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Capítulo 5
Planes a futuro
Había llovido mucho durante la última semana. Los caminos eran lodazales intransitables, pero eso no impedía a los habitantes de la región moverse entre ellos con curiosa facilidad. Aquello no era extraño para los lugareños.
No existían muchas casas propiamente dichas. La mayoría eran chozas, aunque bastante grandes. Y no eran simples chozas de heno y paja, sino construcciones con barro y hasta piedras. Solamente una de esas viviendas era una casa hecha y derecha, y se ubicaba justo en las afueras de lo que podía considerarse una antigua ciudad de una antigua civilización perdida.
En el interior de la casa, un personaje conocido escuchaba, azorado, el mensaje que llegaba desde el otro lado del receptor.
–¿Estás trabajando? –preguntó Arnold, totalmente escéptico.
–Sí, Arnoldo. Estoy trabajando –respondió Helga, paciente. Hacía diez minutos que intentaba convencer a su amorcito de aquella realidad–. De todas formas, quería preguntarte si...
–Pero... Pero... ¿Trabajando? –interrumpió Arnold.
Se oyó un largo suspiro al otro lado de la línea.
–Sí, por decimocuarta vez, estoy trabajando.
Arnold trató de hacer encajar aquella información en el perfil de Helga Pataki que guardaba su mente. No hacía juego en ninguna parte.
–¿Por qué? –cuestionó.
Otro largo suspiro.
–Porque de otra forma ahora yo no estaría hablándote, grandísimo cabeza de balón.
Arnold escuchó la apresurada historia de cómo Helga y Rhonda se vieron involucradas en una misión de independencia personal. El relato era digno de escuchar desde la palabra y entonación de la propia Helga, aunque Arnold prefería sus poesías.
Finalizadas las explicaciones, Arnold volvió a hablar.
–¿O sea que estás ganando dinero para poder hablar conmigo?
–Sí.
–¿Y durante los últimos diez minutos he estado haciéndote perder ese dinero?
–Sí.
Arnold se sintió como un perfecto imbécil.
–Eh... ¿Puedo hacer algo para repararlo?
–Sí. Envía un cheque.
Arnold rió. Esa era Helga Pataki.
La comunicación prosiguió durante diez minutos más, hasta que Helga anunció que ya había sido suficiente. Arnold permaneció con el auricular junto a la oreja por otros cuarenta segundos de monótono tono hasta que colgó el aparato. Suspiró.
Afuera, la lluvia aumentaba en intensidad. Arnold se recostó en su cama y observó el acto suicida de millones de gotas de agua que se estrellaban contra el tragaluz del techo. Algunas cosas no cambiarían, él había pedido ese tragaluz para recordar su otra casa.
Y otras cosas, como Helga Pataki, podían cambiar mucho. Trabajando. Helga Pataki estaba trabajando, y todo por él.
Volvió a suspirar. Le hubiera gustado ser él quien llamase a Helga, pero sus padres no ganaban dinero. En aquella remota zona de El Salvador, la moneda corriente era la amabilidad y la ayuda. Sus padres ayudaban a los aldeanos, y los aldeanos le ayudaban a ellos. El poco dinero en efectivo procedía de la venta de algunos artículos provenientes de las tribus, los cuales iban a parar a museos y laboratorios. A veces, si había suerte, los aldeanos obsequiaban a Miles y Stella, sus padres, alguna joya sacada de las minas.
Volvió a suspirar, pero más fuerte. Hacía tiempo que no veía a sus amigos. Arnold se sentía atado a la mitad de una cuerda en la que dos participantes jalaban con gran fuerza: por un lado, sus padres y su vida en El Salvador; por el otro, sus amigos y amores en Hillwood.
Hillwood...
Hacía mucho que no regresaba.
–o–o–o–
A varios miles de kilómetros de Arnold y sus pensamientos, Rhonda tenía su propia comunicación telefónica (a varios miles de kilómetros de ella misma). Mientras se paseaba por su habitación con su caro pijama Caprini, Rhonda hacía una llamada previa a su sueño reparador de belleza.
–No creo que me entiendas, Roberto; las cosas pueden no estar funcionando. Es decir, tengo un trabajo y recibiré un sueldo, pero... no lo sé.
Al otro lado de la línea, una voz de acento Mexicano dio su opinión. Rhonda se detuvo frente a su ventana y observo las estrellas del oscuro cielo nocturno.
–¿Qué quieres decir con eso de que no sé lo que quiero? –criticó Rhonda–. ¿Qué¿Por qué me comunico con tanta gente de tantos países y no lo hago con la gente de mi propia ciudad? Eso es tan...
Rhonda calló. Por una breve fracción de segundo, algo en su interior se retorció de dolor.
–Mira... Roberto... debo irme. Mañana tengo que trabajar, tú sabes... Sí. Gracias. Adiós.
Rhonda dejó el receptor de su teléfono inalámbrico en el aparato, sobre la mesita de noche. Luego se sentó a un lado de la cama y observó con gran interés a las uñas de sus pies. Pasados unos minutos se acercó a su computadora y la encendió.
Se conectó a Internet, lo cual le demandó incontables minutos de espera. Rhonda poseía el servicio de Internet más rápido de Hillwood, pero la lentitud se debía a todos los programas de protección que ella había instalado en su PC. Tener como amor no requerido a un demente psicópata, y para colmo hacker, le había enseñado a no dejar su computadora sin las debidas protecciones. Brainy y Curly hacía tiempo que buscaban penetrar las defensas informáticas del Pentágono, pero lo que Rhonda había logrado con su computadora bien podría ser un nuevo desafío para la dupla.
