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Capítulo 2
El encuentro de dos potencias
Helga permanecía recostada en su cama, pensando. Vaya forma de empezar la mañana. Ahora era responsable de las futuras llamadas a su amorcito, y más le valía conseguir el dinero de alguna forma.
Necesitaba ayuda. Necesitaba una mente hábil.
Su mano se lanzó a la mesita de noche, de la cual tomó el teléfono y se dispuso a marcar un número. Se detuvo.
Maldita sea, pensó, no hace ni media hora que Bob me prohibió usar el teléfono y ya lo estoy usando de nuevo.
Dejó el teléfono donde estaba y se puso de pie. Hablaría con Phoebe cara a cara.
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Rhonda también permanecía recostada, con la única excepción de que parecía enferma. Estaba pálida, tenía los ojos desorbitados, miraba al techo de su elegante cama y parecía estar a punto de llorar. Sus padres estaban a un lado de su cama. Su madre, sentada en una silla, había tomado la mano de su hija y la palmeaba en profunda compasión.
-Sabemos que no es una perspectiva agradable, pero realmente quisiéramos que lo intentes, cariño -le decía ella a su hija.
-Verás lo que es sentir la satisfacción de ganar tu propio dinero -alentó su padre-. Yo empecé así.
Rhonda no reaccionaba.
-Y hablando de ganar dinero, debemos ir a trabajar -agregó su padre, echando un vistazo a su Rolex de oro.
-¿Estarás bien, princesa? -preguntó su madre.
Rhonda apenas atinó a asentir con la cabeza. Su madre le dio un beso en la frente.
-Confiamos en ti, cielito. Volveremos para el almuerzo.
Rhonda, con sus ojos pegados al techo, no vio a sus padres marcharse. Apenas escuchó sus pasos alejándose y la puerta que se cerraba con total suavidad. Había quedado sola, como todas las mañanas.
Le encantaba estar sola por las mañanas. Siempre aprovechaba esos momentos para pretender que era dueña y señora de toda la residencia y, más específicamente, del teléfono. La mañana era la mejor hora para hablar con sus amigos en Londres, debido al cambio horario de un país más al Este.
Ahora, sin embargo, se sentía absolutamente desganada para hacer todo lo que hacía por las mañanas.
Pensaba mucho para sí misma. ¿Por qué había pasado aquello? ¿Qué crimen había cometido para que se la castigase de semejante modo? ¿Dónde estaba la justicia? Todo se había vuelto un total desastre, y ella sabía que las cosas no mejorarían al día siguiente. Conocía a sus padres y sabían que eran muy complacientes hacia ella, pero muy firmes en sus decisiones al mismo tiempo.
Rhonda tomó uno de sus caros almohadones de pluma de ganso y trató de asfixiarse con él. Segundos después cambió de idea y lo hizo a un lado, sintiéndose un tanto infantil.
¿Qué clase de trabajo tendría que conseguir? Las opciones pasaban por su cabeza muy despacio, dándole tiempo a su mente a acostumbrarse a ellas. Veamos... Trabajos disponibles para la chica más fantástica del mundo... Uhm...
¿Corredora de Bolsa? Era una interesante opción. Sus padres se habían vuelto ricos de ese modo. Pero luego recordó que ellos no trabajaban en eso, sino que tenían a personas que hacían las compras y ventas para la familia. Y no estaba interesada en ir ella misma a la Bolsa de Valores. Ya una vez había ido allí, y todo el ajetreo de personas yendo de aquí para allá era enfermizo. No, no era una buena opción.
A ver... ¿Qué más?
¿Periodista? Rhonda siempre tuvo el sueño vago de ser reportera del mundo del espectáculo. Podría viajar a las fantásticas ciudades de la costa durante el verano y entrevistar a los artistas en sus producciones teatrales. Estaría rodeada del glamour de las estrellas; y si conseguía ser muy buena en ello, incluso la enviarían a cubrir eventos al exterior, a aquellos países a los que ahora ya no podía llamar si no era con su propio sueldo. El problema era que no estaba segura de que a los diecisiete años le permitirían presentarse como postulante a ese trabajo.
Rhonda consideró volver a intentar asfixiarse con el almohadón, pero decidió dejar esa idea de lado mientras pensaba en otras opciones.
Hmmmmmm...
