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Capítulo 7
Ayuda no requerida

La habitación estaba casi a oscuras, lo cuál era una bendición. Un poco más de iluminación hubiera dado cuenta de las cajas de pizza vacías, las bolsas de papas fritas y los cientos de paquetes arrugados de golosinas variadas.

Era la cueva de un monstruo, pero ninguna fábula habría podido jamás describir semejante bestia. Esopo hubiera dado su brazo derecho por algo así. El Minotauro se hubiese sentido humillado hacia su patético laberinto. Más de un corresponsal del Discovery Channel podría haber rodado una serie de inigualables documentales en relación a la criatura en cuestión.

—¿Es eso cierto? —preguntó la voz, suave y con lentitud, al otro lado de la silla giratoria con amplio respaldo.

—Sí —afirmó su compañero en un tono levemente torpe y asmático.

Hubo una pausa, tras la cual la criatura en la silla hizo girar ésta hasta mostrar su cara a su compañero. Un fantasmal brillo brotó de aquellos lentes de cristales gruesos cuando se atravesaron en uno de los pocos rayos de sol que provenían de las gastadas persianas.

Curly se mantuvo sereno, acariciando suavemente un gato blanco que reposaba plácidamente en su regazo, de tal forma que los escritores de películas de agentes secretos corriesen a contactar a sus abogados de turno.

—Entonces... ¿Internet? —dijo Curly. Había un No–Sé–Qué en la forma en que dijo esas dos palabras que hacía poner los pelos de punta—. No lo hubiera imaginado. ¡Qué ambiciosa es mi bella princesa!

Curly mostró su sonrisa patentada que usaba siempre que pensaba en Rhonda. El gato en su regazo ronroneó en sueños mientras era acariciado detrás de la oreja.

—¿Sabes, Brainy? Rhonda no puede entender que la quiera tanto. Tú deberías saber lo que se siente¿no?

—Sí —dijo Brainy.

—Así que comprenderás que yo quiera darle a Rhonda todas las muestras de afecto que sean posibles¿verdad?

—¿Sí? —dijo Brainy, su tono levemente dubitativo.

—Sí, desde luego —Curly se dio el lujo de una pausa y una sonrisa—. Conozco a Rhonda, tal vez tanto como tú conoces a Helga, y ambos sabemos que ninguna de las dos hubiese tomado ese trabajo en McRonald's si no estuviesen desesperadas.

—Uhm... Cierto.

—Así que podemos suponer que nuestras princesas tienen un reino empobrecido. ¡Quién pudiera ser el príncipe azul que las salvase! —dijo Curly, una clara indirecta.

—Sí... Es verdad.

Curly se echó atrás y dejó que su silla se inclinase ligeramente. Contempló las rajaduras del cielo raso mientras su mano acariciaba la nuca del gato blanco y su mente trataba de emerger de aquel rosado campo de corazones en el que siempre se hundía al pensar en Rhonda.

Curly sonrió. Tenía todo un repertorio de sonrisas, una para cada ocasión. Bien podría no necesitar hablar para expresar su opinión, apenas le bastaría con torcer esos labios en el ángulo correcto y todo el mundo a su alrededor sabría lo que intentaba decir. Brainy conocía muy bien las múltiples sonrisas de Curly, quizá tan bien como Rhonda, pero en aquel momento le resultaba incomprensible la mueca de bizarra felicidad que su compañero intentaba esbozar. Aquello era nuevo.

—Pobres Helga y Rhonda —dijo Curly—, creyendo que Internet es una redituable mina de oro.

—No son las primeras —acotó Brainy.

—No, no lo son —admitió Curly—. Nosotros mismos caímos en esa Red... Pero supimos salir y usarla a nuestro favor.

Brainy asintió, procurando ignorar el juego de palabras empleado por Curly.

—¿Sabes? En los últimos tiempos, desde que comenzamos a trabajar en equipo, hemos logrado algunas metas con nuestro "hobby" —dijo Curly, bajando luego la vista y enfocándola en Brainy—. Y hoy me pregunto¿podríamos lograr algo para otra persona?

—¿Cuál es la idea? —preguntó Brainy, aunque ya había deducido a dónde iría a parar la charla.

—Mi buen amigo Brainy, creo que podríamos darle una mano a nuestras princesas. Lamentaríamos ver que su proyecto fracasase estrepitosamente¿verdad?

—Verdad.

—Así que propongo entrar a la Red y... pues... ver qué se nos ocurre. ¿Alguna pregunta?

Brainy meditó mucho aquello, y finalmente consiguió entrar al campo de la Lógica y disparar la cuestión que lo había estado preocupando durante los últimos minutos.

—Sí —dijo—¿de dónde sacaste ese gato?

Curly le observó con incredulidad y, muy lentamente, bajó la mirada hasta toparse con el felino en su regazo. Tras una observación fija de alrededor de un minuto, Curly levantó la mirada.