A pesar de todo, Curly ya no intentaba ingresar a la PC de Rhonda. Ya se sabía que la chica elegante guardaba todos sus archivos de alta importancia en una útil LapTop aislada de la Red de Redes, por lo que Curly jamás podría hackearla.
Rhonda abrió su administrador de correo. Había cinco mensajes nuevos. Dos anuncios de Posible Ganador y dos peticiones de unirse a grupos de ayuda a los árboles de los bosques de Bulgaria.
Y un e–mail de Curly.
Rhonda abrió ese mensaje, sólo por la mera curiosidad que siempre sentía por saber que rayos había hecho el desgraciado. El mensaje en sí era corto y conciso, y a pesar de la falta de signos de exclamación ella podía sentir que Curly se sonreía al escribirlo.
"Buena broma, mi amor. Nos vemos mañana."
Rhonda intentó enojarse, pero no podía. Simplemente borró el mensaje. Luego accedió a su historial de mensajes recibidos. Comenzó a buscar hacia atrás en el tiempo, hasta que encontró lo que buscaba. Los mensajes de una persona que le causaron dolor. Ahora que lo pensaba mejor, aquella persona que le enviara esos mensajes no había aparecido en su sueño de anoche.
Todo era tan ridículo, tan absurdo, tan patético, que seguramente también sería verdad.
–o–o–o–
Una semana más tarde, Helga y Rhonda continuaban en McRonald's.
Una semana por demás de aburrida para Helga, y por demás de intensa para Rhonda. Nunca en toda su vida había tenido que actuar con tanto cuidado ante la posibilidad de toparte con ese par de gafas gruesas que tantos problemas le traían. Rhonda había ideado un ingenioso sistema para trasladarse desde un punto A (su casa) hasta un punto B (el local de McRonald's), evitando el fatídico punto C (o sea, Curly). El sistema consistía en una serie de desvíos y tretas que consiguiesen distraer al punto C el tiempo suficiente como para llegar al siguiente tramo del camino al punto B.
Por ejemplo, uno de los principales inconvenientes era salir del punto A sin que el punto C descubriese a Rhonda. La chica había empezado saliendo normalmente, pero debió cambiar esto al día siguiente en que Curly la esperó en la puerta con su auto, ofreciéndole un aventón.
Rhonda le ofreció una palabrota y un puñetazo en la cara.
Curly sonrió y dijo algo como "¡Ah¿Ya podemos tener contacto físico?"
Luego de aquello, Rhonda corrió del punto A al punto B en tiempo récord.
Pero más allá de todas las tretas, escapes y distracciones, Rhonda conseguía hacer los trayectos A–B y B–A sin que se produzca un A–C–B o un B–C–A con demasiada frecuencia. Sólo en una ocasión ocurrió un extrañísimo patrón B–C–H–C–F–C–R–C–C–C–T–A, dónde los puntos H, F, R y T correspondían a un callejón, una fuente de soda, un arbusto en el parque y una certera patada en la entrepierna. En ese orden.
–¿Dónde está Romeo, Julieta? –preguntó Helga, sonrisa de oreja a oreja, cuado Rhonda entró al área Libre de Curly de McRonald's y apoyó su espalda contra los cristales de la puerta.
Rhonda estaba deshecha, sus cabellos eran un desastre y respiraba pesadamente.
–¡Cállate! Ese maldito truhán está comenzando a crisparme los nervios. ¡Oh, voy a necesitar muchas sesiones de Yoga!
–Lo que necesitas es un cinturón negro en karate –propuso Helga–. Pero, en fin... Vamos a trabajar.
Para aquel entonces se había formado un vínculo amistoso entre ambas chicas. Más allá de las bromas constantes de Helga hacia Rhonda, ella sabía que Helga le ayudaría en malos momentos. Y hoy por hoy Rhonda iba a necesitar toda la ayuda disponible.
–Helga, ya no aguanto más esto –dijo Rhonda.
Helga inspeccionó la caja registradora y comenzó a efectuarle una revisión de rutina. Pronto abrirían y ya se sabía que el señor McDonell no gustaba la pérdida de tiempo o dinero. No era bueno arriesgar así un empleo que se obtuvo por mero tecnicísmo.
–¿Qué pasó, Princesa?
Rhonda se recargó sobre el mostrador.
–Ya estoy hasta de este lugar. Bueno, no tanto de este lugar –añadió–. Los Combos Ensalada son generalmente buenos, y la bebida...
–Habla rápido, Lloyd.
–Quiero dejar este empleo –se apresuró a decir.
–Pues renuncia.
–No puedo, necesito el trabajo.
–Pues no renuncies.
–No puedo, ya no aguanto esto.
La mente de Helga calificó el diálogo como Estúpido e Inevitable.
–Rhonda, no tengo tiempo para perder, así que mejor me dices...
–No quiero dejar de trabajar. Necesito el dinero, me entiendes. Me refiero a que quiero buscar otro empleo menor remunerado, o que al menos no tenga que andar con los ojos en la nuca para ver si viene el cuatro–ojos demente.
Helga no dijo nada. Al cabo de un rato, contestó.
–Mmm... –dijo. No fue el murmullo–reflejo digno de un pensamiento o una idea; fue algo así como un asentimiento o una aceptación de la improbable probabilidad de una coincidencia.
–Mmm... –dijo Helga, otra vez.
–¿Sí? –preguntó Rhonda.
–¿Qué tal si te respondo mañana? –dijo Helga, despacio.
Rhonda asintió, aunque no notó nada fuera de lo usual en Helga. Era una pena, porque sí había habido algo inusual en ella.
