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Capítulo 8
Sorpresas y desafíos
La locura no era algo desconocido para Rhonda Wellington Lloyd. Una vez que conoces a Curly, nada te parecerá demasiado loco.
Excepto, claro, Helga Geraldine Pataki tras haber sido chantajeada.
Tomemos, por ejemplo, al típico gato de vecindario. La gente tiene la idea de que ellos son los dueños de sus gatos. Esto es una equivocación, ya que los gatos son los dueños, y nosotros sus mascotas.
No es una idea tan descabellada: nosotros cuidamos a los gatos, pero los gatos prefieres hacer su vida y mantenerse cómodos en cuanto sea posible. Y durante las noches es fácil oír los maullidos de decenas de felinos. Mucha gente cree, y está convencida, de que es una fiesta gatuna de diversión.
Ese es otro error. Los gatos maúllan por las noches para delimitar sus dominios, ya sean territoriales o amorosos. Y es fácil comprender que, cuanto más largo y suave se hace un maullido, más cerca están dos contendientes de sacar las garras y comenzar una batalla que hará que muchos vecinos indignados llamen a la policía.
Porque los gatos defienden a muerte su territorio.
Rhonda observaba a Helga. Realmente, estaba esperando a que la chica maullase. Curly se había entrometido con ellas y ahora era cuestión de tiempo, de muy poco tiempo, para que Helga sacase sus garras y comenzase a desgarrar corazones.
Ya en muchas ocasiones se había visto a Helga furiosa. Era, es, y seguirá siendo muy fácil de hacer enfadar a Helga. Cuando Helga se enfurece, sus puños se lanzan como misiles guiados por calor, buscando el ser viviente más cercano, acertando siempre y causando estragos. Y eso era normal. Y además, ese accionar era muy leve.
Porque hasta Helga tiene niveles a los que rara vez llegaba su furia. Muy pocas personas en el planeta tuvieron la desdicha de ver a Helga furiosa de verdad. La mitad de ellas ahora viven en un convento de monjes y han adoptado un conveniente voto de silencio, porque no se atreven a hablar de aquello que sufrieron ante la verdadera ira de Helga Pataki.
La otra mitad de esas víctimas aún vive con el recuerdo. Es la mitad que salió ilesa. Phoebe era una de ellas. Lila era otra. Y Rhonda también había estado presente.
Por eso Rhonda se mantenía un poco apartada de Helga; porque lo estaba viendo otra vez: la forma en que hablaba, el modo en que se movía, la apisonadora aura de destrucción inminente que se percataba a su alrededor. Helga Pataki estaba furiosa de verdad… y cuando Helga Pataki se ponía así de furiosa nunca daba golpes. Esa era la diferencia, el verdadero terror. Ese era el peligro. Helga Pataki, la verdaderamente furiosa Helga Pataki, sabía perfectamente que los golpes podían curarse, incluso los más fuertes.
Pero la humillación total y absoluta quedaba para siempre.
Véanla caminar, sus pasos rápidos y sus manos refregándose una con la otra. Vean su expresión, con sus ojos entornados y su sonrisa de maniática. Su ojo izquierdo incluso parpadeaba involuntariamente. Algo extraordinariamente macabro estaba tomando lugar en el interior de esa cabeza. Rhonda sólo se alegraba de que, lo que sea que su amiga estuviese planeando, sería para otro y no para ella.
Así, mientras Helga se paseaba por la habitación de Rhonda, ella y Phoebe, también presente en el lugar, mantenían sus miradas en la muchacha. De repente, Helga se detuvo.
—¿Puedes hacerlo? —preguntó a Phoebe.
Phoebe se acomodó los lentes antes de contestar. Era lo que todo fenómeno hacía antes de dar una respuesta técnica.
—Si bien es posible, Helga, me temo que existe la posibilidad de que sea ilegal.
—Vaya novedad. Ya lo sé, Phoebe, no pregunto si es legal, sólo si es posible —replicó Helga.
Phoebe suspiró.
—¿Es realmente necesario? —preguntó.
—Míralo de esta forma: lo haremos en legítima defensa —sonrió Helga, aunque sus ojos no participaban de esa mueca.
Phoebe miró hacia otro lado y se balanceó sobre el borde de la cama de Rhonda. Ella haría mucho por su amiga, pero ahora había mucho en juego.
—No será fácil —dijo—. Seguro que–
—Seguro que una chica lista como tú podrá hacerlo —interrumpió Helga—. ¡Vamos, Phoebs¡Cuento contigo!
Lo que algunos hacer por los amigos, pensó Phoebe.
—De acuerdo —suspiró—. Pero si me meto en problemas por tu culpa, perderás más que una amistad —dijo, ahora seria.
Helga le creyó. No olvidaba el incidente en la Feria del Queso. Procuró remover sus preocupaciones y dirigirse ahora a Rhonda.
—Bien, Princesa¿lista para esa cita con Curly?
—No —admitió Rhonda—. Ni un millón de años podrán prepararme psicológicamente para salir con ese desgraciado.
—Lo siento, pero sólo tienes unas pocas horas para aceptarlo —Helga se cruzó de brazos—. Tú mantén al tonto ocupado, que Phoebe y yo haremos el resto.
