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Capítulo 6
Navegando por el Mar de Información
(Agradecimientos especiales a Mr.Orange por el apoyo brindado en la realización de este capítulo)
Aquel era un mar diferente. Seco. Imaginario. Su velocidad era torrencial, a pesar de que no podía verse físicamente. Era cuestión de tiempo, no de masa, y también de mucha imaginación.
Nunca se pudo definir si era precisamente un mar. Era suficientemente grande como para llamarlo océano, y cada segundo que pasaba se expandía más y más. Y a pesar de no saber si llamarlo mar, río u océano; a pesar de no tener ni una sola gota de agua; era un lugar por el que cada día, cada hora, cada minuto, millones de personas levantaban ancla y se lanzaban a navegar.
Bienvenidos a Internet.
¡Cuántas cosas se ocultan en sus profundidades! Si alguien alguna vez deseara encontrar el más cercano pariente de la palabra Infinito, Internet sería un excelente candidato. Tal es su magnitud que nadie, jamás, podría recorrerlo de cabo a rabo; tan sólo por el simple hecho que, por cada lugar visitado, diez nuevos surgirán en otros lugares.
Y entre esos nuevos sitios, Helga y Rhonda pensaban dónde ubicar el suyo.
Allí están ambas chicas, sentadas en lados opuestos de la elegante mesa del comedor Lloyd. Cientos de papeles con garabatos yacen entre ellas. Ninguna de las dos mira a su compañera, sino a sus respectivos montones de anotaciones, borrones, nuevas anotaciones, más borrones y, adivinaron, muchas más anotaciones.
–Pensé que sería más sencillo –murmuró Rhonda.
Helga no levantó la mirada de sus apuntes.
–Es sencillo, Rhonda. Cualquiera puede tener su sitio en Internet, pero nosotras no queremos una simple página personal gratuita. Nosotras queremos un dominio propio.
–Oh, claro –respondió su amiga. Volvió a enfrascarse en sus papeles.
El trabajo en McRonald's se había vuelto diferente desde la noche en que el propio señor Donald McRonald se hizo presente en el local. A Helga le continuaba aburriendo atender las cajas, pero ahora lo hacía como una especie de favor adelantado. Donald les había prometido ayudarles con su próximo emprendimiento, y Helga comenzaba a sentir que le estaba debiendo un favor al viejo McRonald.
Maldijo a Arnold en voz baja. Maldito cabeza de balón, pensaba ella, tan sólo espera a que te ponga las manos encima y te haga pagar por toda la moral que me contagiaste...
Rhonda ya no se sentía segura en ninguna parte. Desde que Curly fue readmitido en McRonald's su vida se había vuelto más complicada. Ya no temía toparse con Curly en la calle, puesto que ahora siempre la esperaba al otro lado de aquella puerta doble de vidrio. Curly desayunaba en McRonald's, almorzaba en McRonald's, cenaba en McRonald's y a veces incluso merendaba en McRonald's. El señor McDonell dejó de preocuparse y comenzó a considerar a Curly como uno de los mejores clientes en muchos años.
Rhonda deseaba secretamente que Curly tuviese un infarto provocado por una arteria tapada en resultado de tanta grasa saturada, pero sospechaba que ni eso detendría al pequeño diablillo.
Así que ambas chicas estaban resueltas a abandonar el negocio de la comida rápida tan pronto como consiguiesen algo mejor. Aquello pasaba actualmente por la Red de Redes y sus sueños de hacer negocios OnLine.
El principal problema era que ni Rhonda ni Helga sabían qué era lo que iban a hacer, concretamente hablando.
–¿De qué podría tratar nuestra página? Es decir¿qué podríamos comercializar? –había preguntado Helga.
–Creí que habías sugerido que promocionase mis diseños de moda –había dicho Rhonda.
Había algo que no muchos sabían acerca de Rhonda Lloyd: cuando se lo proponía tenía ideas fabulosas. La mayoría de ellas relacionadas a destacarse a sí misma ante el mundo entero. Los diseños de moda estaban entre esas ideas maravillosas, y es que Rhonda tenía un hobby que practicaba en secreto.
Ella diseñaba su propia vestimenta.