El resto de aquel día transcurrió con total normalidad para Rhonda, y al momento de salir ya se debatía mentalmente qué nuevo trayecto tendría que inventar aquel día. Helga, por el contrario, no tuvo que debatir nuevos trayectos porque nunca necesitó más que uno.
Helga se debatía por acomodar los nuevos pensamientos. Había muchos, y ocupaban espacio.
–o–o–o–
Había sido una cena normal en la casa Pataki. Dicho de otra forma, Bob mantuvo una oreja en su celular todo el tiempo, haciendo una interesante demostración de cómo comer, beber y gritar órdenes a diestra y siniestra, todo al mismo tiempo. Miriam, en pleno proceso de recuperación de antiguos vicios, se encontraba bebiendo jugo de tomate frío y con una estabilidad mental asombrosa. Y fue gracias a eso que Miriam notó el silencio de parte de su hija.
–Estoy bien, Miriam –murmuró Helga ante la pregunta de su madre–. Día fatal en el trabajo, eso es todo.
–Así me gusta –dijo Bob, dirigiendo aquellas palabras entre los gritos que enviaba al teléfono–. Da gusto ver que comienzas a comprender el valor del dinero. ¡Esa es mi hija!
Helga intentó sonreír, pero se negó a último momento. Decidió terminar su comida y mostrarse tan normal como siempre. Ya habría tiempo para pensar, en su habitación.
Había mucho en qué pensar. Ella había estado pensando al respecto.
Bien, Bob y Miriam estaban conformes con el hecho de que Helga tuviese un empleo. Eso estaba bien, porque a Helga le encantaba encontrar formas de hacer que su padre cerrase la boca. Así, al menos, no fastidiaría con el asunto del teléfono.
No, el asunto era otro. Rhonda quería cambiar de empleo y Helga... Helga también. El trabajo en McRonald's era bastante sencillo, pero agotador, muy aburrido y hasta incluso denigrante. Helga recordó los horrendos Combos Infantiles: una cajita de cartón con un juguete en el interior. Helga se había pasado gran parte de la semana metiendo figuritas articuladas de aquel personaje de caricaturas, un tal Bobo Esponjoso, en las cajas de Combos Infantiles.
Helga sintió un escalofrío.
Bien... Bien... Rhonda tiene razón. Al diablo con McRonald's, McDonell, ese Bobo Esponjoso y el niño de la malteada de leche. Especialmente con el niño de la malteada de leche. El muy bribón se había presentado todos los días –todos– y en cada uno había pedido la malteada de leche con la que Helga ahora tenía pesadillas.
Pero... ¿qué hacer? Sentía que Rhonda le seguiría en su próximo empleo, y Helga suspiraba en tolerancia cada vez que pensaba en ello.
Era culpa de Arnold. Luego de la confesión, Helga y Arnold pasaban muchísimo tiempo juntos. Tanto tiempo, que Helga comenzaba a pensar como él. ¿Ayudar a los demás¡Ja! Helga sólo ayudaría a Arnold y a ella misma. Y sin embargo... ahora todo parecía diferente. Helga no se había vuelto solidaria, pero algunas personas le producían tal grado de lástima que no podía evitar pensar en ayudarles.
Helga hizo una nota mental de darle a Arnold una buena zurra en cuanto lo tuviese cara a cara. Asintió ante la perspectiva.
Pero bueno, lo de la zurra se verá luego. Por ahora, pensó ella, lo más importante es el empleo.
¿Qué sería bueno?
–o–o–o–
Todos los empleados de McRonald's vieron entrar, temprano en la mañana, a un hombre alto de gafas oscuras, sombrero oscuro, bigote oscuro, gabardina oscura, pantalones oscuros...
... y zapatillas blancas. Marca NIQUE.
–Buen disfraz –dijo Helga en cuanto el personaje se acercó al mostrador–, pero las zapatillas te delatan.
Rhonda profirió un "¡Hmm!" de reproche y arrojó su sombrero oscuro con fuerza al piso.
–Te queda bien el bigote –sonrió Helga–. ¿Te puedo sacar una fo...?
–¡Basta! –Rhonda dio una patada al suelo–. Voy a contratar a un guardaespaldas. No puede ser que tenga que hacer esto para evitar que ese psicópata de cuenta de mí. ¡Sí! Eso es, un lindo guardaespaldas, como en aquella película...
Helga puso los ojos en blanco.
–Un guardaespaldas para una empleada de McRonald's... Oh, sí, es exactamente como en la película.
–Ya quisiera que estuvieras en mis zapatos, Pataki...
–Zapatillas.
–... para que veas lo que se siente tener a alguien constantemente a tus espaldas.
–Oh¿eso? Ja, se ve que no recuerdas a Brainy...
Rhonda se quitó la gabardina oscura y la colgó de un perchero.
–Ah, sí, pero no vas a compararlo –criticó–. Él no era tan acosador como Curly. Y además, él ya no te molesta.
Helga debió admitir que su amiga tenía razón. El señor McDonell apareció en aquel momento, apagando las leves conversaciones entre empleados con su sola presencia.
–Muchachos –les dijo–, les anuncio que tendremos una noche muy especial, mañana. Vendrá el propio Donald McRonald a hacerle una revisión a nuestro local.
Hubieron murmullos de excitación. ¿El propio Donald McRonald¿En Hillwood? Había que esmerarse.
Rhonda y Helga, ajenas a la familia de locales, no se mostraron demasiado interesadas.
–Le brindaremos una noche especial –continuó el señor McDonell–. Le prepararemos el mejor Combo Bienvenida que alguien pudiera desear. Ahora escuchen, quiero que den lo mejor de sí. Quiero que los pisos estén tan pulcros como un espejo. Quiero que los baños estén impecables. Quiero que todo sea perfecto. Y... –le echó una mirada, mitad de sorpresa y mitad de asombro, a Rhonda– ... y quiero que se afeite ese bigote, Lloyd.