¿Modelo? Eso estaría bien... No, eso estaría genial. Modelar. Caminar por la pasarela vistiendo lo último de lo último en el mundo de la moda. Ser fotografiada para salir en las portadas de las más sofisticadas revistas de la materia. Ella sabía que había modelos jóvenes, incluso más jóvenes que ella misma. Ella podía hacerlo, y el sueldo de una modelo podría ser más que suficiente para sus gastos.
Modelo...
Sin darse cuenta de que lo hacía, Rhonda comenzó a sonreír. Se aprontó a salir de la cama y buscar los últimos números de todas sus publicaciones referentes a la moda. En algunas de ellas había anuncios que solicitaban nuevas postulantes. Sí, eso sería genial. Ganaría su propio dinero y, al mismo tiempo, conquistaría la Gloria Personal de toda las chicas de su categoría: ser Popular.
Encontró el anuncio que buscaba. Necesitaban aspirantes de entre dieciséis a diecinueve años para una prueba de trajes de verano. Rhonda sonrió inconteniblemente: ella tenía entre dieciséis a diecinueve. Arrancó el anuncio y se aprontó a llamar a la agencia.
Colgó de inmediato. La Culpa no era algo que visitase la cabeza de Rhonda con la frecuencia que debería, pero aquel número de excedentes dimensiones al final de la cuenta de teléfono le había generado una desagradable sensación de haber hecho mal. Y ahora estaba a punto de volver a usar el teléfono.
Rhonda observó el anuncio. La dirección de la agencia de modelos estaba allí.
Qué rayos, pensó, no me hará mal caminar un poco.
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Si alguna vez Helga debiera comparar a Phoebe con Arnold, no dudaría en afirmar que ambos tenían las habitaciones más extravagantes e interesantes de todo el grupo. Arnold tenía en la suya una colección de chatarra tecnológica que a simple vista no podía ser apreciada, pero si uno observaba con cuidado podía descubrir su sillón oculto, su equipo de sonido, sus luces de rieles, la fabulosa visión de su tragaluz y otros detalles menores pero que eran imposibles de dejar pasar, como su mítico reloj-papa y aquel surtidor de agua con pececitos.
Phoebe, en cambio, no había acumulado tecnología en los años que pasaron. Sus gustos provenían de ese cuarto de descendencia oriental que albergaba su ser. Entrar a la habitación de Phoebe podría haber requerido tener visa internacional y pasaporte al día. Helga estaba convencida de que su amiga tenía Yens en algún lado, escondidos.
Así, sentadas a la pequeña mesita de su habitación, Phoebe escuchaba las explicaciones de Helga mientras sorbía de su taza de leche y comía galletas con chispas de chocolate.
-... y ahora el ogro quiere que yo pague la cuenta. Bueno, la verdad, no me molestaría. Lo que sea por Arnold, tú me entiendes -Helga hizo una pausa para beber su leche y comer sus galletas-. El caso es que no sé qué hacer. ¿Qué tipo de trabajo puedo hacer?
Phoebe meditó al respecto. Conociendo como conocía a Helga, no había muchos empleos en los que le gustaría estar metida. Helga era un alma libre y creativa, y no una oficinista en un cubículo con una computadora y horas estranguladoras de trabajo.
-Bueno... -dijo, despacio-... no será fácil buscarte un empleo, pero estoy segura que algo encontrarás. ¿Qué te gusta hacer?
-Uhm... Creo que escribir poemas y golpear a las personas que me molestan.
-Todo un contraste -asintió Phoebe-. Enfoquémonos en lo primero: los poemas. ¿Has pensado en publicar?
Helga permaneció en silencio. Sí, de vez en cuando tenía curiosidad por publicar un libro, pero no estaba segura si quería hacerlo o no. Olga había publicado unos textos, y Helga suponía que sus deseos de publicar su propio material se basaban en querer opacar a su hermana mayor.
Publicar sus poemas...
-No -dijo al fin-. Supongamos que voy a publicar: necesitaré dinero para eso, y es justamente dinero lo que ando buscando en primer lugar.
-No siempre hace falta dinero -explicó Phoebe-. Si le envías tus poemas a una editorial, y si a la editorial les interesan, ellos podían publicar el libro cobrando un porcentaje de las ganancias de venta.
-Ajá, ¿y tú supones que aceptarán mis poemas? -preguntó Helga, escéptica.