—Pues qué bueno que lo mencionas —dijo—, porque no recuerdo poseer uno.

o–o–o–

Rhonda se acercó con cuidado a las puertas dobles de McRonald's. Aquella chatarra que Curly había bautizado "Rhowell" no estaba presente en la acera, así que podría ser que Curly no hiciese acto de presencia aquella mañana.

Tal vez al fin tuvo ese infarto por comer grasa saturada, pensó Rhonda sin mucho entusiasmo.

Espió al interior del local desde afuera, pero no divisó al engendro. Empujó la puerta de entrada con la dubitación de quien espera encontrar una trampa al otro lado del marco, pero sencillamente Curly no estaba allí aquella mañana.

Y eso asustó a Rhonda todavía más.

Durante la última semana, Curly había sido el Cliente del Mes en McRonald's, muy a pesar de los deseos de Rhonda y muy a placer del señor McDonell. Pero al menos, de ese modo, Rhonda sabía dónde estaba Curly a cada momento; podía verlo y, aunque no le agradaba hacerlo, sabía a dónde mirar para tenerlo vigilado.

Y ahora no estaba. Los sentidos de Rhonda se agudizaban tremendamente cuando algo así ocurría: la chica esperaba que Curly le saltase al cuello de un momento a otro.

—¿Qué pasó, princesa¿Hoy no vino el príncipe sapo? —dijo Helga al entrar a McRonald's con el mismo tono que emplearía para decir "Buenos Días".

—Eso parece —repuso Rhonda—, pero ya sabes que no me fío de ese demente.

—Vamos a trabajar —dijo Helga—, y ya te avisaré si veo algo sospechoso. Ah, por cierto, revisé nuestra página antes de venir.

—¿Alguna novedad? —preguntó Rhonda, observando cautelosamente cada uno de los primeros clientes de la mañana.

—Ehm... No, la verdad, no... Seguimos teniendo veintitrés visitas...

Rhonda asintió sin mirar a Helga. Veintitrés visitantes desde la inauguración, hacía ya semanas. No era lo que se consideraría un éxito desmedido. "Señorita Moda" se estaba estancando en el Olvido.

—Con los gastos de Dominio y registros no estamos haciendo negocio —murmuró Rhonda mientras ambas chicas se dirigían a las cocinas.

—¿Y me lo dices a mí? Esas descocadas del Foro de Moda no parecen interesadas en diseños únicos y exclusivos. Creo que son del tipo "Ver Primero, Comprar Después".

—Sí, pero¿cómo rayos mostrar los diseños exclusivos? He ahí la palabra clave: exclusivo. Significa que no podemos mostrarlos porque sólo existe uno y aún no ha sido creado.

Helga asintió. Rhonda le había dado al clavo.

—Valor, Rhonda... Tal vez tengamos más suerte.

Rhonda y Helga regresaron de las cocinas vistiendo los delantales de McRonald's. Helga se ubicó en la Trinchera, nombre con el cuál había denominado a su Caja Registradora. Rhonda, por su parte, desapareció por la puerta lateral y se acomodó en el Centro de Comunicaciones. Dicho de otra forma, la ventana del Pida–Al–Paso.

Es una norma Universal que la gente con trabajos monótonos y mortalmente aburridos tome la costumbre de asignarle nombres extraños a todo lo que rodea. Es una función del cerebro que se obliga a ejecutar con el único fin de evitarle a la persona en sí perder todo pensamiento lógico en un torrente de monotonía. A veces, cuando aquella situación se extiende por demasiado tiempo, los efectos son permanentes. Ha habido casos de personal que salía de McRonald's con la sensación de que habían retrocedido en el tiempo. Los motivos se desconocen, o preferentemente no desean ser conocidos.

Y mientras Rhonda acomodaba el Centro de Comunicaciones a sus gustos personales, no podía dejar de pensar en Curly. No porque le interesase, sino porque siempre era mucho mejor saber dónde se encontraba aquel desgraciado. Cuestión de supervivencia, más que nada.

o–o–o–

Aquella noche, Helga regresó a su hogar totalmente exhausta. Al menos le complacía ver a Big Bob lanzar una mirada de comprensión y "apoyo moral" al ver a su hija regresar luego de un duro día de trabajo, y si Helga hubiese estado en mejores condiciones físicas posiblemente le hubiese arrojado el sofá.

Un poco más animada tras aquel pensamiento, Helga subió las escaleras y procedió a darse una ducha para remover toda partícula de grasa de su piel. Se sonrió al imaginarse el extenso ritual que haría Rhonda para conseguir lo mismo; seguramente no usaría sólo agua y jabón.

Tras una cena ligera, Helga regresó escaleras arriba e ingresó a su habitación. Inmediatamente fue sobresaltada por el teléfono de su mesa de noche.

Helga se abalanzó sobre el receptor y atendió la llamada.