No la ropa de todos los días, claro; pero cuando había una fiesta o un gran evento de por medio, Rhonda siempre se presentaba vistiendo un modelo total y absolutamente único. Al principio ella clamaba que sus padres habían encontrado el vestido en una distante y costosa tienda de ropa en alguna ciudad extranjera, pero la verdad era que, oculto en lo más profundo del guardarropas de Rhonda, había un cajón que contenía una máquina de bordar (desarmable), anotadores parcialmente llenos de borradores, lápices siempre afilados, montones de diseños de vestidos prolijamente enrollados y unas decenas de carretes de hilos de todos los colores imaginables.
Ella diseñaba su propia vestimenta.
Todo era para destacarse, y lo lograba con facilidad. Sus diseños, al no ser de ningún diseñador profesional, tenían la originalidad a flor de piel. Todas sus amigas pomposas (cabe destacar que no existen amigas pomposas, sino enemigas con mucha clase) observaban cada milímetro de las ropas de Rhonda cuando pasaban por su lado, intentando en vano descubrir alguna etiqueta que diera cuenta del fabricante. Nunca la hallarían, ya que Rhonda no colocaba ninguna.
Con el paso de los meses, y explicando sus extrañas desapariciones en las semanas previas a un evento importante, Rhonda confesó su habilidad a un selecto grupo de amigas, y se sorprendió muchísimo cuando algunas le ofrecieron dinero para que diseñara vestidos para ellas. Rhonda se negó al principio, más por sorpresa y confusión, pero al poco tiempo aceptó trabajos.
Sólo unas muy pocas y muy selectas personas saben que Rhonda consiguió terminar tres vestidos muy originales para tres de sus amigas.
Dos de esas amigas le pagaron.
Pero del tercer vestido Rhonda no tuvo ni una sola crítica. Simplemente debido a que nunca lo mostró en público.
Curiosamente, Rhonda dejó de diseñar moda a principios del año. Al menos, llevaba a las fiestas vestidos que eran claramente comprados a profesionales, y cuando sus amigas, vistiendo los originales de Rhonda, le preguntaban al respecto, ella evadía la cuestión con una excusa simple, a veces tonta.
–Me aburrí de diseñar –solía decir.
La verdadera razón, sin embargo, nunca fue revelada.
Helga revisó algunos papeles de su lado.
–Sí, bien, pero no es fácil destacarse así en la Red –comentó ella–. Primero necesitamos un espacio en Internet, y luego comenzaremos a llenar ese espacio con... con lo que sea que podamos hacer.
–Como mis diseños de moda –Rhonda se dio aires.
–O mis poemas –Helga añadió.
Hubo una larga pausa, hasta que Rhonda reaccionó.
–¿Qué?
–¿Qué qué? –sonrió Helga–. Sólo dije que podríamos añadir mis poemas. Ya sabes, una sección de poemas para...
–¿Poemas en un sitio de moda? –Rhonda inquirió, torciendo la mirada–. Creo que esas cosas no se mezclan.
–Oye, también tengo derecho a ganar dinero por mérito propio –Helga se defendió.
–Pues usa tu Vena Pataki.
–¿Mi qué? –preguntó Helga, totalmente sorprendida.
–¡Oh, vamos¡No me vengas con eso! Todo el mundo en la secundaria sabe que heredaste algo de tu padre.
–Sí, mi uniceja y un temperamento de perros –murmuró Helga.
–¡No, eso no! Me refiero a la Vena Pataki. ¡Una habilidad innata para los negocios!
Helga rió. Una risa auténtica, resonante, aunque con matices nerviosos.
–¡Yo! –dijo–. ¡Ja, ja, ja¡Yo, una chica de negocios! Rhonda, creo que se te cruzaron un par de cables en esa cabeza tuya.
Rhonda frunció el seño y se cruzó de brazos. Bien, ella estaba preparada para una reacción así.
–No me digas¿eh? A ver¿quién consiguió negociar con el señor Wartz para que le permita a los alumnos de sexto grado remodelar el auditorio?
Helga guardó silencio. El recuerdo acababa de golpearle de lleno.
–¿Eh¿Qué¡Oh¡Eso! Bah, eso no fue na...
–Eso fue una excelente negociación –insistió Rhonda–. Todos estábamos presentes. Convenciste a Wartz de que nosotros podíamos hacerlo. Y hasta conseguiste que nos pagara por hora.
–Sí, sí, lo que sea, pero eso fue sólo una vez y...
–¿Quién convenció a la señora Trelawney de dejarnos salir temprano de sus clases, dos veces por semana? –atacó Rhonda.
–Bu–Bueno, yo, claro, pero esa loca de Trelawney era bastante crédula. Debió verlo venir...
