Nota: Espero que este capítulo no sea demasiado cargante, he tratado de que tuviera mucho humor, e igual me he pasado. Hay notas al pie de página. También he aprovechado para incluir mi tabla de niveles mutantes, que es un poco diferente a la de Marvel. La creamos entre mi amiga Meiga-X (antes Arianrod) y yo. Así que si ella, por fin, publica su historia aquí y ven algo parecido a esta lista, no me ha plagiado, ¿vale?
¿Qué más? Oh, sí. ¡Forum habemus! He creado un foro. También está el de Lindo Usagi. El mío es complementario, tal vez algo más general. Se llama Los "X-Maníacos" y todo el que quiera está invitado. También he puesto una encuesta en mi "profile" o "perfil" (como quieran llamarlo). Si alguien está interesado, puede votar.
Por último, hay ciertas reminiscencias nostálgicas que espero le gusten a Lindo Usagi, a quien está dedicado el capítulo porque en él no cuento nada (y estará un poco más con los dientes largos, jejee).
CAPÍTULO 3
La lista aprobada en la II Asamblea de Unificación (1), remodeló los niveles mutantes existentes hasta la fecha, estableciendo las siguientes categorías:
— Están los de nivel delta. Básicamente, son personas que tienen la desgracia de nacer con alguna característica física, digamos… poco común: piel azul, orejas puntiagudas, colas prensiles… en definitiva, Kurt Wagner sin "bamf".
— Luego están los del nivel beta. Los mutantes beta poseen habilidades sobrehumanas no demasiado intensas: si son telekinéticos pueden mover pequeños objetos, si son energéticos pueden cargar las pilas de un walkman, si son psíquicos pueden leer la mente de aquellos que piensen en voz alta… En resumen, Kurt Wagner con "bamf" en su primera época.
— Un escalón más arriba, se encuentran los mutantes alfa. Perdón, Alfa (2). En ellos los poderes alcanzan cotas… a tener en cuenta: pueden horadar montañas (si quieren), hacer cubitos de hielo del tamaño de Boston (convertir Boston en un cubito de hielo), borrar los recuerdos de una persona (o dos, o tres…)… Vamos, Kurt Wagner si pudiera hacer "bamf" hasta otra dimensión.
— También están los mutantes de nivel alfa-omega. Estas ya son palabras mayores. Los alfa-omega pueden coger todas las psiques de la galaxia y hacer batido con ellas. Pueden volar hasta una estrella moribunda, meterse dentro, convertirla en supernova y achicharrar de paso a 10.000 millones de hombres espárrago que pasaban por allí, en su planeta, los muy incautos. O sea: Kurt Wagner si pudiera hacer "bamf" hasta otra dimensión, recoger a 20.000 hombres espárrago y salvarlos de una muerte inminente agarrados a su cola prensil (3).
— Por último, está el nivel más alto, que sólo puede ser alcanzado por unos pocos. Un nivel en el que tus poderes apenas (es un decir) tienen límites. Es el nivel Alfa-Omega-Supremo, más conocido como nivel "Uh-oh" (4). En otras palabras, Kurt Wagner si pudiera hacer "bamf" hasta otra dimensión, recoger a 10.000 millones de hombres espárrago, con planeta incluido, regresar a su propio universo, recogerlo también, hacer "bamf" hasta otra dimensión paralela, y soltarlo todo, sin que esa dimensión se colapsase por completo; y todo ello, mientras aguantaba la respiración.
Sólo existía un mutante vivo en todo el cosmos que perteneciera a dicho nivel, y su nombre era Aisha Munroe. Quien en esos momentos se hallaba de cuclillas, en uno de los corredores secundarios, atisbando por la esquina de la pared; espiando.
La razón de su vigilancia aterrizó en silencio a varios pasos tras ella. En vez de acercarse, cruzó los brazos sobre el pecho y estudió a la joven con unos ojos claros cada vez más achicados por la irritación.
Ahí estaba su hija Aisha, tratando de esconderse, a pesar de saber que se trataba de un esfuerzo fútil. Su hija, niña prodigio, paradigma de la emancipación, portento mutante y terror de los villanos del mundo, encogida en una esquina por miedo a su madre.
Ororo sintió, aunque sólo fuera por una centésima de segundo, la tentación de estrangularla.
— ¿Buscas a alguien? – preguntó en voz alta.
Aisha dio un brinco y se giró en cuanto las leyes de la física se lo permitieron. Por un instante, pareció un Monumento Al Sobresalto, hasta que su personalidad flemática de costumbre volvió a su cuerpo. Esa metamorfosis hacia la inhumanidad siempre resultaba desconcertante. Que Ororo hubiera sido testigo de la misma no significaba que se hubiera acostumbrado a ella.
— Madre – saludó Aisha en su tradicional tono desapasionado.
Ororo pensó en cosas bonitas, como gotas de lluvia sobre pétalos de rosa y bigotes de gatitos, para evitar chamuscar a su hija de un rayo.
— A mi cuarto, ahora.