Rhonda cerró los ojos con fuerza, maldijo para sus adentros y se quitó el bigote falso. Helga no se molestó en esconder una risita.
Directamente lanzó una carcajada.
–o–o–o–
Fue durante una pausa, pasado el mediodía, que Rhonda y Helga se sentaron a la mesa en la sala de descanso para empleados. Helga venía preparada.
–Ah, el libro de tu hermana –comentó Rhonda–. No me digas nada; allí está la solución a nuestros problemas¿eh?
–Algo así. En realidad, sólo la idea –replicó Helga.
Abrió el libro en una página marcada y lo empujó sobre la mesa hasta el lado de Rhonda. Ella bajó la mirada y leyó:
La Creatividad al Poder:
Mucha gente teme trabajar, especialmente al pensar que el trabajo les quita mucho tiempo del día, destinado al ocio y a la recreación. ¡Un trabajo no debe ser una carga!
Uno debe preguntarse qué clase de trabajo desea. Algunos preferirán un empleo con menos ingresos pero con más diversión. Los mejores trabajadores son aquellos que disfrutan haciendo lo que hacen.
La Creatividad entra en este campo. Es posible encontrar posibilidades de empleo allí donde nadie esperaría hallarlas. Y si el empleo no existe, siempre puede uno crear el suyo a su gusto.
Sólo hay que saber decidir entre Ingresos y Diversión, y hacer un balance.
Rhonda terminó de leer el pasaje. No había ninguna reacción en su mente.
–Ajá, muy bonito –levantó la mirada a Helga–. ¿Y qué¿Dónde vamos a buscar empleo?
Helga cerró el libro. Estaba esperando una respuesta obtusa de parte de la Reina de Belleza de Hillwood.
–Quiere decir que nosotras podemos crear nuestros propios empleos, siempre que no nos interesen mucho los ingresos –le dijo.
–Ah, pero que bien... Resulta que sí nos importan los ingresos –replicó Rhonda–. A ti y a mí.
Helga sonrió. Todo iba según lo imaginado.
–Claro que sí –dijo–, pero eso no quiere decir que no creemos un trabajo a nuestra medida. Un empleo propio, y bien remunerado.
–¿Y qué sería eso? –enunció Rhonda, despacio, suspicaz.
Helga incrementó su sonrisa.
–Todo el mundo en la secundaria comenta sobre lo bonito de tus diseños de ropa.
–Oh, es un don –Rhonda se dio aires. Tal como Helga lo supuso, la indirecta no consiguió atravesar la gruesa capa de Densidad en el cráneo de Rhonda Lloyd.
–Me refiero a que comercialicemos ese don –explicó Helga–. El tuyo y el mío.
–¿Comercializar mi don¡Ja¿Y cual es el tuyo, entonces?
–Escribir –fue el turno de Helga de darse aires–. Eso y mucho más.
Rhonda lanzó un suspiro de impaciencia.
–Helga, no divagues. No podemos tener un negocio. Necesitamos una oficina, y unos cuadros, una bonita lámpara de mesa, unas alfombras...
Rhonda estaba entrando a un punto de decoración Sin Retorno. Helga se interpuso en su carril de pensamientos.
–Sí, sí, sí, lo que tú quieras, pero no necesitamos ninguna fea oficina. Lo único que necesitamos es materia prima, iniciativa y una conexión a Internet bien potente.
Rhonda se mantuvo en silencio. Helga podía ver cómo los pequeños interruptores en aquel cerebro lleno de maquillaje hacían clic, clic, clic...
–¿Quieres que tengamos un negocio en Internet? –dijo al fin, consiguiendo adoptar un tono que era un balance perfecto entre sorpresa shockeante y fantasías a futuro.
–Podemos intentarlo. Trabajaríamos desde nuestras casas y podríamos reunirnos en la tuya para organizar nuestro sitio en la Red.
La pequeña burbuja de fantasía flotando alrededor de Rhonda hizo pop.
–¿Y por qué en mi casa? –replicó.
–Dos motivos, princesa: primero, en la mía gobierna Big Bob; segundo: así no tendrás que salir y enfrentar a Curly.
–¡Ah! Ah, sí, sí... En mi casa. Claro. Sí.
–o–o–o–
Todos en McRonald's estaban excitados, al día siguiente. Todos ellos por la llegada de Donald McRonald. Excepto Rhonda, que seguía considerando con creciente interés eso de tener un negocio propio. Y Helga, que no estaba ni con ánimos de recibir al tal Donald.
El señor McDonell caminaba de aquí para allá, como un general que pasa revista a su tropa.
–Debemos esmerarnos para esta noche –decía–. Kramer, Costanza, Banes, ustedes tres, dejen de hacer chistes malos y limpien los baños. ¡Que no quede ni una partícula de mugre!
–¡Si, señor! –dijeron los aludidos, dieron media vuelta y se marcharon.
–Mitchell, Willson, ustedes pulan las mesas y los mostradores.
–¡Sí, señor!
–Ah, y... Mitchell... Trate de que no venga ningún familiar directo.
–Sí, señor...
La dupla se marchó.
–Ulvaeus, Andersson, Fältskog y Lyngstad, quiero que la cocina funcione con la precisión de un reloj suizo¿entendido?
Hubo un coro muy armónico de "Sí".
–¡Y no canten en el trabajo! –protestó McDonell mientras el cuarteto se iba.
–Randal, Presley y Harrison –agregó–, si ya dejaron de jugar, pueden ir a trapear los pisos.