—¿Mantenerlo ocupado? —dijo Ronda, su voz denotaba pánico— ¡Mantenerlo alejado, quieres decir! Seguro que va a encontrar más de una forma de estar ocupado conmigo. Él y esos tentáculos que tiene en lugar de brazos…
—Sabes a lo que me refiero —dijo Helga, un poco impaciente—. Sólo distráelo. Por favor —añadió.
—Ah, está bien… Todo sea por la finalidad del plan. —Rhonda observó a Phoebe de manera crítica, y le dijo—: más te vale que no falles. Mi vida está en juego, y resulta que le tengo mucho aprecio.
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—¡Vaya¿De verdad vas a salir con Rhonda? —clamó Sid, estupefacto, mientras acompañaba a Stinky, Harold y Curly a una comida rápida en McRonald's.
—Por supuesto —Curly se dio aires—. Era cuestión de tiempo para que cayera rendida ante mis pies.
—Pues yo creo que la chantajeaste de alguna manera —rió Stinky—. Rhonda no saldría contigo ni por todo el oro de… de… —se rascó la cabeza, buscando un lugar con mucho oro.
—Bueno, no es por hacer alardes… —dijo Curly mientras Stinky se sumía en un profundo pensamiento—. Digamos que la conozco lo suficiente como para saber qué cosas le gusta a nuestra chica elegante.
—¡Pero si ella te odia! —comentó Harold tan pronto como terminó de engullir un manojo de papas fritas— Incluso a mí me trata con más respeto —y eructó, como para zanjar el asunto.
Stinky no dijo nada. Seguía pensando.
—No lo sé, no me gustaría chantajear a mi chica para que saliese conmigo —dijo Sid. Sorbió de su malteada de leche con sabor a Tutti–Frutti mientras lanzaba una mirada de anhelo a las cajas registradoras: Nadine, Lila y Patty estaban haciendo sus pedidos—. ¿Sabes, Curly? Realmente dudo que Rhonda quiera salir contigo por las buenas.
—¡Fort Knox! —dijo Stinky de repente. Todo el mundo le ignoró.
—Por supuesto que no saldría conmigo por las buenas —habló Curly—. Pero es parte de mi plan. Sólo quiero que ella salga conmigo para que pueda conocerme mejor. Rhonda está negada a verme como otra cosa que un engendro cuatro–ojos que ríe como maniático cuando está a punto de cumplir sus más soñadas ambiciones, je, je–je, jajaja, BUAJAJAJA —Curly tosió muy fuerte—. Perdón, me dejé llevar…
Los tres compañeros compartiendo mesa prefirieron sorber sus bebidas. Todos a la vez.
—De todas formas —comenzó Sid, muy despacio, como si quisiese evitar que Curly le salte al cuello—, no me parece… no sé… educado. Hay mejores formas de hacer que una chica se interese por ti.
—¿Ah, sí? —murmuró Curly— Bueno, si algún día necesito consejos sobre cómo actuar infantil–
—¿Quién actúa infantil? —preguntó Patty mientras se acercaba con su bandeja. Detrás venían Nadine y Lila.
—Sid —dijeron Stinky, Harold y Curly al mismo tiempo.
—¡Oigan! —Sid se acaloró— No es malo ser infantil. Miren a Eugene, él si que es muy…
Dejó la frase a la mitad. Era preferible así.
—Lo que quiero decir es: no está bien andar por ahí chantajeando gente —dijo Sid, ahora rojo como un tomate—. Si tanto quieres salir con Rhonda, había miles de otras formas de acercarte a ella. No necesitabas chantajearla para que saliese con–¿Nadine, estás bien?
Nadine volvió a su asiento de un salto.
—Sí, sí. Sólo se me cayó el paquete de mayonesa —dijo ella, apresuradamente.
—Da igual —habló Curly—. Esta noche saldré con Rhonda, y sé que la pasará bien.
—Pero tú no —rió Harold—. Dijiste que Helga estaba furiosa contigo, y todos sabemos que Helga no perdona así nada más.
—¿Le han hecho algo a Helga y Rhonda? —preguntó Lila, frunciendo el entrecejo.
—Nosotros no, fue Curly —dijo Stinky.
—Bien, no quiero que te metas en líos, Harold —sentenció Patty.
—Sí, Patty —murmuró el aludido. Podía escuchar las risitas ahogadas de Stinky y Sid.
—Pero es verdad lo que dice Harold —comentó Stinky tras unos bocados de su Super–Mega–Extra Hamburguesa (tenía diez centímetros de diámetro, pero era Super–Mega–Extra grasosa)—: Helga no perdona así nada más.
—No me sorprendería que hubiese planeado algo en tu contra —murmuró Sid, su mirada fija en su hamburguesa.
—Sería su estilo, no lo dudo —admitió Lila.
Para sorpresa de todos, Curly sonreía.
—Oh, y ustedes suponen que no me he planteado esa situación —dijo—. ¡Amigos, ya conocemos a Helga! Realmente me sentiría decepcionado si ella no intenta hacerme alguna jugarreta esta misma noche. Pero, no tengo por qué preocuparme… Sé muy bien qué hacer, je, je… Je–je–je, jajaja, muajaJAJAJAJA —Curly volvió a toser—. Oh, perdón…
Sus amigos no dijeron nada. Sólo se oyó el sorber de seis bebidas distintas al unísono.