-No conozco el funcionamiento interno de las editoriales, pero sé que tus poemas son muy profundos. Estoy convencida que les encantarán.
-Bueno, eso lo arregla todo -sonrió Helga-. Les envío una copia de mis textos y luego espero a la publicación. ¿Cuánto puede tardar? ¿Dos semanas? ¿Tres?
Phoebe titubeó, pero no podía ocultárselo.
-Eh... Buenoooo... Creo que se demoran entre... cinco o seis... meses.
-¡¿Meses?!
-Y eso si les gusta lo que leen -terminó Phoebe, en voz baja.
-¡No puedo esperar meses! Phoebe, necesito el dinero ahora.
Phoebe mantuvo la cabeza baja, observando distraídamente su taza de leche.
-¿Ya intentaste robar un banco? -sugirió, consciente de que el chiste no había causado gracia.
Helga iba a replicar, pero pensó mejor en ello. Al fin y al cabo, sería muy fácil robar un banco. Sólo había que entrar con un pañuelo cubriéndole el rostro, amenazar al cajero con un arma de juguete, tomar el dinero, salir del edificio...
... esquivar la lluvia de plomo...
-Olvídalo -dijo.
-Lo siento, Helga. No puedo darte mucho consejo, aunque en realidad no lo necesitas.
-¿Y por qué no?
-Porque ya lo tienes -dijo Phoebe, recordando un dato importante del que Helga no era consciente-. Lo tienes en tu propia casa, en la habitación de tu hermana.
Helga parpadeó y escuchó las explicaciones de su amiga. Deseó golpearse a sí misma por haber sido tan tonta como para olvidarlo.
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El imponente edificio de Molten Models se elevaba hasta hacer que el cuello de Rhonda se quebrase de dolor. He allí el sueño de toda chica elegante: entrar por las puertas de Molten Models y salir transformada en la nueva Diosa de las Pasarelas.
Rhonda regresó la vista a las famosas puertas. Apretó con fuerza el ahora arrugado anuncio de la revista y avanzó con paso firme a través de la entrada.
La recepción del edificio era espléndido. Muy amplio, muy adornado, reluciendo de pulcritud. Por un breve instante Rhonda tuvo la sensación de que ella no pertenecía a un lugar así de bonito, pero se contuvo y su Ego salió a flote. Caminó hacia el mostrador al otro lado de la habitación, observando distraídamente los enormes retratos colgados a ambos lados del camino y que mostraban a las más recordadas modelos que pasaran por el edificio.
Rhonda sonrió. Imaginó su propio retrato entre los que allí estaban.
-Bienvenida a Molten Models. ¿Tiene usted cita?
Volviendo pesadamente a la Realidad, Rhonda visualizó el mostrador frente a ella y a una joven secretaria al otro lado del mismo.
-Ah, eh... Vengo por el aviso -explicó, mostrando el anuncio de la revista.
La secretaria tomó el papel con un delicado movimiento de mano, como si le repugnara entrar en contacto con Rhonda Wellington Lloyd. Rhonda puso a esa mujer en su reciente lista de personas de las que se vengaría cuando fuese famosa.
-Oh, otra más -murmuró la secretaria, regresándole el anuncio a Rhonda-. Ala Oeste, piso veinticuatro, departamento catorce. Use los elevadores de allá.
Rhonda se sintió confundida, pero no iba a echarse atrás por una secretaria estúpida y arrogante que intentara obstruir su camino directo a la fama. Agradeció la información y se dirigió a los elevadores.
Exactamente un segundo después de presionar el botón 24 del tablero y un segundo antes de que las puertas se cerrasen, un pensamiento atravesó la mente de Rhonda como si fuese una flecha incendiaria: ¿qué quiso decir con "otra más"?
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Helga había regresado a su casa y aprovechaba la ausencia de sus padres para poder hurgar en la habitación de Olga. No había mucho que hurgar, realmente. El paquete nunca se había movido del mismo lugar.
Estaba sobre una repisa. Era pequeño y plano, como una delgada caja de bombones. Estaba envuelto en papel de regalo con corazoncitos rojos y un hermoso moño rosado. Incluía una tarjeta con adornos Navideños pintados a mano, en la cual se leía el mensaje "Feliz Navidad, hermanita bebé".