–¿Quién administró el presupuesto escolar el año pasado cuando el tesorero fue llevado a la cárcel, después de que un comando SWAT entrara al secund...?
–¡Esta bien, está bien! –Helga levantó ambas manos–. Tú ganas, de acuerdo, tengo una vena para los negocios, y eso no quiere decir que me guste¿entiendes? Me gusta la poesía, no los negocios. Es decir, me gusta la poesía, no ganar dinero. QUIERO DECIR...
Helga captó la mirada de Rhonda. Ella le sonreía.
–¡Agh¡Arnold, voy a matarte¿Me escuchaste, cabeza de Balón¡Voy a matarte! –Helga maldijo al cielo raso, agitando ambos puños en protesta.
–o–o–o–
Hubo un grito corto, casi un jadeo de sorpresa en la oscuridad. Una lámpara de mesa se encendió y el muchacho en la cama observó la hora.
Se recostó y observó al cielo raso. Sintió un escalofrío.
–Helga... –susurró Arnold, a miles de kilómetros de distancia de su amor.
Apagó la lámpara.
–o–o–o–
Rhonda guardaba el secreto de ser diseñadora de moda, pero Helga tenía un secreto propio. Nunca antes el Arte y el Comercio estuvieron tan juntos en una sola persona.
Sí, Helga era, es y seguramente será, una gran escritora de poesía. Lo más probable es que en un futuro cercano consiga escribir una novela y convertirla en un éxito de ventas. Pero parte de ese éxito iba a ser responsabilidad de aquel secreto que Helga escondía ante los demás.
Helga era muy buena en los negocios.
Lo había heredado de Bob, por supuesto. No era sólo una actitud de competencia y enfado ante los adversarios: era el instinto del negociante que guiaba a Helga hacia donde proviniesen billetes contantes y sonantes.
Helga odiaba admitirlo. El hecho de pensar y actuar como su padre no le hacía la pizca de gracia, y sin embargo allí estaba, bien escondido en su ser, esa capacidad de convertir contratos firmados en sentencias de esclavitud, ese poder de convertir en oro todo lo que sus femeninas manos pudiesen tocar, ese egoísmo y ambición propios de el más perfecto hombre (de acuerdo... mujer) de negocios.
La Vena Pataki.
Helga sentía poderosos escalofríos cada vez que pensaba en eso. Ella quería ser poetisa, no negociante; y hete aquí que la Vena Pataki colisionaba con las cualidades artísticas de Helga. Ella no había podido publicar sus poemas no porque no quisiese hacerlo, sino porque la Vena Pataki insistía en que su poesía no era comerciable.
Y ahora le habían convencido de dejar salir al Big Bob que había en ella, y deseaba en lo más profundo de su ser que Big Bob no tomara el control de su vida.
–Rhonda, si en algún momento comienzo a echar espuma por la boca, arrójame un piano –dijo Helga.
–No será para tanto...
–¿No¡Ja! No sólo heredé la Vena Pataki de mi padre –repuso ella, un tono mortuorio en su voz.
Habían abandonado el comedor y ahora se encontraban en la, también elegante, habitación de Rhonda. Helga miraba a su alrededor con un aire de opresión. Rhonda había conseguido que todas sus amigas se sintieran inferiores al entrar a su habitación y dejarlas descubrir sus portentosas decoraciones, su cómoda cama de dos plazas y cuatro columnas (con cortinas), su mesa de maquillaje de lujo y hasta una moderna computadora de escritorio con la mejor conexión a Internet que el dinero pudiese comprar, y que de hecho lo hacía.
Rhonda, como siempre ocurría cuando una amiga observaba de ese modo tan sobrecogedor a su alrededor, se convertía en la anfitriona absoluta, y eso era algo que le salía muy natural.
–Aquí está la computadora. Tardará un rato en cargar por completo; tengo muchos programas de protección.
Helga desvió la mirada y la enfocó en el monitor. El sistema operativo Win–Doh XP comenzaba la larga rutina de inspección y detección de posibles Hackers cuatro–ojos que pudieran haber penetrado las defensas. Pasaron cuatro largos minutos de silenciosa impaciencia hasta que Helga suspiró y miró a un lado.
–Espera un momento –dijo Rhonda, tomando asiento frente a la computadora–. No tardaré. Debo ingresar unas contraseñas.
–¿Son muchas? –protestó Helga.