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Phoebe suspiró. Había suspirado mucho desde que Helga le comentó su plan para desmoralizar a Curly. Phoebe no tenía nada contra Curly; bueno, nada más que la mayoría del planeta; pero decirle que no a Helga siempre había sido muy difícil, no porque Phoebe terminaría con un ojo morado (que nunca pasó), pero existían cosas mucho peores que la agresión física.
Peleas entre amigas. Eso sí era dolor. No olvidaba el incidente entre Nadine y Rhonda, y a Phoebe le dolería igual si se pelease con Helga.
Bien, tampoco le había pedido construir la Torre de Babel, pero sentía que aquella misión sería incluso más sencilla que la suya. Pero bien, Phoebe no pudo evitar recordar que Helga había pensado en ella, y sólo en ella. La herramienta apropiada para el trabajo preciso, y Helga necesitaba su mejor herramienta para este trabajo de delicada precisión. A Phoebe no le molestaba ser la herramienta de Helga, simplemente porque sabía que, en el fondo, era una herramienta que nunca dejaría plantada a su amiga. Y Helga también pensaba igual.
Hay personas a las que les cuesta horrores admitir que mantienen cerca de las personas porque les gusta tener amigos. Helga siempre ponía la excusa de que Phoebe era algo así como una sirvienta, y eso, consideraba Phoebe, era lo mejor que Helga podía decir de ella. No necesitaba decirle que serían amigas inseparables. Cuando uno conoce los códigos, la amistad no necesita palabras precisas.
Y hablando de códigos…
—Estoy cerca —dijo Phoebe a la pantalla de la computadora de Rhonda. Detrás, Helga murmuró una felicitación.
—¿Cuánto más? —preguntó ella.
—No es posible saberlo… Sólo pasé otra barrera de seguridad. Sin ser detectada, espero —añadió, visiblemente nerviosa.
—Lo harás bien, Phoebe —comentó Helga en voz baja—. Confío en ti.
Phoebe asintió, aunque sólo para tranquilizar a su amiga.
Una puerta se abrió al otro lado de la habitación, lo que consiguió distraer momentáneamente a Phoebe y a Helga, quienes voltearon la mirada para contemplar a Rhonda Wellington Lloyd saliendo de su inmenso ropero, el cual había sido diseñado para aparentar una pequeña tienda de ropa de las más exclusivas calles de moda del mundo. Rhonda jamás usaría un simple biombo si podía evitarlo.
No llevaba puesto un vestido hermoso, de blanco perlado o quizá rosa crema. Esto no era una cita de cuentos de hadas, ni siquiera un baile de la alta sociedad. Era una cita (a la fuerza) con Curly, y por lo tanto Rhonda optó por un atuendo más acorde a la edad y a los tiempos que corrían.
Llevaba una playera color rojo fuego que seguramente pondría a muchos hombres en llamas. Se había cambiado a unos pantalones de jean con piernas de campana: algo de la moda de los '70 siempre había cautivado a Rhonda, pero aquellos zapatos de madera con amplios tacos eran más de los '60. Como accesorios, llevaba un prendedor en el cabello, unas pulseras, y hasta un colgante de oro con la forma de una extraña hadita sonriente; Rhonda lo había visto de remate en la Red y le pareció extremadamente adorable, aunque un poco tonto. También llevaba sombra en los ojos, se había trabajado mucho las pestañas, y aquel tono de lápiz labial hacía que los tomates se avergonzaran de sí mismos por sus patéticos colores. También se había pintado las uñas, tanto de las manos como de sus pies expuestos sobre los zapatos de madera.
Cualquier muchacho que se encontrara en la habitación en aquel momento ya hubiese aspirado muy profundamente por la nariz, porque aquella apariencia era tan inestable y peligrosa como una enorme caja con tubos de nitroglicerina. Un solo sacudón de más y el resto sería historia antigua.
—Más te vale que tengas razón, Helga —murmuró Rhonda, apuntando un acusador dedo índice hacia su amiga—, porque así como estoy ahora me siento como una pobre lombriz suspendida de un anzuelo dentro de un tanque de pirañas.
—Poético —dijo Helga, sonriendo—. Y no te apures, todo va bien.
—Quiero escucharlo de nuevo, Helga. Por favor —pidió Rhonda, avanzando hacia ella con una mano en la frente.
—Es muy sencillo: tú llevas al engendro a su cita soñada; mientras tanto, Phoebe se queda aquí y trata de acceder al Punto de Acción para meter a Curly en muchos problemas. Hey, es muy fácil… Dos más dos.
—Cuatro —dijo Phoebe de manera instintiva, sus dedos seguían tecleando.
Helga le dirigió una corta mirada de recelo. Rhonda bufó.
—Bien¿y qué es lo que harás tú? —preguntó, sus brazos cruzados, su mirada inquisidora.
—Yo voy contigo —explicó Helga—. La verdad, no confío en Curly, y por supuesto que tú menos. Me traje estos transmisores de mi casa, Bob tiene un almacén lleno.
Mostró a Rhonda unos Walkie–Talkies de poder militar, aunque diseñados para el uso civil. Había sido una de las ideas más ingeniosas de Big Bob Pataki… hasta que el tremendo poder de estos aparatos interfirieron con todas las emisoras de radio y televisión de Hillwood.