–¡Sí, señor!
–Y esa guitarra se queda aquí. Gracias.
El trío también se marchó. Ya sólo quedaban Helga y Rhonda.
–Chicas –dijo McDonell–, ustedes son nuevas, más nuevas que todos los demás, y les tengo trabajos especiales. Lloyd, usted ha tenido un singular éxito con el Pida–Al–Paso, así que hoy quiero que de lo mejor de sí y trate en lo posible de no sugerirle comida a los clientes.
–Eh...
–Y si acaso lo hace –interrumpió McDonell, sonriendo peligrosamente–, vea que sea un Combo caro. Desde hace una semana que el Pida–Al–Paso vende muchos más Combos Ensalada de los que ha vendido en años.
–Sí, señor... –murmuró Rhonda, dio media vuelta y se fue en silencio.
–En cuanto a usted, Pataki...
Helga le miró a los ojos. Pudo predecir lo que se avecinaba con mucho tiempo de ventaja.
–Usted honrará a su querida hermana.
Lo sabía, pensó Helga.
–El señor Donald McRonald fue el que condecoró a Olga Pataki, aquella vez –el señor McDonell se secó una lágrima–. Había sido un evento muy emotivo. En fin... Usted deberá demostrarle que un Pataki sigue presente, así que vaya a las cajas registradoras y tome esos pedidos como si fueran oro puro.
Helga titubeó antes de decir...
–¿Y dónde están Fletcher, Figg y Tonks? Mis compañeros de mostrador...
McDonell sonrió nerviosamente. Helga volvió a predecir con acierto.
–Los tres se hicieron humo. No vinieron a trabajar. Usted deberá atender las cajas, por lo menos hasta que encontremos un reemplazo.
Helga cerró los ojos. Ya, pues... Sería un largo día.
–o–o–o–
La noche llegó, igual que todo lo inevitable. El interior de McRonald's se había vestido de gala, o al menos la suficiente gala como para un local de comidas rápidas.
Colgaban de los techos, de un extremo a otro de las paredes, guirnaldas y cintas con banderines publicitarios. Los pisos relucían de limpios, tal como lo había ordenado el señor McDonell. Las mesas estaban tan brillantes que habían tenido que bajar un poco las luces debido a un par de casos de encandilamiento.
Había más gente de lo usual. Helga podía afirmarlo, ya que ella tenía la única caja habilitada en todo el mostrador. Malditos Fletcher, Figg y Tonks, se dijo para sí misma; en cuanto les ponga las manos encima les enseñaría a no desertar. Tan sencillo como decir "Abracadabra".
El gentío se debía a que el arribo de Donald McRonald no era algo menor. Se anunció en todos los medios de comunicación de Hillwood. Así, todo aquel con una pizca de curiosidad se sintió obligado a concurrir al evento.
–Voy a pedirle al buen señor McRonald que firme mi muñeco de Bobo Esponjoso –dijo Stinky, esperanzado, sosteniendo entre sus manos algo que parecía un queso en forma de ladrillo. Con ojos.
Lila le dedicó una palmadita en la espalda. Sonrió. Stinky era tremendamente infantil, algo que a Lila le había gustado por demás.
–Sí, sí, pero aún no ha llegado –le explicó ella–. Su mesa está vacía.
Helga, que estaba secundada por varios de sus amigos, los cuales habían acudido para darle soporte moral, desvió su atención de las cajas y observó la mesa central.
Todo el mundo podía adivinar que alguien muy importante se sentaría en aquella mesa. Ninguna otra estaba cercada con elegantes postes y cuerda roja. Sólo ella tenía un cartelito con la palabra RESERVADO en dorado. Era la mesa del invitado que faltaba, el que todos esperaban.
–¿Crees que se demore mucho en venir? –preguntó Phoebe mientras comía, distraídamente, algunas papas fritas de la charola que Gerald sostenía en sus manos.
–¿De verdad importa? –cuestionó Helga.
Phoebe demoró un par de segundos en encogerse de hombros.
–Todos tenemos algo de curiosos –dijo–. ¿A ti no te interesa conocer al señor McRonald? Él está interesado en conocerte a ti.
–¿En mí?
Lila se aclaró la garganta.
–Está en el periódico de hoy –explicó–. Recuerdo bien la frase, oh, sí... Decía: "El señor Donald McRonald, dueño del imperio de locales de comida rápida homónimos, visitará su sucursal de Hillwood por conmemorarse el veinticinco aniversario de la apertura de sus puertas. Entre los diferentes homenajes, le entregará a Helga Geraldine Pataki, hermana de la famosa Olga Pataki, una medalla conmemorativa en memoria a..."
Helga abandonó la caja y tomó a Lila por los hombros.
–Me estás mintiendo –susurró.
–¡Claro que no! –Lila se ofendió.
–¿Qué significa "Homónimo"? –preguntó Stinky.
–Lila no te miente, Helga. Todos leímos esa noticia –corroboró Phoebe. Gerald asintió.
Helga soltó a Lila y volvió su atención a la caja registradora. En realidad, volvió su subconsciente a la caja registradora. Su mente consciente estaba muy ocupada, pensando.
¿Así que por eso no estaban sus compañeros de mostrador? Seguramente ese imbécil de McDonell quería hacerme ver como a Olga, pensó Helga.
Miró automáticamente a su derecha. El cuadro de Olga le sonreía.
¿Así que esas tenemos, eh, señor McDonell?
Phoebe observó a Helga teclear los pedidos en la registradora. Codeó delicadamente a Gerald y le hizo un gesto con la cabeza. Gerald también vio a Helga tecleando.