El ático había sido, era y sería refugio y sancta sanctorum de Tormenta, y, por extensión, de la familia Munroe. A nadie se le ocurrió discutir eso, como a nadie se le ocurre decir cosas como "¿La Casa Blanca no quedaría genial en fucsia?" o "¿y si utilizamos la Piedra Negra de La Meca para esculpir un hombre desnudo?". Ororo precedió a Aisha hasta la sección habitable del ático, en la parte superior del enorme invernadero. No es que no se pueda vivir debajo de una palmera, rodeado de arbustos, pero normalmente suele resultar más cómodo hacerlo en un lugar provisto de cama, alfombra, sofás y una chimenea.
En cuanto llegaron a la altura de lo que podríamos catalogar como salón, Ororo se dio la vuelta hacia la muchacha.
— ¿Y bien? – demandó.
— ¿Y bien, qué?
"Brillantes ollas de cobre y cálidos mitones de lana" se repitió Tormenta a sí misma, como un mantra.
— ¿No tienes nada que decir?
— No sé a qué te refieres – respondió Aisha, en su mejor actitud indiferente.
— Déjate de juegos, niña.
Aisha achicó los ojos de pura irritación.
— ¿Por qué no me gritas y acabamos de una vez? – desafió.
Ororo dio varios pasos hasta quedar frente a frente, sus narices casi tocándose.
— ¿Esto te parece una broma?
— No, pero si te digo que no había forma de impedirlo, no me creerás.
— Porque había una forma de impedirlo: no ir.
— ¿Preferirías que dejáramos a Daniel allí?
— No, pero pudisteis haberos ahorrado todos los problemas si, en primer lugar, no hubierais tratado de entrar en el Cuartel General.
Aisha bufó y se separó de su madre. Cruzó los brazos, dándole la espalda, y miró hacia la pared decorada con máscaras africanas. Ororo advirtió que hacía un gran esfuerzo para no mirar hacia la ventana.
— Jamie hubiera ido de todos modos – argumentó la muchacha.
— Sí, pero tú—
— Si Jamie hubiera seguido solo, sin nuestra ayuda, te juro que a estas alturas estaría muerto. –Aisha volvió a girarse para clavar en su madre unos ojos heladores-. El único curso de acción posible era el que tomamos. No me arrepiento de ello. –Tragó saliva, como si de repente tuviera que hacer frente a algo más grande que ella-. Ocurra lo que ocurra, no me arrepiento.
— ¿Y ya está? ¿No te arrepientes y todos felices?
— Congratúlate con el hecho de que no nos pasó nada.
— Hasta la próxima. Cuando decidas echar el sentido común por la borda y ayudar en una causa suicida.
Y era eso, al fin, lo que le dolía a Ororo: la posibilidad de que Aisha, su única hija y alegría de su corazón, muriera en acto de servicio. Sus padres murieron, Eri murió, Kitty murió, Scott murió… La lista era ya demasiado larga. Aisha no podía ser un nombre más al final de la misma.
— No podrás protegerme siempre – dijo Aisha, como si le hubiera leído la mente-. No podrás decirme siempre lo que tengo que hacer.
— Mientras vivas bajo mi techo, sí.
Aquellas palabras salieron de la boca de Ororo, casi contra su voluntad, fruto de la Ley de Tópicos Inevitables en las Relaciones entre Madres E Hijas Adolescentes.
— Ni se te ocurra tratarme como a una niña.
— ¿Por qué no? Tu comportamiento no es que revele un grado de madurez impresionante.
— Viví un año sola, por el mundo, sin tu ayuda – recordó Aisha.
Ororo sintió esa incurable herida en su corazón reabrirse. El hecho de que su hija hubiera huido sin decirle palabra, aún le escocía. Y todavía le dolía más que no le hubiera confiado ni los pormenores de aquel viaje, ni la razón que le impulsó a emprenderlo.
— Sí, muy bien –contraatacó Tormenta-, y también tienes un cociente intelectual incomparable que te permitió saltarte más que un par de cursos. ¿Y qué haces con ello? Nada. Sigues en el Instituto. Tienes dieciséis años, a punto de cumplir diecisiete, podrías estar ya en la Universidad, pero en vez de eso malgastas un año más aquí.
— Yo no lo llamaría "malgastarlo".
— ¿Y cómo lo llamarías?
— Disfrutarlo.
Ororo esbozó una amarga sonrisa.
— Oh, sí, desaprovechar un talento por pura apatía, qué maduro por tu parte.
— No estoy desaprovechando nada. Voy al ritmo de los demás, eso es todo.
— Tú no eres como los demás.
Aisha apretó los dientes en un gesto automático.
— Gracias por recordármelo.
Ororo suspiró. A veces hablar con su hija era más difícil que intentar vadear una ciénaga.
— Aisha –lo intentó de nuevo-, en estos mismos instantes podrías estar en la Universidad, aprendiendo cosas nuevas.
— ¿En serio? ¿Y quién la pagaría? – preguntó la muchacha, retozando en el sarcasmo.
— Yo.
— Tú no tienes dinero.
— Pero tú sí.
— No, no lo tengo. No es mío. Y nunca lo será.
Qué cansada estaba Ororo de aquella discusión.