—Dejaré uno aquí para comunicarme con Phoebe —Helga continuó—. Tú puedes llevar otro… aunque no sé dónde lo llevarás —añadió, reparando por primera vez en lo que Rhonda llevaba puesto. Ni una tableta de chicle habría pasado desapercibida en las ropas de Rhonda, mucho menos un gran transmisor de comunicaciones—. Pensándolo bien, creo que mejor lo dejas. De todas formas, yo te estaré siguiendo para asegurarme de que ese infeliz se mantenga en zona segura…
—Ah–jajaja… —rió Rhonda, pero no había humor en el tono.
—… y me comunicaré con Phoebe para regular sus avances —terminó Helga. Phoebe, su mirada fija en el monitor, asintió.
Rhonda suspiró y se acercó a la ventana. Observó el cielo del atardecer. Dos horas para la prueba de fuego. Era ahora o nunca.
—Bien —dijo—. Bien —repitió, intentando convencerse de ello—. Pero realmente espero que funcione.
—Te digo que sí —Helga insistió, perdiendo la paciencia—. Curly no se espera este golpe. No hay forma de que pueda sorprendernos.
Y sonrió con malicia. Sonrió a sus anchas, muy ampliamente… casi tan ampliamente como sonreía otra persona en aquellos precisos momentos: un sujeto situado en la penumbra de una habitación a oscuras, con su rostro iluminado por la tenue luz del monitor frente a él. Sus dedos recorrían con experiencia el teclado e ingresaban código tras código de caracteres en el programa abierto.
Brainy jadeó un poco. Curly confiaba en él, y Brainy no era de la clase de personas que desilusionan a sus amigos.
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Así como en algunas historias de fantasía, la llegada de la noche hacía que los Hombres del Día regresaran a sus hogares mientras las Criaturas de la Oscuridad surgían de entre las sombras. La noche transforma todo lo que conocemos; todas las calles, todos los parajes, todos los caminos se iluminan, y por ellos transitan otros seres. Al paso de las luces se abren negocios que durante el día son meras casas que son fácilmente ignoradas. La noche despliega un abanico de neón, una mixtura de sabores exóticos y aromas casi palpables que deleita los sentidos de aquellos que osan vagar bajo el manto oscuro del cielo.
La noche intimida por su oscuridad negada, la cual es controlada por destellos de colores que saltan de cada farola, de cada poste, de cada cartel luminoso, de cada ventana abierta. La oscuridad está allí, más allá del domo de luz que se produce en la ciudad, esperando, acechando, observando con ojos oscuros y preguntándose quién se atreverá a adentrarse en su misterio.
Porque eso es lo que tiene la noche: el misterio a lo desconocido, aquello que se esconde en cada callejón oscuro, en cada calle mal iluminada; en cada segmento al que la luz ha fallado a su cita; pues por esos senderos unos nunca sabe lo que puede hallar, y por ende muchos no se arriesgan a la aventura. Esto es una ciudad, y en las ciudades la gente ha relacionado lo bueno con la Luz, y lo malo con la Oscuridad. Y por eso, cada noche, la Luz se hace presente para espantar lo que la Oscuridad podría llegar a albergar.
Ronda pensó en todo ello y rió con sarcasmo. Por muy poético que aquella reflexión sonara, Curly era de esas criaturas que se movían tanto en la Oscuridad como en la Luz, y a Rhonda no le hacía gracia en ninguna parte.
Y ahora ella estaba en la puerta de su casa, observando con rabia el extremo de la calle. En cualquier momento aparecerían las luces delanteras de esa monstruosidad a la que Curly había bautizado Rhowell. Qué gran broma. Y el mejor chiste era que, dondequiera que Rhowell vaya, Curly iría al volante.
Dio una mirada hacia atrás, enfocándose en los contenedores de basura. Una mano surgió de detrás de ellos y le hizo un gesto de "todo va bien" a Rhonda. Ella bufó en protesta y volvió la mirada al final de la calle.
Un minuto más tarde, su pesadilla doblaba la esquina.
Unos tremendos faros enceguecieron temporalmente el campo de visión de Rhonda, al tiempo que las tonada de "Heartbreak Hotel" se mezclaban con el rugido de un motor muy bien afinado.
Curly detuvo el auto junto a Rhonda, y de inmediato ella comprendió que sería una noche muy larga. No precisamente por la pose de Curly, la cual incluía un brazo reposado sobre la puerta del vehículo y una sonrisa de imparable triunfo, sino por el tipo de guardarropas que el engendro había seleccionado para la ocasión: un traje blanco que haría que a John Travolta le diese fiebre por las noches de Sábado.
—¿Qué te parece mi atuendo, mi amor? —dijo Curly.
—Ugh… —sintetizó Rhonda.
—¡Gracias! —sonrió Curly. No había ni pizca de rencor— Tú también te ves estupenda. ¿Nos vamos?
—Sí —replicó Rhonda—. Cuanto más rápido comamos, más rápido volveré a casa.
Rhonda abrió la puerta, se sentó con furia, y cruzó los brazos. Curly sólo podía sonreír, como si todo ya lo hubiese previsto de antemano. Rhonda fruncía el ceño y torcía la boca como si le hubiese dado una mordida al más ácido de los limones, pero eso a Curly no le incomodaba. Cambió a primera y pisó el acelerador.
—Y cambia de estación —gruñó Rhonda cuando se iban—, no me gusta esa canción.
Curly respondió algo, pero ya estaban lejos y no se pudo escuchar. Una figura se asomó desde detrás de los contenedores de basura.