–No, no... doce, nada más.
–Oh, sólo doce –dijo Helga. Rhonda no pareció notar la sobredosis de sarcasmo en la frase.
La chica caminó distraídamente por toda la habitación, escuchando el tecleo de doce claves de seguridad que Rhonda solía cambiar cada pocos días. Era impresionante lo que una mujer era capaz de hacer para evitar que su amor no requerido la dejase tranquila. Si Curly fuese cerrajero, la puerta de la habitación de Rhonda sería una losa de piedra de varias toneladas.
Helga examinó los retratos colgados en una de las paredes. Todos ellos eran de Rhonda en diferentes etapas de su vida. Una especie de viaje en el tiempo fashion, ya que la muchacha siempre vestía algo diferente en las fotos. Incluso había una pequeña repisa con varios recordatorios sólidos de lo maravillosamente genial que era Rhonda Lloyd: había un pequeño trofeo de cuando Rhonda fue finalista en un concurso de deletreo (perdió al no poder deletrear "indigencia". Rhonda no conocía bien esa palabra), también había una serie de medallas que Rhonda consiguió en aburridos concursos de Ética y Comportamiento en algunos institutos de perfeccionamiento elitista...
... y también había una pequeña escultura de una Hormiga Bulldog.
Helga se detuvo a observar aquello que parecía no encajar en ninguna parte. ¿Por qué Rhonda tendría esa...?
–¡Listo! Por fin... –clamó Rhonda.
Helga volvió su atención hacia ella y se olvidó de todo lo demás.
–Bien –dijo, acercándose a su amiga–. Ahora métete a Internet. Vamos a conseguir nuestro dominio, empezaremos a diseñarlo, y en poco tiempo podremos publicitarlo por ahí.
–De acuerdo. Pero tendrás que esperar. Hay otras dieciséis claves de seguridad que uso para entrar a Internet.
Helga maldijo para sus adentros.
–o–o–o–
Helga y Rhonda tenían un plan.
El plan consistía en ganar algún dinero mediante Internet. Todo el mundo piensa que es sencillo hacer esto, pero la Realidad siempre es mucho más de lo que merece ser y mucho menos de lo que nosotros esperamos que sea. Excepto por el pequeño detalle de que Helga Pataki había aprendido a ver las cosas como realmente eran. Todo parte de la Vena Pataki, cuyas habilidades comerciales le permitían a Helga una perspectiva digna del mejor y más costoso abogado.
Algo de la Vena Pataki también había quedado en Olga. De otra forma ella jamás habría escrito un libro enfocado en los negocios. El mismo libro que Helga y Rhonda estaban siguiendo para mantenerse en el camino correcto.
Más exactamente, ellas estaban concentradas en el siguiente fragmento:
Ver y
Creer; dos cosas distintas, pero iguales:
La famosa frase "Ver para Creer"
no puede aplicarse prácticamente a los negocios. No se trata
de que los futuros clientes deban creer todo lo que ven, sino de que
vean todo lo que crean.
Así, una publicidad sugestiva
muchas veces vende mejor que el producto en sí. No son
necesarias grandes campañas publicitarias si uno sabe
exactamente dónde dejar caer la información. Todo esto
es similar a un perfecto juego de piezas de dominó: si uno
puede empujar la primer ficha en la dirección correcta, ésta
se encargará de mover la siguiente por nosotros, y así
sucesivamente.
Helga tenía que creer en esas palabras. Olga lo había demostrado en la mítica semana del Tres–Por–Uno. Sus carteles publicitarios no habían tenido presupuesto de impresión (los había hecho la propia Olga), pero conseguían el efecto: la gente los veía y sentía que debía pedir el producto ofrecido. No se los obligaba a comprar; ellos lo hacían por cuenta propia.
Así que Helga había decidido hacer algo similar. Su plan no tenía sentido a simple vista, pero ella sabía que nadie más podría entenderlo. Había que tener la Vena Pataki para dar cabida a semejante idea, y por el momento prefería no comentársela a nadie.
Rhonda aceptó de buena gana. Parte de las ganancias obtenidas en McRonald's fue usada para adquirir un dominio en la Red, mientras que otra parte fue puesta en lo que se denominó desde aquel momento el "Esfuerzo de Liberación Telefónica" (un gran frasco de vidrio para almacenar el dinero destinado al pago de las cuentas telefónicas. Rhonda insistía en llamarle "ELITE").