Helga había decidido no abrir el regalo y regresarlo a Olga. Hacía seis meses que permanecía allí, abandonado. Olga no dormía en su habitación salvo cuando visitaba a la familia, y como ahora tenía una vida propia eso no ocurría con frecuencia. Volvía a casa para las fiestas, o para eventos muy importantes, y Helga estaba particularmente feliz por eso.
No estaba segura de los motivos por los que había regresado el regalo. Eso era una mentira, porque siempre lo supo. Recordaba bien ese día; Olga repartió a cada uno de sus familiares el mismo paquete (aunque con diferentes envoltorios), y todos contenían el mismo regalo: su tercer publicación.
Helga rechazó el suyo porque pensaba que Olga se mofaba de ella y de su superioridad al haber conseguido el tercer volumen de sus obras, pero además estaba el motivo de que eso hacía llorar a Olga y a Helga le divertía aquello.
Sin embargo, Olga mantuvo el ejemplar de Helga en su habitación, sabiendo que tarde o temprano su querida hermanita bebé entraría a buscarlo. Tiempo atrás, Helga pensaba que ni muerta caería tan bajo.
Supongo que algunas cosas han de cambiar...
Helga regresó a su propia habitación, cerró la puerta y observó nuevamente su regalo de Navidad.
Seis meses después de esas fechas festivas, Helga por fin se decidió a abrirlo.
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"Otra más" significaba que Rhonda Wellington Lloyd no era la única en la ciudad con sueños de pasarela. Específicamente hablando, ella era la soñadora número ciento sesenta y cuatro en una fila que continuaba creciendo luego de que ella ocupara su lugar.
El camino al departamento catorce estaba bloqueado por una hilera de chicas de todos los tamaños, todas las razas, todos los colores de piel, cabello y ojos y, por sobre todas las cosas, todas las mañas y tretas para ser la elegida.
Eso sí, todas tenían entre dieciséis y diecinueve años.
Rhonda se sintió humillada. Esta no era la forma más directa de llegar a la fama, pero supuso que era mejor que trabajar de verdad. Además, las entrevistas sólo daban perdedoras, lo que era un alivio para Rhonda. La fila avanzaba despacio, pero con paso seguro. Una chica entraba, sonriente; y pasados cinco o diez minutos se abría la puerta y salía corriendo y llorando.
Rhonda las veía pasar, una a una, a lo largo de la fila hasta perderse en la lejanía del pasillo. Incluso resultaba levemente intimidante.
-¡Número ciento cuarenta y ocho! -anunció una voz desde el interior del departamento catorce. La aspirante más cercana a la puerta lanzó una risita nerviosa y entró a la habitación.
Seis minutos y cuarenta y dos segundos más tarde (según el práctico reloj multifunción de Rhonda), la misma aspirante abría la puerta de golpe y corría atropelladamente hasta alejarse lo más posible de ese lugar.
Rhonda comenzaba a preocuparse. Ninguna de las candidatas era elegida. Eso era bueno, porque todavía podían elegirla a ella. Y, sin embargo...
-¡Número ciento cuarenta y nueve! -anunció la voz.
Rhonda regresó su atención al frente y puso en cero el cronómetro de su reloj. Pasaron ocho minutos con doce segundos antes de que la nueva candidata corriese la maratón de las lágrimas.
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Vaya, vaya, vaya... Así que esto fue escrito por Olga Pataki... Mi hermana, pensaba Helga mientras hojeaba las primeras páginas del libro que le regalara Olga para Navidad.
Helga se había negado rotundamente a leer cualquier cosa que escribiera su hermana. En aquel momento comenzaba a arrepentirse. El libro parecía sencillo de seguir, y podría ayudarle mucho en su nuevo desafío.
Así, recostada nuevamente en su cama, comenzó a leer el prólogo de la obra. Olga explicaba algo acerca de la voluntad propia de cada persona y de cómo se podía potenciar para alcanzar un objetivo. Eso no estaba mal, pensaba Helga.
Una sonora carcajada provino del comedor. Llevaba escrito "Big Bob Pataki" en todos lados. Otras risas le siguieron, pero Helga ya no supo de quiénes podrían ser.
Curiosa, Helga bajó las escaleras y se topó con su padre y un par de hombres con los que reía e invitaba a pasar.
-¿Qué haces aquí? ¿Quiénes son ellos? -preguntó Helga, un tanto irritada.
Bob reparó en su existencia.