—Ah–jaja… Has mordido el anzuelo, Curly —rió Helga.
La muchacha dio un salto y aterrizó en la acera, se incorporó con rapidez y desenfundó su transmisor.
—¡Phoebe, transpórtame! —anunció al aparato.
—¿Quéeee? —la voz de su amiga surgió del receptor. Helga cerró los ojos en vergüenza.
—Oh, lo siento… Esta mañana hubo un maratón de ciencia ficción–ah, olvídalo. Voy tras ellos¿tú cómo estás?
—Bien. No hay novedades. Te avisaré si las hay.
—Correcto, cambio y fuera.
Helga cortó la comunicación. Miró al frente y, sacudiendo la cabeza en total incredulidad, murmuró "Transpórtame… Debo estar loca…" antes de emprender una persecución a pie.
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El viaje en auto no fue tan malo como Rhonda esperaba que fuera. De hecho, se sintió desilusionada y hasta traicionada consigo misma cuando se dio cuenta que aquel auto era muy cómodo. Por supuesto, era un clásico, y Curly lo cuidaba mucho. Tal vez lo que realmente molestaba a Rhonda no era el auto en sí, sino su propietario.
De todas formas, por el momento Curly había actuado bien. Sólo se limitó a conducir, tarareando alguna canción después de que Rhonda apagara la radio; todas las emisoras pasaban Rock de los '50. Curly había intentado entablar conversación en un par de oportunidades, pero Rhonda contestó de forma tajante en ambas ocasiones. Qué rayos, pensaba Rhonda, no tengo ningún problema en hacerle pasar una velada miserable.
Pero a pesar de todo, Curly no dejaba de sonreír.
—Ah, Rhonda, pienso hacer que pasemos una noche única —dijo Curly.
—Ja, ja, ja —murmuró Rhonda—. Por supuesto que será única. Lo que significa que no se volverá a repetir. Sí, esta va a ser una noche única, así que mejor la aprovechas bien.
Dos segundos más tarde, y tras ver la horrible mueca de felicidad que había aparecido en el rostro del engendro, Rhonda se corrigió:
—Pensándolo bien, mejor no la aproveches —dijo, y a Curly le encantó cómo aquella voz había subido un octavo en esta oportunidad.
—Rhonda, Rhonda, mi querida y apreciable Rhonda¿de verdad crees que soy de esos truhanes que toman ventaja en la primera cita?
—Sí —respondió Rhonda inmediatamente. Curly ladeó la cabeza.
—Bueno, tal vez tengas razón —dijo, y volvió a sonreír—, pero eso nunca te lo haría a ti. ¿Qué es un hombre sin un código de honor?
—Un imbécil llamado Thaddeus Gamelthorpe —replicó Rhonda. Estaba empeñada en hacerle la noche imposible a su captor moral.
Pero Curly sólo podía sonreír.
—Me encanta ese matiz ácido tan propio de ti —dijo con dulzura.
—Bah —Rhonda volvió a cruzarse de brazos—. No vas a conquistarme¿me oyes? Sólo lo hago para que dejes de hacernos el favor de publicitar nuestro sitio en Internet, y tú lo sabes.
—Sí, soy perfectamente consciente de ello.
—Entonces no esperes nada —gruñó ella—. No vas a comprarme con un Combo Enamorados.
Rhonda observó de reojo. Curly volvía a sonreír de aquella forma tan peligrosa.
—¿Combo Enamorados? —rió— ¿Quién habló de cenar en McRonald's?
Rhonda se fijó en él por primera vez.
—Pensé que…
—Pues piensa de nuevo —interrumpió Curly—. Las comidas en McRonald's están bien para compartir con amigos; pero esta noche tengo una cita con una persona muy especial. Ah, ya llegamos…
Con un chirrido, Rhowell se detuvo junto al andén. Rhonda observó a su derecha. Aunque reconoció el lugar a primera vista, su cabeza se inclinó hacia atrás mientras sus ojos recorrían la estructura del edificio en cuestión. Allá arriba, sobre la puerta de entrada, estaba el nombre escrito en neón.
—Chez París… —susurró Rhonda—. Chez París… —repitió, incrédula. No podía ser cierto, seguro era una broma de Curly.
—¿Te parece bien aquí? —sonrió él.
—Es imposible que comamos aquí —dijo Rhonda, girando bruscamente la vista hacia él mientras catapultaba su dedo índice hacia el restaurante—. Hay que hacer la reserva un mes antes, y eso si están con pocos pedidos.
—Lo que lo hace el lugar más exclusivo de todo Hillwood —dijo Curly—. Lo mejor para ti.
Rhonda se mantuvo en silencio, reteniendo su pose previa con todo y brazo extendido. ¿Realmente Curly tenía reserva? Algunos años atrás, Chez París era uno de los restaurantes más famosos de la ciudad, aunque no al punto de volverse tan exclusivo. Con la repentina caída de su competidor directo, Chez Pierre, Chez París compró el local para ampliar su negocio y obtener el monopolio de la zona.
Ahora se había transformado en la epítome de la elegancia y el buen gusto. Tanto era así que ni siquiera la familia Lloyd había conseguido jamás entrar a cenar allí, no porque no pudieran pagarlo, sino porque había que hacer la reserva con tanta antelación que era imposible saber si los miembros de la familia no tendrían responsabilidades laborales individuales para la fecha escogida.