—¡Hola¿Quién rayos—¿Eh¿Rhonda¿Qué quieres?

Al otro lado de la línea, la voz de su amiga sonaba con un extraño ademán de excitación contenida.

—¿Nuestra página¿De qué demonios hablas? —preguntó Helga. Rhonda casi gritó una serie de incoherencias, hasta que por fin decidió coordinar las palabras con los movimientos de su quijada y enunció:

¡Tenemos un pedido!

Helga demoró unos segundos en digerir aquello. Inmediatamente después saltó a su escritorio y abrió la computadora LapTop que Big Bob le regaló para su último cumpleaños (Helga le tenía un poco de rencor, ya que el paquete decía "Feliz Cumpleaños, Olga"). Encendió el aparato y se conectó a la Red.

—Estoy en eso, Rhonda. ¡Ya cállate! La Red no irá más deprisa sólo porque tú te la pases berreando. Ah, ahí está... Veamos...

Hubo un súbito silencio. Helga acababa de echarle una mirada al contador de visitas de "Señorita Moda". Durante semanas apenas habían conseguido veintitrés visitantes, y de la mañana a la noche el contador había alcanzado la marca de los quinientos.

—¿Rhonda, ese número en el contador está bien? —preguntó Helga por el teléfono. Rhonda contestó con una afirmación—. Pues vaya... Esto sí que no me lo esperaba. ¿Y quién, se puede saber, hizo ese pedido?

Rhonda le respondió. Helga no le creyó. Rhonda insistió, pero Helga seguía sin creerle. Finalmente Helga terminó aceptando que las palabras de Rhonda eran ciertas, pues los detalles de la ropa encargada eran más que adecuados, aunque algo extraños.

—No puedo creer que Sheena nos encargase un vestido —murmuraba Rhonda al día siguiente, mientras seleccionaba un lápiz grueso de punta redonda y comenzaba a esbozar líneas de diseño en una gran hoja de papel—. Me pregunto cómo encontró la página.

—Eso no es ningún misterio, Rhonda —replicó Helga, sentada al escritorio de su amiga y explorando los Foros de Moda—. Recuerda que le pedí a Phoebe y a Lila que corrieran la voz. Seguramente le comentaron primero a nuestras amigas más cercanas. Lo que no entiendo —añadió tras una pausa— es por qué Sheena querría un vestido. Ya sabemos que ella no suele usar ropas muy elaboradas.

—Agh, no me lo recuerdes —murmuró Rhonda, haciendo una mueca de desprecio retenido y recuperándose al instante.

Aquello le dio bastante que pensar a Helga. Recordaba los eventos sociales a los que había acudido Sheena. No había ido vistiendo demasiado de gala, sólo ropas simples y vestidos monótonos. Sheena se había vuelto una chica muy dinámica, pero sus gustos se inclinaban hacia la libertad de movimientos, no hacia ropas complejas y difíciles de usar en, digamos, un carnaval. Si acaso ella había usado algún vestido decente, como Rhonda solía recordarle cada vez que podía hacerlo, fue durante la fiesta de graduación de la Primaria, cuando Sheena apareció con un vestido rosa que resultó ser la envidia de la mayoría de chicas que pronunciaban "Ay" justo al principio de la oración.

Y también de Rhonda, pero ella no decía "Ay".

Aunque también era verdad que Sheena no había estado cómoda, aquella noche. Siempre había vestido ropas holgadas que le permitían una extraña libertad al moverse, y por aquel entonces llevaba puesto un vestido que, para el momento en cuestión, resaltaba aquella silueta oculta bajo las largas batas floreadas, o al menos así las denominaba Rhonda.

—¿Sabes qué es lo más extraño? —preguntó Helga—. Cuando nos comunicamos con Sheena, nos pidió un modelo similar al de la revista. ¿A qué se refería?

Rhonda detuvo el lápiz en una curva complicada.

—Pues... la verdad, no lo sé. A mí también me sorprendió. ¿No te mostró ninguna revista mientras me ausenté?

—No, sólo el recorte con la foto —dijo Helga, y miró automáticamente al pequeño rectángulo de papel que permanecía pegado a un lado del enorme esquema que Rhonda estaba diseñando—. Debía referirse a ese recorte. Igual que en la revista¿entiendes?

—Sí. Es posible —admitió Rhonda, y continuó trabajando.

El silencio que precedió al diálogo daba cuenta que ambas chicas, una de ellas en Internet y la otra en sus diseños, estaban teniendo una leve alerta mental. Cuando las cosas salen bien de aquella forma, uno no puede dejar de preguntarse por qué.

Helga había resuelto explorar los Foros de Moda para ver si encontraba alguna pista del reciente y abrupto éxito de "Señorita Moda", pero no encontró ningún mensaje que hiciese mención al sitio. Los que había abierto Helga para anunciar la inauguración apenas tuvieron dos respuestas y luego cayeron en el olvido, por lo que resultaba extraño que hubiesen servido de algo.