-¿Eh, qué? Oh, ellos son los gerentes de una empresa que se interesan por mis localizadores -explicó Bob. Los dos hombres asintieron y saludaron a Helga-. Y ella es mi hija Olga -continuó Bob, dirigiéndose a los hombres.
Helga iba a responderle, pero consideró que si Bob le había llamado Olga era porque se sentía de buen humor. Mejor no molestarle.
-Veremos unos contratos aquí -dijo Bob- porque esos malditos pintores aún no terminan de decorar mi oficina. Les dije a esos inútiles que la necesitaba para hoy. Bueno, no habrá que darles propina, ¿eh, Tim, Paul?
Los hombres, denominados Tim y Paul, rieron junto con Bob. Helga tuvo la exacta premonición de que en aquella casa no habría suficiente paz para concentrarse en su lectura por lo menos por unas horas, así que regresó a su habitación, tomó el libro y se marchó. Nadie notó su ausencia.
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-¡Número ciento sesenta y cuatro! -anunció la voz. Rhonda se sobresaltó, consciente de su nerviosismo. Intentó no dejarse intimidar y entró al departamento catorce.
El interior era simple, casi sin decoraciones. Se destacaba un pequeño escenario a un lado, iluminado por dos reflectores de pie a ambos lados de la hilera de sillas plegables que se ubicaban en la pared contraria. Sentados en las sillas aguardaban tres personas con anotadores y miradas inquisidoras.
-¿Nombre? -preguntó el hombre de la primer silla.
-R-Rhonda Wellington Lloyd -dijo ella, desconcertada.
-¿Edad?
-Diecisiete.
Rhonda observó que las dos personas restantes, un hombre calvo y una mujer de extravagantes lentes con armazón amarillo brillante, cuchicheaban a espaldas del sujeto que le hacía preguntas. Las miradas que lanzaban a Rhonda eran pista más que suficiente para saber sobre qué cuchicheaban.
-Bien, por favor, pase a la balanza.
Rhonda fue atacada con la guardia baja.
-¿Cómo dijo?
-La balanza, niña, la balanza -habló la mujer, poniéndose de pie-. Necesitamos saber tu peso, tu altura, tus medidas. Ven, ven...
Rhonda titubeó, pero decidió seguir adelante. No había reparado en una báscula al otro lado del escenario. La mujer la condujo hasta allí y la pesaron y midieron. Rhonda se alivió al ver que mantenía el peso indicado para alguien de su edad y altura, lo que era buena señal. La mujer apuntó los números en su anotador y regresó a su asiento, donde comenzó a cuchichear con el primer hombre mientras el sujeto calvo se ponía de pie y se acercaba a Rhonda.
-Muy bien, ahoga suba al escenaguio, pog favog -habló en un acento levemente francés.
Rhonda echó un vistazo al escenario, como si recién notase que existía. Todo estaba pasando muy rápido.
-Ah, sí... Sí, claro...
La chica se subió al escenario y se intimidó un poco. Ya que pretendía ser modelo, se había vestido con un conjunto de ropas delgadas muy cómodas y pretenciosas. La playera era corta con el propósito de darle al mundo una generosa visión de su estómago y una considerable silueta de sus curvas, y los pantalones playeros que llevaba puesto eran de marca renombrada. Era un día caluroso y no había ánimos para llevar nada más abrigado.
¿Serían ropas adecuadas para modelar? La pregunta sonó en su cabeza como una alarma de incendios. La mujer y el otro hombre señalaban los apuntes en los anotadores y cuchicheaban con más discreción.
-Bueno, no te quedes ahí. A veg, modela -pidió el hombre calvo.
Rhonda ya había modelado antes, en actos escolares y audiciones para los mismos, y no vio motivo para no hacerlo ahora. Olvidó a los que cuchicheaban y procuró destacar todo su encanto. Al fin y al cabo, estaba durando mucho más que las demás. Se lo demostraba el cronómetro de su reloj, el cual anunciaba que ya habían pasado unos largos...
... tres minutos con cincuenta segundos.
Claro, en la mente de una postulante, las cosas pasan mucho más lento de lo que deberían.
-No te distgaigas -advirtió el hombre calvo. Rhonda se esforzó por parecer natural; hizo un par de gesticulaciones con los brazos que le parecieron muy apropiados, caminó en círculo sobre el escenario y finalizó con un sugestivo meneo de cabeza que hizo volar sus cabellos y destellar sus aretes de zafiros tipo "smiley".
