como una cuchilla.
— ¿Cómo puedes ser tan injusta?
— ¿Disculpa?
— Sí, la fastidié. Pero esa no es razón para arruinarme el resto de mi vida.
— No te pongas melodramático. Podrás volver a hacer la prueba.
— ¡Los de la Juilliard no son unos cualquiera a quienes puedes llamar cuando quieras! Esas personas son profesionales ocupados, y no les gusta que les tomen el pelo. No puedes ir por ahí cancelando pruebas, después de haberles dado tanto la tabarra, y esperar que te vuelvan a dirigir la palabra.
— Lo sé. Por eso simplemente la retrasé.
Jamie parpadeó.
— ¿La retrasaste? ¿Hasta cuándo?
— Oh, bueno, no hay un día definido. –Jean se incorporó-. Traté de dejar muy claro que se trataba de una indisposición transitoria. Me mostré humilde y suplicante, repitiendo una y otra vez cuánto lo sentía. –Se acercó a la puerta, apenas haciendo ruido-. Ellos trataron de aparentar molestia e indignación, pero al final dijeron comprenderlo. Deseaban que te encontraras lo mejor posible para la prueba. Así que esperan a que les demos una nueva fecha.
— ¿Seguro? – dudó Jamie.
— Llamé al profesor Fiala antes de aplazar la prueba, sólo para asegurarme de que se podía hacer sin problemas ni inconvenientes para ti. Fiala me comentó que, pese a haberte dicho lo contrario para presionarte un poco y que dieras lo mejor de ti, lo cierto es que los de la Juilliard no se hicieron de rogar mucho para concederte una audición. –Jean puso la mano en el picaporte-. Eres el mejor músico de tu generación, Jamie. Eres comparado con el mismísimo Mozart. Ningún conservatorio o escuela de música te rechazaría. Confía en mí. Y ten paciencia.
De repente, Jean abrió la puerta. Cuatro chicos, con Daniel en cabeza y Luc el último, se precipitaron hacia delante, cayendo al suelo. Un vaso de cristal rodó por la alfombra. Aisha y Niklaus se mantenían en el pasillo; Niklaus mostraba su expresión de "¿veis? Os lo dije".
— Oh, mirad, ¡gente! – exclamó Jean.
— Hola, mamá – saludó Daniel, con su voz amortiguada por encontrarse debajo de todos los demás, mientras saludaba con una mano que parecía salir de la cintura de su hermana.
— Levantaos y escuchad lo que tenemos que deciros – instruyó Jean, volviendo a su mesa.
Los muchachos obedecieron al instante, aunque tardaron un poco más de lo deseado mientras trataban de desenmarañar sus respectivos miembros. Niklaus intervino a tiempo para agarrar a su novia de la mano y ayudarla a incorporarse.
La última en entrar fue Aisha. Se deslizó en silencio tras todos los demás y se colocó justo detrás de Jamie, como quien no quiere la cosa. El muchacho notó la punzante mirada de su tía Ororo. Pese a que supo que se dirigía contra Aisha, Jamie se encogió ante su brutal intensidad.
— Bien, empecemos – dijo Jean.
— Ehhh… ¿no deberíamos esperar a que venga Dawn? – se atrevió a preguntar Danny.
— No. Ya he hablado con su padre. Él se encargará.
— ¿Encargarse de qué? –preguntó Sarah, un poco asustada-. ¿Qué hemos hecho ahora?
— Nada. Nada en absoluto –respondió Jean, tratando de parecer lo más razonable posible-. Os habéis portado muy bien esta última temporada. De hecho, como habéis trabajado tanto, hemos decidido daros… vacaciones.
— Vacaciones – repitió Jamie, incrédulo.
Jean miró a Logan y a Tormenta, recibiendo asentimientos de apoyo como respuesta. Los tres sonrieron. A los chicos les pareció aterrador.
— Vamos, no seáis miedicas –reprochó Jean-. Sólo son vacaciones. Vacaciones. ¿Recordáis lo que son?
— Mmmm… sí –respondió Jamie, después de que Sarah le diera golpecitos con un dedo para que fuera él el interlocutor-. Lo que… Lo que no sabemos es si tenemos el mismo concepto de la palabra.
— ¿Consideráis vacaciones a las acampadas que hacíamos en el lago Reuter?
— Sí, claro – concedió Jamie, viendo luz al final del túnel.
— Pues eso mismo es lo que propongo.
Los muchachos se miraron entre ellos, un poco más alegres.
— ¿Te refieres a una excursión a una playa o lago de Australia o Argentina? Ya sabes, algún lugar donde sea verano – quiso saber Jamie.
— No. Quería decir, exactamente, una excursión al lago Reuter.
Los muchachos volvieron a mirarse entre ellos, esta vez desconcertados.
— Eu… Jean… Es, es invierno – dijo Jamie, con la voz pausada que se utiliza con las personas que suelen tomar fuertes medicamentos anti-psicóticos.
— Técnicamente, aún no.
— Da igual, hace frío.
— Pensé que os haría ilusión. Antes os encantaba ir al lago. Esperabais impacientes todo el año a esas fechas.
— Sí, pero eso solía ser en julio, cuando no hacía frío.
— Hace mucho que no vamos –se lamentó Jean, comenzando a poner ojos de cordero degollado-. Pensé que unos días allí nos haría bien. Esparcimiento, aire libre, recordar viejos tiempos… todo eso.
— ¿Y de… de cuántos días estamos hablando? –se alzó la voz de Garazi, como si lo hiciera contra su voluntad-. Lo digo porque yo tengo que coger un avión el lunes.
— Oh, sólo serán tres días. El domingo ya estaremos de vuelta. Así que podrás viajar sin problemas.
— Claro, sí, gracias. Sería una tragedia si no pudiera pasar las navidades con mi padre – dijo Garazi en un tono que daba a entender todo lo contrario.
— Muy bien, decidido entonces, ¿no? – pronunció Jean imitando los gestos de una animadora social en un hotel lleno de jubilados.
— Hace frío – remarcó Jamie.
— Pues lleva ropa de abrigo y ya está – argumentó Jean.
— ¡No pienso llevar ropa de abrigo! ¡Esto es una locura! No vamos a ir de acampada en pleno invierno…
— Otoño.
— …para congelarnos.
— Quisquilloso – se burló Jean.
— ¿Qué? Lo que me faltaba por oír.
— Sólo serán unos días.
— Como si son unas horas. –Jamie miró a los demás, buscando apoyo-. No pensamos ir a esas "vacaciones". Preferimos trabajar el fin de semana.
— Disculpad, pero no era una petición –recordó Jean-. No necesito vuestro apoyo.
— ¡Esto es un abuso! – se indignó Jamie.
— Creo que eso se debe a que has confundido el Internado con una democracia.
— No puedes obligarnos.
— Oh, sí que puedo.
— N-no… no te dejaremos – desafió Jamie, aunque ni siquiera un corredor de apuestas borracho, arruinado y en plena búsqueda de milagros habría dado un céntimo por él.
— ¿En serio? – canturreó Jean.
Los chicos tragaron saliva al unísono.
— No iremos –repitió Jamie-. Y es mi última palabra.
A los diez minutos estaba preparando la mochila.