Helga decidió volver a su página. Jadeó.

—¿Qué pasa? —preguntó Rhonda, absorta en su mundo privado de líneas y curvas.

—¡Tenemos más de mil visitas! —dijo Helga— ¡Y otro pedido!

Rhonda abandonó sus esquemas para arribar cuanto antes a su computadora.

—¿Otro pedido¡No puedo creerlo¿De quién?

Helga leyó el mensaje.

—Nadie que conozcamos, eso seguro. Oye, aquí nos pide un diseño similar al de la revista...

Helga arrastró las últimas palabras. De repente, aquello comenzaba a oler mal.

—¿De qué revista está hablando? —susurró Rhonda.

—No lo sé, princesa... pero estoy comenzando a inquietarme.

o–o–o–

A la mañana siguiente, las cosas comenzaron a salirse de control.

Helga y Rhonda despertaron para descubrir, en una mezcla de sorpresa más una leve pizca de preocupación, que su sitio había pasado las dos mil visitas en las pocas horas de sueño que habían tenido. Y había un tercer pedido de vestido, también similar al de la misteriosa revista.

—Helga, no sé qué hacer —cuestionó Rhonda, aquella mañana, en una pausa mientras trabajaban en McRonald's—. Sheena nos dio un recorte, pero las otras dos nos piden el mismo modelo, como si nosotras lo hubiésemos creado. ¿De qué revista están hablando?

—Quejándote y entrando en pánico no sacarás nada, princesa. Excepto granos, y tú no quieres eso.

Rhonda lanzó un corto gritito de terror, e inmediatamente procuró mantener la calma.

—Lo que hay que hacer —dijo Helga— es pensar primero y actuar después.

—Oh, ah, disculpe usted¿y se puede saber en qué hay que pensar?

—En la famosa revista —dijo Helga.

—No tenemos esa revista. ni siquiera sabemos qué revista es —criticó Rhonda.

—Nosotras no... pero Sheena sí.

Rhonda abrió la boca, pensó un poco, y luego la cerró. Miró a otro lado. Si había algo que le disgustaba era admitir que Helga tenía razón.

Así, la dupla visitó a Sheena aquella misma tarde al salir del trabajo. Sheena las recibió en su casa y las invitó a pasar. Rhonda se sintió un poco inhibida al recordar que olía levemente a frituras, y tenía la horrible sensación de que si no se daba una ducha pronto, comenzarían a brotarle campos de granos.

La habitación de Sheena era un túnel del tiempo de vuelta a los años sesenta, especialmente por la colección de discos de vinilo y el enorme póster de Woodstock que colgaba ostentosamente en la pared principal. Había una varita de incienso quemándose, y Rhonda se sintió agradecida de poder ocultar así su hedor a papas dobles con salsa de tomate. En un rincón de la habitación, sin embargo, los sesenta se habían marchado para darle espacio a un pequeño set para practicar danza.

—Me alegra mucho que aceptaras hacer ese vestido, Rhonda —dijo Sheena mientras acercaba unas viejas sillas de mimbre para sus invitadas.

—Sí, eh, es un placer —respondió Rhonda, acomodándose en su silla.

—Sheena, querríamos saber de dónde sacaste ese diseño que nos pasaste —atacó Helga. no tenía ganas de extender su visita en aquel lugar por demasiado tiempo.

—¿De dónde? —preguntó Sheena, sorprendida—. Pues de la revista¿de dónde más?

Helga decidió que era necesario decir la verdad.

—Sheena, nosotras no publicamos los modelos en ninguna revista. Sólo en nuestro sitio.

Sheena le dirigió a Helga una mirada extraña.

—¿No han promocionado su sitio en ninguna revista? —preguntó—. Entonces... pero...

—¿Podemos verla? —preguntó Rhonda, adivinando lo que Sheena estaba pensando.

Sheena asintió y caminó hasta un viejo baúl lleno de revistas; algunas de música y bandas antiguas, otras de danza y espectáculos, e incluso un par de ediciones de un fanzine sobre comidas naturistas. De entre todo el montón extrajo una publicación titulada "Moda Retro".

—¡Ah¿Es el último número? —preguntó Rhonda—. Rayos, con todo lo que ha pasado estos días olvidé comprar mis revistas de moda.

Sheena ignoró a Rhonda y abrió la revista en una página en particular. Se apreciaba un corte rectangular en dicha página, casualmente del mismo tamaño y forma que el recorte que Rhonda había usado para comenzar el bosquejo del vestido. Rhonda permaneció en silencio mientras sus ojos recorrían el titular de la nota.

SEÑORITA MODA — LO NUEVO EN LA RED

Helga le arrebató la revista a Sheena y comenzó a leer ferozmente. Rhonda se acomodó detrás de su amiga y leía sobre su hombro. Ambos pares de ojos iban ensanchándose más a cada nueva línea.

