Hola!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

volvi con esta historia despues de un tiempo desaparecida, este capi costo mucho que saliera, así que espero tener opiniones, agradesco los RR que ya me han dejado...

bueno como siempre se me olvida...no tengo una cuenta estratosferica en el banco así que no soy JK, solo le robo los personajes para que hagan lo que mi maquiavelica mente quiera.


Chap..III…Transformaciones.

El pequeño Remus estaba sentado en su cama. Le habían cambiado su pijama azul, su favorito, por uno gastado y viejo a rayas como el uniforme de un preso de un color rojo que de tantos lavados de encontraba desteñido adquiriendo una tonalidad rosada. El odiaba ese pijama y sus padres lo sabían. Entonces ¿Por qué le habían puesto esa ropa?

Sus padres, nerviosos, habían intentado explicarle que hoy se iba a convertir en un lobo y que el proceso era muy complicado, que debía ser fuerte, mientras se les teñían los ojos de lágrimas. Lo cual para la mente infantil de Remus no tenía verdadero significado. Su inocencia le hacia no tener conciencia de que esa noche podía morir, que se convertiría en una bestia sanguinaria y cruel, que podría hacer daño a las personas que amaba. Su frágil ingenuidad no concebía nada de eso. Y es que es tan frágil la vida y la muerte…viene y se va como el viento, o como el dulce aroma de un caramelo.

Pero Remus no se percata de nada y no logra comprender a las enfermeras que lo miran con angustia, ni el revolotear de los medimagos cerca de él haciendo inspecciones y diciendo cosas como "Tú eres fuerte muchacho. Seguro sales bien de está." y lo miran con una pena infinita. No entiende las lágrimas que cubren lo ojos de su madre con solo un crucé de miradas y que la vista de su padre lo rehuye cuando quiere preguntar ¿Que ocurre? No tiene la conciencia que esa habitación se esta aislando como una jaula para contener a una bestia. No comprende que esa bestia que intentan resguardar es él, un niño de apenas cuatro años, por ser mordido por un licántropo.

Pero lo que mas le cuesta concebir en su pequeña pero inteligente cabecita, es que cuando la luz del sol se empieza a ir, todos miran angustiados al cielo y su madre lo toma entre sus brazos con una fuerza inusitada, lo besa hasta que parece que le desgata la piel mientras dice que lo adora y que prometa que va a ser fuerte. Que su padre sin dirigirle una sola mirada lo abrasé como no queriendo dejarlo ir, como… si esa noche estuviera condenado a muerte. Ni a las enfermeras que esconden los sollozos entre sus manos y se alejan.

Tampoco sabe que la mayoría de la gente que está ahí, venció sus propios prejuicios simplemente por él, ese niño adorable que fue maldecido por la Luna y que la última lo va a tomar como uno de sus vástagos favoritos. Pero ya no le queda tiempo para desconcertarse; la luna hizo su aparición en el cielo y su luz a veces benéfica y ahora infernal se transforma en sufrimiento para el pequeño.

Un grito desgarra la garganta mientras afuera destroza los corazones. Hace que se suelten las lagrimas mientras ven el proceso de transformación a través de las paredes que tiene un hechizo que las hacen trasparentes a sus ojos, pero ante el licántropo en ciernes es solo una muralla más.

Y la metamorfosis trascurre de manera inexorable… Como la vida, cruel e indetenible. Los huesos van alargándose causando dolor y que el pequeño cuerpo se convulsione. El pijama rasgándose, mientras la mente infante pierde conciencia. La mandíbula alargándose, convirtiéndose en hocico, transmutándose en bestia. La mente pierde el razonamiento trasformándose solo en un monstruo sediento de sangre. Pero afuera, cada vez se percatan más de la realidad y el espíritu se encoje al ver ese pequeño cuerpo estremecerse de dolor y llama con alaridos. Grita pidiendo auxilio a sus padres, a cualquiera. Pero ellos se tienen que hacer los sordos. En realidad estarían dispuestos a perder la facultad que les otorgan sus sentidos, si pudieran no oír, no ver, no sentir…

El pelaje adquiere un color pardo claro, brillante y lustroso. El hocico ya tiene forma definida y los ojos perspicaces de color dorado empiezan a observar todo alrededor, acechando y poniéndoles la carne de gallina a los adultos que miran por las murallas. Se petrifican cuando los ojos color miel observan fijamente la pared, como si los estuviera observando.

El lobo mira todo a su alrededor; la cama con las sabanas desechas, las paredes blancas, el velador con restos de comida. No reconoce el lugar. Olfatea. Hay olor a… humano, que le hace agua el hocico. Observa hacia todos lados, se desespera. El encierro, a las bestias salvajes, les causa claustrofobia. Más cuando sienten el olor de algo delicioso cerca. Debe encontrar la forma de salir y observa una muralla que atrapa a su instinto. Se tira, azotándose en contra de los ladrillo, mientras escucha voces humanas en esa dirección. Vuelve a embestir en contra de la pared que parece imperturbable.

Al otro lado ven como el lobo los mira y se lanza de lleno hacia la pared azotándose en contra de ella. Varias mujeres no pueden contener un grito. La imagen del niño no se les va de la cabeza y más de una piensa que no sabe que es mejor, Que sobreviva o muera esa noche. No se lo imaginan soportando ese sufrimiento cada mes de su vida. No se lo imaginan luchando contra los prejuicios de la sociedad de magos. No se quieren imaginar azotándose contra una jaula ese cuerpecito.