— Es tu herencia.
— No la quiero.
— Tus deseos no cambian los hechos. Ni quién eres.
Aisha la miró con una profunda hosquedad y obcecación dibujadas en sus facciones. Ororo se dio cuenta de que esa expresión no le venía de su padre, sino de ella misma. Era una cara que sin duda la propia Tormenta ponía. Se imaginaba esa expresión en un rostro más infantil, tiznado de suciedad y encuadrado en una blanca melena despeinada. Es la que debían de ver los policías que la detenían para interrogarla, allá en El Cairo.
La Historia tiene sus formas de repetirse.
— Aisha, por favor, no puedes permitir que tu orgullo interfiera en tu futuro.
— Percibo una gran hipocresía en tus palabras.
Ororo se mordió la lengua. Su hija poseía el raro talento de sacar de quicio a la gente.
— Sólo digo que tienes un don –consiguió razonar-. Es una desgracia que desaproveches tu inteligencia. Deberías sacar partido de todo tu potencial.
— Estoy bien así, gracias.
— Piensa en el bien que podrías hacer si te esfuerzas. No puedes ignorar tu deber, tu responsabilidad, por cosas… mundanas.
— La gente lo hace continuamente.
— ¿Y quieres ser como ellos? ¿Acaso deseas ser vulgar, ordinario como ellos, viviendo una vida gris y sin sentido? ¿Cómo la gente… normal?
— Hablas como Jamie.
Tenía razón, por supuesto. Tormenta siempre había estado muy orgullosa de ser mutante. La diferencia con su sobrino radicaba en que ella no tenía el menor deseo de matar a los humanos sin poderes.
— Sólo digo que… no eres como los demás y no debería avergonzarte el demostrarlo.
Aisha mostró una ácida sonrisilla.
— ¿Y tú me vienes con esas? ¿Tú, que cuando hago algo extraordinario que me asemeja a mi progenitor tienes un ataque de pánico?
— Eso no es cierto.
— Ya. –Aisha apretó las mandíbulas como si se tragara las palabras. Luego pasó su peso de un píe a otro, demostrando impaciencia-. Si no te importa, tengo que volver a mi cuarto a preparar la mochila para esa estúpida excursión de Jean.
Ororo decidió dejar a un lado su actitud ofensiva.
— El plan de Jean no es tan malo.
— ¿Si lo comparamos con qué?
— Es una salida al aire libre. Una reunión familiar. –Ororo intentó que sus palabras no sonaran demasiado tristes-. Hace mucho que no tenemos una reunión familiar.
— Hace mucho que no tenemos demasiadas cosas, madre.
— Deberíamos aprovechar estas pequeñas oportunidades.
— Lo que tú digas –masculló Aisha-. Tengo que irme – añadió, dirigiéndose hacia la puerta.
Tormenta se preguntó si algún día podría recuperar los buenos tiempos con Aisha. Aquellos días donde cada palabra no era una velada declaración de guerra.
— Aisha – llamó de repente.
La adolescente se giró sobre sí misma. Ororo titubeó durante unos segundos.
— Sé sociable – dijo, al cabo.
Aisha observó a su madre con esos ojos inexpresivos que poseía. Luego, evitando calculadamente la ventana, miró de reojo una foto sobre el escritorio: en ella aparecían un hombre rubio abrazando por detrás a Ororo, quien apoyaba sus manos sobre los hombros de un niño Niklaus. Todos sonreían. Un sorprendente aura de despreocupación rodeaba a Ororo. Niklaus parecía más feliz que en todos los días de su vida juntos. El hombre poseía los mismos ojos claros inexpresivos de Aisha.
La adolescente volvió su vista hacia su madre. Ororo pensó que iba a soltar uno de sus ácidos comentarios, pero no lo hizo. Se marchó sin decir palabra.
No eran necesarias.
Jamie llevaba varios minutos frente a la puerta de la habitación de Sarah y Aisha. Ya se había equipado con, lo que suponía, iba a ser un fin de semana en un congelador: ropa interior térmica, pantalones gorditos, muchas camisetas, un polar y, sobre todo ello, un plumífero. Y aún así, el futuro frío había conseguido llegarle hasta los huesos.
Gato estudiaba su indumentaria con franco estupor.
— No me mires así. Cuando estemos allí ya verás como echas de menos las ropas abultadas con plumas dentro.
El felino, sentado sobre sus cuartos traseros, lamió una de sus patas, evidenciando su opinión indiferente. Luego miró hacia el corredor. Bostezó.
— Vendrá. Tarda un poco, pero vendrá. Al fin y al cabo, tiene que preparar la mochila para la excursión. Por mucho que odie una cita, Aisha es genéticamente incapaz de llegar tarde.
Tan pronto como esas palabras salieron de su boca, Aisha apareció por el recodo del pasillo. Jamie percibió que estaba molesta. No era su expresión, ni su forma de andar, sólo había cierta… tensión. A Jamie le recordaba a cuando era una niña y perdía al ajedrez contra el Profesor Xavier.
— ¿Problemas en el Paraíso?
— Mi madre está siendo… obtusa.