Una persona como Curly jamás podría haber hecho reserva allí. No sólo no podía haber previsto su cita chantajeada con tanta antelación, sino que el precio de la cena sería incosteable.
Rhonda se permitió una sonrisa. Si Curly quería tomarle el pelo, ella se daría el gusto de humillarlo en su propio terreno.
—Me parece un excelente lugar —dijo con suavidad—. Y creo que no querría cenar en ningún otro sitio —añadió, aplicando una presión innecesaria.
Pero Curly, para sorpresa de Rhonda, seguía sonriendo.
—¡Muy bien! —dijo. Se aprontó a bajar del auto y correr alrededor del mismo, todo para abrirle la puerta a Rhonda y permitirle bajar—. Después de ti.
—Bah —murmuró ella, y bajó del vehículo.
Curly se aprontó a su lado y torció su brazo de modo que Rhonda lo interpretó como que quería que ella pasase el suyo por ahí. Ella sonrió y lo hizo. Todo para humillarlo.
Caminaron confiados hasta la entrada, sonriendo ampliamente. Ella sonreía porque ya se imaginaba a Curly tratando de explicar que había hecho una reserva, cuando en realidad era obvio que no lo había hecho. Ya lo veía, echado de una buena patada. Ah, Rhonda se lamentaba enormemente no haber llevado su cámara digital.
Un elegante portero los observó acercarse y abrió la puerta para ellos. La pareja entró al restaurante y fueron inmediatamente interceptados por el encargado de las reservas.
A Rhonda se le iluminó el rostro de felicidad. Al fin, Curly sería humillado…
—¿Tiene usted reserva? —preguntó el encargado, su expresión altanera.
—Claro que sí, tío William —sonrió Curly.
La sonrisa de Rhonda se evaporó con la misma velocidad que un cubito de hielo en un horno industrial.
¿Tío William?
El encargado de las reservas parpadeó y observó por primera vez a los comensales.
Sonrió.
—¡Sobrino! ¡Claro que tengo una mesa para ti! La aparté esta tarde, cuando llamaste para decirme que vendrías con tu novia. Es ella¿verdad?
Rhonda no respondió. Estaba absorta y en trance.
—Oh, sí —dijo Curly—, pero me temo que este lugar la ha impresionado un poco.
—Ya mismo le pediré que le envíen un vaso de agua. Ah, y, por supuesto, puedes pedir lo que desees. Para ti, la casa invita.
—Gracias —sonrió Curly—. Y dale mis saludos a la tía Harriet.
—Por supuesto. Al fin y al cabo, ella es la cocinera.
Rhonda no dijo nada. Sólo se maldecía mentalmente a diestra y siniestra por la forma en que Curly, por algún misterio cósmico, siempre salía a flote.
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Phoebe se encontraba ensimismada en su labor. Hasta el momento había conseguido atravesar cinco barreras de seguridad, la última tras un largo esfuerzo de deducción y una calculadora especialmente potente. A su alrededor había muchas hojas con anotaciones, muchas de ellas estrujadas, todas conteniendo fórmulas matemáticas y algebraicas. Incluso había muchas hojas con secuencias de código binario y hexadecimal, direcciones HTML, sentencias escritas en Peral, Java, y hasta algunos fragmentos de código Ensamblador.
Phoebe suspiró y se pasó un pañuelo por la frente. Tomó el block de hojas y anotó una nueva serie de fórmulas. El nuevo código de acceso al que se enfrentaba era un interesante desafío para sus habilidades. Interesante, pero ilegal. Phoebe sabía que estaba quebrantando las reglas, pero en fin… todo por su amiga.
Se preguntó qué estaría haciendo Helga en aquellos momentos.
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En aquellos momentos, Helga estaba a medio camino de Chez París, aunque ella ni siquiera sabía que se dirigía allí. Todo lo que sabía era que el Localizador de Posicionamiento Global que reposaba en su mano indicaba con una flecha digital la dirección en la que se encontraba Rhonda; más precisamente, la dirección en la que se encontraba el diminuto emisor de señales que Helga lanzó inadvertidamente al interior del auto de Curly cuando él se disponía a acelerar: estaba tan absorto mirando las ropas de Rhonda, y el auto rugía de tal manera, que Curly no vio aquel pequeño botón luminoso volar desde los contenedores de basura y trazar un arco que culminaría con su aterrizaje en el asiento trasero de Rhowell.
Helga sonrió. Aquel era otro de aquellos aparatos de alta tecnología que Big Bob Pataki intentó comercializar, y si acaso nadie compró el producto no fue por fallas técnicas sino por precios elevados. Helga se metería en problemas si Bob se enteraba que su hija había tomado un puñado del depósito para fines personales; pero no importaba ahora: Helga estaba convencida de que Bob ni siquiera recordaba poseer estos aparatos. Y era verdad, ya que habían estado en el depósito por años, y con todas las nuevas tecnologías, Bob ya no pensaba en "esas cosas viejas que no funcionan" que solía vender… o intentar vender.
Helga se detuvo a descansar. Uno de los contadores en la pantalla indicaba que aún se hallaba lejos del transmisor. ¿A dónde la había llevado Curly? Helga estaba convencida de que irían a McRonald's, pero al mismo tiempo no confiaba en su capacidad deductiva cuando se trataba de adivinar los siguientes movimientos de Curly, y por eso había decidido la opción tecnológica.