Su cronómetro marcaba cuatro minutos con veinte segundos. Esto no podía estar bien.
Cuando Rhonda regresó la mirada al frente, el hombre calvo había tomado su lugar en la hilera de asientos y cuchicheaba junto a los demás, dejándola sola en el escenario. Rhonda no sabía bien qué hacer a continuación. ¿Debía bajarse? No, eso estaría mal. Tal vez podría modelar un poco más, pero... ¿a quién? Nadie le estaba prestando atención.
Observaba a las tres personas enfrascarse en un debate hecho a susurros, de cuando en cuando señalando los apuntes en los anotadores y, a veces, a la propia Rhonda. Ella mantenía un único pensamiento en su mente, y era el de que no debía perder la calma. Ya habían pasado...
... ¿cuatro minutos con cincuenta segundos? ¿Es que acaso el paso del Tiempo se había relentizado de forma abrupta? Tal vez su cronómetro andaba mal...
-¿Señorita Rhonda Lloyd?
Rhonda regresó su atención al frente, nerviosa. El primer hombre continuó:
-Hemos analizado su performance y sus datos... Y hemos decidido rechazarla.
Rhonda parpadeó. Echó una mirada de reojo a su cronómetro. Repentinamente marcaba seis minutos y medio. Rhonda estaba a punto de jurar que el reloj se estaba burlando de ella, pero prefirió hacerse la chica fuerte, mirar al frente, fruncir el ceño y preguntar:
-¿Y se puede saber por qué?
Las tres personas intercambiaron una mirada automática. La mujer se encogió de hombros y entonó una de las respuestas que tanto había dado, aquella mañana.
-Eres muy gorda para ser modelo. Que tengas un buen día.
La fila de futuras aspirantes que esperaban en el pasillo del piso veinticuatro vieron pasar a la número ciento sesenta y cuatro, corriendo y llorando, desde la puerta del departamento catorce hasta los elevadores. Si alguna de ellas hubiera sido tan observadora como para verle el reloj de muñeca, habría notado que marcaba ocho minutos con dos segundos.
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¡Ah, el parque! Cuántos paseos tomados de la mano habían vivido Arnold y Helga en aquel lugar. No había mejor sitio que ese para sentarse en una banca y leer un buen libro de auto-ayuda financiera escrito por un familiar, así que eso fue lo que Helga hizo.
Eligió un punto cercano a la fuente, en el centro del parque. Varios niños jugaban alrededor del monumento, algunos de ellos traían barcos de juguete para hacerlos navegar por las cristalinas aguas. Helga tomó asiento y empezó a leer el primer capítulo.
Un enfermizo llanto colmó cada rincón del área verde, espantando a los niños, haciendo volar a las palomas y forzando a Helga Pataki a cerrar su libro de un golpe y lanzar una maldición a la deidad que estuviese disfrutando con todo su sufrimiento.
-Ya estuvo bueno -se dijo-. Quienquiera que sea el autor de esos berridos, acaba de conseguir una cita con el dentista. ¡Sin anestesia!
El llanto previamente denominado Berrido provenía de detrás de un seto cercano. Allí, sentada sobre una banca de piedra y con la cabeza gacha y la cara cubierta por ambas manos, Rhonda Wellington Lloyd lloraba a lágrima viva. Helga, asomada desde el otro lado del muro vegetal, lanzó un suspiro exasperado.
-Esto es increíble. ¿Qué rayos te pasa, Rhonda Lloyd?
Rhonda dejó de llorar sólo para levantar la vista y darle a Helga una de las miradas más patéticas que la muchacha hubiese visto jamás. Incluso con todo su odio reciente, Helga no pudo evitar sentir una pizca de lástima.
-Mira, no quise decir eso. Bueno, sí, sí quise, pero no significa que lo diga de verdad. Tal vez sí. Bueno, no importa...
Rhonda volvió a echarse a llorar. Helga puso los ojos en blanco y aceptó el hecho de que no iba a tener paz hasta que no hiciese callar a esa histérica amiga suya. Tomó asiento junto a ella y fue lo más delicada posible para contenerla.
-Cállate -le dijo. Eso era lo más delicada que podía ser.