Sus dedos estaban martillando esas teclas.
–o–o–o–
Rhonda no tenía una noche especial. Ya había bostezado treinta y ocho veces. Todo el mundo estaba interesado en hacer sus pedidos dentro del local y no mediante el Pida–Al–Paso. Bueno, mejor para ella.
Se reclinó en su silla ergonómica. Ella misma comenzó a usarla a los dos días de estar sentada en esas horrendas sillas de plástico. No iba a arriesgar la durabilidad de su columna vertebral por un sueldo mínimo.
Curly aún no había hecho acto de presencia. Eso la tenía ligeramente preocupada. No era que quisiese escuchar la voz de Curly, pero al menos así ella sabía dónde estaba el maldito mequetrefe. Había algo muy importante en querer evitar a Curly, y era que nunca debías perderlo de vista.
Bostezó. Ya iban treinta y nueve.
Sintonizó su televisión portátil de bolsillo. Rhonda no era demasiado partidaria de los programas de TV, pero por aquel momento estaba tan aburrida que...
Un auto se acercó al Pida–Al–Paso.
Rhonda dejó de lado la televisión de bolsillo y se aclaró la garganta.
–Buenas noches, bienvenido a McRonald's. ¿Puedo pedir su orden?
Silencio.
Despacio, muy despacio, Rhonda se estaba preparando para lo peor.
–Buenas noches –repitió–, bienvenido a McRonald's. ¿Puedo pedir su orden... por favor?
Del pequeño altavoz que Rhonda tenía frente a sí, surgió una voz. Era un tono suave, tímido. Una voz que Rhonda no esperaba escuchar.
–Uhm... Ah... –dijo la voz–. Eh... Sí... Quiero...
Silencio.
Hubo un susurro. Había una segunda persona. Algunos de los susurros fueron suficientemente altos como para pasar por el sistema de sonido, pero eran muy bajos como para entenderlos.
Tras unos cuantos segundos, la segunda voz habló por el micrófono. A diferencia de la primera, ésta sonaba nasal.
–Hola, queremos un Combo Enamorados, sí. Sin cebolla.
Rhonda se quedó quieta. Despacio, como si no quisiera hacerlo pero tampoco pudiera evitarlo, le echó una mirada al pequeño cuarto en el que se encontraba.
De repente, se sintió horriblemente sola.
–S–sí... Sale un Combo Enamorados –dijo al micrófono de pedidos–. Gracias por comer en McRonald's.
Escuchó el auto avanzar.
–¿Me perdonas? –añadió, pero ya no había nadie para escuchar.
–o–o–o–
En aquellos momentos, una limusina negra se acercaba por la calle. Los flashes de diversas cámaras fotográficas comenzaron a funcional. El gentío corrió hasta la entrada del local McRonald's, donde una alfombra roja acababa de ser extendida. El señor McDonell corrió hasta la limusina, que estaba estacionando, y abrió la puerta trasera con una reverencia.
Un hombre bajó del vehículo.
Los flashes se multiplicaron.
El hombre caminó, guiado por McDonell, a lo largo de la alfombra roja. La limusina desapareció sin rumbo fijo. Nadie reparó en ella.
Gerald y Phoebe habían ido a ver qué ocurría. Ellos fueron los primeros en el grupo de Helga en ver al hombre vestido de traje negro acercarse a la entrada, saludando alegremente a sus queridos admiradores de la comida chatarra.
El señor Donald McRonald.
–No es como pensé que sería –dijo Gerald.
–¿Qué esperabas? –preguntó Phoebe.
–No sé... Mi papá me dijo que era un payaso.
–No actúa muy serio –admitió Phoebe.
De hecho, el señor McRonald era curiosamente jovial. Caminó a través de las puertas de su propio local y brindó un saludo poco esperado en una persona de su categoría:
–¡Podría comerme un elefante! –dijo.
Helga, escuchando en total aburrimiento desde su puesto en la caja registradora, consideró aquellas palabras y decidió que, al fin y al cabo, el señor McRonald no estaba del todo equivocado. Ella había visto cómo se preparaban las hamburguesas.
Donald McRonald se sentó a su mesa y sonrió a todos. Se colocó una servilleta de papel en el cuello de la impecable camisa blanca, algo que desconcertó por completo al señor McDonell.
–Uhm... ¿señor... McRonald? –preguntó–. ¿Qué es lo que...?
–¡Ah, llámame Donald!
–Eh... Donald, claro... Señor... Donald...
–¡Habla, muchacho!
–¿Ya va a comer? Pensé que querría inspeccionar los baños.
–Tal vez lo haga luego de probar la comida –rió–. Ya, en serio, este es un local de comidas rápidas, no una casa de productos de limpieza. Así que... ¡que vengan esas hamburguesas!
Helga había dejado de aburrirse. Ese tal McRonald no era tan desagradable como ella se lo imaginaba.
No pensaba así el señor McDonell. Había preparado un minucioso plan de ataque para sorprender a su superior con la inmejorable pulcritud y servicio del local que llevaba su nombre.
Decidió insistir.
–Señor McRon... Donald –se corrigió a tiempo–¿no le gustaría explorar el lugar, primero? Hoy tenemos mucha clientela, más que nada debido a usted. ¡Ah, y tenemos una empleada muy especial!
–¿Mmm? –dijo Donald.
–Sí, es la hermana menor de Olga Pataki.
–¡Oh, eso es impresionante! –Donald sonrió. Inmediatamente dejó de sonreír y preguntó:– ¿Y quién es Olga Pataki?
Helga sonreía. Casi tenía deseos de lanzar una risita. Ese McRonald... qué personaje.