—¡Oh¡Ah!
Helga se sobresaltó, pero todo fue a causa del repentino pitido electrónico de su transmisor. Atendió la llamada de Phoebe, cuyo mensaje decía:
—Seis barreras y contando…
—Bien hecho, Phoebs… ¡Sabía que podía contar contigo! —sonrió Helga.
—No hay de qué, pero creo que aún me falta para llegar.
—Lo mismo yo —puntualizó Helga, observando a ambos lados de la calle, como si pudiese ver qué tal lejos se encontraba de Rhonda—. Llámame si hay novedades.
—Llamando.
Helga apagó el transmisor y respiró profundamente, una, dos, tres veces. Luego regresó a su cacería de fenómenos, y resulta que estaban en temporada de Curlys.
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La criatura emitió una suave risita… y sonrió.
No era una sonrisa digna del nivel macabro de su mejor amigo, pero sí era una sonrisa con mucho carácter y personalidad. Había personas que conocían muy bien esa sonrisa. Helga, por ejemplo.
Se reclinó sobre su asiento, sus ojos fijos en el monitor, detrás de aquellas gafas gruesas. Al fin, había encontrado la unidad. Sabía que era esa, porque solamente Rhonda era poseedora de dieciséis códigos de seguridad para entrar a Internet, y otros doce para controlar su computadora.
Brainy intensificó su sonrisa. Le habían dado órdenes, y vaya que las iba a obedecer.
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Fue cuestión de segundos para que Rhonda comprendiese cómo se habían volteado los papeles. De repente se encontraba sentada a la mesa en el más exclusivo restaurante de todo Hillwood, y además en la más exclusiva mesa de dicho restaurante. Y frente a ella, más allá del lujoso centro de mesa con velas rojas y largas, estaba Curly.
Pero Rhonda no pensaba demasiado en eso. De repente había caído en la cuenta de lo humillada que se sentía. Todo el mundo a su alrededor vestía elegantísimos trajes de gala, vestidos de la más fina de las sedas, joyas espléndidas y cegadoras, y, para peor, tapados de piel que harían enfadar a una manifestación de ecologistas.
Rhonda iba vestida para asistir a un lugar de jóvenes adolescentes, pero en aquel lugar tan elegante, su playera rojo fuego y pantalones de jean levemente ajustados atraían miradas de incredulidad y shock.
—Me las vas a pagar, Curly… —murmuró, sonrojada.
—¿Oh? Pero si no hice nada malo, sólo te invité a comer al mejor restaurante de Hillwood —sonrió él—. ¿O acaso no dijiste que no querrías comer en ningún otro lado?
Todo el mundo odiaba la habilidad de Curly para manipular todos los diálogos. El pequeño mequetrefe volvía a ganar.
Rhonda iba a replicarle, pero en ese momento apareció el camarero para pedir su orden. Curly se adelantó y pidió algo en un Francés bastante aceptable. El camarero asintió, hizo una respetuosa inclinación, y se marchó a las cocinas.
—¿Qué pediste? —preguntó Rhonda, visiblemente desconfiada.
—Oh, sólo lo mejor —sonrió Curly—. No hay cuidado… La casa invita.
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Phoebe se estaba desperezando con mucha fuerza. Ya no recordaba la última vez que realizara un esfuerzo mental tan grande. La séptima barrera que la separaba de su misión era increíblemente compleja, pero no imposible. Aún así, estaba probando ser muy tramposa: en tres oportunidades Phoebe consiguió detenerse justo a tiempo para evitar ser descubierta. No debía distraerse.
Sonó el teléfono. Phoebe se sobresaltó y se acercó al aparato para atender la llamada. Observó previamente al identificador de llamadas, para ver si era algún conocido.
De hecho, lo era.
—¿Nadine? —dijo Phoebe al tubo del teléfono. Al otro lado de la línea, una voz le respondió.
Y en aquel mismo instante, un horrible mensaje acababa de aparecer en el monitor de la computadora de Rhonda.
–o–
Helga comenzaba a pensar que aquel Sistema de Localización Global estaba descompuesto. ¿Estaban Curly y Rhonda realmente en el Chez París? Pero no había dudas, pues el auto del desgraciado podía verse entre las filas de carísimos autos de superlujo. Helga imaginó la cara del Valet encargado de conducir esa cosa hasta allí.
La muchacha lanzó un "¡Hum!" de profundo pensamiento y se retiró de la esquina desde la que espiaba al restaurante. Llevó una mano a su barbilla al tiempo que su mente meditaba acerca del mejor lugar para esconderse.
No podría ser dentro del restaurante, eso era seguro. Tal vez en el pasado, cuando Chez París no era tan exclusivo; pero no ahora. Por un momento tuvo la idea de que Curly sabía perfectamente lo que hacía, pues estaba seguro de que allí dentro, ella no le seguiría.
Y tenía razón.
Helga volvió a asomarse por la esquina, observando en dirección al restaurante. Bien, había otro punto a tener en cuenta: Curly no intentaría nada allí dentro. A pesar de todo lo que sentía por Rhonda, Curly no se arriesgaría a un escándalo en semejante lugar. Helga suponía, y con acierto, que Curly se comportaría como todo un caballero. Al menos hasta que saliesen.
Así que sólo debía esperar, y…
—¡Ah¡Oh! ¡Rayos!