Jamie abrió la boca.
— Y no me sueltes lo de "tú al menos tienes madre" – le advirtió ella al instante, con una mirada en la que se leía DEFCON 2.
— Sólo iba a decir que tu madre tiene fama de ser un poco irrazonable a veces -sorteó el muchacho en un alarde de improvisación-. Pero en serio, ¿estás bien?
La muchacha mantuvo tozudamente su vista al frente.
— Sí. ¿Alguna vez has creído que te habías librado de algo, pero luego ese "algo" ha vuelto?
— Una vez tuve una espinilla en la frente, de lo más pertinaz.
— Una metáfora bastante adecuada. En fin… ¿Querías algo? – preguntó Aisha, con la mano en el picaporte, sin intención de abrir.
— ¿Puedo… ehhh… puedo entrar?
— ¿Para qué?
— Te lo diré si me dejas pasar.
Aisha le echó una mirada larga y escéptica.
— Por favor, prima.
Ella se encogió de hombros y se introdujo en el cuarto, dejando la puerta abierta para él y su gato. Jamie la cerró en cuanto estuvo dentro. El muchacho advirtió que la habitación era un reflejo físico de la diferente naturaleza de sus dos ocupantes: mientras el lado de Aisha relucía de pura pulcritud, en el de Sarah se tenía que realizar un verdadero salto de fe para imaginarse un suelo bajo tanta ropa desperdigada.
— Sarah ya se ha marchado – comentó Jamie, intentando no ver varios de los sujetadores esparcidos.
— Sí, supongo que habrá ido a ayudar a Niklaus a preparar su mochila.
— ¿Tú hermano qué tiene, cinco años?
Aisha le echó una mirada ofendida.
— Mi hermano no necesita ayuda alguna para hacer su equipaje. Pero ya sabes cómo es Sarah.
Si hubiera vivido en la Grecia mitológica, Sarah le habría regalado a Prometeo un poco de alpiste para pájaros.
— ¿Me vas a decir ahora qué es lo que quieres? – inquirió Aisha.
— Jura que no vas a decir nada.
— Jamie…
El muchacho sacó un reluciente disco de un bolsillo.
— Dime que es música que te has bajado de la Red – pidió Aisha, retóricamente.
— Esto es una copia de un archivo que saqué del Cuartel General.
El rostro de Aisha fue, por un instante, una pantalla donde pasaron varias fugaces emociones.
— ¿El Cuartel…? Eso fue hace dos meses – dijo al fin.
— Bueno… No quería llamar la atención de Jean.
— ¿Por qué no?
— Porque entonces preguntaría qué es esto y yo tendría que darle una respuesta.
Aisha le arrancó el disco de las manos. Pulsó un botón del teclado de su ordenador y la pantalla se encendió para mostrar cientos de algoritmos. La computadora de Aisha siempre estaba encendida, y siempre parecía estar haciendo complicadas operaciones. Cuando el disco se cargó, aparecieron innumerables letras y números sin sentido.
— Está encriptado – señaló Aisha.
— Lo sé.
Ella le echó una mirada irónica.
— ¿Cuántos han visto este disco antes de que te dignaras a enseñármelo?
— Unos cuantos…
— Y como ninguno ha podido desencriptarlo, has tenido que acudir a mí.
— Bueno… -Jamie intentó hallar una explicación honrosa-. Pensé que era mejor no meterte en problemas. Me he visto obligado a hacerlo ahora, dado que existe la posibilidad de que no vuelva de esa excursión.
— Ya, muy galante. ¿Es otra forma de decir que si hubieras podido, le habrías dado este disco al Diablo antes que a mí, tu propia familia?
Jamie se encogió de hombros. Gato, a su lado, maulló.
— ¿Sabes lo que significa la palabra "confianza"? – preguntó Aisha.
— ¿Y tú lo que significa "traición"?
Aisha masculló algo ininteligible mientras tecleaba varios comandos en el teclado.
— ¿Qué, puedes descifrarlo?
— Me extraña que no lo hayas hecho tú.
— Ya sabes que la informática no es mi fuerte. –Jamie miró la pantalla, apoyado sobre una mano en la mesa. No entendía nada de lo que veía-. ¿Puedes descifrarlo? – repitió.
— Sí. Tengo el programa adecuado. –Ante la sonrisa satisfecha de Jamie, Aisha agregó-: Pero tardará un par de días.
— Qué fastidio…
— Ya lo verás cuando volvamos.
— Si volvemos.
Jean había citado a los muchachos en el jardín trasero de la Mansión. A esas horas, debería haber estado desierto, pero varias docenas de alumnos se las habían ingeniado para decidir pasear o mirar los pájaros justo en ese momento.
Logan, Ororo y Jean y los obedientes Garazi y Luc esperaban cerca de un montón formado por las bolsas con tiendas de campaña y varias mochilas. Sarah, seguida de Niklaus, renqueó hacia ellos; cuando vio el improvisado montículo su cara se iluminó y lo aprovechó para volver a atarse una de las botas. Tormenta miró a su hijo de hito en hito.
— ¿Y tú qué haces aquí? – preguntó.