—Pero... pero... ¿qué demonios...? —balbuceaba Helga—. Rhonda¿cuándo publicaste esto?

—¿Yo! —dijo Rhonda, sorprendida—. ¡No fui yo¡Nunca publicaría algo de ese calibre!

La nota en la revista daba cuenta de "un par de jóvenes emprendedoras que tenían el talento de la innovación", y la cosa seguía así por toda una página y media, sin contar con las fotos de algunos vestidos "exclusivos" que estaban a la venta. El que Sheena había pedido no era el único: había fotografías de cinco modelos diferentes, y ninguno de ellos era propiedad de Rhonda.

Pero no podía ser un error. La dirección de Internet estaba allí, y no había diferencia. Incluso Helga y Rhonda eran mencionadas por sus nombres verdaderos, no por sus apodos.

—Tal vez alguien de la revista vio su página y le gustó la idea de hacerles publicidad —sugirió Sheena, repentinamente sintiéndose responsable de aquellas reacciones abruptas.

—No, no, no, si así hubiera sido no mostrarían estas fotos —dijo Rhonda, iniciando el corto e imparable camino a la cima de su Exasperación—. Estos modelos no son míos.

—Oh... ah... —dijo Sheena, ruborizándose—. Entonces... oh, lo siento, no debí pedirte ese vestido.

—¿Qué? No, espera, no te preocupes, tomaré tu pedido. Al fin y al cabo somos amigas y no voy a echarme atrás ahora.

Sheena parecía preocupada por otra cosa. Titubeó un par de veces antes de abrir la boca y decir:

—¿Y el precio especial también es falso?

Helga y Rhonda levantaron la vista hacia Sheena, muy lentamente.

—El... ¿qué? —susurró Helga.

—Está en... su página... —Sheena murmuró—. Dice que dan cincuenta por ciento de descuento a los primeros cien pedidos de modelos de las revistas.

—¡Yo no puse eso! —Rhonda llegó a la cima y clavó su bandera— ¿Tú pusiste esa promoción? —dijo abruptamente a Helga.

—No... —respondió ella, y era obvio que estaba pensando en algo más—, pero lo que realmente me preocupa es que... Sheena dijo... las revistas.

—¿Qué?

Las revistas —susurró Helga, volteando la mirada hacia Rhonda y encontrando sus ojos preocupados—. Las revistas, Rhonda. No la revista, sino las revistas.

—Plural —susurró Rhonda tras una inquietante pausa.

—Plural —asintió Helga.

Hubo otra pausa muy larga e incómoda, hasta que Helga decidió romperla.

—Rhonda, yo no soy la experta en moda aquí, pero... ¿cuántas revistas sobre el tema existen en Hillwood?

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Existen quince publicaciones de moda en Hillwood. Las quince revistas se encontraban desperdigadas por toda la habitación de Rhonda Wellington Lloyd media hora después de abandonar la casa de Sheena, mientras Rhonda caminaba de aquí para allá al tiempo que su mente se bajaba de la cima de la Exasperación e iniciaba la escalada a la montaña del Pánico.

—¡Mira esto! Quiero decir, ¡mira esto! ¡También nos mencionan en "Moda Meñique", y esa es una revista de ropa infantil! —decía, caminando por toda su habitación a grandes zancadas y con su mirada fija en las imágenes de la última revista.

Helga permanecía recostada en la gran cama de Rhonda, intentando asfixiarse con uno de los caros almohadones de su amiga. Finalmente se lo quitó y maldijo sin perdón.

—¿Cómo rayos ocurrió esto? —preguntó a nadie en particular—. Ninguna de las dos envió estas entrevistas a ninguna revista de moda. ¿Cómo rayos, truenos y relámpagos están publicadas, todas a la vez, en cada una de las quince diferentes publicaciones de Hillwood?

—¡No lo sé! —gritó Rhonda, arrojando la revista en sus manos para reunirse con sus compañeras caídas—. Y también era cierto lo de la promoción en nuestra página. ¿Quién diablos tiene el tiempo como para entrar en Internet a cambiar las páginas de...?

Helga saltó de la cama como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Ronda giró en redondo casi con la misma velocidad. Ambas chicas se observaban con terror desde extremos opuestos de la habitación.

No... —susurró Rhonda—. Todo menos eso... No puede ser él...

—¿Se te ocurre alguien más? —murmuró Helga—. Curly no ha aparecido en McRonald's desde hace rato.

Rhonda se llevó las manos a la cabeza.

—Voy a matarlo... —gruñó Rhonda—. De verdad, voy a matarlo. Voy a tomar una lata de insecticida y voy a terminar con esa cucaracha. Esto es obra de Curly. El maldito engendro debe pensar que así se ganará mi afecto.