Volvió a sobresaltarse con el pitido de su transmisor. Atendió la llamada.
—Phoebe, trata de…
—¡Helga, algo ha ocurrido!
La voz de su amiga sonaba ligeramente histérica, algo que no iba acorde a Phoebe Heyerdahl.
—A ver, cálmate… ¿Qué es lo que…?
—¡Alguien se ha metido a esta computadora! —interrumpió Phoebe.
—Qué… ¿Qué?
—¡No lo sé¡Fui a atender una llamada, y cuando volví había un mensaje en el monitor!
Helga no se esperaba aquello. ¿De qué estaba hablando Phoebe¿Quién querría entrar a la computadora de Rhonda? Curly, desde luego, pero nadie, aparte de…
Los ojos de Helga se ensancharon de repente.
—Phoebe… —dijo— ¿qué es lo que dice ese mensaje?
Phoebe se lo dijo. Helga apretó los dientes y enseñó la expresión de furia más aterradora que hubiese conseguido en los últimos diez años de su vida.
—Comprendo —murmuró, haciendo un esfuerzo descomunal para no echar fuego por la boca—. Yo me encargo. Tú has lo que puedas, pero no te arriesgues si no quieres. Adiós. Y… gracias.
Helga cortó la comunicación antes de que Phoebe pudiese replicar. Luego, muy lentamente, como si cada letra que enunciara se negara a abandonar su boca, dijo, entre apretados dientes:
—B…B… Brrr… ¡BRAINY! —gritó al fin— ¡Esta vez has ido muy lejos!
Y guiada por una intensa oleada de furia, Helga dio media vuelta y avanzó, imparable, hacia un nuevo objetivo.
–o–
Phoebe caminaba nerviosamente en círculos. Echaba miradas de pánico a la pantalla de la computadora. No se atrevía a tocar nada, pues ya no sabía qué podría ocurrir.
Pero tampoco podía permanecer indiferente. Si seguía conectada a la Red, la descubrirían. Pero tampoco podía desconectarse, pues ya le habían detectado.
Se acercó apresuradamente y leyó el mensaje en la pantalla.
¿Tratando
de entrar el Pentágono?
¡Tienes
más agallas de las que creía!
Pero
es mi deber cívico dar aviso.
Saludos
a Helga de mi parte.
Sólo una persona podría haber escrito eso. Phoebe lo sabía. Ya había competido con Brainy en algunas clases de Informática, y siempre le había ganado. Más que nada porque Brainy terminaba entrando a los servidores principales para hacer un desastre con las bases de datos. No lo hacía a propósito, era simplemente más fuerte que él.
Además, estaba Helga. Y Rhonda. Ellas se meterían en grandes problemas si Brainy cumplía su amenaza. Y Brainy bien podía hacerlo.
No podía darle la espalda a Rhonda. No podía hacerle eso a Helga.
Phoebe observó la pantalla de la computadora. Frunció el ceño.
¿Brainy quería jugar con ella? Pues qué lástima, porque Phoebe también sabía jugar… y mucho mejor que él.
Se sentó al escritorio. Estaba decidida. Comenzó a teclear con toda la furia de un programador insultado.
–o–
Brainy continuaba sacando cálculos. Las barreras eran más difíciles, pero esta vez lo lograría, y lo mejor era que no sería él el responsable. Había obtenido la dirección de IP de la computadora de Rhonda, así que lo que debía hacer era llegar al centro del Pentágono y dejar que los encargados de la seguridad informática desvíen su atención a una dirección de señuelo.
Pero entonces, un mensaje apareció en su propia computadora.
¿Crees
que me echaré atrás?
Juguemos
carreras. El primero en llegar al Pentágono gana.
El
perdedor es detectado.
Te
veo en los titulares de mañana.
Tras leer el mensaje, Brainy guardó un minuto de silencioso pensamiento. Luego sonrió a sus anchas.
Las cosas se ponías cada vez más interesantes. Comenzó a teclear con rapidez sobrehumana.
–o–
Algunas señales de advertencia habían aparecido en estas otras computadores. No eran equipos como los que manipulaban Phoebe o Brainy, sino enormes y poderosas máquinas que eran los Goliats de aquellos pequeños Davids. Algunas personas trabajando en ellas estaban ciertamente sorprendidas.
—¡Llama a Michael, tenemos una situación! —anunció una de esas personas.
Hubo un leve revuelo de llamadas y movimiento de personal, y finalmente acudió a la Terminal un hombre maduro de personalidad implacable.
—¿Qué ocurre, Art? —preguntó el hombre llamado Michael.
—¡No lo sé, señor! De repente detectamos una intrusión al Nivel Siete.
—¿Qué, está usted loco¡Nadie puede llegar tan lejos sin ser detectado!
—¡Lo sé, lo sé! Dios, estos no son simples hackers…
—¿Cuántos Niveles faltan?
—Cinco, pero…
—No diga más, Michael. Rastree esa filtración. Avise al Comité de Defensa. Pónganse en Alerta. ¡Ya!
—¡Señor, sí, señor!
Sería una noche muy inusual para el Pentágono. También para Rhonda. Y para Curly. Ni qué hablar de Helga, Brainy, y Phoebe.
Nadie olvidaría esa noche, y apenas estaba comenzando.
–o–
(Concluirá... el el próximo capítulo)