Al ver que no había respuesta, Helga apretó los dientes e intentó de nuevo.
-Bueno, está bien... Rhonda, ¿podrías decirme qué te pasa? Tal vez podía ayudarte, bla, bla, bla, así que dímelo todo.
Rhonda detuvo su llanto y regresó esa mirada patética a Helga. Hizo unos gorgoritos lastimosos antes de abrir la boca y llorar a todo pulmón.
-¡Soy muy gorda para ser modelo!
Helga la vio volver a su posición previa, reclinada en su asiento y decidida a ahogarse en lágrimas. Observó a su amiga de pies a cabeza, lo cual no era muy difícil en semejante pose. Helga mantuvo una expresión carente de sentimientos durante varios segundos, hasta que por fin esbozó una leve sonrisa y dijo:
-Ajá... Sí... Aguárdame un momento... Yo, eh, ya regreso...
Helga se puso de pie con toda calma, y con la misma calma caminó alrededor del seto, desde donde provino una carcajada tan brutal que incluso Rhonda dejó de llorar, escuchó sorprendida por unos segundos y luego, enfadada, se puso de pie y espió al otro lado del muro, donde vio a Helga retorciéndose de la risa.
-¡No me estás ayudando, Pataki! -bramó.
Helga no dejaba de reír a carcajadas, por lo que Rhonda se acercó y la levantó del suelo con un sólo esfuerzo.
-¡Es en serio! ¡Me han insultado en la más prestigiosa agencia de modelos de la ciudad!
-¡¿Muy go-jo-jo-rda... para... para... ja, ja, ja... para ser mo-jo-jo-de-je-je-lo-jo-jo?!
-¡Basta! -exigió Rhonda-. ¡Ya tengo bastantes problemas económicos como para que una simplona como tú se burle de mí!
Helga dejó de reír, no sin cierta dificultad.
-Momento, momento... Tiempo fuera, a ver si entiendo... ¿Rhonda Wellington Lloyd, con problemas económicos?
Rhonda hizo una mueca de asco.
-Algo así.
-¡Existe un Dios! -Helga lanzó una reverencia al aire-. La última vez que te pasó eso fue cuando íbamos a cuarto grado. No pensé que se repitiese el milagro.
-¡No es gracioso! Además, mi familia no tiene ningún problema. Yo, en cambio, acabo de sufrir una de las peores mañanas de mi existencia.
-¿Qué pasó, princesa? ¿El espejo te dijo que Blancanieves era la más bella del reino? -rió Helga, quien estaba disfrutando tremendamente con toda la situación. Siempre ere bueno tener alguien más miserable que uno a mano.
-No, mis padres me dijeron que, de ahora en adelante, yo debía pagar mis propias cuentas telefónicas -dijo Rhonda, dándole la espalda a Helga y pateando tantas piedras como estuviesen al alcance de sus pies.
-¿Tú también? -preguntó Helga, y su tono había cambiado a uno más serio.
Rhonda le observó por sobre su hombro. -¿Qué quieres decir con "tú también"?
-Quiero decir que mi padre también me quitó el privilegio de usar el teléfono. Debe ser una epidemia, o algo...
-¿Qué, también te dijeron que busques un empleo?
-Oh, así que yo no fui la única, ¿eh? Muy bien, cartas sobre la mesa: necesito conseguir dinero para pagar mis cuentas telefónicas a Centroamérica, para seguir hablando con Arnold.
Rhonda desvió la mirada y suspiró.
-Necesito conseguir dinero para pagar mis cuentas telefónicas a diversos países del mundo -admitió Rhonda-. Mis padres me dijeron que no podía usar lo que tengo en el banco, así que busqué empleo.
-¿En una agencia de modelos?
-Son categorías, Helga. Categorías. Una chica de mi status social no puede aspirar a menos.
-No es lo que dice mi hermana.
Rhonda lanzó una risa apagada. -¿Desde cuándo le haces caso a tu hermana?
-Desde que escribió este libro -respondió Helga.
Rhonda observó el volumen que su amiga acababa de levantar. Era un libro delgado con una ilustración de Olga Pataki en la portada. Estaba disfrazada con una toga, representando a la Justicia, pero en la balanza que colgaba de su mano se apreciaban dos signos de Dólar en equilibrio.
El Camino Seguro a la Independecia Económica, rezaba el título.