— ¿Ir a la excursión?
— Pero… -Ororo se giró hacia Jean. Ésta se le acercó y ambas tuvieron un corto diálogo de susurros. Ororo le echó una mirada a su hijo y luego volvió a Jean. La pelirroja asintió, como queriendo darle confianza-. ¿Tú no tienes deberes o algo?
— Lo cierto es que no –respondió Niklaus-. El periodo de exámenes ha concluido. Hay varios trabajos que debo entregar en enero, pero voy adelantado, así que no me resulta ningún problema cogerme unos días libres.
— Bueno, si estás seguro… - murmuró Tormenta.
— Pues claro que sí, uno más no puede hacernos daño – exclamó Jean, optimista patológica.
— Estoy de acuerdo – saltó Garazi. A las dos milésimas, se dio cuenta de que había hablado en voz alta y enrojeció de incomodidad.
La salvó la llegada de Aisha y Jamie. El muchacho, con todo su vestuario, abultaba tres veces su anchura.
— ¿Pero qué te has puesto? – quiso saber Jean.
— Hace frío – se justificó él.
Sarah se arrimó a Jamie, olisqueándolo.
— ¿Ese olor es "Vicks vaporub"?
— ¿Qué pasa? Hace poco me lesioné las cuerdas vocales. No está de más tomar precauciones.
— ¿Vicks vaporub? – remarcó Sarah.
— Oye, yo no he criticado tu modelo "coletitas campestres".
Sarah se tocó el pelo, en un gesto entre preocupado y ofendido.
— No están tan mal…
— ¡Siento llegar tarde! – gritó Daniel, llegando a la carrera. Estaba vestido con un modelo de reminiscencias militares del que Patton se hubiera sentido orgulloso.
— Buenas, soldadito de plomo – saludó Jamie, sarcástico.
— Pensé que un par de coletas eran lo más cómodo – dijo Sarah, que iba a lo suyo.
— Pareces el muñeco de Michelín – se burló Daniel de Jamie.
— Al fin y al cabo, vamos a una excursión, no a una pasarela de moda – murmuró Sarah.
— Al menos el muñeco de Michelín tiene estilo – se defendió Jamie.
— ¿Tal vez una trenza hubiera estado mejor? – se preguntó Sarah a sí misma.
— Cariño, tu pelo no tiene nada de malo – la tranquilizó Niklaus.
— ¿Y se puede saber por qué llevas quince kilos de ropa encima? – quiso saber Daniel.
— Hace frío – dijo Jamie.
— Jo, colega, ¿cómo conseguiste sobrevivir en un gueto?
La frase abrió un boquete de silencio que alejó a los alumnos curiosos un par de kilómetros. De hecho, el significado exacto de aquellas palabras tardó varios segundos en ser asimilado por Jamie.
— ¡Danny! – exclamó Sarah, escandalizada, poniéndose entre los dos muchachos; su pelo totalmente olvidado.
Daniel era consciente de que había metido la pata, pero el orgullo seguía una inercia propia.
— ¿Qué? Sólo era una pregunta…
Sarah sintió a Jamie tensarse tras su brazo, e hizo más presión para impedirle acercarse.
— Yo te mato, niñato de—
'¡Basta!' retumbó la voz de Jean dentro de sus cabezas.
Garazi aprovechó para asir a Jamie por el codo y alejarlo.
— Venga, ven, olvídate de él. Sólo es un crío, Jai.
Luc se unió a ella y entre los dos lograron tranquilizar a Jamie. Daniel se quedó en el sitio, con la mirada gacha, mientras su hermana y su madre le dirigían su mejor expresión de reprimenda.
— Bien, ¿estamos todos? – preguntó Jean.
— Falta Dawn – indicó Aisha.
— Estoy aquí – dijo la voz de Aurora, tras la altísima figura de Luc. Unos dedos aparecieron a la espalda del muchacho, sacudiéndose ligeramente.
— Estupendo, pongámonos en marcha entonces.
— Te ayudamos a cargar el Pájaro Negro y… - comenzó Sarah.
— Oh, no, no, ya nos las arreglamos solas, Ororo y yo. Total, sólo van a ser las tiendas de campaña.
Los adolescentes le dirigieron la misma mirada estupefacta.
— ¿Y las mochilas? – se atrevió a preguntar Jamie.
— Las llevaréis vosotros, claro.
— ¿Prefieres que subamos con ellas? –se extrañó Daniel-. ¿En vez de asegurarlas antes?
— Oh. Oh, ya veo… Ha habido una terrible confusión…
Los chicos parpadearon.
— Veréis –explicó Jean con una heladora sonrisa aviesa-, vais a llevar las mochilas porque iréis al lago Reuter andando.
— ¿Andando? –se espantó Daniel-. Hay más de seis horas.
— Sí. Según nuestros cálculos estaréis allí al atardecer. Espero que hayáis almorzado fuerte.
— Un pequeño tentem—
— ¡Perfecto! –exclamó Jean, haciéndoles caso omiso-. Entonces nos veremos en el lago, cuando lleguéis.