Ahora se enfrentaban a otro problema: las vacaciones de verano llegaban a su fin y las clases comenzaban de nuevo. Sus trabajos de medio tiempo se verían amenazados por la falta de medios tiempos en sí. Pronto tendrían que dejar, o bien McRonald's, o bien su nuevo emprendimiento en la Red. Obviamente, elegirían McRonald's.
El sitio de Helga y Rhonda, nombrado "Señorita Moda – Moda por Encargo", fue inaugurado oficialmente a los tres días de comprado el dominio. La página principal contaba con una breve introducción y explicación de lo que se haría en el sitio y las direcciones de correo electrónico de ambas chicas estaba al fondo de la página. Helga figuraba como Diseñadora y Webmaster, mientras que Rhonda aparecía como la "Señorita Moda".
Es interesante destacar que la demora de tres días se debió a que Helga y Rhonda no conseguían ponerse de acuerdo en el diseño general del sitio. Ya desde el primer momento Rhonda insistió en elegir los colores para los fondos de página, los gráficos, las letras, los hipervínculos y toda la cosa.
El resultado fue algo que dañaba la vista. Estaba tan saturado de brillo y color que Helga debió contraatacar y convencer a su amiga para que cambie las tonalidades. Rhonda aceptó, alegando que tal vez un poco de oscuro vendría bien. Lo cierto es que a ella tampoco le había hecho gracia todo ese color, aunque en un primer momento había parecido una buena idea.
El primer paso en el plan de Helga era hacer correr la voz de lo que pronto ocurriría en la Red. Comentó a sus amigas más cercanas (Phoebe y, aunque Helga detestaba admitirlo, Lila) de sus planes y ellas aceptaron ser las primeras fichas de dominó en tumbar otras. Luego Helga se encargaría de subir a su sitio alguno de los diseños de Rhonda para que el Mundo observara lo que podía obtener por unos cuántos dólares.
Sólo que aquí ocurrió el primer gran problema.
–¡Cielos, no! –clamó Donald McRonald cuando se reunió con Helga y Rhonda en la casa de esta última–. ¿Ya subieron algún diseño?
–No –respondió Helga, sorprendida ante esa reacción.
–¡Uff¡Qué alivio! –Donald se relajó–. Miren, éste es el primer y más importante de todos los consejos que voy a darles: nunca muestren nada que no esté registrado a su nombre.
–¿Quiere decir...?
–Sí –atajó Donald–: pueden robarse sus ideas. Háganme caso, registren sus ideas antes de exponerlas; les ahorrará un millón de dolores de cabeza.
Las visitas de Donald eran agradables, aunque a Rhonda no le gustaba demasiado que aquel hombre se vistiese de manera tan desgarbada. Donald no parecía seguir un patrón de comportamiento digno de alguien con semejante cantidad de ceros en su cuenta bancaria. Rhonda lo había clasificado como un hombre excéntrico. A veces, Donald se topaba con los padres de Rhonda y les hablaba de invertir en sus locales de comida rápida. La chica se preguntaba si sus padres estaban siendo tolerantes para con él o si realmente se interesaban en esa posible inversión.
Basándose en aquellos consejos, Helga y Rhonda decidieron hacer un registro de autoría de los diseños de vestidos.
–¿Sabes cuánto cuesta registrar un pedazo de papel con un dibujo? –chilló Rhonda dos segundos después de enterarse del precio–. ¡Cuesta mucho! Vamos a gastarnos todo nuestro ELITE para nada...
–No te quejes, yo también estoy poniendo de mi parte¿verdad? –criticó Helga–. Démosle a nuestro sitio una oportunidad. Tal vez las cosas funcionen.
–Me sentiría más tranquila si me contases tu plan para atraer clientes –dijo Rhonda, inclinando ligeramente sus inmaculadas cejas.
–Oh, no te preocupes por eso. Tú encárgate de registrar los primeros dos diseños y yo me encargo de la clientela.
Así que Rhonda escogió dos de sus mejores diseños, enrolló los gráficos, los colocó prolijamente dentro de un largo tubo de cartón y se dirigió al Departamento de Registros y Patentes de Hillwood. Debía ir ella, pues eran sus diseños y los cuidaba con mucha estima.
Camino al departamento de Registros, su mirada se desviaba de aquí para allá, esperando no encontrarse con aquello que tanto temía encontrar. Curly continuaba apareciendo en McRonald's y Rhonda ya no sabía cómo evadirlo. Sólo unos días más, pensaba ella, y ya no volvería a poner un pie en aquel antro.