McDonell comenzaba a desesperarse. Comenzaba a recordar que su superior no era la mar de seriedad, pero estaba resuelto a llegar al final.
–¿No le gustaría inspeccionar algo? –arriesgó.
–Sí, me encantaría inspeccionar el sabor de un Combo Coloso y una malteada de leche, sabor Sandía. Yo inventé ese sabor.
Había algo en la sonrisa de Donald que ponía muy nervioso a McDonell. Se le estaba riendo en la cara... pero en silencio.
Tuvo que rendirse ante la evidencia de que no podía ir en contra de su superior. McDonell ordenó a Helga el pedido de Donald y ella se vio encantada de pasárselo a Mike. Mientras el pedido llegaba a su mesa, el señor Donald observaba de aquí para allá, canturreando en vaga felicidad. Parecía encontrarse en su pequeño mundo personal, y no estaba dispuesto a abandonarlo.
Llegó la bandeja con la orden y Donald abrió los paquetes como su fuese un niño en Navidad. Degustó sus comidas y bebidas y luego pidió postre. El resto de la clientela no apartaba la mirada de aquella persona adulta y, sin embargo, infantil. No era desagradable a la vista, sino muy atrapante.
–¿Ya está satisfecho? –preguntó McDonell al ver a su jefe comer el último pedacito de pastel de fresa.
–Oh, sí, mis felicitaciones al chef, ja, ja. Creo que ahora voy a revisar ese baño. ¡Era broma, ja, ja!
McDonell no rió. Helga, que estaba escuchando, sí lo hizo. Eso llamó la atención a Donald y, por primera vez, miró hacia ella.
–Ah, veo que tienes una linda empleada con buen sentido del humor –dijo.
McDonell sonrió. Al fin, entraban en terreno.
–Oh, sí, señor. Ella es Helga Pataki, señor.
–¿Yo pedí su nombre?
–Eh... No, pero...
–Entonces, no te molestes. Mejor dime por qué hay una sola cajera en una noche tan concurrida como ésta.
McDonell quedó como de piedra. Helga lanzó una risita sofocada.
–Buenoooooo... eso es porque... ella es la hermana de Olga Pataki y...
Titubeó. Se preguntó si realmente valía la pena el esfuerzo. Suspiró y trató otro camino.
–¿Recuerda la famosa semana del Tres–Por–Uno?
–¡Oh! Claro que sí. No muchos tienen sueños proféticos con Hamburguesas Divinas –sonrió Donald.
McDonell procuró ignorar algunas risas aisladas en los alrededores.
–Bien, pues, Helga Pataki, la cajera, es hermana de Olga Pataki, la heroína de la semana de...
Debió interrumpirse en sus explicaciones. Donald se había puesto de pie con lentitud. No se trataba de un hombre gordo, sino de alguien de huesos muy grandes. Seguía sonriendo cuando hizo a un lado a McDonell y caminó distraídamente hacia las cajas.
Apoyó un brazo sobre el reluciente mostrador y miró a Helga. Volteó la mirada y divisó el cuadro de Olga. Volvió a mirar a Helga. Sonrió.
–Helga Geraldine Pataki –dijo Donald. Helga se sorprendió.
–¿Cómo sabe mi segundo nom...?
–Localizadores Big Bob Pataki. Veo que heredaste su ceja y expresión. Pobre de ti. Ah, sí, yo y tu padre tuvimos negocios juntos. Claro que nunca funcionaron. Éramos muy jóvenes.
–¿Conoció a mi padre?
–Desde antes y después. Todo un ambicioso, ese Pataki. En la escuela siempre intentaba venderle teléfonos a los demás.
–¿Teléfonos? –preguntó Helga, atónita.
–Bueno... Más precisamente eran latas de tomate con hilos.
Se había formado una burbuja que separó abruptamente las dos Realidades. Helga y Donald quedaron encerradas en una, mientras que todos los demás les observaban desde el exterior.
–Luego nos separamos. Cosas del destino. Y vaya si lo son, luego nos encontramos otra vez. Yo me iniciaba en el negocio de la comida chatarra y él... bueno, él no cambió nunca. Decidimos hacer negocios. Tú sabes, publicidad. "Compre un Combo Localizador y gane 10 de descuento en Localizadores Big Bob".
Helga rió. Era consciente de que todo había tomado un giro demasiado extraño, pero no quería salir de allí. Donald la estaba hechizando con la mirada correcta y el tono correcto.
–Lo último que supe de él –dijo Donald, lentamente– era que se había casado y que era dueño del mejor negocio de su vida: dos lindas hijas. Y mira qué raro es el destino... ambas pasaron por McRonald's.
–Bob nunca me contó nada de eso –dijo Helga.
–Lo imagino –rió Donald–. ¿Sigue confundiendo nombres? A mí siempre me decía "Donato".
Una mano se posó en el hombro de Donald. La burbuja se reventó.
–Señor McRonald¿le importaría? Todo está muy bien, pero hay que ser profesional.
–Ah, sí, sí...
–¿Qué le parece si...?
–¿Quién es él?
Donald acababa de descubrir el retrato de Curly.
–Oh, él. Un cliente vetado de regresar.
–¿Ah, sí¿Por qué?
McDonell se estremeció ante el recuerdo.
–Me amenazó con una botella de ketchup.
Donald miró a McDonell de pies a cabeza. Luego volvió la vista al retrato de Curly.
–¿Sí¿Y por qué haría eso?
–Ah, estaba difamando nuestra comida. Decía que las hamburguesas de las fotografías eran muy grandes en comparación con las pequeñas y...
–Y tiene toda la razón –dijo Donald–. La que me sirvieron no merecía el nombre Coloso en el combo.