Jean y Tormenta se alejaron, mientras se llevaban las tiendas de campaña cada una ayudada de sus respectivos poderes. Logan no las acompañó.
— ¿Y Logan? – quiso saber Aisha.
— Oh, sí. Irá con vosotros. Al fin y al cabo, va a ser vuestro instructor durante estos días.
Y diciendo esto, los abandonó en su miseria.
— Será zorra… - murmuró Jamie.
45 minutos más tarde…
— ¡Es totalmente injusto! – gritó Jamie, empezando a sentir el peso y el calor de todas sus prendas tras la caminata.
— Sí, Jamie, lo sabemos. Te hemos oído. Te hemos oído las ciento veinticinco veces que los has dicho – respondió Aisha secamente.
Jamie bufó, angustiado. Trató de encontrar algo productivo que hacer, pero no lo consiguió. Y la idea de huir había quedado totalmente descartada después de ser amenazado por Lobezno con pasar a la familia de los picadillos varios si lo intentaba.
Fue entonces cuando se fijó en la indumentaria de Aurora. La muchacha llevaba unos zapatones oscuros de invierno, unos leotardos amarillos arrugados a la altura de las rodillas, una falda tableada de color azul marino y un jersey del mismo tono amarillo intenso manchado de polvos de sospechoso aspecto (5). Había vestido un abrigo azul marino, pero ahora éste se encontraba atado de cualquier forma a la mochila, sin duda a causa del sofoco que los sonrosados mofletes de la muchacha y su camisa blanca desabotonada, con la corbata desanudada, demostraban.
— ¿Por qué llevas el uniforme del Internado? – preguntó el muchacho.
Aurora parpadeó, percatándose de que le estaban hablando a ella. Se miró los píes y los brazos, un poco perpleja. Su cabello castaño oscuro, en un corte indeterminado, le hubiera caído en los ojos si no fuera por el par de ganchos incongruentemente rosas que lo evitaban. Jamie se dio cuenta de que con otro corte de pelo y un radical cambio de vestuario (hacia la modalidad exigua), Aurora resultaría muy bonita: tenía unos cálidos ojos marrones, una tersa piel tostada, una buena estructura ósea y hoyuelos en las mejillas. Según Jamie, nadie que al sonreír enseñaba dos perfectos hoyuelos podía ser feo.
— Estaba en el Laboratorio –explicó Aurora-. Estaba en el Laboratorio, estudiando las células epiteliales del Phrynosoma cornutum, que no es un proyecto que me hayan mandado en clase, pero pensé que—
— Céntrate, Dawn – pidió Jamie.
— En fin, que me encontraba yo tan tranquila, después de haber estado charlando con Gregory, que es, por cierto, un chico muy majo y no lo digo sólo por—
— El uniforme, Dawn.
— Sí. Total, que estoy en el Laboratorio, viene mi padre de repente y ¡bam! Me encasqueta una mochila y ahí que me lleva, a no sé que excursión del demonio.
— Y no te ha dado tiempo a cambiarte – supuso Jamie.
— Pues no. Menos mal que lo que llevo no es muy incómodo.
— Deberías preocuparte un poco más por tu aspecto, Dawny.
— ¿Para qué? – saltó Daniel.
— ¿Perdona? – siseó Aurora.
— Eu…
Logan pensó que el Seppuku era una práctica de lo más razonable.
Una hora más tarde…
— ¡Yo no he dicho eso! –chilló Danny-. Lo que yo, lo que yo he dicho es que no puedes compararte con Amanda Gustafson.
— ¿Y por qué no? – preguntó Aurora, bordeando la idea del homicidio premeditado.
— Eso, Danny Boy, ¿por qué no?
Daniel le lanzó una mirada vitriólica a Jamie.
— No me ayudas, ¿sabes?
— Oh, ¿en serio? – ironizó Jamie.
— Ilumínanos con tu sabiduría, Oh, Gran Daniel. ¿Por qué no puedo compararme con Amanda?
— Bueno… -Daniel trató de encontrar una mano amiga, pero, al parecer, todos se habían quedado mancos-. Pues porque… Para empezar… Para empezar, no tenéis las mismas proporciones.
— Una forma muy elegante de decirlo – murmuró Garazi.
— O sea, que todo se reduce al tamaño del pecho – simplificó Aurora.
— Sí. ¡Quiero decir, no! Nononono. El pecho… El pecho es… Lo de la delantera no es tan importante. Mira a Garazi, por ejemplo, y ella es otra chica con la que no te compararía.
— ¿Qué? – exclamaron las aludidas al unísono.
Todos aquellos dentro del grupo con el cromosoma XY sintieron una repentina y profunda lástima por el pobre Daniel. Lo llorarían en su funeral.
— Sólo digo… sólo digo… -lo intentó de nuevo Danny, inasequible al desaliento (o al sentido común)-. Sólo digo que… Ah, cuernos, ya no sé ni lo que digo.
Todas las chicas le estaban enseñando su cara menos amable. En contra de todo pronóstico, Luc se acercó para auxiliarle.
— Tal vez lo que querías decir es que todas las mujeres son diferentes, especiales, y que comparar una con otra es como comparar dos copos de nieve.