Solamente había un problema. El departamento de registros estaba a dos calles de la casa de Curly. Rhonda había encontrado aquello muy divertido, exactamente igual que un náufrago encuentra divertida una enorme ola de diez metros dirigiéndose hacia su pequeña balsa.
Rhonda aminoró el paso al llegar a la calle de Curly. Deseó no haber llevado zapatos con taco plano, pues resonaban en la calle con fuerza. Echó un vistazo al garage de la casa de Curly.
Retrocedió de inmediato.
Maldita sea, pensó. Allí está el infeliz, volviendo a pulir esa monstruocidad.
Lo que Rhonda denominaba Monstruocidad era el auto de Curly. Rhonda odiaba ese auto incluso más que al propio Curly, pues ella sabía que dondequiera que se topase con él, Curly estaría cerca. En realidad, Curly afirmaba que su auto era una "ella". La gente que escuchaba a Curly hablar de esa forma asentía con la cabeza y sonreía nerviosamente mientras retrocedían y se alejaban.
Había sido todo un hallazgo. Se trataba de un Plymouth modelo 1958. Curly lo había comprado a un sujeto que parecía deseoso de deshacerse de él, por lo que el dinero pedido fue muy poco. El auto estaba en excelente estado, y muchos pensaban que se arreglaba él solito. Curly decía que había adquirido ese auto no tanto por su precio, sino por su apariencia: le recordaba vagamente a Rhonda, más que nada por el color rojo de su pintura.
Curly amaba su Plymouth 58. Todas las semanas lo lavaba con diligencia, le pasaba dos capas de cera y luego lo pulía hasta que los destellos del sol dejaban ciego a todo peatón que se cruzara en su camino. Siempre usaba gasolina Premium, y nunca pasaban más de tres meses sin que lo llevara a hacer un completo chequeo mecánico.
Amaba tanto su auto, que insistió en ponerle un nombre. Harold le había sugerido "Herbie", pero Curly lo descartó de inmediato. Sid había bromeado con apodarlo "el Curlymóvil", algo de lo que muchos se rieron, aunque a Curly no le hizo gracia. Luego, Eugene sugirió "Rosebud", pero cada vez que Curly pensaba en ese nombre recordaba las colinas nevadas, no sabía bien por qué. Él quería apodarlo "Rhonda", como su amada, pero ella se negó rotundamente a aceptar eso y consiguió que el muy desgraciado optase por otro nombre. Muchos murmuran que hubo un beso de por medio (y a la fuerza) en esa decisión.
Curly eligió finalmente el sugestivo nombre "Rhowell", que era lo más cercano a sus otras dos pasiones: la fascinación por lo extraño y desconocido (Roswell) y su querida y amada RHOnda WEllington LLloyd.
Pero Rhonda odiaba ese auto. A veces incluso sentía que el auto también la odiaba a ella. Otro punto más a favor de la paranoia en general que le causaba Curly.
Rhonda espió desde la esquina. Curly le aplicaba la primer capa de cera a su querida Rhowell. Sería imposible pasar por allí.
Bien, pues... Rhonda suspiró y tomó otro camino; más largo y tedioso, pero mucho más seguro.
–o–o–o–
Helga había permanecido en casa de Rhonda. Estaba frente a la computadora de su habitación, navegando por Internet en búsqueda del siguiente paso en su plan de publicidad: los Foros de Discusión.
Si no está en la Red, no existe en la Realidad. Eso era algo que Helga sabía muy bien. Debían existir muchos Foros de Discusión relacionados con la moda, y Helga planeaba registrarse en ellos y hacer un trabajo interno, sugerir direcciones discretamente y luego enviar a un torrente de chicas incautas a la página de "Señorita Moda". Un plan simple pero genial, si es que Helga entendía de esas cosas.
Helga sabía de esas cosas. Pero Helga sabía mucho más.
Por ejemplo, desde hacía más de dos años que se paseaba por foros de poesía. Algunos de sus poemas habían sido subidos a la Red mucho antes de que la idea de cobrar por ellos surgiese en la mente de la muchacha. Todos sus textos habían sido recibidos con los brazos abiertos. Casi sin quererlo, Helga se había vuelto una especie de espina dorsal en la estructura literaria de algunos foros en particular.