–Eh... pero...
–Vea que a ese tal... ¿dice ahí "Curly"? Bien, vea que Curly vuelva a ser aceptado en este lugar. Ahora.
–Yo, esto... S–sí, señor –murmuró McDonell.
–Y vea que eso de las hamburguesas pequeñas sea solucionado.
Helga debía admitir que Donald tenía estilo. ¿y qué era todo aquello de que él y Bob habían tenido amistad?
Observó a McDonell guiar a Donald para que apreciase la majestuosidad del local. Helga estaba segura de que McDonell no estaba disfrutando para nada.
–o–o–o–
Rhonda se desperezó. Había llegado Natasha, su reemplazo. El Pida–Al–Paso se mantenía abierto las veinticuatro horas del día, y por lo que a Rhonda concernía ella ya había cumplido su parte.
Juntó sus cosas y se marchó. Qué noche tan extraña, pensó. Primero con voces que no pensó que extrañaría y luego con el señor McDonell mostrándole el lugar a ese hombre tan raro.
Ese hombre... Él había hecho un comentario acerca de lo interesante de la decoración en la cabina de pedidos del Pida–Al–Paso, pero por aquel entonces Rhonda ya no pensaba muy coherentemente. McDonell no le había obligado a tomar horas extra, pero Rhonda necesitaba mantenerse en el local tanto homo Helga.
En fin...
Rhonda salió al comedor. Faltaban aún veinte minutos para cerrar, así que se acercó a las cajas y se recargó sobre el mostrador, junto a Helga.
–Vaya noche –dijo Rhonda.
–No estuvo tan mal –repuso Helga. Estaba observando la medalla en honor a Olga que le había dado Donald antes de marcharse–. Conocí a una persona bastante interesante. Prometió ayudarnos a emprender nuestro negocio en Internet.
Rhonda se había olvidado por completo de aquella idea. Luego de tantas horas de trabajo, lo único que deseaba era volver a su casa, darse un baño y hacer residencia fija en su cama por los próximos dos siglos.
–Oh, eso... Bien, honestamente, creo que no me gustará trabajar aquí durante mucho tiempo más.
–No te ves bien –comentó Helga, maldiciendo secretamente a Arnold y a todos esos buenos sentimientos que le inculcó indirectamente.
–Bah. No te preocupes. Sólo estoy fatigada.
–Si quieres, te cargo hasta tu casa –dijo una voz a sus espaldas.
En lo más profundo de la mente fashion de Rhonda Wellington Lloyd, un complejo sistema de detección acababa de entrar en Pánico. La muchacha dio media vuelta al tiempo que saltaba como un resorte.
–¡Curly! –clamó–. ¿Qué estás haciendo aquí¡No puedes entrar a McRonald's!
Helga le palpó el hombro a su amiga. Rhonda se volvió un poco, lo suficiente para ver a Helga señalar a su izquierda con el dedo pulgar. Rhonda siguió esa dirección con la mirada y llegó hasta la pared del retrato de Curly.
Ya no estaba el cuadro.
Con velocidad glaciar, la cabeza de Rhonda volvió a Curly.
Curly sonrió. No era una sonrisa que transmitiese simpatía. Ya antes de habían visto sonrisas similares, en los labios de científicos locos a punto de gritar cosas como "¡Está vivo¡Esta VIVO!" en medio de tormentas eléctricas. La sonrisa de Curly podría haberle dado un buen susto a Stephen King, por no decir material suficiente para tres libros nuevos.
–El amable señor McRonald en persona ordenó dejarme entrar –dijo Curly.
–Helga... –susurró Rhonda.
–¿Mmm?
–Pellízcame.
–¿Eh?
–Dije que me pelliz–¡AY¡No tan fuerte!
Rhonda se frotó el brazo y miró a Curly. Seguía allí y seguía sonriendo. No era una pesadilla. O, mejor dicho, era una pesadilla pero ella no estaba dormida.
Helga observó la secuencia de movimientos que tomó lugar a continuación. Ciertamente, Rhonda era bastante ágil cuando tenía que sobrevivir. Recordó vagamente aquellos documentales en los que un guepardo persigue a una gacela, con la principal diferencia de que ni los guepardos ni las gacelas usarían el interior de un local de comidas rápidas semi–vacío para realizar la persecución.
Exactamente dos segundos después de que Curly saliese del local en persecución de Rhonda, el señor McDonell aparecía desde las cocinas, exaltado. Se apretaba una bolsa de hielo contra la cabeza. No había recordado el dolor que le causaban las visitas de Donald McRonald.
–¿Qué fue eso, Pataki? Oí gritos...
–Ah¿eso? –dijo Helga–. Era mi amiga, que estaba considerando muy seriamente no venir a trabajar, mañana.
McDonell no entendió. No quería entender. No le gustaba pensar mientras tenía hielo sobre el cráneo. Regresó a las cocinas y dejó a Helga en la soledad parcial de McRonald's. Apenas quedaban unas pocas personas comiendo, muchas de ellas conversando ahora sobre aquella chica siendo correteada por Curly. Todos conocían a Curly; era difícil no recordarlo del letrero que ahora ya no estaba.
Suspiró. Una semana de trabajo en McRonald's... Toda una vida, en opinión de Helga. Y ahora estaba a poco tiempo de emprender un negocio propio, aconsejada ni más ni menos que por Donald McRonald.
Se encontró asintiendo para sí misma mientras se guardaba la medalla en el bolsillo. Ciertamente, las aventuras para llegar a la Independencia Telefónica aún no terminaban, y el camino a seguir era cada vez más amplio.
Valía la pena seguir avanzando.
–o–
(Continuará...)