Daniel lo miró como al Redentor. Jamie trató de fulminar a su amigo con la mirada y formó con los labios la palabra "traidor".
— Lo que, lo que ha dicho Luc, ¡lo mismo! – dijo Danny, en un tono algo desquiciado.
— Que todas las mujeres somos únicas y bonitas – resumió Aurora.
— ¡Sí!
— ¿Entonces yo soy bonita?
— ¡Pues claro que eres bonita! ¡Eres la chica más—
El cerebro de Danny, tan pronto como asumió el significado de tales palabras, se abalanzó para cerrarle la boca. Enrojeció hasta la raíz del pelo. Aurora sólo pudo parpadear.
— Quiero decir… En el sentido de—
— Ni se te ocurra arreglarlo, o la fastidiarás – le cortó Niklaus.
Sarah soltó una carcajada repentina. Los demás se le quedaron mirando.
— Es sólo que acabo de recordar algo –explicó ella, risueña-. ¿Os acordáis cuando tía Pícara llevaba ese bañador de flores y dijo… jejé… y dijo "con este espanto puesto no parezco ni gorda"? Y tío Remy… jajaja… tío Remy, tratando de ayudar, va y la mira y responde "sí que te hace gorda". Y se armó una… jejejé.
Hubo una risotada general. Incluso Jamie, un poco sensible siempre a lo que su madre concernía, esbozó una amplia sonrisa.
— ¡Oh! Y os acordáis cuando… - comenzó Sarah.
Logan se puso a observar el cielo azul.
Dos horas más tarde…
— Así que ahí que se van los excursionistas –explicaba Jamie-, después de ningunear las advertencias de lluvia de tía Ororo como si fuera una aficionada. Y claro, jarreó a cántaros hacia el anochecer. Logan y Cíclope tuvieron que ir a por esos excursionistas. Y cuando llegaron… Se quedaron sentados en una de las tiendas, con tía Ororo y mi madre. Y entonces, tía Ororo les pasa un par de tazas de cacao caliente y les dice: "Esto es un fenómeno meteorológico conocido como lluvia".
Más carcajadas se unieron a lo que ya era una sinfonía de risas. Garazi se agarraba el estómago, tratando de reportarse.
Sarah sujetó el hombro de Jamie con una mano, para acercárselo al añadir:
— Y luego nos enteramos de que había hecho llover más, sólo para darles una lección.
Jamie asintió, sonriendo.
— Tu madre es de armas tomar – dijo, dirigiéndose a Aisha.
— Dímelo a mí –gruñó ella-. Todavía me acuerdo de cuando tuvimos que comer judías durante un mes entero sólo porque se me ocurrió decir que le salían un poco duras. Pero lo peor fue –dijo, señalando a su hermano Niklaus-, que éste se libró a la semana aduciendo no sé qué de una dieta equilibrada.
— Por una vez que podía aprovecharme de mi situación – justificó él, con voz monocorde, mientras le echaba una inquieta mirada a Garazi, quien no se percató de ella.
— ¿Por una vez? –se indignó Jamie-. Si lo usabas cada vez que teníamos que ir a por leña para el campamento.
— Eso no es cierto.
Niklaus trató de encontrar apoyo en Sarah, pero ésta sólo se rió.
— Lo utilicé en un par de ocasiones, nada más. No seas exagerado.
— ¿Exagerado? Ash, díselo tú.
Aisha se encogió de hombros, luego agregó:
— Bueno, lo cierto es que intentabas ayudar lo menos posible. Pero eso nos pasaba a todos.
— Ah, no, no – objetó Niklaus-. Si tuve algún problema con ayudar a alguien, fue a éste de aquí. – Y señaló a Jamie.
— ¡Al menos lo admites!
— ¿Cómo te iba a querer echar una mano, si a cada momento estabas intentando hacerme una de las tuyas?
— ¿Qué?
— Sí, sí, no te hagas el inocente. Como aquella vez que…
Logan se planteó en serio el tomarse unas vacaciones de esas vacaciones.
Una hora y 15 minutos más tarde…
— ¡Yo no lo hice! –exclamó Jamie-. Admito que fui un niño muy bestia y que me encantaba fastidiarte, pero yo no tuve nada que ver.
— ¿La cuerda se soltó sola? – preguntó Niklaus.
— ¿Y yo qué sé? Ni siquiera estaba allí. Ash, díselo.
— Jamieestabaconmigo – obedeció Aisha, con una voz hueca que evidenciaba los millares de veces que había tenido que repetir lo mismo.
— ¿Lo ves?
— Pudiste haberlo preparado antes.
— ¡Sí, hombre! Mira, rubiales, únete al grupo "Paranoicos 'R Us" y déjame en paz.
— Nick –entró en la conversación Sarah la Razonable-, Jamie no saca nada mintiéndote. Ha admitido todas las cosas anteriores, ¿no crees que también hubiera admitido esto? Estoy segura de que fue un simple accidente.
La falta de respuesta de Niklaus fue más elocuente que sus palabras.
— A ver, tía Jean me creyó, ¿no? Si Jean me creyó es que, sin duda, digo la verdad.