La bestia sigue en su misión suicida de querer salir de su jaula de ladrillos. Empieza a sacarle de quicio el olor y el silencio. El velador es hecho trizas de apoco por las garras y los colmillos del animal que busca con desesperación despedazar lo que tenga al frente. Necesita que sus zarpas desgarren carne tierna, algo blando y suave. Siente su pelaje y empieza. Se muerde, golpea, azota, desgarra mientras los medimagos intentan contenerse para entrar y calmarlo. Pero es peligroso tanto para ellos, como para el licántropo.

La espera se vuelve desesperante cuando sientes aullidos que cambian según el tono, hay algunos lastimeros, otros de dolor. Algunos amenazantes otros risueños, el lobo se calma, se le están agotando las fuerzas, quiere dormir…

Mientras afuera el amanecer comienza, todavía está vivo pero sigue la incertidumbre. Viene la última prueba de la fortaleza de ese niño que si la pasa satisfactoriamente, se convertirá una noche al mes en una bestia asesina.

Se escucha un aullido de dolor, que traspasa los tímpanos y te llena de escalofríos, comienza la transformación de nuevo, mientras afuera de ese cuarto la madre se tapa los oídos y cierra los ojos a la vez que con sus ultimas fuerzas reza a ese dios que le enseñaron sus padres a venerar.

La madre ya no creía en él, pero en medio de la desesperación y angustia necesita de manera ferviente, es casi tan vital para ella como el alimento, algo que nutra sus esperanzas. Necesita pedir a esa divinidad supuesta, para que si algo sale mal echarle la culpa o agradecérselo.

Aunque muy adentro siempre ha tenido claro que el no existe, es simplemente un método, una formula para explicar esas cosas que uno no logra comprender como el ejemplo de ese infante que en este momento esta convertido en bestia y ese animal se está retorciendo de dolor, para explicar porque dejo que lo mordieran en venganza, para poder decir después " es su designio" y tener la capacidad de resignarse, de mitigar la culpa, de gritarle esa eterna pregunta que no sale de su cabeza ¿POR QUÉ?

De tener algo a lo que suplicar piedad cuando la vida es cruel, alguien a quien maldecir cuando te des cuenta que no sirve de nada rogar.

Pero ella no era sorda, ni ciega. Podía sentir y ver el sufrimiento de ese animal que en unos segundos más seria su niño. Ese adorable infante que le saca sonrisas de ternura por doquier y que cuando tienen una pesadilla le va a preguntar si puede dormir en su cama con el osito pegado a su cuerpo, aferrándose como si ese juguete pudiera protegerlo.

Su padre también estaba ahí, viendo como el lobo producto del dolor se convulsionaba, pasando a romper con sus patas varios muebles. Hugo Lupin cerró los ojos imitando a su mujer y sentía la tentación de arrodillarse junto a ella a suplicar a algo que ni siquiera sabía que existía antes de verla a ella de cuclillas. La culpa los consumía, los ahogaba como una serpiente que despacio se acomoda en tu cuello y empieza a apretar hasta matarte.

Él tenia la culpa. Su hijo estaba pagando su error, ese castigo era para él por sus propios prejuicios y por su intolerancia. Pero más que nada iba plagado de soberbia y arrogancia.

El lobo seguía intentando botar las paredes en la habitación. Llegaba el amanecer y sentía como las energías se le agotaban. Se recostó en el suelo, echado y con las orejas gachas. Si alguien aparte de las personas que miraban a través de la pared, aterrorizadas y si el lobo no les hubiera estado dando la espalda, lo hubieran visto incluso tierno. Ahí con cara triste como la de un niño que no le dejan comer caramelo. Con esa típica postura que viene después del berrinche, la de resignación.

Aulló a la Luna como saludándola y en otros lugares muchos enamorados, amantes y demás, notaron como el astro parecía brillar intensamente. Más de lo que en su vida la habían visto. La Luna le respondía el saludo al lobo, desde ese momento él seria su hijo predilecto, el vástago al que la Luna celaría y ampararía por sobre todas las cosas.

De un momento a otro el lobo sintió como un hueso se retorcía, como si algo o alguien le estrujara la piel. Mientras parecía que lava ardiendo corriera por sus venas. Le dolía. Si fuese una persona los ojos estarían llenos de lagrimas y recorrerían sus mejillas. Ahora solo parecía que el pelaje perdía brillo.

Aulló con todas sus fuerzas hasta destrozarse la garganta. Pedía ayuda, dolía mucho, sentía que su cuerpo cambiaba de forma y no sabia que pasaba. Dolía lo suficiente como para dejarse vencer y llevar hasta el grado de la locura por la tortura.

El cuerpo se transformaba en algo pequeño sin cola y pelo, algo que a la Luna le encantaba, pero esta estaba llena de furia, el día que le arrebatan a su hermoso vástago.

En el mismo momento que la Luna se marchaba ofendida y el sol salía en todo su esplendor por conseguir vencer a la caprichosa dama de la noche. Un niño desnudo y empapado de su propia sangre caía al suelo de la habitación inconciente.

Hugo y Helena Lupin corrieron hasta la habitación, rompieron los hechizos y observaron ese cuerpo que parecía inerte…

Iban a abrazarlo cuando un medimago los detuvo. Se miraron los tres adultos a los ojos mientras que la misma bruja que hacia varios días se había quedando en vela con el pequeño a causa de sus pesadillas lo tomaba con cuidado y sonreía al sentir como su pecho subía y bajaba. "Respiraba" eso era una muy buena señal. Miro al su jefe y a los jóvenes padres angustiados.

Dijo solo unas palabras, que les devolvieron el aire a los pulmones a todos los presentes y les hinchó el pecho de alegría y esperanza. Dos palabras tan simples y llenas de significado, de promesas de futuro, posibilidad de sueños, de que esa criatura iba a tener la posibilidad de vivir, iba a tener la oportunidad de ser feliz.

-Está vivo.-