—¿Sí? Pues esta vez se metió con las dos —dijo Helga al tiempo que hacía tronar sus nudillos—. Tal vez deberíamos hacerle una visita y comentarle de los siete pedidos que hay en el buzón de entrada.

—¿Siete! —chilló Rhonda— ¡Eran cuatro!

—Bien, uhm... —Helga titubeó—, no has revisado nuestro sitio en los últimos cinco minutos.

—Ya está. Dame esa almohada, a ver si ahora sí consigo asfixiarme... ¡Esto se nos va de las manos, Helga¿Sabes qué, mejor damos de baja el sitio y nos olvidamos de todo.

Ah, ja, ja —Helga lanzó una risa irónica—, sí, yo ya pensé en eso. Se lo comenté a Donald hace minutos, por teléfono.

—¿Y entonces?

—Tenemos un contrato moral —murmuró Helga—. Hay quince revistas que nos anuncian, y si no atendemos los pedidos pueden desacreditarnos.

—¿Y eso importa¡Helga, no voy a diseñar siete vestidos! No me importa. Nadie sabrá que somos nosotras, y...

—Nuestros nombres aparecen en las revistas; y además, el Servidor en el que alojamos la página también los sabe —murmuró Helga—. Bastará con que alguien pregunte por cierta dirección y apareceremos en los registros. De ahí a la desacreditación, incluso a algún juicio por falsa publicidad, habrá un sólo paso.

La mente de Rhonda acabó de clavar la bandera en la cima de su Pánico, y repentinamente vio que la montaña de la Desesperación era mucho más atractiva.

—¿Y qué haremos ahora? —susurró Rhonda en un hilo de voz.

—Podemos anunciar en la página que estamos ocupadas con demasiados vestidos, y que se suspenden nuevas órdenes por el momento —sugirió Helga—. Pero ya hay siete vestidos en proceso.

Helga lo meditó un momento, y finalmente se decidió.

—Rhonda, comienza a diseñar —dijo—. Hay siete personas esperando sus vestidos.

—¿Ah, sí¿Y qué harás TÚ, mientras tanto? —atacó Rhonda.

—Yo te ahorraré las molestias de tener que descubrir si Curly es, o no, el responsable de esta linda broma —murmuró Helga en un tono que recordaba a la Marcha Fúnebre, sus nudillos crujiendo al ritmo.

¡Oh¡Ah! —Rhonda se calmó un poco—. De repente, hacer siete vestidos no me parece tan difícil.

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Para la creciente Desesperación de Rhonda, los siete vestidos se convirtieron en once al momento en que las chicas subieron el anuncio de "Pausa en Pedidos". Helga dejó a su amiga con la única compañía de un enorme block de hojas, un manojo de lápices y una enorme jarra del más negro y poderoso café despabilador de toda la ciudad, y luego salió de la casa en dirección fija a la morada de cierto monstruo cuatro-ojos.

No había nadie en casa de Curly cuando Helga llegó a golpear la puerta y tocar el timbre reiteradas veces. Decidió esperar un rato, pues Helga necesitaba saber si Curly había hecho de las suyas, o no.

Pasados veinte minutos, y justo cuando Helga pensaba en regresar más tarde, el rugido de un Plymouth 58 provino de un extremo de la calle. Helga divisó a Rhowell, y al volante iba Curly.

Curly se detuvo frente a la entrada del garage de la casa y observó extrañado los alrededores. Hubiera jurado que había visto a Helga en el lugar, pero ahora no había nadie. Se encogió de hombros y supuso que aquello era un engaño visual basado en algún reflejo del sol, o algo así. Ya más calmado, bajó del auto y se dirigió a la puerta de la casa, y justo antes de introducir la llave en la cerradura una mano con nudillos de acero se cerró sobre su desprevenida muñeca.

Curly levantó la vista hacia los ojos centellantes de Helga Geraldine Pataki, y muy tarde recordó que Helga había aprendido a camuflarse con el medio que la rodeaba con el mismo estilo que los miembros de grupos Comando de avanzada, así que no le sorprendió ver restos de cáscaras de naranja y papeles arrugados deslizándose por sus ropas. Si Helga debía esconderse en un bote de basura para sorprender a su presa, pues qué rayos, ella lo haría una y otra vez.

—Hola, mequetrefe —gruñó—. Creo que tenemos que hablar.

Curly sonrió, pero el gesto de Helga le hizo olvidar cómo hacerlo.

o–o–o–

A Rhonda le dolía el estómago. Había bebido demasiado café.

Decidió que nunca más bebería otra gota de esa porquería, si podía evitarlo.

Pero, en fin... Los resultados eran buenos. Cinco vestidos diseñados y dos en proceso, uno de ellos a punto de ser terminado. Nada mal para un día de trabajo. Sólo había una cosa que había estado molestando a Rhonda durante toda la tarde, y acababa de manifestarse nuevamente.

Riiiiing... Riiiiing...