-Oh, sí, he oído de esto -dijo Rhonda-. Salió poco después de Navidad, ¿no?
-Sí. Este pequeño libro tiene muchos consejos y pistas para conseguir dinero -explicó Helga.
-Qué, ¿te dice cómo robar un banco?
Era la segunda vez que alguien le sugería la misma idea. Helga comenzaba a considerarlo.
-No -dijo-. Cómo conseguir dinero de modo honesto. Mira esto, uno de los primeros consejos -Helga abrió su ejemplar y pasó las primeras páginas-: No Desespere.
-Ja, llegas varias horas tarde -murmuró Rhonda.
Helga procuró ignorarle y continuó: -No Desespere. Una mente tranquila puede observar más oportunidades de obtener dinero que una mente perturbada. Primero que nada, visualice su situación en general y pregúntese qué tan urgente es el dinero que debe conseguir. Muchas veces el monto deseado es menor de lo que se espera, y la situación en general es menos compleja de lo pensado.
Rhonda asintió distraídamente.
-No está mal -convino.
-Yo ya he pensado en ello -anunció Helga-. La situación de mi familia es estable, y yo sólo necesito dinero para mis llamadas al exterior. No es dinero urgente, si ponemos de lado que es a mi amorcito a quien deseo contactar. Así, tomando en cuenta un sueldo promedio para una chica de mi edad, puedo conseguir lo que necesito con menos esfuerzo que si me preocupase demasiado.
Rhonda desvió la mirada y pareció interesada en la fuente al otro lado del seto.
-¿Qué tal tú, princesa?
-Hmpf... Bueno... yo... -Rhonda suspiró-. Igual que tú. Mi familia está bien, y yo sólo necesito dinero para mis llamadas al exterior. Qué gracioso, dos chicas con estilos totalmente diferentes tienen el mismo exacto problema.
-Sí, sí, lo que sea -murmuró Helga-. Pues buena suerte, Rhonda Lloyd. Yo voy a buscar empleo.
Rhonda volvió la vista a tiempo para ver a Helga marcharse. Titubeó un par de veces y, al fin, salió tras ella.
-¡Helga, espera!
Helga se detuvo, poniendo los ojos en blanco en señal de tolerancia.
-Estaba pensando... ¿Podría acompañarte? No se me ocurre qué tipo de trabajo buscar.
Helga le dirigió una mirada de incredulidad. Ciertamente, para quien nace con una cuchara de plata en la boca, las astillas de la de madera le tomarán desprevenido. Era el caso de Rhonda Wellington Lloyd, quien tenía la costumbre de volverse totalmente vulnerable en cuanto su monto actual de billetes se reducía al mínimo.
Revisando una vez más el libro de Olga, Helga encontró una sección específica al caso:
-Trabajo en Equipo -dijo en voz alta-: La aventura de la independencia económica puede emprenderse de forma más agradable al ser ayudado por un selecto grupo de amigos que buscan los mismos intereses. El Trabajo en Equipo sugiere un ambiente de organización y cooperación entre individuos, formando un sólido equipo de trabajo que muy probablemente alcanzará la cima de sus ambiciones.
Helga cerró el libro, suspiró y lanzó una inaudible maldición a las alturas.
-De acuerdo, princesa. Vamos juntas.
-Gracias, Helga.... Cuando quieres, eres buena amiga.
-Sí, sí, no lo divulgues... Al fin y al cabo, creo que me divertirá verte trabajar.
Helga observó la cubierta del libro. Meditó un momento las palabras allí escritas. Luego sacó un marcador negro de su bolsillo y rayó repetidas veces la palabra Económica, escribiendo Telefónica sobre el borrón.
-El Camino Seguro a la Independencia Telefónica -leyó Rhonda, asintiendo-. Me gusta. Va con nosotras.
-Como sea... Vamos. Con las instrucciones de este libro, nada nos va a detener.
Las amigas comenzaron a caminar, dirigiéndose juntas hacia cualquier cosa que el Destino les tuviese preparado.
-¿Helga?
-¿Mmm?
-¿Y si fallamos, pese a seguir las instrucciones del libro?
-Oh, en ese caso, le echaré la culpa a Olga. Siempre me divierte hacerla llorar.
Rhonda apenas sacudió la cabeza como toda respuesta. Las chicas dieron vuelta en una esquina y desaparecieron de vista.
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(Continuará...)