Todos la respetaban en la Red. Todos hablaban bien de ella. Y todos serían capaces de seguir sus órdenes a distancia. Todos y cada uno de los usuarios registrados en aquellos foros de poesía y literatura en general conocía la obra de Helga Pataki.
A quien no conocían era a la persona en sí. Aquello era la gran ventaja de la Red: el anonimato. Helga no se sentía determinada a dar a conocer su verdadera identidad. Sus nombres de usuario no se asemejaban a nada que se relacionase con ella, y así estaba mejor. Helga no deseaba ser conocida. No aún.
Quizá lo más gracioso de toda su experiencia en la Red, y particularmente en los foros de poesía, es que Helga nunca, por ningún motivo, pensó en pedir ayuda para publicar su material. Aquello era otro nuevo ataque del terrible orgullo de los Pataki, y Helga lo detestaba mucho más que su Vena Comercial.
Pero bien... Todo a su debido tiempo, y ese tiempo había llegado.
Bajo el indistinguible apodo de "PoetisaJane" Helga había hecho su propia reputación cibernética. El mítico Foro Fandom de Fans y Fics (el FFFF) había sido su primer descubrimiento, casi por accidente, y de ahí en adelante su talento se expandió como una explosión. Dondequiera que sus palabras eran reproducidas, PoetisaJane ganó fama y respeto a lo largo y lo ancho de la Red de Redes.
Helga abrió un Nuevo Mensaje en la sección Ayuda Para Escritores. Generalmente ella iba allí para ver los patéticos pedidos de los nuevos escritores, pero hoy iba a tragarse el Orgullo Pataki con todo y postre.
Necesito consejo. Estaba pensando en publicar mis poemas, pero no sé mucho acerca de esto. ¿Alguien puede darme una mano?
El mensaje era corto y concreto. Helga asintió y lo subió al Foro. Luego abandonó el lugar y continuó su exploración en los Foros de Moda que tenía abierto en otras ventanas. Allí el ambiente era muy diferente, los usuarios eran otra cosa. Las chicas, por ejemplo, nunca escribían un nuevo renglón sin anteponer la palabra "Ay" a la oración. Por ejemplo: "Ay, querida¿ya viste esos nuevos modelos Caprini?", "¡Ay, sí, son divinos!", "Ay¿creen que estoy gorda?", "¡Ay, por favor, no digas eso!", y así todo el tiempo.
Tristemente, la mayoría de los chicos que frecuentaban esos foros solían escribir igual. Aquello traía breves escalofríos a Helga.
En fin... Helga debía infiltrarse en ese mundo fashion y buscar el modo de inducir a un montón de bobas niñas locas por la moda a que visitasen la página de "Señorita Moda" (regida por otra boba niña loca por la moda, con la diferencia de que Helga sentía más respeto hacia Rhonda que hacia cualquiera de su clase). Cómo lo haría, eso aún no lo sabía, pero pasara lo que pasara sabía que podría improvisar algo.
–o–o–o–
Un viejo usuario entró a FFFF.
Recorrió los foros como siempre lo hacía. Era meticuloso en su proceder. Él adoraba FFFF. Allí había descubierto su pequeño hobby como escritor. Y además, allí se había encontrado con ella fuera del Mundo Real.
Sus favoritos eran los sub–foros de Ciencia Ficción, que era su especialidad al escribir. Sin embargo, siempre echaba un vistazo a la sección de Poemas, pues era allí donde siempre podía encontrar las palabras que motivaran un pasado y apuntalasen un futuro.
Las palabras de PoetisaJane...
Recorrió los mensajes nuevos. Ninguno iniciado o respondido por ella. Bien... El usuario salió de ese sub–foro y continuó con las secciones de Ayuda. Él siempre ayudaba, siempre que pudiese ayudar. Le gustaba hacerlo. Era casi tan conocido como PoetisaJane, y su nickname era uno de los más destacados en Ciencia Ficción. Él era lo que su apodo clamaba, más un poquito más que lo demás.
No había podido decidir, en un principio, qué apodo le correspondía mejor. Le había gustado "B2D2" y también "HamSolo", pero no eran fieles a él. "Rosebuddy" y "Number6" también fueron rechazados, aunque sentía una cierta afinidad por este último. Y entonces le llegó la idea, y tomó su nombre de ella. Un nombre que muchos encontraban gracioso, pero que él halló Apropiado:
DarteVader.