Rhonda atendió el teléfono, fastidiada, y volvió a oír la misma voz monótona.

—¿Es usted la señorita Lloyd, Rhonda; titular de esta línea de teléfono?

—Por decimosegunda vez, , soy yo —Rhonda dijo entre dientes apretados.

—Hemos notado que usted suele realizar muchas llamadas de larga distancia —prosiguió la voz, igual que en las últimas veintiún veces anteriores—. ¿Le interesaría contratar nuestro plan de Larga Distancia a menor costo?

—Por decimosegunda vez, ¡no¡No quiero! ¿Qué tengo que hacer para que entienda eso?

—Es mi trabajo el que usted escuche todo el mensaje, señorita —dijo la voz en una muestra de eterno aburrimiento.

—¡Es patético¡Búsquese una vida!

—Nuestro servicio de Larga Distancia —prosiguió la monótona voz— le permite hablar a un precio reducido, de Lunes a Viernes en los horarios de...

Rhonda colgó con furia. "Debían pasarme todo el mensaje", ah, jajaja... Lo único que la alegraba de esas llamadas era saber que había gente más miserable que ella, y gracias a eso había sacado ánimos para continuar sus diseños y vestidos.

Riiiiing... Riiiiing...

Pero claro, todo tenía un límite.

—¡No quiero recibir otra llamada, o te aseguro que apelaré a mis abogados! Es decir, a los abogados de mis padres. ¡Ya deja de molestarme! —gritó Rhonda al auricular.

Esperaba oír la monótona voz intentando empezar su cháchara, pero en lugar de eso hubieron diez segundos de inquietante silencio, y la persona al otro lado cortó la llamada. Rhonda sonrió y se dio aires su suficiencia: al fin había puesto en su lugar a ese pesado y su Larga Distancia.

Justo cuando se disponía a colgar el teléfono, Rhonda notó las palabras en el display de su Identificador de Llamadas.

Llamada #12: NADINE

Rhonda sintió que se le iba el aire. Se apresuró a marcar el número de Nadine y esperó con algo así como un hueco en el alma.

Alguien atendió.

—¿Nadine? —preguntó Rhonda, un tono extraño en su voz—. ¿Tú me llamaste hace instantes? Pensé que era del servicio de teléfonos, no sabía que eras tú.

Esperó respuesta, pero nunca llegó.

¿Nadine? —volvió a preguntar Rhonda, ahora con un tono de voz lento y triste— ¿Me perdonas?

Silencio. Más silencio. Y la persona al otro lado colgó.

Rhonda mantuvo el auricular pegado a su oído durante largos segundos, pero el constante tono del teléfono no cambiaba. Lentamente bajó el receptor y lo depositó en su lugar, sobre el teléfono. Luego volvió su vista al block de hojas y se dio cuenta que su mente estaba totalmente en blanco.

Riiiiing... Riiiiing...

Rhonda tomó el receptor con velocidad inigualable y lo acercó a su oído.

—¿Sí? —preguntó, sonriendo expectante.

—¿Le interesa nuestra promoción en llamadas a Larga Distancia...?

Hay palabras que una persona del status social de Rhonda Wellington Lloyd jamás debería conocer, pero Rhonda no tuvo ningún problema en descargar una ráfaga de insultos de tal calibre que, estaba segura, ningún empleado del servicio telefónico volvería jamás a atreverse a ofrecerle servicios de Larga Distancia.

Lanzó el receptor al teléfono y luego enfocó su irascible mirada en el block de hojas. Luego de aquella interesante colección de adjetivos, sintió su mente más relajada.

—¡Bien! —dijo—, de repente tengo muchas ideas...

Y comenzó a dibujar.

o–o–o–

—¿Chantaje? —sonrió Curly con falsa inocencia— ¿Cuándo he cometido chantaje hacia ti?

—¡No te hagas el tonto! —le recriminó Helga— Tú eres el único con la mente criminal para hacer lo que hiciste.

—Me halagas.

—No trato de halagarte, sólo intento canalizar mi ira a mis palabras para que mis puños no hagan puré de fenómeno —puntualizó Helga.

Helga dio media vuelta y caminó apresuradamente por la habitación de Curly. Éste la seguía con la mirada desde su silla giratoria. Helga regresó frente a él y alzó un puño cerrado a la altura de su rostro, amenazante.

—¿Admites que hiciste publicar esas notas en las revistas de moda? —inquirió Helga.

—Lo admito —Curly sonrió—. Fue una simple irrupción en los servidores de las revistas, un pequeño "descuido", y repentinamente quinte publicaciones tenían una nota extra que nadie esperaba ver. Pero eso no es chantaje.

—Puede ser una excelente broma, con la diferencia de que yo particularmente no le encontré el chiste.

—No es una broma —Curly sacudió la cabeza—. Helga, Helga, Helga... no es broma nada de lo que hago por Rhonda.