— ¿Y eso que quiere decir? – inquirió Daniel.
— Bueno, todo el mundo sabe que tu madre no es la persona más confiada del mundo – explicó Jamie.
— Eufemismo del año – añadió Aisha.
— Eso no es verdad – exclamó Danny.
— ¿Alguien sabe dónde está Logan? – preguntó Aurora.
— Bueno, tienes que admitir que es un poco suspicaz – dijo Jamie.
— ¿Qué?
— Ah, ahí está.
Logan caminaba unos cuarenta metros por delante, mientras mascullaba algo sobre "juventud desquiciada" y "cámaras de gas".
Una hora y 57 minutos más tarde…
— Lo único que digo –razonó Jamie-, es que alguien que registra el equipaje de su marido después de que éste haya estado en una misión con Emma Frost, tiene ciertos problemas de confianza. Lo cual es irónico en una telépata.
— Bueno… Emma es guapa. Supongo, en cierta manera – murmuró Daniel.
— Y un poco pendón – añadió Sarah.
— Sí, pero… ¿tío Scott y Emma Frost? –indicó Aisha, con cara de incredulidad-. No en este universo.
— Mira, Danny Boy, ya sé que es tu madre y todo eso, pero tienes que admitir—
Y entonces la espesura boscosa abrió paso a un amplio claro en una orilla del lago, y la nostalgia le dio un codazo a Jamie, dejándole sin respiración. Era el mismo sitio. Su lugar de acampada en las vacaciones de verano. El sol se estaba poniendo tras un lado de la montaña diferente, no sonaban las cigarras y había mucho más silencio. Pero era el mismo sitio.
— ¡Buenas tardes! –saludó Jean, jovialmente-. ¿Habéis disfrutado del paseo?
— ¿Hay cerveza? – preguntó Logan, al borde de la histeria.
Jean señaló hacia la nevera portátil. Logan corrió hacia allí.
Los muchachos, con un suspiro de alivio, dejaron caer sus mochilas al suelo. Luc se dispuso a ayudar a Aisha con la suya. Luego vio a Ororo mirándolo y trazó una curva a medio camino para dirigirse a cualquier otro sitio.
Jamie se agachó y dejó libre a Gato (que había sido transportado dentro de la bolsa, con sólo la cabeza fuera). Jean se puso seria al ver al felino.
— ¿Lo has traído?
— Sí, no dijiste nada de mascotas.
— Sí, es cierto… Bueno, habrá que aguantarlo.
Jean levantó la cabeza para ver a Sarah juguetear con su móvil.
— ¿Qué haces? – quiso saber la mujer.
— Estaba probando la cobertura, para ver si se recibe la tele.
Sarah alzó el teléfono, para una mayor recepción, Jean se lo arrancó de las manos.
— Nada de móviles – ordenó la mujer.
— ¿Qué? – exclamaron los chicos a coro.
— Ya me habéis oído. Esto es una reunión familiar. Los aparatos electrónicos sólo conseguirían destruir el ambiente.
Cualquier discusión era inútil, por supuesto, así que los adolescentes obedecieron a Jean, entregándole sus móviles, consolas portátiles, mp3 o cualquier otra cosa más moderna que una pala y una pelota.
— ¿Y qué vamos a hacer durante todo este tiempo? – preguntó Aisha, fastidiada.
— Para empezar, montar el campamento.
— Eso no será muy difícil –dijo Jamie, agachándose hacia las bolsas con las tiendas de campaña. Abrió una. Parpadeó, perplejo-. Un momento… éstas no son nuestras tiendas de campaña.
— ¿Ah, no? – se hizo la sorprendida Jean.
— No. Las nuestras eran de esas que las echas al aire y se abren automáticamente. –Jamie le enseñó una varilla metálica-. Éstas son tiendas de campaña antiguas, de las de sacar y montar a mano.
— Sí, bueno… Es que las otras eran muy pequeñas. Así habrá más sitio para todos.
Jamie se quedó mirando la enorme sonrisa de Jean, sin saber qué contestar. Iban a ser tres días muyyyy largos.
(1) También llamada "Convención Y Tú Te Callas."(a)
(a)porque eso es lo que acabo gritándole Jean al representante irlandés mientras era sujetada por Logan y Tormenta.
(2) Es que uno debe leerlo con el debido ahuecamiento.
(3) Lo cual implicaría que puede alargar su cola, porque si no es imposible. Salvo que se utilicen las teorías de la mecánica cuántica y los cuentos chinos(b), pero en este caso, primero habría una discusión sobre "Curvaturas de Rabos" y "Niveles de Pánico Esparraguiles" y "¡¿Cómo Que Un Tío Azul Con Cola?!".
(b)Es decir, narraciones de divulgación científica creadas por investigadores novatos del reino de Chin.
(4) Es difícil articular otra cosa cuando tu esencia es destruida para convertirse en una miríada de paquetitos de ketchup para hamburguesas (incluso alguien con ese nivel de poder tiene caprichos, como cualquier otro).
(5) A Jamie, todo lo que no se asemejara a la cocaína le parecía sospechoso.