Aquella parodia, que en el buen inglés significa "Evasor de Dardos", era muy propia de él, pues él era un verdadero evasor. No de impuestos, sino un evasor en general. Pocos sabían suficiente de su vida como para entender que "Evasor de Dardos" era un apodo que le venía como anillo al dedo. Ya en el pasado había debido evadir muchas cosas. Era un misterio envuelto en un enigma.
Al fin, el sub–foro de Ayuda...
DarteVader recorrió la lista de mensajes nuevos. Siempre había muchos, pues la mayoría de los usuarios eran nuevos tanto en lo que refería a literatura como a Foros de Fanáticos. Examinó los títulos y reparó en uno en particular.
NEW – Ayuda para publicar. By PoetisaJane
Hubo un pequeño momento de dubitación de parte de DarteVader. Inmediatamente después entró a ese mensaje y se olvidó de todos los demás.
–o–o–o–
–No te imaginas todo el papeleo que lleva registrar cualquier cosa –comentó Rhonda tras haber regresado a casa–. Y había toda una fila de locos con montones de cosas para registrar. ¿Qué hiciste mientras no estuve?
–Ah, comencé a preparar la avalancha de clientes a nuestro sitio –sonrió Helga.
Rhonda hizo un gesto de incredulidad tan propio de ella que hasta debería haberlo registrado junto con sus diseños de moda. Helga, al notar aquello, decidió explicar brevemente en qué consistía su plan.
–Oh –dijo Rhonda cuando Helga terminó–. Bueno, no está mal. Qué raro, nunca se me ocurrió entrar a foros de moda. No sabía que existieran –añadió, frunciendo ligeramente el entrecejo.
–Esto es Internet, Princesa... Está lleno de locos.
Rhonda asintió.
–De todas formas... Tardarán unos días en registrar completamente mis diseños –dijo–. ¿Qué haremos hasta entonces? No quiero seguir en McRonald's...
–La verdad, yo tampoco. Pero todavía no estamos listas para vender al público. Donald dice que debemos esperar a tener los diseños debidamente registrados.
Hubo una pausa muy significativa. Ambas chicas observaron al monitor de la computadora de Rhonda, que actualmente mostraba la página de "Señorita Moda". Había un simpático letrero que rezaba "Próximamente, modelos originales a la venta".
Helga y Rhonda suspiraron. La Red es un lugar demasiado rápido, y hace que uno vea la Vida como algo demasiado lento. Las chicas tendrían que esperar.
–o–o–o–
Acordaron mantener el trabajo en McRonald's hasta que ya no pudieran seguir con él. Mientras tanto, Helga y Rhonda revisaban periódicamente la Red y sus Foros. Rhonda había entrado a algunos de los foros de moda que Helga había hallado, y los encontró tan interesantes que se registró en ellos bajo el sugestivo apodo de "Princesa17". Helga temía que su compañera pronto empezase a usar "Ay" al principio de cada oración.
Helga, además, revisaba los foros de literatura y FFFF. Había encontrado que su mensaje respecto a formas de publicar había tenido una sola respuesta, proveniente de DarteVader.
La respuesta hablaba de algunas editoriales a las que podría enviar el material; incluso explicaba los tiempos de publicación y posibles costos. Helga se aterró al leer algunos precios. Inmediatamente le respondió a DarteVader sobre que ella no quería pagar por publicar.
DarteVader leyó y consideró la respuesta de PoetisaJane y sugirió otras editoriales, aunque advirtió que el proceso de aceptación de obras era muy lento y muy estricto.
Helga suspiró en tolerancia y escribió que estaba en pleno proceso de ahorro de efectivo a causas del teléfono. DarteVader era de esas personas con las que uno se siente en confianza como para confesarle problemas económicos.
Cuando DarteVader leyó aquella respuesta, demoró varios minutos en reaccionar. Había notado que PoetisaJane añadió a su Firma un link a una página de moda. De repente comprendió que había descubierto algo muy importante, aunque no especialmente para él.
Se preguntó si debería comentárselo a su compañero. DarteVader había atado cabos con su habilidad innata para la lógica. Sabía que a su compañero le interesaría mucho saber que PoetisaJane tenía una página sobre moda, porque DarteVader sabía que a PoetisaJane la moda no le interesaba mucho; pero a una amiga de PoetisaJane le encantaba.
Porque DarteVader sabía que PoetisaJane era Helga...
... pero PoetisaJane ignoraba que DarteVader era Brainy.
–o–
(Continuará...)