—¡Oh! Así que estamos hablando de Rhonda —lanzó Helga su tono más sarcástico.

—Sí —admitió Curly—. Supe que su sitio en Internet estaba tocando fondo, así que me dije "Oh¿por qué no les doy una mano?". Seguramente Rhonda me lo agradecerá al final.

¡Ajá! —Helga chilló. Inmediatamente tomó a Curly por el cuello de la camisa y lo levantó a la altura de sus propios ojos— ¡Lo acabas de admitir, imbécil¡Rhonda te lo agradecerá! Eso quiere decir que esperabas obtener algo de todo esto. A mí me suena a chantaje.

Curly se liberó de los puños de Helga y cayó sobre su silla.

—No hay chantaje —insistió, recuperándose magistralmente—. Simplemente quise que Rhonda tuviese la oportunidad de dar a conocer su talento. ¿No puede un amigo hacer eso?

—Dudo mucho que pretendas ser sólo su amigo —atacó Helga.

—Oh, bueno, mis planes personales van más allá, desde luego.

—¡Curly, tienes que detener todo esto! —estalló Helga— Y si no lo haces pronto, llevaré el caso a la ley.

Curly levantó una ceja.

—¿La ley? Creo que no tienes evidencia.

—Puedo sacártela a golpes —sugirió Helga.

—Oh, sí. Eso se vería muy bien. Me golpearás hasta que confiese lo que hice, si es que antes no te detienen por agredir a un civil. Oh, sí, esa es una idea excelente.

Helga apretó los puños y murmuró una serie de maldiciones. Eso era lo que la gente realmente odiaba de Curly: tenía una facilidad terrorífica para maquinar todo tipo de planes. Y el muy desgraciado estaba en lo cierto: no iban a poder hacerle confesar. No podía considerarse chantaje el querer ayudar a una persona. Curly no estaba chantajeando a nadie; simplemente les estaba dando mucho trabajo, y eso era incluso peor.

—Bien —dijo Helga—. Es una pregunta muy estúpida, pero me veo obligada a hacerla¿qué rayos quieres de nosotras?

Curly sonrió.

o–o–o–

¿Que tengo que qué! —Rhonda palideció. ¿La cima de la Desesperación¿Quién necesitaba esa montañita de nada si el pico del Estado De Total Irrealidad era mucho más espectacular?

—¡Sólo es una cita! —insistió Helga— Sólo salir a comer a cualquier sitio y luego cada cuál por su lado.

—¡Estás loca¡Helga, estamos hablando de Curly¿Cada cuál por su lado¡Diablos, me moriría de la risa si no fuese trágico!

Rhonda clavó furiosamente uno de sus lápices en un block de hojas sin usar. A Helga le sorprendió ver cómo había atravesado la mitad del mismo casi sin esfuerzo aparente.

—¡No voy a hacerlo¡Nunca! —Rhonda declaró.

Helga respiró profundamente.

—Dice que si no aceptas, nuestros diseños aparecerán en todas las revistas de moda del país.

La mente de Rhonda se atascó en un torrente de pensamientos.

—¿Qu...? —dijo— ¿Qu...? —volvió a tratar— ¿Qu...! —y otra vez más.

Helga se dejó caer en el cómodo colchón de la cama de Rhonda.

—Ya lo sé... Ya lo sé... Maldita sea, todo el mundo sueña con promocionar sus productos a nivel nacional, pero nosotras no contamos con suficientes recursos para afrontar eso.

—¿Qu...!

—No quiero ni pensar todos los pedidos que nos llegarán —continuó Helga, ignorando los balbuceos de su amiga—. Ahora mismo estamos recibiendo muchos mensajes de personas que querían encargar vestidos, y solamente en Hillwood. Bueno, y en algunas ciudades cercanas que tienen acceso a nuestras revistas de moda.

—¿Qu...!

—Sólo es una cita —insistió Helga—. De verdad. Yo me encargaré de él si intenta cualquier cosa. Eso le dije, al menos.

—¿QU...!

—Oh, y, no te preocupes. La cita sólo será una coartada.

Rhonda encontró las palabras y consiguió echarlas afuera.

—¿Qu...¡¿Qu...¡¿Qu-qué!

—Una distracción, si lo prefieres.

¿De qué rayos estás hablando? —Rhonda musitó.

Helga se deslizó fuera del colchón y se puso de pie, sacudió sus ropas de invisibles nubes de polvo, alisó sus mangas y luego giró hacia su amiga.

—Tal vez Curly merezca una dosis de su propia medicina —Helga sonrió una sonrisa macabra—, y ocurre que conozco a la persona ideal para el trabajo.

A pesar de todos los pensamientos nefastos recorriendo su mente, Rhonda se dispuso a escuchar la idea de Helga.

Era un plan increíble, extraño, muy loco y, sobre todas las cosas, extraordinariamente descabellado.

A Rhonda le encantó.

o–

(Continuará...)